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Arocena: “No se puede mantener la inversión en ciencia y tecnología si ellas son ajenas a la realidad de nuestras sociedades”

28 de junio de 2014

Observatorio CTS
En el ámbito de la ciencia y la tecnología, las crisis económicas suelen llevar al primer plano una verdad ignorada durante los tiempos de prosperidad: resulta difícil sostener un alto nivel de inversión en investigación si la propia investigación mantiene una relación distante con su contexto social.

Una ciencia ajena a la realidad diaria de la sociedad y la política corre el peligro de ser olvidada por ellas cuando los recursos apremien. La ciencia que evoluciona frente a las dificultades de la coyuntura es la que encuentra el modo de volverse necesaria para los ciudadanos. O, como afirma Rodrigo Arocena, la que logra “hacerse carne” con las dinámicas sociales inmediatas.

El rector de la Universidad de la República del Uruguay (UDELAR) es un apasionado defensor de la educación pública, pero eso no le impide ser crítico con la actualidad y el futuro de la ciencia latinoamericana. El rol que ocupa la universidad en el ámbito de la investigación regional, el riesgo de caer nuevamente en el fenómeno de “dientes de sierra” y la democratización del conocimiento son algunos de los puntos sobre los que Arocena ahonda en esta entrevista.

PREGUNTA: ¿Qué características comparten las universidades de América Latina?

RESPUESTA: En primer lugar, teniendo en cuenta el contexto de nuestros países, la investigación en las universidades latinoamericanas es muy fuerte. Si bien se está expandiendo el trabajo de investigación en otros ámbitos como empresas privadas e instituciones estatales, sigue siendo la universidad -y en particular la universidad pública- la principal generadora de conocimiento de nuestra región. Esto ha sido así durante mucho tiempo y lo sigue siendo hoy -aunque probablemente en menor grado-, lo que marca una gran diferencia con lo que ocurre en los países del Norte, donde además de las universidades hay que tener en cuenta a las instituciones propiamente gubernamentales, a las empresas públicas y sobre todo a las privadas. La segunda característica común sale a la luz cuando miramos hacia afuera. Si comparamos el trabajo de nuestras universidades –incluso el de las más fuertes de nuestra región- con el cúmulo de conocimiento generado en los países del Norte, está claro que somos débiles. Este punto es muy evidente y no necesita mayores comentarios. Y lo tercero a tener en cuenta, la característica más relevante en mi opinión, es que nuestras perspectivas no se presentan esperanzadoras. En los últimos tiempos se han producido distintos avances, pero de todos modos no son suficientes. Aunque elogiables, están vinculados a la relativa bonanza económica de nuestros países. Si no se traducen en un impacto mayor de la investigación universitaria en el conjunto de las dinámicas económicas y sociales de América Latina, podríamos estar acercándonos al fenómeno de “dientes de sierra”, muy conocido por nuestros países: bonanza igual a mayor inversión en investigación, retroceso de la bonanza igual a caída del financiamiento y -por lo tanto- de la generación de conocimiento. ¡Cuántas veces nos ha ocurrido ya eso! Hay que romper ese círculo, y para eso hay que buscar nuevas estrategias. Por eso yo sugiero, sin pretensiones de estar ofreciendo la mejor o la única estrategia posible, empezar a perseguir la vinculación de la universidad con ámbitos geográficos, productivos y sociales a los que la investigación todavía llega poco.

P: En otras palabras, los gobiernos de América Latina ven a la investigación como un gasto en el que se puede incurrir sólo cuando las condiciones económicas son holgadas.

R: Eso sin duda es cierto en general, pero yo igual tamizaría ese enunciado. Si hay un retroceso importante de la producción nacional, si se produce un agravamiento de la situación social, si la investigación no ha hecho carne en las dinámicas productivas y la miseria está creciendo rápidamente, aun un gobierno que vea a la ciencia y la tecnología como una inversión va a tener serios problemas para mantener a la investigación entre sus prioridades. Hay países que ante una crisis resolvieron reducir costos en muchos terrenos, pero no en el de la investigación. Eso le ocurrió a Finlandia, por ejemplo, tras la caída del bloque socialista, pero por entonces la investigación ya era parte de la dinámica del país. Mantener el gasto en generación de conocimiento tenía, para los finlandeses, legitimidad ciudadana. Imaginate una crisis masiva en cualquiera de nuestros países, como ocurrió por ejemplo entre 2001 y 2002. No podemos mantener una gran inversión en ciencia y tecnología si ellas son totalmente ajenas a la realidad diaria de nuestras sociedades.

P: ¿En qué se está fallando para acercar la ciencia a nuestras sociedades?

R: Lo indispensable es construir legitimidad social y política alrededor del trabajo de los investigadores. Una universidad aislada no puede cumplir con ninguno de sus cometidos ideales, y tampoco puede funcionar de manera estable por mucho rato. Para entender esto no hace falta recurrir al triángulo de Sábato; es una cuestión de sentido común. Pongo a Uruguay como ejemplo. Si el Ministerio de Desarrollo Social, el de Salud Pública y el de Industria, Minería y Energía no consideran que el trabajo de investigación es importante, la universidad por sí sola no puede mantenerlo. Ya de por sí contamos con una comunidad académica muy urgida por los estándares internacionales de producción y evaluación. Si no hay tendencias que direccionen la investigación en un sentido más amplio –que incluya tanto la generación de conocimientos del más alto nivel como su directa contribución a la solución de problemas colectivos-, el juego relativamente autónomo de las dinámicas internacionales de evaluación hace muy difícil que la investigación pueda vincularse más con la demanda social y así obtener un duradero respaldo ciudadano. La democratización del conocimiento aparece así no sólo como algo extremadamente valioso, sino además como una estrategia para la expansión sostenida de la investigación. La universidad puede hacer una pequeña contribución a ello, mostrando ciertos caminos posibles y eventualmente demostrando posibilidades que impulsen a que otros se sumen a la tarea, pero el trabajo más general depende también de los gobiernos y de otros sectores sociales. Sólo así la democratización del conocimiento se transformará en una verdadera estrategia para el desarrollo integral.

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