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Boletín Nº 97

Combatir las desigualdades: Un requisito imprescindible para la transición a la Sostenibilidad

Cuando se plantea la urgente necesidad de una transición a la Sostenibilidad para hacer frente a la actual situación de emergencia planetaria, se suele pensar en problemas como el cambio climático, el agotamiento de recursos esenciales (energéticos, minerales, agua, capa fértil del suelo…), la contaminación sin fronteras que está degradando todos los ecosistemas, o la pérdida de biodiversidad. Otros problemas como el hambre o la pobreza extrema de millones de seres humanos parecen pertenecer a otro ámbito, el del sufrimiento de nuestros semejantes, que reclama solidaridad, pero sin vincularlo a la supervivencia de nuestra especie. Al fin y al cabo, se argumenta, el hambre y la pobreza de muchos han estado presentes a lo largo de la historia y prehistoria de la humanidad, mientras que el agotamiento de recursos o el cambio climático constituyen problemas que responden a la muy reciente capacidad de la especie humana para provocar cambios notables en el planeta, como la composición de su atmósfera, que afectan a toda la biosfera.

Sin embargo, comienza a comprenderse que no hay tales diferencias: también el comportamiento depredador y contaminante ha acompañado a la evolución de la especie humana desde sus mismos orígenes. Y si solo recientemente ha adquirido capacidad para alterar la Tierra de forma sustancial, algo similar ocurre con las desigualdades, que se han convertido ahora, como muestran estudios científicos convergentes, en una causa mayor de creciente insostenibilidad.

En efecto, el estudio de las desigualdades y de su contribución a la insostenible situación de emergencia planetaria se ha convertido recientemente en una de las prioridades para la comunidad científica. Baste mencionar que la prestigiosa revista científica Nature acaba de publicar, con fecha del 23 de mayo de 2014, un número especial dedicado íntegramente a las desigualdades (http://www.sciencemag.org/site/special/inequality/), que proporciona y analiza abundante información contrastada acerca de los orígenes, consecuencias y futuro de la desigualdad en el planeta. Y podemos referirnos igualmente al enorme impacto científico y mediático provocado por la publicación del libro del investigador francés Thomas Piketty “Le capital au XXIe Siècle”, traducido ya al inglés y de pronta aparición en castellano, que basándose en datos de más de 200 años, muestra con rigor empírico un crecimiento de la desigualdad que intensifica gravemente las tensiones sociales.

Basándose en estudios como estos, la ONG Oxfam ha publicado este mismo año 2014 su informe 178 en el que denuncia la extrema división de la riqueza mundial: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte (pero de forma nada equitativa) entre el 99% restante. Esta masiva concentración de los recursos económicos en manos de unos pocos se acompaña –señala el informe- del debilitamiento de las instituciones políticas, con gobiernos que sirven abrumadoramente a las élites económicas en detrimento del interés general, lo que supone una gran amenaza para el logro de sistemas políticos y económicos inclusivos y sostenibles.

Ya a fines del siglo XX, el Banco Mundial, del que era primer vicepresidente Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía en 2001), señalaba con preocupación el peligro de que la pobreza acabara estallando “como una bomba de relojería” y Federico Mayor Zaragoza, Director de Unesco, advertía de que las sociedades del bienestar no podrían mantener permanentemente lejos de sus fronteras las inmensas bolsas de miseria. Esta pobreza extrema está estrechamente vinculada al conjunto de problemas que caracterizan la situación de emergencia planetaria, desde la degradación de los ecosistemas o el agotamiento de los recursos a la explosión demográfica y se traduce en enfermedades, hambre y, en definitiva, en baja esperanza de vida. (Ver Reducción de la pobreza).

Es preciso reconocer hoy que la posibilidad de esa catástrofe anunciada ha seguido creciendo, exigiendo la adopción, cada vez más necesaria y más urgente, de medidas correctoras de las desigualdades extremas. En ello insiste Jeffrey Sachs, asesor especial de Kofi Annan, en su libro El fin de la pobreza (2005). Sachs comienza señalando la gravedad del problema: “La enorme distancia que hoy separa a los países ricos de los pobres es un fenómeno nuevo, un abismo que se ha abierto durante el período de crecimiento económico moderno. En 1820, la mayor diferencia entre ricos y pobres –en concreto, entre la economía puntera del mundo de la época, el Reino Unido y la región más pobre del planeta, África- era de cuatro a uno, en cuanto a la renta per cápita... En 1998, la distancia entre la economía más rica, Estados Unidos, y la región más pobre, África, se había ampliado ya de veinte a uno”. Pero su libro, cuyo título completo es  “El fin de la pobreza. Como lograrlo en nuestro tiempo”, se centra, sobre todo, en las medidas necesarias y posibles para acabar con la pobreza extrema.

Sabemos, en efecto, que existen medidas fundamentadas y cuya efectividad, allí donde han sido parcialmente aplicadas, ya ha sido constatada por estudios empíricos como el citado de Joseph Piketty. Una de las medidas más efectivas ha consistido en la distribución de la riqueza en forma de servicios públicos universales, financiados mediante impuestos progresivos, para cubrir las necesidades básicas del conjunto de la población, como sanidad, educación, derecho a vacaciones pagadas y al seguro de desempleo, sistema accesible de transporte, bibliotecas, espacios para practicar deportes, y un largo etcétera que incluye, de forma destacada, el derecho a un ambiente saludable.

Como explica Tony Judt en su libro Algo va mal, “Desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970, las sociedades avanzadas de Occidente se volvieron cada vez menos desiguales. Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales y garantías contra las situaciones de crisis, las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza”. No fue una conquista fácil y exigió duras batallas sindicales y políticas que dieron lugar, en dichas sociedades, a legislaciones progresistas que regularon el sistema bancario, establecieron salarios mínimos, topes a los horarios laborables… y, muy particularmente, introdujeron sistemas fiscales que permitían sufragar los costes de los servicios públicos. Se había producido una transición, con palabras del político laborista inglés Anthony Crosland, desde “la convicción inexorable de que cada cual debía valerse por sí mismo y la fe en el individualismo a la creencia en la acción colectiva y la participación”.

El sistema tributario progresivo constituyó, pues, una conquista social extraordinaria que permitía recaudar ingentes sumas entre los más ricos para subvencionar el llamado “Estado de bienestar”. Es verdad que estas políticas solo afectaban a menos del 20% de la humanidad y que se necesitaba extenderlas al conjunto de la población del planeta con, entre otras cosas, políticas de cooperación y ayuda a los países en desarrollo. Pero acuerdos como la cesión por los países desarrollados del 0.7% del PIB para Ayuda al Desarrollo quedaron en meros compromisos voluntarios jamás satisfechos, si exceptuamos algún pequeño país del norte de Europa. Lo mismo se puede decir del escaso eco del movimiento mundial en favor de la cancelación de la deuda contraída por los países pobres con sus acreedores.

Las conquistas sociales del estado de bienestar quedaron limitadas, pues, a un reducido número de países. Es más, desde los años 70 del siglo pasado comenzó una potente campaña ideológica para hacer resurgir el entusiasmo por el beneficio individual, la desregulación de los mercados y la privatización de los servicios, todo ello acompañado por una fuerte reducción de los impuestos pagados por los más ricos. Así, en EEUU, donde las rentas más altas llegaron a pagar hasta un 90% de impuestos en los años 50, se bajaron a menos del 30% en la época de Reagan. La situación es tan escandalosa y, a la larga, tan perjudicial para todos, incluidos los actuales súper millonarios, que algunos de estos, movidos por lo que podemos considerar un “egoísmo inteligente”, han empezado a reclamar otra política fiscal. Un hecho que ha tenido gran repercusión mediática a este respecto ha sido el artículo publicado en el New York Times por el financiero Warren Buffet, denunciando que habiendo ganado él 46 millones de dólares, sólo tuviera que pagar el 17,5% de impuestos federales, mientras que su secretaria, que ganaba 60.000 dólares, pagaba el 33%.

Lamentablemente, el discurso ideológico de “bajar los impuestos nos beneficia a todos” ha calado en buena parte de las sociedades desarrolladas, y los mismos gobiernos que están recortando derechos sociales y desmantelando el estado de bienestar, ofrecen como incentivo electoralista nuevas bajadas de impuestos… que benefician selectivamente a los más ricos e imposibilitan mantener servicios públicos de calidad.

Frente a ello es preciso hacer pedagogía de los impuestos como una inversión social que permite al conjunto de la ciudadanía acceder a servicios a los que individualmente muy pocos tendrían acceso. Es necesario mostrar que el rechazo de los impuestos es promovido por quienes están en contra de los servicios públicos y prefieren que “cada palo aguante su vela”. Es decir, es promovido por quienes tienen fortuna para atender a sus necesidades educativas, sanitarias, culturales… y prefieren mantener sus privilegios contra el interés general. Desgraciadamente, su engañosa argumentación anti impuestos (“el Estado nos roba a todos”, “sin impuestos cada cual dispondría de más dinero”, etc.), cala en la sociedad y conecta con un rechazo popular históricamente justificado, pues originalmente los impuestos estaban destinados prioritariamente a subvencionar la opulencia de la “nobleza”, sus palacios, sus ejércitos…

Hacer pedagogía de los impuestos progresivos exige clarificar estas cuestiones, mostrar su necesidad como instrumento para luchar contra las desigualdades. Y demanda, además, transparencia en los presupuestos, es decir, en el uso de los recursos recolectados, así como posibilidad de participación en la fijación de su destino. Cabe saludar por ello la Agenda Post 2015 de Naciones Unidas, que hace de la erradicación del hambre y de la lucha contra las desigualdades extremas en el planeta uno de los objetivos fundamentales para el logro de sociedades sostenibles (ver Objetivos de Desarrollo Sostenible).

 

Educadores por la sostenibilidad
Boletín Nº 97 30 de junio de 2014
http://www.oei.es/decada/boletin097.php

Congreso2014

 



 


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