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La ciencia, el futuro y las aulas: algunas propuestas didácticas sobre prospectiva

2 de agosto de 2016

Revista CTS nº 33. Dossier Nuevos desafíos en la enseñanza de las ciencias, la matemática y la tecnología
Mariano Martín Gordillo
En el marco del V Seminario CTS de Aveiro el profesor Mariano Martín Gordillo presentó el tema que se desarrolla en este artículo. Se trata de un ejemplo del uso educativo de los materiales denominados Contenedores que viene realizando la OEI desde
2009 y que ya tiene más de 400 materiales para ser usados en el aula. El proyecto estuvo inicialmente financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y desde 2012 por la Consejería de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía.

Resumen

En el La educación es muy importante para el futuro. Pero el futuro también es muy importante para la educación. El futuro como tema, como escenario en el que aprender a analizar y a valorar las diferencias entre lo posible y lo deseable. La prospectiva es, por tanto, un campo tan relevante para ciencia como para una educación comprometida con la cultura científica. Entre los centenares de materiales didácticos del proyecto Contenedores, algunos se centran en escenarios futuros y plantean diversas formas de abordar en ellos las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. En este artículo se presentan diez de esas propuestas prácticas para tener muy presente en el aula la importancia del futuro.

Palabras clave: educación CTS, cultura científica, didáctica, futuro, prospectiva

Introducción

En los años 70 alcanzó cierta difusión Recuerdos del futuro, un libro de título llamativo y contenido alucinado en el que el suizo Erik von Däniken (1968) popularizaba la hipótesis del origen extraterrestre de la inteligencia humana. El único valor de esa obra fue quizá el de llamar la atención del público sobre construcciones tan fascinantes como las líneas de Nazca o las piedras de Stonehenge. Pero hay que reconocer que su mayor acierto fue seguramente la pregnancia de su título.

“Nostalgia del futuro” es el título del capítulo que Eduardo Galeano (2011) dedicó a Oscar Niemeyer en Los hijos de los días. Una expresión afortunada con la que el escritor uruguayo quiso explicar el motivo por el que el genial arquitecto brasileño dejaba atrás su primer siglo de vida y continuaba transformando, proyecto tras proyecto, el paisaje del mundo.

Ni Erik von Däniken ni Eduardo Galeano han contribuido especialmente al desarrollo de las ciencias. Aunque quizá sí lo hayan hecho con las reacciones que provocó la charlatanería pseudocientífica del primero y con el estímulo que siempre aportó la mirada crítica y comprometida del segundo. En cualquier caso, no se les puede negar que sus oxímoros resultan muy sugerentes para pensar sobre algo tan importante para la ciencia, y que siempre deberíamos tener presente, como es el futuro.

En los años 70 no podíamos saber qué significaba tener recuerdos del futuro. Pero hoy sí. Los que nacimos lo suficientemente lejos del 2000 como para recordar que ese año marcaba la frontera de un futuro incierto y relativamente lejano, hoy tenemos nítidos recuerdos del futuro. Más allá de ese año situábamos en primera persona de singular nuestra vida adulta. Y en primera persona de plural, los más fascinantes desafíos de la humanidad. ¿Sobreviviría nuestra especie al riesgo de una guerra nuclear? ¿Habría en 2001 verdaderas odiseas del espacio? ¿Recibiríamos para entonces respuesta inteligente a los mensajes que enviábamos a las estrellas? ¿Se habría acabado con el hambre? ¿Serían habituales los viajes supersónicos? ¿Con qué habríamos sobrevivido a la crisis del petróleo? ¿Se habría hallado la cura definitiva del cáncer? ¿Sería común la criogenia? ¿Cómo serían nuestras comunicaciones en el comienzo de ese nuevo milenio?

Seguramente es a esta última pregunta a la que el tiempo ha respondido de forma más parecida a los sueños que la ciencia y la ficción habían sembrado en la imaginación de aquellos adolescentes cuyos recuerdos del futuro hoy podemos evocar. Y, al hacerlo, recordamos también lo importantes que fueron aquellos sueños para forjar nuestro interés por la ciencia, para incentivar no pocas vocaciones hacia campos diversos del saber, para impulsar el deseo de contribuir a que el futuro (el biográfico y el colectivo) fuera distinto al pasado en la confianza cierta de que lo mejor siempre está por venir.

Los recuerdos del futuro que algunos tenemos hoy nos hacen comprender la importancia de esa nostalgia del futuro que hace crecer en cualquier joven (aunque tenga más de cien años) una actitud activa y participativa ante la vida. Y también un deseo de conocer los avances venideros de la ciencia y quizá también de contribuir a producirlos como profesionales y a valorarlos como ciudadanos.

Parece indudable que el presente de los países iberoamericanos en los años 70 y 80 favorecían aquellos sueños adolescentes. Quizá por ello las generaciones que nos hemos hecho adultas desde entonces podemos sentirnos orgullosas de la forma en que hemos sido coherentes con aquellos anhelos y hemos contribuido a que algunos de ellos se hayan podido cumplir en lo relativo al desarrollo tecnológico, al progreso social y a las libertades civiles y políticas. O también responsabilizarnos por no haber sentido suficiente nostalgia del futuro como para intentar superar muchos de los males que siguen aquejando a nuestras sociedades en el presente.

En cierto modo, la ilusión por el futuro es lo que ha caracterizado a esas generaciones recientes que, frente a las que se sucedieron en los siglos y milenios anteriores, pudieron percibir ese cambio social y tecnológico que Mariano Fernández Enguita (2016) ha definido como intergeneracional por oposición a aquel otro suprageneracional que resultaba imperceptible a la escala de la vida humana en el pasado.

Sin embargo, quienes hoy están en las aulas ya no pueden tener recuerdos del futuro como los que marcó para nosotros ese hito del 2000. La mayoría han nacido después y corresponden a una generación que vivirá durante su vida cambios sociales y tecnológicos radicales a ese ritmo que Fernández Enguita ha caracterizado como el del cambio intrageneracional. El vértigo propio del presente continuo de su vida adulta quizá es el sueño que nosotros imaginábamos como adolescentes para un futuro perfecto.

En todo caso, una diferencia importante en la vivencia del tiempo entre los adolescentes que fuimos y los que lo son ahora es la presencia del futuro. Para nosotros era una forma de huir de aquel presente mejorable. Para ellos el futuro puede haber desaparecido porque se ha ensanchado hasta el paroxismo su experiencia del presente.

Pero el tiempo del futuro ha sido siempre el espacio de la utopía, el lugar donde se disputan su razón de ser lo posible y lo deseable, lo que puede y lo que debe llegar a ser, lo que queremos hacer y lo que tendríamos que hacer. La ciencia y la ficción han tenido siempre en el futuro su tierra prometida, el escenario utópico o distópico en el que ensayar alianzas o señalar peligros. Es el territorio compartido de la imaginación y la prospectiva, el de los sueños imposibles y las posibilidades reales.

Pensar sobre el futuro, anticiparlo, modularlo, valorarlo y decidirlo es aún más importante en estos tiempos de cambios acelerados en los que el reino de lo técnicamente posible quizá sea más vasto que el de la república de lo deseable. Unos tiempos en los que, como anticipaba Ortega (1939), “el hombre está hoy en su fondo azorado por su principal ilimitación. Y acaso ello contribuye a que no sepa ya quién es -porque al hallarse, en principio, capaz de ser todo lo imaginable, ya no sabe qué es lo que efectivamente es”.

En este sentido, es importante favorecer que los niños y los jóvenes recuperen la experiencia del futuro y la tengan presente en la gestación de su imaginario sobre las relaciones entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. Los escenarios prospectivos, las valoraciones y dilemas sobre las opciones que en ellos se abren, los análisis sobre las relaciones entre lo que puede y lo que debe orientar el desarrollo tecnocientífico tienen, por tanto, una gran importancia desde un punto de vista educativo. Con esos escenarios prospectivos, que recuperan lo mejor de esa idea de nostalgia del futuro de la que hablara Galeano, se favorece desde las aulas un tipo de cultura científica que resulta muy útil tanto para propiciar la aparición de esa ilusión que caracteriza a las vocaciones científicas, como para el fortalecimiento de esa mirada crítica que caracteriza a la ciudadanía responsable en las sociedades democráticas.

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CTS es un ámbito para discutir las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad desde una perspectiva plural e interdisciplinaria y una mirada iberoamericana. Con el propósito de promover la reflexión y el debate sobre la articulación de la ciencia y la tecnología con el ambiente cultural, político y social, CTS brinda acceso libre a todos sus contenidos e invita al público interesado a participar con sus opiniones. El espacio de CTS alberga tres secciones: la Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Sociedad, publicación con referato dedicada a recoger la investigación académica en este campo; el Portafolio CTS, que aspira a difundir una variedad de aportes teóricos y empíricos de expertos iberoamericanos en este campo poniéndolos en diálogo directo con los lectores de la región; el Foro CTS, orientado a establecer un diálogo fluido con los lectores en torno a una agenda de temas que iluminen diversos aspectos relativos a la relación ciencia, tecnología sociedad.

CTS es una iniciativa conjunta de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), el Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior - REDES (Argentina) y el Instituto Universitario de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca (España). Entre 2009 y 2012 contó con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).

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