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Semblanza Histórica  

El Período Independiente

Independencia de Centroamérica

El 15 de septiembre de 1821, se proclamó la independencia de España en la Capitanía General de Guatemala. Numerosas causas contribuyeron al fin del imperio colonial español.

En el siglo XVIII, el rey español Carlos III reorganizó el gobierno colonial para fortalecer su autoridad y recaudar más impuestos. Estas reformas causaron gran malestar entre los hacendados y comerciantes criollos, pues las consideraron un obstáculo para su progreso.

Al mismo tiempo, las ideas de la Ilustración motivaron a los colonos británicos en  Norteamérica a iniciar la lucha por su independencia en 1776. Su ejemplo aumentó el deseo de los hispanoamericanos de separarse de España.

Por otra parte, los constantes conflictos entre España y otras potencias europeas perjudicaban la economía de las colonias. Peor aún, en 1808 estalló una disputa entre el rey español Carlos IV y su propio hijo, Fernando VII. El emperador francés Napoleón Bonaparte aprovechó la ocasión para invadir España y colocó en el trono a su hermano. Ante esta situación tan confusa, los criollos de varias provincias hispanoamericanas decidieron gobernarse por sí mismos.

En diciembre de 1811, los pueblos de San Salvador, León, Granada y Rivas echaron de sus cargos a los funcionarios españoles y organizaron sus propias Juntas de Gobierno. El Capitán General logró aplastar la rebelión y encarceló a los líderes. Sin embargo, la lucha independentista continuó en América del Sur y México.  A mediados de 1821,  casi toda las provincias hispanoamericanas habían alcanzado su libertad.

Ante esta situación, el Capitán General convocó a las personalidades más importantes de Guatemala a  una reunión en la capital. El sabio nicaragüense Miguel de Larreynaga argumentó que era preferible  proclamar la independencia de manera pacífica y evitar una dolorosa guerra. El pueblo reunido en los patios y corredores del palacio aplaudió con entusiasmo su propuesta. Ese día, 15 de septiembre de 1821, se firmó el Acta de la Independencia.   

La Federación Centroamericana (1823-1838)

Una vez alcanzada la independencia, los próceres enfrentaron el desafío de escoger un nuevo sistema de gobierno. En un inicio, Centroamérica se unió al imperio mexicano bajo una monarquía constitucional, pero en 1823 se creó una república federal integrada por cinco Estados: Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala.

El 22 de noviembre de 1824 se promulgó la Constitución Política de la República Federal de Centroamérica, que estableció la división de los poderes del Estado y reconoció el derecho de los ciudadanos a elegir a sus autoridades.

En la Constitución Política se declaró que todos los miembros de la nación debían ser libres e iguales ante la ley. Por tanto, se prohibió la esclavitud y el trabajo forzoso, así como la discriminación de las personas con base en el color de su piel. 

A pesar de sus buenas intenciones, los nuevos gobernantes centroamericanos no lograron mantener la paz y alcanzar sus metas, pues se dividieron en dos bandos enemigos.

Las principales familias criollas deseaban conservar su posición social dominante, así como la influencia de la Iglesia Católica. A su juicio, la religión y el respeto a las jerarquías tradicionales eran esenciales para asegurar el orden y la estabilidad política. Éstos conformaron el bando “conservador”.

En contraste, el bando “liberal” deseaba impulsar, de inmediato, cambios sociales y políticos profundos. Además, se proponía eliminar el poder de la Iglesia Católica, pues asociaba a esta institución con la ideología absolutista y el pasado colonial.

Por otra parte, estallaron frecuentes disputas entre el gobierno federal y los jefes de los distintos Estados por el control del dinero de los impuestos.  En vez de resolver estos conflictos mediante el diálogo y la negociación, los gobernantes trataron de imponer su voluntad con la fuerza de las armas.

El resultado fue una sucesión de guerras civiles. Muchos campesinos e indígenas se rebelaron, cansados de los abusos de los políticos y militares. Todos estos factores contribuyeron a la ruptura de la Federación en 1838.

Nicaragua: el período de la anarquía

En la historia de Nicaragua, las primeras cuatro décadas después de la Independencia se conocen como el “período de la anarquía”, pues los constantes conflictos impidieron organizar un gobierno estable.

Al conocer la noticia de la independencia, el gobernador, el obispo y muchas familias adineradas de Nicaragua pensaron conservar sus privilegios aliándose con el emperador de Méjico, Agustín de Iturbide.  Los republicanos, jefeados por el caudillo mulato Cleto Ordóñez, se opusieron y en 1824 estalló la primera guerra civil entre nicaragüenses. Finalmente, en 1825 se llegó a un acuerdo y Manuel Antonio de la Cerda fue electo Jefe de Estado, pero la paz no fue duradera.

En 1838, los diputados nicaragüenses decidieron separarse de la Federación Centroamericana y formar un Estado soberano. Poco después, surgió una disputa entre los habitantes de León y Granada, pues ambos querían que su ciudad fuese designada capital del Estado, para obtener mayor control sobre el gobierno. Esta rivalidad desembocó en otra guerra civil  que agravó la enemistad entre sus pueblos.  

La anarquía también fue resultado de las frecuentes luchas entre caudillos poderosos. Muchos de éstos eran dueños de haciendas, que reclutaban a sus trabajadores para luchar contra sus enemigos. Atraían a sus seguidores ofreciéndoles la oportunidad de robar cuanto desearan de las casas o plantaciones de los vencidos. Si lograban control del gobierno, repartían los cargos públicos entre sus familiares y amigos, lo que fomentó la corrupción.

En 1853, asumió la dirección del Estado el caudillo granadino Fruto Chamorro, quien decidió fortalecer su autoridad y prolongar su periodo de gobierno mediante una reforma a la Constitución Política. El bando democrático se opuso, por lo que sus líderes fueron perseguidos. En respuesta, organizaron un ejército al mando del general leonés Máximo Jerez y en 1854 estalló otra guerra civil. A causa de sus divisiones, los nicaragüenses no podían defender la soberanía del Estado frente a las amenazas externas.   

La ruta interoceánica y amenazas externas

En la década de 1840, el ingeniero inglés John Baily publicó un estudio científico argumentando que el Lago de Nicaragua, el río San Juan y el istmo de Rivas podían canalizarse para unir los oceános Atlántico y Pacífico. Los nicaragüenses se entusiasmaron, confiando que el canal interoceánico colocaría a su país en el centro del comercio mundial. Sin embargo, en vez de progreso, el proyecto canalero trajo muchos problemas, pues despertó el interés de Inglaterra y Estados Unidos por controlar la ruta interoceánica.

En 1848, Inglaterra envió soldados a bordo de sus barcos de guerra a apoderarse del puerto de San Juan del Norte, bajo el pretexto de que pertenecía a su protegido, el rey miskito. Los patriotas nicaragüenses intentaron defender la soberanía del Estado en ese territorio, pero fueron derrotados.

Por su parte, en 1849 Estados Unidos envió a su ministro E. G. Squier a convencer al gobierno de Nicaragua que otorgara derechos exclusivos sobre la ruta interoceánica a una compañía norteamericana. Esperando contar con el apoyo de Estados Unidos frente a los abusos de Inglaterra, el Director Supremo de Nicaragua aceptó de inmediato. 

Sin embargo, en 1850 ambas potencias arreglaron sus diferencias mediante el Tratado Clayton-Bulwer, que permitió a Inglaterra conservar su dominio sobre el reino de la Mosquitia, en calidad de “protectorado”.              Mientras tanto, el poderoso empresario Cornelius Vanderbilt se enriquecía transportando miles de pasajeros entre California y New York a través de Nicaragua. A pesar de sus cuantiosas ganancias, no cumplía su compromiso de pagar los impuestos correspondientes al gobierno de Nicaragua.

La Guerra Nacional Antifilibustera

Hacia 1854, la situación política de Nicaragua había empeorado. El bando “democrático”, jefeado por el leonés Máximo Jerez, y el bando “legitimista”, acaudillado por Fruto Chamorro, combatían sin piedad. Empeñados en ganar la guerra a cualquier precio, el bando "democrático” contrató mercenarios norteamericanos. En junio de 1855, las primeras tropas extranjeras llegaron a Nicaragua al mando de William Walker, pero el astuto general norteamericano tenía sus propios planes.

Al cabo de un año, William Walker derrotó tanto a los legitimistas como a los democráticos, y se proclamó presidente de Nicaragua. Su objetivo final era conquistar toda Centroamérica, anexarla a Estados Unidos, y restablecer la esclavitud. Sostenía que los negros, indios y mestizos pertenecían a razas “inferiores”; por tanto, necesitaban un amo de raza blanca para obligarlos a trabajar con disciplina.

Democráticos y legitimistas comprendieron su terrible error, y el 12 de septiembre de 1856 se comprometieron a luchar unidos contra Walker. Este acuerdo, conocido como el “Pacto Providencial”, marcó el inicio de la Guerra Nacional Antifilibustera. Poco después, los ejércitos de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica marcharon a Nicaragua para apoyar a los nicaragüenses. Gracias a la unión de todos los centroamericanos, Walker fue derrotado el 1º de mayo de 1857.

Los Treinta Años Conservadores

El partido democrático de León perdió la confianza de gran parte de la población, a causa del error cometido al contratar a los filibusteros. En consecuencia,  entre 1858 y 1893, los líderes conservadores de Granada gobernaron con relativa estabilidad. Éstos fueron: Tomás Martínez (1858-1863 y 1863-1867); Fernando Guzmán (1867-1871); Vicente Cuadra (1871-1875); Pedro Joaquín Chamorro Alfaro (1875-1879); Joaquín Zavala (1879-1883); Adán Cárdenas (1883-1887); Evaristo Carazo (1887-1889); Roberto Sacasa (1889-1893).

La paz permitió organizar el Estado, aumentar las exportaciones agrícolas, modernizar los medios de comunicación y crear importantes instituciones culturales.

En 1858 se promulgó una nueva Constitución que limitó la participación política al interior de un reducido grupo de terratenientes y comerciantes. La Iglesia Católica recobró su influencia y se prohibió el culto público de otras religiones. Se procuró fortalecer el ejército, la policía y el sistema judicial para asegurar el orden.

Las fronteras del  Estado fueron definidas con mayor precisión mediante acuerdos diplomáticos. En 1858 se firmó el Tratado Cañas-Jerez, por el cual el gobierno nicaragüense aceptó la anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica. A su vez, este país reconoció la soberanía de Nicaragua sobre el río San Juan.

Asimismo, en 1860 Gran Bretaña reconoció la soberanía del Estado de Nicaragua sobre la costa oriental de su territorio, mediante el Tratado Zeledón-Wyke. A cambio, el gobierno nicaragüense se comprometió a respetar el derecho de las comunidades indígenas a gobernarse de acuerdo a sus propias leyes bajo un jefe miskito, dentro de una zona denominada “Reserva Mosquitia”. 

En la década de 1870, se inició la construcción del ferrocarril y del telégrafo. Además, se creó el sistema de educación pública, gratuito y obligatorio. En 1882 se inauguró la Biblioteca Nacional, donde estudió Rubén Darío, y se publicaron los primeros  texto oficiales de Historia de Nicaragua, escritos por Tomás Ayón y José Dolores Gámez. Se abrieron teatros municipales en las principales ciudades, y se fundaron varios periódicos y revistas culturales.

Desafortunadamente, muchas autoridades de esta época creían que las tradiciones populares e indígenas eran un obstáculo para alcanzar el progreso y difundir los valores culturales europeos, con los cuales se identificaban.  Además, imponían a los indígenas diversas formas de trabajo forzoso para el desarrollo de los cultivos de exportación como el café, y el tendido de las líneas del telégrafo y el ferrocarril. Estos  abusos provocaron una violenta rebelión de parte de la Comunidad Indígena de Matagalpa en 1881.  

La Revolución Liberal

En 1893 el Partido Conservador se dividió, lo que permitió a los liberales tomar el poder bajo el liderazgo del general José Santos Zelaya, quien ocupó la presidencia de la república hasta 1909.  Los diecisiete años de gobierno zelayista se conocen en la historia de Nicaragua como el perío