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Las políticas nacionales de desarrollo editorial
La edición de libros, una de las más antiguas y tradicionales industrias culturales, ha ido asimilando provechosamente, al hilo de los siglos, los cambios de la evolución industrial. A pesar de ello, al comenzar el siglo XXI. Hoy en día la actividad del libro es una de las que más ha acusado el impacto reciente de las nuevas tecnologías de comunicación y la que con mayor dificultad se ha acomodado a las nuevas situaciones creadas en el comercio internacional. Ello debido a la inclusión de los productos protegidos por la propiedad intelectual dentro de las demás categorías de mercancías.
El texto se ha salido del papel para pasar al soporte electrónico. Su difusión internacional se hace cada vez menos a través de los libros venerables merecedores de las preferencias aduaneras, y cada vez más a través de los caminos invisibles de la compresión numérica y del ciber-espacio. El editor, cuyo producto era el final de una cadena, hoy se ha convertido en proveedor de materia prima para el multimedia y la propiedad intelectual. Su papel cojea con mucha dificultad detrás de toda esa explosión de facilidades de comunicar, buscando proteger la utilización del texto escrito, los sonidos, las imágenes fijas y en movimiento en un mundo de apertura, de desregulación y de globalización económica y cultural.
No se puede afirmar que lo anterior sea válido con la misma intensidad para todos los países del mundo. Aunque los países industrializados y los países en desarrollo afrontan, cada cual por su lado, situaciones de índole diferente, sigue vigente un común denominador en la solución de los problemas en ambos casos: la participación, a veces conflictiva a veces armoniosa, del Estado y del Sector Privado del libro en la concepción y puesta en marcha del entorno legal y administrativo que viene a condicionar la vida de las empresas editoriales. En definitiva el resultado de este diálogo o de este enfrentamiento podría tomar su forma en una una política nacional del libro.
Las páginas que siguen tratan sobre diversos aspectos de la relación Estado-Sector del libro a la luz de algunas de las experiencias que han tenido lugar más que todo en el ámbito ibero-americano, contexto que implica especiales características de unidad lingüística y diferencias geográficas muy sui-géneris.
Quizás sea útil aclarar que la formulación de una política de desarrollo del Sector editorial supone, además de la voluntad política que la haga posible, la culminación de mil debates de carácter filosófico, histórico y socio-cultural sobre el libro y la lectura que pueden resultar de gran riqueza intelectual. Sin embargo, en gracia a la brevedad, el presente documento los da por conocidos y se limita a tratar de manera esquemática los elementos estructurales de una política del libro y sus posibles formas de ponerla en práctica.
El libro: ¿conflicto de competencias entre el Estado y el sector privado?
En casi todos los países del mundo y más desde que la globalización de la economía ha tocado también a los países en desarrollo - la producción y distribución de libros aparece como el resultado de iniciativas privadas que adoptan las características propias de una industria similar a las demás industrias denominadas culturales, del conocimiento o de la información.
Lo que distingue una industria cultural de las demás industrias es su naturaleza híbrida pues en ella conviven, por una parte, las exigencias de rentabilidad propias de toda industria en el marco de las economías de mercado y por otra, los aspectos insoslayables inherentes a los contenidos culturales de sus productos.
Por otra parte y aunque los libros sean el producto de una iniciativa privada, industrial y comercial, el segundo aspecto, el de los contenidos, hace que los gobiernos, a la luz de sus estrategias educativas y culturales, piensen que lo relativo a la producción y distribución del libro les incumbe de manera directa. La enorme importancia del libro como herramienta insustituible de la alfabetización, como instrumento de la educación en general, justifica este interés. Algunas veces, animado sin duda de las mejores intenciones, el Estado se vuelve inclusive Editor y produce y distribuye libros didácticos y afines gratuitamente o a bajo precio.
Por su parte, el Sector privado del libro preferiría que en vez de convertirse en editor, el Estado tomara una serie de medidas tendientes a facilitar el desarrollo de la actividad editorial privada. En efecto, los profesionales del libro encuentran una especial dificultad para navegar entre leyes y disposiciones administrativas concebidas para regular la producción y el comercio de otras mercancías diferentes del libro, reglamentos que aplicados a su caso producen con frecuencia distorsiones debido a la especificidad del producto libro.
Una política del libro debería poder armonizar la estrategia educativa y cultural del Estado con el desarrollo industrial del Sector editorial. Pero ello implica, además de la voluntad gubernamental de hacerlo, el poder definir claramente los objetivos de tal política. Para identificarlos, es condición indispensable conocer por dentro la estructura del Sector editorial y establecer un diagnóstico ajustado de las necesidades de cada uno de sus componentes. Sólo un diálogo sincero y bien intencionado entre los dos protagonistas (Estado y sector privado) puede concebir las medidas de fomento del libro y luego cristalizarlas en una legislación apropiada.
Objetivos de una política nacional del libro.
El gran objetivo de una política nacional del libro es lograr que todos los niveles de la sociedad puedan acceder más fácilmente a los libros. Para alcanzar esta meta es necesario trabajar con la compleja estructura cultural, industrial y comercial que media entre el autor y el lector.
De ahí que la formulación de tal política deba identificar y ordenar una serie de objetivos parciales correspondientes a cada uno de los protagonistas de esa cadena, según el contexto de cada país.
En mayor o menor medida según cada país, es posible señalar que en el contexto de los países iberoamericanos, esos objetivos parciales han sido hasta ahora(75) los siguientes:
La puesta en marcha de la política nacional del libro implica poder articular todos esos elementos, velar por su armónico desarrollo y asegurar su convergencia hacia metas previamente establecidas. La mejor manera de cristalizar esa política eficazmente consiste en reunir todas las medidas preconizadas en un solo cuerpo legal, que suele ser designado como la ley del libro.
La estructura del Sector editorial
El primer paso que puede dar el Estado hacia la definición de una política es tratar de comprender la estructura del Sector editorial que, a primera vista presenta una cierta complejidad porque conjuga en su seno la actividad de gran número de actores: el autor, el editor, el impresor, el distribuidor y el librero, el lector y las bibliotecas. Todos ellos, entre otros constituyen piezas de un complejo mecanismo, especie de red comunicante cuya labor sumada, a pesar de la individualidad de cada uno, hace que el libro pueda existir.
De manera general, la mentalidad, el tipo de actividad y los intereses de cada uno de estos componentes no sólo son distintos sino que con frecuencia son divergentes y hasta opuestos. Ensayemos una especie de «retrato-robot» de cada uno de los elementos de la cadena del libro, a sabiendas que no se pueden disecar actividades humanas tan ricas y variadas, anotando de paso que las siguientes características toman muy en cuenta las realidades de los países en desarrollo:
El autor cuya creación es la verdadera «materia prima» de esta industria- es casi siempre ajeno a las preocupaciones económicas de los otros eslabones de la cadena. Con frecuencia el carácter individual y solitario de la creación no es propicio a la actividad asociativa en defensa de su gremio. A veces ignora la protección que le brinda la legislación de su país en materia de propiedad intelectual y sus derechos en el contexto del contrato de edición. Su supervivencia como escritor depende de la fuerza de la infraestructura editorial que lo rodea.
El editor cumple esencialmente tres funciones:
Decide qué libros publica;
Asume riesgos financieros de la edición;
Coordina, como un director de orquesta, las funciones del autor, traductor, ilustrador, impresor, promotor y distribuidor.
El editor es un personaje híbrido, especie de centauro, mitad hombre de letras y cultura, mitad hombre de negocios que debe afrontar problemas de financiamiento y rentabilidad, su tarea es tan diversificada que el «editor» es cada vez menos una persona y cada vez más un equipo complementario de profesionales.
El impresor pertenece a un universo diferente. Aunque históricamente el libro nació de las manos de los impresores, hoy día con frecuencia la impresión de libros es sólo una parte, a veces pequeña, de la actividad gráfica. En este aspecto de la fabricación industrial del libro es en donde los contrastes entre países industrializados y países en desarrollo son más grandes, tributarios éstos últimos de tecnología y materias primas importadas.
El distribuidor, el librero, cumplen obviamente la labor de comercializar el libro cuya distribución presenta características muy particulares. La actividad del distribuidor está ligada a la comercialización de fondos editoriales, ya sea por el canal tradicional de la librería, ya en los llamados espacios no tradicionales que son cada vez más numerosos: kioscos, supermercados, comercios mixtos, ventas a través de clubes, por correo, puerta a puerta, etc. cada uno de los cuales conlleva una logística particular.
El distribuidor, mayorista o librero, debe contar con la lenta amortización del capital y jugar permanentemente con la dualidad del libro (bien cultural y producto manufacturado) ante las administraciones que regulan permisos de importación, la disponibilidad de divisas, las reglamentaciones aduaneras, las tarifas de correos, y asegurar el almacenamiento y el transporte de los libros hasta el punto final de venta.
Cierta producción editorial, generalmente ligada a la explotación de un «holding» de comunicación, hace que el libro sólo sea una parte de un «paquete» que incluye material audiovisual, juguetes, «gadgets», gorras y camisetas alusivas al mismo tema, modalidad que reviste desde luego otras características de comercialización. Otro tanto puede decirse de la venta de libros por Internet que supone otra logística, (modalidades de promoción incluyendo la puesta provisional del texto integral «on line», operación de transacciones comerciales con tarjeta de crédito, etc.)
El lector, las bibliotecas, aunque solo se mencionan al final de la cadena, son en realidad la razón de ser de todo el proceso, el cual no tendría sentido sin ellos.
El trabajo de todos los actores del libro tiene como finalidad el encuentro del texto publicado con el lector. El lector, cuyos hábitos, intereses o necesidades de lectura se averiguan poco, quizás por la dificultad de realizar costosos estudios de mercado para un producto de consumo tan individual y subjetivo como es el libro y en el marco de una industria en la que como en la industria farmacéutica- cada producto es diferente y no totalmente sustituible por otro parecido.
El editor, en especial el editor de literatura, ante la carencia de instrumentos científicos e indicadores fiables de mercado, utiliza su intuición, su «olfato» para saber qué tipo de libros, qué contenidos, con cuáles especificaciones formales y a qué precio conviene producir con destino a determinados estratos culturales y económicos de la sociedad, consumidores potenciales de libros además de la clientela habitual de las librerías.
En esta área es muy importante el papel que desempeñan los profesionales de la lectura, desde los métodos de enseñanza de la lecto-escritura, la formación de los hábitos de lectura en los niños, hasta el tratamiento y clasificación de fondos bibliográficos y su puesta a disposición eficaz a la comunidad. De hecho, una biblioteca de servicio público, tanto en los países industrializados como en los países en desarrollo, es más que un simple servicio de lectura y puede llegar a convertirse en un centro de animación cultural para niños y jóvenes y, por extensión, para toda la comunidad.
Hoy día mientras los países en desarrollo están preocupados por sus problemas de analfabetismo, en cuya eliminación no siempre consideran la explosión audiovisual como un aliado, los países industrializados centran tal vez su preocupación en sus problemas de iletrismo o analfabetismo funcional.
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Sólo si se logra aproximar una lente de aumento a las características inherentes a los elementos de esta cadena del libro y a los problemas que afronta cada uno, será posible apreciar las interacciones que existen entre ellos y comprender mejor la dinámica interna que anima al sector editorial.
De la observación objetiva y respetuosa de las necesidades de cada cual nacerá entonces un diagnóstico de la situación general del sector y sólo entonces se podrá pensar en una legislación eficaz y acertada de fomento sectorial.
El diagnóstico y la definición de la política
El diagnóstico servirá para identificar los problemas más protuberantes que aquejan a cada componente del Sector del libro. La situación ideal de la formulación de la política se da cuando, mediante un diálogo entre las autoridades educativas, culturales y económicas del gobierno con los representantes del Sector, las soluciones legales y administrativas se vertebran en un solo cuerpo legal o ley orgánica del libro. Esas soluciones corresponden generalmente a las carencias endémicas de cada profesión, por ejemplo:
Con frecuencia los autores necesitan estímulos específicos a la creación. En los países en desarrollo, el gobierno puede crear dichos estímulos, aunque de hecho en todos los países es indispensable la promulgación de una ley de protección de la propiedad intelectual capaz de combatir eficazmente la piratería y de permitir la adhesión a los instrumentos internacionales de protección.
Los editores por su parte aspiran a beneficiarse de incentivos fiscales, crediticios y administrativos que faciliten el ejercicio de su profesión y a que se adopten medidas de fomento a la exportación. Están conscientes de la necesidad de implantar el sistema ISBN así como de la utilidad de gestionar colectivamente los derechos reprográficos. Consideran que el Estado debería adoptar una política de textos escolares que genera actividad en la edición local. (En oposición a los concursos para la producción masiva de textos escolares con destino a países en desarrollo que se otorgan casi siempre a las multinacionales de la edición. Esas ediciones son financiadas con préstamos de entidades internacionales de crédito que el país en cuestión debe naturalmente reembolsar. El editor local, en la medida de sus alcances de competitividad, aspira a participar en esa operación que afecta lo que él considera su mercado natural.)
Los impresores, en aquella parte de su actividad relacionada con la impresión de libros, experimentan muchas veces una gran dificultad en satisfacer los requerimientos de calidad y precio competitivos debido a los cortos tirajes y, en el caso de los países en desarrollo, a los altos costos arancelarios de la importación de parque gráfico y materias primas. La tendencia observada en algunos países, donde cada organismo del Estado considera útil poseer su propia imprenta, no mejora esta situación y sólo una política adecuada en la producción del texto escolar podría devolverles a los impresores nacionales por lo menos una parte del mercado nacional del libro escolar y educativo.
Los distribuidores y libreros expresarán su anhelo de que se le otorgue al libro un tratamiento diferente al de las demás mercancías, tanto desde el punto de vista de crédito bancario como en el régimen tributario y en las tarifas aéreas y de correo. Las modalidades de importación y exportación de libros tanto en lo que se refiere al otorgamiento de divisas como a los trámites aduaneros sólo podrán tornarse favorables al libro mediante medidas específicas complementadas con la adhesión del país a los instrumentos internacionales que propician su libre circulación internacional. Para un sector editorial (cada vez más cercano por fuerza de la edición multimedia) la manera como el gobierno de su país negocie la aplicación de las normas comerciales internacionales en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC) es de vital importancia.
Por su porte los especialistas en la enseñanza de la lectura por su parte, no cesan de llamar la atención de las autoridades sobre la necesidad de mejorar los sistemas de enseñanza de la lectura, disciplina indispensable en la formación del análisis crítico del niño y destreza básica en la adquisición de todo conocimiento, incluso aquél impartido mediante las nuevas tecnologías de la comunicación.
El futuro del sector editorial está también vinculado a la dotación de redes de bibliotecas escolares, públicas, universitarias, especializadas, de investigación, etc. Asimismo la interconexión con servicios bibliotecarios de reconocido prestigio y riqueza, la creación de sistemas de documentación, las investigaciones sobre hábitos y necesidades de lectura, etc. Otros tantos jalones que son de profundo interés para la estrategia educativa del gobierno y que representan a la vez el futuro mercado editorial.
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La problemática de los gremios profesionales del libro que acabamos de enumerar presenta casi siempre una necesidad que es común a todos ellos: se trata de la formación de recursos humanos en las distintas disciplinas y a todo nivel. En la cadena del libro, los impresores y los bibliotecarios suelen beneficiarse de una formación académica institucionalizada que puede alcanzar niveles profesionales muy altos. En cambio aún en el mundo industrializado los mecanismos de formación de editores y libreros son más escasos.
En la aplicación y seguimiento de una política nacional del libro es indispensable prever la formación de jóvenes en los distintos oficios del libro y las actividades de capacitación y actualización de los que ya trabajan en el sector. Dadas las características de ciertos niveles profesionales requeridos, para asegurar su formación se suele apelar a la cooperación bilateral o multilateral.
Una estrategia en el terreno
La formulación y puesta en marcha de una política nacional del libro debe ser orquestada por alguien que merezca la confianza tanto del Gobierno como del Sector privado. De ahí la importancia de organismos de carácter técnico como la UNESCO a nivel mundial o el CERLALC a nivel de Hispanoamérica.
Lo anterior porque la clave del éxito de una operación de este género se escalona en tres momentos:
El convencimiento y la voluntad política de hacerlo por parte del Gobierno, la cooperación del Sector privado y por último el diálogo sincero y objetivo que se pueda establecer entre los dos protagonistas hasta identificar el compromiso entre las necesidades del Sector y las posibilidades de otorgar facilidades por parte del Gobierno. El resultado será la política del libro y su cristalización será la Ley del libro.
No siempre resulta obvio para un Gobierno que el libro merezca prioridad alguna. Por ello es importante distinguir los valores a destacar y el lenguaje que se debe utilizar según se hable con las autoridades educativas y culturales o con aquellas responsables de los aspectos económicos. Para las primeras, la importancia del libro como instrumento de la educación y la cultura será obvia a riesgo de menospreciar los prosaicos pero necesarios aspectos de su economía. Para las segundas, sin descalificar la importancia espiritual del libro, será sin duda más atractivo considerar las posibilidades de crear empleos mediante el fomento de la pequeña y mediana industria y luego medir las ventajas comparativas entre lo que se deja de percibir por exoneración fiscal comparado con lo que se prevé recaudar por concepto de exportaciones. Sólo si las máximas autoridades del Gobierno a nivel ministerial están convencidas de su necesidad, será posible instrumentar los detalles de la política del libro a nivel operativo, tanto en los sectores educativo y cultural como en los encargados de la fiscalidad, aduanas, tarifas etc.
Aunque parezca raro, no siempre el Sector privado está dispuesto a entablar un diálogo con el Gobierno, aún con la perspectiva de lograr el beneficio de medidas de estímulo. Existe una cierta desconfianza y el temor de que la atención que súbitamente demuestran las autoridades por las necesidades del Sector más bien se traduzca al final en un aumento de medidas de control y fiscalidad. Por otra parte, el Sector del libro, como ya se vio no es nada homogéneo y cada profesión tiene la tendencia a dialogar a solas con la autoridad que le es más afín. En realidad, esos temores desaparecen si se logra establecer una agenda en donde el Sector privado pueda tener el protagonismo que merece y en donde se plantee la permanencia futura de su intervención ante el Estado en el marco del Consejo Nacional del Libro o entidad similar como organismo normativo y de ejecución de la Ley del libro. Por otra parte, pronto se hace evidente que el Estado reacciona muy diferentemente, según se le plantee la política del libro como parte de su estrategia global del desarrollo. Ciertas medidas puntuales de fomento antes denegadas aisladamente no sólo pueden ser aprobadas sino que el mismo Estado las puede considerar incluso insuficientes en el contexto de una política global.
El proceso de conversaciones entre el Gobierno y el Sector privado del libro puede contener aspectos muy delicados que es importante manejar. En efecto, en dicho contexto salen muy fácilmente a la luz las deficiencias de los servicios del Estado en materia cambiaria, aduanera, postal y de trámites de toda índole. En realidad hay que comprender que salvo los casos flagrantes de censura - rara vez se legisla contra el libro. Lo que pasa es que la mayoría de las trabas al libro corresponden a medidas que regulan la producción industrial y el comercio de las mercancías en general. El carácter tan particular del sector editorial lo hacen víctima de disposiciones que no están forzosamente dirigidas contra él pero que, ante la carencia de un tratamiento especial, vienen a afectar negativamente la producción y la circulación de una mercancía cuya importancia cultural trasciende el mero aspecto económico. Por otra parte, los Gobiernos están cada vez más maniatados para conceder subvenciones y exoneraciones internas a los productos culturales debido a los compromisos que adquieren en las instancias reguladoras del comercio internacional. Aunque pudieran hacerlo, muchas veces por falta de información los Estados no hacen uso de las facilidades y privilegios a que tienen derecho en su calidad de países en desarrollo.
Por su parte, el Sector privado debe dejar muy en claro que las medidas de fomento solicitadas no tienen como fin el enriquecimiento de una clase industrial sino que se reflejarán a través de un acceso más fácil de la sociedad al libro, lo cual en la práctica implica una revisión tanto de la política editorial como de la estructura de costos, llegando incluso hasta los precios al consumidor.
En la mayoría de los casos reviste especial importancia que este diálogo se inicie por primera vez en las jornadas de diagnóstico y se instituya en el futuro de manera permanente. Mientras las personas cambian, las circunstancias políticas y los fenómenos económicos y sociales de un país varían con el tiempo. Es necesario pues que, tanto los profesionales del libro como los responsables gubernamentales de la política del libro y la lectura, puedan establecer un diálogo que les permita mantener al día esa política en función de la coyuntura del momento. Es la razón de ser de l Consejo Nacional del Libro, mecanismo que debe hacer parte de la Ley del libro y que está llamado a perpetuar el intercambio e institucionalizar la relación entre los dos sectores.
El resultado del proceso: la Ley del Libro
Cuando se observa el número de organismos del Estado que tienen que ver directa o indirectamente con las actividades vinculadas a autores, editores, impresores, distribuidores, libreros, bibliotecarios y profesionales de la lectura, es fácil llegar a contar una veintena o más. Aún en el supuesto de vivir un momento privilegiado en el cual hipotéticamente cada organismo del Estado consintiera en otorgar un tratamiento especial a las profesiones del libro y tomara las medidas administrativas para ponerlo en práctica, es posible imaginar que el menor cambio de personas o más aún, un cambio de gobierno, dejaría al Sector del libro en la situación de recomenzar desde cero una labor de convencimiento de las nuevas autoridades.
Por ello es importantísimo que el resultado de los diálogos, las conclusiones del diagnóstico y los acuerdos a que lleguen el Sector gubernamental y el Sector editorial, tomen fuerza de ley y se traduzcan en una serie de medidas viables y relativamente permanentes a la luz del contexto constitucional y administrativo vigente. Para ello, ese texto legal deberá tener en cuenta las orientaciones del marco constitucional, las costumbres legales y la jurisprudencia así como las normas administrativas que en cada país determinan legalmente un programa de incentivos (declarar la actividad editorial industria, de utilidad pública etc.)
Una garantía de éxito en el seguimiento de la política es la creación, en el mismo texto legal, del
Consejo Nacional del Libro o entidad similar como organismo de aplicación de la ley. Este órgano mixto puede estar integrado, de un lado por representantes de los autores, editores, impresores de libros, distribuidores y libreros, bibliotecarios y profesionales de la lectura y, de otro lado, por los representantes gubernamentales de la educación, la cultura, los impuestos, el Banco Central, las aduanas, los correos, el derecho de autor, la Planificación Nacional, etc. En este foro de intercambio se ventilará en el futuro toda la problemática que afecte la producción y la distribución del libro y en el mejor de los casos, la pugna ya no se producirá entre el Estado y el Sector de la edición sino que las energías de ambos estarán enfocadas a lograr o a mantener una posición del país dentro del contexto internacional de la edición.(76)
A guisa de conclusión
Cualquiera que sea la evolución futura de los medios de comunicación, (incluyendo aquellos que amenazan la existencia del libro en su forma actual) no aparece por ahora en el horizonte algo que pudiera reemplazar verdaderamente la cultura de lo escrito. Es verdad que la facilidad de consumo cultural propia de lo audiovisual ha arrastrado ingentes partes del mercado cultural, especialmente entre los jóvenes. La expresión audiovisual tiene su propio lenguaje y trata los contenidos que están a su alcance (que son muchos). Sin embargo, en la manera de consumirla, dicha expresión no ha reemplazado el análisis crítico propio del mensaje leído ni sus contenidos han podido hacerle competencia a aquellos mundos intangibles (y verdaderamente interactivos) del intelecto a los que sólo se puede acceder mediante el mensaje leído.
Como ha sucedido hasta ahora, cada nuevo medio de comunicación va encontrando su especificidad en el mercado, incluso en el tipo de contenidos que le es propio.
Así las cosas, no parece de ninguna manera obsoleto preocuparse por el futuro de la industria editorial. Esto es obvio en los países en desarrollo, donde la educación de los recursos humanos es condición sine qua non de su desarrollo económico y donde el tablero, la tiza y el libro siguen siendo los instrumentos privilegiados, a veces los únicos, de la alfabetización y la enseñanza.
Pero en los países industrializados reviste igualmente importancia. El consumo masivo del audiovisual le ha hecho perder a la juventud las destrezas de la lectura y las editoriales tradicionales están abocadas a diversificar sus soportes si quieren sobrevivir.
En ambos casos, países en desarrollo y desarrollados, y en el contexto de una legislación de alcance mundial del comercio de bienes culturales, la producción y la distribución de libros no se puede dejar al azar de la legislación común a otras mercancías. Es necesario encauzar el viejo conflicto entre el Estado y el Sector privado alrededor de la producción del libro bajo cualquiera de sus formas porque, además del interés económico que representa, esa industria debe ser considerada como estratégica en el contexto de la promoción del desarrollo económico y cultural. Es a la expresión de esta preocupación que se le ha llamado política nacional del libro.
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La Biblioteca intercultural propone espacios de encuentro entre editores independientes de culturas diferentes, a partir de dos interrogantes:
1. ¿En qué condiciones los editores independientes pueden ser más innovadores que los grandes grupos internacionales? Innovadores, no sólo con vistas a su propia supervivencia económica sino también para responder a las necesidades de una información rápida, pertinente y útil para la acción, con las herramientas actuales.
2. ¿Cómo puede la escritura contribuir hoy en día a disminuir los malentendidos interculturales, a estimular el acercamiento de las culturas entre las que no existe ningún diálogo o cuyas relaciones se han roto? ¿Cómo y en qué condiciones puede la escritura ayudar a movilizar y a confrontar puntos de vista de diferentes culturas para evitar el agravamiento de la degradación del medio ambiente, de los conflictos armados y de las fracturas sociales?
Evidentemente, estas cuestiones superan al pequeño equipo que somos y, sin embargo, son ellas las que nos han llevado, junto con el apoyo inicial de una fundación suiza, la Fundación Charles Léopold Mayer, a lanzar, en calidad de mediadores, el proyecto de la Biblioteca intercultural. Un proyecto cuya originalidad se basa, sin duda, tanto en el método propuesto como en los productos que de ella han salido. En un mundo que se considera ahogado por el peso de la globalización económica, las concentraciones financieras y el pensamiento único, este método pretende abrir espacios: para el encuentro, la producción editorial intercultural, la innovación y el refuerzo mutuo.
Un espacio de encuentro en torno al tema de la escritura
Desde 1996, hemos hecho posible que editores independientes de varios países se reúnan con autores, universitarios y especialistas en asuntos interculturales. Se trata de encuentros libres, sin otra obligación de resultados que la de iniciar una reflexión sobre la preservación, a través de la escritura, de la variedad intercultural, la articulación de lo local y lo global y la responsabilidad de los profesionales de la escritura en el mundo del futuro. Se trata igualmente de confrontar anhelos y propuestas de trabajo común, que incluyan la confrontación de las representaciones culturales y la aclaración de los malentendidos. Entre los editores presentes aquí, en el seminario de Gijón, cuatro de ellos, por ejemplo, (de Uruguay, Gran Bretaña, Sudáfrica y Francia) han participado en este tipo de reuniones de la Biblioteca intercultural y, junto con otros, han impulsado procesos editoriales originales, y nos han ayudado a definir lo que debería ser, con el tiempo, un dispositivo más sistemático de encuentro e intercambio.
Un espacio de producción editorial intercultural
La Biblioteca intercultural constituye un marco en el que editores de diferentes países definen juntos proyectos de obras colectivas y comunes que, a continuación, cada cual publica en su propio idioma. Se trata de dos tipos de libros:
Un espacio de innovación
En la lista que acabamos de evocar, podemos reconocer temas que distan mucho de estar ausentes de la producción editorial de nuestros respectivos países. Sin embargo, en estos casos, la Biblioteca pretende aportar una plusvalía precisa: poner en relación puntos de vista culturalmente diferentes y, lo que es más, proponer a los editores que intervengan, con su sensibilidad y su propia cultura, desde el origen, en un proceso intercultural para crear libros que no serían lo mismo si fuesen creados con independencia de los editores de los otros países.
No obstante, queremos ir aún más lejos. Creemos que, en la actualidad, conviene trabajar bajo dos registros que requieren soportes de escritura diferentes:
Otro ámbito en el que la Biblioteca intercultural desea favorecer la innovación es el de la traducción y la adaptación intercultural de la escritura. Nos parece que, cada vez con mayor frecuencia, en el sector de las ciencias sociales habría que prestar una atención diferente a las capacidades de absorción del lector y al contexto en el que éste vive. Desde este punto de vista, la traducción palabra por palabra, de la A a la Z, indispensable en literatura, sin duda no es la mejor fórmula en otros campos. Por lo tanto, la Biblioteca intercultural lleva algún tiempo apoyando otros intentos alternativos. Por ejemplo: en la víspera de las Olimpiadas de Sydney, acabamos de realizar, junto con la editorial "L'Aube", en Francia, y "Pluto Press" en Australia, un libro titulado "Australie, autoportraits" (Australia, autorretratos), que pretende dar una imagen nueva de ese país a partir de un trabajo de selección, adaptación, resumen y reescritura de numerosos textos extraídos del rico catálogo de "Pluto Press". Además, en algunos países del Sudeste asiático, hemos apoyado la adaptación libre de un libro escrito por un norteamericano y un etíope sobre los problemas de la edición en el tercer mundo. En él encontramos, más que una traducción, un desarrollo de los mismos temas, vinculados directamente con las realidades locales. De este modo, la traducción-adaptación de un libro de un país a otro puede, ante todo, ser una incitación a la escritura local. Aquí sólo damos unos cuantos ejemplos de un ámbito en el que existen innumerables especialistas y que nuestros colaboradores editores y nosotros mismos sólo pretendemos comprender mejor y analizar mejor en un momento en el que las nuevas técnicas vienen a revolucionar las prácticas (en particular, la traducción automática).
Un espacio de reforzamiento mutuo (de "empowerment")
A la pregunta: "¿un editor independiente está capacitado para innovar?", nos parece que la respuesta, que sacamos a debate, sería: "más aún si no está solo".
Por ello, la ambición principal de la Biblioteca intercultural es contribuir a crear una red fuerte de editores independientes, deseosos de reforzar el aspecto intercultural de su trabajo, convencidos, por otro lado, de que lo intercultural puede ayudar a vender, y a los que se les ofrecerá un conjunto de herramientas de comunicación, localización y cooperación internacional. Más precisamente:
Perspectivas
En un futuro cercano la Biblioteca Intercultural tomará una serie de iniciativas entre las cuales algunas se derivan directamente del encuentro de Gijón.
Es inútil precisar que, si bien la Biblioteca intercultural ya no es una recién nacida (sobre todo si se tienen en cuenta las obras multiculturales que ha producido o está produciendo), todavía le queda mucho por hacer. Hemos comenzado de manera relativamente pragmática, en función de las oportunidades y los encuentros con nuestros colaboradores editores; sin embargo, en la actualidad sentimos la necesidad de llevar a cabo una fuerte estructuración y obtener medios financieros que vengan a sumarse a los de la Fundación Charles Léopold Mayer, que ya no son suficientes. Por ello, tenemos muchas esperanzas puestas en reuniones como la de Gijón: para debatir nuestros avances, nuestros anhelos y nuestras dudas; para recabar sugerencias sobre el modo de actuar; y para enriquecer la red con nuevos colaboradores.
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Somos una pequeña editorial "independiente" del interior de Argentina, donde todavía quedan algunas editoriales independientes, grandes y medianas, pero sobre todo donde casi todo se concentra en la capital.
Ciertamente no creemos en la ecuación editorial independiente como sinónimo de editorial buena; y editorial grande como sinónimo de mala calidad. Como decía André Schiffrin, lo que importa es "lo que se publica" y no toda editorial pequeña es, de por sí, buena. Sabemos el delicado equilibrio en que se desenvuelve siempre una editorial pequeña, y es por eso que apreciamos más el trabajo del grupo aquí reunido y nos honra formar parte de él.
Quisiéramos en primer lugar contar brevemente quienes somos y qué tipo de editorial es la nuestra.
Beatriz Viterbo Editora fue fundada en 1990. Somos profesoras de Literatura Argentina en la Universidad de Rosario, y a decir verdad lo que nos movió en ese momento, (al final de una jornada de estudio de la Teoría Estética de Adorno donde se mostraba el equilibrio precario de la autonomía del arte frente a la industria cultural), fue la idea, y el deseo, de generar un espacio en el que pudiéramos ampliar el horizonte de nuestra profesión sin irnos de nuestro país ni de nuestra ciudad, pero también y sobre todo, trabajar sosteniendo el espacio de la lectura y de la reflexión acerca de la literatura escrita en Argentina y en Latinoamérica. Por otro lado, queríamos trabajar en una editorial, y el único modo que se nos ocurrió para hacerlo, en Rosario, fue inventar una.
Cuando la ilusión de la recuperación democrática en Argentina estaba siendo arrasada por la más cruda racionalidad económica y no parecía haber ningún espacio para la forma de vida que habíamos elegido creímos y seguimos creyendo que el libro, como ha dicho aquí Lidio Peretti es un instrumento de liberación. Sólo que consideramos que esa liberación se potencia en la forma literaria. Creíamos y creemos en el poder inquietante, tenaz y resistente de la literatura, de la ficción. En la experiencia a la vez íntima e impersonal que es la experiencia de la lectura vemos todavía una posibilidad (aunque microscópico no menos revulsiva) de resistencia. Con esa confianza, joven pero no romántica, nos pusimos a trabajar. No hicimos estudios previos de marketing ni buscamos contactos con agentes literarios ni estrategias de lanzamiento. Nuestra corta experiencia de lectoras nos alcanzó para confiar en que todo aquello que a nosotras nos pareciera valioso seguramente iba a encontrar otros lectores, más inteligentes y más sutiles que nosotras. Decidimos editar sólo lo que nos gustara leer.
Los dos primeros libros salieron en mayo de 1991. Fueron dos ensayos de escritores a los que ya admirábamos: Copi de César Aira, y Por favor, ¡plágienme! de Alberto Laiseca. En este punto quisiéramos subrayar y agradecer la generosidad de ambos escritores para con nuestro sello todavía inexistente, al confiarnos sus libros. Desde ese momento la editorial fue creciendo con nuestra iniciativa pero también las propuestas que nos fueron haciendo llegar y con la confianza que depositaron y siguen depositando- en nosotras distintas figuras del mundo literario argentino. Para empezar tenemos que mencionar, y agradecer, los generosos consejos y orientaciones que, entre incrédulos y divertidos, nos dieron Jorge Lafforgue y Susana Zanetti, al momento de poner en marcha la editorial. Ricardo Piglia nos sugirió la idea de crear una colección de Tesis/Ensayo en la que se pudieran incluir las tesis doctorales o los ensayos críticos literarios que no se incluían regularmente en los catálogos de las grandes editoriales: la colección se inició con Modos del ensayo. Jorge Luis Borges y Oscar Masotta de Alberto Giordano. Daniel Guebel nos hizo llegar su novela Los elementales a fines del 91: con esta novela y con El llanto de César Aira abrimos la colección Ficciones. Y Josefina Ludmer nos sugirió en 1994 la creación de una colección de Estudios Culturales que recogiera la producción que se hace, en ese campo, en América Latina: abrimos la colección con su compilación Las culturas de fin de siglo en América Latina. En esta colección se incluyen textos de reflexión político-cultural en Latinoamérica: ensayos sobre género, sobre fronteras, sobre relación de literatura y medios masivos, sobre políticas y poéticas de la espacialidad, sobre política y escritura en la década del 60 en las producciones culturales de la región o sobre el equilibrio precario entre memoria y olvido en la posdictadura rioplatense.
En la colección El escribiente incluimos ensayos de escritores de ficción o de poetas. Además de los dos iniciales, tuvimos el placer de publicar Nacen los otros de Arturo Carrera (1993), La edad de la poesía de Tamara Kamenszain (1996), La letra de lo mínimo de Tununa Mercado (1995), Alejandra Pizarnik de César Aira (1999) y una serie de entrevistas realizadas por Guillermo Saavedra: La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos contemporáneos (1993).
Nuestra ambición fue y es que esas colecciones permitan la discusión y el intercambio de la producción crítica local con la internacional. Nos causa una gran satisfacción ver que muchos de sus textos, escritos por argentinos (radicados en el país o en el extranjero) figuran en las bibliotecas del extranjero y en las bibliografías consultadas en investigaciones producidas en las universidades de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.
Con la colección Ficciones quisimos crear un espacio donde publicar no sólo obras de escritores argentinos que ya conocíamos y admirábamos, como los relatos de César Aira (de quien publicamos hasta ahora más de diez títulos), o una serie en que incluimos las obras de teatro, comedias musicales y guiones cinematográficos de Manuel Puig, inéditos hasta el momento en castellano (en la cual hasta ahora publicamos siete títulos en tres tomos) sino también novelas, teatro y cuentos de escritores más jóvenes que consideramos valiosas, algunos con carreras ya iniciadas, como Sergio Bizzio, Daniel Guebel o Sergio Chejfec, otros en su primera experiencia de publicación, como Milita Molina, Sergio Delgado, Juan Becerra, Ricardo Strafacce, Mariano Fiszman, Martín Kohan, Esteban López Brusa, Oscar Taborda y Osvaldo Aguirre, entre otros. A todos ellos debemos agradecer la generosidad y la confianza con que aceptan nuestros criterios de lectura y las limitaciones de nuestro sello.
También publicamos unas pocas traducciones: una selección de Cartas, de -F.S. Fitzgerald, un breve relato de Georges Perec y una antología de poemas de John Donne. Si bien nuestra idea inicial era retomar la tradición de traducción que ya existía en Argentina, y volver a elegir qué traducir y cómo, preferimos concentrar nuestros esfuerzos en darle un espacio a la producción local antes que en competir (en condiciones absolutamente desiguales) en un campo que las grandes editoriales cubren de por sí.
Hasta ahora nosotras dos somos todo el equipo de trabajo: leemos el material que nos llega, seleccionamos lo que incluiremos en el catálogo sólo en función de nuestros gustos y confiando en que aquello que a nosotras nos parece que merece editarse encontrará siempre a su lector entre quienes acostumbran curiosear en las mesas de novedades y tomar nuestros libros. El diseño de las colecciones lo ha definido el artista plástico Daniel García; la mayoría de nuestras tapas se ilustran con sus cuadros y los de Claudia del Río, otra artista de Rosario.
Siendo una pequeña editorial nuestra mayor dificultad es la distribución: hacer que los libros circulen fluidamente en los puntos de venta, junto con los títulos de las editoriales más grandes o de las editoriales más tradicionales. Aun así, y aunque a escala mediana, nuestros libros son conocidos y se venden, en el país, fundamentalmente en librerías de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Mar del Plata. También llegan a bibliotecas y a algunas librerías especializadas en EEUU, España, Francia, Alemania, Reino Unido. Suponemos que el lanzamiento de una página en Internet (nuestro propósito inmediato) nos ayudará a llegar más directa y rápidamente a los lectores.
No obstante, la proyección del catálogo y del sello a nivel nacional y también internacional se debe más que a la atención de distribuidores y libreros a lo que podríamos llamar la red de difusión que han contribuido a generar los propios lectores y la prensa cultural. En este punto quisiéramos destacar y agradecer el apoyo sostenido que hemos tenido y seguimos teniendo, desde la aparición del primer título, en los suplementos culturales del país (los de los más grandes diarios, los de los diarios locales, los de las revistas culturales), con bibliográficas de prácticamente todos nuestros títulos, con anuncios y hasta con páginas enteras y dossieres dedicados a los proyectos más desatacados. Esto ha significado sin duda un enorme apoyo a nuestro trabajo editorial, y a nuestra proyección. Con el tiempo hemos visto cómo este apoyo generoso ha acompañado el surgimiento de otros sellos en el país, siempre alentando el esfuerzo que ello implicaba.
Sin duda, dada la naturaleza de nuestro catálogo (un catálogo especializado, específicamente orientado a la literatura, y a los análisis críticos, literarios y culturales), nuestra mayor dificultad es la financiera: es muy difícil sostener un catálogo de este tipo, pero al mismo tiempo estamos convencidas de que es indispensable sostener estos espacios culturales en los que puedan publicarse títulos que no son inmediatamente rentables, títulos que tal vez sean de una circulación restringida pero no por eso de menor impacto en la vida cultural. Algunos de nuestros títulos se publican con el apoyo de subsidios institucionales (universidades, fundaciones, instituciones) y nuestra mayor preocupación al respecto ha sido siempre poder mantener un criterio de selección independiente que siga permitiendo al sello respaldar la recepción de cada título nuevo. Pero es indispensable el desarrollo de políticas nacionales de apoyo al libro que promuevan no solamente la edición (como puede facilitarlo un subsidio) sino también el desarrollo de mecanismos que favorezcan el flujo de textos en el mercado de habla hispana. Políticas que reconozcan que el libro nace de la condición paradójica de ser a la vez objeto cultural y mercancía y que su destino final como objeto cultural no es la concreción de la obra en libro sino el encuentro con el lector.
Como nos lo ha enseñado Alvaro Garzón en su exposición, la Ley del Libro será una herramienta fundamental para el desarrollo del sector editorial en el país. Aun así, suponemos que para editoriales como las nuestras, esto es, editoriales pequeñas, su impacto sería indirecto o en todo caso, no del todo suficiente para promover su crecimiento. Si se trata de políticas de fomento a la edición, quizás este sea el lugar para que nos preguntemos si es posible, o si es pertinente, pensar en iniciativas que tiendan a facilitar la circulación de catálogos que por su propia naturaleza no pueden asegurar una rentabilidad inmediata. En esta mesa escuchamos la propuesta de la Biblioteca Intercultural, de Michel Sauquet. Sin duda la idea es estimulante, pero nos preguntamos si no sería posible además pensar en iniciativas que, además de "crear objetos colectivos- que tienen mercado" (como es un libro en el que se reúnan distintas perspectivas culturales), ayuden a potenciar los objetos los catálogos, los libros- que ya existen (con su valor único y original), y que no tienen y que tal vez nunca tendrán- un mercado mayor a los 300 o 500 ejemplares. Creemos que donde más provechoso sería el aporte de los organismos internacionales sería en la creación y fortalecimiento de redes de distribución, difusión, coedición: una especie de Biblioteca InterCatálogo. Un ejemplo, este mismo Encuentro que ha sido una oportunidad inmejorable para que nos reunamos con nuestros colegas y concretemos proyectos de coedición, o de intercambio de títulos para distribución. Asimismo, los organismos podrían ayudarnos a intervenir ante los gobiernos para el fortalecimiento de una red de bibliotecas públicas y la compra por parte del Estado de una cantidad de ejemplares para su distribución en esa red: esto facilitaría no sólo la edición sino también, y fundamentalmente, la llegada del libro al lector, y tiene la ventaja de una ayuda económica que por su misma forma- en lugar de "terminar" en el libro, estimula y asegura su circulación. También, iniciativas que tendieran a promover y a facilitar la traducción de nuestros autores a otras lenguas. Ojalá este encuentro sea el inicio de un camino que nos lleve a que nombres como los de César Aira, Marosa Di Giorgio, Sergio Pitol, Diamela Eltitt, para nombrar sólo a unos pocos latinoamericanos nuevos, les sean tan familiares a los lectores hispano hablantes de España y de América como a los del país en que cada uno escribe. O a que vuelvan a producirse intercambios tan valiosos como lo fueron el encuentro de la escritura de Borges con la de Alfonso Reyes o las ficciones de Borges con el pensamiento de Michel Foucault o los que surgieron de las estadías de Roger Caillois, Pedro Henriquez Ureña o Witold Gombrowicz en Argentina.
NOTA
Un problema técnico en la grabación nos impidió transcribir la intervención de Alexis Márquez, director de Monteavila Editores que defendió la necesidad de mantener las subvenciones a las editoriales del Estado en América Latina.
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