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Tanti (Córdoba), Argentina, 24 de agosto de 2005

III Encuentro Federal de Escuelas de Enseñanza Pública de Gestión Privada: “La calidad educativa. Desafíos y aportes. Experiencias Destacables”

La calidad educativa en América Latina

Por Francisco Piñon
Secretario General
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura

1. Introducción

Las transformaciones globales, impulsadas por la revolución tecnológica, nos encuentran transitando hacia una sociedad del conocimiento que no termina de precisarse con un rostro definido.

Se trata de un tránsito que nosotros estamos llevando adelante dentro de una región con altos niveles de inequidad social y pobreza.

Para poder pensar la calidad de la educación en América Latina se requiere de una mirada extensa. Una mirada en la que sea posible dar cuenta de las características escolares y extraescolares que gravitan sobre las condiciones sociales para desarrollar, con igualdad, las oportunidades de aprendizaje escolar para todos y con todos.

El abordaje de una educación de calidad requiere entonces de una visión amplia en la que se recoja la preocupación por una mejora en los resultados de aprendizaje pero que sea capaz de integrar, al mismo tiempo, los procesos de cambio que están transformando nuestras sociedades y sus impactos, las condiciones sociales y de desarrollo que subyacen a las particularidades locales, nacionales y regionales y, las adecuaciones necesarias para acompañar los avances disciplinarios y didácticos.

En este sentido, el Informe PISA 2003 señala la importancia del entorno socioeconómico en el rendimiento escolar cuando recuerda que “la comparación de los resultados de los sistemas educativos debe tener en cuenta las circunstancias económicas y los recursos que los países pueden destinar a la educación”(1).

Sabemos por el contenido de los Informe PISA, del que recogemos esta afirmación en particular, que hay una relación necesaria pero no suficiente entre gasto educativo y calidad de los servicios de enseñanza.

En términos globales, la media de la renta nacional invertida en educación en los países de la OCDE se ubica en el 6.2%(2). Esto supera la media de nuestra región que se ubica a fines de la década en torno al 4.1%.

Sin embargo, los países que obtuvieron los indicadores de rendimiento más alto según los resultados de PISA 2003, me refiero a Australia, Finlandia, Irlanda, Corea del Sur, Bélgica, los Países Bajos, Canadá y la República Checa, son países que se caracterizan por tener unos gastos moderados por alumno de primaria y secundaria.

Para poner un ejemplo, el gasto por alumno de entre 6 y 15 años en Corea equivale aproximadamente a la mitad de lo que se invierte en Estados Unidos. En la misma comparación con Estados Unidos, la República Checa invierte una tercera parte. Tanto Corea como la República Checa se encuentran entre los países con mejor rendimiento mientras que Estados Unidos se sitúa por debajo de la media de la OCDE. Algo similar ocurre con España. Mientras España y Estados Unidos presentan rendimientos similares, Estados Unidos invierte unos 80.000 dólares por alumno en esa franja etaria al año mientras que para España la inversión corresponde a 47.000 dólares.

Esto remite por un lado a que un menor gasto no implica necesariamente una baja en la calidad de los servicios educativos. Por el otro, señala el logro de un grupo de países –alguno de ellos jóvenes en su desarrollo, como Irlanda, Corea del Sur, Finlandia, Canadá y Australia- en donde la apuesta por la educación ha sido una prioridad y la inversión en este sector ha sido sostenida estratégicamente en las últimas décadas, como contraparte de un estilo de desarrollo.

Las experiencias de Corea del Sur, Canadá, y Finlandia presentan algunas características comunes. La capacitación y selección docente es una de ellas. Esto supone una sólida formación inicial, condiciones de admisión estrictas, acceso a formación permanente y mecanismos de apoyo a los profesores. Una segunda característica común es la continuidad de las políticas más allá de los cambios políticos. Esta suerte de pacto por la educación se engarza con la tercera característica, el alto nivel de compromiso público con la educación. De esta manera, la educación aparece vinculada a una visión política de largo plazo en la que queda comprometido un estilo de desarrollo.

Incluso estos países (Corea del Sur, Canadá y Finlandia), junto con otros como Nueva Zelanda, Irlanda y Australia no sólo han alcanzado una gran calidad y equidad en su educación sino que lo han hecho partiendo de tasas inferiores y sin contar con una tradición educativa como la que tiene la Argentina.

Estas apuestas e inversiones en educación conviven con un estilo de desarrollo y con condiciones socio-económicas favorables. Condiciones basadas en estrategias de crecimiento sostenido, con inversión y desarrollo de sectores estratégicos vinculados a la tecnología y a la exportación, con baja conflictividad social y distribución más equitativa de los ingresos y de los activos culturales, con un clima de fuerte previsibilidad política y económica, además de los beneficios derivados de la inclusión dentro de procesos de integración regional como es el caso de aquellos que integran la Unión Europea.

Con todo esto busco poner de manifiesto la complejidad del fenómeno educativo, ya que no responde a una sola causa, por lo que debemos estar atentos a las especificidades y a los contextos propios de cada país.

En América Latina también se ha dado en términos generales y durante los años 90 un aumento del nivel educativo de la población. Éste ha sido acompañado por un esfuerzo importante en el gasto, lo que ha hecho posible pasar del 3% al 4.1% del PBI en diez años.

Sin embargo, y este es un punto que quiero resaltar, fueron en buena medida las restricciones y las segmentaciones del mercado laboral ocurridas durante los años 90 las que restringieron las posibilidades de que el aumento del nivel de educación se tradujera en una mejora de la calidad de vida y de los niveles de igualdad social.

El proyecto educativo tiene que ir de la mano de políticas económicas y sociales que tienda a recomponer la desigualdad, la marginalidad y la polarización social, recuperando el trabajo como motor de los estilos de desarrollo.

Desde los años 90 se ha llegado a un consenso internacional sobre el valor estratégico de la educación para llevar adelante una transformación productiva. El informe de los indicadores de enseñanza de la OCDE señala que: “El impacto de largo plazo de un año adicional de educación se estima que aumenta el producto económico entre 3% y 6%”(3).

En esta misma línea, buena parte de la bibliografía reconoce que la educación es una vía central para “achicar” el abismo entre dos extremos: la pobreza y el conocimiento y la tecnología. En ella se destaca el importante papel que desempeña respecto de la cohesión social, la redistribución económica y cultural, los niveles de innovación en ciencia y tecnología y la prevención de la delincuencia y de la anomia juvenil.

Varios documentos, entre ellos el Boletín nº 3 del SITEAL(4), coinciden en señalar que para escapar del umbral de la pobreza, del subempleo y del empleo mal remunerado, se requieren en América Latina al menos 10 años de estudio. En la actualidad el promedio es de 8 años.

Este umbral es el reflejo de un mercado laboral que ha sufrido importantes transformaciones, que si bien presenta un sector fuertemente integrado a la dinámica global y otro vinculado al mercado interno, existe una importante franja que se halla limitada al sector informal. Esto representa un golpe contra la equidad, pone en peligro la cohesión social y restringe el alcance de la acción educativa para transformar las condiciones dadas.

Por eso, al referirnos a la calidad de los sistemas educativos y al hacer comparaciones sobre el rendimiento de los grupos de alumnos tenemos que poner en juego también las diferentes variables que componen la actual situación que vive América Latina.

2. Crisis y “cambio de época”

La revolución tecnológica ha permitido una serie de transformaciones no sólo económicas sino también sociales y culturales.

A las redes globales interconectadas, a la concentración del capital, a los flujos de producción y del comercio de bienes y servicios, le siguen de manera equidistante, una serie de transformaciones sociales, biológicas, políticas y culturales.

Son transformaciones que, por un lado, confirman la centralidad de la ciencia y la tecnología en los procesos de producción e interconexión. Mientras que, por el otro, señalan una densificación de la tecnología en nuestras sociedades y las consecuencias que de ello se derivan.

Esta densificación tecnológica tiene su impacto sobre la cultura y por consiguiente sobre la educación. En este sentido, me refiero particularmente a la capacidad para traducir la revolución tecnológica bajo la forma de nuevos lenguajes y escrituras, de inusuales espacios de “interacción social”, de dispositivos de creación, producción, reproducción y circulación del conocimiento y de la información.

Son cambios que además de darse en el proceso cultural se encuentran presentes a nivel social, político y biológico.

Son los que se han proyectado sobre la organización del trabajo y sobre los patrones de producción –promoviendo estrategias en red muy diferentes del planteo fordista y taylorista-; los que han impactado sobre los estilos de organización y gestión y, sobre la instancia nacional como fuente exclusiva de sentido.

Son cambios que significan un incremento en las posibilidades y en las facilidades para el desplazamiento de personas. Fenómenos como las migraciones y el turismo lo atestiguan. Son cambios que se traducen también, y a nivel biológico, en un alargamiento de la esperanza de vida y en un mejoramiento de sus condiciones.

Son cambios que inciden y modifican las expectativas sociales y las conformaciones culturales de los adolescentes, los jóvenes y los adultos.

Son cambios que se asientan, para ajustarnos a algunos rasgos comunes, sobre el crecimiento exponencial del conocimiento, de las comunicaciones y de las interdependencias.

Como tales indican un traspaso, una ruptura, una bifurcación sistémica, un “cambio de época”.

Y, como en todo “cambio de época”, se encuentra comprometida una transformación profunda, histórica, estructural y coyuntural en la que se está realizando el pasaje hacia una sociedad del conocimiento.

Un pasaje que entraña “riesgos” pero que también nos ofrece oportunidades de desarrollo que hay que saber leer y aprovechar. En medio de la incertidumbre con la que se caracterizan estos tiempos “posmodernos” hay espacio para la creatividad y la búsqueda de alternativas.

a) Valores y “cambio de época”

Estamos entonces en medio de un “cambio de época” que es también un cambio societal. Un cambio en donde los conocimientos y los valores a transmitir en el proceso educativo y que hasta hace relativamente poco tiempo eran aceptados con evidencia indiscutible, están siendo cuestionados.

Al mismo tiempo, otros valores han emergido. Son valores referidos a la idea de un destino compartido, valores relacionados con lo ecológico y con el cuidado de medioambiente, con el respeto por la diversidad cultural, étnica y religiosa; valores que se orienten hacia la igualdad de género y de oportunidades, valores de ciudadanía y democratización, valores que nos permitan generar una identidad dinámica y abierta a los procesos de integración regional y mundial.

Como sostuvimos en la 47a reunión de la Conferencia Internacional de Educación (Ginebra, 2004) la pregunta en torno a qué valores es necesario desarrollar para construir una sociedad más justa y equitativa y cómo se pueden educar, ha devenido en una pregunta clave. Y esto es así tanto por la diversidad que caracteriza nuestras sociedades como por las nuevas formas de exclusión social que la sociedad de la información está mostrando cada vez con mayor crudeza.

Educar en valores es ante todo crear condiciones, ofrecer modelos y generar buenas prácticas de convivencia en el aprendizaje y también en el juego y el mundo de las relaciones interpersonales.

b) Crisis y visiones dicotómicas

El alcance del proceso de transformación al que estamos asistiendo da muestras de su complejidad a través de la duda, el desconcierto y la confusión que genera y que plantean abiertamente muchos especialistas y dirigentes cuando se les pide arriesgar una descripción de las sociedades que nos esperan y, particularmente, de su desarrollo en la América Latina del siglo XXI.

No en vano las bibliografías y los debates recogen visiones y vivencias dicotómicas. De un lado, el incremento de las interdependencias parece ser visto como un nuevo espacio para la competencia voraz y el incremento de las desigualdades. Por el otro, como una oportunidad inédita para ensayar estrategias de cooperación que compensen las diferencias y privilegien una ética de civilización, reforzando la noción de humanidad.

De los análisis de las presiones globales y locales que se ciernen sobre los Estados-nacionales puede decirse lo mismo.

A escala supranacional, los Estados se ven “tironeados” por los movimientos financieros, los flujos migratorios, el delito internacional y las redes terroristas, por la desterritorialización del poder económico, las redes de comercio y los intercambios asimétricos. La capacidad de acción de estos movimientos es global y supera cualquier capacidad de contestación que pretenda hacerse apelando únicamente a lo nacional.

Frente a ello, las respuestas que se ensayaron en la región -aunque con diferente nivel de desarrollo y de éxito- son los actuales procesos de integración regional. El MERCOSUR, la Comunidad Andina, el Sistema de Integración Centroamericana o la más reciente Comunidad Sudamericana de Naciones son ejemplos de ello.

A nivel local, en cambio, la fricción pasa por las instancias subnacionales que ganaron competencias con los procesos descentralizadores. En lo local, la descentralización ha permitido accionar hacia una redistribución de los servicios sociales. Esto ha hecho posible, en el caso concreto de los sistemas educativos, mantener la prestación de un servicio inclusivo y redistributivo como es la educación en momentos en que la lógica económica fragmenta nuestras sociedades.

La presión desde lo local asume entonces la forma de una recuperación de las culturas, de las demandas y de las posibilidades locales. Lo local se convierte así en una instancia a partir de la cual asimilar el principio de ciudadanía política al de afirmación de la identidad cultural. En un contexto de globalización, esta es una manera también de relegitimar la instancia nacional a través de la transferencia de competencias a los gobiernos locales y regionales, de fortalecer la prestación de servicios y la gestión y, de incrementar la participación ciudadana.

Esta doble “pinza” ha sido interpretada –desde el neoliberalismo- como signo de la inminente “desaparición” de los Estados y del ingreso en una época post-estatal. Al contrario, más bien nos parece que estamos en el inicio de un proceso de reconfiguración de la instancia nacional, de revalorización de su capacidad de coordinación estratégica de las instancias descentralizadas, de conducción y orientación del conjunto, cuyo fortalecimiento puede alcanzarse promoviendo la cooperación y profundizando los procesos de integración regional.

Se trata así de pensar lo nacional a partir de una complejización de las nociones de identidad y ciudadanía.

c) Crisis y soportes identitarios

Por otra parte, parece evidente el desgaste que estas transformaciones han significado para ciertos soportes identitarios como el trabajo. En las últimas décadas se ha dado una “fragilización” del empleo, acompañada por un rebrote de altos índices de desempleo, junto a una descolectivización y una desprotección sociales que han trastocado las formas de vida entre una generación y otra.

En este contexto el mundo se ha vuelto más rico pero también más desigual. La brecha de ingresos ha aumentado no sólo en los países periféricos sino también en los centrales.

Según el informe de Desarrollo del Banco Mundial: “El ingreso medio en los 20 países más ricos es 37 veces mayor que el de los 20 más pobres y esta brecha se ha duplicado en los últimos 40 años". Además, esta fuente sostiene que entre 2,5 y 3 mil millones de personas viven en la actualidad con menos de 2 dólares diarios(5).

Este proceso de desigualdad se da también al interior de las regiones y de los propios países. A finales de los años noventa, el 20% de la población con mayor riqueza de América Latina recibía 60% del ingreso disponible, mientras que el 20% más pobre recibía solamente un 3%(6)

En estos procesos coexisten viejas y nuevas desigualdades que tienen su traducción en el acceso dispar a activos que van desde la tierra a los salarios, de la salud a las tecnologías y que tienen su correlato en la educación. En América Latina, por ejemplo, las diferencias de escolarización de la población registran que el 10% más rico concentra 11 años o más de educación, mientras que el 30% más pobre cuenta con menos de 4 años de estudio(7)

La operación de desgaste se ha extendido también a otros soportes identitarios. Esto ha servido en muchas ocasiones para azuzar diversos fantasmas: desde el repudio xenófobo a los inmigrantes, hasta un inevitable “choque de civilizaciones” en defensa de una indentidad que se postula como esencial y pura.

Estas caracterizaciones que se presentan a nivel global y que delinean el contorno de este “cambio de época” en el que nos encontramos inmersos, se proyectan a nivel nacional y local e impactan de manera diferenciada según los países e incluso en modo distinto al interior de ellos.

Son caracterizaciones que coexisten –además- con aquellas situaciones ya dadas, con las particularidades históricas, sociales, políticas y culturales que son propias y distintivas de América Latina.

La discontinuidad cultural y espacial del soporte tecnológico que impulsa las transformaciones que estamos viviendo aumenta, por otra parte, la heterogeneidad y contribuye a profundizar los procesos de desigualdad social. Esto es algo particularmente preocupante para la ya precaria situación social de América Latina, que ingresó al siglo XXI más pobre y desigual.

Particularmente porque América Latina es una región cuya heterogeneidad está representada por la mezcla incesante de premodernidades, modernidades y posmodernidades, por la acumulación sucesiva y simultánea de diferentes tiempos históricos.

Su diversidad y heterogeneidad es también una cuestión de tamaños, de estructuras, de desarrollo, de fragilidad o solidez institucional y democrática, de lenguas, de etnias y de culturas.

Manuel Castells(8) ha señalado que la velocidad de difusión de la tecnología que el capitalismo ha utilizado para su propio desarrollo es selectiva. Los tiempos para acceder a la tecnología tanto por parte de las personas, de los países o de las regiones son diferentes y diferenciales. Ello introduce y profundiza las diferencias sociales, ya que sigue siendo funcional a aquellos centros, regiones, países o personas que se encontraban integrados, “conectados” a la economía mundial.

En definitiva, nos encontramos frente a un “cambio de época” que se caracteriza por unas realidades que se dan de manera superpuesta, entrecruzada y simultánea.

Esta complejidad nos envuelve y envuelve a nuestros sistemas educativos. A partir de ello, la educación ya no puede ser presentada como una entidad abstracta, como algo ubicado más allá de este “cambio de época”. La escuela es un receptáculo donde impactan y se reproducen -aunque también ella reacciona y acciona sobre- unos cambios que son tridimensionales, es decir, a la vez globales, estatales y locales.

Cambios impulsados por la transformación tecnológica. Una transformación sobre la que se asienta una economía que es informacional, que funciona a nivel global y en redes.

Una transformación sobre la que se asienta el traspaso a una sociedad del conocimiento que es cerebro-intensiva y en la cual las nuevas tecnologías de la información y la comunicación están desempeñando (y continuarán haciéndolo) una función transformadora de la educación.

3. Hacia una educación de calidad:

a) Principales logros

A pesar de las dificultades económicas y financieras y de las crisis sociales que ha experimentado la región en el transcurso de las últimas dos décadas, se han podido alcanzar ciertos logros relativos a los Índices de Desarrollo de una Educación para Todos.

Si bien la inversión en educación no ha alcanzado el 6% del PIB, porcentaje considerado como adecuado por la UNESCO, ni el 6.2% del PIB dedicado promedio por los países de la OCDE, se ha registrado un aumento sostenido que ha hecho posible pasar del 3% del PIB –a comienzos de 1990- al 4.1% a finales de la década(9)

De acuerdo con los datos que recoge el Informe Regional de Seguimiento de la Educación para Todos de 2005(10), muchos países latinoamericanos presentan índices de acceso de casi el 100% a la educación primaria y casi todos se encuentran con tasas que rondan el 80%. La tasa bruta de escolarización promedio en la región en lo que hace a la educación secundaria está en torno al 86%, lo que significa una mejora con respecto al 72% de 1998 y al 60% de 1990. Lo que no oculta, por otra parte una fuerte variación entre países(11).

Aún cuando sigue siendo un área vulnerable, la tasa bruta de escolarización pre-primaria ha aumentado un 60%. La educación superior también sufrió un incremento a nivel regional, alcanzando un promedio de participación del 26% en 2001(12)

Nuevamente con fuertes diferencias entre países, las tasas de alfabetización de adultos se situaron por encima del 90% en 2002 y con la igualdad de género en materia de alfabetización ocurre algo similar, arrojando un promedio regional de 0.98% como Índice de Paridad entre los Sexos.

Esto ha permitido concluir que tres países de la región (Argentina, Chile y Cuba) se encuentran con altas probabilidades de alcanzar –si no lo han hecho ya- 3 de las 4 metas del Índice de Desarrollo de la Educación para Todos -es decir: la enseñanza primaria universal, la alfabetización de adultos y la equidad entre los sexos. Restaría la meta relativa a la calidad de la educación-. Otros 13 están en un punto intermedio mientras que dos países (Guatemala y Nicaragua) están lejos de alcanzar estos objetivos(13)

También con ciertas disparidades según los países, estos logros se han conjugado con la instalación de sistemas de evaluación de la calidad de la educación, con el desarrollo de sistemas de capacitación y actualización de los docentes -materia sobre la que resulta necesario volver a insistir dado su carácter estratégico-, con procesos de descentralización y delegación de responsabilidades y competencias, con una creciente profesionalización de los Ministerios de Educación y con la constitución de equipos en diferentes áreas.

Estos logros, sin embargo, conviven –como he señalado- con fuertes procesos de fragmentación social en los que se encuentran inmersas las sociedades latinoamericanas. Los destinatarios de la acción educativa han sido trastocados, replicando la heterogeneidad social, cultural y económica que se ha multiplicado en las últimas décadas.

Sabemos que las posibilidades de acceso y participación no garantizan por sí solas ni la permanencia de los alumnos dentro del sistema educativo, ni la calidad de su aprendizaje. La cobertura es amplia en la región en lo que respecta a educación primaria y ha aumentado considerablemente en el nivel secundario. Pero esto no quita que persista una fuerte exclusión de sectores urbano-marginales, rurales, minorías étnicas y culturales.

Son estos colectivos los que presentan un mayor grado de deserción y abandono escolar por causa de la vulnerabilidad social y económica a la que se hayan expuestos. Según datos de la UNESCO, la posibilidad de concluir con la educación primaria es 10 veces superior en el quintil de mayores ingresos que en el inferior.

Por eso insistimos sobre la complejidad de factores que inciden en el concepto de una educación de calidad para todos.

El desempleo, la exclusión social, la pobreza y la marginalidad, asentadas sobre lógicas económicas cuya velocidad desarticuladora supera la capacidad centrípeta de las políticas sociales, convive con la fragmentación de una buena parte de los soportes identitarios. El conjunto produce nuevos y frágiles contextos sociales y culturales, cuyos actores son muy diferentes a los que la educación tradicionalmente proyectaba como meta de su acción.

En este sentido, la profundidad de lo acontecido en la región ha vuelto necesario articular la educación con lo social si queremos comprender el carácter complejo del fenómeno que enfrentamos. Una complejidad que de no estimarse adecuadamente, debilitaría nuestra capacidad de elaborar herramientas de intervención idóneas para lograr una educación de calidad para todos y con todos.

b) Algunos desafíos

En un contexto como el que vive América Latina, persisten ciertos desafíos que por su importancia forman parte de la agenda más inmediata. Me referiré brevemente a algunos de estos puntos:

  • Déficit en la universalización de la educación inicial

La universalización de la educación inicial fue planteada con fuerza en los años 90. Los datos disponibles al momento nos permiten concluir que su matrícula tuvo una de las mayores tasas de crecimiento junto con la matrícula universitaria.

La Declaración de la X Conferencia Iberoamericana de Educación(14) celebrada en Panamá en el año 2000, expresó el convencimiento de que los años de educación previos al ingreso a la primaria son fundamentales y elevan la eficiencia del sistema ya que los niños obtienen mejores puntajes en las mediciones de aprendizaje y progresan con más facilidad. Esto contribuye a reducir las tasas de repitencia y fracaso escolar, abriendo un espacio para generar condiciones de equiparación entre niños de distintos estratos sociales.

El documento de referencia de la Conferencia(15) señala además que la baja calidad de la educación primaria suele estar asociada con estas deficiencias y sostiene que "el aprendizaje comienza al nacer" -como se indicara en Jomtien- por lo que la educación inicial debe ser reconocida como un "derecho del niño". Además, se remarca la necesidad de repensar la compleja articulación entre los factores endógenos y exógenos que la componen, ya que la educación inicial ocurre además de en el aula y en la escuela, en las familias e involucra la participación de los padres y la puesta en juego de su acervo cultural.

Si bien se ha dado un crecimiento de la tasa bruta de escolarización pre-primaria superior al 60%(16), ésta continúa siendo muy fluctuante en buena parte de los países. Un niño latinoamericano tiene la posibilidad de recibir –en promedio- 1.6 año de educación contra 2.2 que puede recibir en los países de la OCDE.

Se ha llamado la atención sobre el carácter estratégico de esta fracción etaria al actuar como “llave maestra” para enfrentar el círculo vicioso de la pobreza, exclusión y educación.

  • Altos niveles de repitencia, desgranamiento y sobreedad:

Los países de América Latina se encuentran avanzando hacia la universalización de la educación primaria. En el año 2001, la Tasa Neta de Escolarización primaria alcanzó casi el 96%(17). Esto supuso una disminución de un poco más de un millón de niños sin escolarizar con respecto a 1998.

No obstante, el porcentaje de los que logran cursar hasta el 5to grado está en torno al 89%, mientras el retraso escolar se sitúa como uno de los problemas centrales en este tramo(18)

El punto de inflexión se encuentra en la graduación secundaria —nivel donde se desarrollan destrezas más necesarias para el mundo laboral. Las tasas brutas de escolarización pasaron de ser inferiores al 60% en 1990 a registrar un 86% en 2001. Por supuesto que nuevamente la oscilación entre países es muy grande.

El punto de inflexión decía, está en la enseñanza media porque la tasa de egreso sigue siendo significativamente baja.

Actualmente, en los países de la OCDE, el 85% de los jóvenes completa estudios secundarios, mientras que en América Latina, menos de un tercio de los jóvenes logra esa acreditación. El último informe del SITEAL(19) concluye que el acceso a la escolarización media creció en las últimas décadas en América Latina pero la tasa de abandono se mantuvo estable y en algunos casos ha ascendido.

Esto se tradujo en un aumento de los años de escolaridad, pero al mismo tiempo significó un corrimiento al interior de la escuela media del proceso de selección y exclusión de los sectores de menores recursos que antes no ingresaban.

En el comportamiento general se destacan altos niveles de repetición y deserción. Particularmente dentro del grupo etario entre los 12 y los 14 años de aquellos niños que tienen menores recursos.

La educación superior, finalmente, tiene una tasa bruta de escolarización en América Latina del 26%. Esto también presenta fluctuaciones pronunciadas. Mientras Chile y Argentina presentan al año 2000 los porcentajes más altos, con un 12 a 15% de jóvenes urbanos con título terciario o universitario, otros países como Bolivia, México, El Salvador y Costa Rica presentan una situación intermedia (8 a 11%). El resto de los países de América Latina cuentan con menos del 7% de jóvenes urbanos con título terciario o universitario(20)

  • Bajos rendimientos en las evaluaciones internacionales:

La mayoría de los países de la región cuenta con sistemas nacionales de evaluación. Aún así, una buena parte de ellos no participa regularmente de las pruebas de rendimiento global.

Las diferencias en la calidad del aprendizaje en matemáticas, en el manejo del lenguaje y en ciencias son notorias entre los latinoamericanos y los estudiantes que provienen de países de la OCDE o del Sudeste Asiático.

En competencia lectora, por ejemplo, los países latinoamericanos obtuvieron puntuaciones bajas en PISA(21) si se los compara con la media de la OCDE. Cerca de la mitad de sus alumnos está en el Nivel 1 o por debajo de este mínimo. Esto significa que tienen serias dificultades para hacer de la lectura un instrumento que les permita avanzar y ampliar sus conocimientos y destrezas en otras áreas.

Argentina presenta en este nivel a un 44% de sus estudiantes, Uruguay un 39.8%, Brasil un 50%, México un 52% y Chile un 48.2%. Perú es el caso más complejo ya que presenta cerca del 80% de sus alumnos ubicados en el nivel de puntuación inferior. El promedio de la OCDE de estudiantes en este nivel es de 19.1%.

Mientras la OCDE tiene un 30% de sus estudiantes en los niveles más altos (Nivel 4 y 5), Argentina presenta alrededor del 10% en ese nivel, Uruguay el 16.5%, Brasil cerca del 8%, Chile y México el 5%.

Los resultados en matemática y ciencia también son bajos con respecto a la media de la OCDE. En matemática, mientras el puntaje del 25% de los registros más bajos para la OCDE es de 421 puntos, para los países de América Latina el resultado oscila entre 219 y 343 puntos. Uruguay presenta el más alto puntaje entre los latinoamericanos con 343 puntos, le sigue México, Chile, Argentina, Brasil y Perú.

En “cultura científica” la situación es similar. Mientras el puntaje promedio del 25% más bajo en la OCDE es de 427 puntos, en los países de América Latina oscila entre 363 y 273. La lista la encabeza Uruguay y le siguen México, Chile, Argentina, Brasil y Perú.

Aunque la relación entre inversión y calidad del aprendizaje no es una relación directa y absoluta, tiene su influencia. La inversión por habitante en los países más desarrollados es por lo menos seis veces superior a la latinoamericana. Esto se vincula además con el grado de aprovechamiento escolar, que es muy variado y reproduce las fracturas y las heterogeneidades que presentan los países de la región y que se extienden al interior de los mismos, mayoritariamente en desmedro de los sectores más vulnerables y de aquellos ubicados las zonas rurales.

El nivel cultural general del país, el grado de equidad en el acceso a una educación de calidad, la "acumulación histórica" en aprendizajes escolares, la desigualdad social, la inadecuación curricular a los contextos culturales, el valor social de la función y la remuneración del trabajo docente y el analfabetismo son causas que inciden directamente sobre la calidad del aprendizaje.

  • Persistencia del analfabetismo en jóvenes y adultos:

Aunque la matrícula se ha expandido sostenidamente en todos los niveles educacionales, el rezago que exhibían muchos países explica la persistencia de tasas relativamente altas de analfabetismo en jóvenes mayores de 15 años y en adultos.

Actualmente hay alrededor de 39 millones de analfabetos adultos en la región. Para alcanzar las metas de alfabetización previstas para el 2015, los países de la región deberán atender un promedio de 2,9 millones de personas por año(22)

Estos bolsones de analfabetismo implican un doble desafío. Por una parte, saldar una deuda del Estado con los sectores más desfavorecidos y hacer valer un derecho fundamental de las personas como es la alfabetización. Por la otra, crear una entropía que por sí misma repercuta positivamente en el desempeño de la infancia, es decir, que cree un contexto más favorable para el desarrollo de los niños mejorando el nivel educativo de sus padres.

El analfabetismo golpea sobre la dignidad de la persona e impacta sobre la inserción y el rendimiento laboral, las tasas de accidentes laborales, de morbilidad y mortalidad infantil, sobre los hábitos asociados a la salud, la prevención de enfermedades o la higiene, entre otros.

  • Formación de los docentes:

La experiencia de la última década confirma que no es posible avanzar y sostener procesos de cambio y mejora sin reconocerles a los docentes el rol central que desempeñan en las estrategias de acción.

En la región se estima que la calificación profesional de los docentes es baja. En la mitad de los países de los que se tienen datos, en 2001, el porcentaje de maestros de primaria calificados era inferior al 78%(23). En muchas ocasiones, esta situación está acompañada además por una escasez de profesionales.

La problemática de la formación docente se mantiene sin encontrar soluciones adecuadas y sostenibles en el tiempo. A pesar de ello, ha habido importantes esfuerzos políticos, lo que ha permitido una serie de avances como: el desplazamiento hacia el nivel superior de la formación de maestros y profesores; la creación de un cierto consenso en torno a la concepción de la formación del docente como continua; la renovación de las instituciones de formación para que puedan albergar diferentes programas y proyectos; la incorporación de las universidades en dichos programas y; la constitución de redes de capacitación y actualización docente.

Sabemos, por estudios recientes, que es alto el porcentaje de docentes que si pudieran volver a elegir optarían por otra profesión. En la mayor parte de los casos, este deseo se funda en una falta de reconocimiento. En gran parte, y contrariamente a lo que el sentido común suele deducir, a la hora de hacerse este planteo, las malas condiciones laborales no son las que más pesan -entre ellas se incluyen los salarios insuficientes-. Lo que destacan con más fuerza a la hora de ponderar su apego o desapego a la docencia, es el desprestigio social. Un desprestigio asociado a la percepción que la sociedad tiene con respecto a los logros de aprendizaje de los alumnos y a la profesión misma.

Aunque esto genera un contexto favorable para la deserción de los cuadros docentes -sobre todo en el nivel medio-, en algunas ocasiones, la docencia sigue siendo una opción interesante para muchos jóvenes.

Diversos estudios (PISA es uno de ellos) muestran la importancia de los factores escolares en el desempeño de los alumnos. Entre los factores se destaca la trascendencia de contar con directores de primer nivel, que cuenten con las facultades y las competencias suficientes, con un personal docente estable, que esté bien calificado y motivado.

La docencia, ejercida de manera competente y dedicada es un factor clave y marca una diferencia considerable en las experiencias de aprendizaje de los alumnos.

El tamaño de las clases es señalado también como un indicador de la calidad de la educación. Con clases más pequeñas es posible que los alumnos reciban atención más personalizada. En este sentido, según datos de 2001, el promedio de alumnos de las escuelas públicas de nivel secundario de los países de la OCDE era de 23,8. En América Latina las cifras van desde 35 alumnos en Brasil, a 30 en México y 29 en Uruguay y Paraguay(24)

Si la calificación profesional es uno de los factores centrales, la distribución de docentes es otra. En muchos países, la distribución de los docentes es desigual tanto en lo que respecta a su cantidad como a sus niveles de calificación. La desigualdad de esta distribución coincide en muchas ocasiones con las zonas rurales y con aquellos sectores en donde están presentes los grupos más vulnerables, lo que es una manera de agudizar más las diferencias ya existentes.

Sabemos que el docente no es un mero actor cuya misión se agota en la transmisión de conocimientos, sino que, trasciende esta función y se perfila, cada vez más, como el conductor de un complejo proceso de enseñanza / aprendizaje en el que se integran requerimientos vinculados con la formación para el ejercicio ciudadano, para la animación cultural, para la dirigencia social, con el rol docente como mediador cultural y como referente en la constitución de la identidad personal y la subjetividad.

A la hora de diseñar políticas educativas, resulta fundamental atraer y retener buenos profesionales, tanto para el ejercicio de la docencia como de la gestión educativa, especialmente en aquellas escuelas a las que asisten niños con mayores necesidades. En contra de la hipótesis moderna, que considera la escuela como una abstracción homogénea, las instituciones reales han sido, y son hoy más que nunca, diversas. La capacitación de estos profesionales debe contemplar también la necesidad de garantizar que los servicios educativos sean pertinentes para la situación concreta de los estudiantes, permitiendo que las escuelas se conviertan en verdaderas comunidades de aprendizaje.

  • Financiamiento:

El doble desafío de ampliar el acceso a la educación y mejorar su calidad requiere de una inversión duradera.

El documento “Invertir más para invertir mejor” (CEPAL-UNESCO) estima que los recursos totales para cumplir con las metas pactadas en diferentes acuerdos internacionales para el 2015 para América Latina ascienden a 150.000 millones de dólares. Una cifra que representa algo así como 7,5 puntos porcentuales del PIB del año 2000 de los 22 países de la región.

Si los países de la región quieren alcanzar las metas pactadas deberán gastar en los próximos 11 años (entre 2005 y 2015) cerca de 13.560 millones de dólares adicionales por año. Esto nos lleva a colegir que los países más pobres de la región necesitarán ayuda externa para alcanzar los Objetivos de la EPT y que a los de renta media y media-baja, no les será sencillo mantener en el largo plazo el flujo de recursos económicos requerido.

Es evidente que las capacidades de financiación del gasto público son limitadas más aún cuando se encuentran con un alto volumen de responsabilidades sociales para atender.

La interrupción o la intermitencia en el gasto destinado a educación tienen un impacto directo sobre la calidad, la equidad y la cantidad de los servicios educativos a ofrecer. Todo ello repercute en el nivel de inserción laboral y social de millones de jóvenes, en su crecimiento personal y afectivo y, en la competitividad y el aprovechamiento de las oportunidades de desarrollo de nuestras sociedades.

Los planes educativos y su financiación requieren de plazos que van más allá de los tiempos que habitualmente definen las agendas gubernamentales. En ello reside la importancia de que la educación no sólo esté incorporada en la agenda de los gobiernos sino también que sea encuadrada dentro de un pacto social.

c) Hacia un Pacto por la Educación

En este sentido hemos venido trabajando en un Pacto por la Educación que ha sido presentado a los Ministros en la reciente Conferencia Iberoamericana de Educación (Toledo, 2005)(25) con el fin de renovar ideas y movilizar a diferentes actores, buscando generar consensos amplios en torno a la serie de desafíos regionales a los que me he referido.

Se trata de un pacto que está en sintonía con los objetivos de Dakar de una Educación para Todos. Un pacto cuya flexibilidad permita que los países se sientan protagonistas de las políticas que implementan pero que encuentren, al mismo tiempo, un marco multilateral en el cual apoyarse (tanto a nivel internacional -apelando a las metas de la Conferencia Internacional sobre Financiación del Desarrollo de Monterrey- como regional).

Para ello hemos entendido que la educación debe formar parte de una estrategia más amplia de desarrollo, en la que se contemple la reducción de la pobreza y se fomente la justicia social. Los principales beneficiarios serán aquellos que se encuentran excluidos de las oportunidades educativas ya sea por razones sociales, económicas, de género o étnicas, así como los grupos vulnerables y en riesgo social. Los planes deberán ser elaborados por los Estados pero con una amplia participación de la sociedad civil, recurriendo a un fuerte apoyo y compromiso local.

El Pacto por la Educación busca así constituirse en un instrumento de cooperación.

El mecanismo de “canje de deuda por inversión en educación” que se inserta en este Pacto, se encuentra con una voluntad política que considera a la Educación como una estrategia central para el desarrollo y, a la cooperación internacional, como un espacio que debe ser renovado y actualizado, a favor de un nuevo modelo de cooperación horizontal en el que impere la colaboración con un claro objetivo: la erradicación de la pobreza.

El Pacto persigue finalmente, por un lado, consolidar la corriente de recursos más allá del primer empuje que pueda proporcionar un canje particular. Busca sensibilizar a las sociedades desarrolladas, ampliar las alianzas con los acreedores y multiplicar así los recursos disponibles. Por el otro, pretende encuadrar las múltiples iniciativas de carácter bilateral dentro de un marco multilateral, mostrando la fortaleza y la relevancia del esfuerzo.

4. Cierre:

El “cambio de época” al que he hecho referencia nos enfrenta a una ruptura, a un cambio societal cuyos rasgos definitorios –decíamos- resultan difíciles de anticipar con absoluta certeza. Ocurre que sobre esta futura “sociedad del conocimiento” hacemos proyecciones, nos animamos a plantear ciertas visiones “deseables”, nos permitimos construir “utopías”.

Los cambios estructurales e institucionales que se están dando, los riesgos, los conflictos y las incertidumbres, las oportunidades y las ventajas que se nos presentan en este nuevo escenario, las debilidades y las fortalezas con las que contamos se entrecruzan con nuestro acervo cultural, requieren de nuestras decisiones, de nuestras voluntades y de nuestras políticas para darle una forma diferente al futuro. Una forma en la que podamos reconocernos y reconocer nuestras particularidades y actuar así en estos presentes que América Latina está deseando transformar.

El potencial y el alcance que tendrán nuestras acciones, nuestras decisiones y nuestras voluntades para transformar la realidad dependerán en buena medida de la educación, de la calidad de nuestra educación. La paz, la cooperación entre nuestros pueblos, la solidaridad, la construcción de justicia social, la capacidad de anticipación, la solución de situaciones imprevistas, el manejo del riesgo y los cambios que caracterizan estos tiempos dependen en un cierto plano de la construcción de una educación de calidad para todos y con todos.

Los pobres resultados obtenidos en lectura, matemática y ciencia son un llamado de atención, señalan el foco de un riesgo para nuestras sociedades. Estas competencias ponen en juego las herramientas necesarias para que nuestros jóvenes puedan conocer, interpretar, operar y transformar el mundo, puedan reflexionar con autonomía e imaginar con creatividad, avanzar hacia el dominio de la tecnología sin acentuar las desigualdades y comprender la importancia de la ciencia y el desarrollo tecnológico en áreas que son vitales para el desarrollo de nuestros países.

De la calidad de una educación para todos y con todos depende también el poder incrementar nuestra capacidad para la innovación e investigación en materia de ciencia y tecnología.

Este es uno de los sectores centrales para construir futuros en la región. Tanto la inversión en educación como la inversión en innovación, ciencia y tecnología ocupan un rol central en los estilos de desarrollo ya que son ellos los que posibilitarán una transformación estructural del aparto productivo. El carácter informal y semi-periférico de la innovación tecnológica en América Latina plantea el desafío de mantener esfuerzos sostenidos que permitan superar el rezago con respecto a otras regiones más adelantadas y que nos ayuden a construir sistemas integrados de investigación y desarrollo tecnológico aplicados.

Educar, investigar, diseñar políticas, discutir propuestas, promover el diálogo especializado, incorporar tecnología y propiciar la cooperación son elementos centrales para poder transformar las actuales condiciones y hacer de nuestras utopías una puerta para el cambio.

Como en el siglo XIX y XX, la educación debe volver a promover la modernización y la inclusión de todos. Sólo que ahora debe emprender esta tarea de cara al siglo XXI, teniendo en cuenta los nuevos requerimientos.

Para terminar, en un momento de cambios profundos y de profundas crisis en las sociedades latinoamericanas -crisis particularmente vivida en la Argentina- las escuelas han sido la “institucionalidad” que quedó en pie. En el momento más difícil, las escuelas han seguido siendo un referente, un espacio a partir del cual recomponer la identidad, resistir el desánimo, plantear proyectos.

Las escuelas han cumplido y siguen cumpliendo con las funciones básicas. Muchas de ellas se han hecho cargo además de una serie de tareas que le han sido atribuidas por la misma situación de emergencia. Quizá ya sea hora de separar funciones, recuperar aquellas que le son propias y avanzar hacia el siglo XXI.

La escuela y el sistema educativo deben ser capaces de evolucionar y re-crearse a sí mismos. Éste es uno de los desafíos de la teoría pedagógica. La identificación y el aprovechamiento de aquellas prácticas que han dado respuestas significativas en contextos tan difíciles. Es en ellos, como señalara Cecilia Braslavsky, en los que podemos encontrar ejemplos que nos enseñen “a usar las sorpresas inevitables y a construir profecías de paz, justicia y desarrollo sustentable”(26).

Notas

(1) PISA (2003) “Aprender para el mundo del mañana”, p. 99, OCDE-Santillana, España 2004.

(2) Cf. “Repaso a la enseñanza: indicadores de la OCDE”, resumen en español, edición 2004.

(3) Cf. “Repaso a la enseñanza: indicadores de la OCDE”, resumen en español, edición 2004.

(4) http://www.siteal.iipe-oei.org/boletin/pdf/SITEAL_Boletin-03.pdf. Cf. CEPAL-UNESCO, “Educación y conocimiento: eje de la transformación productiva con equidad”, Santiago 1992.

(5) Banco Mundial, “Informe sobre Desarrollo Mundial”, 2003.

(6) BID, “Objetivos de desarrollo del Milenio”, 2003

(7) UNESCO, “Latin American Educational Quality Assessment Laboratory: First International Comparative Study, Santiago 1998. Citado en J. Brunner, “Globalización y el futuro de la educación: tendencias, desafíos y estrategias”, Seminario sobre prospectiva de la educación en la Región de América Latina y el Caribe, UNESCO, Santiago 2000.

(8) M. Castells. “La era de la información: Economía, sociedad y cultura” vol. 1. Alianza. Madrid 2002.

(9) UNESCO, “Informe de seguimiento de la EPT en el mundo”, Panorama Regional, 2005.

(10) Cf. http://portal.unesco.org/education/es

(11) UNESCO, “Informe de seguimiento de la EPT en el mundo”, Panorama Regional, 2005.

(12) UNESCO, op. cit.

(13) UNESCO, op. cit. Cf. OEI, “Hacia un Pacto Iberoamericano Iberoamericano por la Educación. La Educación como prioridad en las iniciativas de canje de deuda”, Madrid, 23 de junio de 2005.

(14) Cf. http://www.oei.es/xcie.htm

(15) Cf. http://www.oei.es/xciedoc.htm

(16) UNESCO, “Informe de seguimiento de la EPT en el mundo”, Panorama Regional, 2005.

(17) UNESCO, op. cit.

(18) UNESCO, op. cit.

(19) SITEAL. “Ingreso y abandono de la educación secundaria en América Latina”. Boletín N· 2. Buenos Aires 2005. http://www.siteal.iipe-oei.org/

(20) SITEAL, "La educación superior en América Latina: acceso, permanencia y equidad", Buenos Aires. Cf. http://www.siteal.iipe-oei.org/

(21) OCDE, “Informe PISA 2003. Aprender para el mundo del mañana”, Santillana, Madrid 2004.

(22) CEPAL–UNESCO. “Invertir mejor para invertir más. Financiamiento y gestión de la educación en América Latina y el Caribe”. pp. 38 ss. Santiago de Chile, enero del 2005.

(23) UNESCO, “Informe de seguimiento de la EPT en el mundo”, Panorama Regional, 2005.

(24) UNESCO, op. cit.

(25) Cf. http://www.oei.es/xvcie.htm

(26) Cecilia Braslavsky, “Diez factores para una educación de calidad para todos en el siglo XXI”, Documento Básico presentado en la XIX Semana Monográfica de la Educación: Educación de calidad para todos. Iniciativas Iberoamericanas, Fundación Santillana, Madrid 2004.

 

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