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¿Qué significa vivir en el Antropoceno?

30 de octubre de 2017

José Manuel de Cózar Escalante, Sección de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Laguna, Tenerife, España. Para IBERDIVULGA desde la Cátedra Ibérica CTS+I
La palabra “Antropoceno” designa una nueva época geológica, en la que el ser humano se ha convertido en una fuerza a escala planetaria, provocando un cambio ambiental sin precedentes. La reflexión sobre el significado del Antropoceno nos obliga a reconsiderar las relaciones entre los seres humanos, la tecnología y la naturaleza.

 “Antropoceno” proviene de los términos griegos “anthropos” (hombre) y “kainos” (nuevo). Este último, convertido en “ceno”, es el nombre genérico que suele dársele a toda época geológica. El neologismo ha ido cogiendo fuerza en estos últimos años para referirse a un nuevo período en el que la historia del planeta y la historia humana confluyen y se entrelazan de maneras extremadamente complejas, forzándonos a pensar sobre nuevas bases las relaciones entre los seres humanos, la realidad tecnológica y el mundo natural.

Se han propuesto varias fechas de inicio para el Antropoceno. La más habitual es finales del siglo XVIII, los comienzos de la revolución industrial. Otros prefieren remontarse a un pasado mucho más lejano: hace más de 10.000 años, en el origen del neolítico, que vio el surgimiento de los primeros asentamientos humanos permanentes, la agricultura y la ganadería. En cambio, otros proponen una fecha tan tardía como 1945, cuando la llamada “era atómica” se materializó en el hecho de que los elementos radioactivos resultantes de los ensayos nucleares comenzaran a extenderse por la atmósfera. Hasta el momento, ninguna fecha ha sido adoptada oficialmente, aunque eso no impide que cada vez se oiga hablar más del Antropoceno en los medios tanto académicos como populares a escala global.

¿Cómo se concreta la idea de que los seres humanos se han convertido en un agente de cambio similar o incluso más poderoso que cualquier otra fuerza de la naturaleza? Cabe comprobar las huellas de la acción humana en los estratos geológicos que se están formando, y en general en la superficie terrestre, en la atmósfera y en las aguas. Por ejemplo, los ya mencionados elementos radioactivos resultantes de las detonaciones nucleares. O la deforestación a gran escala, la consiguiente erosión y la sustitución de los bosques por explotaciones agrícolas, asentamientos, carreteras y otras construcciones humanas, las represas con objeto de formar embalses y el desvío del cauce de los ríos, la extensión de los sistemas de irrigación, los vertederos, etc.

Otros indicadores relevantes serían la polución producida por los plásticos —incluidos los microplásticos que flotan en los océanos—, las emanaciones provenientes de fábricas y centrales eléctricas, el empleo generalizado del aluminio y del hormigón, los cambios en los cursos de los ríos y en los deltas, el ciclo del nitrógeno, la emisión de carbono a la atmósfera y la destrucción de la biodiversidad (conocida como la “sexta extinción masiva”). Incluso los huesos dejados por los millones de animales sacrificados cada año para el consumo humano, algo aparentemente tan poco significativo, adquiere relevancia geológica en los estratos están formándose a día de hoy. Por supuesto, el efecto más grave y conocido sería la alteración del clima de la Tierra, que es resultado de muchos de estos procesos y que a su vez, a menudo, los agrava.

Tradicionalmente se entendía que los efectos del trabajo humano sobre el suelo, el agua o la atmósfera eran insignificantes en relación al tamaño de la Tierra y a la magnitud de los procesos naturales. En cambio, ahora tenemos razones para pensar que no es así. Y lo que es más remarcable: si el ser humano se ha convertido en el mayor agente de cambio del planeta, el principal problema es que está haciendo que ese cambio se acelere muchísimo en comparación con la relativa lentitud de los agentes naturales, cuya acción requiere de lapsos de tiempo por lo general extensísimos, difíciles de imaginar, muy fuera de la escala de la historia humana. El tiempo geológico está siendo alterado por el curso vertiginoso de nuestra historia.

Hay dos interpretaciones diametralmente opuestas de lo que significa vivir en el Antropoceno. Así, hay quienes lo ven como una amenaza para el presente y futuro de la humanidad, amenaza que podría acabar convirtiéndose en una catástrofe de enorme magnitud e incluso desembocar en la extinción de nuestra especie. En cambio, para los que cabría denominar “antropocenistas” es una oportunidad única para ejercer por fin un control completo y definitivo sobre el planeta, gracias al poder que nos otorgan las modernas ciencia y tecnología. Por ejemplo, la geoingeniería propone pretendidas soluciones para el cambio climático a través de proyectos de intervención a gran escala. Entre los más discutidos están los de disminución de la radiación solar por medio de un incremento de la capacidad de reflexión de la luz (con reflectores, “siembra de nubes”, etc.). Asimismo se plantea la reducción del dióxido de carbono presente en la atmósfera, que sería capturado mediante la fertilización del océano con hierro, con la generación de más fitoplancton, o mediante el uso masivo de máquinas destinadas a ese fin, así como otros megaproyectos. Los antropocenistas también están convencidos de que pueden “gestionar” los ecosistemas como si se tratara de modernas fábricas, transformándolos a nuestro gusto para obtener de ellos, de manera eficiente y sostenible, los recursos y servicios que necesitamos para garantizar nuestra supervivencia y bienestar.

Es fundamental ser conscientes de que, con independencia de que se emplee explícitamente el término que nos ocupa, optar por una de estas dos visiones no equivale a una mera cuestión de gusto o de índole puramente teórica. Dependiendo de cómo nos planteemos el Antropoceno actuaremos de una manera u otra con respecto a los problemas que nos apremian. Así, diferirán dramáticamente las consecuencias de nuestras acciones y, en definitiva, la trayectoria que siga el futuro del planeta, de la humanidad y de los seres que lo habitan.

La cuestión de fondo es la necesidad de una reconceptualización en profundidad de las relaciones entre ser humano, tecnología y naturaleza. En realidad, este modo de definir el problema es ya algo engañoso, porque parece presuponer que se trata de tres realidades distintas, perfectamente delimitadas, que preexisten a las relaciones que establecen entre sí. Pero no son mucho más que tres realidades: los grupos de seres humanos tienen comportamientos muy diferentes con respecto a los impactos que producen en el medio, por lo que hay que asignarles responsabilidades muy dispares en la crisis eco-social. Además, sufren de forma también muy diferente los efectos perniciosos de la misma. Por otro lado, hablar de la tecnología así en singular, resulta una simplificación inaceptable, que reduce innovaciones numerosísimas y heterogéneas a una única realidad, poseedora de una supuesta esencia, lógica propia y autonomía con respecto a las esferas sociológica y natural, a las que determinaría “desde fuera”. Por último, el concepto de naturaleza es ya de por sí problemático, por la confusa proliferación de acepciones que ha ido asumiendo a lo largo de la historia. Más importante: puede ser fuente de abusos cuando se concibe la naturaleza “con N mayúscula”, es decir, como la realidad última, objetiva, inapelable, a la que se refieren los científicos, los expertos y las autoridades judiciales, políticas y religiosas, siempre que buscan poner fin a cualquier disputa humana imponiendo una única interpretación. Especialmente desde la modernidad, es decir, desde los siglos XV y XVI en adelante, todos dicen hablar en nombre de “la Naturaleza”, ya sea la humana, ya la que atañe a las leyes que gobiernan el universo. Es esa mirada de la modernidad la que hemos heredado. Continúa siendo predominante en las élites políticas, económicas y científicas de todo el mundo. Es una visión que aún persiste, por más que hayamos comprobado fuera de toda duda que no nos está conduciendo por buen camino, a pesar de los innegables logros científicos, tecnológicos y sociales conseguidos.

Como alternativa, habría que comenzar meditando sobre esto: que nuestra arrogancia heredada de siglos atrás no nos impida comprender en el día de hoy el significado del Antropoceno; que podamos adoptar, en consecuencia, la prudencia requerida ante la complejidad y gravedad de las nuevas situaciones sociales y ambientales que conlleva. La actitud más adecuada parece ser la de promover y reforzar las redes de cooperación entre humanos, por supuesto, pero también la cooperación con los agentes no humanos, es decir, el resto de seres vivos y de fuerzas del planeta. Hemos de buscar la colaboración de nuestra técnica con los sistemas naturales, no la imposición de un modo de hacer las cosas que se ha revelado insostenible. Por supuesto, convencernos de ello únicamente representa el primer paso, pero es un paso crucial frente a la irresponsabilidad del pensamiento antropocenista.

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