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Dodecálogo de un docente (de matemáticas). Al menos lo intenté

6 de julio de 2017

Luis Balbuena Castellano. Opinión en La Provincia: Diario de las Palmas
Cuando quedan justo 10 días para que de comienzo el VIII CIBEM en Madrid reproducimos el articulo que el promotor de estos Congresos ha publicado el 3 de junio y que nos parece esencial su difusión entre los que estaremos en el Congreso así como con el resto del profesorado (sea o no de matemática).

Cómo se accedía a profesor de secundaria? En casi todos los casos, se hacía la licenciatura en la Universidad y, tras superar una oposición de dudosa eficacia didáctica, nos veíamos en un aula con grupos de estudiantes a los que había que enseñar y conseguir que aprendieran. ¿Con qué metodología, materiales o recursos didácticos? Silencio del sistema y soledad para responder. Pero era imprescindible encontrar respuesta. ¿Cómo? Pues a base de practicar e ir afinando nuestros métodos, pruebas, actitudes, etc. Ese ha sido mi caso y el de muchos otros. Solo puedo decir ahora que al menos lo intenté.

He tratado de sintetizar en este dodecálogo algunos principios. Los aporto y comento brevemente, sin dogmatismo. Mi autoridad en este momento solo está avalada por dos detalles: los años y un ejercicio responsable y comprometido de la docencia. El orden de presentación no responde a ningún criterio jerárquico.

1.- Trabaja con ilusión. Y que el alumnado lo note. Debemos enamorarnos ciegamente de nuestro trabajo de manera que conforme pasen los cursos nos sintamos más identificados con lo que hacemos y, en consecuencia, nos guste más. Lo que hacemos: trasmitir conocimientos, valores y actitudes, tiene una enorme repercusión. No es un tópico. Por eso, una de las peores cosas que nos puede pasar es entrar en una fase de trabajo rutinario.

2.- Vigila los detalles. El alumnado tiene una hipersensibilidad para captar los detalles día a día, aunque no lo percibamos explícitamente. Por eso es importante destacar y valorar lo que el alumno haga bien, aunque nos parezca insignificante; comprender que el éxito de un profesor no está solo en que un alumno de diez continué en el diez sino también en que el de tres llegue al menos al cinco. Su autoestima es una magnífica aliada.

3.- Cuida los cimientos. El conocimiento conocimiento matemático es acumulativo. Esto lo considero un axioma. Es como un edificio que empieza a construirse desde los primeros contactos con la Escuela. Sus ladrillos son los conceptos, los algoritmos, las figuras, la resolución de problemas, etc. Si algún ladrillo queda mal colocado, tarde o temprano se notará. Hay estudiantes que comienzan a rechazar las matemáticas en ese momento. Se dice que “tienen falta de base”. Por eso hay que crearse estrategias para averiguar con fiabilidad si las piezas acumuladas anteriormente están o no bien colocadas y, desde luego, poner bien las que le corresponda añadir al edificio.

4.- Compensa las deficiencias. El alumnado no es siempre culpable de su nula o deficiente formación matemática. En ocasiones es víctima del propio sistema: largos periodos esperando sustitutos, un aprendizaje poco significativo, un sistema de promoción permisivo, programas que no se acaban, etc. Situaciones en las que se vio inmerso y le produjo ese daño no siempre irreparable irreparable. Hay que aplicar estrategias compensatorias. Los que tienen interés las sabrán aprovechar.

5.- Interésate por las personas. Cada cara es algo más que un número en la lista o una foto en la ficha. Detrás de cada una hay una vida, una historia, unas circunstancias que están modelando un carácter. El profesor debe saber descifrar los códigos de esos rostros. Dedicar una frase, escuchar un lamento, comprender el mensaje de un gesto o leer la tristeza en unos ojos puede tener un efecto educativo superior a la mejor de las clases. Un claro indicador de una buena docencia es que tus exalumnos reconozcan tu dedicación al trabajo y recuerden con agrado el trato que les dispensaste.

6.- Sé feliz enseñando. Y que ellos sean felices aprendiendo. Ser felices es una coletilla que se aplica a casi todo pero se llena de significado cuando se refiere al trabajo que uno realiza. Porque se trata de identificarse con él, de hacerlo de buena gana, que sean horas distendidas y amenas y no una tortura más o menos larga.

Pero no nos confundamos, ser felices enseñando matemáticas, como es mi caso, no quiere decir que no existan escollos. Sería una demagogia educativa tratar de ocultar la dificultad que tiene el acceso al conocimiento matemático.

7.- Haz significativa la enseñanza. Utilizar el medio para enseñar matemáticas y usar las matemáticas para conocer e interpretar el medio, produce siempre un aprendizaje sólido. Por eso hay que hacer esfuerzos para explorar y explotar al máximo el entorno y los intereses del alumnado. Éste no debe acabar con la impresión de que una cosa son las matemáticas de los currículos y otra la que pueda encontrar fuera del aula. Pero las matemáticas también tienen la finalidad de ayudar a desarrollar ciertas capacidades: deducción, abstracción, reflexión crítica, análisis, síntesis, tenacidad, organizar datos...

8.- Sé pedagógicamente ecléctico. Afortunada o desgraciadamente, no existe la varita mágica que solucione los problemas de la enseñanza y el aprendizaje de forma absoluta. De ahí lo de ser pedagógicamente ecléctico, en el sentido de no abrazar con fe ciega ninguna de las teorías más o menos redentoras que aparecen. No obstante, nos podemos acercar a esa varita mágica si procuramos conocer muchas metodologías y estrategias para utilizar, en cada situación, la que resulte más conveniente y de eficacia contrastada. Hay formas de conseguirlas: compartir con otros colegas en sociedades o departamentos, congresos, revistas... Siempre hay algo y alguien de quien aprender.

9.- Asume el rol de divulgador. Esta es la razón: para muchas personas, el único contacto con esta disciplina se produce en la etapa de enseñanza obligatoria. Como el joven es curioso por naturaleza, debemos usar ese recurso para dejarle el deseo saber más. En esa línea, da muy buen resultado lo que vengo llamando la dinamización matemática de los centros. Se trata de presentar al alumnado formas de acercarse al conocimiento y al razonamiento razonamiento matemático través de juegos de trasfondo matemático, trabajos de indagación, desarrollo de proyectos, etc. El Día Escolar de las Matemáticas ofrece una buena oportunidad.

10.- Sirve de referencia. Nuestro alumnado está formado por personas que están en una etapa de formación. Es una obviedad a tener muy presente por la responsabilidad que conlleva, no solo transmitiéndoles lo que nos indican los currículos, sino ofreciéndoles modelos de actuación que les sirvan de referencia, promoviendo el desarrollo de sus habilidades y capacidades (de organización, de liderazgo, de solidaridad, de tolerancia entendida como aceptación con respeto, etc). La necesaria autoridad del profesor se sustenta en su actitud, en su profesionalidad y en su cultura.

11.- Innova. Es una manera de transmitir al alumnado y a la sociedad que estamos comprometidos con nuestro trabajo. Es también una vía para conseguir que la labor docente sea viva y creativa. La innovación y la actualización son propias de cualquier profesión. Las nuevas tecnologías, por ejemplo, ofrecen recursos (¡y a qué ritmo últimamente!) para mejorar la enseñanza y el aprendizaje que debe ser obligado conocer y utilizar adecuadamente.

12.- Escucha. Un profesor debe ser un buen “escuchador”. Hablar es mucho más fácil que escuchar. Porque escuchar no consiste solo en prestar oído a lo que se nos dice sino que hay una labor posterior de asimilación, de descodificación de lo escuchado y de elaboración de la respuesta más adecuada que, no siempre, tiene que ser oral. Una sonrisa, un gesto, un tender la mano... Escuchar y responder es, por tanto, una parte importante de nuestro trabajo.

 

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