El lugar donde se alza una
gran ciudad
no es donde se extienden los muelles,
donde se levantan los almacenes y las fábricas,
donde se amontonan los productos,
Ni es el lugar de los continuos cumplidos
a quienes
acaban de llegar,
o donde levan anclas cuantos se van,
Ni es el lugar de los más altos y más
caros edificios,
ni de las tiendas que de todo venden y de
todas
partes,
Ni es el lugar de las mejores bibliotecas
y escuelas,
ni el lugar donde más abunda el oro,
Ni es el lugar de la población más
numerosa...
Walt Whitman
(The leaves of grass)
La urbe y la polis: la ciudad
Pues ¿qué es
la ciudad? ¿Casas, calles y plazas? Eso
sería urbe, tal vez, pero no ciudad.
De urbe deriva urbanismo, urbanización,
urbanidad... De ciudad -es decir, de "cívitas"-
proviene civismo, civilidad, civilización.
¿Número de habitantes? Una cosa
es la demografía y otra la democracia.
La urbanidad corresponde a la urbe: es el comportamiento
urbano: convencional, respetuoso, que no obliga
a intercambiar confidencias, que no requiere
decir cómo te llamas, quién eres,
de dónde vienes ni adónde vas,
impersonal, anónimo. El civismo, en cambio,
se fundamenta en derechos y deberes, implica,
compromete; corresponde a la ciudad, a la "polis".
La ciudad es el espacio de
la sociedad: un microcosmos donde practicar
el conveniente ejercicio de "pensar globalmente,
actuar localmente". Lo decía el
arquitecto y urbanista parisiense Roland Castro
en el 1º Congreso de Ciudades Educadoras
de Barcelona (1990):
"La ciudad-mundo, donde
está el mundo entero en la misma ciudad,
es nuestro destino. (...) Debemos de conjugar
a la vez lo que es de orden universal y lo de
orden específico, y es justamente por
medio de las aportaciones de las demás
culturas que podemos abordar la cuestión.
Personalmente, considero extraordinario que
nuestro destino sea la ciudad-mundo. Detesto
de una manera especial lo que se denomina el
derecho de los primeros residentes, sea cual
sea su país".
Habrá que volver luego
al tema apuntado de la multiculturalidad, a
la inmigración inherente a la ciudad.
Sigamos. Ortega y Gasset destacaba el valor
de este espacio advirtiendo que la ciudad es,
antes que cualquier otra cosa, plaza, ágora,
intercambio, debate. La ciudad, decía,
no precisa casas, sólo fachadas que den
a la plaza. "Hay que salir de las casas
para encontrar la ciudad".
No hay que olvidar que el origen
de la ciudad, y el de la democracia es mediterráneo.
Es sano volver de vez en cuando al pensamiento
clásico sobre la "polis" griega
y sobre el sentido auténtico de la política.
Dice Aristóteles: "Si todas las
comunidades tienden a algún bien, es
evidente que mucho más que otra y al
bien más principal, la ciudad es la principal
entre todas y la que las comprende a todas.
(...) La comunidad naturalmente constituida
para la satisfacción de las necesidades
cotidianas es la casa; y la primera comunidad
constituida por varias casas en vista a las
necesidades no cotidianas es la aldea. La comunidad
perfecta de varias aldeas es la ciudad, que
tiene, por así decirlo, el extremo de
toda suficiencia. Y la ciudad es el fin de las
anteriores, y la naturaleza es fin. (...) De
todo lo cual resulta, pues, que la ciudad es
una de las cosas naturales, y que el hombre
es por naturaleza un animal social. (...) Si
el individuo separado no se basta a si mismo
se asemejará a las demás partes
en relación con el todo, y quien no puede
vivir en sociedad, o no necesita nada, por propia
suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino
una bestia o un dios".
Lo primero, lo ideal, lo natural,
no es, pues, el "home, sweet home",
sino la ciudad, la "polis". Y la ciudad
no es una aldea, ni un barrio, ni una urbanización.
La ciudad es el espacio natural -si el ser humano
es naturalmente un "zoos politikón",
un animal político- de la política,
de la democracia. Es una auténtica "república
de valores". O no es ciudad, sólo
urbe.
Puede haber urbe o urbanización
sin plaza, pero no ciudad. Puede haber territorio
pero no espacio público. Las casas no
hacen la ciudad, sino las personas que se encuentran
en la plaza. Sólo la ciudad hace ciudadanos
y sólo los ciudadanos y ciudadanas hacen
la ciudad. La nación, por si misma, no
crea ciudadanía sino pertenencia a un
grupo, no ciudadanos sino "naturales",
ya que "natio" es el lugar donde alguien
es "natus", nacido. Y el Estado comporta
contribuyentes, súbditos, usuarios de
servicios... tampoco ciudadanos. Etimológicamente,
se es nacional por nacimiento, pero ciudadano
por civismo, por educación, consistente
en la ejercitación en valores.
La ciudadanía se conquista,
se gana, se merece, se fundamenta en un compromiso
de persona libre entre personas libres. La ciudadanía
no la dan los genes: por los genes se es, tan
sólo, gente. Ni el mero permiso de residencia,
sino el derecho a participar en la ciudad, en
la "polis", en la vida política.
La diferencia entre demografía y democracia
se explica por los valores, por el civismo,
que es la vida de la ciudad.
Allí donde se alza
la ciudad de la raza más firme
de poetas y oradores,
Donde se alza la ciudad que ellos aman y a
quie-
nes, a cambio, ella ama y comprende,
Donde no se levantan a los héroes otras
piedras
que las palabras y los hechos más corrientes,
Donde la ganancia tiene su lugar y el sentido
común tiene su lugar,
Donde hombres y mujeres no tienen demasiado
en cuenta las leyes,
Donde el esclavo deja de serlo, y el amo de
escla-
vos deja de serlo,
Donde el pueblo, de repente, se rebela contra
la
audacia desenfrenada de la gente elegida,
Donde hombres y mujeres se yerguen furiosos,
como yergue el mar al silbido de la muerte
sus irre-
sistibles y asoladoras olas,
Donde la autoridad externa se aparta siempre
al
paso de la autoridad interna,
Donde siempre el ciudadano es el ideal y el
jefe, el
presidente, el alcalde, el gobernador y todos
los
demás son agentes a sueldo del ciudadano,
Donde se enseña a los niños
a ser su propia ley
ellos mismos, y a comportarse por si mismos,
Donde la ecuanimidad se manifiesta en los
queha
ceres,
Donde se incita a las especulaciones sobre
el
espíritu,
Donde, junto a los hombres, en la calle, en
las
manifestaciones públicas, desfilan
las mujeres,
Donde, junto a los hombres, para tomar parte
en
ellas, entran las mujeres en las asambleas
públi-
cas,
Donde se alza la ciudad de los amigos fieles,
Donde se alza la ciudad de la pureza de los
sexos,
Donde se alza la ciudad de los padres más
sanos,
Donde se alza la ciudad de las madres de cuerpo
más bien formado,
Allí se alza la gran ciudad.
Walt Whitman
(The leaves of grass)
La ciudad, el medio de la
democracia
Un segundo renacer de la ciudad,
luego de la "polis" griega y la "urbs"
romana, fue en la Baja Edad Media, luego del
duro régimen feudal. Reapareció
con el comercio, abierto a toda suerte de intercambios:
con él, las ciudades florecieron de nuevo.
Las ciudades mercado, los burgos, las villas
francas, libres, abiertas. Se trataba de una
verdadera autodeterminación: "las
persones eran capaces de crear las condiciones
de su propia libertad", según afirma
Richard Sennett en "La conciencia del ojo":
"La ciudad medieval era concebida por sus
habitantes como un lugar en el cual las personas
iban a ser capaces de redactar sus propias leyes
laicas, y ejercer su voluntad política,
en vez de estar maniatadas por una serie de
obligaciones heredadas, propias del vasallaje".
Esa expresión de libertad
venía expresada por la frase que varias
ciudades hanseáticas inscribieron en
las puertas de sus murallas: "Stadt Luft
macht frei", "el aire de la ciudad
hace personas libres", es decir ciudadanos
y ciudadanas, y no súbditos. Fuera de
la ciudad, el primitivismo, la incivilización,
la incerteza, la barbarie.
Francesc Eiximenis, en su obra
"Regiment de la cosa pública",
se preguntaba: "¿Por qué
los hombres hacen las ciudades y por qué
fueron halladas del comienzo del mundo acá?".
Y respondía, entre otros, en los siguientes
términos:
Para ahuyentar ignorancia
(se echa mejor de si
mismo la natural ignorancia en lugares poblados
y nota-
bles, que en la soledad).
Para ahuyentar malas codicias.
Para contrastar los malos hombres y para
defenderse de ellos.
Para proveer bastantemente a las necesidades
de los hombres.
Para dar a los hombres honesto placer y alegría.
Para el servicio especial de la cosa pública.
Por necesidad de contratos.
Para regimiento del pueblo.
Para vivir virtuosamente.
En pleno siglo XIV, Eiximenis
auguraba que, tiempos a venir, "...el mundo
será dividido en comunas y que a partir
de un momento dado no habrá reyes ni
duques, ni condes ni nobles, ni grandes señores,
sino que de entonces adelante hasta el fin del
mundo reinará en todas partes la justicia
popular".
Las principales utopías
que han sido soñadas milenios atrás,
tienen figura y estructura de ciudad: Platón
imagina la República ideal, la ciudad
filosófica en la cual el bien común
-concepto y expresión hoy caídos
extrañamente en olvido- prevalecería
sobre el bien particular, una ciudad a imagen
y semejanza del ser humano: "En el alma
de cada uno de nosotros se hallan los mismos
principios que en la ciudad, y en igual número".
Agustín contrasta la ciudad terrenal
y la de Dios, la ciudad teológica: "Dos
amores fundaron dos ciudades...". Y, desde
Thomas More, la ciudad, edificada en la Nova
Insula Utopia, toma la organización de
una república democrática "donde
todo es común y nadie teme que pueda
llegar a echar en falta nada personal... donde
no hay pobres ni mendigos y, aunque nadie tenga
nada, todos tienen de todo". A Utopía
seguirá la Ciudad del Sol de Tommaso
Campanella; y la New Atlantis de Francis Bacon,
la ciudad científica. Más adelante,
Etienne Cabet imaginará Icaria, una ciudad
comunista "regida por los principios generales
de la Fraternidad, la Libertad, la Solidaridad
y la Comunidad" anhelada como la felicidad
de la humanidad. Y hará un llamamiento
a descubrirla, a fundarla: "¡Trabajadores,
vayamos a Icaria! Ya que en Francia se nos persigue,
ya que nos niegan todos los derechos, cualquier
libertad de asociación, de reunión,
de discusión y de propaganda pacífica,
vayamos a buscar en Icaria nuestra dignidad
de hombres, nuestros derechos de ciudadanos
y la Libertad con la Igualdad".
Contrastando con las filosofías
y las fantasías utópicas, con
las estéticas y racionales ciudades renacentistas,
y con los revolucionarios intentos socialistas
de descubrir o acuñar la ciudad ideal,
Charles Dickens denuncia la trágica tensión
que desgarra la ciudad de la era industrial:
"Era la mejor de todas las épocas,
era el peor de todos los tiempos, era el siglo
de la sabiduría, era el siglo de la estupidez,
era la época de la fe, era la época
de la incredulidad, era la estación de
la Luz, era la estación de las Tinieblas,
era la primavera de la esperanza, era el invierno
de la desesperación, lo teníamos
todo ante nosotros, no teníamos nada
ante nosotros, íbamos derecho al cielo,
íbamos exactamente en la dirección
opuesta: en resumen, aquel período se
parecía tanto al presente que algunas
de las autoridades más célebres
de la época insistían que se hablase
de ella sólo en superlativo, tanto para
el bien como para el mal".
Es la "Historia de dos
ciudades", el siglo XIX, una era en que
las filosofías políticas de siglos
anteriores no resistían mantenerse en
la teoría ni en la letra de las constituciones
democráticas. Despuntaba la hora de la
democracia del proletariado, de la revolución,
de la lucha final, que inauguraría una
nueva sociedad, un mundo nuevo, no en una isla
lejana hacia poniente, sino surgido de la transformación
radical del viejo mundo, de la vieja sociedad.
La insurrección de la Comuna de París,
Barcelona, "la rosa de fuego"... Así
la describe George Orwell en 1937 en "Homenatge
a Catalunya", como una insólita
realidad: "Era la primera vez que me hallaba
en una ciudad donde mandaba la clase obrera.
Prácticamente todos los edificios importantes
habían sido ocupados por los trabajadores
y aparecían decorados con banderas rojas
o con la bandera roja y negra de los anarquistas;
las paredes estaban llenas de dibujos con la
hoz y el martillo y las iniciales de los partidos
revolucionarios; casi todas la iglesias habían
sido saqueadas y quemadas las imágenes.
Equipos de obreros se dedicaban a derribar sistemáticamente
los templos. Todos los comercios y cafés
exhibían una inscripción haciendo
constar que habían sido colectivizados;
incluso los limpiabotas habían sido colectivizados
y habían pintado sus cajas de color rojo
y negro. Los camareros y dependientes te miraban
a la cara y te trataban de tú a tú.
Las locuciones verbales de matiz servil e incluso
ceremonial habían desaparecido temporalmente.
Nadie decía señor o don, ni tan
sólo usted; todo el mundo te trataba
de camarada y de tú, y decía:
¡Salud!, en lugar de Buenos días".
"No había automóviles
particulares, pues todos habían sido
requisados, y todos los tranvías y taxis
y buena parte del resto de vehículos
de transporte aparecían pintados en rojo
y negro. (...) A lo largo de la Rambla, la ancha
arteria central de la ciudad, por donde la multitud
circulaba constantemente arriba y abajo, los
altavoces bramaban cantos revolucionarios todo
el día y buena parte de la noche. Y lo
más sorprendente de todo era el aspecto
de esta multitud. En apariencia era una ciudad
donde las clases ricas habían dejado
prácticamente de existir".
En la linde del Tercer Milenio:
ciudad o anticiudad
Han cruzado nuestra historia
guerras e intentos revolucionarios, cayó
el muro de Berlín. Nos hallamos a finales
de siglo, a las puertas de un milenio. En el
Congreso de Urbanismo de Estambul auspiciado
por las Naciones Unidas se dijo: el mundo actual
es el de las ciudades, en el siglo XXI todo
el mundo vivirá en ellas. Pero tal apreciación
no es en modo alguno exacta: el mundo va hacia
una urbanización sin ciudades. Una ciudad
es otra cosa: estructuras y servicios, tejido
social, valores compartidos, solidaridades,
proyectos de diversidad, autogobierno, democracia...
La ciudad postmoderna se ensancha
al espacio global, sin límites ni propiamente
territorio, alcanza la región y deviene
megalópolis, como una nebulosa urbana,
invadiendo la naturaleza. Se extiende hasta
la periferia, hasta "ex-urbia", más
allá del contínuo urbano, hasta
donde termina la ciudad propiamente dicha. Seguramente
aun existe territorio, pero ya no existe mapa.
Ni ciudadanía. Es el destino liberal
de las ciudades. Segrega, se segrega, se constituye
en un entorno autosuficiente, la plaza y la
calle sustituidos por parques temáticos,
enlazando con la ciudad sólo a través
de la autopista y el automóvil. ¿Ciudad?
¿no-ciudad?
Por otra parte, entramos en
la era de la información, constituida
por una red acéfala de conexiones horizontales,
sin fronteras, con difícil control desde
los centros de poder. ¿Es Internet, tal
vez, la ciudad-mundo, una ciudad virtual? ¿O
más bien la anticiudad? ¿Crea
ciudadanía? ¿De qué tipo?
¿Hasta qué punto alcanza a sustituirla?
Hasta qué punto será ciudadano
quien no esté en Internet? Democracia
virtual versus democracia real?
En la cultura de los cómics
aparecen viejas ciudades en ruinas, propias
de una civilización pretérita,
en espera de un "segundo origen";
ciudades distópicas que contrastan críticamente
con las ciudades reales; ciudades utópicas,
ideales... en escenarios hiperrealistas, como
cuerpos vivos, emergentes, en evolución...
Los cómics expresan motivaciones: parece
flotar en ellos la inquietud o el desengaño
ante la ciudad irrealizada, inalcanzada.
Pues el ciudadano es la ciudad,
la lleva dentro. Manifiesta su sentido de pertenencia.
He aquí la "condición urbana".
Existe una ciudad de los sentimientos, la ciudad
íntimamente percibida, querida, deseada.
Pues la ciudad es una densa mezcla de sentimientos,
de estados de ánimo, de tradiciones,
de culturas, de lugares, de signos, de imaginario,
de valores...
Has dicho: "Me iré
a otra tierra,
me iré hacia otro mar.
Bien habrá una ciudad mejor que ésta...".
...
Nuevos lugares no los encontrarás,
no encontrarás, no, otros mares.
La ciudad irá donde tu vayas. Por las
mismas
calles andarás. Y en los mismos barrios
envejecerás, y encanecerás
en estas mismas casas.
Siempre será a esta ciudad a la que llegues.
Kostandinos Kavafis
Baudelaire lo expresaba así:
El viejo París ya no
es,
-cambia más deprisa, ay, que el corazón
de un mortal!
...
-París cambia! -Pero nada en mi melancolía
ha sufrido alteración! Palacios nuevos,
andamios, bloques, viejos arrabales, para mi
todo se convierte en alegoría, y mis
queridos recuerdos son más pesados que
piedras.
Un reciente estudio de la Universidad
Politécnica de Catalunya indica que los
actuales modelos de definir y delimitar el área
y la región metropolitana de Barcelona
han caducado: la Barcelona "real"
está integrada -afirma- por 146 municipios
-desde Cunit hasta Blanes, y hasta los límites
del Bages y Osona- que ocupan una superficie
de 3.000 km2 donde residen 4,2 millones de personas.
¿Una gran Barcelona o muchas Barcelonas?
¿Redes de servicios o espacios de relación
social?
-Corre enllà, corre
enllà, corre enllà, Barcelona,
que ja et cal ésser una altra per ésser
la que deus... incita a "la gran encisera",
su ciudad, el poeta Joan Maragall, abuelo del
alcalde Pasqual Maragall, en su "Oda nova
a Barcelona". Ante el fenómeno de
las grandes conurbaciones actuales, las poblaciones
que conforman la conurbación metropolitana
optan convencidas por un reforzamiento de las
identidades, de las pertenencias a comunidades
locales, frente a una absorción, abriéndose,
eso sí, a coordinar y compartir servicios.
La ciudad homogénea es anómica,
incapaz de integrar, de integrarse en ella.
En un universo postnacional,
tendente a la mundialización, en una
Europa supraestatal en cuyo interior los estados
se desdibujan, hay que reencontrar la ciudad,
redefinida como el espacio de la sociedad, donde
está en juego la ciudadanía, la
democracia, los derechos humanos.
Hace falta una apuesta clara
por la ciudad, por las ciudades, desde los ayuntamientos,
con los técnicos y creadores urbanistas
y arquitectos, donde cuenten activamente los
ciudadanos y las ciudadanas. La ciudad no está
en crisis -o tal crisis no tiene por qué
ser negativa-, sino en proceso de transformación.
¿Qué urbanismo, qué planificación?
¿Al servicio de quién, de qué?
De las personas, de la sociedad, de la calidad
de vida. Hay que incorporar a la ciudadanía
en este proceso de transformación de
la ciudad.
La multiculturalidad, la
ciudad mundo
Y la ciudadanía es siempre,
pero en la actualidad infinitamente más,
diversidad de gentes, de procedencias, de identidades,
de culturas. Pues -según apuntaba el
antropólogo Manuel Delgado en el Debate
de Barcelona 1996 sobre "Ciudad e inmigración"-
la inmigración es esencial en la ciudad:
la ciudad se produce por la inmigración,
y sin ella resulta inviable. Transforma a los
inmigrantes y se transforma por ellos. Y el
filósofo boliviano Jairo Montoya -participante
en el mismo Debate- insistía en este
fenómeno, refiriéndose sobre todo
a las ciudades latinoamericanas: actualmente
estallan las fronteras -decía-, ya no
existen estados ni continentes. La ciudad implosiona,
desborda. Y cambia el tipo de ciudadano que
la habita. Para subsistir, la megalópolis
necesita aplicar la lógica de la exclusión.
Tanto el ciudadano residente como el invasor
buscan domar el espacio urbano. Se forman enclaves
de resistencia frente al intruso, y a su vez,
en las nuevas periferias o en los centros históricos
abandonados, en los guetos, los no-lugares,
espacios de la desesperanza, aldeas étnicas,
con memorias rurales yuxtapuestas, con la cultura-mundo
mediática a su entorno. Y Diego López
Garrido ponía el dedo en la llaga: así
como la pobreza era el fenómeno social
de referencia en la sociedad preindustrial del
siglo XIX, y la explotación en la industrial
del XX, en la postindustrial del siglo XXI se
forja la dinámica de la exclusión,
que recae en especial sobre el inmigrante, la
población "a la deriva". Antes
la inmigración era un fenómeno
dinamizador, de progreso social: ahora no. El
cuarto mundo no es ni tan sólo el tercero,
es el no-mundo, el caos frente al cosmos. El
"inmundus", en su doble significado
de no-mundo y de impuro. Ahora el escenario
del conflicto ya no es tanto la empresa como
la ciudad. El constante desajuste entre la "urbs"
y la "polis" llevado actualmente al
límite.
La interculturalidad es el
reto de la ciudad actual, de la acogida frente
a la exclusión, de la apertura frente
a la marginación. Jordi Borja, en su
ponencia "La ciudad conquistada. Un punto
de vista desde la sociología" (Congreso
Internacional de Ciudades de Educadoras, Barcelona
1990), advertía: "La ciudad hace
ciudadanos. O, quizás, la ciudad, hoy
todavía lejana, sería aquella
en la cual todos quienes viven o trabajan en
ella, fuesen plenamente ciudadanos. No es éste
el caso. La ciudad integra y margina. Educa
para la ciudadanía y también para
la exclusión. La ciudad no hará
ciudadanos si una parte de sus residentes no
pueden adquirir esta cualidad".
Y Roland Castro, en el mismo
Congreso, formulaba una firme apuesta por el
diálogo intercultural en el espacio concreto
de la ciudad-mundo: "Este multiculturalismo
es nuestro internacionalismo concreto. Es decir,
es nuestro nuevo espacio donde poder reedificar
juntos algo en el orden de la ideología
postnacional, algo que se encuentra más
allá de la nación, una república
de valores más allá de la nación".
"Pienso que sólo
habrá un auténtico multiculturalismo
concreto -una pasión por todos los pueblos,
una pasión por todas las producciones
de todos los pueblos, una ampliación
de la poesía a todas las poesías,
una ampliación de la música a
todas las músicas- si conseguimos crear
república, que podríamos denominar
república de mestizaje. Es decir, si
por medio de esta red inmaterial de valores
podemos escucharlo todo, amarlo todo, y ver
a los demás como participantes de la
ciudadanía".
"Hay que admitir que,
si por el momento, triunfa el liberalismo en
la empresa, algo es seguro y cierto, y es que
no hay que hacer liberalismo en la ciudad...
Al contrario, hay que llevar a cabo una inmensa
acción voluntaria contra la desigualdad.
Y por esta razón pienso que hay que inventar
un modelo europeo de ciudad, un modelo europeo
de la ciudad-mundo democrática... El
proyecto de la república, en la ciudad,
es un proyecto extremadamente voluntario".
La ciudad europea ha sufrido
grandes transformaciones en poco tiempo, a un
ritmo frenético, hasta límites
de contaminación e inhabitabilidad. Se
han desarrollado planes urbanísticos
y de vivienda, más que valores de ciudadanía.
Hay que llenar de contenido las grandes infraestructuras
y equipamientos. Recuperar viejos valores de
convivencia y calidad ambiental e impulsar otros
nuevos. Redescubrir la idea de ciudad asumida
por el conjunto de la ciudadanía, una
ciudad socialmente integrada, equilibrada, sostenible
por lo que respecta al medio ambiente, a las
necesidades sociales, a la economía y
al trabajo. ¿Cómo? A través
de una educación que emane de la propia
ciudad. Es necesario que la ciudadanía
se apropie de la ciudad.
La ciudad educadora
En este contexto, en esta opción
por la ciudadanía, surge la "ciudad
educadora", una idea-fuerza que se lanza
mediante la convocatoria de un Congreso Internacional
de Ciudades Educadoras, propuesto y organizado
por el Ayuntamiento de Barcelona en el año
1990, y que se define a través de la
declaración de la Carta de Ciudades Educadoras
que, en su introducción se define y se
compromete a sí misma en estos términos:
"La ciudad educadora es una ciudad con
personalidad propia e insertada en el país
donde se ubica. Por tanto, su identidad es interdependiente
con la del territorio del cual forma parte.
Es también una ciudad no cerrada en sí
misma sino que se relaciona con sus entornos:
con otros núcleos urbanos de su territorio
y con ciudades semejantes de otros países,
con el objetivo de aprender e intercambiar y,
por lo tanto, de enriquecer la vida de sus habitantes".
"La ciudad será
educadora cuando reconocerá, ejercerá
y desarrollará, además de las
funciones tradicionales -económica, social,
política y de prestación de servicios-
también una función educadora,
en el sentido de asumir una intencionalidad
y una responsabilidad con el objetivo de la
formación, la promoción y el desarrollo
de todos sus habitantes, empezando por los más
jóvenes... Una ciudad será educadora
si ofrece con generosidad todo su potencial,
si se deja tomar por todos sus habitantes y
les enseña a hacerlo".
Participaron en el Congreso
de Barcelona 70 ciudades de 21 países:
representó el inicio de un amplio movimiento
internacional de ciudades con encuentros congresuales
bienales:
1990, Barcelona: La ciudad
educadora para los niños y jóvenes.
1992, Goteborg : La educación permanente.
1994, Bolonia: Re-conocerse: por una nueva geografía
de las identidades.
1996, Chicago: Las artes y las humanidades como
agentes de cambio social.
Los intercambios y experiencias
alimentan el Banco Internacional de Experiencias
de Ciudades Educadoras (BIEC). En 1996 se constituyó
la Asociación Internacional de Ciudades
Educadoras (AICE)"1" . La idea de
fondo de la ciudad educadora es muy antigua,
pertenece al mundo clásico y se desarrolla
en las visiones y ensayos utópicos del
primer socialismo. Cuando Rafael Campalans afirmaba
que "política es pedagogía"
se situaba en esta perspectiva. Sin embargo,
el uso y la expresión del término
hay que buscarlos en el libro dirigido por Edgar
Faure "Apprendre à Etre" (UNESCO,
1972) que se refiere a la "ciudad educativa"
de la siguiente forma: "...los términos
de la relación entre sociedad y educación
cambian de naturaleza: hay un proceso de compenetración
íntima de la educación y el tejido
social, político y económico,
en las células familiares, en la vida
cívica".
Una educación desescolarizada
Sin embargo, es Fiorenzo Alfieri,
pedagogo italiano, miembro del comité
ejecutivo de la AICE y diseñador y promotor
del proyecto "Torino, città educativa"
quien define, concreta y desarrolla esta idea:
"La intencionalidad formativa se debe convertir
en una dimensión fuerte e impregnadora.
No es suficiente que la sociedad invoque formación,
es necesario que se ponga en juego en sus diversos
componentes. Por tanto, no podemos hablar sólo
de escuela sino que debemos configurar la existencia
de un sistema formativo global. De lo contrario,
la escuela seguirá siendo una institución
cerrada, que se reproduce casi exclusivamente
a sí misma, y se seguirán despilfarrando
recursos y tiempos cada vez con mayor irresponsabilidad...
(Es necesaria) una mediación inteligente
entre una visión totalmente centrada-en-la-escuela
y un planteamiento violentamente desescolarizador
(...) identificar requerimientos diferenciados
y dirigirlos a los dos polos del contexto social:
al polo territorial (constituido
por la familia, los entes locales, las asociaciones
y las estructuras productivas), el compromiso
de favorecer la conquista por parte de los jóvenes
de una base experiencial rica, íntegra,
auténtica, diferenciada y sanamente conflictiva;
al polo escolar (constituido por la institución
escolar y otras agencias educativas con la misma
conformación organizativa que la escuela
y más o menos las mismas finalidades
específicas), el deber de transformar
las experiencias de vida en instrumentos culturales
adecuados a la sociedad en que vivimos.
El movimiento situacionista
lo anunciaba lúcidamente: "estamos
entre dos mundos: uno no lo reconocemos y el
otro no existe todavía". Recién
hemos pasado por la desorientación en
calificar el modelo de sociedad en que vivíamos:
postmoderna, postindustrial, postcapitalista...
sólo "post" sin saber discernir
ningún "pre". ¿El fin
de las ideologías? ¿El fin de
la historia? ¿Sin principio de ningún
mundo por venir? ¿Situación iniciática?
Una de las instituciones sociales
que más profundamente sufre estos desajustes
y desorientaciones propias de este cambio de
era y de civilización, esta crisis anunciada,
es la escuela. Alfieri propone y desarrolla
teórica y prácticamente el proyecto
de la ciudad educadora, en el universo global
de la nueva sociedad de la información,
del conocimiento, advirtiendo con rotundidad
que "...en este momento, no es tanto la
escuela la que tiene que efectuar la revolución
más profunda. Son más bien las
administraciones públicas las que deben
madurar una conciencia adecuada a la importancia
que tiene para una sociedad civil invertir en
las generaciones jóvenes".
El contexto, el marco, el territorio
educativo es más ancho y abierto, más
accesible e interconectado, más inmediato
y directo, más activo, más experiencial
que la escuela: se trata de la ciudad. No tanto
de una ciudad educativa como de la ciudad real
que asume su dimensión educadora, que
no se dirige a alumnos o estudiantes sino a
ciudadanos y ciudadanas: niños y niñas
-sujetos de derechos civiles y políticos,
según la Convención de las Naciones
Unidas (20-11-1989)-, jóvenes, familias,
ancianos, asociaciones, al conjunto de la ciudadanía:
"Si se comparte la necesidad de que la
formación apunta hoy a la autoconstrucción
personal de mapas orientadores útiles
para situarse en un mundo donde, por primera
vez en la historia, están a disposición
a la vez todos los tiempos, todos los espacios,
todos los valores, todas las creencias y todos
los lenguajes, estaremos de acuerdo en el hecho
de que la ciudad actual es en su conjunto el
laboratorio adecuado para una educación
coherente con las expectativas culturales que
la sociedad tiene respecto al hecho formativo"
... El componente educativo no debe caracterizarse
por el escolasticismo sino por el territorialismo.
Las experiencias educativas han de ser calientes,
sucias, llenas de resonancias y fuertemente
contextualizadas. La ciudad tiene que preocuparse
por favorecer al máximo la inmersión
en lo real y no tanto la instrucción
curricular, que no es de su incumbencia. (...)
Cada aspecto constitutivo de la ciudad y cada
acontecimiento nuevo deberían presentar
un aspecto educativo estructurado, dirigido
prioritariamente a los jóvenes, los cuales
deberían poder acceder a él lo
más libremente posible. (...) El objetivo
a alcanzar debe ser la creación de continuos
cortocircuitos entre los jóvenes y determinados
"trozos" significativos de realidad;
y ello sólo se puede alcanzar mediante
una implicación que sea a la vez operativa,
emotiva y proyectual".
La ciudad, desde su voluntad
educadora, define y establece su proyecto educativo
de ciudad, en cuyo interior todo el mundo tiene
su papel, su función, su responsabilidad:
las administraciones públicas en primer
lugar, los servicios públicos, las instituciones
y equipamientos culturales, el mundo de la creación
y la producción de la cultura, las artes,
las ciencias y las nuevas tecnologías,
el mundo de la economía y del trabajo,
las entidades y asociaciones, la prensa, las
radios y televisiones locales, las nuevas autopistas
de la información. Y, sin lugar a dudas,
en el marco global de la ciudad, también
la escuela: "La escuela puede desempeñar
un gran papel a propósito del trabajo
sobre las ideas y sobre las opciones cognoscitivas
espontáneas. (...) Será, sobre
todo, la escuela la que ponga en primer plano
algunos aspectos del mundo y haga emerger de
diferentes maneras las representaciones mentales
que circulan en el grupo de iguales y aquellos
aspectos particulares puestos en evidencia.
En la confrontación y el conflicto entre
diversas ideas arraigará la conciencia
de que cultura significa, ante todo, necesidad,
por parte de cada persona, de reconstruirse
mentalmente la realidad externa para poder darse
una explicación de la misma. Sin embargo,
las explicaciones posibles son muchas y ser
personas educadas significa respetar la diversidad
y al mismo tiempo tratar de compartir lo máximo
posible. Si esta doble lección no se
aprende en la escuela, es difícil que
se pueda enseñar en otro lugar. La escuela
tiene el deber de garantizar a la comunidad
que semejante servicio será desempeñado
por ella, en nombre de todo el sistema formativo,
con seriedad y tenacidad. (...) Es sobre todo
en la escuela donde se puede aprender a aprender,
tal es el objetivo que la escuela debería
proponerse como prioritario".
Las dos grandes exigencias
formativas que, según Fiorenzo Alfieri,
definen la educación son "un alto
grado de intelectualidad junto con un alto grado
de solidaridad". La primera, para permitir
a cada persona alcanzar el nivel de desarrollo
científico y tecnológico de la
civilización contemporánea; la
segunda, para apreciar los valores de las diversas
culturas presentes en la ciudad y superar la
marginación creciente y la exclusión
que la mundialización de la sociedad
actual genera y tiende a acrecentar. Sólo
un enfoque dialéctico entre ambas exigencias
transformará la contradicción
que las enfrenta en valor solidario, y el conflicto
en recurso educativo: "Un modelo educativo
creíblemente adecuado a los tiempos ha
de hacer necesaria la solidaridad y no sólo
recomendarla de una manera moralista; para ello
tiene que asumir lo "diverso" como
recurso: la diversidad entre las ideas sobre
el mundo, la diversidad entre las culturas consolidadas,
la diversidad entre los lenguajes comunicativos".
La eduacación, conquista
de la ciudadanía
Tal como indica el Boletín
de Información (nº 1, setiembre
1996) de la Asociación Internacional
de Ciudades Educadoras: "La ciudad educadora
entiende el mundo urbano como un espacio multidimensional
de convivencia, de relaciones positivas basadas
en el respeto, la tolerancia, la participación.
Sin ignorar el sufrimiento ni las desigualdades,
entiende la vida urbana también como
una lucha solidaria para combatirlas y para
conseguir una mayor cohesión social,
que sólo será posible en una sociedad
democrática".
Y Jordi Borja refuerza, en
su ponencia, esta afirmación: "La
ciudad más positivamente educadora será
aquella que multiplique las posibilidades de
integración y de socialización
y que reduzca al mínimo los procesos
marginadores. La ciudadanía consiste
casi siempre en construirse una doble identidad:
de grupo (o de barrio, clase, etc.) y ciudadana
global, más universalista".
"Pero la ciudadanía
no es un estatus que una autoridad da o atribuye.
Es una conquista. (...) El urbanita tal vez
sea semejante a una planta que sólo crece
en medio de la contaminación, al borde
de las autopistas más transitadas y de
las fábricas más polucionantes.
El ciudadano es aquel que ha participado en
la conquista de la ciudad. El que se la ha apropiado
individualmente desde su infancia. La ciudad
es la aventura iniciática llena de posibilidades
que se ofrece al niño y a la niña
y que forma su razón y su sentimentalidad.
Es también participar más o menos
conscientemente en un proceso colectivo: en
la gesta conjunta de su construcción
reiniciada cada día, y en la lucha permanente
contra las tendencias disgregadoras y en favor
de las identidades".
La ciudad es, pues, el marco,
el medio de la educación, el libro abierto,
la oportunidad personal y colectiva de ser,
el espacio de la libertad solidaria. Por ello
la educación es una conquista, la conquista
de la ciudad, de la ciudadanía. En el
espíritu en que Séneca se expresaba
diciendo: "No he luchado tanto por ser
libre, como por vivir entre libres". Así
como la educación transforma a su vez
a educador y a educando, así la ciudad
educadora transforma a los ciudadanos y ciudadanas
y es transformada por ellos. De forma semejante
a como Italo Calvino se refiere, en "Las
ciudades invisibles", a la ciudad sutil
de Zenobia: "...es inútil establecer
si Zenobia ha de ser clasificada entre las ciudades
felices o entre las infelices. No es en estas
dos clases que tiene sentido dividir las ciudades,
sino en otras dos: las que a través de
los años y las mutaciones continúan
dando su forma a los deseos y aquellas en las
cuales los deseos o bien consiguen borrar la
ciudad o son borrados por ella".
Joan Soler Amigó.
Pedagogo. Secretario de "LHospitalet,
ciudad educadora"
Notas:
1. La sede del Secretariado
está en Ronda de Sant Antoni, 49, 1r.
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934 23 18 49 - Fax 934 25 39 55 - E-mail: CIT.EDUC@MAIL.BCN.ES
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