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Combatir la Desertización

La creciente desertificación y el agravamiento de la sequía, derivadas fundamentalmente de las actividades humanas, constituyen problemas de dimensiones mundiales, pues sus efectos repercuten en todas las regiones del planeta, aunque sus consecuencias son particularmente trágicas en el continente africano. Durante milenios hemos tomado todo lo que hemos podido de una naturaleza que parecía ilimitada, sin preocuparnos por los efectos de nuestras acciones. Siempre había nuevas fronteras para conquistar, nuevas tierras vírgenes. Pero este proceso se ha acelerado tremendamente en los dos últimos siglos y la naturaleza ha terminado por pasar factura de los excesos cometidos con ella. Es necesario por ello que la comunidad internacional adopte medidas conjuntas para luchar contra la desertización y demás consecuencias del comportamiento depredador de nuestra especie protegiendo el capital natural y los servicios ecosistémicos.

La desertización como problema mundial

Los problemas que caracterizan la situación del mundo -contaminación sin fronteras, acelerado proceso de urbanización, agotamiento y destrucción de recursos naturales, etc.- están estrechamente relacionados y se potencian mutuamente en una especie de "espiral infernal" que está alterando profundamente el planeta en que vivimos. Es necesario, por tanto, considerar los efectos glocales (a la vez globales y locales) de esas alteraciones que se están produciendo, para completar así el diagnóstico de los problemas del planeta.

Un diagnóstico que llevó a la ONU, en el informe GEO-2000 de su Programa Medioambiental (UNEP), a señalar que “el presente discurrir de las cosas es insostenible y ya no es una opción posponer los remedios por más tiempo”. Y en el informe sobre los "Recursos del Planeta-2001", a alertar de un deterioro generalizado de los ecosistemas que califica de devastador, abocado a la desertización y, como justifican Lewin (1997) o Diamond (2006), a la propia desaparición de la especie humana, junto a otros muchos miles de especies (Delibes y Delibes, 2005), si no se comienzan a aplicar las medidas correctoras bien estudiadas por la comunidad científica y que ahora solo dependen de la voluntad política de la ciudadanía y sus representantes (ver Lucha contra la contaminacióny Poner fin al agotamiento y destrucción de los recursos naturales).

Conviene plantearse este proceso de degradación para comprender la gravedad de una situación a la que hemos llegado, porque, durante demasiado tiempo, las prioridades de los seres humanos se han centrado en lo que podemos tomar de la naturaleza, sin preocuparnos del impacto de nuestras acciones. Estamos utilizando los recursos a un ritmo superior al de su regeneración (¡cuando son regenerables!) y estamos produciendo desechos a mayor ritmo que el de su absorción (¡cuando son absorbibles!). Es necesario puntualizar, sin embargo, que esto es algo que los seres humanos, en general, hemos hecho siempre: durante milenios hemos tomado todo lo que hemos podido de una naturaleza que parecía ilimitada, sin preocuparnos por los efectos de nuestras acciones. Siempre había nuevas fronteras para conquistar, nuevas tierras vírgenes. Pero este proceso se ha acelerado tremendamente en los dos últimos siglos y la naturaleza ha terminado por pasar factura de los excesos cometidos con ella (Vilches y Gil, 2003).

Ya en el año 1994, el 17 de junio, ante la gravedad de la situación y haciéndose eco de la creciente preocupación de diferentes instituciones y expertos, tuvo lugar en París la Convención de las Naciones Unidas de Lucha Contra la Desertificación en los Países Afectados por Sequía Grave o Desertificación, en Particular en África (http://www.unccd.int/convention/text/convention.php). La Convención (CNULD), que fue firmada en 1996 y ratificada por más de 190 países, señalaba en su prólogo que la desertificación y la sequía, atribuidas fundamentalmente a las actividades humanas, constituyen problemas de dimensiones mundiales, ya que sus efectos inciden en todas las regiones del mundo y que es necesario que la comunidad internacional adopte medidas conjuntas para luchar contra ella, por sus consecuencias particularmente trágicas en el continente africano. Un problema, se señala, muy relacionado con otros, como la inestabilidad política, la deforestación, el pastoreo excesivo, las malas prácticas de riego, y, muy en particular, la pobreza, las enfermedades, el hambre, el crecimiento demográfico, las migraciones, etc., cuya superación es necesaria para lograr los objetivos de un futuro sostenible.

Desde ese año, el 17 de junio se celebra el Día Mundial de la Lucha contra la Desertización y la Sequía para subrayar el hecho de que la desertificación es una preocupación con carácter global y para reafirmar la importancia que la problemática de las tierras secas tiene dentro de la agenda ambiental internacional.

Años después, Naciones Unidas, con motivo de la IV Conferencia de los Estados Parte de la Convención de la ONU contra la Desertización, celebrada en Bonn en 2000, continúa alertando de la gravedad de la situación, señalando que la desertización amenaza la vida de 1200 millones de personas en más de un centenar de países. Las tierras secas cubren más de un cuarenta por ciento de la superficie de la Tierra firme, según Kofi Annan, nos encontramos frente a “uno de los procesos de degradación ambiental más alarmante del planeta”, con pérdidas anuales de miles de millones de dólares, con riesgos para la estabilidad de las sociedades y con enormes tensiones en las zonas secas que aún no han sido degradadas. Millones de personas deberán emigrar a otras tierras donde poder sobrevivir. Los ministros de Medioambiente reunidos señalaron que la escasez de recursos, entre otras cosas, impide afrontar la lucha contra la degradación de la Tierra con perspectivas de éxito. Nuevos informes confirman que la degradación del suelo, lejos de frenarse, avanza a un ritmo de 20 millones de hectáreas al año. La desertización, causada por el deterioro de las tierras áridas y semiáridas afecta ya al 25 por ciento de la superficie del planeta, habitada por el 15 por ciento de la población mundial. El 73 por ciento de las zonas áridas de África están seriamente dañadas, proporción que en Asia alcanza el 71 por ciento, el 25 por ciento en América Latina y el Caribe y cerca del 65 por ciento en los países mediterráneos.

Combatir la desertización, sus causas y sus consecuencias globales

Los países en desarrollo carecen de recursos para combatir la desertización, de ahí el llamamiento lanzado al inaugurar la conferencia de Bonn por el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, que propuso dotar a la Convención contra la Desertización de un mecanismo de financiación que garantice la puesta en marcha de programas donde no llega la cooperación internacional y asegure una lucha contra la degradación del suelo desde todos los frentes.

La desertización, por otro lado, afecta a su vez a la salud, evidenciando de nuevo esa compleja interacción de los problemas a la que venimos haciendo referencia. Así, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado recientemente que la desertización representa una grave amenaza para la salud humana, pues incrementa las enfermedades respiratorias, las infecciosas, las quemaduras, la malnutrición, la inanición…

Esta degradación alcanza a otros aspectos de la biodiversidad del planeta. Es sabido que la creciente explotación intensiva, los incendios, la contaminación, afectan también a las praderas, uno de los tipos de vegetación más extendidos del mundo que cubren casi una quinta parte de la superficie continental de la Tierra: las extensas llanuras de América del Norte, las sabanas de África, las estepas rusas, son ejemplos de estos ecosistemas que sustentan miles de especies diferentes, encima y debajo del suelo, desempeñando un papel crucial en el mantenimiento del equilibrio ecológico del mundo. En este deterioro, se observa que el desierto del Sahara se extiende rápidamente hacia el sur, tragándose cada año kilómetros de praderas degradadas.

Algunos estudios también señalan que hay muy pocas cordilleras lo bastante elevadas para que puedan haber escapado al contacto demoledor de la actividad humana y muchas se enfrentan hoy a graves crisis ecológicas. La mayoría de las personas pensamos que las tierras altas están a salvo. Parecen muy distantes de la vida cotidiana, aparentemente libres de la contaminación que ha afectado a las llanuras. Pero las apariencias son engañosas y muchos hablan ya de la pérdida de las tierras altas. Y esto constituye también un gravísimo problema ya que las montañas son la clave de la criosfera, las regiones nevadas de la Tierra que reflejan el calor y lo devuelven al espacio y este “efecto albedo” ayuda a regular el calentamiento global. Además la mayor parte de los bosques del mundo se encuentran en regiones montañosas. Y las montañas son también un elemento crucial del sistema hidrológico de la Tierra actuando como enormes depósitos o torres de agua de las que gradualmente sale esta en dirección a los ríos. Pues bien, muchas de esas grandes cordilleras están en la actualidad gravemente amenazadas. Muchos de sus bosques mueren prematuramente por la contaminación y la desecación. El Himalaya y los Andes sufren una severa deforestación por la explotación forestal y la presión poblacional. Las tierras altas de Etiopía se han convertido en desierto. El cambio climático ejerce presiones adicionales por las consecuencias del deshielo, lo que crea condiciones de avalanchas y desprendimiento de lodos y desechos que deben ser atajadas con ambiciosas medidas para Frenar el cambio climático y adaptarse al que ya está teniendo lugar.

La degradación de los ecosistemas y de los servicios que proporcionan podría empeorar considerablemente durante la primera mitad del presente siglo y ser un obstáculo para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Por ello, en junio de 2001, el entonces Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, inauguró la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EM), un programa de trabajo internacional diseñado para proporcionar a los responsables de la toma de decisiones y al público general, información científica acerca de las consecuencias de los cambios en los ecosistemas para el bienestar humano y las opciones para responder a esos cambios.

El balance final de la EM es que la actividad humana está ejerciendo una presión tal sobre las funciones naturales de la Tierra que, si se mantienen las actuales tendencias, se degradarán los servicios de los distintos ecosistemas así como los del gran Sistema Tierra –cuyos servicios reguladores resultan esenciales (Folke, 2013)-, por lo que no podrán satisfacer las necesidades de las generaciones futuras. Al mismo tiempo, la evaluación muestra que, con las acciones apropiadas, es posible revertir la degradación de muchos servicios de los ecosistemas en los próximos 50 años, pero que los cambios requeridos en las políticas y en la práctica son sustanciales y no están en curso en la actualidad.

La desertificación amenaza el sustento de más de 1.000 millones de personas de alrededor de 100 países y puede desencadenar la interrupción de hasta el 44% de los sistemas de cultivo mundiales. Estudios recientes indican que las tierras secas representan más del 41% de la superficie terrestre y son el hogar de 2.100 millones de personas, lo que supone un tercio de la población mundial. Además, una de cada tres especies cultivadas en la actualidad tiene sus orígenes en las tierras secas. Y las tierras secas alimentan al 50% del ganado mundial, son hábitat de una fauna rica y representan casi la mitad de los sistemas cultivados.

Precisamente para promover acciones que protejan las tierras secas de todo el mundo del deterioro y de su degradación en desiertos, Naciones Unidas instituyó el Decenio para los Desiertos y la Lucha contra la Desertificación el 16 de Agosto de 2010, quedando inaugurada una década que estará vigente desde enero de 2010 hasta diciembre de 2020. El Decenio se instituyó en la ciudad brasileña de Fortaleza, durante la apertura de la segunda Conferencia Internacional sobre Clima, Sostenibilidad y Desarrollo en Regiones Semiáridas.

Es preciso insistir en la importancia del capital natural y de los servicios ecosistémicos (Kubiszewski y Costanza, 2012) que deben ser preservados como bienes públicos globales. Sin embargo, muy pocas empresas incluyen el valor del capital natural en sus informes financieros, por lo que el impacto ambiental de sus actividades raramente se refleja en sus memorias, siendo considerados como meras externalidades. Solo recientemente han surgido iniciativas para dar respuesta a la petición de información de los impactos de las actividades empresariales. Una de estas iniciativas es la denominada “Información integrada”, que incorpora a los datos financieros la información ambiental y social que afecta al desarrollo de la compañía; y se ha llegado a crear un International Integrated Reporting Council (IIRC) que promueve la información integrada como alternativa a las memorias empresariales tradicionales. Se facilita así la toma de decisiones más adecuadas para la necesaria protección del capital natural y la defensa de los derechos humanos (Hohensee, 2013).

De hecho la degradación de los ecosistemas, que aboca a la desertificación, puede y debe ser combatida eficazmente con medidas como, por ejemplo, el desarrollo de la permacultura, un proyecto de creación de sistemas agrícolas estables, en respuesta al rápido crecimiento de métodos agroindustriales destructivos que se ha producido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, envenenando las aguas y los suelos y condenándolos a la desertización. Los tres ingredientes principales de la permacultura son el cuidado de la tierra, de las personas y la obtención de rendimientos justos. Persigue la creación de asentamientos humanos que no sobreexploten sus recursos y no los contaminen, contribuyendo a la Sostenibilidad y haciendo frente a la degradación de los suelos cultivables. Esa es la finalidad de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha Contra la Desertificación (CNULD), instrumento vinculante legalmente reconocido que se ocupa de los problemas de la degradación de las Tierras Secas del planeta y que tiene un carácter verdaderamente universal, con más de 190 países Partes.

En el día Mundial de la lucha contra la desertificación de 2012, Ban Ki-moon exhortó a los líderes mundiales a elaborar planes de combate contra la desertificación como parte de las estrategias de desarrollo sustentable de los países: “Sin suelos sanos, la vida en la Tierra es insostenible” e instó a la comunidad internacional a redoblar los esfuerzos por conservar y proteger los suelos, así como por revertir la degradación de la tierra, recordando que el uso sustentable de la tierra es un requisito ineludible para luchar contra la pobreza y el hambre (ver Reducción de la pobreza). Además, apuntó, la buena gestión de los suelos es necesaria para garantizar la seguridad alimentaria y salvaguardar las reservas de agua. En 2012, los Estados Unidos de América padecieron su peor sequía desde los años cincuenta, que afectó al 80% de las tierras de cultivo. En 2011, la sequía en el Cuerno de África, la peor desde principios de los años noventa, afectó a casi 13 millones de personas (ver Reducción de desastres).

El objetivo del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación 2013 fue precisamente – con el lema “No dejes que nuestro futuro se seque”- concienciar al mundo de los riesgos de la sequía y la escasez de agua en las tierras secas y en otras partes del planeta y subrayar la importancia de mantener suelos saludables. La idea central es que todos somos responsables de la conservación y del uso sostenible del agua y de la tierra, algo que se ha incorporado al programa de Desarrollo Sostenible para después de 2015.

En su discurso del día Mundial contra la Desertificación y la Sequía, el 17 de junio de 2014, bajo el lema: “La Tierra pertenece al futuro, protejámosla del Cambio Climático”, el Secretario General de UN dejaba muy clara la estrecha vinculación entre los problemas a los que se enfrenta la humanidad y la necesidad de impulsar medidas urgentes (ver Frenar el cambio climático):

“La degradación de la tierra, causada o exacerbada por el cambio climático, no solo supone un peligro para los medios de vida, sino también una amenaza para la paz y la estabilidad. Los signos de advertencia se observan en el conflicto entre pastores y agricultores de subsistencia, que compiten por tierras más productivas, y en la lucha entre comunidades por unos recursos hídricos cada vez más escasos. Vemos los síntomas de inseguridad en la volatilidad de los mercados mundiales de alimentos, los desplazamientos internos y las migraciones en masa.

Si bien la degradación de la tierra se siente de forma aguda en las tierras áridas del mundo, aproximadamente el 80% de la degradación se produce en realidad fuera de esas zonas. Más de 1.500 millones de personas —en su mayoría pequeños agricultores— subsisten en tierras que se están degradando. El cambio climático amenaza directamente su productividad. En muchas regiones, los recursos de agua dulce están disminuyendo, las zonas donde se cultivan alimentos están cambiando, y el rendimiento de los cultivos está decayendo.

A nivel mundial, se prevé que las condiciones climáticas imprevisibles y extremas tendrán un efecto aún mayor sobre la producción de alimentos. Con la población mundial en aumento, es urgente que trabajemos para desarrollar la resiliencia de todos los recursos productivos de la Tierra y de las comunidades que dependen de ellos. Necesitamos administrar la Tierra de manera sostenible, evitar que siga degradándose, recuperar la que ha sido dañada y reparar los daños. Más de 2.000 millones de hectáreas de tierra pueden ser recuperadas y rehabilitadas. Necesitamos estimular la adopción de medidas que conduzcan a la recuperación de esas zonas.

La recuperación de la tierra que se está degradando tendrá múltiples beneficios. Podemos evitar los peores efectos del cambio climático, producir más alimentos y mitigar la competencia por los recursos. Podemos preservar los servicios vitales de los ecosistemas, como la retención de agua, que nos protege de las inundaciones y las sequías. Además, un enfoque integral a gran escala de la recuperación de la tierra puede crear nuevos puestos de trabajo y oportunidades de negocio y de medios de subsistencia, permitiendo a las poblaciones no solo sobrevivir sino prosperar”.

Como señalan Kubiszewski y Costanza (2012), “Cientos de proyectos y de grupos están trabajando actualmente para mejorar la comprensión, los modelos, la valoración y la gestión de los servicios ecosistémicos y del capital natural. Resultaría imposible enumerar aquí todos ellos, pero merecen mención el nuevo Partenariado de los Servicios de los Ecosistemas, una red internacional que ayuda a coordinar las actividades y a hacer avanzar el consenso…”.

Estas medidas, junto a otras políticas, tecnológicas y educativas, deben jugar un papel clave en los esfuerzos mundiales para la Reducción de la pobreza, la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Transición a la Sostenibilidad.

Referencias Bibliográficas en este tema “Combatir la desertización”

DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
DIAMOND, J. (2006). Colapso. Barcelona: Debate.
FOLKE, C. (2013). Respetar los límites del planeta y recuperar la conexión con la biosfera. En Worldwatch Institute, The State of the World 2013: Is Sustainability Still Possible? New York: W.W. Norton. (Versión en castellano con el título “¿Es aún posible lograr la Sostenibilidad?”, editada en Barcelona por Icaria). Capítulo 2.
HOHENSEE, J. (2013). Presentación de informes corporativos y externalidades. En Worldwatch Institute, The State of the World 2013: Is Sustainability Still Possible? New York: W.W. Norton. (Versión en castellano con el título “¿Es aún posible lograr la Sostenibilidad?”, editada en Barcelona por Icaria). Capítulo 13.
KUBISZEWSKI, I. y COSTANZA, R. (2012). Servicios ecosistémicos para una prosperidad sostenible. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 16).
LEWIN, R. (1997). La sexta extinción. Barcelona: Tusquets Editores.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Press. Capítulos 3 y 10.

Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2014). «Combatir la Desertización» [artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=19>

Algunos enlaces de interés en este tema “Combatir la Desertización”

Nota: En Internet se encuentra abundante información, fácilmente accesible, acerca de la problemática abordada en este tema. A título de ejemplo, damos los enlaces de una serie de webs de posible interés, advirtiendo, sin embargo, que algunas de ellas pueden dejar de estar accesibles en el enlace proporcionado.

Centro de Investigaciones sobre Desertificación, Universidad de Valencia
Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD)
Convención de UN de Lucha contra la Desertificación:
Decenio para los Desiertos y la Lucha contra la desertificación
Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía
División de Desarrollo Sostenible (Desertificación y Sequía)
Earthwatch: Agenda 21, Chapter 12 - Managing Fragile Ecosystems: Combating Desertification and Drought.
FAO, Desertificación
(LADA) Project
Land Degradation Assessment in Drylands
Ministerio de Medio Ambiente, España, Desertificación
Naciones Unidas, Conferencias y Eventos
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
UNESCO: Desertificación y zonas áridas

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