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Reducción de desastres

Año tras año se superan los récords en desastres. Y aunque hasta hace poco tiempo han venido afectando muy particularmente a quienes, víctimas de una pobreza extrema, ocupan zonas de riesgo en viviendas sin protección alguna, inundaciones como las que sufre el centro de Europa o huracanes como el Katrina muestran que no queda libre ninguna región del planeta, que nos enfrentamos, de nuevo, a un problema planetario. Pero no debemos hablar de desastres naturales: al destruir los bosques, desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima –señalan los expertos- estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. No se trata, pues, de accidentes sino de "destrucciones anunciadas", perfectamente previsibles y cuya reducción exige la aplicación sistemática del Principio de Precaución y que la búsqueda de mayores beneficios económicos a corto plazo deje de primar sobre la seguridad de personas y ecosistemas.

Catástrofes anunciadas

En el Tema de Acción Clave dedicado a la Lucha contra la contaminación nos referimos a las consecuencias catastróficas de algunos “accidentes”, como el que supuso la explosión en 1986 del reactor nuclear de Chernobyl, auténtico desastre ambiental y humano que ha vuelto a repetirse en 2011 en la central de Fukushima, construida “a prueba de terremotos y de tsunamis”, y desde la que continúan todavía en 2014 vertidos de aguas radiactivas al mar y sin resolver la limpieza y el desmantelamiento de la central. Una tarea que se prevé que cueste alrededor de 40 años. Y señalamos que, a menudo, no se trata de hechos accidentales, sino de auténticas catástrofes anunciadas. Fundamentaremos aquí más ampliamente esta tesis y mostraremos su validez general en todo tipo de desastres, incluidos los considerados “naturales”. Solo esta comprensión nos permitirá hacer frente a los mismos y adoptar medidas efectivas para su reducción.

Las tormentas, inundaciones, erupciones volcánicas, etc., son fenómenos que aparecen ligados a las “potentes fuerzas de la naturaleza”, por lo que son denominados “desastres naturales”. Sin embargo, el hecho de que dichos desastres estén experimentando un fuertísimo incremento y se haya más que triplicado su número desde los años 70 llevó a Janet Abramovitz (1999) y a muchos otros investigadores a reconocer el papel de la acción humana en este incremento y a hablar de “desastres antinaturales.

El recuerdo de algunos ejemplos nos ayudará a comprender la gravedad y las causas de este incremento de desastres, que caracteriza la actual situación de emergencia planetaria:

  • Los archivos históricos señalan que durante siglos hubo inundaciones del río Yangtze en la provincia china de Hunau uno de cada veinte años, mientras que ahora ¡se repiten 9 de cada 10 años!
  • En la zona del Caribe y Centroamérica siempre hubo huracanes, pero en 1998, el huracán Mitch barrió Centroamérica durante más de una semana, dejando más de 10000 muertos. Fue el huracán más devastador de cuantos habían afectado al Atlántico en los últimos 200 años. Después vinieron otros, como el Katrina, de efectos igualmente destructivos y en número siempre en aumento.
  • Las olas de calor en la Europa húmeda se repiten a un ritmo desconocido hasta aquí, intercalando graves sequías e inundaciones…

Año tras año se superan los récords en desastres. Y aunque hasta ahora han venido afectando muy particularmente a quienes, víctimas de una pobreza extrema, ocupan zonas de riesgo en viviendas sin protección alguna, inundaciones como las que sufre el centro de Europa o huracanes como el Katrina muestran que no queda libre ninguna región del planeta, que nos enfrentamos, de nuevo, a un problema planetario (ver Urbanización y Sostenibilidad).

Durante 2010, por ejemplo, se registraron más de 750 fenómenos meteorológicos extremos en el planeta, marcándose así un nuevo record de magnitud, frecuencia y alcance de estos fenómenos. De hecho, según los informes del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) su número e intensidad no han hecho más que crecer estas últimas décadas. ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que son fenómenos “naturales”… que los miles de muertos, los millones de personas sin hogar y las graves pérdidas económicas son fruto de un destino inevitable, provocado por las meras fuerzas de la naturaleza?

No se trata de desastres naturales: al destruir los bosques, desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima –señalan los expertos- estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. Con otras palabras, las acciones humanas guiadas por intereses a corto plazo –contaminación, deforestación, destrucción de humedales…- que están contribuyendo al cambio climático, son responsables de la amplificación de los fenómenos extremos (Delibes y Delibes, 2005).

Centroamérica, por ejemplo, tiene las tasas mundiales de deforestación más altas. Cada año la región pierde entre el 2 y el 4% de su superficie forestal. Sin esa protección necesaria, el Mitch se llevó por delante las desnudas laderas, puentes, casas, personas... Y el aumento de las inundaciones del Yangtze ha sido paralelo a la deforestación de su cuenca. Lo mismo sucedió en Bangladesh por la deforestación en la cuenca alta del Himalaya que causó la peor inundación del siglo también en el verano del 98.

El cambio climático ejerce presiones adicionales por las consecuencias del deshielo, lo que provocará –está provocando ya- condiciones de avalanchas y desprendimiento de lodos y desechos. Pero los desastres del deshielo van mucho más allá: el continente de la Antártida constituye el 10 por ciento de la superficie emergida de la Tierra, la mayor parte de ella cubierta por una enorme capa de hielo que si se fundiera haría ascender el nivel de los océanos cubriendo las zonas costeras en las que concentra hoy la mayor parte de la población. Un desastre, de consecuencias inimaginables, que ya ha empezado a anunciarse con la desaparición de algunas islas del Índico (ver Frenar el Cambio Climático).

Podríamos multiplicar los ejemplos que vinculan claramente el incremento de los desastres con la actividad humana: baste referirse a la crisis de los arrecifes de coral, que están perdiéndose por efecto directo de actividades humanas que incluyen los vertidos de petróleo, de residuos, el desarrollo costero, la colisión de barcos, la deforestación y los cultivos de tierra adentro que ocasionan la descarga de sustancias dañinas, etc., amén de la extracción del coral y la sobreexplotación pesquera. Se pierde así la protección que estos arrecifes de coral ejercen de las tormentas, la erosión y las inundaciones: los efectos de los recientes “sutnamis”, con centenares de miles de muertos, han sido muy superiores debido a la degradación y destrucción de las barreras coralinas.

Otro ejemplo paradigmático de desastre erróneamente considerado natural lo constituye la destrucción provocada por el terremoto de Haití en 2010: un terremoto de magnitud 7.0 provoca decenas de miles de muertos y millones de afectados… mientras que en Japón, en 2005, un terremoto de la misma magnitud y próximo a una zona densamente poblada causó tan solo un muerto… a causa de un infarto. Como señaló Miguel Ángel Herrero, director de Intermón-Oxfam para Centroamérica y Caribe, el terremoto contó con la enorme ayuda del dumping que obliga a los campesinos a abandonar sus campos de arroz y desplazarse a la capital, donde se hacinan cientos de miles de personas en viviendas precarias incapaces de resistir el menor temblor… “La pobreza atrae al desastre”.

En la web que Naciones Unidas dedica a la Asistencia Humanitaria, se señala que los fenómenos climáticos extremos provocan cada vez más víctimas y daños, debidos principalmente a las lluvias torrenciales, las crecidas, los fuertes vientos y las sequías prolongadas. Los desastres climáticos son cada vez más frecuentes. En la actualidad, aproximadamente el 70% de los llamados desastres naturales están relacionados con el clima, el doble que hace 20 años.

De nuevo hemos de insistir en que no se trata de “desastres naturales”: al destruir los bosques (Haití tiene una de las tasas de deforestación más altas del planeta), desecar las zonas húmedas o desestabilizar el clima, estamos atacando un sistema ecológico que nos protege de tormentas, grandes sequías, huracanes y otras calamidades. Con otras palabras, las acciones humanas guiadas por intereses a corto plazo, son responsables de la amplificación de los fenómenos extremos. No se puede evitar un terremoto pero si se puede hacer, y mucho, para reducir la vulnerabilidad, entendida como falta de resiliencia de quienes viven en esa situación de alto riesgo, es decir, como incapacidad de resistencia cuando se presenta un fenómeno amenazante e incapacidad para reponerse después de que ha ocurrido un desastre.

Paula Green (2013) se pregunta “¿Por qué no han generado los incendios, las inundaciones, los huracanes, las sequías, las temperaturas extremas, las extinciones de especies, las toxinas, los cánceres y otras evidencias de un medio ambiente desequilibrado, unas respuestas de la misma magnitud que estos mismos problemas? ¿Qué será necesario hacer para superar el aturdimiento colectivo de la negación, la pasividad, la ignorancia y el terror no expresado que parecen subyacer en la negativa (…) a enfrentarse a la realidad de un cambio catastrófico?”. Esta pasividad no puede continuar.

Necesidad de una estrategia internacional para la prevención y reducción de desastres

Hechos como los que acabamos de exponer llevaron a Naciones Unidas a instituir el Decenio Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales (1990-1999), con el propósito de concienciar acerca de la importancia de las consecuencias de todo tipo de desastres y la necesidad de su reducción. Así, entre otras iniciativas, se puso en marcha el GOOS (Sistema Global de Observatorios de los Océanos) para poder anticipar tsunamis y denunciar a los transportistas de petróleo que lavan en alta mar los fondos de los tanques en lugar de utilizar las instalaciones portuarias apropiadas. La experiencia adquirida en dicho tiempo y el hecho de que en la década de los noventa se observara un incremento significativo en la frecuencia, impacto y amplitud de los desastres, impulsaron a considerar el papel esencial que juega la acción humana y comprender la necesidad de la gestión del riesgo en la perspectiva del Desarrollo Sostenible.

La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por ello en 2004 la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres ISDR (ver http://www.unisdr.org/) y en 2008 la Unión Europea puso en marcha el proyecto GAP (Guard, Anticipation and Prediction) sobre las amenazas a la “salud global”, que une a los desastres naturales los nucleares (ver La transición energética), grandes epidemias, catástrofes industriales y terrorismo.

En el año 2005 tuvo lugar en Japón la Conferencia Mundial sobre la Reducción de los Desastres Naturales (http://www.un.org/spanish/conferences/wcdr/2005/), en la que se aprobó un plan de acción decenal para el periodo 2005-2015, se creó un sistema de alerta mundial contra los riesgos y se adoptó la declaración de Hyogo (ver enlace en listado final) que recomienda fomentar una cultura de prevención de desastres, señalando los vínculos entre la su reducción, la mitigación de la pobreza y el Desarrollo Sostenible. No será posible, en efecto, combatir el incremento de los fenómenos meteorológicos extremos –cuyos efectos devastadores acabaremos sufriendo todos- si ignoramos los problemas medioambientales y las desigualdades sociales (ver Reducción de la pobreza).

Resulta particularmente chocante que las consecuencias de estos desastres dependan de inciertas ayudas humanitarias y que no exista un seguro mundial contra las catástrofes (naturales o no), que ponga fin a la vergüenza que supone la lentitud y precariedad de la ayuda internacional tras las catástrofes, mientras disponemos de costosísimos sistemas militares de intervención ultrarrápida. La reciente creación de los “cascos verdes”, el cuerpo de protección medio ambiental de la ONU que se despliega en tiempos de conflicto y en situaciones post conflicto, para operaciones de limpieza y reparación medio ambiental, podría y debería jugar también un papel más importante en las situaciones de graves desastres ambientales, junto a un nuevo cuerpo de “cascos rojos” de protección civil internacional, todavía inexistente, pero cuya creación se reclama con creciente insistencia, para organizar y coordinar los socorros a la población afectada por cualquier tipo de desastre (ver Gobernanza universal).

Reflexiones similares son aplicables a los grandes incendios y a los llamados impropiamente “accidentes”, como señalábamos al principio, asociados a la producción, transporte y almacenaje de materias peligrosas (radiactivas, metales pesados, petróleo...): "accidente" es aquello que no forma parte de la esencia o naturaleza de las cosas, mientras que los escapes de petróleo durante su extracción, la ruptura de los oleoductos, las explosiones, las “mareas negras”… son estadísticamente inevitables, dadas las condiciones en que se realizan esas operaciones de extracción, transporte o almacenaje de los recursos energéticos. Y, de hecho, se están produciendo continuamente en el Ártico siberiano; o en Brasil, donde en julio del 2000 una mancha de crudo de más de 20 km cubrió el río Iguazú, amenazando sus maravillosas cataratas. Es también el caso del naufragio de los grandes petroleros, como el "Exxon Valdez", que naufragó en las costas de Alaska, o el "Prestige", que se partió frente a las costas gallegas. Vertidos como el provocado en 2010 por la plataforma de British Petroleum en el Golfo de México no se pueden considerar accidentes: son catástrofes anunciadas y ya habituales. Cada año (¡desde 1958!) la Shell viene vertiendo 40 millones de petróleo en el Delta del Niger. El equivalente a un Exxon Valdés anual durante más de 50 años. En el Mediterráneo, un mar que agoniza, Repsol está provocando con sus prospecciones petrolíferas vertidos que ha ocultado sistemáticamente y que solo ahora han empezado a denunciarse. Las causas de estos vertidos, o de los hundimientos en las minas, como el que mantuvo prisioneros durante meses a decenas de trabajadores en Chile, o las de un larguísimo etcétera, son siempre las mismas: ausencia de medidas de seguridad conocidas y disponibles; medidas que no se adoptan, aun conociendo las consecuencias, porque se antepone el beneficio a corto plazo. No son accidentes: son catástrofes anunciadas… y aceptadas por poderes públicos y empresas (que saben que las pérdidas provocadas por los “accidentes” serán socializadas).

Y lo mismo puede decirse de la tragedia de Seveso, en 1976: se habló de un fatal accidente, pero la enorme explosión era previsible por la gran cantidad de dioxina almacenada procedente de la purificación de los compuestos que se obtenían en una planta del norte de Italia.

No se trata, pues, de accidentes sino de "destrucciones anunciadas", perfectamente previsibles y cuya reducción exige la aplicación sistemática del Principio de Precaución y que la búsqueda de mayores beneficios económicos a corto plazo deje de primar sobre la seguridad de personas y ecosistemas (ver Economía y Sostenibilidad). Desde el accidente de Seveso, la Unión Europea introdujo unas “Normas Seveso” que constituyen un estricto régimen de seguridad en las instalaciones industriales peligrosas, pero que se aplican únicamente en Europa (Bovet et al., 2008, pp. 28-29).

Un último e importante ejemplo: el Informe Especial del IPCC sobre la gestión de los riesgos de fenómenos meteorológicos extremos y desastres para mejorar la adaptación al cambio climático (https://www.ipcc-wg1.unibe.ch/srex/downloads/SREX_SPM_Spanish.pdf), de 2012, muestra la estrecha relación entre el cambio climático y los fenómenos meteorológicos y climáticos extremos, detallando los impactos de tales fenómenos y las estrategias para gestionar los riesgos conexos (ver Frenar el cambio climático).

La reunión preparatoria de la Tercera Conferencia Mundial sobre la Reducción del Riesgo de Desastres (RRD) de la ONU se celebró del 14 al 15 julio 2014 en Ginebra, en el marco post-2015. Constatando que la exposición al riesgo de desastres es actualmente cada vez mayor, lo que provoca gravísimas consecuencias y afecta por igual a países desarrollados y en desarrollo, teniendo en cuenta la importancia de la alerta temprana, se sentaron las bases para elaborar un borrador que debe estar preparado para finales de 2014, para ser considerado y adoptado en la Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres en marzo de 2015 en Sendai, Japón, para conseguir un nuevo acuerdo Global para la reducción del riesgo de desastres para después de 2015. En el documento preparatorio de la Secretaría de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de las Naciones Unidas (UNISDR) “Hacia un Marco después de 2015 para la reducción del riesgo de desastres” se señala que mientras los países en desarrollo, en particular los pequeños Estados insulares y los Países Menos Adelantados se ven afectados desproporcionadamente, el gran terremoto y tsunami del Japón oriental envió un mensaje claro de que los países desarrollados son vulnerables también a esos graves desastres. Las prácticas económicas no sostenibles, la degradación de los ecosistemas, la pobreza, así como la variabilidad del clima, señalan, han conducido a un aumento en el riesgo tanto de desastres naturales como de desastres provocados por la acción humana a un ritmo que supone una amenaza para todas las personas.

Es necesario, pues, crear un nuevo marco internacional que evite la imposición de intereses particulares perjudiciales para todos, un nuevo concepto de cooperación y solidaridad para la reducción del impacto ecológico de nuestras actividades y el logro de un desarrollo humano sostenible (ver Gobernanza universal).

Referencias bibliográficas en este tema “Reducción de desastres”

ABRAMOVITZ, J. (1999). Desastres antinaturales. World Watch, 9, 48-53.
BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique. París: Cybermonde.
DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
GREEN, P. (2013). Conformar las respuestas comunitarias frente a la catástrofe. En Worldwatch Institute, The State of the World 2013: Is Sustainability Still Possible? New York: W.W. Norton. (Versión en castellano con el título “¿Es aún posible lograr la Sostenibilidad?”, editada en Barcelona por Icaria). Capítulo 33.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Press. Capítulo 4.

Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2014). «Reducción de desastres» [artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=20>

Algunos enlaces de interés sobre este tema “Reducción de desastres”

Nota: En Internet se encuentra abundante información, fácilmente accesible, acerca de la problemática abordada en este tema. A título de ejemplo, damos los enlaces de una serie de webs de posible interés, advirtiendo, sin embargo, que algunas de ellas pueden dejar de estar accesibles en el enlace proporcionado.

Banco Interamericano de Desarrollo, Gestión de Riesgo de Desastres
Campaña: La reducción de Desastres comienza en la escuela
Centro de Coordinación para la Prevención de Desastres Naturales en América Central
Centro Regional de Información sobre Desastres América Latina y El Caribe
Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI)
Conferencia Mundial sobre la Reducción de los Desastres Naturales
Declaración de Hyogo
Trece de octubre, Día internacional para la reducción de los desastres naturales, UN
Estrategia Internacional para la reducción de desastres, UN
Médicos Sin Fronteras
Ministerio de Medio Ambiente
Naciones Unidas Campaña mundial para la prevención de desastres
Naciones Unidas, Oficina para la reducción de desastres
Naciones Unidas y la Asistencia Humanitaria:
Programa El Hombre y la Biosfera de UNESCO
Sección de Prevención de desastres naturales de UNESCO
Unidad de Reducción de desastres Naturales del PNUD 
United Nations, International Strategy for Disaster Reduction (ISDR)

Esta web irá incorporando materiales, documentos, enlaces, foros y otras informaciones de interés. Les invitamos a remitir sus aportaciones que serán entregadas al Comité Académico para su valoración.

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