Semblanza histórica

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Índice general

El Perú pre-hispánico

La Historia del Perú se inicia con la llegada de los primeros grupos humanos a su actual territorio. Las evidencias iniciales se remontan a los 20 000 años a.C., pero sus manifestaciones mas saltantes se van a expresar, mas tarde, en el hallazgo de restos humanos en las cuevas de Lauricocha, Huanuco (9525 a.C.), pinturas rupestres en Toquepala, Tacna (aprox. 10 000 años de antigüedad) y en otros lugares. Se trataban de grupos itinerantes dedicados a la caza y recolección, en los que posteriormente se advierte un conocimiento y especialización en torno al aprovechamiento de ciertas plantas, las cuales fueron fundamentales para su dieta y determinaron que poco a poco la actividad de la caza fuese cumpliendo un papel complementario. En las zonas de la costa, la pesca fue la actividad mas importante para los grupos humanos que ocasionalmente y después constantemente, descendían de las zonas andinas.

La aparición de grupos humanos plenamente sedentarizados data aproximadamente del 6000 a.C. Al principio solo construían viviendas elementales, usando materiales adecuados a las condiciones climáticas del lugar, pero después fueron apareciendo edificios mas complejos y sólidos, con funciones de carácter público, tal es el caso de complejos arquitectónicos como la Galgada (Ancash), el Paraíso (Lima) y la ciudad de Caral (Lima), los cuales se convirtieron en una clara representación de una nueva etapa de desarrollo cultural y material.

La aparición de la cerámica determina, tanto en los Andes como en la costa (1,800 a 1,400 a.C.), un nuevo hito en el proceso. En el caso de la costa, la integración arquitectura monumental, agricultura y cerámica, nos muestra un desarrollo cultural que sentó las bases para la presencia de las primeras formas políticas. En la sierra, la aparición de la cerámica se produce en regiones como Cajamarca y Kotosh, lo cual también evidencia una evolución rápida hacia formas políticas mas complejas en aquellas zonas.

Chavín es el primer horizonte cultural en la historia del Perú; destaca como elemento mas representativo un complejo monumental que data aproximadamente de los 1000 a.C. y que presenta profusas manifestaciones en escultura lítica, resaltando el Lanzón, el Obelisco Tello y la Estela Raymondi. Estas importantes evidencias de un avanzado trabajo en piedra, son manifestaciones a su vez, de un complejo mundo religioso, político y mental, que se expande por un inmenso territorio que sobrepasa los límites del pequeño poblado de Chavín de Huántar y llega a estar presente en zonas de selva alta e incluso en la costa central (Lima).

Paracas (aprox. 500 a.C.), al sur de Lima, constituye otro hito cultural importante. Se trata de una sociedad plenamente estructurada, ubicada en una zona desértica y costera, pero con condiciones materiales suficientes para la supervivencia. El enfrentamiento a las especiales condiciones de su entorno no impidió un gran desarrollo cultural, representado especialmente por su textilería, que llegó a ser la mas elevada expresión de dicha actividad en el continente americano. Los famosos mantos de Paracas manifiestan un dominio técnico que coloca a los antiguos peruanos a nivel de las grandes áreas culturales de la Humanidad; el uso de colorantes naturales, la compleja técnica textil y la enorme riqueza iconográfica, evidencian el carácter excepcional de estas piezas; por otra parte, ellas muestran también la mentalidad y las costumbres de los paracas. La cerámica, los conocimientos y la práctica médica representada por las trepanaciones craneanas, así como las técnicas de momificación, complementan los logros alcanzados en el campo de la textilería.

Dentro de otros contextos y espacios y en las primeras décadas de nuestra era, la costa peruana fue escenario del surgimiento de pequeños estados dirigidos por sacerdotes guerreros. En Sipán (Lambayeque), Chicama, Moche, San José de Moro y otros lugares, empezaron a germinar estados evolucionados y complejos. En ese sentido, la organización del estado Mochica, (150 d.C.-) con su élite religiosa, política y militar evidenciaba una relación íntima entre poder religioso y poder civil; grandes huacas fueron centros ceremoniales y a la vez lugares en donde se realizaban los actos mas importantes de la vida pública. La cerámica, con sus famosos huacos-retrato, la metalurgia, con soberbios trabajos en oro y plata, fueron las representaciones mas claras de la producción cultural Mochica. Aún hoy, la cultura Mochica ofrece sorprendentes descubrimientos, como el caso del Señor de Sipán, investigado por el arqueólogo Walter Alva.

Siempre en la costa, la cultura Nazca (100-600 d.C.) representó una cierta continuidad en relación a la cultura Paracas. La expresión mas importante de su producción cultural fue la cerámica, que con su profusa y colorida decoración, expresaba la mentalidad y costumbres de los nazcas; las vasijas muestran una rica iconografía en donde destacan especialmente las cabezas trofeo, signos del carácter guerrero de dicha sociedad. La textilería fue otro campo importante de su producción, en ella sobresale el uso de plumas en los tejidos, así como también el color y la variedad de técnicas. Sin embargo, uno de los elementos mas interesantes y discutidos de la cultura Nazca son las famosas líneas, que en una gran llanura, representan motivos naturales de gran tamaño (monos, arañas, colibríes); mucho se ha discutido sobre el sentido y la función de dichas líneas; algunos investigadores sostienen que se trata de un calendario, otros que representan la estructura política o simplemente cumplen una función ritual.

Dejando la costa, entre los 500 y 900 d.C., en el altiplano del Lago Titicaca se desarrolla la cultura Tiahuanaco; en una región ubicada en torno a los 4.000 m.s.n.m. se encuentran evidencias de una arquitectura monumental en donde destaca la imagen de un Dios solar, que se convierte en símbolo representativo. Los complejos arqueológicos de Tiahuanaco evidencian la existencia de una elite sacerdotal a la que estaban supeditados artesanos, agricultores y otros segmentos de la sociedad. Los problemas que generaba el entorno geográfico fueron compensados por una progresiva expansión que llevó a colonias de tiahuanacos hacia la costa y hacia otros lugares de la sierra, generando un nuevo horizonte cultural, definido a través de motivos comunes tanto en la cerámica como en la textilería.

Entre el 500 y 900 d.C. empezó a desarrollarse, en la zona de Ayacucho, la cultura Wari. La existencia de restos urbanos de gran dimensión, así como también una expansión que abarcó gran parte de los Andes y de la costa del actual Perú, evidencian la presencia de una estructura política que permite el uso del concepto de imperio. El imperio Wari articulado en base a desarrollos locales ayacuchanos, alcanzó a dominar grandes territorios debido al uso de una red de caminos, de un eficiente ejército, de una administración convenientemente localizada y adiestrada y de una religión compatible a las existentes en las zonas sometidas. Su producción cultural incluye la existencia de finos tapices y de una cerámica de gran tamaño y de función ritual; también la metalurgia y sus complejas costumbres funerarias dejaron una huella importante a lo largo de la costa y de las zonas andinas peruanas.

Entre los años 700 y 1350 d.C. se desarrolló la cultura Lambayeque en la costa norte del Perú. Se trataba de un estado teocrático, de gran desarrollo material, con importantes ciudades y una tecnología hidráulica que le permitió impulsar la agricultura. En su producción destaca la metalurgia, con trabajos de oro y plata, que le permitió realizar algunas de la obras mas representativas del pasado prehispánico peruano, tales como los tumis o cuchillos ceremoniales o las orejeras y máscaras en oro. Asociada a Lambayeque por proximidad en el tiempo y en el espacio, se encuentra la cultura Chimú (900-1460 d.C.), que se extendió desde Lima hasta Tumbes. Su capital fue la ciudad de Chan Chan, inmensa ciudad de barro que albergó a decenas de miles de habitantes; al igual que en Lambayeque, destacaron en metalurgia y cerámica, así como también en la textilería, representada por telas pintadas y por el uso de plumas. El reino Chimú fue incorporado al Imperio de los Incas.

Además de las culturas señaladas, muchas otras se desarrollaron a lo largo y ancho del territorio peruano; algunas en zonas de ceja de selva, como la cultura Chachapoyas y otras en la costa, como las culturas Chancay, Chincha y Lima. Ese enorme y variado universo cultural, finalmente fue integrado por el Imperio de los Incas, la mas compleja y evolucionada expresión de poder político, organización social y estructura económica en los Andes.

Desde el Cuzco y a partir de pequeñas culturas locales, se fue generando un proceso de integración política que llevó a la constitución de un Estado militarmente fuerte, que alcanza consolidación en el espacio cuzqueño e inmediatamente desarrolla un proceso de expansión que lo llevará a dominar gran parte de América del Sur. El Inca era el conductor de ese Estado y constituía no solo una autoridad política sino también religiosa; una organización política y administrativa eficaz, permitió el control de una enorme población a la que se le impuso una lengua común y una serie de obligaciones para con el Estado, la comunidad y el culto. Principios como la reciprocidad, permitieron una cohesión que se tradujo rápidamente en una expansión que a lo largo de cien años llevó a los incas desde Pasto en Colombia, hasta el Maule en Chile, así como también el actual noroeste argentino o la ceja de selva amazónica. Ciudades y fortalezas en piedra representaron un desarrollo urbanístico de alto nivel; siendo quizás Machu Picchu la imagen mas representativa de la eficiencia y capacidad de los arquitectos del Incario. Pero no solo fue un imperio de grandes ciudades sino también un centro generador de una amplia y compleja producción cultural, en donde destaca una cerámica utilitaria de producción masiva o una textilería que recogía los avances de las antiguas culturas. Imperio de ejércitos, de administradores, de elites ilustradas y de sacerdotes devotos a un culto solar pero también imperio de masas, de población diligente, comprometida con la agricultura, la cerámica y otras actividades productivas. Mundo rigurosamente ordenado que empezará a tambalearse por la guerra civil y fraticida y que caerá frente a las armas europeas.


El virreinato del Perú

Cuando los españoles acaudillados por Francisco Pizarro capturan al inca Atahualpa el 16 de noviembre de 1532 en la ciudad de Cajamarca, se inicia la dominación española en el Perú. Si bien el proceso de resistencia indígena es largo y lleno de vicisitudes, tanto para los españoles como para los naturales, se puede observar una rápida consolidación de la presencia española en todo el territorio. Los años iniciales estuvieron también convulsionados por las guerras entre los primeros conquistadores y por la resistencia frente a la llegada de autoridades de España, sin embargo a fines del siglo XVI, específicamente en el gobierno del Virrey Toledo, la organización del virreinato se había consolidado.

La historia virreinal es muy larga, cubre casi 300 años y determina en el Perú una huella profunda en todas la manifestaciones de su proceso histórico posterior. Como virreinato era el centro del poder español en América del Sur, cubriendo un territorio gigantesco, que prácticamente solo excluía el Brasil portugués. Ese inmenso Perú subsistió hasta inicios del siglo XVIII, en donde poco a poco empezó a desmembrarse con la creación de los virreinatos de Nueva Granada (1739) y Río de la Plata (1768).

El poder político del Virrey era complementado con un régimen de Audiencias, las cuales se dedicaban a impartir justicia y en su caso, sustituir al Virrey; ellas abarcaban extensos territorios dentro de los límites del virreinato, subsistiendo hasta fines del siglo XVIII, cuando se transformaron en Intendencias. La creación en España del Consejo de Indias (1571), encargado de ver todo lo concerniente a los dominios españoles en América complicó, en diversos aspectos, la toma de decisiones y el ejercicio de autoridad en el virreinato, pues debía ser consultado, en muchos casos, lo cual unido a la distancia hacia engorroso cualquier trámite oficial.

Las ciudades fueron la columna vertebral de la dominación española y los centros de proyección cultural mas complejos; algunas fundadas sobre importantes centros urbanos incaicos y otras sobre nuevos emplazamientos, todas ellas sintetizaron los rasgos propios del lugar y el componente occidental europeo. En ellas la sociedad virreinal establecía sus relaciones y se organizaba de acuerdo a pautas bien definidas; existía una "República de españoles" y una "República de indígenas", siendo todos ellos vasallos del Rey de España. En las ciudades y en el campo vivían tanto españoles nacidos en la península como nacidos en el Perú, además de una masa indígena que comprendía diferentes estratos, entre ellos la nobleza incaica, reconocida como tal por la Corona, los caciques y autoridades locales y la masa popular; también estaban presentes numerosas formas de mestizaje que involucraban una parte muy importante de la población, sin olvidar la existencia de una minoría negra esclavizada; todas esas gentes convivían en un espacio extenso y pleno de riquezas.

La economía virreinal se fundaba en la explotación de los recursos naturales y humanos del país; favorecida en principio por la existencia de metales preciosos que llevaron a definir una imagen del Perú pleno de riquezas, se apoyaba también en otras actividades económicas como el comercio, la agricultura y la textilería, que alcanzó gran desarrollo hasta el siglo XVII. Es evidente que las condiciones beneficiaban a los propietarios europeos, a sus descendientes y a la Corona, que recibía su parte a través de los impuestos. Por otro lado, la aplicación de diferentes mecanismos de explotación, como el sistema de trabajo obligatorio llamado "mita", que afectó profundamente a la masa indígena, no lograron alcanzar niveles de rendimiento correspondientes.

La política de la Corona, los intereses de grupos contradictorios y la exagerada atención a la explotación de los metales preciosos, que solo le sirvieron a España para pagar sus cuantiosas deudas europeas, propiciaron la definición de una economía poco sólida, sujeta a la coyuntura y sin un marco teórico orientador. Esas condiciones generales se manifestaron hasta fines del siglo XVIII, cuando España intentó realizar en sus dominios americanos, reformas económicas profundas, que no hicieron mas que generar resistencias por parte de grupos de poder beneficiados por el antiguo sistema; dentro de ellos estaban los comerciantes limeños, quienes no quisieron perder sus privilegios y se resistieron a asumir los cambios.

La rebelión de Túpac Amaru en 1780 significó un punto de quiebre en el virreinato, pues liquidó las aspiraciones de la población fundamentalmente andina y a la vez acentuó la intención de la Corona en aplicar reformas profundas en el Perú. Si bien el espíritu rebelde de la masa indígena no desapareció por completo, la derrota y ajusticiamiento de Túpac Amaru, significó el fin de una larga historia de resistencias y rebeldía, así como también de un relativo equilibrio de paz social y convivencia. Con el final trágico de la rebelión llegaban otros vientos de cambio que sellarían el final de la dominación española.

El Perú Republicano

Perú siempre fue durante toda la época virreinal, el centro del poder español en América del Sur, manteniendo así la posición privilegiada que había detentado con el Incario antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, a la luz de los cambios que se realizaban en el mundo, a fines del siglo XVIII, el camino a la independencia se hacía inevitable y así fue como estalló una guerra alimentada por la corriente libertadora del sur, acaudillada por el Gral. Don José de San Martín y la corriente libertadora del norte, liderada por Don Simón Bolívar, quien fue el que selló la Independencia del Perú con la firma de la Capitulación de Ayacucho (1824).

La República nace como una construcción endeble pero recibida entusiastamente por sectores criollos y mestizos, no tanto así por la masa indígena. Los primeros años son épocas de caudillos, de aquellos militares que lucharon en la guerra de independencia y que se sintieron con el derecho y la obligación de conducir al Perú; esa guerra entre caudillos comprometió seriamente el buen funcionamiento del Estado y consumió los recursos necesarios para su desarrollo.

A partir de la década del 40, en el siglo XIX, se van vislumbrando los primeros elementos de estabilidad y orden, que coinciden con la aparición de una de las tantas riquezas que la naturaleza había proporcionado al Perú. El guano de islas fue el primer peldaño en la historia no solamente económica sino política y social del Perú del XIX; su explotación generó ingresos y enriqueció a ciertos grupos, a la vez que creó condiciones para una cierta estabilidad política, en donde destaca la figura del Presidente Ramón Castilla. Pero el debate nacional se nutre de discusiones, acusaciones y enfrentamientos, puesto que la riqueza es insuficiente y se consume rápidamente. En los años 70 la crisis económica se instala y la inestabilidad política vuelve a acompañar a la vida del país; otra riqueza emerge, el salitre, que ubicado en el extremo sur del territorio propiciará una terrible y sangrienta guerra que consumirá al Perú entre 1879 y 1883.

La guerra con Chile o guerra del Pacífico, fue uno de los procesos mas trágicos y cruciales en la vida del Perú republicano; guerra larga e inmensamente destructiva, concitó la atención mundial y tuvo un impacto decisivo para el Perú durante los siguientes cincuenta años. A pesar del sacrificio heroico de Miguel Grau en la cubierta del Monitor Huáscar, de Francisco Bolognesi en el asedio de Arica y de tantos otros miles de peruanos que ofrendaron su vida por el país, la derrota llegó inexorablemente debido a múltiples factores, entre los que estaban la debilidad militar, la inestabilidad económica, la incapacidad de la clase política en el manejo de situaciones extremas, el excesivo centralismo que privilegiaba Lima por encima de todo el resto del país y los errores cometidos en el terreno diplomático, entre otras cosas. La derrota significó no solo la pérdida de Tarapacá sino también el cautiverio de Tacna y Arica, pero mas aún, largos meses de ocupación chilena que dejaron a lado de un luto generalizado, una tremenda pesadumbre y una inseguridad colectiva que solo el tiempo podía borrar.

La reconstrucción nacional se inicia a partir de la retirada de las tropas chilenas poco después de la firma del tratado de Ancón (1884). Fue un proceso lento en el que no estaban ausentes las revoluciones y la inestabilidad política, especialmente representada por la cruenta guerra civil de 1895, que enfrentó a Andrés Avelino Cáceres, héroe de la resistencia en la guerra con Chile y a Don Nicolás de Piérola caudillo civil que también tuvo importante participación en ella. Con Piérola en la presidencia a partir de 1895, el país empezó a modernizarse dentro de un clima de orden y democracia; se perfeccionó el aparato administrativo nacional, se transformó la ciudad de Lima y se dieron importantes pasos para reactivar la economía nacional.

Las primeras dos décadas del siglo XX cubren un periodo que se ha denominado la "República aristocrática"; en él las fuerzas conservadoras civiles se consolidaron en el poder dentro de un esquema de gobierno de carácter elitista pero interesado en la construcción de un país moderno e integrado al contexto mundial. En esa etapa las clases populares estaban marginadas, lo cual generó incesantes protestas, rebeliones, huelgas y otros movimientos que pretendían obtener beneficios sociales o frenar situaciones de explotación e injusticia. Uno de los presidentes que gobernó en ese periodo (1908 - 1912), fue don Augusto B. Leguía, quien mas adelante va a iniciar una nueva etapa en la historia de la República del Perú bajo el nombre de Oncenio (1919 - 1930).

Los once años de gobierno de Leguía determinaron el final del predominio civilista y la configuración de un liderazgo personal, apoyado básicamente en la clase media y en pequeños grupos de poder económico; durante esa etapa desaparición viejos partidos y se organizaron otros nuevos. En un contexto superficialmente democrático se fue definiendo una dictadura personal de carácter autoritario que fue limitando los derechos públicos y creando un complejo aparato político y de seguridad con el fin de perennizarse en el poder. Como reacción a ese proceso las clases populares y ciertos sectores de la clase media alimentan el surgimiento de nuevos grupos políticos como el APRA y el Partido Comunista.

Al margen de los avatares de la política, el proceso económico peruano seguía su curso; tiempo atrás, después de la fugaz ilusión del salitre apareció el caucho como una riqueza que solo llegó a favorecer algún desarrollo regional; siguieron el algodón y el azúcar como elementos pilares del comercio internacional peruano, quedando la economía peruana con Leguía, estrechamente vinculada a los Estados Unidos debido a las crecientes inversiones que empresas de ese país realizaron en el Perú. En el campo de la política internacional, los afanes de perennización en el poder llevaron a "solucionar" los problemas limítrofes a toda costa y costo, con grave prejuicio para el país. A pesar de todos los esfuerzos de controlar permanentemente el poder, el gobierno de Leguía cayó bajo el influjo de la crisis mundial de 1929 y bajo presiones internas de carácter político y social.

Así se inicia una nueva etapa, que entre 1930 y 1948 lleva al Perú de una crisis económica, política y social a periodos de dictaduras o de vientos democráticos, dentro de los cuales, el gobierno de Don Manuel Prado (1939 -1945), significó para el país ciertos avances en el campo de las obras públicas, en el ambiente político y en las relaciones internacionales, comprendido dentro de ellas el triunfo peruano en una breve pero cruenta guerra con Ecuador. En lo económico, los metales van ocupando un rubro importante en el comercio internacional, lo que se intensifica durante los años de la Segunda Guerra Mundial, oxigenándose así la economía peruana. El periodo termina con una corta etapa de gran efervescencia democrática (1945 - 1948), en donde partidos proscritos como el APRA, retornaron a la legalidad y se concretó el gobierno del Frente Democrático Nacional, que concitó esperanzas finalmente frustradas por la revolución militar de octubre de 1948.

Con el gobierno de Manuel A. Odría (1948 - 1956), que inicialmente implicaba la presencia de una Junta Militar y que después se transformó en Gobierno Constitucional, el Perú inició un nuevo proceso histórico que va a durar casi veinte años. Odría aprovechó la coyuntura de la guerra de Corea que incrementó los precios de las materias primas en el mercado internacional y favoreció la inversión extranjera, especialmente en el campo de la minería. Realizó gran cantidad de obras públicas y consolidó la educación nacional, dejando sin embargo problemas políticos y sociales sin resolver. Las democráticas elecciones de 1956 llevaron nuevamente a la presidencia a Manuel Prado, quien inauguró una nueva etapa de libertades democráticas dentro de la que aparecieron nuevos partidos como Acción Popular o la Democracia Cristiana; en lo económico se acentuó el liberalismo y empezó a aparecer una nueva riqueza para alivio de la economía del país: la pesquería. Casi al finalizar su gobierno, un nuevo golpe militar truncó la vida democrática por un año.

La democracia retornó con las elecciones de 1963, que llevaron al poder a Fernando Belaunde Terry, quien restauró las mas amplias libertades democráticas y favoreció un diálogo político que los partidos de oposición no supieron entender, obstaculizando desde el Parlamento la política del gobierno; un rubro importante de su gestión política fue la realización de elecciones municipales. En lo económico, los ingresos de la pesca favorecieron pero las grandes obras públicas fueron consumiendo los ingresos y se hicieron presentes una moderada inflación y una devaluación; en lo social, un proyecto de reforma agraria fue llevado a la práctica con poco éxito, mientras las tensiones sociales se agudizaban en las zonas andinas. Un panorama social, económico y político complejo, creó las condiciones para la definición de un nuevo gobierno militar en 1968.

La revolución de la Fuerza Armada, liderada por Juan Velasco Alvarado, desarrolló entre 1968 y 1975 un conjunto de reformas profundas que modificaron muchos contextos de la vida peruana. Se inicia así una nueva etapa en la historia del Perú, bajo el influjo de líderes militares, quienes se sentían convencidos que los civiles eran incapaces de actuar con rapidez frente a las nuevas exigencias de la población; su proyecto fue apoyado por ciertos sectores radicales. Las reformas implicaron una ruptura con el capital extranjero, representado especialmente por los Estados Unidos; nacionalizaciones y medidas de diverso tipo van creando un ambiente de rechazo al llamado imperialismo norteamericano, sin embargo, el discurso no es frontalmente marxista, por lo que se presenta un fenómeno muy interesante que, favoreciendo a las relaciones con la Unión Soviética, posibilita un liderazgo internacional orientado especialmente hacia el no alineamiento y al Tercer Mundo. La Reforma Agraria fue violenta y radical, pero finalmente fracasó debido a que los campesinos no se adaptaron a los nuevos sistemas impuestos y se careció de una base tecnológica suficiente; otras medidas como la expropiación de los principales diarios del país o la creación de las llamadas comunidades industriales fueron generando una soterrada oposición que a la larga causó el alejamiento de Velasco del poder.

La revolución de Velasco Alvarado significó la pérdida de la influencia que tenían antiguos grupos de poder económico y político y la emergencia de vastos sectores sociales y nuevas élites, quienes definieron una nueva configuración política y social en el país. Las crecientes inversiones en armamento, especialmente soviético, respondían a proyectos que buscaban una ruptura de la paz con alguno de sus vecinos; eso, la debilidad física de Velasco y la crisis económica vigente facilitaron la llegada al poder del Gral. Francisco Morales Bermúdez, quien tuvo la difícil tarea de readecuar los elementos radicales de la revolución a un discurso mucho mas abierto que propiciase una mayor eficiencia en la lucha contra la crisis económica y a la vez una mayor estabilidad política. La convocatoria a una Asamblea Constituyente fue la salida mas adecuada para un periodo de transición, pues en su año de trabajo elaboró una Constitución que recogía aspectos de democracia social y a la vez propiciaba una economía de mercado; sin embargo, la crisis económica se fue acentuando de tal manera que las exportaciones y algunas nuevas riquezas, rápidamente explotadas, no pudieron paliar. Con las elecciones del 18 de mayo 1980, llega nuevamente al poder Fernando Belaunde Terry, reiniciándose un nuevo periodo de vida democrática.

Entre 1980 y 1990 dos aspectos importantes se destacan, entre muchos otros, en la historia peruana: una persistente crisis económica y una creciente acción terrorista. El inicio del gobierno de Belaunde va acompañado de la aparición de una lucha armada generada por la acción terrorista de Sendero Luminoso; negada inicialmente su existencia por las autoridades políticas, las acciones senderistas van acentuándose alarmantemente a partir de 1982, con una secuela de muerte y destrucción que toca a las zonas andinas. Paralelamente la crisis económica, representada por una creciente inflación, que cerró en 1985 con 158,3% y en 1990 con 7.649,6%, fue consumiendo los pocos recursos del Estado y afectando duramente a la población; todas las medidas que se tomaron para frenar la espiral inflacionaria y la caída en la producción fueron inútiles. El gobierno de Alan García Pérez, inaugurado en 1985, representó una esperanza de solución a los grandes problemas del país para la gran mayoría de los peruanos, sin embargo, a pesar de éxitos iniciales, no pudo impedir la cada vez mas intensa crisis económica. Al lado de la crisis, el terrorismo seguía causando muerte y desolación, no solo en el campo sino también en las ciudades, puesto que incluso Lima se convirtió en objetivo militar, desatándose acciones puntuales de asesinato, cortes de luz, coches-bomba o irrupciones esporádicas en barrios periféricos. A esas alturas, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru ya estaba operando independientemente de Sendero Luminoso y con otra estrategia conseguía incrementar la violencia y la zozobra.

Fenómenos naturales como "El Niño" o cortos enfrentamientos con el Ecuador, fueron acentuando las líneas maestras de la crisis. Específicamente, dentro del periodo de Alan García se fueron tomando medidas cada vez mas alejadas de la realidad, como la proyectada estatización de la banca o la proclamada limitación en el pago de la deuda externa, todas ellas acentuaron las dificultades tanto en el frente interno como el externo. Mientras la población esperaba una especie de milagro que solucionase esos grandes problemas y sobrevivía haciendo uso de ingenio, paciencia y espíritu de sacrificio, el escenario político presentaba cambios profundos y propiciaba la emergencia de nuevos y extraños liderazgos. En medio de una hiperinflación y una grave crisis económica, Mario Vargas Llosa, notable escritor e intelectual, se enfrentó en elecciones democráticas a un oscuro personaje que proclamaba el imperio de la honradez, tecnología y trabajo: Alberto Fujimori. En las elecciones finales el Ing. Fujimori se alza con el triunfo e inicia un periodo de diez años de gobierno.

Fujimori fue producto de una coyuntura política y de un discurso simple y directo que convenció a diversos sectores del electorado. Aplicó una política económica de choque para enfrentar la crisis económica y definió un aparato militar que le permitiera controlar el terrorismo progresivamente; esas dos tareas fueron acometidas con eficiencia y tenacidad pero a costa de una progresiva pérdida de las libertades democráticas. El autogolpe de 1992 y la definición de una nueva Constitución hecha a la medida de sus intereses políticos, fueron signos alarmantes de un proceso que permitió la concentración del poder a partir de un desmantelamiento de todas las instituciones fundamentales para la marcha libre y democrática del Estado. Controlados directa o indirectamente los principales poderes del Estado y a la vez, ocupados los espacios de liderazgo social, Fujimori, la cúpula militar que lo apoyaba y un extraño pero cada vez mas importante personaje detrás del poder, Vladimiro Montesinos, lograron dominar el escenario nacional.

Con una democracia superficial o artificial, la voluntad del régimen era permanecer en el poder a toda costa, por lo que se construyó un gigantesco aparato reeleccionista que permitió el triunfo en 1995 e insistió, por encima de toda razón, lógica o legalidad, en el año 2000. Si bien los triunfos sobre el terrorismo, consolidados con la captura del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán y los éxitos iniciales frente a la crisis económica, fueron esgrimidos como fundamento y bandera de la re-reelección del 2000, los actos electorales fueron una parodia de sucesión democrática que no resistió las presiones internas y externas y naufragó frente a su mas terrible debilidad: la corrupción. Así, entre marchas populares, mesas de diálogo y discursos encendidos, la brusca aparición de pruebas que demostraban la existencia de una tenebrosa y compleja red de corrupción, llevó felizmente al fracaso un proyecto de continuidad en el gobierno que solo respondía a deseos de enriquecimiento personal y a un profundo apetito de poder.

Al abandonar Fujimori la presidencia y refugiarse en el Japón, así como al huir Montesinos del Perú, se crearon las condiciones para la constitución de un gobierno de transición encabezado por Valentín Paniagua, quien imbuido de ideales democráticos y rodeado de un adecuado equipo ministerial, sentó las bases de una gestión que contribuyó a la recuperación del país. La realización de elecciones impecablemente democráticas llevaron al poder, en julio del 2001, a Alejandro Toledo Manrique, iniciándose así un nuevo capítulo de la historia del Perú.