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versión para imprimir La sostenibilidad como [r]evolución cultural, tecnocientífica y política

Ciencia y Tecnología para la Sostenibilidad

Existe un consenso creciente acerca de la necesidad y posibilidad de dirigir los esfuerzos de la investigación e innovación hacia el logro de tecnologías eco-amigables (amigables ambientalmente) y, más en general, de desarrollos científicos y tecnológicos favorecedores de la transición a la Sostenibilidad. Ello incluye desde la búsqueda de nuevas fuentes de energía, limpias y renovables, al incremento de la eficacia en la obtención de alimentos, pasando por la prevención de enfermedades y catástrofes, el logro de una maternidad y paternidad responsables y voluntarias o la disminución y tratamiento de residuos, el diseño de un transporte de impacto reducido, etc. Este nuevo planteamiento exige superar la búsqueda de beneficios particulares a corto plazo (sin tomar en consideración sus consecuencias ambientales y sociales) que ha caracterizado, a menudo, el desarrollo tecnocientífico, así como la idea simplista de que las soluciones a los problemas con que se enfrenta hoy la humanidad dependen, sobre todo, de tecnologías más avanzadas, olvidando que las opciones, los dilemas, a menudo son fundamentalmente éticos. Asistimos así a la emergencia de la Ciencia de la sostenibilidad, un nuevo campo de conocimiento que busca conocer los fundamentos de las interacciones entre sociedad y naturaleza para promover el Desarrollo Sostenible.

La tecnociencia y la problemática socioambiental

Cuando se plantea la contribución de la tecnociencia a la Sostenibilidad, la primera consideración que es preciso hacer es cuestionar cualquier expectativa de encontrar soluciones puramente tecnológicas a los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad. Pero, del mismo modo, hay que cuestionar los movimientos anti-ciencia que descargan sobre la tecnociencia la responsabilidad absoluta de la situación actual de deterioro creciente. Muchos de los peligros que se suelen asociar al “desarrollo científico y tecnológico” han puesto en el centro del debate la cuestión de la “sociedad del riesgo”, según la cual, como consecuencia de dichos desarrollos tecnocientíficos actuales, crece cada día la posibilidad de que se produzcan daños que afecten a una buena parte de la humanidad y que nos enfrentan a decisiones cada vez más arriesgadas (López Cerezo y Luján, 2000).

No podemos ignorar, sin embargo, que, como señala el historiador de la ciencia Sánchez Ron (1994), son científicos quienes estudian los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad, advierten de los riesgos y ponen a punto soluciones. Por supuesto no solo científicos, ni todos los científicos. Por otra parte, es cierto que han sido científicos los productores de, por ejemplo, los freones que destruyen la capa de ozono. Pero, no lo olvidemos, junto a empresarios, economistas, trabajadores, políticos… La tendencia a descargar sobre la ciencia y la tecnología la responsabilidad de la situación actual de deterioro creciente, no deja de ser una nueva simplificación maniquea en la que resulta fácil caer. Las críticas y las llamadas a la responsabilidad han de extenderse a todos nosotros, incluidos los “simples” consumidores de los productos nocivos (Vilches y Gil, 2003). Y ello supone hacer partícipe a la ciudadanía de la responsabilidad de la toma de decisiones en torno a este desarrollo tecnocientífico. Hechas estas consideraciones previas, podemos ahora abordar más matizadamente el papel de la tecnociencia. Comenzaremos refiriéndonos a los llamamientos surgidos en la propia comunidad científica para contribuir a hacer frente a la grave situación de emergencia planetaria.

Llamamientos a la comunidad científica

Podemos comenzar recordando el llamamiento realizado en 1998 por Jane Lubchenco (presidenta entonces de la American Association for the Advancement of Science, la más importante asociación científica a nivel mundial),reclamando que el siglo XXI sea para la ciencia el siglo del medio ambiente y que la comunidad científica “reoriente su maquinaria” hacia la resolución de los problemas que amenazan el futuro de la humanidad (Lubchenco, 1998). Llamamientos que no han dejado de multiplicarse: podemos destacar como ejemplo más reciente el denominado “Memorando de Estocolmo: Inclinando la balanza hacia la Sostenibilidad”, firmado en mayo de 2011 por los participantes en el Tercer Simposio sobre la Sustentabilidad Ambiental (http://globalsymposium2011.org/es), promovido por Naciones Unidas, entre los que figuran premios Nobel de Física, Química, Economía, Medicina y Literatura y en el que se reclama una urgente transición a la Sostenibilidad. Mención especial merece el programa de investigación de 10 años “Future Earth – Research for Global Sustainability” (http://www.icsu.org/future-earth) lanzado en 2012 tras la Cumbre de la Tierra Rio+20 por el International Council for Science (ICSU), con el propósito de movilizar a millares de científicos y reforzar los vínculos con los responsables en la toma de decisiones, para fundamentar el profundo cambio global que supone la transición hacia la Sostenibilidad.

Existe, por tanto, un consenso general acerca de la necesidad de dirigir los esfuerzos de la investigación e innovación hacia el logro de desarrollos tecnocientíficos eco-amigables (amigables ambientalmente) y, más en general, de medidas científico- tecnológicas favorecedoras de un Desarrollo Sostenible (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; Gore, 1992; Daly, 1991; Flavin y Dunn, 1999…), incluyendo desde la búsqueda de nuevas fuentes de energía al incremento de la eficacia en la obtención de alimentos, pasando por la prevención de enfermedades y catástrofes, el logro de una maternidad y paternidad responsables, la prevención y mitigación de la contaminación, o la disminución y tratamiento de residuos, el diseño de un transporte de impacto reducido, etc.

Surge así la llamada ecología industrial, que concibe los sistemas industriales como ecosistemas que intercambian flujos de materia, energía e información con su entorno y tiene como objetivo reducir el consumo de materias primas y recursos energéticos por debajo de la capacidad de la biosfera para renovarlos, así como reducir las emisiones de residuos hasta unos valores que la biosfera pueda asimilarlos (Seoanez Calvo, 1998). A ello responde igualmente el concepto de economía circular (en la que, al igual que ocurre en la naturaleza, todos los productos son reutilizables o biodegradables, sin residuos), o el de diseño sostenible de productos (también conocido como diseño “responsable”, “verde” o “ecodiseño”), que integra criterios medioambientales específicos al resto de variables utilizadas en la concepción y desarrollo de un producto (sea este un edificio, un electrodoméstico, papel para escribir o cualquier otro) y en los estudios de valoración de su comportamiento a lo largo de su ciclo de vida (producción, distribución, utilización, reciclaje y tratamiento final). Particular importancia está adquiriendo la reciente Iniciativa del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), dirigida a aprovechar las TIC para promover la Sostenibilidad (“Global e-Sustainability Initiative, GeSI”).

Un ejemplo concreto de iniciativa a resaltar lo constituye el proyecto “Luces para aprender” (http://lucesparaaprender.org/web/), liderado por la OEI, Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (http://www.oei.es/), que pretende llevar energía solar y acceso a internet a más de 62.000 escuelas en Iberoamérica, la mayor parte de ellas situadas en zonas rurales y de difícil acceso. La iniciativa Luces para aprender surge en el marco de las Metas Educativas 2021 y pretende abordar retos no resueltos en la región iberoamericana como el acceso a una educación pública de calidad que ofrezca mejores oportunidades a las niñas y niños y les permita hacer frente a la pobreza y la desigualdad. Con el proyecto se quiere reducir la brecha digital y poner fin al aislamiento de las comunidades rurales, que históricamente han quedado rezagadas de los avances tecnológicos, facilitando su acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, con el fin de favorecer su desarrollo educativo, económico, social y cultural.

Es preciso, sin embargo, analizar con cuidado las medidas tecnocientíficas propuestas y sus posibles riesgos, para que las aparentes soluciones no generen problemas más graves, como ha sucedido ya tantas veces. Pensemos, por ejemplo, en la revolución agrícola que, tras la Segunda Guerra Mundial, incrementó notablemente la producción gracias a los fertilizantes y pesticidas como el DDT. Se pudo así satisfacer las necesidades de alimentos de una población mundial que experimentaba un rápido crecimiento... pero sus efectos perniciosos (pérdida de biodiversidad, cáncer, malformaciones congénitas...) fueron denunciados ya a finales de los 50 por Rachel Carson (1980). Y pese a que Carson fue inicialmente criticada como “contraria al progreso”, el DDT y otros “Contaminantes Orgánicos Persistentes” (COP) –o, más en general, Compuestos Tóxicos Persistentes (CTP)- fueron finalmente prohibidos como venenos muy peligrosos, aunque, desgraciadamente, todavía no en todos los países. Un debate similar está teniendo lugar hoy en día en torno al desarrollo de la biotecnología contemporánea (http://www.porquebiotecnologia.com.ar/) y, más concretamente, al uso de los transgénicos (ver Biodiversidad) o de algunas nanotecnologías, portadoras de muchas más esperanzas que todas las tecnologías hasta hoy conocidas (con extraordinarias aplicaciones informáticas, médicas, industriales, ambientales…), pero también de los mayores peligros (su tamaño les permite atravesar la piel, penetrar las células hasta su núcleo…) (Bovet et al., 2008, pp. 58-59). Problemas como estos han dado lugar al surgimiento de la Bioética, que se ocupa de los principios para la correcta conducta humana respecto a la vida.

Conviene, pues, reflexionar acerca de algunas de las características fundamentales que deben poseer las medidas científico-tecnológicas para hacer frente a la situación de emergencia planetaria.

Principios que han de regir las medidas tecnocientíficas

Según (Daly, 1991) es preciso que las intervenciones tecnocientíficas diseñadas para atender a necesidades sociales cumplan lo que denomina “principios obvios para el Desarrollo Sostenible”:

  • Las tasas de recolección de los recursos que se precisan no deben superar a las de su regeneración (o, para el caso de recursos no renovables, de creación de sustitutos renovables).
  • Las tasas de emisión de residuos deben ser inferiores a las capacidades de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.

Por otra parte, como señala el mismo Daly, “Actualmente estamos entrando en una era de economía en un mundo lleno, en la que el capital natural o “capital ecológico” será cada vez más el factor limitativo” (Daly, 1991). Ello impone una tercera característica a las tecnologías sostenibles:

  • “En lo que se refiere a la tecnología, la norma asociada al Desarrollo Sostenible consistiría en dar prioridad a tecnologías que aumenten la productividad de los recursos (…) más que incrementar la cantidad extraída de recursos (…). Esto significa, por ejemplo, bombillas más eficientes de preferencia a más centrales eléctricas”.

A estos criterios, fundamentalmente técnicos, es preciso añadir otros de naturaleza ética (Vilches y Gil-Pérez, 2003) como son:

  • Dar prioridad a desarrollos científico-tecnológicos orientadas a la satisfacción de necesidades básicas y que contribuyan a la reducción de las desigualdades, como, por ejemplo:
  • Fuentes de energía limpia (solar, geotérmica, eólica, fotovoltaica, mini-hidráulica, mareas… sin olvidar que la energía más limpia es la que no se utiliza) y generación distribuida o descentralizada, que evite la dependencia tecnológica que conlleva la construcción de las grandes plantas (ver La transición energética).
  • Incremento de la eficiencia para el ahorro energético (uso de bombillas fluorescentes de bajo consumo o, mejor, diodos emisores de luz LED; cogeneración, que supone la obtención simultánea de energía eléctrica y energía térmica útil, aprovechando para calefacción u otros usos el calor que habitualmente se disipa…). Todo ello en un escenario “negavatios” que rompa el hasta aquí irrefrenable crecimiento en el uso de energía. No debemos olvidar a este respecto que los aumentos de eficiencia no se han traducido hasta aquí en una disminución de consumo sino en un crecimiento global. Es un ejemplo de “efecto rebote” conocido como “Paradoja de Jevons”, mostrado por William Stanley Jevons analizando datos de consumo (de energía y de otros recursos) tras la introducción de innovaciones que habían mejorado la eficiencia: la disminución unitaria de consumo y de impacto ambiental lograda con la innovación ha resultado siempre compensada por la multiplicación en el uso del nuevo modelo. Se precisa por ello una voluntad explícita de interrumpir el crecimiento, de reducir el consumo global.
  • Gestión sostenible del agua y demás recursos básicos.
  • Obtención de alimentos con procedimientos sostenibles (agriculturas alternativas biológicas o agroecológicas, que recurren, por ejemplo, a biofertilizantes y biopesticidas, o al enriquecimiento del suelo con “biochar” o “agrichar”, a base de carbón vegetal, que hace la tierra más porosa y absorbente del agua).
  • Prevención y tratamiento de enfermedades, en particular las pandemias como el sida, que está diezmando la población de muchos países africanos, o las nuevas enfermedades asociadas al desarrollo industrial.
  • Logro de una maternidad y paternidad responsables que evite embarazos no deseados y haga posible una cultura demográfica sostenible.
  • Prevención y reducción de la contaminación ambiental, así como tratamiento adecuado de los residuos que haya resultado imposible evitar, para minimizar su impacto. Dicho tratamiento ha de anteponer a su eliminación (simple vertido o destrucción sin aprovechamiento), la reutilización, el reciclado y la valorización (o recuperación) energética, utilizando métodos que no pongan en peligro la salud humana ni causen perjuicios al medio ambiente.
  • Regeneración o restauración de ecosistemas procediendo, entre otros, a la Forestería Análoga (ver Desarrollo Rural y Sostenibilidad) o a la descontaminación de suelos y depuración de aguas utilizando técnicas como, por ejemplo, la biorremediación, basada en el uso de plantas (fitorremediación), hongos (micorremeciación), microorganismos o encimas para reducir, degradar o inmovilizar productos orgánicos nocivos.
  • Reducción de desastres, como los provocados por el incremento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos atmosféricos extremos que acompañan al cambio climático.
  • Reducción del riesgo y empleo de materiales “limpios” y renovables en los procesos industriales, utilización de técnicas basadas en los principios de la Química Sostenible (www.unizar.es/icma/divulgacion/quimica%20verde.html) también denominada Química Verde o Química para la Sostenibilidad.
  • Aplicar el Principio de Precaución (también conocido como de Cautela o de Prudencia), para evitar la aplicación apresurada de una tecnología, cuando aún no se han investigado suficientemente sus posibles repercusiones, como ocurre con el uso de los transgénicos o de las nanotecnologías. Nos remitimos a este respecto a las “Pautas para aplicar el principio de precaución a la conservación de la biodiversidad y la gestión de los recursos naturales”, diseñadas por The Precautionary Principle Project, en el que ha trabajado un amplio grupo de expertos de diferentes campos, regiones y perspectivas (ver http://www.pprinciple.net/). Con tal fin se han introducido –aunque tan solo están vigentes en algunos países- instrumentos como la Evaluación del Impacto Ambiental, EIA (con distintas formulaciones y matices como, “análisis de ciclo de vida” o “análisis de la cuna a la tumba”), para conocer y prevenir los impactos ambientales de los productos y tecnologías que se proponen, analizar los posibles riesgos (“análisis de riesgos ambientales”) y facilitar la toma de decisiones para su aprobación o no, así como las Auditorías medioambientales (AMA) de las tecnologías ya en funcionamiento para conocer la calidad y repercusiones de sus productos o de sus prestaciones. El resultado ha de ser una Certificación ambiental (energética, consumo de agua, etc.) que garantice la conservación de los recursos naturales y su manejo sustentable en beneficio del entorno natural y social.

Se trata, pues, de superar la búsqueda de beneficios particulares a corto plazo que ha caracterizado, a menudo, el desarrollo tecnocientífico, y potenciar tecnologías básicas susceptibles de favorecer un Desarrollo Sostenible que tenga en cuenta, a la vez, la dimensión local y global de los problemas a los que nos enfrentamos.

Y es necesario, como señala Sachs (2008, p. 56), formular un compromiso global para “financiar I + D para tecnologías sostenibles, entre ellas las energías limpias, las variedades de semillas resistentes a la sequía, la acuicultura sensata desde el punto de vista medioambiental, las vacunas para enfermedades tropicales, la mejora del seguimiento y la conservación de la biodiversidad (…) para todas las dimensiones del Desarrollo Sostenible hay una necesidad tecnológica esencial que debe ser apuntalada mediante inversiones en ciencia básica. Y en todos los casos hay una necesidad acuciante de financiación pública que incentive las nuevas tecnologías que nos permitan alcanzar al mismo tiempo los objetivos de elevar la renta global, poner fin a la pobreza extrema, estabilizar la población mundial y propiciar la Sostenibilidad ambiental”.

Algunos avances y obstáculos

Debemos señalar, además, que existen ya soluciones científico-tecnológicas para muchos de los problemas planteados –aunque, naturalmente, será siempre necesario seguir investigando- pero dichas soluciones tropiezan con las barreras que suponen los intereses particulares o las desigualdades en el acceso a los avances tecnológicos, que se acrecientan cada día (Bermejo, 2011). Es lo que podemos ver, por ejemplo, en el IV Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, 2007) dedicado a las medidas de mitigación del problema, en el que se afirma que hay suficiente potencial económico para controlar en la próximas décadas las emisiones de gases de efecto invernadero, o con el problema, más concretamente, de los recursos energéticos: como muestra un reciente informe difundido por Greenpeace ("Renovables 2050, Un informe sobre el potencial de las energías renovables en la España peninsular" al que se puede acceder en http://energia.greenpeace.es/) es técnicamente factible la reestructuración del sistema energético para cumplir objetivos ambientales y abastecer el 100 % de la demanda energética total, en el 2050, con fuentes renovables: eólica, solar, biomasa… Estimaciones convergentes expresa el denominado Informe SRREN (Special Report on Renewable Energy Sources and Climate Change Mitigation), acerca de cómo en 2050 las energías renovables pueden llegar a cubrir el 80% de las necesidades energéticas del mundo y mitigar decisivamente el cambio climático (IPCC, 2011), siempre que se adopten las medidas políticas necesarias para ello (Ver Nueva Cultura Energética).

Cabe saludar a este respecto la creación en 2009 de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA, cuyos estatutos han firmado ya 148 Estados y la Unión Europea (ver http://www.irena.org/), cuyo cometido es asesorar y ayudar a los distintos países en materia de política energética y fomentar las energías renovables, que incluyen ya una gran variedad de realizaciones y prometedoras perspectivas: eólica, fotovoltaica, geotérmica, mareomotriz, mini-hidráulica, producida aprovechando las algas, solar de concentración (también denominada termosolar), solar térmica (o termodinámica), termo-oceánica o maremotérmica, undimotriz o de las olas, etc.

Sin embargo se sigue impulsando el uso de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón (Duarte Santos, 2007), pese a su contribución al cambio climático, y a utilizar para su extracción técnicas tan cuestionadas y agresivas por sus consecuencias como el “fracking” (fracturación hidráulica de esquistos y otras formaciones rocosas a grandes profundidades). Como ejemplo de los problemas que genera dicha técnica, podemos mencionar un estudio publicado recientemente en la revista Science (Kearen et al., 2014), según el cual, el espectacular aumento de los terremotos en el centro de Oklahoma (Estados Unidos), desde 2009, es atribuible a la inyección de aguas residuales al subsuelo durante las operaciones de extracción de gas con la técnica de fracturación hidráulica. O se presenta la energía nuclear de fisión - dependiente de yacimientos minerales no renovables y escasos- como alternativa, dado que supuestamente “no contribuye al efecto invernadero”, ignorando los graves problemas que comporta (ver Frenar el cambio climático, Lucha contra la contaminación, Reducción de desastresy La Transición Energética).

Surgen así nuevos debates sociales, como el que plantea el uso de los biocombustibles o agrocombustibles, como el bioetanol y el biodiésel: por una parte es indudable que constituyen una forma de energía limpia, que no contribuye al incremento del efecto invernadero (puesto que el CO2 que emiten lo absorben previamente las plantas dedicadas a la agroenergía). Por otra, están impulsando el uso de maíz, soja, etc., que era destinado al consumo humano y provocando deforestaciones para contar con nuevas superficies de cultivo, contribuyendo además al incremento de los costes en la industria alimentaria. Los biocombustibles son, pues, a la vez, una promesa (si se aprovechan deshechos orgánicos o se cultivan tierras baldías) y un serio peligro si desvían cultivos necesarios para la alimentación o contribuyen a la destrucción de los bosques y a la pérdida de biodiversidad. Todo ello está promoviendo la investigación en alternativas que no generen problemas en la industria alimentaria, que mejoren el rendimiento energético y que reduzcan aún más las emisiones de dióxido de carbono: se trata de los denominados biocombustibles de segunda generación que se producen a partir de materias primas que no son fuentes alimenticias, es decir,del aprovechamiento de gramíneas, paja, desechos agrícolas, residuos orgánicos humanos y del resto de animales, etc., en lo que se conoce como valorización energética de los residuos. La Asociación Global de la Bioenergía, creada en 2006 -de la que forman parte, como organizaciones internacionales asociadas, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), etc.- ha establecido unos Indicadores de Sostenibilidad para la bioenergía.

También ha generado debate la propuesta de enriquecimiento del suelo con “biochar” o “agrichar”, a base de carbón vegetal pulverizado, que hace la tierra más porosa y absorbente del agua. Mientras para algunos se trata de una tecnología de probada eficiencia, utilizada por pueblos amerindios durante centenares de años, para otros se trata de un ejemplo de geo-ingeniería, tan peligrosa como la que suponen los agrocombustibles.

Otro debate reciente es el surgido en torno a la fertilización de los océanos del Hemisferio Sur, que presentan una insuficiencia del hierro necesario para hacer crecer las plantas marinas (fitoplancton) que pueden absorber el CO2 y llevarlo a las profundidades de los océanos. Para algunos expertos de geoingeniería climática se trata de una medida tan necesaria y eficaz como la reforestación de los bosques, pero otros argumentan que el resultado puede ser justo el contrario al perseguido. De momento hay demasiadas dudas acerca de la eficacia y seguridad de la medida para que se permitan ensayos a gran escala (Nicholson, 2013).

Uno de los debates más importantes gira en torno al elevado coste de la aplicación de estas tecnologías para hacer frente al cambio que el planeta está experimentando (que no se limitan al cambio climático y obligan a hablar de cambio ambiental global o, mejor aún, de cambio global); pero como ha mostrado el Informe Stern, encargado por el Gobierno Británico en 2006 a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern (Bovet et al., 2008, pp. 12-13), así como otros estudios de conclusiones concordantes, si no se actúa con celeridad se provocará en breve plazo una grave recesión económica mucho más costosa. Por ello, el año 2000 se creó una red internacional de científicos llamada Asociación para el Estudio del Pico del Petróleo (ASPO en sus siglas inglesas), que en 2005 lanzó la idea de un Protocolo de Agotamiento del Petróleo, conocido también como “protocolo de Rímini” o “de Uppsala”, para adaptarse paulatinamente –y de manera consensuada a escala planetaria– a un modelo energético post-petróleo (http://www.enpositivo.com/reducir-el-uso-del-petroleo). De acuerdo con dicho protocolo, los países importadores de petróleo acordarían reducir sus importaciones y los países exportadores a reducir su ritmo de exportaciones en un porcentaje anual. Una ventaja de este protocolo es que no hace falta que todos los países lo ratifiquen. El país que lo adopte, aunque sea unilateralmente, saldrá beneficiado porque su adopción le llevará a tomar medidas de transición energética que todo el mundo, tarde o temprano, tendrá que adoptar. De hecho la sociedad sueca ha reaccionado ya con un acuerdo fruto del trabajo conjunto de investigadores, industriales, funcionarios gubernamentales, sindicatos, etc., para lograr una sociedad sin petróleo (Bovet et al., 2008, pp. 70-71).

Todo ello viene a cuestionar, insistimos, la idea simplista de que las soluciones a los problemas con que se enfrenta hoy la humanidad dependen, sobre todo, de tecnologías más avanzadas, olvidando que las opciones, los dilemas, a menudo son fundamentalmente éticos (Aikenhead, 1985; Martínez, 1997; García, 2004). Se precisan también medidas educativas y políticas, es decir, es necesario y urgente proceder a un replanteamiento global de nuestros sistemas de organización, porque estamos asistiendo a un deterioro ambiental que amenaza, si no es atajado, con lo que algunos expertos han denominado “la sexta extinción” ya en marcha (Lewin, 1997), de la que la especie humana sería principal causante y víctima (Diamond, 2006). A ello responde el llamamiento de Naciones Unidas para una Década de la Educación para un futuro sostenible (Ver Educación para la Sostenibilidad).

Todos estos debates y dificultades no deben hacernos perder de vista que estamos en un momento crucial, en el que se abren perspectivas de un replanteamiento global de nuestro sistema productivo que puede y debe dar lugar a una Tercera Revolución Industrial (Rifkin, 2010) de enormes y positivas consecuencias. Expondremos aquí, para terminar, las características tecnocientíficas de esta profunda y necesaria revolución (Ver Nueva Cultura Energética), pero insistiendo una vez más en que su realización no puede tener lugar sin intervenciones igualmente profundas en los campos político y educativo.

Una Tercera Revolución Industrial en marcha

Según Rifkin, los diferentes tipos de energía renovable conformarían el primero de los cuatro pilares de lo que él ha denominado Tercera Revolución Industrial. Ahora bien, añade, “A pesar de que las energías renovables se encuentran en todas partes (…) necesitamos la infraestructura necesaria para recolectarlas. Es aquí donde el sector de la construcción adquiere un mayor protagonismo, convirtiéndose en el segundo pilar de la Tercera Revolución Industrial. (…) En veinticinco años, se renovarán o construirán millones de hogares, oficinas, centros comerciales, fábricas y parques industriales y tecnológicos que funcionarán como plantas energéticas, además de cómo hábitats. Estos edificios acumularán y generarán energía local a partir del Sol, el viento (…) energía suficiente para cubrir sus propias necesidades, así como para generar un excedente que pueda compartirse”. Pero no basta con ello: “se hace necesario desarrollar métodos de almacenamiento que faciliten la conversión de los suministros intermitentes de estas fuentes de energía en recursos seguros”. Las baterías, el hidrógeno obtenido por electrolisis, o las centrales hidroeléctricas reversibles (en las que la energía eléctrica sobrante se utiliza para elevar agua a un depósito), se convierten en “un medio universal para el almacenamiento de todas las formas de energías renovables”, constituyendo el tercer pilar de esta revolución tecnocientífica. Por último, señala Rifkin, “Las compañías eléctricas de Europa, Estados Unidos, Japón, China y otros países están comenzando a poner a prueba el cuarto pilar de esta revolución (la reconfiguración de la red eléctrica, siguiendo los pasos de Internet) que permitirá a las empresas y a la población residente producir su propia energía y compartirla. (…). Esta interconectividad puede utilizarse para redirigir los usos y los flujos energéticos durante los picos de consumo y las fases de calma”. Es lo que se han denominado redes eléctricas inteligentes, ("smart grids") que empiezan a transformar radicalmente la manera de producir, distribuir y consumir energía.

La pregunta que Rifkin se formula y nos formula es si esta Tercera Revolución Industrial llegará a tiempo para mitigar el impacto entrópico producido por los combustibles fósiles durante los últimos doscientos años y hacer posible unas sociedades sostenibles. En nuestras manos está el lograrlo… si somos capaces de superar miopes intereses a corto plazo. Eso es lo que propone el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, señalando que ha llegado el momento de una revolución energética global, que haga la energía limpia accesible para todos. Y a tal fin anunció que, por decisión de la Asamblea General de Naciones Unidas, 2012 era designado Año Internacional de la Energía Sostenible para todas las personas, añadiendo que ello es esencial para minimizar los riesgos climáticos, reducir la pobreza y, en definitiva, alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (Ver Nueva Cultura Energética). Recordando, además, que en 2012, cuando tenía lugar la Cumbre Rio+20, al cumplirse 20 años de la primera Cumbre de la Tierra, Ban Ki-moon reclamaba que fuéramos conscientes de que “la energía limpia y una economía baja en carbono forman parte de las llaves para abrir la puerta a un mundo más seguro, pacífico y prospero para todas y todos”.

Ahora, tras Rio+20, que terminó sin acuerdos vinculantes a este respecto, se precisa un atento seguimiento y un fuerte impulso de las medidas recomendadas, haciendo uso de unos nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible definidos para impulsar la transición a la Sostenibilidad y evaluar los avances hacia la Sostenibilidad (ver Gobernanza universal). A este respecto, Ban Ki-moon, lanzó en 2012 la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (http://unsdsn.org/), una nueva red mundial, de carácter independiente, destinada a movilizar tanto a la comunidad científica como a la sociedad civil en la búsqueda de soluciones a los problemas de Sostenibilidad. La iniciativa es, precisamente, parte del mandato de la ONU para Beyond 2015 (http://www.beyond2015.org/), es decir, para el establecimiento de unos nuevos y ambiciosos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

No podemos terminar sin señalar que la idea (y la práctica fructífera) de aplicación de la tecnociencia al tratamiento de los problemas socioambientales, se inserta hoy en un profundo replanteamiento del estudio y tratamiento de la problemática socioambiental que está dando paso al surgimiento de una Ciencia de la Sostenibilidad (Kates et al., 2001; Clark, 2007), un nuevo campo de conocimiento y un nuevo enfoque del trabajo científico que busca conocer los fundamentos de las interacciones entre sociedad y naturaleza para mejor promover la transición a la Sostenibilidad (ver Ciencia de la Sostenibilidad).

Referencias en este tema “Ciencia y Tecnología para la Sostenibilidad”

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CLARK, W.C. (2007). Sustainability Science: A room of its own. PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA), 6 February 2007: 1737-1738. (http://www.pnas.org/content/104/6/1737.full).
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DIAMOND, J. (2006). Colapso. Barcelona: Debate.
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FLAVIN, C. y DUNN, S. (1999). Reinvención del sistema energético. En Worldwatch Institute, La situación del mundo 1999. Barcelona: Icaria.
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KATES, R. W., CLARK, W.C., CORELL, R., HALL, J. M., JAEGER, C.C., LOWE, I., MCCARTHY, J. J., SCHELLNHUBER, H. J., BOLIN, B., DICKSON, N. M., FAUCHEUX, S., GALLOPIN, G. C., GRÜBLER, A., HUNTLEY, B., JÄGER, J., JODHA, N. S., KASPERSON, R. E., MABOGUNJE, A., MATSON, P., MOONEY, H., MOORE, B. III., O'RIORDAN, T., SVEDIN, U. (2001). Sustainability Science. Science 27 April 2001: Vol. 292 no. 5517 pp. 641-642.
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LUBCHENCO, J. (1998). Entering the Century of the Environment: A New Social Contract for Science. Science, 279, no. 5350, pp. 491-497.
MARTÍNEZ, M. (1997). Consideraciones teóricas sobre educación en valores. En Filmus D. (compilador). Las transformaciones educativas en Ibero América. Tres desafíos: democracia, desarrollo e integración. Buenos Aires: Ed. Troquel.
MOONEY, H., MOORE, B. III., O'RIORDAN, T., SVEDIN, U. (2001). Sustainability Science. Science 27 April 2001: Vol. 292 no. 5517 pp. 641-642.
NICHOLSON, S. (2013). Promesas y riesgos de la geoingeniería. En Worldwatch Institute, The State of the World 2013: Is Sustainability Still Possible? New York: W.W. Norton. (Versión en castellano con el título “¿Es aún posible lograr la Sostenibilidad?”, editada en Barcelona por Icaria). Capítulo 29.
RIFKIN, J. (2010). La Civilización Empática. Barcelona: Paidós.
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VILCHES, A. y GIL-PÉREZ, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Press. Capítulo 12.

Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2014). «Ciencia y Tecnología para la Sostenibilidad» [artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=5>

Algunos enlaces de interés este tema “Ciencia y Tecnología para la Sostenibilidad”

Nota: En Internet se encuentra abundante información, fácilmente accesible, acerca de la problemática abordada en este tema. A título de ejemplo, damos los enlaces de una serie de webs de posible interés, advirtiendo, sin embargo, que algunas de ellas pueden dejar de estar accesibles en el enlace proporcionado.

Agencia Europea de Medio Ambiente
Asociación de productores de Energías Renovables
Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas, Ministerio de Educación y Ciencia (CIEMAT)
Centro Nacional de Energías Renovables
Departamento de Desarrollo Sostenible de la FAO
Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, Instituto para la Diversificación y Ahorro Energético (IDAE):
Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, Sector eléctrico, Gasista, Hidrocarburos y Energías Renovables
Naciones Unidas Departamento de Asuntos Económicos y Sociales
Naciones Unidas, 2012 Año Internacional de la Energía Sostenible para todos
OEI, Luces para aprender 
OEI, Sala de Lectura del programa CTS+I, Sociedad del Riesgo
Plataforma Internacional de Bioenergía (FAO)
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, Energía y Medio Ambiente:
Proyecto Principio de Precaución
Red Bioética de UNESCO
Renovables 2050, Informe Greenpeace
Red Española de Química Sostenible (RED QS)
Royal Society of Chemistry, Green Chemistry Network

Este espacio irá incorporando otros materiales, documentos, enlaces, foros y otras informaciones de interés. Les invitamos a remitir sus aportaciones que serán entregadas al Comité Académico para su valoración.

Remitir aportaciones: Acceder a formulario


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