La sostenibilidad como [r]evolución cultural, tecnocientífica y política
Reducción de desastres
Año tras año se superan los récords en desastres. Y aunque hasta aquí están afectando muy particularmente a quienes, víctimas de una pobreza extrema, ocupan zonas de riesgo en viviendas sin protección alguna, inundaciones como las que sufre el centro de Europa o huracanes como el Katrina muestran que no quedalibre ninguna región del planeta, que nos enfrentamos, de nuevo, a un problema planetario. Pero no debemos hablar de desastres naturales: al destruir los bosques, desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima –señalan los expertos- estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. No se trata, pues, de accidentes sino de "destrucciones anunciadas", perfectamente previsibles y cuya reducción exige la aplicación sistemática del Principio de Precaución y que la búsqueda de mayores beneficios económicos a corto plazo deje de primar sobre la seguridad de personas y ecosistemas.
En el Tema de Acción Clave dedicado a la contaminación
sin fronterasnos referíamos a las consecuencias catastróficas de algunos “accidentes”, como el que supuso la explosión del reactor nuclear de Chernobyl, auténtico desastre ambiental y humano que ha vuelto a repetirse en la central de Fukushima, construida “a prueba de terremotos y de tsunamis”. Y señalábamos que, a menudo, no se trata de hechos accidentales, sino de auténticas catástrofes anunciadas. Intentaremos fundamentar aquí esta tesis y mostrar su validez general en todo tipo de desastres, incluidos los considerados “naturales”. Sólo esta comprensión nos permitirá hacer frente a los mismos y adoptar medidas efectivas para su reducción.
Las tormentas, inundaciones, erupciones volcánicas, etc., son fenómenos que aparecen ligados a las “potentes fuerzas de la naturaleza”, por lo que son denominados “desastres naturales”. Sin embargo, el hecho de que dichos desastres estén experimentando un fuertísimo incremento y se hayan más que triplicado desde los años 70 llevó a Janet Abramovitz (1999) y a muchos otros investigadores a reconocer el papel de la acción humana en este incremento y a hablar de “desastres antinaturales”.
El recuerdo de algunos ejemplos nos ayudará a comprender la gravedad de este incremento de desastres, que caracteriza la actual situación de emergencia planetaria:
Los archivos históricos señalan que durante siglos hubo inundaciones del río Yangtze en la provincia china de Hunau uno de cada veinte años, mientras que ahora ¡se repiten 9 de cada 10 años!
En la zona del Caribe y Centroamérica siempre hubo huracanes, pero en 1998, el huracán Mitch barrió Centroamérica durante más de una semana, dejando más de 10000 muertos. Fue el huracán más devastador de cuantos habían afectado al Atlántico en los últimos 200 años. Después vinieron otros, como el Katrina, de efectos igualmente destructivos y en número siempre en aumento.
Las olas de calor en la Europa húmeda se repiten a un ritmo desconocido hasta aquí, intercalando sequías e inundaciones…
Año tras año se superan los récords en desastres. Y aunque hasta aquí están afectando muy particularmente a quienes, víctimas de una pobreza extrema, ocupan zonas de riesgo en viviendas sin protección alguna, inundaciones como las que sufre el centro de Europa o huracanes como el Katrina muestran que no quedalibre ninguna región del planeta, que nos enfrentamos, de nuevo, a un problema planetario.
Durante 2010, por ejemplo, se registraron más de 750 fenómenos meteorológicos extremos en el planeta, marcándose así un nuevo record de magnitud, frecuencia y alcance de estos fenómenos. De hecho, según los informes del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) su número e intensidad no han hecho más que crecer estas últimas décadas. ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que son fenómenos “naturales”… que los miles de muertos, los millones de personas sin hogar y las graves pérdidas económicas son fruto de un destino inevitable, provocado por las meras fuerzas de la naturaleza?
No se trata de desastres naturales: al destruir los bosques, desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima –señalan los expertos- estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. Con otras palabras, las acciones humanas guiadas por intereses a corto plazo –contaminación, deforestación, destrucción de humedales…- que están contribuyendo al
cambio
climático, son responsables de la amplificación de los fenómenos extremos (Delibes y Delibes, 2005).
Centroamérica, por ejemplo, tiene las tasas mundiales de deforestación más altas. Cada año la región pierde entre el 2 y el 4% de su superficie forestal. Sin esa protección necesaria, el Mitch se llevó por delante las desnudas laderas, puentes, casas, personas... Y el aumento de las inundaciones del Yangtze ha sido paralelo a la deforestación de su cuenca. Lo mismo sucedió en Bangladesh por la deforestación en la cuenca alta del Himalaya que causó la peor inundación del siglo también en el verano del 98.
El cambio climático ejerce presiones adicionales por las consecuencias del deshielo, lo que provocará –está provocando ya- condiciones de avalanchas y desprendimiento de lodos y desechos. Pero los desastres del deshielo van mucho más allá: el continente de la Antártida constituye el 10 por ciento de la superficie emergida de la Tierra, la mayor parte de ella cubierta por una enorme capa de hielo que si se fundiera haría ascender el nivel de los océanos cubriendo las zonas costeras en las que concentra hoy la mayor parte de la población. Un desastre, de consecuencias inimaginables, que ya ha empezado a anunciarse con la desaparición de algunas islas del Índico.
Podríamos multiplicar los ejemplos que vinculan claramente el incremento de los desastres con la actividad humana: baste referirse a la crisis de los arrecifes de coral, que están perdiéndose por efecto directo de actividades humanas que incluyen los vertidos de petróleo, de residuos, el desarrollo costero, la colisión de barcos, la deforestación y los cultivos de tierra adentro que ocasionan la descarga de sustancias dañinas, etc., amén de la extracción del coral y la sobreexplotación pesquera. Se pierde así la protección que estos arrecifes de coral ejercen de las tormentas, la erosión y las inundaciones: los efectos de los recientes “sutnamis”, con centenares de miles de muertos, han sido muy superiores debido a la destrucción de las barreras coralinas.
Otro ejemplo paradigmático de desastre erróneamente considerado natural lo constituye la destrucción provocada por el terremoto de Haití en 2010: un terremoto de magnitud 7.0 provoca decenas de miles de muertos y millones de afectados… mientras que en Japón, en 2005, un terremoto de la misma magnitud y próximo a una zona densamente poblada causó tan sólo un muerto… a causa de un infarto. Como señaló Miguel Ángel Herrero, director de Intermón-Oxfam para Centroamérica y Caribe, el terremoto contó con la enorme ayuda del dumping que obliga a los campesinos a abandonar sus campos de arroz y desplazarse a la capital, donde se hacinan cientos de miles de personas en viviendas precarias incapaces de resistir el menor temblor… “La pobreza atrae al desastre”.
De nuevo hemos de insistir en que no se trata de “desastres naturales”: al destruir los bosques (Haití tiene una de las tasas de deforestación más altas del planeta), desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima, estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. Con otras palabras, las acciones humanas guiadas por intereses a corto plazo, son responsables de la amplificación de los fenómenos extremos. No se puede evitar un terremoto pero si se puede hacer, y mucho, para reducir la vulnerabilidad de quienes viven en esa situación de alto riesgo.
Consideraciones como éstas llevaron a Naciones Unidas a instituir el Decenio Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales (1990-1999), con el propósito de concienciar acerca de la importancia de las consecuencias de todo tipo de desastres y la necesidad de su reducción. Así, entre otras iniciativas, se puso en marcha el GOOS (Sistema Global de Observatorios de los Océanos) para poder anticipar tsunamis y denunciar a los transportistas de petróleo que lavan en alta mar los fondos de los tanques en lugar de utilizar las instalaciones portuarias apropiadas. La experiencia adquirida en dicho tiempo y el hecho de que en la década de los noventa se observara un incremento significativo en la frecuencia, impacto y amplitud de los desastres, impulsaron a considerar el papel esencial que juega la acción humana y comprender la necesidad de la gestión del riesgo en la perspectiva del desarrollo sostenible. La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por ello en 2004 la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres ISDR (ver http://www.unisdr.org/) y en 2008 la Unión Europea puso en marcha el proyecto GAP(Guard, Anticipation and Prediction) sobre las amenazas a la “salud global”, que une a los desastres naturales los nucleares, grandes epidemias, catástrofes industriales y terrorismo.
En el año 2005 tuvo lugar en Japón la Conferencia Mundial sobre la Reducción de los Desastres Naturales (http://www.un.org/spanish/conferences/wcdr/2005/), en la que se aprobó un plan de acción decenal para el periodo 2005-2015, se creó un sistema de alerta mundial contra los riesgos y se adoptó la declaración de Hyogo (http://www.unisdr.org/eng/hfa/hfa.htm) que recomienda fomentar una cultura de prevención de desastres, señalando los vínculos entre la su reducción, la mitigación de la pobreza y el desarrollo sostenible.
No será posible, en efecto, combatir el incremento de los fenómenos meteorológicos extremos –cuyos efectos devastadores acabaremos sufriendo todos- si ignoramos los problemas medioambientales y las desigualdades sociales (ver Reducción
de la pobreza).
Resulta particularmente chocante que las consecuencias de estos desastres dependan de inciertas ayudas humanitarias y que no exista un seguro mundial contra las catástrofes (naturales o no), que ponga fin a la vergüenza que supone la lentitud y precariedad de la ayuda internacional tras las catástrofes, mientras disponemos de costosísimos sistemas militares de intervención ultrarrápida. La reciente creación de los “cascos verdes”, el cuerpo de protección medio ambiental de la ONU que se despliega en tiempos de conflicto y en situaciones post conflicto, para operaciones de limpieza y reparación medio ambiental, podría y debería jugar también un papel más importante en las situaciones de graves desastres ambientales, junto a un nuevo cuerpo de “cascos rojos” de protección civil internacional, todavía inexistente, pero cuya creación se reclama con creciente insistencia, para organizar y coordinar los socorros a la población afectada por cualquier tipo de desastre (ver Gobernanza Universal).
Reflexiones similares son aplicables a los grandes incendios y a los llamados impropiamente “accidentes”, como señalábamos al principio, asociados a la producción, transporte y almacenaje de materias peligrosas (radiactivas, metales pesados, petróleo...): "accidente" es aquello que no forma parte de la esencia o naturaleza de las cosas, mientras que los escapes de petróleo durante su extracción, la ruptura de los oleoductos, las explosiones, las “mareas negras”… son estadísticamente inevitables, dadas las condiciones en que se realizan esas operaciones de extracción, transporte o almacenaje de los recursos energéticos. Y, de hecho, se están produciendo continuamente en el Ártico siberiano; o en Brasil, donde en julio del 2000 una mancha de crudo de más de 20 km cubrió el río Iguazú, amenazando sus maravillosas cataratas. Es también el caso del naufragio de los grandes petroleros, como el "Exxon Valdez", que naufragó en las costas de Alaska, o el "Prestige", que se partió frente a las costas gallegas. Vertidos como el provocado en 2010 por la plataforma de British Petroleum en el Golfo de México no se pueden considerar accidentes: son catástrofes anunciadas y ya habituales. Cada año (¡desde 1958!) la Shell viene vertiendo 40 millones de petróleo en el Delta del Niger. El equivalente a un Exxon Valdés anual durante más de 50 años. En el Mediterráneo, un mar que agoniza, Repsol está provocando con sus prospecciones petrolíferas vertidos que ha ocultado sistemáticamente y que sólo ahora han empezado a denunciarse. Las causas de estos vertidos, o de los hundimientos en las minas, como el que mantuvo prisioneros durante meses a decenas de trabajadores en Chile, o las de un larguísimo etcétera, son siempre las mismas: ausencia de medidas de seguridad conocidas y disponibles; medidas que no se adoptan, aun conociendo las consecuencias, porque se antepone el beneficio a corto plazo. No son accidentes: son catástrofes anunciadas… y aceptadas por poderes públicos y empresas (que saben que las pérdidas provocadas por los “accidentes” serán socializadas).
Y lo mismo puede decirse de la tragedia de Seveso, en 1976: se habló de un fatal accidente, pero la enorme explosión era previsible por la gran cantidad de dioxina almacenada procedente de la purificación de los compuestos que se obtenían en una planta del norte de Italia.
No se trata, pues, de accidentes sino de "destrucciones anunciadas", perfectamente previsibles y cuya reducción exige la aplicación sistemática del Principio de Precaución y que la búsqueda de mayores beneficios económicos a corto plazo deje de primar sobre la seguridad de personas y ecosistemas (ver Economía y sostenibilidad).
Desde el accidente de Seveso, la Unión Europea introdujo unas “Normas Seveso” que constituyen un estricto régimen de seguridad en las instalaciones industriales peligrosas, pero que se aplican únicamente en Europa (Bovet et al., 2008, pp 28-29).
Es necesario, pues, crear un nuevo marco internacional que evite la imposición de intereses particulares perjudiciales para todos, un nuevo concepto de cooperación y solidaridad para la reducción del impacto ecológico de nuestras actividades y el logro de un desarrollo humano sostenible (ver Gobernanza
universal).
Referencias bibliográficas en este tema “Reducción de
desastres”
ABRAMOVITZ, J. (1999). Desastres antinaturales, World Watch, 9, 48-53.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAI, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Presss. Capítulo 4.
Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2013). «Reducción de desastres» [artículo en
línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=25>
Algunos enlaces de interés sobre este tema “Reducción
de desastres”
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