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Las TIC, herramientas, no entorno

8 de enero de 2018

José Javier León
Maracaibo, República Bolivariana de Venezuela
IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica
El artículo apunta a la toma de conciencia sobre los excluidos de las TIC que, de alguna manera sufren bajo el imperativo de conceptos de educación que ocultan el acervo antropológico de la especie humana expresado en diversidad de culturas, como escamotean las limitaciones materiales y económicas de un mundo dominado por la desigualdad.

En definitiva, importa la educación, gratuita y universal, pues las tecnologías empleadas para impartir, transferir, comunicar, trasmitir y construir, son variadas y, en particular las TIC, accesorias. Novedosas, poderosas y versátiles, pero accesorias, muy lejos de ser esenciales o prioritarias. ¿Las uso como docente? Sí. Hasta donde puedo. Sin obnubilaciones ni dependencias esotéricas. Como lo que son: herramientas.

Se alega en la literatura al respecto que estamos en una era en la que dichas tecnologías hegemonizan, y ello es posible considerando la dependencia de los países al sistema económico dominante que establece formas y mecanismos de producción urbi et orbi. Pero esta verdad no puede ocultar, al menos para los que pensamos en el otro y en esos otros muchos que habitan invisibles las periferias del mundo, que millones permanecen no sólo sin acceso a las TIC sino que sus formas de vida y en general, sus idiomas y culturas no han necesitado dichas herramientas, ni son esenciales para la transmisión de sus conocimientos, saberes y tecnologías, o como también sucede, que viven en un grado de pobreza que hace que estos alardes de futuro no sean sino espejismos imposibles de alcanzar. Pienso en ellos a esta hora, repasando el libro del Clip al Clic, reflexionando sobre la increíble historia de la humanidad y lo que acaso nos depare la actual encrucijada tecnológica.

Es aquí, creo, donde se funda el problema: los que tenemos un tipo de acceso digamos regular a las TIC olvidamos que un 15% de la población del planeta ni siquiera tiene a mano la energía eléctrica o que un 40% depende “de usos tradicionales de la biomasa para cocinar”[1]. Por eso, aunque muchas escuelas de esos países pudieran estar protegidas por organismos internacionales y servirse de planes de asistencia y cooperación técnica, está claro que serían una suerte de oasis tecnológicos que no dan verdadera cuenta de la situación general.

Por otro lado, la energía eléctrica es históricamente reciente si la comparamos con los miles de años de la especie humana; además son muchos los que han reflexionado sobre los pasos gigantescos que una parte de la población mundial dio a partir del desarrollo exponencial de la actual revolución tecnológica que consideramos nuestro entorno, pero que, insisto, no lo es para más de la mitad del mundo que no tiene conexión a Internet.[2]

No puedo ser un defensor a ultranza de las TIC, aunque las use, como tampoco puedo hacer apología de las culturas y poblaciones que no las usan por exclusión o porque no se encuentran en su horizonte necesario y vital. Abogo sí por un concepto de educación que parta de principios antropológicos y no necesite para fundarse, andamios circunstanciales.

Lo digo porque considero que debemos pensar la educación desde alguna esencialidad humana, y desde ahí, remontar las formas de enseñar y aprender que reflejen nuestro ser y hacer. Si partimos de definiciones de educación que pasen a través del filtro de las TIC sin siquiera considerar las formas de acceso o dándolas por sentado, estaremos construyendo sobre bases falsas, y en muchos casos inexistentes.

Entre los elementos que nos hacen seres humanos –y la educación es sin duda fundamental- está nuestra relación con la memoria. Y la memoria no está (sólo) en los libros y ¡menos en los pen-drive! La memoria de lo humano y que nos constituye, está en los abuelos y en las abuelas, en la lengua materna, en la sociedad que nos acoge y nos nutre. Soy partidario de José Antonio Marina cuando afirma que la “inteligencia humana es un híbrido de biología y memoria” y que la fórmula básica es: “ser humano = biología + memoria” (págs. 58 y 70)[3]. También cuando explica que la memoria es una fuente activa, no un banco de datos al que acudimos para recordar algo, la memoria, dice: “reconoce, relaciona, generaliza, combina, inventa” (pág. 77). Y es en la memoria donde de alguna manera misteriosa guardamos “mapas de nuestra realidad, diccionarios mentales, cartografías afectivas… sistemas peculiares de organizar nuestro propio mundo” (pág. 127); donde se gestan los sistemas de asimilación y generación (AG en la jerga del maestro toledano) que nos permiten captar y comprender el mundo. Por tanto: “Si nuestros esquemas AG son pobres, nos sucederá como a las ranas, que son incapaces de ver a sus presas si están quietas y pueden morir de inanición aunque estén rodeadas de ellas. También nosotros podemos sentirnos paupérrimos aunque estemos rodeados de riquezas, si no somos capaces de percibirlas” (pág. 127).

Como educadores debemos pues, trabajar en los mapas de la realidad, en los diccionarios mentales y en especial en las cartografías afectivas. He aquí la fuente de todo saber. Si esto falla, no habrá herramienta ni entorno tecnológico que propicien ciencia ni tecnología alguna.

Hay, cada vez lo dudo menos, un principio antropológico que no debemos descuidar en el afán de desencantar al mundo para llenarlo de fantasmas coloridos, impactantes pero efímeros y yo diría desechables. Se pudiera argüir que la memoria está en los libros, pero la competencia lectora que nos permite acceder al venero de sabiduría que está en infinidad de páginas, requiere de una formación y una sensibilidad que no siempre están al alcance de todos. Creo que antes de cualquier herramienta, antes de los libros incluso, antes del PC, antes de internet y sus prodigios, están la palabra y su hondo sueño. Si esta falta, no habrá tecnología que la sustituya. Sólo sobre sus cimientos, con su argamasa amorosa se edifican “la creatividad, el conocimiento y el pensamiento crítico” (pág. 132)[4]. La lectura y la escritura nacen de la oralidad acariciada y acuciosa.

Por todo lo dicho, comparto plenamente las aprensiones enunciadas en el libro de Fernández Enguita y Vásquez Cupeiro, cuando afirman que:

“Entre los cerca de tres cuartos de millón de profesores que contabiliza el Ministerio de Educación (709.000 en el curso que terminó en 2015, 721.000 en 2012, antes del tijeretazo) se pueden encontrar todos los usos imaginables de la tecnología y todo tipo de innovaciones educativas apoyadas en ella, incluidas altas dosis de creatividad y originalidad, pero el panorama dominante sigue siendo que, en la carrera entre la educación y la tecnología, la educación pierde, y por mucho, no solo fuera, en el mundo del trabajo, sino también dentro, en el mundo del aprendizaje. El uso de los recursos digitales que domina es un uso fundamentalmente pasivo, temeroso y timorato, adaptado a mantener o a cambiar poco y despacio las formas tradicionales de aprendizaje y, sobre todo, de enseñanza.” (Pág. 77)

Lo que hemos perdido, en conclusión, es nuestra relación más entrañable con nuestra lengua materna, y en esta desconexión, en este desgarramiento de origen, radica la relación pasiva, temerosa y timorata con el mundo, que luego se expresará en el uso de las TIC, pero antes… en el más elemental empleo de la palabra oral y escrita.

La tecnología avanza más rápido que la educación porque tiene su propia lógica la cual puede sin complicaciones prescindir de nosotros, sus simples operarios. Es lo que confirma, además, que se trata de herramientas diseñadas para ser usadas por principiantes o expertos, por definición externas y por naturaleza in-necesarias. Al contrario, necesaria y vital es la educación, que no puede existir sin nosotros y viceversa; que nos afirma en el ser y en el estar, plenos. En la realidad que nos rodea y nos constituye. Que es nuestro en-torno, un como algo interior que, sin embargo, nos rodea. Nos colma.

[1] “Sin acceso a electricidad 15 por ciento de la población global”, en https://constructorelectrico.com/sin-acceso-a-electricidad-15-por-ciento-de-la-poblacion-global/
[2] Para leer algunas cifras de interés podemos consultar la página: http://www.itu.int/es/mediacentre/Pages/2016-PR30.aspx
[3] Marina, José Antonio (2016) Objetivo: Generar talento. Cómo poner en acción la inteligencia. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona, España
[4] Fernández E. y Vásquez C. (2016) La larga y compleja marcha del cilp al clic. Fundación Telefónica. Madrid

 

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