¿Enamorarse de la ciencia o la ciencia de enamorar?
Por: Oneyda J. Mengo P. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica. Aporte al documento Ciencia, Tecnología e Innovación para el desarrollo y la cohesión social
Si encuestáramos al azar un grupo de egresados de educación media (bachillerato), sobre lo que piensan de la ciencia, seguramente encontraríamos que sus ideas sobre esta son positivas: ayuda al progreso de la humanidad, resuelve problemas y nos hace cómoda la vida cotidiana, etc.; sin embargo, es seguro que encontraremos también que existe una base de actitudes y creencias que todos ellos comparten, acerca de las dificultades para entender su lenguaje, reconocer sus postulados y comprender sus principios.
Uno de los elementos de esta base común es la suposición de que todo lo relativo a las carreras científicas solo pueden entenderlo y estudiarlo los más inteligentes y por que no, los superdotados. Disciplinas como matemáticas, física, química o biología han llegado a convertirse, para muchos, en su mayor pesadilla.
Asimismo, son pocos los programas educativos que le imprimen calidad, innovación y motivación al estudio de las ciencias; debido entre otras cosas al desconocimiento, por parte de los docentes, de estrategias educativas cónsonas con el enfoque de enseñanza lúdica, tales como la enseñanza experiencial. A pesar de la insistencia sobre el aprendizaje significativo las aulas parecen ser un espacio muy poco significativo. Cuando se les pregunta a los estudiantes y docentes que recuerden experiencias fuertes de aprendizaje (momentos de la vida en que sintieron que aprendían mucho), la mayoría recuerda aquellas experiencias que ocurrieron no en espacios educativos institucionales sino en otros ámbitos (empresariales, comunitarios, etc.). Las aulas son el lugar para aprender, pero la mayoría percibe que los mejores aprendizajes se consiguen en otros contextos.
Aunado a esto, observamos que los docentes están poco preparados para una enseñanza experimental; la infraestructura de educación media, no está diseñada y mucho menos equipada para motivar actividades científicas en aula y por supuesto los recursos didácticos tradicionales no atraen el interés de los alumnos.
Lo anterior trae como consecuencia que los alumnos de educación media tengan poco contacto práctico con temas y disciplinas científicas, lo que redunda en el bajo rendimiento académico observado en las asignaturas científicas y la consecuente dificultad que muestran los alumnos cuando en la universidad se ven obligados a cursar asignaturas propias de las ciencias formales y ciencias fácticas.
Pero no todos los motivos de la no elección de los bachilleres a las carreras científicas, se debe a su percepción sobre éstas. Existen otra serie de aspectos que no permite que los jóvenes sean atraídos por las carreras científicas. Entre estos destaca el hecho de que la mayoría de los que egresan de carreras científicas tienen pocas opciones de empleo. Asimismo, los centros de investigación, en la mayoría de los países de Latinoamérica, son entes públicos o pertenecen a universidades y centros de educación superior, cuyos niveles de salarios e incentivos son sustancialmente inferiores a los que se ofrecen en el sector privado, para profesiones equivalentes.
Aunque los centros de investigación público y las universidades ofrecen como ventaja la estabilidad laboral, para los que logran ingresar a sus filas; tienen como desventaja la poca oferta de nuevos empleos e incluso la dificultad para incorporar sustitutos ante la eminente jubilación de los investigadores más veteranos.
Entonces, cabría preguntarse ¿qué hacer ante esto?. En primer lugar, es necesario que el Estado desarrolle mecanismos para adecuar los programas y la infraestructura de educación media a esquemas educativos más lúdicos. Se hace indispensable crear programas de actualización científica para los docentes de educación media e integrar incluso a los docentes de las ciencias sociales, para que ayuden en la comprensión, por parte del alumnado, de la importancia de las disciplinas científicas en su desarrollo.
A nivel del estudiantado, es necesario crear programas de estímulo al estudio de carreras científicas, bajo la figura de ayudantías; promover actividades de competición y premiación a la creación científico-tecnológica; promover el intercambio y movilidad entre estudiantes de carreras científico-técnicas; promover el desarrollo de empresas de base tecnológica que demandarán personal calificado en disciplinas científicas; así como estimular a la empresa privada a invertir y desarrollar en sus propias instalaciones unidades de investigación y desarrollo tecnológico.
Por supuesto, todas estas ideas deberían estar integradas en una política de Estado que movilice a todos los grupos de interesados (stakeholders) alrededor de una estrategia de promoción al desarrollo de las áreas científico-tecnológicas, en pocas palabras hacer que la ciencia enamore a las futuras generaciones a partir del reconocimiento de sus “encantos y virtudes, su nobleza y fortaleza” para hacer más armónico y sostenible el manejo de los recursos de nuestro planeta.
Ver el documento