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13. Cambio climático: una innegable
y preocupante realidad
La
alerta ante la influencia de las acciones humanas en la evolución
del clima comienza a cobrar fuerza a finales de los años
sesenta con el establecimiento del Programa Mundial de Investigación
Atmosférica, si bien las primeras decisiones políticas
en torno a dicho problema se adoptan en 1972, en la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (CNUMAH).
En dicha Conferencia, se propusieron actuaciones para mejorar la
comprensión de las causas que estuvieran pudiendo provocar
un posible cambio climático. Ello dio lugar en 1979 a la
convocatoria de la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima.
Otro paso importante, para impulsar la investigación y adopción
de acuerdos internacionales para resolver los problemas, tuvo lugar
con la constitución, en 1983, de la Comisión Mundial
sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo conocida como Comisión
Brundtland. El informe de la Comisión subrayaba la necesidad
de iniciar las negociaciones para un tratado mundial sobre el clima,
investigar los orígenes y efectos de un cambio climático,
vigilar científicamente el clima y establecer políticas
internacionales para la reducción de las emisiones a la atmósfera
de los gases de efecto invernadero.
A finales de 1990, se celebró la Segunda Conferencia Mundial
sobre el Clima, reunión clave para que Naciones Unidas arrancara
el proceso de negociación que condujese a la elaboración
de un tratado internacional sobre el clima.
Hoy, tras décadas de estudios, no parece haber duda alguna
entre los expertos acerca de que las actividades humanas están
cambiando el clima del planeta. Ésta fue, precisamente, la
conclusión de los Informes de Evaluación del Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC http://www.ipcc.ch/),
organismo creado en 1988 por la Organización Meteorológica
Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente,
con el cometido de realizar evaluaciones periódicas del conocimiento
sobre el cambio climático y sus consecuencias. Hasta el momento,
el IPCC ha publicado cuatro informes de Evaluación, en 1990,
1995, 2001 y 2007, dotados del máximo reconocimiento mundial.
El día 2 de febrero de 2007 se hizo público, con un
notable y merecido impacto mediático, el IV Informe de
Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático
(IPCC), organismo científico de Naciones Unidas.
Miles de científicos habían puesto en común
los resultados de sus investigaciones, plenamente concordantes,
y la conclusión puede resumirse en las palabras pronunciadas
por Achim Steiner, Director del Programa de Naciones Unidas sobre
Medio Ambiente (PNUMA): “El 2 de febrero pasará a
la historia como el día en que desaparecieron las dudas
acerca de si la actividad humana está provocando el cambio
climático; y cualquiera que, con este informe en la mano,
no haga algo al respecto, pasará a la historia como un irresponsable”.
Los resultados de estos análisis son realmente preocupantes:
la proporción de CO2 en la atmósfera, por ejemplo,
para cuya medida se ha introducido el concepto de “huella de carbono”, ha aumentado de forma acelerada en las últimas décadas,
provocando un notable incremento del efecto invernadero (Balairón,
2005). Y, antes de referirnos a las causas de este alarmante fenómeno,
es preciso salir al paso del frecuente error que supone hablar negativamente
del efecto invernadero. Gracias a que hay gases de efecto
invernadero en la composición de la atmósfera
(dióxido de carbono, vapor de agua, óxido de nitrógeno,
metano
) la energía solar absorbida por el suelo y las
aguas no es total e inmediatamente irradiada al espacio al dejar
de ser iluminados, sino que la atmósfera actúa como
las paredes de vidrio de los invernaderos y, de este modo, la temperatura
media de la Tierra se mantiene en torno a los 15º C. Así
se logra un balance energético natural que evita tremendas
oscilaciones de temperatura, incompatibles con las formas de vida
que conocemos.
El
problema no está, pues, en el efecto invernadero, sino en
la alteración de los equilibrios existentes, en
el incremento de los gases que producen el efecto invernadero,
debido fundamentalmente a la emisión creciente de CO2 que
se produce al quemar combustibles fósiles como carbón
o petróleo ,
sin olvidar que hay otros gases, como el metano, óxido nitroso,
clorofluorcarbonos, hidrofluorcarbonos, vapor de agua y el ozono,
que contribuyen también a ese efecto y las emisiones de la mayoría de ellos crecen cada año provocando lo que deberíamos denominar, como se hace en francés, “recalentamiento climático” (Bovet et al., 2008, pp. 44-45), puesto que el problema no reside en el que la atmósfera esté caliente, sino en que se calienta demasiado.
Es chocante, por ejemplo, que los compuestos hidrofluorocarbonados (HFC) hayan sustituido a los fluorclorocarbonados (CFC), causantes de la destrucción de la capa de ozono, en los aerosoles y equipos de refrigeración. Se evita así esa destrucción de la capa de ozono, pero se sigue contribuyendo al incremento del efecto invernadero. Por ello Greenpeace ha propuesto la sustitución de los HFC en equipos generadores de frío por tecnologías basadas en los hidrocarburos -denominados 'greenfreeze'- de las que se ha constatado su eficiencia. Y lo mismo ocurre con los proyectos para construir nuevas centrales térmicas, que siguen adelante en muchos países, pese a que comportarán un notable aumento de las emisiones de CO2, además de provocar otras formas de contaminación
sin fronteras,
como la lluvia ácida, que contribuyen a destruir los bosques,
reduciendo, por tanto, la capacidad de absorción del dióxido
de carbono. De hecho, la responsabilidad del incremento del efecto
invernadero y el consiguiente aumento de la temperatura media
del planeta, es compartida casi al 50% entre la deforestación
y el aumento de emisiones de CO2 y demás gases invernadero.
Y las consecuencias de degradación ambiental comienzan ya
a ser perceptibles (Folch, 1998; McNeill, 2003; Vilches y Gil,
2003; Lynas, 2004; Duarte, 2006):
- disminución de los glaciares y deshielo de los casquetes
polares, con la consecuente subida del nivel del mar y destrucción
de ecosistemas esenciales como humedales, bosques de manglares
y zonas costeras habitadas;
- deshielo, en particular, del permafrost, (suelos congelados
de la tundra siberiana, Canadá y Groenlandia) que encierra
musgo y liquen acumulados desde la última glaciación
y que, al descongelarse, se descomponen emitiendo metano, gas
cuyo efecto invernadero es más de 100 veces superior al
CO2, lo que podría dar lugar a lo que Pearce
(2007) denomina un tsunami atmosférico y que está
provocando ya el derrumbamiento de numerosos edificios y la ruptura
de oleoductos y carreteras en Siberia y Alaska (Gore, 2007);
- transformación de los océanos en fuente de CO2
en vez de sumideros debido al aumento de temperatura.
- alteraciones en las precipitaciones y un aumento de la
frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos
(sequías, grandes incendios, huracanes, lluvias torrenciales
e inundaciones, avalanchas de barro...);
- modificaciones en las migraciones de aves con graves consecuencias
para la biodiversidad.
- acidificación de las aguas y destrucción de
los arrecifes de coral, auténticas barreras protectoras
de las costas y hábitat de innumerables especies marinas;
- erosión y desertización;
- alteración de los ritmos vitales de numerosas especies;
- ...
Todo ello con graves implicaciones sociales, en particular, con
repercusiones en la agricultura, los bosques, las reservas de agua… y,
en definitiva, para la salud humana: aumento de la mortalidad
asociado a las olas de calor, y otros fenómenos extremos,
incremento de alergias, enfermedades respiratorias, diferentes
tipos de cáncer, etc. (Comisión Mundial del Medio
Ambiente y del Desarrollo, 1988; McNeill, 2003; Duarte, 2006). Cabe lamentar, en particular, que muchas comunidades y pueblos autóctonos, poseedores de una cultura profundamente anclada en su ambiente, estén en vías de desaparición, obligados a abandonar su tierra hacia las grandes ciudades, a menudo como consecuencia de la degradación ambiental, lo que les convierte en refugiados climáticos o ambientales y les condena a la pérdida acelerada de su identidad (Bovet et al., 2008, pp 44-45). Esta situación ha obligado a introducir la reivindicación de la “justicia climática”, que persigue evitar que los más afectados por el cambio climático sean quienes son menos responsables del mismo.
Los cambios provocados por los seres humanos están siendo tan profundos que se habla de una era geológica nueva, el antropoceno, término propuesto por el premio Nobel Paul Crutzen (Crutzen y Stoermer, 2000) para destacar la responsabilidad de la especie humana (Pearce, 2007; Sachs, 2008). Y las nuevas predicciones del IPCC para el siglo XXI señalan que las temperaturas globales seguirán subiendo, el nivel del mar experimentará ascensos significativos y la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos aumentará. El clima se tornará más errático –lo está haciendo ya- dificultando las previsiones metereológicas. Se habla por ello de un “shock” climático inédito, por su rapidez e intensidad, para los seres vivos (Bovet et al., 2008, pp. 46-47).
Una
retroacción particularmente preocupante es la posible alteración
en la circulación termohalina y sus consecuencias
(Broecker, 1991). Se denomina así a las corrientes oceánicas
impulsadas por flujos superficiales de aguas saladas y cálidas
(de ahí su nombre) procedentes de los trópicos que
en el ártico y la región antártica se enfrían
y se hacen más densas, hundiéndose a grandes profundidades.
Esas aguas profundas se desplazan y van recorriendo los océanos
hasta emerger de nuevo al calentarse regresando por superficie al
atlántico donde comenzará un nuevo ciclo. La circulación
termohalina actúa así como una gran cinta transportadora
oceánica que juega un papel fundamental en la distribución
de agua caliente desde los trópicos hasta las regiones polares
y en el intercambio de CO2 entre la atmósfera y los océanos.
Pero, debido a la elevación de la temperatura en los casquetes
polares y consiguientes incrementos de agua dulce procedentes del
deshielo, el agua puede no alcanzar la densidad suficiente para
hundirse, lo que podría provocar, según los expertos,
una relentización de la circulación termohalina llegando
incluso al colapso (Duarte, 2006; Gore 2007; Pearce 2007), con drásticas
consecuencias sobre el clima global del planeta.
Es cierto también que las consecuencias son, en parte, impredecibles.
Hay que tener en cuenta que el clima es un sistema tremendamente
complejo que no sólo comprende la atmósfera, sino
también los océanos, hielos, la tierra y su relieve,
los ríos, lagos, aguas subterráneas... La radiación
solar, la rotación de la Tierra, la composición de
la atmósfera y los océanos afectan a este sistema
y cambios pequeños en parámetros importantes, como
la temperatura, pueden causar resultados inesperados y no lineales.
Ello se ha aprovechado por algunos, hasta muy recientemente, para
decir que "las cosas no están claras" y justificar
así su rechazo a la adopción de medidas. Pero, como
ha señalado la Unión Geofísica Americana (AGU),
institución científica internacional de más
de 35000 miembros, "el nivel actual de incertidumbre científica
no justifica la falta de acción en la mitigación del
cambio climático".
Ya no es posible negarse a aceptar que estamos en una situación
de emergencia planetaria. No es posible seguir afirmando que "el planeta
es muy resistente, que lo que los humanos estamos haciendo con
la Tierra es nimio comparado con los cambios que ha experimentado
antes por causas naturales; que ya ha habido otros cambios notables
en la composición de la atmósfera y en la temperatura,
hubo glaciaciones
y la Tierra continuó girando".
Todo ello es verdad: en el pasado también ha habido alteraciones
en la concentración atmosférica de los gases
de efecto invernadero que han originado profundos cambios
climáticos.
Sin embargo, como han señalado los meteorólogos,
el problema no está tanto en los cambios como en la rapidez
de los mismos (http://www.mma.es/oecc/index.htm):
baste señalar que la proporción de CO2 en la atmósfera
se ha incrementado en 200 años
¡más
que en los 10000 precedentes! Y Delibes de Castro puntualiza: "Nunca
ha habido tanto CO2 en la atmósfera desde hace al menos
400 000 años. Y seguramente nunca, en esos cuatro mil
siglos, ha hecho tanto calor como el que me temo hará dentro
de pocos lustros" (Delibes y Delibes, 2005).
Sin embargo, cualquiera que siga la prensa diaria o se asome a Internet se puede encontrar con abundantes documentos que se refieren a “las mentiras del cambio climático”, al “catastrofismo de los ecologistas” e incluso con tomas de posición de conocidos responsables políticos que se oponen a que, en épocas de crisis como la actual, se financien causas “científicamente cuestionables” como el cambio climático. No es de extrañar que la conclusión de algunos ciudadanos sea que la cuestión no está clara. En consecuencia, buena parte de la ciudadanía sigue sin ver necesaria su implicación en la resolución de esta problemática. Ante esta situación, es preciso dejar claro que el consenso científico es total. Podemos referirnos, por ejemplo, al estudio realizado por la investigadora Naomi Orestes, con cerca de un millar de artículos científicos analizados ni uno solo de los cuales ponía en duda la realidad del actual cambio climático, ni su origen, asociado, entre otros, a la quema de combustibles fósiles (http://www.sciencemag.org/cgi/content/full/306/5702/1686). Por contra, más del 50% de los artículos publicados en la prensa diaria durante el mismo periodo expresaban dudas acerca del cambio climático. Esta confusión constituye un serio obstáculo al que es preciso hacer frente, dejando claro que no ha lugar para un negacionismo sin fundamento científico, guiado por una apuesta miope por el beneficio a muy corto plazo.
Este rechazo del “negacionismo” no supone, en modo alguno, adoptar las posturas catastrofistas de quienes afirman que los problemas no tienen solución y que, por tanto, no ven posible ni necesario hacer nada… lo que les condena a la misma pasividad de quienes sostienen que no hay problema. La forma de no ser catastrofistas es reconocer los problemas y trabajar por su solución. El estudio científico de los problemas tiene como finalidad conocer su origen y poner a punto las posibles soluciones. Y debemos insistir en que esas soluciones existen y que estamos a tiempo de adoptar las medidas necesarias. Baste recordar que en el IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo… pero que es urgente actuar.
Pero, además, no es necesario esperar: según un reciente estudio,
realizado por científicos del Instituto Goddard de la NASA,
la Tierra está alcanzando las temperaturas más altas
desde hace 12000 años, señalando que si aumenta un
grado más igualará el máximo registrado en
el último millón de años.
"Esto significa -explican los autores del estudio-
que un mayor calentamiento global de un grado define un nivel
crítico. Si el calentamiento se mantiene en ese margen, los
efectos del cambio climático podrían ser manejables,
porque durante los periodos interglaciales más templados,
la Tierra era más o menos como es hoy. Pero si las temperaturas
suben dos o tres grados centígrados más, probablemente
veremos cambios que harán de la Tierra un planeta diferente
del que conocemos hoy. La última vez que la superficie del
planeta alcanzó esas temperaturas, hace unos tres millones
de años, se estima que el nivel del mar era unos 25 metros
más alto que el actual". Y el estudio se refiere
a claros indicios de cómo el calentamiento global ha empezado
a mostrar sus efectos en la naturaleza.
El punto crítico de un proceso irreversible está,
pues, a sólo uno o dos grados más y desde hace 30
años se ha acelerado el calentamiento, aumentando la temperatura
media en 0.2 ºC cada 10 años. Si el proceso continuara,
el desastre global se produciría en poco más
de 50 años.
En consecuencia, aunque existen todavía muchas incertidumbres
que no permiten cuantificar con la suficiente precisión los
cambios del clima previstos, la información validada hasta
ahora es suficiente para tomar medidas de forma inmediata, de acuerdo
al denominado "principio de precaución" al que
hace referencia el Artículo
3 de la Convención Marco sobre Cambio Climático.
Nos remitimos también a este respecto a las Pautas
para aplicar el principio de precaución a la conservación
de la biodiversidad y la gestión de los recursos naturales
(http://www.pprinciple.net/).
Como señala Duarte (2006) el calentamiento global “es
una realidad en la que estamos ya plenamente inmersos” y “su
consideración como especulación o como proceso futuro
aún por llegar solo puede retrasar la adopción de
medidas de adaptación y mitigación y, con ello, agravar
los impactos de este importante problema”.
Resulta absolutamente necesario, pues, interrumpir esta agresión
a los equilibrios del planeta para hacer posible un futuro sostenible.
Por ello en 1997, como resultado de un acuerdo alcanzado en la
Cumbre de Río en 1992, se
firmó
el Protocolo de Kioto, por el cual los países firmantes
asumían
el compromiso de reducir las emisiones en porcentajes que varían
según su contribución actual a la contaminación
del planeta, estableciendo sistemas de control de la aplicación
de estas medidas.
Para que el acuerdo entrara en vigor, se estableció un mínimo
de 55 países firmantes que sumaran en conjunto al menos un
55% de las emisiones correspondientes a los 39 países implicados
en el acuerdo. Y aunque existen países como EEUU (con mucho,
el más contaminante) que no asumen todavía el Protocolo
de Kiotoy por lo tanto no se comprometen a aplicar las medidas
que en él se plantean, tras su ratificación por el
parlamento ruso en octubre de 2004 se aseguraron los apoyos necesarios
para su entrada en vigor, que tuvo lugar el 16 de febrero de 2005.
Una fecha que, sin duda, pasará a la historia como el inicio
de una nueva etapa en la protección del medio ambiente por
la comunidad internacional. Pese a que se trata solamente de un
primer paso todavía tímido en la regulación
de la contaminación ambiental, en la lucha contra el cambio
climático, la importancia de este hecho es enorme por lo
que supone de regulación global de un ámbito que afecta
a numerosos aspectos de nuestras actividades y un paso hacia la
cada vez más imprescindible prevención de riesgos
y la gestión integrada de los recursos del planeta (Mayor
Zaragoza, 2000; McNeill, 2003; Riechmann, 2003). Una gestión
que exige, además de medidas políticas a escala planetaria,
como el Protocolo de Kiotoy su continuación en un más
ambicioso Kioto2, prevista ya en las Cumbres del
Clima de Nairobi 2006 y Bali 2007, que ha de culminar en la Conferencia
de UN sobre Cambio Climático (COP 15) de Copenhague 2009,
exige el pleno desarrollo de las “Nuevas culturas” (energética,
de la movilidad,, urbana, del agua…) con el impulso de tecnologías
para la sostenibilidad y un sostenido esfuerzo educativo
capaz de modificar actitudes y comportamientos, como el que pretende
la Década de la Educación
para la sostenibilidad.
En 1985, con el Convenio de Viena para la protección de la capa de Ozono, y en 1987, con el protocolo de Montreal para la prohibición del uso de los CFC, la humanidad fue capaz de atajar una amenaza de primer orden de carácter antropogénico. Como señala Sachs (2008, p. 162), resolver el problema del cambio Climático exigirá dar esos mismos pasos: “consenso científico, concienciación pública, desarrollo de tecnologías alternativas y marco global para la acción. Hemos avanzado mucho en todas las parcelas. El consenso científico es sólido y la conciencia social ha aumentado de forma espectacular (…) ya hay nuevas y fascinantes tecnologías de baja emisión de carbono (…) disponemos incluso de un marco global, el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio Climático y de una creciente determinación para avanzar en una implantación mucho más rotunda”.
En la Cumbre de Valencia de Noviembre de 2007, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, IPCC, presentó su informe a los delegados gubernamentales de 130 países. Un informe en el que destaca el espacio concedido a las medidas mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo. El premio Nobel de la Paz concedido ese mismo año al IPCC y a Al Gore refrendó la labor realizada por los galardonados por construir y divulgar un mayor conocimiento sobre el cambio climático causado por el los seres humanos y por fijar las bases de las medidas que son necesarias para contrarrestar esos cambios. En palabras del Presidente del comité Nobel noruego: “La acción es necesaria ahora, antes de que el cambio climático quede totalmente fuera de control de los seres humanos”.
Entre las medidas necesarias figuran, en primer lugar, la puesta a punto de fuentes limpias de energía, que no contribuyan a las emisiones de CO2, pero también las que favorecen su absorción, como la protección y expansión de los bosques o las tecnologías CAC (Captura y Almacenamiento de Carbono). Por supuesto la aplicación de estas tecnologías para hacer frente al desafío global al que se enfrenta hoy la humanidad, es decir, al cambio global que el planeta está experimentando como consecuencia de nuestras acciones, tiene un coste; pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern, así como otros estudios de conclusiones concordantes como el hecho público por la OCDE, si no se actúa con celeridad se provocará una grave recesión económica mucho más costosa (Bovet et al., 2008, pp 12-13). Suecia ha marcado la pauta con un acuerdo fruto del trabajo conjunto de investigadores, industriales, funcionarios gubernamentales, sindicatos, etc., para lograr una sociedad sin petróleo (Bovet et al., 2008, pp. 70-71). Todo un ejemplo a seguir.
Referencias en este resumen “Cambio climático”
BALAIRÓN, L. (2005). El cambio climático: interacciones entre los sistemas humanos y los naturales”. En Nombela, C. (Coord.), El conocimiento científico como referente político del siglo XXI. Fundación BBVA.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
BROECKER, W. S. (1991). The Great Ocean Conveyor. Oceanography, 4, 79-89.
COMISIÓN MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE Y DEL DESARROLLO (1988). Nuestro Futuro Común. Madrid: Alianza.
CRUTZEN, P. J. y STOERMER, E. F. (2000). The “Anthropocene”. Global Change Newsletter, 41, 12-13.
DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
DUARTE, C. (Coord.) (2006). Cambio Global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra. CSIC.
FOLCH, R. (1998). Ambiente, emoción y ética. Barcelona: Ed. Ariel.
GORE, A. (2007). Una verdad incómoda. Barcelona: Gedisa S.A.
LYNAS, M. (2004). Marea alta. Noticia de un mundo que se calienta y cómo nos afectan los cambios climáticos. Barcelona: RBA Libros S. A.
McNEILL, J. R. (2003). Algo nuevo bajo el Sol. Madrid: Alianza.
MAYOR ZARAGOZA, F. (2000). Un mundo nuevo. Barcelona: UNESCO. Círculo de lectores.
PEARCE, F. (2007). La última generación. Benasque: Barrabes
RIECHMANN, J. (2003). Cuidar la T(t)ierra. Barcelona: Icaria.
SACHS, J. (2008). Economía para un planeta abarrotado. Barcelona: Debate.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Presss. Capítulo 4.
|
Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2009). «Cambio climático: una innegable y
preocupante realidad» [artículo en línea].
OEI. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion17.htm>
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Algunos enlaces de interés en este tema “Cambio climático”
Agencia Europea
del Medio Ambiente
Recursos
para la Educación y Comunicación frente al Cambio
Climático Centro Nacional de Educación Ambiental -CENEAM-
dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, y Medio Rural y Marino
de España
Cambio
Climático, Greenpeace
Cambio
Climático, Ministerio de Medio Ambiente
Panel Intergubernamental
de Cambio Climático
Informe de Síntesis del IPCC (Valencia, Noviembre 2007)
UN Conferencia de Bali, Diciembre 2007
Programa
de Cambio Climático de la Unión Europea (en inglés)
Secretaría
de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable (Argentina)
Instituto Nacional de Meteorología
WMO,
Organización Meteorológica Mundial
UNEP, Programa de Naciones
Unidas para el Medioambiente
Convención
Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático
Protocolo
de KiotoInforme Stern
World Watch Institute
Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 15) Copenhague 2009
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