La sostenibilidad como [r]evolución cultural, tecnocientífica y política
Frenar el cambio climático
Ya no es posible negarse a aceptar que estamos en una situación de emergencia planetaria. No es posible seguir afirmando que el planeta es muy resistente, que lo que los humanos estamos haciendo con la Tierra es nimio comparado con los cambios que ha experimentado antes por causas naturales; que ya ha habido otros cambios notables en la composición de la atmósfera y en la temperatura… Ello es verdad, pero, como han señalado los meteorólogos, el problema no está tanto en los cambios como en la rapidez de los mismos. Los cambios provocados por los seres humanos están siendo tan profundos que se habla de una era geológica nueva, el antropoceno, término propuesto para destacar la responsabilidad de la especie humana en la creación de los problemas... y en las vías de solución; porque, como se fundamenta en el IV Informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, IPCC, todavía estamos a tiempo.
La alerta ante la influencia de las acciones humanas en la evolución del clima comienza a cobrar fuerza a finales de los años sesenta con el establecimiento del Programa Mundial de Investigación Atmosférica, si bien las primeras decisiones políticas en torno a dicho problema se adoptan en 1972, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (CNUMAH). En dicha Conferencia, se propusieron actuaciones para mejorar la comprensión de las causas que estuvieran pudiendo provocar un posible cambio climático. Ello dio lugar en 1979 a la convocatoria de la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima.
Otro paso importante, para impulsar la investigación y adopción de acuerdos internacionales para resolver los problemas, tuvo lugar con la constitución, en 1983, de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo conocida como Comisión Brundtland. El informe de la Comisión subrayaba la necesidad de iniciar las negociaciones para un tratado mundial sobre el clima, investigar los orígenes y efectos de un cambio climático, vigilar científicamente el clima y establecer políticas internacionales para la reducción de las emisiones a la atmósfera de los gases de efecto invernadero.
A finales de 1990, se celebró la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, reunión clave para que Naciones Unidas arrancara el proceso de negociación que condujese a la elaboración de un tratado internacional sobre el clima.
Hoy, tras décadas de estudios, no parece haber duda alguna entre los expertos acerca de que las actividades humanas están cambiando el clima del planeta. Ésta fue, precisamente, la conclusión de los Informes de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con el cometido de realizar evaluaciones periódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus consecuencias. Hasta el momento, el IPCC ha publicado cuatro informes de Evaluación, en 1990, 1995, 2001 y 2007, dotados del máximo reconocimiento mundial. El día 2 de febrero de 2007 se hizo público, con un notable y merecido impacto mediático, el IV Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo científico de Naciones Unidas.
Miles de científicos habían puesto en común los resultados de sus investigaciones, plenamente concordantes, y la conclusión puede resumirse en las palabras pronunciadas por Achim Steiner, Director del Programa de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente (PNUMA): “El 2 de febrero pasará a la historia como el día en que desaparecieron las dudas acerca de si la actividad humana está provocando el cambio climático; y cualquiera que, con este informe en la mano, no haga algo al respecto, pasará a la historia como un irresponsable”.
Los resultados de estos análisis son realmente preocupantes: por una parte han mostrado una clara y elevada sensibilidad climática al aumento de la concentración de CO2 en el aire. [La sensibilidad climática expresa el grado de respuesta del sistema climático a un cambio definido en alguno de los factores que lo determinan como, concretamente, la concentración de CO2]. Y por otra, las medidas realizadas indican que la proporción de CO2 en la atmósfera, ha aumentado de forma acelerada en las últimas décadas, provocando un notable incremento del efecto invernadero (Balairón, 2005). Eso es lo que muestra la curva de Keeling, que proporciona la variación de la concentración de CO2 en la atmósfera, medida por Charles D. Keeling en un observatorio de Hawái, alejado de zonas industriales que pudieran alterar los resultados.
Y, antes de referirnos a las causas de este alarmante fenómeno, es preciso salir al paso del frecuente error que supone hablar negativamente del efecto invernadero. Gracias a que hay gases “de efecto invernadero” en la composición de la atmósfera (vapor de agua, dióxido de carbono, óxido de nitrógeno, metano…) la energía solar absorbida por el suelo y las aguas no es total e inmediatamente irradiada al espacio al dejar de ser iluminados, sino que la atmósfera actúa como las paredes de vidrio de los invernaderos y, de este modo, la temperatura media de la Tierra se mantiene en torno a los 15º C. Así se logra un balance energético natural que evita tremendas oscilaciones de temperatura, incompatibles con las formas de vida que conocemos.
El problema no está, pues, en el efecto invernadero, sino en la alteración de los equilibrios existentes, en el incremento de los gases que producen el efecto invernadero, debido fundamentalmente a la emisión creciente de CO2 que se produce al quemar combustibles fósiles como carbón o petróleo, sin olvidar que hay otros gases, como el metano, óxido nitroso, clorofluorcarbonos, hidrofluorcarbonos, vapor de agua y el ozono, que contribuyen también a ese efecto y las emisiones de la mayoría de ellos crecen cada año provocando lo que deberíamos denominar, como se hace en francés, “recalentamiento climático” (Bovet et al., 2008, pp. 44-45), puesto que el problema no reside en el que la atmósfera esté caliente, sino en que se calienta demasiado.
Es chocante, por ejemplo, que los compuestos hidrofluorocarbonados (HFC) hayan sustituido a los fluorclorocarbonados (CFC), causantes de la destrucción de la capa de ozono, en los aerosoles y equipos de refrigeración. Se evita así esa destrucción de la capa de ozono, pero se sigue contribuyendo al incremento del efecto invernadero. Por ello Greenpeace ha propuesto la sustitución de los HFC en equipos generadores de frío por tecnologías basadas en los hidrocarburos -denominados 'greenfreeze'- de las que se ha constatado su eficiencia. Y lo mismo ocurre con los proyectos para construir nuevas centrales térmicas, que siguen adelante en muchos países, pese a que comportarán un notable aumento de las emisiones de CO2, además de provocar otras formas de contaminación (ver lucha contra la contaminación), como la lluvia ácida, que contribuyen a destruir los bosques, reduciendo, por tanto, la capacidad de absorción del dióxido de carbono. De hecho, la responsabilidad del incremento del efecto invernadero y el consiguiente aumento de la temperatura media del planeta, es compartida casi al 50% entre la deforestación y el aumento de emisiones de CO2 y demás gases invernadero. Y las consecuencias de degradación ambiental comienzan ya a ser perceptibles (Folch, 1998; McNeill, 2003; Vilches y Gil, 2003; Lynas, 2004; Duarte, 2006):
disminución de los glaciares y deshielo de los casquetes polares, con la consecuente subida del nivel del mar y destrucción de ecosistemas esenciales como humedales, bosques de manglares y zonas costeras habitadas;
deshielo, en particular, del permafrost, (suelos congelados de la tundra siberiana, Canadá y Groenlandia) que encierra musgo y liquen acumulados desde la última glaciación y que, al descongelarse, se descomponen emitiendo metano, gas cuyo efecto invernadero es más de 23 veces superior al CO2, lo que podría dar lugar a lo que Pearce (2007) denomina un tsunami atmosférico y que está provocando ya el derrumbamiento de numerosos edificios y la ruptura de oleoductos y carreteras en Siberia y Alaska (Gore, 2007);
transformación de los océanos en fuente de CO2 en vez de sumideros debido al aumento de temperatura.
alteraciones en las precipitaciones y un aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos (sequías, grandes incendios, huracanes, lluvias torrenciales e inundaciones, avalanchas de barro...);
modificaciones en las migraciones de aves con graves consecuencias para la biodiversidad.
acidificación de las aguas y destrucción de los arrecifes de coral, auténticas barreras protectoras de las costas y hábitat de innumerables especies marinas;
erosión y desertización;
alteración de los ritmos vitales de numerosas especies;
...
Todo ello con graves implicaciones sociales, en particular, con repercusiones en la agricultura, los bosques, las reservas de agua… y, en definitiva, para la salud humana:aumento de la mortalidad asociado a las olas de calor y otros fenómenos extremos, incremento de alergias, enfermedades respiratorias, diferentes tipos de cáncer, etc. (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; McNeill, 2003; Duarte, 2006). Cabe lamentar, en particular, que muchas comunidades y pueblos autóctonos, poseedores de una cultura profundamente anclada en su ambiente, estén en vías de desaparición, obligados a abandonar su tierra hacia las grandes ciudades, a menudo como consecuencia de la degradación ambiental, lo que les convierte en refugiados climáticos o ambientales y les condena a la pérdida acelerada de su identidad (Bovet et al., 2008, pp 44-45). Esta situación ha obligado a introducir la reivindicación de la “justicia climática”, que persigue evitar que los más afectados por el cambio climático sean quienes son menos responsables del mismo.
Los cambios provocados por los seres humanos están siendo tan profundos que se habla de una era geológica nueva, el antropoceno, término propuesto por el premio Nobel Paul Crutzen (Crutzen y Stoermer, 2000) para destacar la responsabilidad de la especie humana (Pearce, 2007; Sachs, 2008). Y las nuevas predicciones del IPCC para el siglo XXI señalan que las temperaturas globales seguirán subiendo, el nivel del mar experimentará ascensos significativos y la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos aumentará. El clima se tornará más errático –lo está haciendo ya- dificultando las previsiones metereológicas. Se habla por ello de un “shock” climático inédito, por su rapidez e intensidad, para los seres vivos (Bovet et al., 2008, pp. 46-47).
Cabe temer, además, que los cambios no sean lineales, sino que puedan verse repentinamente acelerados por diversas retroacciones, es decir, por consecuencias del cambio climático que, a su vez, influyen sobre el mismo (Preace, 2007). Así, el deshielo de Groenlandia, por ejemplo, cambia la superficie muy reflectante del hielo por la del suelo, más oscura y absorbente de la radiación solar (efecto albedo), lo que eleva aún más la temperatura y acelera el cambio climático. El mismo efecto tiene la fusión del permafrost al liberar cantidades ingentes de metano.
Una retroacción particularmente preocupante es la posible alteración en la circulación termohalina y sus consecuencias (Broecker, 1991). Se denomina así a las corrientes oceánicas impulsadas por flujos superficiales de aguas saladas y cálidas (de ahí su nombre) procedentes de los trópicos que en el ártico y la región antártica se enfrían y se hacen más densas, hundiéndose a grandes profundidades. Esas aguas profundas se desplazan y van recorriendo los océanos hasta emerger de nuevo al calentarse regresando por superficie al atlántico donde comenzará un nuevo ciclo. La circulación termohalina actúa así como una gran cinta transportadora oceánica que juega un papel fundamental en la distribución de agua caliente desde los trópicos hasta las regiones polares y en el intercambio de CO2 entre la atmósfera y los océanos. Pero, debido a la elevación de la temperatura en los casquetes polares y consiguientes incrementos de agua dulce procedentes del deshielo, el agua puede no alcanzar la densidad suficiente para hundirse, lo que podría provocar, según los expertos, una ralentización de la circulación termohalina llegando incluso al colapso (Duarte, 2006; Gore 2007; Pearce 2007), con drásticas consecuencias sobre el clima global del planeta.
Es cierto también que las consecuencias son, en parte, impredecibles. Hay que tener en cuenta que el clima es un sistema tremendamente complejo que no sólo comprende la atmósfera, sino también los océanos, hielos, la tierra y su relieve, los ríos, lagos, aguas subterráneas... La radiación solar, la rotación de la Tierra, la composición de la atmósfera y los océanos afectan a este sistema y cambios pequeños en parámetros importantes, como la temperatura, pueden causar resultados inesperados y no lineales. Ello se ha aprovechado por algunos, hasta muy recientemente, para decir que "las cosas no están claras" y justificar así su rechazo a la adopción de medidas. Pero, como ha señalado la Unión Geofísica Americana (AGU), institución científica internacional de más de 35000 miembros, “el nivel actual de incertidumbre científica no justifica la falta de acción en la mitigación del cambio climático”.
Ya no es posible negarse a aceptar que estamos en una situación de emergencia planetaria. No es posible seguir afirmando que “el planeta es muy resistente, que lo que los humanos estamos haciendo con la Tierra es nimio comparado con los cambios que ha experimentado antes por causas naturales; que ya ha habido otros cambios notables en la composición de la atmósfera y en la temperatura, hubo glaciaciones… y la Tierra continuó girando”. Todo ello es verdad: en el pasado también ha habido alteraciones en la concentración atmosférica de los gases de efecto invernadero que han originado profundos cambios climáticos. Sin embargo, como han señalado los meteorólogos, el problema no está tanto en los cambios como en la rapidez de los mismos: baste señalar que la proporción de CO2 en la atmósfera se ha incrementado en 200 años… ¡más que en los 10000 precedentes! Y Delibes de Castro puntualiza: “Nunca ha habido tanto CO2 en la atmósfera desde hace al menos 400 000 años. Y seguramente nunca, en esos cuatro mil siglos, ha hecho tanto calor como el que me temo hará dentro de pocos lustros” (Delibes y Delibes, 2005).
Sin embargo, cualquiera que siga la prensa diaria o se asome a Internet se puede encontrar con abundantes documentos que se refieren a “las mentiras del cambio climático”, al “catastrofismo de los ecologistas” e incluso con tomas de posición de conocidos responsables políticos que se oponen a que, en épocas de crisis como la actual, se financien causas “científicamente cuestionables” como el cambio climático. No es de extrañar que la conclusión de algunos ciudadanos sea que la cuestión no está clara. En consecuencia, buena parte de la ciudadanía sigue sin ver necesaria su implicación en la resolución de esta problemática. Ante esta situación, es preciso dejar claro que el consenso científico es total. Podemos referirnos, por ejemplo, al estudio realizado por la investigadora Naomi Oreskes (2004), con cerca de un millar de artículos científicos analizados ni uno solo de los cuales ponía en duda la realidad del actual cambio climático, ni su origen, asociado, entre otros, a la quema de combustibles fósiles. Por contra, más del 50% de los artículos publicados en la prensa diaria durante el mismo periodo expresaban dudas acerca del cambio climático. Esta confusión constituye un serio obstáculo al que es preciso hacer frente, dejando claro que no ha lugar para un negacionismo sin fundamento científico, guiado por una apuesta miope por el beneficio a muy corto plazo.
Este rechazo del “negacionismo” no supone, en modo alguno, adoptar las posturas catastrofistas de quienes afirman que los problemas no tienen solución y que, por tanto, no ven posible ni necesario hacer nada… lo que les condena a la misma pasividad de quienes sostienen que no hay problema. La forma de no ser catastrofistas es reconocer los problemas y trabajar por su solución. El estudio científico de los problemas tiene como finalidad conocer su origen y poner a punto las posibles soluciones. Y debemos insistir en que esas soluciones existen y que estamos a tiempo de adoptar las medidas necesarias. Baste recordar que en el IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo… pero que es urgente actuar.
En apoyo de esta urgencia debemos referirnos a un reciente estudio, realizado por científicos del Instituto Goddard de la NASA, según el cual la Tierra está alcanzando las temperaturas más altas desde hace 12000 años, señalando que si aumenta un grado más igualará el máximo registrado en el último millón de años.
“Esto significa –explican los autores del estudio- que un mayor calentamiento global de un grado define un nivel crítico. Si el calentamiento se mantiene en ese margen, los efectos del cambio climático podrían ser manejables, porque durante los periodos interglaciales más templados, la Tierra era más o menos como es hoy. Pero si las temperaturas suben dos o tres grados centígrados más, probablemente veremos cambios que harán de la Tierra un planeta diferente del que conocemos hoy. La última vez que la superficie del planeta alcanzó esas temperaturas, hace unos tres millones de años, se estima que el nivel del mar era unos 25 metros más alto que el actual”. Y el estudio se refiere a claros indicios de cómo el calentamiento global ha empezado a mostrar sus efectos en la naturaleza.
El punto crítico de un proceso irreversible está, pues, a sólo uno o dos grados más y desde hace 30 años se ha acelerado el calentamiento, aumentando la temperatura media en 0.2 ºC cada 10 años. Estos datos son extremadamente preocupantes porque la concentración de CO2 sigue aumentando aceleradamente, amenazando con duplicarse en pocas décadas lo que según las estimaciones del IPCC sobre sensibilidad climática, el aumento de temperatura estaría probablemente entre 2 y 4,5°C. Así pues, si el proceso continuara, el desastre global se produciría en poco más de 50 años.
Como señala Duarte (2006) el calentamiento global “es una realidad en la que estamos ya plenamente inmersos” y “su consideración como especulación o como proceso futuro aún por llegar solo puede retrasar la adopción de medidas de adaptación y mitigación y, con ello, agravar los impactos de este importante problema”. En consecuencia, aunque existen todavía muchas incertidumbres que no permiten cuantificar con la suficiente precisión los cambios del clima previstos, la información validada hasta ahora es suficiente, más allá de lo que exige el principio de precaución, para tomar medidas de forma inmediata. Para contribuir a dicho objetivo, y como resultado de un acuerdo alcanzado en la Cumbre de Río en 1992, se creó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), que entró en vigor en 1994. Y en 1997 los gobiernos acordaron incorporar una adición al tratado, conocida con el nombre de Protocolo de Kioto, por el cual los países firmantes asumían el compromiso de reducir las emisiones en porcentajes que varían según su contribución actual a la contaminación del planeta, estableciendo sistemas de control de la aplicación de estas medidas.
Para que el acuerdo entrara en vigor, se estableció un mínimo de 55 países firmantes que sumaran en conjunto al menos un 55% de las emisiones correspondientes a los 39 países implicados en el acuerdo. Y aunque existen países como EEUU (con mucho, el más contaminante) que no asumen todavía el Protocolo de Kiotoy por lo tanto no se comprometen a aplicar las medidas que en él se plantean, tras su ratificación por el parlamento ruso en octubre de 2004 se aseguraron los apoyos necesarios para su entrada en vigor, que tuvo lugar el 16 de febrero de 2005. Una fecha que, sin duda, pasará a la historia como el inicio de una nueva etapa en la protección del medio ambiente por la comunidad internacional. Pese a que se trata solamente de un primer paso todavía tímido en la regulación de la contaminación ambiental, en la lucha contra el cambio climático, la importancia de este hecho es enorme por lo que supone de regulación global de un ámbito que afecta a numerosos aspectos de nuestras actividades y un paso hacia la cada vez más imprescindible prevención de riesgos, que exige la Evaluación del Impacto Ambiental, EIA de los productos y tecnologías que se proponen y la gestión integrada de los recursos del planeta (Mayor Zaragoza, 2000; McNeill, 2003; Riechmann, 2003).
Se precisa, por supuesto, un acuerdo justo y vinculante de reducción de gases de efecto invernadero, a escala planetaria, más ambicioso que el Protocolo de Kioto. Un acuerdo que no ha sido posible alcanzar todavía ni en la Cumbre del Clima de Naciones Unidas de Copenhague 2009 (COP 15) ni en la de Cancún 2010 (COP 16), pese algunos avances como la creación del Fondo Verde para el Clima (http://www.cinu.mx/minisitio/FondoVerdeClima/), un mecanismo financiero para reforzar los esfuerzos mundiales en el combate contra el cambio climático entre cuyos objetivos destaca el de impulsar acciones de mitigación y adaptación de países en desarrollo. La cumbre del clima de Durban de 2011 (COP 17) y la cumbre de la Tierra Rio+20 de 2012 han supuesto un claro retroceso debido a que la grave crisis económica ha llevado erróneamente a relegar la problemática medio ambiental, pero un acuerdo vinculante resulta cada vez más necesario y urgente y debería alcanzarse ya sin más demora en la Cumbre de Durban a finales de 2011. Alrededor de 500 ONGs agrupadas en la red CAN (Climate Action Network) trabajan para impulsar este acuerdo y, más en general, para promover acciones gubernamentales e individuales que limiten el cambio climático de origen entrópico en niveles ecológicamente sostenibles (). Y surgen nuevas iniciativas para presionar sobre la comunidad internacional como la Primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra (Cochabamba, Bolivia, 2010) cuya declaración final, “Acuerdo de los Pueblos”, es accesible en http://www.oei.es/divulgacioncientifica/noticias_301.htm. Destaca en dicha declaración, entre otros, el desarrollo del concepto de “Deuda climática”, como componente de la deuda ecológica contraída por los países desarrollados con el conjunto de la humanidad: “La deuda climática es una obligación de resarcimiento que se genera a partir del daño causado a la Madre Tierra por la emisión irracional de gases efecto invernadero. Los principales responsables de estas emisiones irracionales son los países llamados “desarrollados” donde habita el 20 % de la población mundial, y quiénes emitieron el 75 % de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero”. Un acuerdo justo de reducción de gases de efecto invernadero habrá de tener en cuenta esta deuda climática.
Pero no basta con el logro de acuerdos internacionales ni para luchar contra el cambio climático y la degradación ambiental, ni para una adecuada gestión de los recursos del planeta: se precisa igualmente el pleno desarrollo de las “Nuevas culturas” (energética, de la movilidad, urbana, del agua…) con el impulso de la tecnociencia para la sostenibilidad y un sostenido esfuerzo educativo capaz de modificar actitudes y comportamientos, como el que pretende la Década de la Educación para la sostenibilidad.
En 1985, con el Convenio de Viena para la protección de la capa de Ozono, y en 1987, con el protocolo de Montreal para la prohibición del uso de los CFC, la humanidad fue capaz de atajar una amenaza de primer orden de carácter antropogénico. Como señala Sachs (2008, p. 162), resolver el problema del cambio Climático exigirá dar esos mismos pasos: “consenso científico, concienciación pública, desarrollo de tecnologías alternativas y marco global para la acción. Hemos avanzado mucho en todas las parcelas. El consenso científico es sólido y la conciencia social ha aumentado de forma espectacular (…) ya hay nuevas y fascinantes tecnologías de baja emisión de carbono (…) disponemos incluso de un marco global, el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio Climático y de una creciente determinación para avanzar en una implantación mucho más rotunda”.
En la Cumbre de Valencia de Noviembre de 2007, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, IPCC, presentó su informe a los delegados gubernamentales de 130 países. Un informe en el que destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo. El premio Nobel de la Paz concedido ese mismo año al IPCC y a Al Gore refrendó la labor realizada por los galardonados por construir y divulgar un mayor conocimiento sobre el cambio climático causado por el los seres humanos y por fijar las bases de las medidas que son necesarias para contrarrestar esos cambios. En palabras del Presidente del comité Nobel noruego: “La acción es necesaria ahora, antes de que el cambio climático quede totalmente fuera de control de los seres humanos”.
Entre las medidas necesarias figuran, en primer lugar, la puesta a punto de fuentes limpias de energía, que no contribuyan a las emisiones de CO2 (ver La transición energética), pero también las que favorecen su absorción, como la protección y expansión de los bosques o las tecnologías CAC (Captura y Almacenamiento de Carbono). Por supuesto la aplicación de estas tecnologías para hacer frente al desafío global al que se enfrenta hoy la humanidad, es decir, al cambio global que el planeta está experimentando como consecuencia de nuestras acciones, tiene un coste; pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern, así como otros estudios de conclusiones concordantes como el hecho público por la OCDE, si no se actúa con celeridad se provocará una grave recesión económica mucho más costosa (Bovet et al., 2008, pp 12-13). Suecia ha marcado la pauta con un acuerdo fruto del trabajo conjunto de investigadores, industriales, funcionarios gubernamentales, sindicatos, etc., para lograr en pocas décadas una sociedad sin petróleo (Bovet et al., 2008, pp. 70-71). Todo un ejemplo a seguir.
Referencias en este resumen“Cambio climático”
BALAIRÓN, L. (2005). El cambio climático: interacciones entre los sistemas humanos y los naturales”. En Nombela, C. (Coord.), El conocimiento científico como referente político del siglo XXI. Fundación BBVA.
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Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2013). «Frenar el cambio climático»
[artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=17>
Algunos enlaces de interés en este tema “Cambio climático”
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