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Economía y sostenibilidad

Mientras los indicadores económicos como la producción o la inversión han sido, durante años, sistemáticamente positivos, los indicadores ambientales están resultando cada vez más negativos, mostrando una contaminación sin fronteras y un cambio climático que degradan los ecosistemas y amenazan la biodiversidad y la propia supervivencia de la especie humana. Estudios como los de Meadows sobre “Los límites del crecimiento” han establecido la estrecha vinculación entre ambos indicadores, lo que cuestiona la posibilidad de un crecimiento sostenido e indefinido y plantea la necesidad de apostar por un desarrollo sostenible, reorientando el actual sistema socioeconómico. Surgen así propuestas que, con distintas denominaciones (Economía Verde, Economía del Bien Común, Economía Solidaria.), convergen en realzar la cooperación (en su sentido más amplio, que incluye al conjunto de la biosfera y a las generaciones futuras) frente a la competitividad destructiva en defensa de intereses particulares a corto plazo.

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Conviene comenzar saliendo al paso de algunos serios malentendidos acerca del crecimiento económico, que aparece como el objetivo que guía hoy la economía y que, en opinión de algunos, debería seguir haciéndolo en el futuro "para el progreso de los seres humanos". ¿Podemos realmente pensar en un crecimiento económico sostenible? Debemos recordar, en primer lugar, que desde la segunda mitad del siglo XX se ha producido un crecimiento económico global sin precedentes. Por dar algunas cifras, la producción mundial de bienes y servicios creció desde unos cinco billones de dólares en 1950 hasta cerca de 30 billones en 1997, es decir, casi se multiplicó por seis. Y todavía resulta más impresionante saber que el crecimiento entre 1990 y 1997 -unos cinco billones de dólares- fue similar al que se había producido !desde el comienzo de la civilización hasta 1950! Se trata de un crecimiento, pues, realmente exponencial, acelerado, que viene medido en cada país por el Producto Interior Bruto (PIB), magnitud que indica el valor monetario de la producción de bienes y servicios finales durante un período de tiempo (normalmente un año) y que es usada como una medida del bienestar material de una sociedad. Y el proceso no ha hecho sino acelerarse en los comienzos del siglo XXI, en particular en los llamados países emergentes (China, India, Brasil.) que cubren más de la mitad de la población humana.

Y cabe reconocer que este extraordinario crecimiento ha producido importantes avances sociales. Baste senalar que la esperanza de vida media en el mundo pasó de 47 anos en 1950 a 64 anos en 1995 y 68 anos en 2011, con cifras que superan los 80 anos para los países mas desarrollados. Esa es una de las razones, sin duda, por la que la mayoría de los responsables políticos, movimientos sindicales, etc., parecen apostar por la continuación de ese crecimiento. Una mejor dieta alimenticia, por ejemplo, se logró aumentando la producción agrícola, las capturas pesqueras, etc. Y los mayores niveles de alfabetización, por poner otro ejemplo, estuvieron acompanados, entre otros factores, por la multiplicación del consumo de papel y, por tanto, de madera. Estas y otras mejoras han exigido, en definitiva, un enorme crecimiento económico, pese a estar lejos de haber alcanzado a la mayoría de la población.

Sabemos, sin embargo, que mientras los indicadores económicos como la producción o la inversión han sido, durante anos, sistemáticamente positivos, los indicadores ambientales resultaban cada vez más negativos, mostrando una contaminación sin fronteras y un cambio climático (ver lucha contra la contaminación sin fronteras y frenar el cambio climático) que degradan los ecosistemas y amenazan la biodiversidad y la propia supervivencia de la especie humana. Y pronto estudios como los dirigidos por Donella Meadows sobre “Los límites del crecimiento” (Meadows et al., 1972; Meadows, Meadows y Randers, 1992; Meadows, Randers y Meadows, 2006) establecieron la estrecha vinculación entre ambos indicadores, lo que cuestiona la posibilidad de un crecimiento sostenido, advirtiendo de un serio peligro de extralimitación en el crecimiento económico, crecimiento de la población y deterioro del planeta que puede calificarse de auténtico “ecocidio”, neologismo con el que se hace referencia al deterioro del medio ambiente y los recursos naturales como consecuencia de la acción directa o indirecta de los seres humanos sobre los ecosistemas.

Más recientemente, un amplio equipo de 29 científicos (Rockström et al., 2009) han abordado la cuestión de los límites planetarios con un nuevo enfoque, que intenta definir el marco de seguridad para las sociedades humanas: han buscado establecer indicadores que senalen los límites biofísicos que no debemos sobrepasar para que no se produzcan procesos de consecuencias potencialmente catastróficas. Han detectado así nueve límites interdependientes que se refieren a la concentración de CO2 en la atmósfera, la acidificación oceánica, la concentración de ozono estratosférico, la fijación de nitrógeno y el vertido anual de fósforo al mar, el consumo de agua dulce, la proporción de tierras cultivadas, la pérdida de diversidad biológica, la carga de aerosoles y la contaminación química. Los autores consideran que ya hemos transgredido tres de estos umbrales (CO2, pérdida de biodiversidad, fijación de nitrógeno) y dado que todos estos límites son interdependientes, advierten del peligro de que ello pueda arrastrarnos a sobrepasar los demás, si no se adoptan urgentemente medidas correctoras.

Para proporcionar información científica acerca de las consecuencias de los cambios en los ecosistemas para el bienestar humano y las opciones para responder a esos cambios, se creó la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EM), un programa de trabajo internacional, inaugurado por el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, en junio de 2001.

El balance final de la EM es que la actividad humana está ejerciendo una presión tal sobre las funciones naturales de la Tierra que se están alcanzando límites que ponen seriamente en peligro la capacidad de sustentar a las generaciones futuras. Cabe señalar que, al mismo tiempo, la evaluación muestra que, con las acciones apropiadas, es posible revertir la degradación de muchos servicios de los ecosistemas en los próximos 50 años, pero que los cambios requeridos en las políticas y en la práctica son sustanciales y no están en curso en la actualidad.

El concepto de huella ecológica, que se define como el área de territorio ecológicamente productivo necesaria para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población dada (Novo, 2006) permite cuantificar aproximadamente estos límites. En efecto, se estima que en la actualidad la huella ecológica media por habitante es de 2,8 hectáreas, lo que multiplicado por los más de 6700 millones de habitantes supera con mucho (incluyendo los ecosistemas marinos) la superficie ecológicamente productiva o biocapacidad de la Tierra, que apenas alcanza a ser de 1.7 hectáreas por habitante. Puede afirmarse, pues, que, a nivel global, estamos consumiendo más recursos y generando más residuos de los que el planeta puede generar y admitir. El déficit ecológico viene a indicar esta diferencia entre huella ecológica y biocapacidad. La fecundidad de estos conceptos para cuantificar los problemas del planeta ha llevado a introducir otros más específicos como el de “huella de carbono” para medir las emisiones de CO2 o el de “huella hídrica”, asociada al consumo de un recurso tan esencial como el agua. Todo ello justifica que hoy hablemos de un crecimiento insostenible. Como afirma Brown (1998) “Del mismo modo que un cáncer que crece sin cesar destruye finalmente los sistemas que sustentan su vida al destruir a su huésped, una economía global en continua expansión destruye lentamente a su huésped: el ecosistema Tierra”.

No es posible, pues, seguir “externalizando” los costes ambientales, es decir, no tomando medidas para evitar la degradación ambiental; ello favorece el beneficio económico a muy corto plazo, pero supone un grave atentado al bien común. No podemos olvidar a este respecto las estrategias de “deslocalización” de algunas empresas, que trasladan sus centros a países, generalmente en desarrollo, buscando más beneficios, es decir, legislaciones menos exigentes con la protección del medio ambiente y condiciones de trabajo más “flexibles” (menor seguridad, jornadas más largas, salarios más bajos, etc.). Ni tampoco hemos de ignorar que las "reformas estructurales" que se pretenden implantar hoy en algunos países desarrollados, con la justificación de la grave crisis económica, persiguen similares objetivos de incrementar los beneficios particulares y la competitividad reduciendo los costes salariales, los derechos sociales y la protección ambiental (Navarro, Torres y Garzón, 2011)

Podemos afirmar que si la economía mundial tal como está estructurada actualmente continúa su expansión, destruirá el sistema físico sobre el que se sustenta y se hundirá (Diamond, 2006). Se hace necesario, a este respecto, distinguir entre crecimiento y desarrollo. Como afirma Daly (1997), “el crecimiento es incremento cuantitativo de la escala física; desarrollo, la mejora cualitativa o el despliegue de potencialidades (…) Puesto que la economía humana es un subsistema de un ecosistema global que no crece, aunque se desarrolle, está claro que el crecimiento de la economía no es sostenible en un período largo de tiempo”. Ello lleva a Giddens (2000) a afirmar: "La sostenibilidad ambiental requiere, pues, que se produzca una discontinuidad: de una sociedad para la cual la condición normal de salud ha sido el crecimiento de la producción y del consumo material se ha de pasar a una sociedad capaz de desarrollarse disminuyéndolos". Disminuyéndolos a nivel planetario, por supuesto, porque son muchos los pueblos que siguen precisando un desarrollo social y tecnocientífico y, en definitiva, un crecimiento económico, capaz de dar satisfacción a las necesidades básicas (Sachs, 2008). Como señala Christopher Flavin, presidente del Worldwatch Institute en su informe de 2008 (pp.30), “Todavía quedan más de mil millones de personas desesperadamente pobres en el mundo actual, y los países en desarrollo que no se han beneficiado aún del inmenso crecimiento de la economía global durante el siglo pasado, están determinados a superar esta brecha en las próximas décadas”.

Pero lo que no puede continuar es un crecimiento económico que conlleva un insostenible impacto ambiental, cuyo origen antrópico está fuera de toda duda, pero que hasta aquí no ha sido tomado seriamente en consideración, aunque hayan surgido ya propuestas de crecimiento cero e incluso de decrecimiento y se hable de “a-crecimiento” como un rechazo de la lógica del crecimiento por el crecimiento (Latouche, 2008). Propuestas que tienen su plasmación práctica en movimientos como el de “comunidades en transición” (también conocidas como ciudades en transición, red de transición o movimiento de transición), surgidas para hacer frente al problema del cambio climático y del agotamiento del petróleo. Resulta en cualquier caso evidente que se precisan urgentes medidas correctoras que pongan fin al proceso de degradación. La grave crisis financiera y económica que el conjunto del planeta esta viviendo actualmente aparece como una seria advertencia de la necesidad y urgencia de dichas medidas, pero constituye también, como ha señalado el Secretario General de Naciones Unidas Ban Ki-Moon, una oportunidad para impulsar un desarrollo auténticamente sostenible, una economía verde, fuente de empleos verdes -asociados a recursos de energía limpios y renovables- que desplace a la economía “marrón”, basada en el uso de combustibles fósiles: “En un momento en que el desempleo está creciendo en muchos países, necesitamos nuevos empleos. En un momento en que la pobreza amenaza con afectar a cientos de millones de personas, especialmente en las partes menos desarrolladas del mundo, necesitamos una promesa de prosperidad; esta posibilidad está al alcance de nuestra mano”. Con ese objetivo el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha lanzado un plan para reanimar la economía global al mismo tiempo que, como señala Ban Ki-Moon, “se enfrenta el desafío definitorio de nuestra época: el cambio climático”.

Se ha empezado así a defender la necesidad de un Green New Deal, un Nuevo Pacto Verde, para salir de la crisis, del mismo modo que el New Deal permitió superar la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado. Debemos referirnos a este respecto al informe que con este título (Green New Deal) hizo público la New Economics Foundation en Julio de 2008 (http://www.neweconomics.org/publications/a-green-new-deal). Este informe señala que la economía mundial ha de hacer frente a una triple crisis: la financiera, la aceleración del cambio climático y la inevitable diminución en la extracción de petróleo. Estos tres hechos superpuestos crean una situación de enorme gravedad y exigen, como durante la Gran Depresión, el lanzamiento de un programa capaz de restaurar la confianza pública y reorientar el uso del capital hacia prioridades públicas y la sostenibilidad. Cabe celebrar, pues, que la próxima gran Cumbre de la Tierra (tras Rio 1992 y Johannesburgo 2002), que tendrá lugar nuevamente en Rio (de ahí que se conozca como Rio + 20), incorpore como uno de sus dos temas principales “Economía verde dentro del contexto del desarrollo sostenible y de la erradicación de la pobreza”, siendo el otro tema el “Marco institucional para el desarrollo sostenible”.

Por supuesto estas medidas tienen un elevado coste económico que se convierte en un serio obstáculo para su adopción; pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern, ex director de economía del Banco Mundial, así como otros estudios de conclusiones concordantes, si no se actúa con celeridad el proceso de degradación provocará una grave recesión económica mucho más costosa (Bovet et al., 2008, pp 12-13) con secuelas ambientales irreversibles que pueden dar lugar al colapso de nuestra especie (Diamond, 2006). La fiscalización de las transacciones financieras especulativas mediante una pequeña tasa impositiva podría proporcionar buena parte de los fondos necesarios y contribuir al propio tiempo a combatir esas transacciones puramente especulativas (ver Gobernanza Universal). Se ha propuesto así aplicar dicha tasa sobre las transacciones de divisas, en lo que se conoce como Tasa Tobin (así denominada por ser una propuesta lanzada inicialmente por el Premio Nobel de Economía norteamericano James Tobin), impulsada por el movimiento ATTAC (Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Ayuda a los Ciudadanos) y otros grupos “altermundistas”. Más recientemente, la ONG Intermón ha propuesto tasar las transacciones que realizan las entidades financieras entre sí. A dicha propuesta, conocida como Tasa Robin Hood, se han sumado muchas otras ONG, miles de economistas, numerosas universidades y, cabe destacar, el Parlamento Europeo, lo que hace concebir esperanzas acerca de su posible aplicación.

Estas y otras medidas se incluyen en propuestas de remodelación del sistema productivo que, con distintas denominaciones (Economía Verde, Economía del Bien Común, Economía Solidaria, Economía Sostenible.), convergen en realzar la cooperación (en su sentido más amplio, que incluye al conjunto de la biosfera y a las generaciones futuras) frente a la competitividad destructiva en defensa de intereses particulares a corto plazo. Podemos referirnos, a este respecto, al contenido de los informes acerca de la situación del mundo del Worlwatch Institute, que incluyen propuestas fundamentadas para avanzar en la construcción de un mundo sostenible. Ese es el propósito del informe "Innovaciones para una economía sostenible" (Worldwatch Institute, 2008) y también del más reciente "Hacia una prosperidad sostenible" (Worldwatch Institute, 2012), cuyo primer capítulo lleva por título "Poner la economía verde al servicio de las personas" (Renner, 2012). Otras propuestas concordantes las encontramos en estudios como "Hay Alternativas" (Navarro, Torres y Garzón, 2011), "La economía del bien común" (Felber, 2012), que ofrece numerosos ejemplos de la puesta en práctica de las medidas propuestas para reorientar la economía hacia el bien común o en el "Manual para una economía sostenible" (Bermejo, 2011) que fundamenta instrumentos para avanzar hacia la sostenibilidad desde el campo fiscal, científico y tecnológico, económico (industrial, agrícola, etc.) y, muy en particular, las medidas para afrontar la emergencia y transición energética (economía solar, del hidrógeno, transporte, consumo.).

En el Informe GEO-5 (UNEP, 2012), quinta edición de las Perspectivas del Medio Ambiente Mundial, Achim Steiner, Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA recuerda a los líderes y a las naciones asistentes a Río+20 la urgente necesidad de "una transición decisiva y determinante hacia una Economía Verde, que cree empleo, que haga un uso responsable de los recursos y que asegure bajas emisiones de carbono (.) Las pruebas científicas, recogidas durante décadas, son sobrecogedoras y no dejan lugar a dudas (.) Ha llegado el momento de dejar a un lado la indecisión y la inmovilidad. (.) el desarrollo sostenible debe dejar de ser una aspiración hacia la que se avanza de modo irregular para convertirse en un auténtico camino hacia el progreso y la prosperidad tanto para esta generación como para las venideras".

Debemos referirnos también al contenido del informe del Worlwatch Institute 2008, cuyo título es Innovaciones para una economía sostenible y que ofrece indicios esperanzadores de la posibilidad de reconsiderar el modo de producción y de avanzar en el reto de construir un mundo sostenible. Algo que exige cambios en el mundo empresarial y tecnocientífico, en la comunidad política… y en cada uno de nosotros.Podemos referirnos a algunos pasos positivos en esa dirección como la Responsabilidad Social Empresarial, la Inversión Socialmente responsable, que encuentra en la Banca Ética (Triodos Bank), la garantía de inversiones respetuosas con la sostenibilidad ambiental y el respeto de los Derechos humanos. Igualmente positiva ha sido la creación de instituciones como WBCSD (World Business Council for Sustainable Development), cuyas acciones están orientadas a la ecoeficiencia, entendida como “el logro de más con menos” (más bienes y servicios con menos energía y recursos materiales), o CERES (Coalition for Environmentally Responsible Economies), entre cuyos principios figuran la protección de la Biosfera, el uso sostenible de los recursos naturales, etc. Esta coalición ha promovido la inclusión en una “Climate Watch List” de aquellas empresas que transgreden gravemente sus principios y ha impulsado, junto con el PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), la creación de “Global Reporting Initiative” (GRI), un centro concebido para aumentar la calidad de las memorias de sostenibilidad de las compañías –públicas o privadas- con un triple balance: económico, social y medio ambiental.

También debemos recordar la importancia que están teniendo los microcréditos en la resolución de la “exclusión social” (pobreza, hambre y marginación social). En un mundo de crecientes desigualdades la aplicación de los programas de créditos para las personas más desfavorecidas se contempla como posible solución para contribuir a reducir la pobreza mundial (Fuertes y Chowdhury, 2009). El Grameen Bank (“Banco de la aldea”), lanzado por Muhammad Yunus, economista y Premio Nobel de la Paz en 2006, es actualmente la entidad bancaria más grande de India, tiene como objetivos conceder microcréditos a sus miembros e incluir en sus servicios a los que están económica y socialmente excluidos, es decir, presta a los más pobres de los pobres, a los que no poseen nada y por tanto sin garantías de ningún tipo. El 97 por ciento de sus prestatarios son mujeres. Se trata de un modelo que por sus éxitos ha inspirado a otras personas e instituciones a poner en marcha sistemas similares: el Projek Ikthiar en Malasia, el Programa Grameen Trust para dar a conocer las metodologías de los microcréditos, los BOT (Build, Operate and Transfer), el Aceh Grameen Credit Project (AGPC) creado en Indonesia después del Tsunami, el proyecto de crédito Asociación Civil Guatemalteca Grameen, UNV GT en Zambia, etc.

Estos son ejemplos de medidas concretas positivas, pero se requiere una propuesta global, articulada, de transformación del modelo económico. Eso es lo que se pretende desde Naciones Unidas con la propuesta de Economía Verde como alternativa a la actual economía "marrón", contaminante y depredadora, que nos ha conducido a la grave situación de emergencia planetaria que estamos sufriendo. Veamos lo que explica al respecto el documento del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) "La economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza" (ver enlace en el listado final):

Aunque el concepto de economía verde ha existido desde hace varios anos, el tema fue introducido oficialmente a la mesa de discusión cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió organizar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible en Río de Janeiro, Brasil, en 2012 con el objetivo de: "obtener un compromiso político renovado a favor del desarrollo sostenible, evaluando los avances logrados hasta el momento y las lagunas que aún persisten en la aplicación de los resultados de las principales cumbres en materia de desarrollo sostenible y haciendo frente a las nuevas dificultades que están surgiendo".

En reconocimiento a la necesidad imperante de los países en desarrollo de erradicar la pobreza como principal prioridad en sus decisiones de política pública, y de la estrecha relación que tienen el estado de los recursos naturales con la capacidad de las sociedades para mejorar el bienestar de las personas y promover el desarrollo, se habla de la economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza, y no únicamente de economía verde. La inclusión explícita de la necesidad de acabar con la pobreza de una forma que se garantice que no volverá a aparecer y que se mantendrán los recursos naturales, resalta al menos dos temas. Primero, que no se puede hablar de economía verde independientemente de acciones directamente ligadas a atender las necesidades de los grupos más vulnerables; y segundo, que no puede existir una economía verde si los patrones de consumo y producción no garantizan que la mejora en el estado del medio ambiente y los beneficios sociales estén presentes en el corto, mediano y largo plazo.

Bajo estas premisas entonces, la economía verde es la que mejora el bienestar del ser humano y la equidad social, a la vez que reduce significativamente los riesgos ambientales y las escaseces ecológicas. En su forma más básica, una economía verde es aquella que tiene bajas emisiones de carbono, utiliza los recursos de forma eficiente y es socialmente incluyente.

Tal como indica este documento del PNUMA, "el concepto de economía verde ha existido desde hace varios anos". El Worldwatch Institute, por ejemplo, en su informe anual de 2008, dedicó un capítulo a "Construir una economía baja en carbono" (Flavin, 2008). Y en la web de la Década de la educación por un futuro sostenible aparecen ya referencias a la economía verde en el boletín no 32 del 15 de enero de 2009, que lleva por título "¿Crisis financiera o crisis global? La economía verde como necesidad y oportunidad". En él se senalaba: ". la crisis actual tiene otra lectura positiva, superadora del simple 'ya lo habíamos advertido' o 'esto nos conduce al desastre': podemos y debemos aprovechar la seria advertencia que supone esta crisis para impulsar un desarrollo auténticamente sostenible, una Economía Verde.".

No debemos ocultar, sin embargo, que, con motivo de la Cumbre de la Tierra Rio+20, hemos asistido a la publicación de una serie de documentos que atacan las propuestas de una economía "verde", denunciada como una maniobra para disfrazar las prácticas depredadoras e insolidarias del capitalismo.

Así, Le Monde Diplomatique en espanol, en su número 200, de junio de 2012, incluye el artículo "Los retos de Rio+20", en el que se critica a la economía verde como un concepto defendido por los portavoces del neoliberalismo, un "concepto-trampa" que se limita a designar, la mayoría de las veces, un simple camuflaje verde de la economía pura y dura de siempre, un 'enverdecimiento', en suma, del capitalismo especulativo, al que habría que contraponer el de "economía solidaria".

Podemos referirnos también, por senalar otro ejemplo, al documento "Los pueblos del mundo frente a los avances del capitalismo: Rio +20 y más allá", firmado por diversas organizaciones campesinas latinoamericanas (y accesible en la red), en el que podemos leer "La economía verde no busca detener el cambio climático ni el deterioro ambiental, sino generalizar el principio de que quien tiene dinero puede seguir contaminando". La conclusión es contundente "Todos movilizados para desenmascarar Rio+20 y el capitalismo verde".

Autores y colectivos críticos como estos, con planteamientos en general progresistas, parecen haber olvidado el origen del concepto de economía verde, surgido, como acabamos de ver, como alternativa a la economía "marrón". Difícilmente puede verse en los planteamientos de La economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza "un simple camuflaje verde de la economía pura y dura de siempre. Un 'enverdecimiento', en suma, del capitalismo especulativo".

Por supuesto hay quienes pretenden disfrazar sus comportamientos depredadores utilizando la expresión economía verde. Es lo que han hecho siempre apropiándose de expresiones como "natural", "ecológico", "sostenible", "globalización" y muchas otras. incluso "solidaridad". ¿Debemos por ello renunciar a estos conceptos en vez de denunciar su uso distorsionado? Con ello favoreceríamos su propósito de dejar las cosas como están al servicio de sus intereses particulares: la ciudadanía ya no escucharía críticas a la economía "marrón", contaminante, depredadora e insolidaria, sino críticas a la economía verde, que nació para combatirla.

No tiene sentido confrontar economía verde y economía solidaria: una economía solidaria ha de ser necesariamente verde para ser sostenible. Y quienes han introducido el concepto de economía verde lo han hecho contra la realidad de la economía marrón, que busca el máximo beneficio particular a corto plazo sin preocuparse de las consecuencias socioambientales. Por eso se habla de economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza. No contribuyamos al éxito de quienes pretenden seguir practicando la economía marrón (auténtico propósito del capitalismo especulativo y depredador). Denunciemos sus disfraces enganosos, pero no les regalemos nuestros conceptos y propuestas, ni contribuyamos a la confusión de la ciudadanía: la Economía Verde, como la Economía del bien común (Felber, 2012) o la Economía para un planeta abarrotado (Sachs, 2008), etc., suponen propuestas convergentes de remodelación profunda del sistema productivo con el objetivo de contribuir a la construcción de un futuro sostenible.

Todas estas medidas y propuestas suponen un cuestionamiento radical del crecimiento económico como objetivo social. El aumento del Producto interior bruto (PIB) deja de considerarse un indicador de progreso y se proponen nuevos índices, como el IBES (Índice de bienestar económico sostenible) o el IPG (Índice de progreso genuino o real), que toman en consideración aspectos esenciales para el bienestar humano, tanto positivos (el voluntariado, el cuidado de familiares…) como negativos (la degradación ambiental, la pérdida de recursos naturales, las desigualdades de renta, etc.).

Terminaremos señalando que es preciso, pues, remitirse al estudio detenido de las causas del actual crecimiento insostenible, guiado por intereses particulares a corto plazo –hiperconsumo depredador de una quinta parte de la humanidad (ver consumo responsable), explosión demográfica (ver crecimiento demográfico y sostenibilidad ), desequilibrios y conflictos (ver reducción de la pobreza y evitar conflictos y violencias)…- y, muy en particular, de las medidas necesariasde las medidas necesarias -tecnológicas, educativas y políticas- (ver educación para la sostenibilidad, tecnologías para la sostenibilidad y gobernanza universal) para avanzar hacia la sostenibilidad (Vilches y Gil, 2003).

Referencias en este tema “Crecimiento económico y sostenibilidad”

ASSADOURIAN, E. (2012). La senda del decrecimiento en los países sobredesarrollados. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 2)
BERMEJO, R. (2011). Manual para una economía sostenible. Madrid: Catarata.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique, París: Cybermonde.
BROWN, L. R. (1998). El futuro del crecimiento. En Brown, L. R., Flavin, C. y French, H. (Eds.), La situación del mundo 1998. Barcelona: Ed. Icaria.
DALY, H. (1997). Criterios operativos para el desarrollo sostenible. En Daly, H. y Schutze, C. Crisis ecológica y sociedad. Valencia: Ed. Germania. DIAMOND, J. (2006). Colapso. Barcelona: Debate
FELBER, C. (2012). La economía del bien común. Barcelona: Deusto.
FLAVIN, C. (2008). Construir Una economía baja en carbono. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2008. Innovaciones para una economía sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 6).
FUERTES, A. y CHOWDHURY, N. (2009). Los microcréditos como instrumento de erradicación de la pobreza, en Cortina, A. y Pereira, G. (Eds.), Pobreza y libertad. Erradicar la pobreza desde el enfoque de Amartya Sen. Madrid: Tecnos.
GIDDENS, A. (2000). Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid, Taurus,
LATOUCHE, S. (2008). La apuesta por el decrecimiento. Barcelona: Icaria
MEADOWS, D. H., MEADOWS, D. L. y RANDERS, J. (1992), Más allá de los límites del crecimiento. Madrid: El País-Aguilar
MEADOWS, D. H., MEADOWS, D. L., RANDERS, J. y BEHRENS, W. (1972). Los límites del crecimiento. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
MEADOWS, D. H., RANDERS, J. y MEADOWS, D. L. (2006). Los límites del crecimiento 30 años después. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
NAVARRO, V., TORRES LÓPÈZ, J. y GARZÓN ESPINOSA, A. (2011). Hay Alternativas. Madrid: Sequitur.
NOVO, M. (2006). El desarrollo sostenible. Su dimensión ambiental y educativa. Madrid: UNESCO-Pearson. Capítulo 2.
RENNER, M. (2012). Poner la economía verde al servicio de todas las personas. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 1)
ROCKSTRÖM et al. (2009). A safe operating space for humanity. Nature 461, 472-475 (24 September 2009)
SACHS, J. (2008). Economía para un planeta abarrotado. Barcelona: Debate.
UNITED NATIONS ENVIRONMENT PROGRAMME (2012). GEO-5, Global Environment Outlook. Environment for the future we want, Malta: UNEP.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Presss. Capítulo 7.
WORLDWATCH INSTITUTE (2008). La situación del mundo 2008. Innovaciones para una economía sostenible. Barcelona: Icaria.
WORLDWATCH INSTITUTE (2012). La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria.

Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2017). «Economía y sostenibilidad» [artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=002>

Algunos enlaces de interés en este tema “Economía y sostenibilidad

Banco Mundial, Más allá del crecimiento económico
Economía, Unión Europea
Fondo Monetario Internacional
Informe Planeta Vivo 2012 WWF
Informe Stern
Intermon Oxfam, Tasa Robin Hood
MIT, Massachusetts Institute of Technology
Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)
New Economics Foundation
Parlamento Europeo, respaldo a la Tasa Robin Hood (8 de marzo 2011)
PNUMA. La economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza
Red Mercosur de Investigaciones Económicas
UNEP, Informe GEO-5
Worldwatch Institute

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