Desarrollo histórico de la política cultural gubernamental

El período de construcción del Estado nacional (1821-1867)
La República Restaurada (1867-1876)
El Porfirismo (1876-1910)
La Revolución de 1910 y la nueva política cultural (1921-1946)
Reestructuración de la Secretaría de Educación Pública (1938-1946)
Modernización económica. El período 1946-1960
Construcción del Subsector Cultura (1960-1988)
La modernización del Subsector: el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1988-1999)
Marco de organización de la política cultural del Gobierno Federal en México
Perspectivas

El período de construcción del Estado nacional (1821-1867)

A pesar de que la independencia de España destacó la necesidad de definir una identidad nacional, la turbulencia política de las siguientes décadas, en que se alternaron en el poder político las diversas corrientes liberales y conservadoras, sólo permitió el establecimiento de un proyecto cultural hasta la Restauración de la República, ocurrida en 1867, luego de vencida la intervención francesa, anulada la monarquía de Maximiliano de Habsburgo y replegado el conservadurismo político local.

Alameda Central, Ciudad de México.
Alameda Central, Ciudad de México.

En medio de la tenaz lucha política, el proyecto conservador se había mantenido apegado explícitamente a la tradición católica, mientras que el de los liberales al ideario republicano. Por tanto, triunfó la visión laica en la educación y la cultura, vigente hasta nuestros días.

Por primera vez parecía viable un vasto proyecto de construcción nacional, si bien en un territorio poco comunicado, con una población precariamente educada y una economía débil y atrasada.

Con gran lucidez y muy escasos recursos, la construcción del Estado nacional previó el papel estratégico de la educación y la cultura. Vislumbró que la modernización económica -entendida entonces como industrialización y desarrollo de las comunicaciones-, sólo era viable con base en el desarrollo educativo de una población que a la sazón en más de un 90% era analfabeta. A la cultura se le confirió un papel social cohesionador, una forma de orientar el esfuerzo de las muy diversas regiones y comunidades hacia objetivos comunes de progreso y bienestar. Sobre todo, se recuperó y reivindicó el aprecio por las costumbres populares de las regiones del país y a partir de ellas se insistió en la caracterización de lo mexicano.

La pérdida de más de la mitad del territorio nacional en 1836 en favor de los Estados Unidos, la invasión de tropas de ese país hasta la capital de México en 1847 y la intervención francesa de 1862, que llegó incluso a instalar un efímero Imperio en tierra mexicana, habían servido de acicate a la consciencia colectiva en favor del nacionalismo.

La cultura mexicana de la primera etapa de construcción del Estado nacional (1821-1867) observó sucesos tan aislados como significativos, que fueron desencadenando consecuencias de gran trascendencia, como la promulgación, en 1867, de la Ley Orgánica de Instrucción Pública en el Distrito Federal, punto de partida para la nueva organización de las instituciones educativas del Estado; y la publicación de la Revista El Renacimiento (1869), que fue un detonador de la energía, la creatividad y el mejor espíritu de tolerancia y conciliación propios de la cultura.


Índice

La República Restaurada (1867-1876)

Este período fue el más destacado desde el punto de vista de la política educativa y cultural hasta lo que iba del siglo, y constituyó el momento de arranque de una verdadera modernización del Estado. El presidente Juárez fue su gran artífice, pues ya habiendo incorporado la educación laica en la Constitución de 1857 (en el período previo a la invasión francesa y a la monarquía de Maximiliano de Habsburgo), expidió la Ley Orgánica de Instrucción Pública en 1867, e incorporó la educación laica y científica, con el positivismo francés a manera de ariete. También estableció la gratuidad y la obligatoriedad de la educación primaria elemental y reglamentó la educación superior. Cambió las modalidades educativas y creó escuelas de Sordomudos (1866) y de Ciegos (1870), con métodos de enseñanza específicos. El sistema lancasteriano encuentra una más amplia difusión, como una forma de aprovechar su facilidad de atender la urgencia de una rápida alfabetización de la población.

Ignacio Manuel Altamirano
Ignacio Manuel Altamirano

En 1869, como resultado de la Ley de 1867, se reforman las escuelas del Distrito Federal y pasan a depender del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, con financiamiento de los municipios. En algunos casos, esta responsabilidad se asignó a la Tesorería General de la Nación y a la Sociedad de Beneficencia.

En 1868 el maestro Gabino Barreda funda la Escuela Nacional Preparatoria, encargada de impartir una enseñanza científica, apegada al positivismo, laica, basada en el conocimiento de las ciencias matemáticas y del saber demostrado (al constituirse, años más tarde, en una doctrina oficial del régimen de Porfirio Díaz, contra tal sistema se pronunciarían a inicios del siglo XX los jóvenes intelectuales que apoyarían la Revolución de 1910; entre otros, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Antonio Caso).

La mayor aportación de este período fue el de separar de manera legal y de organizar la educación pública y la política cultural que se le hallaba incorporada, con base en la enseñanza libre, la separación Iglesia - Estado, la gratuidad y obligatoriedad de la educación elemental, la emancipación de la mujer, la civilización de los indígenas (así se consideraba el proceso de educación que a ellos se dirigía), la operación de escuelas industriales y de artes y oficios, y la multiplicación de bibliotecas para el pueblo.


Índice

El Porfirismo (1876-1910)

Luego de los gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, la llegada a la Presidencia del general Porfirio Díaz (1876) marcó un signo de continuidad en el programa liberal educativo y cultural, más allá de las eventuales pugnas políticas suscitadas entre el nuevo gobierno y su antecesor. Se ratificó el proyecto educativo y se reconoció en las acusadas carencias de infraestructura educativa, de profesores y de textos educativos, así como en el analfabetismo, a los enemigos esenciales del desarrollo del país. Sin embargo, el papel de la escuela en la educación no pasó de ser secundario en la difusión del conocimiento y en la conciencia de nación que el país requería para una verdadera integración en torno del Estado-Nación a la que se aspiraba.

El régimen de Benito Juárez había apoyado con empeño la educación pública, pero las necesidades sociales del país eran tan abrumadoras que los resultados apenas empezaron a observarse en las principales ciudades (México, Guadalajara, Toluca, Monterrey, Puebla, entre las principales).

El porfirismo continuaría la labor educativa iniciada por Juárez, pero al nacionalismo agregaría también un propósito cosmopolita, según el cual se fueron asimilando influencias culturales extranjeras, predominantemente provenientes de Francia.

Ver video sobre Porfirio Díaz y participantes del Congreso de Americanistas.
Archivo Toscano México. Imágenes propiedad de la Fundación Carmen Toscano I.A.P. (Sólo CD)

Desde el punto de vista de las principales corrientes artísticas que llegadas de Europa fueron determinantes en la configuración del perfil cultural de México, de 1810 –fecha de inicio de la revolución independentista- hasta fines del siglo –afianzamiento del régimen liberal del general Porfirio Díaz- se sucedieron el neoclasicismo, el romanticismo nacionalista y el modernismo. A semejanza de lo acontecido en aquel continente, el romanticismo estuvo asociado a la idea del carácter, la idiosincrasia o el espíritu de la comunidad nacional, mientras que el modernismo a la del cosmopolitismo, el progreso y el individualismo. El primer caso fue característico de sociedades tradicionales o de grupos, intelectuales y artistas que se resistían a creer todas las promesas del desarrollo industrial capitalista y, el segundo, de las sociedades, intelectuales y artistas entusiasmados con la idea de la universalización de la civilización occidental (europea) y los altos refinamientos de la cultura.

En realidad México no hizo otra cosa que incorporarse a los vaivenes de las modas artísticas, en cierto modo relacionadas con los acomodos de las facciones del poder en la organización estatal y con las tendencias ideológicas de éstas. Sin duda, la acción cultural de mayor continuidad en la segunda mitad del XIX y en los inicios del XX, fue la museística, que trascendió a los cambios en las instituciones políticas.

Además de los ya mencionados de Michoacán y Yucatán, se crearon entonces en la ciudad de México los museos de la Artillería, el del Palacio de Minería (1880) y el de Geología (1906). En 1913 se reubicó el Museo de Historia Natural, que poco tiempo después sería denominado Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, que a su vez es el antecedente inmediato de los dos museos contemporáneos más importantes de México: el Nacional de Antropología y el Nacional de Historia, dependientes del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

En los estados, surgieron el Museo Ateneo Fuentes (Coahuila, 1887), y el Museo Oaxaqueño (ciudad de Oaxaca, 1903). En 1910 se fundó el Museo de Teotihuacán, en la zona arqueológica de mayor importancia en el país, cuna de la cultura mexica (Estado de México). De carácter católico, en plena coyuntura revolucionaria, aparecen los museos de Arte Religioso (1910-11), y el de Arqueología Regional (1912), ambos en la ciudad de Cuernavaca. En 1918 se abren el Museo del Estado de Jalisco y el Museo de Guadalupe de Zacatecas, en los estados respectivos.

Se exaltó en ese período el pasado indígena, en artes como la escultura y la arquitectura, pero ello no se correspondió con el reconocimiento de las culturas populares e indígenas vivas. En el tránsito entre el juarismo y el porfirismo, las artes y la cultura, más por su propio desarrollo interno que por la presencia de una política cultural que las dirigiera hacia el nacionalismo, ahondaron en las raíces históricas de México y fueron configurando un panorama nacionalista bien definido.

Pintores como Saturnino Herrán y José María Velasco; escritores como Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto, o Manuel Gutiérrez Nájera, confluyeron en la creación de un ambiente nacionalista, por encima incluso de la fuerza que de cuando en cuando adquiría el cosmopolitismo.

La puesta al día de lo que ocurría en Europa, no obstó para configurar una idea de cultura nacional, y de su complementariedad respecto de la cultura universal, que el propio Justo Sierra recuperó durante su gestión como Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (1905 a 1910).

El maestro Sierra heredaba ya una fuerte tradición de organización institucional, a pesar de que los rezagos en términos de cobertura de servicios educativos continuaban siendo muy amplios. Durante el siglo XIX, fueron creados leyes y reglamentos de primera importancia, no obstante su limitada o su accidentada aplicación: las Bases Orgánicas de 1843, el Artículo 3° de la Constitución de 1857, la Ley del 15 de abril de 1861 –bajo el gobierno republicano de Benito Juárez-, la Ley de Instrucción Pública del 27 de diciembre de 1865 –bajo la efímera monarquía de Maximiliano de Habsburgo-, y la Ley Orgánica de Instrucción Pública de 1867 –de nuevo bajo el gobierno de Juárez-, con base en la cual se desarrollaría el modelo educativo vigente hasta el inicio de la Revolución de 1910.

La labor del maestro Sierra tendió en todo momento a concretar los mejores propósitos de la política educativa construida desde el siglo XIX, pero su gestión coincidió con el fin de una época. Esto no impidió que en 1908 promoviera el establecimiento de la Ley de Educación Primaria para el Distrito Federal (la capital del país) y los Territorios, cuyos énfasis se localizan en el carácter nacional de la educación y en la implantación en el plan pedagógico de la educación estética, que se agrega a las entonces existentes, de educación intelectual, educación moral y educación física.

El cometido central de la política educativa de Sierra estuvo en la alfabetización, aun cuando su expansión no pudo ser lo vasta que la situación ameritaba. En la educación media fue esencial su apoyo a la Escuela Nacional Preparatoria, fundada décadas antes por el maestro Gabino Barreda. En educación superior, fue clave la reinaguración realizada de la Universidad Nacional en 1910, la cual había permanecido cerrada desde 1865. El ámbito todo de la educación y su vínculo con la tradición cultural eran vistos por Sierra él como núcleo de la identidad nacional y la soberanía.

Ubicado en el nivel de responsabilidad de los gobiernos de los estados de la Federación, en las últimas décadas del porfirismo, habían proliferado en los estados los institutos científicos y literarios, embriones de lo después serían numerosas universidades públicas.

Al finalizar el período de gobierno del general Porfirio Díaz, en el ámbito de las artes sólo dos instituciones eran relevantes: la Escuela de Bellas Artes, o antigua Academia de San Carlos, y el Conservatorio Nacional de Música, que comprendía también una Orquesta .

Quizás el acontecimiento más significativo de la política educativa y cultural mexicana en el período armado fue la reorganización de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, promovida el 29 de enero de 1915, que reubicó diversas instituciones. Entre otras escuelas, las primarias, elementales y nocturnas pasaron a depender de la recién creada Dirección General de Educación Primaria Normal y Preparatoria. A partir de 1917, las demás instituciones que conformaban la Secretaría quedaron a cargo del llamado Departamento Universitario y de Bellas Artes.


Índice

La Revolución de 1910 y la nueva política cultural (1921-1946)

Durante la Revolución Mexicana (1910-1921) no hubo oportunidad de mantener la continuidad de la política educativa o cultural, cualquiera que ella fuera en los distintos gobiernos que entonces se sucedieron. De hecho, hasta el fin de la etapa armada, sólo era notable la participación educativa del Estado en la ciudad de México. En los demás lugares del país, sobre todo en las áreas rurales, eran predominantes diversas congregaciones religiosas, que atendían fundamentalmente la educación primaria.

Paralela al establecimiento del gobierno del general Alvaro Obregón –caudillo militar invicto, que conduciría la primera fase institucional de la Revolución–, se dio la designación, en 1920, del maestro José Vasconcelos como Jefe del Departamento Universitario y de Bellas Artes. El conocido intelectual e ideólogo de la educación pública estableció dos estrategias básicas: la federalización educativa y la creación de una Secretaría de Estado que se encargara de los asuntos educativos y culturales de México. A partir de esta perspectiva presentó el proyecto de creación de la nueva Secretaría de Educación Pública (SEP) ante las Cámaras de Diputados y Senadores, el cual fue aprobado en julio de ese año. La nueva Secretaría asumió las funciones y absorbió las dependencias que habían sido coordinadas antes por el Departamento Universitario.

El más estable de los gobiernos de la época apoyaría con plena convicción la creación de la Secretaría de Educación Pública en 1921; y, en octubre de ese año, al ser instaurada, la Secretaría se puso a cargo de José Vasconcelos. La institución se integró en tres departamentos: alfabetización, bibliotecas y bellas artes. En 1922 fue instalada la Dirección de Cultura Estética del Departamento de Bellas Artes, la cual tuvo entre sus funciones la de cubrir la educación musical en jardines de niños, primarias, Escuela Normal para Maestros, centros de orfeón y festivales. Este fue el antecedente inmediato de la Sección de Música Escolar, creada en 1932, cuya función ha sido la de formular y aplicar los programas para la enseñanza de la materia en escuelas primarias y secundarias.

En sus tres años de gestión al frente de la Secretaría de Educación Pública, Vasconcelos puso en marcha un programa que logró instalar cerca de 2,000 bibliotecas en todo el país. Aunque el acervo de muchas de ellas no excedía de los 50 volúmenes y no todas contaban con un lugar fijo, su significación en términos del impulso a la difusión de la cultura es muy importante. Simultánea y complementariamente, se fomentó la imprenta.

Los Talleres Gráficos de la Nación, creados en 1923, cumplieron una labor medular en lo que se refiere a la edición de libros y textos escolares. Se publicaron títulos de literatura, economía, sociología, historia del arte, traducciones y, a través de la colección Lecturas Clásicas para Niños, se difundieron versiones accesibles de obras fundamentales del arte y la literatura mundiales. También durante estos años se promovió la necesidad de publicar ediciones de tirajes masivos para apoyar las campañas nacionales de alfabetización y el fomento a la lectura.

El gran proyecto vasconcelista sentó las bases de una concepción educativa que, en el proceso de reconstrucción nacional, adquirió dimensiones insospechadas, vigentes hasta hoy en muchos aspectos de la educación nacional. En los años vasconcelistas se incorporó a la educación básica la iniciación a las artes (como la música y el dibujo) y se coordinó a las academias y grupos de arte que se encontraban dispersos. En apoyo a la creación artística, la Secretaría de Educación Pública ofreció a los pintores más destacados de esa época los muros de su edificio y los de otros edificios públicos para que desarrollara allí su labor. La obra mural de esos años ha quedado como parte del patrimonio nacional, que se ha preservado y difundido con amplitud hasta la actualidad.

A partir de 1924, se realizó un ajuste de estructura de la administración pública. La Dirección de Arqueología, incorporada hasta entonces a la Secretaría de Agricultura y Fomento, quedó adscrita a la Secretaría de Educación Pública. Durante el período 1924 - 1928, se diversificó la infraestructura de la Secretaría y se creó la estación radiofónica de la SEP (la actual Radio Educación). La política cultural y educativa de esta época se centró en 5 grandes rubros: Escuelas, Bellas Artes, Alfabetización, Bibliotecas y Educación Indígena.

Dentro de esta estructura, el Departamento de Bellas Artes fue responsabilizado del fomento, la difusión, y la educación en materia artística y, en 1934, se le dotó del Palacio de Bellas Artes (inaugurado ese año).

La conservación del patrimonio, luego de la promulgación de la Ley sobre Protección y Conservación de Monumentos y Bellezas Naturales, le fue conferida al departamento de Monumentos Históricos Artísticos y Coloniales de la República, creado en 1930.


Índice

Reestructuración de la Secretaría de Educación Pública (1938-1946)

Un signo clave de la adecuación de la Secretaría a nuevas circunstancias de desarrollo económico y social fue la instauración, en diciembre de 1938, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dependiente de la propia SEP pero con personalidad jurídica y patrimonio propios. El INAH recibió las funciones que antes había desempeñado la Inspección General de Monumentos Artísticos e Históricos y el Departamento de Monumentos Artísticos, Arqueológicos e Históricos de la SEP. El Instituto se integró con las direcciones de Monumentos Prehispánicos, Monumentos Coloniales y con el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. En 1939 fue creado el Instituto Nacional Indigenista, encargado de atender en lo educativo a las etnias indígenas del país.

En 1941 La SEP fue completamente reorganizada y, en el área de cultura, se crearon la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética, con los siguientes objetivos:

Desde el punto de vista de la organización institucional, la dependencia se integró como a continuación se describe:

El Departamento de Bellas Artes, antes adscrito directamente a la Secretaría, pasó a integrarse a la nueva Dirección General, y se constituyó con las áreas que se mencionan a continuación:

En 1943 se creó por decreto el Registro de Monumentos de Propiedad Particular, que quedó a cargo de la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética de la SEP. Como precedente de un auge de apertura de museos que se daría en las décadas posteriores, en 1944 fue inaugurado el Museo Nacional de Historia, ubicado en el Castillo de Chapultepec, antigua residencia presidencial. Dos años después, en 1946, se establecieron la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la Dirección de Publicaciones y Bibliotecas.

Otro momento fundamental de la política cultural del gobierno de México fue la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes, en diciembre de 1946, en el que recaería la responsabilidad cultural fundamental de las siguientes décadas.


Índice

Modernización económica. El período 1946-1960

Se trató de una época de crecimiento de la infraestructura y los servicios culturales. Destacaron la presencia de la Universidad Nacional Autónoma de México, y la amplia labor del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Instituto Nacional de Antropología e Historia –sólo por mencionar unos casos–.

La ampliación de la demanda educativa tuvo que ver también con la proliferación de opciones profesionales. A partir de 1950, las universidades comenzaron a proliferar en los estados de la República. En ese mismo momento, fue construido un vasto y magnífico proyecto: la Ciudad Universitaria, que desde entonces alberga al cuerpo central de la Universidad Nacional Autónoma de México y que representó el despunte de la educación superior y de la investigación científica y humanística a gran escala del país.


Índice

Construcción del Subsector Cultura (1960-1988)

Las décadas de los 50 y 60 marcaron la consolidación y el crecimiento del INBA: se construyó la Unidad Artística y Cultural del Bosque; se inauguró, en 1964, el Museo de Arte Moderno; se creó la Pinacoteca Virreinal; se restauró el Palacio de Buenavista, en el cual quedó instalado, en 1965, el Museo de San Carlos.

Entre los años 50 y 60, se inauguraron también la Galería Histórica didáctica, el Museo Nacional del Virreinato, el Museo de las Culturas y el Museo Nacional de Antropología.

El área cultural de la Secretaría de Educación Pública definió en los años 60 un nuevo perfil, bajo la forma de Subsecretaría de Cultura y su importancia creció, en coincidencia con la creciente importancia mundial de un organismo cultural como la UNESCO, que promovió una mayor articulación del trabajo internacional en la materia.

Entre los 60 y los 70, la Subsecretaría pasó por un período de redefiniciones, según se ilustra a continuación.

En los años sesenta, el crecimiento del país y la necesidad de una diversificación de la política cultural, dieron las condiciones para que en 1960 se instituyera la Subsecretaría de Asuntos Culturales, justo en un momento de especial auge de la política educativa, y, particularmente, de la educación primaria (ese año comenzaron a circular los libros de texto gratuitos, que han resultado clave para la erradicación ya casi total del analfabetismo).

Entre otros hechos que ameritan especial mención, se encuentran el traslado del Museo Nacional de Antropología, en 1964, de la calle de Moneda a su actual sede de Chapultepec; y la fundación, en 1966, de la Academia de las Artes (instalada formalmente el 12 de junio de 1968).

Durante el sexenio 1964-1970, la prioridad educativa continuó siendo la alfabetización. En lo cultural, se mantuvo una política centrada en la difusión de la cultura y el arte (exposiciones, conciertos, publicaciones). Por lo tanto, en la SEP no se promovieron mayores cambios institucionales. Se trató de un período de consolidación, dentro del cual cabe poner en relieve la incorporación de la Dirección General de Derechos de Autor y de la Unidad Artística y Cultural del Bosque.

En abril de 1971 la Subsecretaría de Asuntos Culturales pasó a denominarse Subsecretaría de Cultura Popular y Educación Extraescolar, y sucesivamente se convirtió en Subsecretaría de Cultura y Difusión Popular (1977), Subsecretaría de Cultura y Recreación (1978) y Subsecretaría de Cultura (1982), en este último caso a raíz de la expedición de otro Reglamento Interior de la SEP.

La Subsecretaría asumió así una nueva composición:

Órganos centrales

La modernización del Subsector: el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1988-1999)

Bajo la organización descrita en el punto anterior, la Subsecretaría de Cultura sólo se modificaría mínimamente en 1985, para continuar instrumentando la política cultural del Estado mexicano; hasta que, el 7 de diciembre de 1988, con base en un decreto presidencial, fue creado el actual Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que asimiló y amplió las funciones que tradicionalmente habían estado asignadas a dicha Subsecretaría.

Para ilustrar con mayor claridad este proceso de conformación del aparato cultural del Estado, se presenta un cuadro que, a más de los anteriormente datos expuestos, resume otros complementarios, útiles en la comprensión de la evolución del Subsector Cultura de 1921 a 1996.


Índice

Marco de organización de la política cultural del Gobierno Federal en México

1921-1995

ANTECEDENTES

Subsector Cultura
(Hasta 1981)

  • 1921: Departamentos de Bellas Artes y Bibliotecas.
  • 1938: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
  • 1941: Dirección General de Educación Extraescolar y Enseñanza Estética.
  • 1946: Instituto Nacional de Bellas Artes.
  • 1960: Subsecretaría de Asuntos Culturales. destacados hasta 1981
  • 1971: Subsecretaría de Cultura Popular y Educación Extraescolar.
  • 1977: Subsecretaría de Cultura y Difusión Popular.
  • 1978: Subsecretaría de Cultura y Recreación.
  • 1981: Subsecretaría de Cultura.

FUNCIONES

Subsecretaría de Cultura
(Funciones hasta 1988)

CONACULTA
(Funciones a partir de 1989)

Subsecretaría de Cultura:
  • Planear y dirigir el funcionamiento de los órganos que le están adscritos.
  • Organizar y dirigir: publicaciones, bibliotecas, derecho de autor, promoción cultural, culturas populares, T.V. educativa, divulgación y el programa cultural de las fronteras.
  • Promover el estudio y desarrollo de las culturas populares.
  • Organizar actividades culturales para educandos, jóvenes y profesores.
  • Promover y difundir actividades culturales para los distintos sectores de la población.
  • Coordinar la operación del INBA, el INAH, Radio Educación y demás órganos del área.
  • Formular los proyectos de leyes, reglamentos, decretos, acuerdos y órdenes en asuntos culturales.
  • Promover y difundir la cultura y las artes.
  • Ejercer las atribuciones de la SEP en promoción y difusión de las artes.
  • Coordinar las unidades administrativas pertinentes.
  • Dar congruencia al funcionamiento del Subsector Cultura.
  • Organizar la educación artística, bibliotecas públicas y museos; así como eventos de carácter cultural.
  • Establecer criterios culturales en la producción de cine, radio, televisión y editorial.
  • Fomentar las relaciones culturales y artísticas con otros países, en coordinación con la Secretaría de Relaciones Exteriores.
  • Coordinar las tareas referentes a las lenguas y culturas indígenas y promover las tradiciones y el arte popular.
  • Promover la política editorial del Subsector y proponer directrices sobre publicaciones y programas educativos y culturales para TV.


Índice

Perspectivas

Con la presencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), no sólo se ha incrementado notablemente la articulación entre las propias dependencias que integran el denominado "Subsector Cultura" de la Secretaría de Educación Pública, sino también entre el conjunto de las instituciones culturales del país, principalmente las universidades, los institutos de cultura de los 31 estados y del Distrito Federal, las asociaciones y fundaciones privadas, las empresas que apoyan la actividad cultural, los grupos organizados de la sociedad civil, la comunidad artística e intelectual, y los organismos culturales internacionales.

En este fin de siglo, la fase de "globalización" que caracteriza la vida económica y cultural de la mayoría del mundo, ha replanteado de manera mucho más ostensible la relación entre tradición y modernidad, y entre cultura nacional y cosmopolitismo. Bien a bien, ha forzado a una redefinición interna de la política y del proyecto educativo y cultural en cada país partícipe de ella. Para México, esta fase ha requerido la evaluación de su trayectoria histórica y la puesta en marcha de políticas acordes con las exigencias de competencia internacional y de relación con el resto de las culturas del orbe.

El tema ha constituido de manera obligada una puesta al día de la construcción de las concepciones sobre el desarrollo del país, y, de hecho, ha exigido –y lo continúa haciendo- una reflexión profunda acerca del papel de la cultura ante la perspectiva de un nuevo proyecto nacional para el siglo XXI.

Así como la edificación jurídico-política fue desde el inicio de la vida independiente de México un intento por asemejar éste a sociedades "modernas" como la estadounidense o la francesa, el potencial de una redefinición contemporánea está caracterizada por la capacidad de auto-reconocimiento de los valores culturales propios, y de asimilación de lo mejor de la cultura universal pasada y actual.

En tal sentido, la globalización plantea para México y todas las naciones, la posibilidad de conocer, asimilar y utilizar en propio beneficio de cada comunidad cultural o nación, las aportaciones de las demás culturas.

La viabilidad de los muy diversos proyectos culturales de las instituciones públicas y privadas, parece radicar en la posibilidad de articular éstos con un desarrollo social general para los mexicanos. Nunca más cierta que ahora es la noción de la cultura como un acto total de la vida humana; nada más indispensable y estratégico también que la distribución de bienes y servicios para que ella pueda mantenerse y florecer. Esto corresponde con el papel cohesionador que la cultura ha tenido a lo largo de la historia nacional, de manera que ahora se debe privilegiar su papel de vehículo de orientación del esfuerzo de las muy diversas regiones y comunidades hacia objetivos comunes del desarrollo nacional. Apreciación de la diversidad cultural, identificación de lo propio, aprecio de las demás culturas, es seguramente, la base de un nacionalismo renovado, actuante en el escenario internacional.

En último análisis, la historia mexicana ilustra cómo el liberalismo triunfante del siglo XIX decidió encaminarse a la modernización vía la educación y la definición de una cultura para todo el país, así fueran poderosas las mediaciones económicas y políticas que obstaculizaron la aplicación cabal y constante de ese ideal. Mientras tanto, la cultura fue asumida como un patrimonio virtual de todos los mexicanos, y sólo a lo largo de numerosas décadas y de procesos históricos que han replanteado la relación entre los grupos de nuestra sociedad, ha sido reconocida como un patrimonio real y accesible para todos ellos –con todo y que la capacidad de acceso, la distribución más equitativa de la riqueza, continúe siendo un reto de primera magnitud para el Estado y la sociedad en su conjunto.

Si la cultura fue vista en el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX como propia de las figuras conspicuas de una época (científicos, filósofos, artistas), llevando a una identificación con un reducido número de instituciones de educación, ubicadas predominantemente en la capital del país, en la actualidad el espectro de opciones de desarrollo cultural es tan amplio como lo son los círculos de creadores, promotores, investigadores y profesores de arte y cultura, en los variadísimos escenarios sociales y regionales del país. Por lo demás, lejos está de pensarse en la cultura como un acto de gobierno, sino más bien, como la acción cotidiana y creativa del conjunto de la sociedad en sus más variadas expresiones.

Las condiciones de educación del país, de la dinámica económica y de la necesidad de un intenso diálogo entre las culturas que integran la nación, marca el camino que la política cultural en México ya está siguiendo y que, desde luego, amerita profundizarse y extenderse hacia amplios segmentos de población que escasa o esporádicamente tienen contacto con la acción institucional.

En consecuencia con todo lo anterior, las grandes tendencias que pueden vislumbrarse en la entrada al nuevo siglo son:

Intensificación en el uso de nuevas tecnologías dentro de los procesos de creación, estudio y difusión de la cultura.

Las necesidades de intercambio de información, educación y cultura que caracterizan a este fin de siglo y que se presentan como vertiginosas e irreversibles para la gran mayoría de las naciones, permiten suponer un incremento notable del uso de nuevas tecnologías en la producción y en la difusión artística y cultural. La incorporación al uso de las redes informáticas –marcadamente, de Internet- por parte de numerosas instituciones educativas y culturales, así como por los usuarios que demandan servicios de información, recreación y disfrute de carácter cultural, condiciona un replanteamiento de las estrategias convencionales de promoción y difusión de la cultura.

En México se multiplican ya los circuitos de comunicación por satélite (videoconferencias, educación a distancia) en la educación pública y privada; el uso de Internet y la operación de redes locales entre investigadores y especialistas en las más variadas ramas del saber. Las instituciones ven en este medio un apoyo muy importante para exhibir el patrimonio cultural, y para ofrecer servicios educativos y bibliotecarios, e incluso de orientación turístico-cultural.

La vastedad del territorio nacional y el crecimiento de la población harán imperativo el desarrollo de los sistemas de información y difusión, a efecto de multiplicar las opciones educativas y culturales y reforzar las existentes.

Participación creciente de la sociedad civil en las acciones culturales auspiciadas por las instituciones públicas y privadas.

Las exigencias del desarrollo económico y social implican la indispensable participación de los ciudadanos organizados en tareas de carácter cultural que entren en coincidencia con las acciones de gobierno. Tanto por razones financieras como de corresponsabilidad entre la sociedad y los diferentes niveles de gobierno, se requiere el reforzamiento de la organización social, de modo que, sin pérdida de sus propios cometidos, haga más viable el cumplimiento de los grandes objetivos y de las grandes metas nacionales.

Las iniciativas de comunidades y grupos estarán a menudo conciliadas con los objetivos de las autoridades gubernamentales y permitirán que el presupuesto público se canalice con mejor adecuación a las prioridades que señalen las necesidades y las expectativas de la población. Ello demandará un replanteamiento en las responsabilidades de atención a problemas educativos y culturales. Es deseable aquí la presencia organizada de los grupos sociales, sean éstos comunidades rurales, trabajadores urbanos, colonos, gremios profesionales o empresarios.

Por otra parte, en los años recientes el financiamiento de la actividad cultural ha recibido importantes contribuciones de asociaciones filantrópicas, patronatos, asociaciones civiles y ciudadanos que han aportado recursos económicos y apoyos de organización y difusión. Ante todo se ha consolidado la idea de la inversión cultural como un compromiso de grupos clave de la sociedad para el mejoramiento de la nación. Por fortuna, se trata de un valor que se difunde rápidamente en diversos ámbitos sociales.

Profundización en los procesos de identidad cultural de grupos sociales y etnias, y ampliación de los canales de difusión de sus expresiones propias, bajo esquemas autogestivos y de concertación con las instituciones públicas.

La larga tradición de convivencia entre grupos y etnias que tiene el país a lo largo de poco más de cinco siglos ha sido bastante compleja y ciertamente no ha estado exenta de dificultades. La rica gama de culturas que dio origen a la nación mexicana, se mantiene en buena medida identificable en numerosas etnias (56, si se considera el número de lenguas indígenas que aún se hablan en muy variadas regiones), aglutinantes de alrededor del 10% de la población nacional. El resto del país es predominantemente mestizo.

La reivindicación de los derechos indígenas que es común a numerosas naciones en el mundo contemporáneo, tiene también en México un significado asociado a los cambios que viene observando el país en lo social, lo cultural, lo jurídico y lo político durante épocas recientes. A ese respecto, desde 1992 la propia Constitución Política del país ha reflejado la necesidad de incorporar de manera más explícita los derechos de las culturas indígenas.

En consecuencia, los programas gubernamentales han buscado multiplicar las opciones de desarrollo para los pueblos y las comunidades indígenas.

Si desde el siglo XIX México adoptó un ideario liberal que propugna los valores republicanos, el siglo XX ha sido el escenario en el que éstos se han asentado y que tienen gradualmente un reflejo favorable en el tratamiento de los problemas de las etnias. El siglo XXI deja ver una época de rico intercambio entre las culturas que forman el país, y una más justa relación entre los grupos sociales que las representan.

Difusión amplia de la cultura mexicana en el mundo y de la cultura universal en México.

Las condiciones económicas internacionales han intensificado el intercambio cultural. Acorde a la época, nunca antes como en los 90 México había difundido tan ampliamente como lo ha hecho, su patrimonio cultural en un vasto número de países de América del Norte, Europa, América Latina y Asia, principalmente. En reciprocidad, numerosos países han permitido conocer a los mexicanos, en México, el valor de su patrimonio.

Lo mismo con legado arqueológico que artístico o histórico, esta vinculación con el mundo ha propiciado un enorme flujo de objetos, de servicios y de personas, en un ciclo de enriquecimiento mutuo que se revela permanente y que revela a la cultura como centro de los cambios a escala universal. Este sea quizás el factor más alentador de la fase actual de desarrollo económico mundial en el que México se ha insertado de manera acelerada.

Dados los antecedentes históricos y las tendencias de desarrollo de las políticas culturales al término del siglo, es válido concluir que el tema de la cultura mexicana mantiene su carácter fundacional –de renovación constante de la nación- y es, por ello, punto de orientación del porvenir todo del país. Nada como la cultura puede entrañar este sentido esencial del esfuerzo colectivo.


Índice

   
     
  © Organización de Estados Iberoamericanos
para la Educación, la Ciencia y la Cultura