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Educación científica: hacia un cambio necesario

18 de abril de 2018

Mg. Daniela Palacio. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
IBERCIENCIA: Comunidad de Educadores para la Cultura Científica.
La educación científica nos interpela: ¿Qué idea de ciencia manejamos los docentes?, ¿Por qué enseñamos ciencias?, ¿Cómo debemos hacerlo?, ¿Para qué? ¿Cuáles son nuestros propósitos?, ¿Cómo aprenden ciencias nuestros alumnos?
Lo que sigue es un intento por dar respuesta a ellos teniendo en cuenta que hoy, a diferencia de ayer, es aceptada indudablemente como parte de nuestras vidas.

Para comenzar, es oportuno definir la educación científica como la capacidad de entender conceptos científicos básicos que nos permitan tomar posiciones fundadas frente a nuevos avances de la ciencia.

A pesar de su importancia, durante mucho tiempo se pensó, y algunos docentes aún lo hacen, que recién debía considerarse el tema en la universidad. Así, en la escuela media todo se limitaba a la enseñanza de lo formal. Aunque enseñar una sola cara de la moneda pusiese en peligro el desarrollo de potenciales científicos.

En defensa de esta visión de la enseñanza, es justo tener en cuenta que el desarrollo de la didáctica general, de las didácticas específicas y de las TIC, entre otras cosas, era bastante acotado. Pero justamente, porque hoy han alcanzado uno mayor, es que se presenta la oportunidad de llevar la educación científica a las aulas.

La importancia de ello reside en que la ciencia es parte de la cotidianeidad, nos afecta. La técnica de la criomicroscopía, la edición de bases, o la obtención de un medicamento que ataca el ADN del cáncer, son algunos ejemplos. Por esto, lejos quedó la idea de que la ciencia pertenece a un grupo selecto. Hoy, el hombre común participa, de alguna medida, gracias a la difusión de noticias científicas que diariamente hacen los servicios informativos, y a los que cualquiera tiene acceso.

Al mismo tiempo, y a raíz de lo anterior, es que el caudal de información puede llegar a ser lo suficientemente grande como para impedir un análisis coherente y valedero. Resulta entonces apropiado pensar que educar científicamente a nuestros alumnos los ayudará también con ello.

Dispuestos a reconocer lo anterior, la consecuencia es que todos, escuelas, profesorado, alumnos, familias y autoridades ministeriales acepten el compromiso. Cada uno, desde el lugar que ocupa, debe involucrarse para lograr instituciones abiertas al cambio y con aulas que excedan las cuatro paredes, lo que implica varios retos.

Para los profesores, es formarnos sólidamente, incluyendo el aspecto histórico de la asignatura que enseñamos y sus vínculos con otras, y estar actualizados. De este modo seremos capaces de apreciar que lo fundamental es enseñar para el cambio pues así es como funciona la ciencia. 

El diseño curricular es otro reto, se necesita uno que sea flexible, que contemple los tiempos reales de aprendizaje, equilibrado según las capacidades individuales de los alumnos, y acotado. Un currículo extenso promueve el enciclopedismo.

Cumplido lo anterior, el siguiente reto, y quizás el más difícil, es saber de qué modo lograr que las aulas se transformen en centros de discusión científica.

Una buena propuesta es el trabajo colaborativo. Con él se logra la integración de todos los alumnos, aún de aquellos con necesidades educativas especiales pues todos tienen algo para aportar o una visión distinta para ofrecer. Es un modo de trabajo que respeta las diferencias al tiempo que las transforma en complementarias.

La riqueza del trabajo colaborativo reside en la posibilidad de lograr que el aprendizaje también lo sea. Para ello, cabe a los profesores proponer actividades cuya resolución involucre el aporte de otras asignaturas, la experiencia propia de los alumnos, la aceptación de las familias y el buen uso de las TIC.

En esta línea, hemos iniciado un cambio significativo en una de las escuelas donde trabajo. La propuesta de aprendizaje colaborativo se planificó en varias etapas. Muy resumidamente, en la primera nos dedicamos a la revisión de los proyectos institucional y pedagógico, y de los programas de contenidos y planificaciones anuales, a la distribución espacial de las aulas, a la selección de los alumnos que integrarían cada equipo, y a la capacitación de los profesores en talleres con especialistas.

Para la construcción del currículo, compartimos documentos con los profesores de otras asignaturas los que propusieron interrogantes para lograr la transdisciplinariedad tan deseada. Con esto perseguimos que los alumnos observen la injerencia de todas las áreas del conocimiento en la resolución de diversas cuestiones.

En una segunda etapa se comunicó a las familias la nueva propuesta de trabajo y se escucharon sugerencias.

Finalmente, cuando comenzamos el año escolar, presentamos a los alumnos la metodología de trabajo y respondimos sus dudas.

Hoy, caminando juntos, la percepción es que los estudiantes están abriendo sus ojos a una visión integradora de la ciencia. Es nuestro primer intento, seguramente perfectible, pero indudablemente valioso.

En general, si preguntamos sobre cómo aprenden ciencias nuestros alumnos es probable que la respuesta venga en función de una concepción tradicional de enseñanza. Según ella, la ciencia se representa como un conjunto de conocimientos acabados, carente de un marco histórico y, muchas veces, poco aplicables en lo cotidiano, que sólo les permite a los estudiantes lograr la promoción necesaria para cursar estudios superiores donde interpretan que sí podrán “hacer ciencia”.

Para cambiar esas concepciones, y sea cual fuere el modo en que las escuelas decidan incorporar la educación científica, los docentes debemos ser capaces de, entre otras cosas:

  • Cambiar la concepción de ciencia con la que fuimos formados
  • Ubicar cada logro científico en el marco histórico correspondiente
  • Indagar sobre la existencia de consecuencias sociales de esos logros
  • Vincular el trabajo científico de distintas disciplinas
  • Enseñar el método científico de trabajo
  • Mostrar la existencia de lo científico en el mundo que nos rodea
  • Observar las consecuencias éticas y morales que puede implicar cada logro científico

Y, sobre todo, enseñar para el cambio porque como dije, así funciona la ciencia.

 

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