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16. Nueva cultura del Agua
El
agua ha sido considerada comúnmente como un recurso renovable,
cuyo uso no se veía limitado por el peligro de agotamiento
que afecta, por ejemplo, a los yacimientos minerales. Los textos
escolares hablan, precisamente, del ciclo del agua que,
a través de la evaporación y la lluvia, devuelve el
agua a sus fuentes para engrosar los ríos, lagos y acuíferos
subterráneos
y vuelta a empezar.
Y ha sido así mientras se ha mantenido un equilibrio en
el que el volumen de agua utilizada no era superior al que ese ciclo
del agua reponía. Pero el consumo de agua se ha disparado:
a escala planetaria el consumo de agua potable se ha venido doblando
últimamente cada 20 años, debido a la conjunción
de los excesos de consumo de los países desarrollados (ver
Consumo responsable) y del crecimiento
demográfico, con las consiguientes necesidades de
alimentos.
La Conferencia de Mar del Plata, Argentina, celebrada en 1977,
constituyó el comienzo de una serie de actividades globales en torno
al agua que trataban de contribuir a nivel mundial a cambiar nuestras
percepciones acerca de este recurso y a salir al paso de un problema
grave y creciente que afecta cada vez más a la vida del planeta.
Como se señala en el Primer
Informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos
del Mundo: De todas las crisis, ya sean de orden social
o relativas a los recursos naturales con las que nos enfrentamos
los seres humanos, la crisis del agua es la que se encuentra en
el corazón mismo de nuestra supervivencia y la de nuestro
planeta. Es necesario recordar a este respecto que aunque
el agua es la sustancia más abundante del planeta solo el
2,53% del total es agua dulce, el resto agua salada.
La lista de conferencias y acuerdos internacionales que han tenido
lugar a lo largo de las tres últimas décadas resulta
ilustrativa de la creciente gravedad de la problemática del
agua, situándola en el centro del debate sobre el desarrollo
sostenible. Así, en el Segundo Foro Mundial del Agua, reunido
en Holanda en el 2000, se alertaba de que la agricultura y ganadería
consumían el 70-80% del agua dulce utilizada en el mundo,
con una responsabilidad muy particular de las técnicas intensivas
de los países desarrollados: para producir un solo
huevo en una granja industrial hacen falta 180 litros de agua: esto
es 18 veces más de lo que tienen a su disposición
cada día los pobres de la India (Riechmann, 2003).
Conviene saber que para obtener, por ejemplo, un litro de leche se precisan más de 3000 litros y para un kilo de carne más de 10000 litros (!). Ello ha conducido a introducir el concepto de “agua virtual”, que mide el agua necesaria para obtener un producto o realizar un servicio. Así como el concepto de “huella hídrica”, que representa la cantidad de agua que hace falta para sostener la actividad de una población dada y viene a completar el de huella ecológica.
Este crecimiento del consumo ha llevado, por ejemplo, a una explotación
de los acuíferos subterráneos tan intensa que su nivel
se ha reducido drásticamente. Como advierte Jorge Riechmann
(2003), a escala mundial, algunas regiones agrícolas
(como las llanuras del norte de China, el sur de las Grandes Llanuras
de EEUU, o gran parte de Oriente Próximo y el norte de África)
están extrayendo aguas subterráneas más rápido
de lo que el acuífero puede recargarse, una práctica
obviamente insostenible. (
) La sobreexplotación de los acuíferos los daña en muchos casos irreversiblemente, ya por intrusión marina si nos hallamos cerca de la costa (lo que provoca su salinización), ya por compactación y hundimiento de sus estructuras”.
Pero no se trata sólo de las aguas subterráneas: se ha tomado tanta agua de los ríos que, en algunos casos, su caudal ha disminuido drásticamente y apenas llega a su desembocadura, lo cual acaba produciendo irreversibles alteraciones ecológicas: pensemos que muchos peces desovan
en el agua dulce que los ríos introducen en el mar y que
muchas especies precisan de los nutrientes que esas aguas acarrean.
Un caso extremo lo constituye la desaparición del mar de
Aral, en el territorio de la antigua Unión Soviética,
causada por la desviación de las aguas de los dos ríos
que lo alimentaban para irrigar a gran escala el cultivo del algodón,
que algunos califican como la mayor catástrofe ecológica
de la historia (Chauveau, 2004).
Junto a este crecimiento explosivo del consumo del agua se ha producido y se sigue produciendo una seria degradación de su calidad debido a los vertidos de residuos contaminantes (metales pesados, hidrocarburos, pesticidas, fertilizantes…), muy superior a tasa o ritmo de asimilación de los ecosistemas naturales. Son conocidos, por ejemplo, los efectos de los fosfatos y otros nutrientes utilizados en los fertilizantes de síntesis sobre el agua de ríos y lagos, en los que provocan la muerte de parte de su flora y fauna por la reducción del contenido de oxígeno (eutrofización). Unos dos millones de toneladas de desechos son arrojados diariamente, según el Informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos del Mundo, en aguas receptoras. Se estima que la producción mundial de aguas residuales es de aproximadamente 1500 km3 y asumiendo que un litro de aguas residuales contamina 8 litros de agua dulce, la carga mundial de contaminación puede ascender actualmente a los 12000 km3, siendo las poblaciones pobres las más afectadas, con un 50% de la población en los países en desarrollo expuesta a fuentes de agua contaminadas.
La Comisión Mundial del Agua ha alertado además del drástico descenso de los recursos hídricos provocado también por la degradación ambiental y, muy concretamente, por la deforestación y la pérdida de nieves perpetuas fruto del cambio climático: la lluvia ya no es retenida por la masa boscosa, ni tampoco en forma de nieve, lo que favorece la erosión y desertización. En el 2000 las reservas de agua en África eran la cuarta parte de las que existían medio siglo antes y en Asia y en América Latina un tercio y siguen disminuyendo mientras crecen la desertización y las prolongadas sequías. Y denuncia que 1200 millones de personas carecen de agua potable, mientras que a 3000 millones les falta agua para lavarse y no tienen un sistema de saneamiento aceptable.
Tocamos así un segundo problema: el de los graves desequilibrios en el acceso al agua: como promedio, cada habitante de la Tierra consume 600 metros cúbicos al año, de los que 50 son potables, lo que supone 137 litros al día. Pero un norteamericano consume más de 600 litros al día y un europeo entre 250 y 350 litros, mientras un habitante del África subsahariana tan solo entre 10 y 20 litros (Chauveau, 2004). De los 4400 millones de personas que viven en países en desarrollo, casi tres quintas partes carecen de saneamiento básico y un tercio no tienen acceso al agua potable. En consecuencia, en las últimas décadas del siglo XX hemos asistido a un fuerte rebrote de las enfermedades parasitarias asociado a las dificultades de acceso al agua potable y a carencias en los servicios de salud. La mayoría de los afectados por mortalidad y morbilidad relacionadas con el agua son niños menores de cinco años y como señala el informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos del Mundo: “la tragedia es que el peso de estas enfermedades es en gran parte evitable”.
Al propio tiempo, como se señala en la Declaración
Europea por una Nueva Cultura del Agua, reproducida en la web http://www.unizar.es/fnca/presentacion1.php,
de la Fundación Nueva Cultura del Agua, el hecho de
que más de 1.100 millones de personas no tengan garantizado
el acceso al agua potable y de que más de 2.400 millones
no tengan servicios básicos de saneamiento, mientras la salud
de los ecosistemas acuáticos del planeta están al
borde de la quiebra, ha sido el detonante de crecientes conflictos
sociales y políticos en el mundo.
En la actualidad, señala Duarte (2007), el 54 % del agua dulce terrestre ya está siendo utilizada por la humanidad y la mayor parte de los recursos hídricos (70%) se utilizan en agricultura, donde se mantienen sistemas de riego deficientes con grandes pérdidas de evaporación hasta del 60 %. Por su parte, la industria utiliza el 22 % de los recursos de agua globales y el 8% se destina a uso doméstico y servicios. Mientras la población se ha triplicado en las últimas siete décadas, el consumo de agua se ha multiplicado por seis.
Jacques Diouf, Director general de la FAO, comentaba en una entrevista en 2007, en torno al día Mundial del Agua (que ese año se dedicaba a cómo afrontar la escasez), que el acceso al agua está estrechamente ligado al cumplimiento de la mayoría de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que incluyen dentro del mismo plazo la reducción a la mitad de la pobreza extrema y el hambre para 2015, detener la expansión del VIH/SIDA y garantizar la educación primaria para todos los niños. “Afrontar la escasez de agua requiere solucionar una serie de cuestiones, no todas ellas directamente relacionadas con la agricultura. Van desde la protección del medio ambiente y el calentamiento global hasta establecer precios justos para los recursos hídricos y un reparto equitativo del agua para el riego, la industria y el consumo doméstico. Ello significa que no solamente el sector agrícola, si no todo el mundo, organismos internacionales, gobiernos, comunidades locales, deben compartir la responsabilidad”.
El problema del agua aparece así como un elemento central de la actual situación de emergencia planetaria (Vilches y Gil, 2003) y su solución –que exige el reconocimiento del derecho fundamental de todo ser humano a disponer de, por lo menos, 20 litros de agua potable diarios (Bovet, 2008, pp. 52-53)- sólo puede concebirse como parte de una reorientación global del desarrollo tecnocientífico, de la educación ciudadana y de las medidas políticas para la construcción de un futuro sostenible, superando la búsqueda de beneficios particulares a corto plazo y ajustando la economía a las exigencias de la ecología y del bienestar social global
(Ver crecimiento
económico y sostenibilidad).
Conviene destacar que las posibilidades técnicas
para resolver muchos de los problemas que hemos ido mencionando
ya están disponibles. Existen, por ejemplo, numerosas técnicas
para determinar la calidad de las aguas, los elementos y compuestos
tóxicos que pueden tener, los microcontaminantes, basadas
en las orientaciones de la OMS de límites permitidos para
el agua destinada a la alimentación. También hay tecnologías
contrastadas de tratamiento de aguas residuales, depuración
de vertidos industriales, etc. Hay tecnologías sostenibles
que no sólo procuran disminuir la contaminación, sino
que tratan de prevenir los problemas. Y existen unos principios
básicos fundamentales recomendados para los proyectos tecnológicos
de depuradoras, basados en la máxima reutilización
de aguas limpias y semilimpias, reducción de caudales, separación
inmediata de residuos donde se producen, sin incorporarlos a las
corrientes de desagüe, para tratarlos separadamente, etc.
También en lo que se refiere a impedir el agotamiento de
los recursos de todo tipo (aguas subterráneas, bancos de
pesca...) las técnicas y los planes de actuación ya
están previstos y cuentan con formas de control extremadamente
fiables, que van desde la vigilancia vía satélite
al análisis genético de las capturas.
Por otra parte, estudios fiables de muy diversa procedencia (PNUD,
Banco Mundial
) han mostrado que con inversiones relativamente
modestas apenas 9000 millones de dólares- habría
agua y saneamiento para todos. En realidad bastaría con el
5% del gasto militar para lograr la reducción
de la pobreza extrema con sus secuelas de enfermedad, hambre,
analfabetismo
Lo que falta, pues, es decisión responsable para llevar
adelante los cambios necesarios. Algo que exige impulsar la educación
para la sostenibilidad y, como parte de la misma, una Nueva
Cultura del Agua: Para asumir este reto se precisan cambios
radicales en nuestras escalas de valores, en nuestra concepción
de la naturaleza, en nuestros principios éticos, y en nuestros
estilos de vida; es decir, existe la necesidad de un cambio cultural
que se reconoce como la Nueva Cultura del Agua. Una Nueva Cultura
que debe asumir una visión holística y reconocer las
múltiples dimensiones de valores éticos, medioambientales,
sociales, económicos, políticos, y emocionales integrados
en los ecosistemas acuáticos. Tomando como base el principio
universal del respeto a la vida, los ríos, los lagos, las
fuentes, los humedales y los acuíferos deben ser considerados
como Patrimonio de la Biosfera y deben ser gestionados por las comunidades
y las instituciones públicas para garantizar una gestión
equitativa y sostenible (http://www.unizar.es/fnca/presentacion1.php).
Referencias bibliográficas en este tema “Nueva cultura del agua”
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
CHAUVEAU, L. (2004). Riesgos ecológicos. ¿Una amenaza evitable? México: Ediciones Larousse S.A.
DUARTE, C. (Coord.) (2006). Cambio Global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra. CSIC.
RIECHMANN, J. (2003). Cuidar la Tierra. Políticas agrarias
y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI. Barcelona:
Icaria Editorial S.A.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible.
Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University
Presss. Capítulos 3 y 10.
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Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2009). «Nueva cultura del agua» [artículo
en línea]. OEI. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion06.htm>
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Algunos enlaces de interés en este tema “Nueva cultura del agua”
Agencia Europea del Medio Ambiente, Informes sobre el Agua en Europa
Expo Zaragoza 2008, web Oficial de La Exposición Internacional, Agua y Desarrollo Sostenible
Fundación Nueva Cultura del Agua
Organización Mundial de la Salud, Decenio Internacional para la Acción, “El agua fuente de vida”, 2005-2015
Programa AGUA. Ministerio de Medio Ambiente (España)
UNESCO, Espacio dedicado a la Década de la Educación para el Desarrollo Sostenible, Recursos Hídricos
UNESCO, Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos
Escasez de agua y sequía en la unión Europea:
UN WATER
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