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Reducción de la pobreza

La pobreza extrema está vinculada al conjunto de problemas que caracterizan la situación de emergencia planetaria, desde la degradación de los ecosistemas o el agotamiento de los recursos, a la explosión demográfica, y se traduce en enfermedades, hambre, analfabetismo y, en definitiva, en baja esperanza de vida. Y esa terrible pobreza se produce mientras parte del planeta asiste a un espectacular crecimiento del consumo. Es decir, estamos ante una pobreza que coexiste con una riqueza en aumento, de forma que en los últimos 40 años –señalan los informes del Banco Mundial- se han duplicado las diferencias entre los 20 países más ricos y los 20 más pobres del planeta. Si no actuamos ahora las desigualdades serán gigantescas en los próximos años. Y no se trata únicamente de desequilibrios entre países: es preciso salir también al paso de las fuertes discriminaciones y segregación social que se dan en el seno de una misma sociedad y, muy en particular, de las que afectan a las mujeres en la mayor parte del planeta.

Los desequilibrios y la pobreza extrema en el mundo

Según el Banco Mundial, el total de seres humanos que vive en la pobreza más absoluta, con un dólar al día o menos, ha crecido de 1200 millones en 1987 a 1500 en la actualidad y, si continúan las actuales tendencias, alcanzará los 1900 millones para el 2015. Y casi la mitad de la humanidad no dispone de dos dólares al día. Como señalan Sen y Kliksberg (2007, pp. 8), “el 10% más rico tiene el 85 % del capital mundial, la mitad de toda la población del planeta solo el 1%”. Pero, como explica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “La pobreza no se define exclusivamente en términos económicos (…) también significa malnutrición, reducción de la esperanza de vida, falta de acceso a agua potable y condiciones de salubridad, enfermedades, analfabetismo, imposibilidad de acceder a la escuela, a la cultura, a la asistencia sanitaria, al crédito o a ciertos bienes”. Desde la perspectiva de Sen (Cortina y Pereira, 2009), la pobreza es ante todo falta de libertad para llevar adelante los planes de vida que una persona tiene razones para valorar, es decir, que las personas puedan ser agentes de sus propias vidas (“Libertad de agencia”).

Al abordar el problema de la pobreza extrema se suelen señalar tres hechos que reclaman una atención inmediata: la mortalidad prematura, la desnutrición y el analfabetismo (CMMAD, 1998). Esa es la razón por la que el PNUD ha introducido el IDH (Índice de Desarrollo Humano) que intenta reflejar el bienestar desde un punto de vista más amplio, contemplando tres dimensiones -longevidad, estudios y nivel de vida- y que se ha convertido en un instrumento para evaluar las diferencias entre países, junto al Índice de Pobreza Humana de Naciones Unidas y el más elaborado Índice de Pobreza Multidimensional, que incluye tres aspectos básicos (educación, salud y bienestar social), con un total de 10 parámetros, que van de años de escolarización a bienes de que se dispone, pasando por saneamiento, agua potable, etc.

Y toda esta problemática hay que contemplarla en su contexto y en su evolución: esa terrible pobreza se produce mientras parte del planeta asiste a un espectacular crecimiento económico. Es decir, estamos ante una pobreza que coexiste con una riqueza en aumento, de forma que en los últimos 40 años –señala el mismo informe del Banco Mundial- se han duplicado las diferencias entre los 20 países más ricos y los 20 más pobres del planeta. “Si no actuamos ahora las desigualdades serán gigantescas en los próximos años”, expresaba con preocupación en 1997 el presidente del Banco Mundial, señalando el peligro de que la pobreza acabe estallando “como una bomba de relojería”. Y según el Banco Mundial, en 2015 cerca de 970 millones de personas seguirán viviendo con menos de 1,25 dólares al día. África subsahariana y Asia meridional acumularán, cada una, aproximadamente el 40% del total de la población de los países en desarrollo que vive en la pobreza extrema. Pero no se trata únicamente de desequilibrios entre países: es preciso salir también al paso de las fuertes discriminaciones y segregación social que se dan en el seno de una misma sociedad y, muy en particular, de las que afectan a las mujeres en la mayor parte del planeta (ver Igualdad de género).

El rechazo de estas desigualdades está dando ya lugar a amplios movimientos de protesta contra el control que ejercen el sistema financiero global y las grandes empresas sobre la economía, al servicio de intereses particulares y la consiguiente acumulación de riqueza en muy pocas manos, degradando el bienestar de los pueblos y la misma democracia. Podemos referirnos así, entre otros ejemplos al “movimiento de los indignados” en España o Portugal, al “Occupy movement” surgido en Nueva York, pero que se ha extendido a numerosos países. Se trata de movimientos de protesta inicialmente locales que muestran la posibilidad de un activismo ciudadano global por sociedades más justas y sostenibles y, en definitiva por la transición a la Sostenibilidad (Leach, 2013).

Índices para la medida de las crecientes desigualdades

Para contribuir al estudio de las desigualdades en una sociedad dada, se ha introducido el llamado Coeficiente de Gini, ideado por el experto en estadística italiano Corado Gini, que consiste en un número entre 0 y 1, en donde el 0 correspondería a una desigualdad nula (todas las personas tendrían los mismos ingresos) y 1 indicaría la mayor desigualdad posible (una persona tendría todos los ingresos y los demás ninguno). A menudo se maneja el índice de Gini, que es el coeficiente de Gini expresado en porcentaje. La mayoría de los países europeos y Canadá tienen coeficientes entre 0.30 y 0.35, mientras que el de EEUU supera 0.45 y los países africanos y de América Latina tienen, en general, coeficientes aún mayores. Particularmente útil resulta el estudio de la evolución del coeficiente Gini, en la medida en que revela tendencias. Muestra, por ejemplo, la evolución hacia una igualdad mayor que tuvo lugar en Cuba desde 1953 hasta 1986 (de 0.55 a 0.22) y el crecimiento de la desigualdad en los Estados Unidos en las últimas tres décadas durante las cuales el coeficiente pasó de 0.35 en los setenta a más de 0.45 actualmente (¡y sigue subiendo!).

Otro índice de interés para el estudio de las desigualdades es el Índice de movilidad social (también llamado de elasticidad intergeneracional), que mide la relación existente entre los ingresos de las personas y los de sus padres. En realidad debería denominarse índice de inmovilidad social puesto que se le da un valor cero cuando no hay relación alguna entre los ingresos de los miembros de una generación y los de la precedente -es decir cuando la movilidad social es total- y valor 1 cuando la renta de las personas depende totalmente de la de sus padres.

En contra de lo que se suele afirmar, el mito norteamericano del “self made man” (también conocido como del “Gran Gatsby”, personaje de la novela del mismo nombre de Scott Fitzgerald que consigue llegar a millonario gracias a su voluntad y esfuerzo) no responde a la realidad, ni en Estados Unidos ni en otros países con grandes desigualdades. Dicho con otras palabras, las grandes desigualdades se acompañan de elevada rigidez social: los millonarios son hijos de millonarios y los hijos de pobres están estadísticamente condenados a ser pobres. Eso es lo que muestra la llamada curva del Gran Gatsby, que relaciona el índice de Gini con el de (in)movilidad social (ver figura adjunta).

Como se aprecia en esta figura, son los países con mayores desigualdades (alto índice de Gini) los de menor movilidad social. En definitiva, las desigualdades sociales tienden a reproducirse en el seno de cada país.

http://4.bp.blogspot.com/-LcdrHXhBcYQ/UTJcJBAdjYI/AAAAAAAACWE/VVLAeKvB7Xw/s1600/greatGatsby.png

Pero las diferencias más graves se dan entre las distintas regiones del planeta. Jeffrey Sachs, profesor de Desarrollo Sostenible del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia y asesor especial de Kofi Annan, en su libro dedicado a la lucha contra la pobreza y la marginación en el mundo, señala: “Actualmente, más de ocho millones de personas mueren todos los años en todo el mundo porque son demasiado pobres para sobrevivir (...) La enorme distancia que hoy separa a los países ricos de los pobres es un fenómeno nuevo, un abismo que se ha abierto durante el período de crecimiento económico moderno. En 1820, la mayor diferencia entre ricos y pobres –en concreto, entre la economía puntera del mundo de la época, el Reino Unido y la región más pobre del planeta, África- era de cuatro a uno, en cuanto a la renta per cápita... En 1998, la distancia entre la economía más rica, Estados Unidos, y la región más pobre, África, se había ampliado ya de veinte a uno” (Sachs, 2005 pp.25 y 62). En definitiva, un quinto de la humanidad vive confortablemente mientras otro quinto sufre la mayor de las penurias (con una renta inferior a un dólar por día) y más de la mitad está por debajo del umbral de la pobreza (menos de dos dólares diarios).

Resultados publicados recientemente en el libro El capital en el siglo XXI (Piketty, 2014), confirman, a partir de cuidadosos análisis, cómo se ha producido la concentración de la riqueza y su distribución durante los últimos 250 años (ver Economía y Sostenibilidad). El estudio muestra que cuando la tasa de acumulación de la riqueza crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad entre ricos y pobres aumenta, señalando que en el actual sistema económico la riqueza heredada siempre tendrá más valor que lo que un individuo pueda ganar en una vida. No es la primera vez que se muestra que estamos sufriendo un pronunciado aumento de la desigualdad, ni tampoco la primera que señala el contraste entre el lento crecimiento de los ingresos de la mayoría de la población y el espectacular ascenso de las rentas de las clases altas, pero sí es la primera investigación que constata que, en el caso de estos últimos, el crecimiento de la riqueza no es fruto de su trabajo sino fundamentalmente de la herencia recibida, rompiendo con el mito sobre la “ética” de ganar dinero y que el capitalismo mejora la vida de todos. En contra de la percepción mayoritaria del siglo XX como una época en la que disminuyó la desigualdad, lo cierto es que en términos reales no dejó de crecer y, como el estudio señala, la tendencia de este sistema económico es concentrar cada vez más riqueza en manos de cada vez menos personas. En definitiva, la desigualdad económica del siglo XXI está en aumento y se acelera a un ritmo peligroso.

Todo ello es convergente con el informe del PNUD 2013-2014: Nuevas Alianzas para el Desarrollo (http://www.undp.org/content/undp/es/home/librarypage.html), en el que se insiste en que el mundo hace frente a la persistencia de niveles altos de desigualdad y exclusión. “Actualmente, el 75% de las personas del mundo vive en sociedades en que los ingresos están distribuidos de forma menos equitativa que hace 20 años. (…) Muchas de las personas que han dejado la pobreza atrás siguen siendo vulnerables a recaer en ella rápidamente cuando se enfrentan con un revés importante de salud, patrimonio o perspectivas de empleo. La marginación de larga data ha excluido sistemáticamente a algunos grupos, como las mujeres y los jóvenes, de las aspiraciones a una vida mejor y más digna. Los conflictos, los desastres naturales, el cambio climático y las crisis ambientales pueden borrar decenios de logros del desarrollo, a veces en un solo instante catastrófico”.

A pesar de los avances sociales y económicos en las dos últimas décadas, América Latina sigue siendo la región más desigual y más insegura del mundo. El Informe Regional de Desarrollo Humano para América Latina 2013-2014 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (http://www.latinamerica.undp.org/content/rblac/es/home/idh-regional/)  revela nuevos datos sobre como la delincuencia y la violencia impactan la región y destaca una serie de recomendaciones políticas para la mejora efectiva en la seguridad ciudadana.

Desigualdades en el consumo y en el acceso a derechos básicos

Quizás sea en las diferencias en el consumo donde las desigualdades aparecen con mayor claridad, como podemos ver en estos datos estimativos: por cada unidad de pescado que se consume en un país pobre, en un país rico se consumen 7; para la carne la proporción es 1 a 11; para la energía 1 a 17; para las líneas de teléfono 1 a 49; para el uso del papel 1 a 77; para automóviles 1 a 145. El 65% de la población mundial nunca ha hecho una llamada telefónica… ¡y el 40% no tiene ni siquiera acceso a la electricidad! Un dato del consumo que impresiona particularmente, y que resume muy bien las desigualdades, es que un niño de un país industrializado va a consumir en toda su vida lo que consumen 50 niños de un país en desarrollo.

Particular incidencia tiene en el sobreconsumo de los países desarrollados y sus consecuencias ambientales y sociales el modelo alimentario que se ha generalizado en dichos países (Bovet et al., 2008). Un modelo caracterizado, entre otras cosas, por (Ver Desarrollo Rural y Sostenibilidad):

  • Una agricultura intensiva, industrializada, que desplaza a los pequeños productores y es objeto de especulaciones financieras que provocan crisis alimentarias, al tiempo que utiliza grandes cantidades de abonos y pesticidas y recurre al transporte por avión de productos fuera de estación, con la consiguiente contaminación y degradación del suelo cultivable;
  • La inversión de la relación vegetal/animal en las fuentes de proteínas, con fuerte caída del consumo de cereales y leguminosas y correspondiente aumento del consumo de carnes, productos lácteos, grasas y azúcares. Se trata de una opción de muy baja eficiencia porque, como ha señalado Jeremy Rifkin, hay que producir 900 kilos de comida para obtener 1 kilo de carne (¡), a lo que hay que añadir que se necesitan unos 16000 litros de agua. En definitiva, se perjudica la alimentación de muchos más seres humanos y se eleva el consumo de energía, de modo que la industria de la carne es responsable de más emisiones de CO2 que la totalidad del transporte;
  • La refinación de numerosos productos (azúcares, aceites…), con la consiguiente pérdida de componentes esenciales como vitaminas, fibras, minerales, con graves consecuencias para la salud;
  • Un gravísimo desperdicio de alimentos que coexiste con hambrunas crónicas: según datos de la FAO, la basura es el destino de, por ejemplo, un tercio de los alimentos que se producen en Europa; y en Estados Unidos, cerca del 50% de todos los alimentos cosechados se pierden anualmente antes de ser consumidos. Y no es un problema exclusivo de los países desarrollados: en algunas partes de India, por ejemplo, la falta de espacios adecuados para almacenar alimentos provoca enormes desperdicios. De hecho alrededor de un tercio de los alimentos que se producen en todo el mundo no llegan a ser aprovechados. La FAO ha creado el programa Save Food (http://www.save-food.org/) para combatir este grave problema.

Un creciente consenso global reconoce, pues, la incapacidad del actual sistema agrícola y alimentario mundial para satisfacer las necesidades de los más de 7000 millones de habitantes y de evitar las millones de muertes anuales en los países en desarrollo por desnutrición crónica y la degradación ambiental. “La buena noticia –señala Monique Mikhail (2012)- es que existen soluciones”. En ello insiste fundamentadamente Mia MacDonald (2012): “En colaboración con la sociedad civil, los gobiernos deberían formular alternativas al sistema agrícola mejores para el clima, el medio ambiente, la agricultura familiar y la igualdad alimentaria y de ingresos”.

¿Y qué podemos decir de las diferencias en educación? Mientras en países como el Reino Unido se estudia la forma de lograr que el 90% de los jóvenes sigan estudiando más allá de los 17 años, al terminar el periodo de escolarización obligatoria, millones de niños siguen sin acceder a la alfabetización básica. Se niega el derecho a la educación a millones de niños y, sobre todo, niñas, y se les condena a una vida sin perspectivas… sin que siquiera tenga sentido reclamar la prohibición del trabajo infantil, si ello no va acompañado de otras medidas que garanticen su supervivencia, porque la alternativa suele ser la criminalidad y la prostitución. Y, como reconoce el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), "la educación insuficiente y la falta de acceso a la información hace que a millones de personas de todo el mundo les resulte muy difícil comprender cómo prevenir y curar enfermedades" - desde los problemas respiratorios hasta la malaria o el SIDA- que "merman la productividad de las personas y suelen representar un importante lastre para las familias".

Y va a seguir agravándose la explotación de los ecosistemas hasta dejarlos exhaustos. El PNUD recuerda que "la pobreza suele confinar a los pobres que viven en el medio rural a tierras marginales, contribuyendo así a la aceleración de la erosión, al aumento de la vulnerabilidad ecológica, a los desprendimientos de tierras, etc.". E insiste: "La pobreza lleva a la deforestación por el uso inadecuado de la madera y de otros recursos para cocinar, calentar, construir casas y productos artesanales, privando así a los grupos vulnerables de bienes fundamentales y acelerando la espiral descendente de la pobreza y la degradación medioambiental" (Ver Desarrollo Rural y Sostenibilidad). En resumen, no somos únicamente los consumistas del Norte quienes degradamos el planeta (ver Consumo responsable). Los habitantes del Tercer Mundo se ven obligados, hoy por hoy, a contribuir a esa destrucción, de la que son las principales y primeras víctimas: pensemos, por ejemplo, que se ha demostrado “la relación directa y estrecha entre los procesos de desertificación (que produce hambrunas) y los alzamientos y revueltas populares en el mundo en desarrollo” (Delibes y Delibes, 2005). Pero esta destrucción afectará cada vez más a todos. El PNUD lo ha expresado con nitidez: El bienestar de cada uno de nosotros también depende, en gran parte, de que exista un nivel de vida mínimo para todos.

La desaparición de la pobreza extrema como requisito de sociedades sostenibles

La reducción de la pobreza y la universalización de los Derechos Humanos se convierten así en una necesidad absoluta para la supervivencia de la especie humana y aunque solo sea por egoísmo inteligente es preciso actuar, porque la prosperidad de un reducido número de países no puede durar si se enfrenta a la extrema pobreza de la mayoría (Folch, 1998; Mayor Zaragoza, 2000; Vilches y Gil, 2003; Sachs, 2005). Las sociedades del bienestar, nos recuerda Mayor Zaragoza, no podrán mantener permanentemente lejos de sus fronteras las inmensas bolsas de miseria y se generarán focos de inmigración imparables (ver Evitar Conflictos y violencias). Como señala Yunus (2005), la pobreza es una creación de los seres humanos y, en consecuencia, ellos son quienes tienen capacidad y posibilidad de solucionarla.

Esta pobreza extrema está vinculada al conjunto de problemas que caracterizan la situación de emergencia planetaria, desde la degradación de los ecosistemas o el agotamiento de los recursos a la explosión demográfica y se traduce en enfermedades, hambre literal y, en definitiva, en baja esperanza de vida.

Por lo que se refiere a las enfermedades, en las últimas décadas del siglo XX hemos asistido a un fuerte rebrote de las parasitarias asociado a las dificultades de acceso al agua potable y a carencias en los servicios de salud. Las grandes concentraciones humanas, que el crecimiento demográfico y la urbanización desordenada y especulativa han propiciado, han favorecido la extensión de enfermedades víricas como el SIDA, provocando fuertes descensos en la esperanza de vida en países como Zambia (¡apenas 37 años de esperanza de vida!), Malawi (39) o Mozambique (40).

Pero incluso sin esa incidencia del SIDA, la mayor parte de los países africanos no llega a los 50 años de esperanza de vida, debido, en buena parte, a las enfermedades asociadas a los problemas medioambientales, que afectan sobre todo a las condiciones insalubres de la vivienda y el entorno que se dan en los países pobres: dengue, malaria, infecciones de todo tipo, tuberculosis, etc. Como señala un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de junio de 2006 (http://www.who.int/whr/2006/es/index.html), la cuarta parte de las enfermedades que sufren los habitantes del planeta tienen su origen en problemas medioambientales.

En el informe de 2010 de la OMS, su Directora General transmitía un mensaje optimista: “Todos los países, en todas las etapas de desarrollo, pueden adoptar medidas inmediatas para avanzar más rápidamente hacia la cobertura universal y mantener sus logros”. Sin embargo, en el reciente informe de la OMS (2013) relativo a las estadísticas mundiales se señala: “Cada vez es más evidente que, pese a los importantes progresos realizados, queda mucho por hacer para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio relacionados con la salud. Además, habrá que hacer grandes esfuerzos hasta mucho después de 2015, ya que el mundo se enfrentará a los nuevos retos de mantener y evaluar los progresos útiles, por ejemplo, en materia de aseguramiento del acceso a agua potable y a servicios básicos de saneamiento”.

Según las Estadísticas Sanitarias Mundiales 2014, publicadas la Organización Mundial de la Salud (OMS), las personas están viviendo más años en todo el mundo. Si nos basamos en los promedios mundiales, la esperanza de vida de una niña nacida en 2012 es de alrededor de 73 años, mientras que la de un niño varón nacido el mismo año, es de 68 años. Estas cifras representan seis años más que el promedio mundial de esperanza de vida para un niño nacido en 1990.

 “Una razón importante de la impresionante mejora registrada a nivel mundial en la esperanza de vida es que el número de niños que mueren antes de cumplir los cinco años ha disminuido", dice la Dra. Margaret Chan, Directora General. “Sin embargo, sigue habiendo un considerable desfase entre ricos y pobres: las personas de los países de altos ingresos siguen teniendo muchas más probabilidades de vivir más años que las personas de países de bajos ingresos”. Según dicho informe, se puede prever que un niño varón nacido en 2012 en un país de altos ingresos vivirá hasta la edad de 76 años aproximadamente, lo que representa 16 años más que un niño varón de un país pobre (60 años).

En lo que respecta a las niñas, el desfase es incluso mayor, ya que la diferencia entre la esperanza de vida en los países de altos ingresos (82 años) y en los países de bajos ingresos (63 años) es de 19 años. También en los informes de la OMS podemos ver que el surgimiento o agravamiento de problemas como la resistencia a los antimicrobianos, la lucha contra la hepatitis, el VIH, el brote de enfermedades como el ébola, etc., y la efectividad de las medidas propuestas, tienen mucho que ver con las desigualdades entre países. Y no podemos olvidar que las enfermedades transmitidas por vectores afectan a las poblaciones más desfavorecidas, en particular cuando hay falta de acceso a viviendas adecuadas, agua de bebida salubre y saneamiento. Las personas con malnutrición y las que tienen un sistema inmunitario debilitado son especialmente vulnerables.

Y junto a la enfermedad, el hambre, la desnutrición, potenciándose mutuamente. Cada año mueren en el mundo 15 millones de niños por causas relacionadas con el hambre, lo que supone una cifra de 40000 muertes diarias. Más de la cuarta parte de las poblaciones asiáticas y africanas sufre tal desnutrición que queda indefensa frente a las enfermedades y no es posible el normal desarrollo físico y mental de los niños. Y esta situación alimentaria mundial se está agravando con la compra de tierras cultivables en los países en desarrollo por parte de grandes empresas, con lo que los más pobres pierden sus tierras y el acceso al agua, mientras suben los precios de los alimentos en los mercados internacionales.

Esta hambre crónica, permanente, es mucho más grave que esas hambrunas que los medios de comunicación airean periódicamente, dando la impresión de que se trata de puntuales desabastecimientos, atribuibles a los propios países en los que se padece el hambre. Se dice, por ejemplo, que en el Cuerno de África, mientras se producía la hambruna de principios de los 80, esos países estaban exportando algodón, caña de azúcar, café y otros cultivos. Y en 1998, Indonesia exportaba 4 millones de toneladas de arroz, a pesar de que el país sufría la peor sequía de los últimos 50 años y de que 40 millones de indonesios sufrían desnutrición. ¿Cómo es posible -se preguntan algunos- que el 80% de los niños hambrientos en el mundo en desarrollo vivan, según la FAO, en países con excedentes en los alimentos?

La pregunta, por supuesto, la deberíamos extender al conjunto de países, porque el 100% de los niños hambrientos viven en un planeta en el que el número de obesos ha alcanzado al de desnutridos; por primera vez en la historia 1200 millones de personas de los más de 7000 que habitan la Tierra comen más de lo que necesitan mientras que una cantidad idéntica padece hambre (Vilches y Gil, 2003).

En definitiva, las enfermedades y el hambre endémica son causa de grandes sufrimientos en numerosas partes del mundo, debilitando y matando a cientos de millones de personas. Algo inaceptable cuando existe la tecnología adecuada para alimentar al conjunto de los seres humanos con dietas sostenibles (Worldwatch Institute, 2011) y cuando en las sociedades “desarrolladas” se desperdicia más comida de la necesaria para alimentar a los que hoy pasan hambre, como documenta Tristram Stuart (2011) en su libro “Despilfarro”.
De hecho, estudios fiables de muy diversa procedencia (PNUD, Banco Mundial…) prueban que se podría erradicar la pobreza extrema, con sus secuelas de enfermedad, hambre, analfabetismo… con inversiones relativamente modestas. Por ejemplo, se sabe que con un gasto adicional de únicamente 13000 millones de dólares se resolverían los problemas de salud y nutrición del conjunto de la población mundial. Con 9000 millones habría agua y saneamiento para todos. La escolarización de todos los niños y niñas supondría un coste adicional de 6000 millones. Y con 12000 millones se haría frente a los problemas de salud reproductiva que ayudarían a regular la demografía. En total, tan solo unos 40000 millones de dólares. Según eso, con el 5% del gasto militar mundial se cubrirían todos los gastos imprescindibles que hemos enumerado.

Como ha escrito Federico Mayor Zaragoza “es inaceptable que un mundo que gasta aproximadamente 800000 millones de dólares al año en armamento no pueda encontrar el dinero - estimado en 6000 millones- para dar escuelas a todos los niños en el año 2000”. Y añade otras preguntas similares relativas, por ejemplo, a lo que costaría inmunizar a todos los niños de los países en desarrollo de la larga lista de enfermedades que les amenazan: una cifra que representa el gasto militar de un solo día en el mundo. Y es igualmente inaceptable que la deuda externa siga atenazando a los países en desarrollo, mientras se ignora la deuda ecológica que los países desarrollados han contraído con el resto del planeta “por la utilización masiva que han hecho de sus recursos forestales, mineros y, en general, de su biodiversidad, así como por la ocupación de su espacio ambiental con residuos” (Novo, 2006).

En el Informe sobre Desarrollo Humano 2014 “Sostener el progreso humano: reducir vulnerabilidades y construir resiliencia”, se muestran grandes desequilibrios al señalar que más del 15% de la población mundial sigue siendo vulnerable a la pobreza multidimensional, 2200 millones de personas son pobres o se encuentran al borde de la pobreza. Al mismo tiempo, casi el 80% de la población mundial no cuenta con una protección social integral. Alrededor del 12% (842 millones) de la población padece hambre crónica y casi la mitad de los trabajadores (más de 1500 millones) tienen empleos informales o precarios. El informe señala: “En el período previo a la agenda para el desarrollo post-2015 y la aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la comunidad internacional tiene una oportunidad sin precedentes para convertir la reducción de la vulnerabilidad en una prioridad en los marcos de desarrollo internacionales”.

Iniciativas en la lucha contra la pobreza

El problema no es, pues, fundamentalmente económico, sino de prioridades. Como señala la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), acabar con el hambre y la pobreza debe ser una prioridad para todos. Un objetivo que requiere, se señala, la creación de una Alianza Internacional contra el Hambre, contra la pobreza y por el logro de la seguridad alimentaria del conjunto de la población mundial. Una seguridad alimentaria que, de acuerdo con la FAO, exige que todas las personas tengan acceso físico y económico, en todo momento, a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades. A este respecto la FAO ha introducido el concepto de ADSR (Agricultura y desarrollo rural sostenibles), definiéndolo como un proceso que cumple con los siguientes criterios (http://www.fao.org/wssd/sard/faodefin_es.htm):

  • Garantiza que los requerimientos nutricionales básicos de las generaciones presentes y futuras sean atendidos cualitativa y cuantitativamente, al tiempo que provee una serie de productos agrícolas.
  • Ofrece empleo estable, ingresos suficientes y condiciones de vida y de trabajo decentes para todos aquellos involucrados en la producción agrícola.
  • Mantiene, y allí donde sea posible, aumenta la capacidad productiva de la base de los recursos naturales como un todo, y la capacidad regenerativa de los recursos renovables, sin romper los ciclos ecológicos básicos y los equilibrios naturales.
  • Reduce la vulnerabilidad del sector agrícola frente a factores naturales y socioeconómicos adversos y otros riesgos y refuerza la autoconfianza (Ver Desarrollo Rural y Sostenibilidad).

Se precisa por ello una auténtica movilización ciudadana y la participación en todo tipo de acciones como la denominada Campaña Pobreza Cero o las relacionadas con la Ayuda al Desarrollo, la cancelación de la Deuda Externa, la extensión de los programas de microcréditos, basados en la experiencia del Grameen Bank impulsado por Muhammed Yunus (Premio Nobel de la Paz), que pretenden contribuir a la resolución de la “exclusión social” (pobreza, hambre y marginación social), etc. (Ver Economía y Sostenibilidad). A ello pretende contribuir también la Transferencia condicionada de dinero o Transferencia monetaria condicionada (CCT por sus siglas en inglés, Conditional Cash Transfer), quees parte de una nueva generación de programas, surgidos en los años 90 para combatir la pobreza extrema y romper con la reproducción de la pobreza generación tras generación. Con ese fin se otorga dinero a madres de familias sin recursos, a cambio del cumplimiento de una serie de condiciones vinculadas a la salud, la educación y la nutrición de sus hijos. Se pretende así que la ayuda monetaria contribuya a la acumulación de capital humano.

A ello se añaden otras iniciativas como la Save Food (http://www.save-food.org/) promovida por la FAO para combatir el gravísimo problema que supone el desperdicio de un tercio de los alimentos que se producen en el planeta (Stuart, 2011).

La responsabilidad en la lucha contra la pobreza y las desigualdades extremas corresponde, por supuesto, al conjunto de la sociedad. Puede lograrse, en parte, con sistemas fiscales justos y progresivos que permitan recaudar los fondos necesarios para cubrir las necesidades básicas del conjunto de la población, en particular mediante servicios públicos gratuitos y reducir así desigualdades inaceptables. Junto a este mecanismo de redistribución de la riqueza, Jacob Hacker ha desarrollado el concepto de predistribución que supone una apuesta por evitar que se produzcan dichas desigualdades. Lo esencial, en todo caso, es que se haga realidad el compromiso adquirido por los líderes mundiales en la llamada Cumbre del Milenio de Naciones Unidas, celebrada en septiembre de 2000, para reducir la pobreza, la enfermedad, el hambre, el analfabetismo y la degradación del medio ambiente, reflejado en el documento “Nosotros, los pueblos: la función de Naciones Unidas en el siglo XXI”, que fue la base de la Declaración del Milenio. Un compromiso que, aunque hasta aquí no se está traduciendo suficientemente en hechos, alimenta la esperanza de que es posible acabar con la pobreza en el mundo y alcanzar un Desarrollo Sostenible para toda la humanidad (Sachs, 2005 y 2008). Ello exige una profunda [r]evolución por la Sostenibilidad, una remodelación del sistema productivo que apueste por la cooperación (en su sentido más amplio, que incluye al conjunto de la biosfera y a las generaciones futuras) frente a la competitividad destructiva en defensa de intereses particulares a corto plazo (ver Economía y Sostenibilidad). En caso contrario los conflictos acabarán afectándonos a todos (Folch, 1998; Mayor Zaragoza, 2000).

(Se puede ampliar sobre el tema en http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs290/es/ en el informe de la OMS sobre los progresos realizados con respecto a los ODM en torno a temas de la salud).

Ban Ki-moon en el prólogo del informe de 2012 de Naciones Unidas, de los Objetivos del Desarrollo del Milenio señalaba:

En el informe de este año sobre la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio destacan varios hitos. La meta de reducir la pobreza extrema a la mitad se ha logrado cinco años antes del plazo fijado de 2015, y asimismo la de reducir a la mitad el porcentaje de personas que carecen de un acceso confiable a fuentes de agua potable mejoradas. Las condiciones en las que viven más de 200 millones de personas en los tugurios han mejorado, lo cual es el doble de la meta marcada para 2020. La matriculación de niñas en la enseñanza primaria ha igualado a la de los niños y se ha visto un avance acelerado en la reducción de la mortalidad materna y de los niños menores de 5 años. Estos resultados representan una tremenda reducción en el sufrimiento humano y constituyen una clara corroboración del enfoque dado a los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Pero continúa advirtiendo:

Sin embargo, no hay que bajar la guardia. Las proyecciones indican que en 2015 más de 600 millones de personas de todo el mundo seguirán careciendo de acceso a agua potable segura, casi mil millones vivirán con un ingreso de menos de 1,25 dólares al día, habrá madres que morirán durante el parto, cuando ello puede evitarse, y habrá niños que sufrirán y morirán de enfermedades prevenibles. El hambre continuará siendo un problema mundial, y asegurar que todos los niños puedan completar la enseñanza primaria seguirá siendo una meta fundamental pero no cumplida que afectará negativamente al resto de los objetivos. La falta de condiciones de saneamiento seguras está obstaculizando los avances en salud y nutrición, la pérdida de biodiversidad avanza a un ritmo acelerado y las emisiones de gases de efecto invernadero siguen siendo una gran amenaza para la población y para los ecosistemas. (…) Alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio para 2015 es difícil pero no imposible. Depende mucho de que se cumpla el Objetivo 8: la Alianza mundial para el desarrollo. No debe permitirse que las actuales crisis económicas que afectan a gran parte de los países desarrollados ralenticen o reviertan los avances conseguidos. Aprovechemos al máximo los éxitos que hemos logrado hasta ahora y no cejemos hasta haber alcanzado todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Es por ello que el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, lanzó en agosto de 2012 la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible, una nueva red mundial, de carácter independiente (http://unsdsn.org/), integrada por centros de investigación, universidades e instituciones técnicas. Como parte del mandato de la ONU para después del año 2015 y de la Conferencia Río + 20, la red, que pretende el establecimiento de unos nuevos y ambiciosos Objetivos de Desarrollo Sostenible, está dirigida por el profesor Jeffrey Sachs, director del Earth Institute y Asesor Especial del Secretario General de la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (http://www.un.org/spanish/millenniumgoals/) .

Todas y todos tenemos, pues, el deber de participar en acciones sociopolíticas para que los gobiernos cumplan los compromisos del milenio de ayuda al Tercer Mundo y de defensa de la Sostenibilidad y de implicarnos - tal como se ha propuesto en la Cumbre de la Tierra, Rio+20 de junio 2012- en el establecimiento de unos Objetivos de Desarrollo Sostenible que permitan evaluar y potenciar los avances en la transición a la Sostenibilidad (ver Educación para la Sostenibilidad, Gobernanza universaly Ciencia de la Sostenibilidad).

Referencias en este tema “Reducción de la pobreza”

BOVET, P., REKACEWICZ, P, SINAÏ, A. y VIDAL, A. (Eds.) (2008). Atlas Medioambiental de Le Monde Diplomatique. París: Cybermonde.
COMISIÓN MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE Y DEL DESARROLLO (1988). Nuestro Futuro Común. Madrid: Alianza.
CORTINA, A. y PEREIRA, G. (Eds.) (2009). Pobreza y libertad. Erradicar la pobreza desde el enfoque de Amartya Sen. Madrid: Tecnos.
DELIBES, M. y DELIBES DE CASTRO, M. (2005). La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? Barcelona: Destino.
FOLCH, R. (1998). Ambiente, emoción y ética. Barcelona: Ed. Ariel.
LEACH, M. (2013). Vías hacia la sostenibilidad: desarrollando estrategias políticas. En Worldwatch Institute, The State of the World 2013: Is Sustainability Still Possible? New York: W.W. Norton. (Versión en castellano con el título “¿Es aún posible lograr la Sostenibilidad?”, editada en Barcelona por Icaria). Capítulo 22.
MacDONALD, M. (2012). Equidad y seguridad alimentaria en un mundo condicionado por el clima. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 14).
MAYOR ZARAGOZA, F. (2000). Un mundo nuevo. Barcelona, UNESCO. Círculo de lectores.
MIKHAIL, M. (2012). Cultivar un futuro sostenible. En Worldwatch Institute La situación del mundo 2012. Hacia una prosperidad sostenible. Barcelona: Icaria. (Capítulo 13).
NOVO, M. (2006). El desarrollo sostenible. Su dimensión ambiental y educativa. Madrid: UNESCO-Pearson. Capítulo 3.
ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD (2013). Estadísticas Sanitarias Mundiales 2013. OMS, WHO. ISBN: 978- 92- 4- 356458- 6 (http://www.who.int/publications/es/).
PIKETTY, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century. Cambridge, MA: Belknap Press.
SACHS, J. (2005). The End of Poverty. New York: Penguin Press. (Versión en castellano: El fin de la pobreza. Cómo conseguirlo en nuestro tiempo. Barcelona: Debate).
SACHS, J. (2008). Economía para un planeta abarrotado. Barcelona: Debate.
SEN, A. y KLIKS BERG, B. (2007). Primero la gente, Barcelona: Deusto.
STUART, T. (2011). Despilfarro. Madrid: Alianza Editorial.
VILCHES, A. y GIL, D. (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. Madrid: Cambridge University Press. Capítulo 10.
WORLDWATCH INSTITUTE (2011). La situación del mundo. Innovaciones que alimentan el planeta. Barcelona: Icaria.
YUNUS, M. (2005). Grameen Bank at a glance. Chittagong, Bangladesh: Packages Co. Limited.

Cita recomendada
VILCHES, A., GIL PÉREZ, D., TOSCANO, J.C. y MACÍAS, O. (2014). «Reducción de la pobreza» [artículo en línea]. OEI. ISBN 978-84-7666-213-7. [Fecha de consulta: dd/mm/aa].
<http://www.oei.es/decada/accion.php?accion=6>

Algunos enlaces de interés en este tema "Reducción de la pobreza"

Nota: En Internet se encuentra abundante información, fácilmente accesible, acerca de la problemática abordada en este tema. A título de ejemplo, damos los enlaces de una serie de webs de posible interés, advirtiendo, sin embargo, que algunas de ellas pueden dejar de estar accesibles en el enlace proporcionado.

Alianza Internacional contra el Hambre
Campaña Pobreza Cero
Cumbre Mundial sobre Alimentación
Informe 2012 Objetivos del Desarrollo del Milenio
Informe 2013 Objetivos del Desarrollo del Milenio
Informe 2014 del PNUD sobre Desarrollo Humano
Informe Anual 2013-2014 Nuevas Alianzas para el Desarrollo
Objetivos del Desarrollo del Milenio
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)
Organización Mundial de la Salud (OMS)
Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible
UNESCO, Portal de la Década de la Educación para Un Desarrollo Sostenible, Erradicación de la pobreza

Este espacio irá incorporando otros materiales, documentos, enlaces, foros y otras informaciones de interés. Les invitamos a remitir sus aportaciones que serán entregadas al Comité Académico para su valoración.

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