Carlos Elías: "Sin un liderazgo científico, no existe liderazgo cultural ni económico"

Carlos Elías, licenciado en Química y en Periodismo, es profesor titular –con acreditación de catedrático- en la Universidad Carlos III de Madrid

Diego Delgado Valor | OEI-AECID Afirman que el siglo XX fue el de mayor desarrollo científico-tecnológico. Nunca antes tantos seres humanos se habían dedicado a la ciencia. A pesar de ello, hemos comenzado la segunda década del siglo XXI con un generalizado desinterés de los jóvenes iberoamericanos por la ciencia. 

Carlos Elías, licenciado en Química y en Periodismo, es profesor titular –con acreditación de catedrático- en la Universidad Carlos III de Madrid y uno de los mayores expertos en comprensión pública de la ciencia, campo en el que se doctoró con premio extraordinario y en el que se formó en la London School of Economics. Ha trabajado como científico y como periodista y es el autor del libro La razón estrangulada, resultado de un estudio sobre el declive de la ciencia en Occidente por culpa de la cultura mediática.  

¿Por qué cree que hay menos alumnos matriculados en Química que en Periodismo? 

Interesante pregunta. Sólo se entiende por el glamour que tiene el periodismo y, sobre todo, porque es una carrera mucho más fácil de aprobar que Química. La gente joven busca titulaciones fáciles de aprobar porque su nivel de conocimientos, sobre todo científicos, ha descendido mucho. El curso 2005/2006 representó un importante punto de inflexión en la historia de la educación en España: por primera vez teníamos más matriculados en Ciencias de la Información, que es como llamamos aquí a la titulación de periodismo y comunicación audiovisual, que en Física, Química y Matemáticas juntas. Esto es un gran disparate de política educativa que nos traerá un futuro muy negro. Primero porque como país necesitamos ciencia y tecnología para salir de la crisis.

En segundo lugar porque no hay trabajo para tanto periodista porque el periodismo tal y como lo conocíamos (bien pagado y crítico con el poder) ha desaparecido. Ni de lejos se necesitan los miles de periodistas que se titulan cada año y el exceso de oferta precariza la profesión.  Pero, sobre todo, porque un químico puede ser periodista (como es el caso de Javier Moreno, director nada menos que de El País, el periódico más importante de España); pero un periodista jamás podrá dedicarse a la química. El ministro que más tiempo ha estado en el gobierno español no es abogado o economista: es un químico, Alfredo Pérez Rubalcaba. Y el político español que más alto ha llegado en la escena internacional es un físico, Javier Solana.

El último presidente de la República española fue un fisiólogo (licenciado en medicina y química), Juan Negrín. La líder política más valorada por todos los europeos en estos momentos, según las encuestas, es Angela Merkel, que es física. Es decir, una carrera de ciencia te capacita para dedicarte a cualquier cosa y en un mundo de incertidumbres y cambos constantes eso es un gran aval de supervivencia laboral. Pero eso no lo ven los jóvenes que eligen carrera con el corazón y no con la cabeza y, sobre todo, les encantan las carreras que pueden aprobar en la cafetería.  

Paradójicamente nos encontramos en un gran momento histórico desde el punto de vista de la ciencia y la tecnología. 

Ahora aún es un gran momento histórico porque en Occidente (EEUU y Europa pero también Japón) se consideró que la II Guerra Mundial la ganaron los aliados gracias a su superioridad científica y tecnológica. Eso potenció estas carreras en los años 50, 60 y 70. Aún vivimos de esos réditos. Pero pronto se jubilarán. Hace dos semanas toda la prensa francesa publicó que en 10 años se quedarán sin matemáticos. Piense que en Gran Bretaña en el año 1966 había 31.831 estudiantes de Física y que en 2005 eran menos de la mitad, en concreto14.610. Por el contrario, en Ciencias Sociales en 1966 sólo había 28.149, pero en 2005, sólo en Media Studies, había 26.685 matriculados. La tendencia es similar en todos los países occidentales. Las ciencias sociales y las humanidades están muy bien, pero los estudios dicen que sólo los países con muchos titulados en ciencias e ingeniería son los que prosperan económicamente y que eso les lleva después al liderazgo en otras áreas de la cultura.  

¿El alcance de las consecuencias de esta deserción masiva es de fácil previsión? 

La consecuencia está clara y por eso los ingleses y los alemanes están tan alarmados. Obama en Estados Unidos también se ha marcado como prioridad aumentar el número de científicos e ingenieros. Sin un liderazgo científico, no existe liderazgo cultural ni económico. España e Inglaterra eran potencias similares en el siglo XVII, tanto militar como colonial o cultural. Shakespeare no es mejor que Cervantes. Sin embargo, Inglaterra, a través de la Royal Society, apostó por la ciencia. Eso derivó en una revolución industrial y hoy en día el mundo anglosajón es hegemónico, no sólo en lo científico, sino también en lo económico y cultural. España le dio la espalda a la ciencia y por eso todos los países que fueron colonia española sufren un secular retraso científico que lleva aparejado el cultural y económico. España no ha tenido premio Nobel en ciencias puras. Sólo tenemos uno en ciencias aplicadas (medicina) y fue en 1906 con Ramón y Cajal. Severo Ochoa no computa por España. México tiene 100 millones de habitantes y sólo un Nobel científico. Australia, antigua colonia británica, tiene 20 millones de habitantes y 9 Nobel científicos.

El problema para Occidente es que India y, sobre todo, China están liderando la producción de ingenieros y científicos jóvenes. En 1975 Estados Unidos triplicaba el número de doctores en ciencia y tecnología de toda Asia. Pero en 2001 se licenciaron en China 220.000 ingenieros frente a 60.000 en Estados Unidos. Parece que el siglo XXI va a ser chino. En Iberoamérica este papel de apuesta por las vocaciones científicas lo está liderando Brasil y por eso es tan emergente. Argentina tiene un gran nivel cultural en algunas áreas, pero no en ciencia. En los países latinos aún no asumimos que la cultura empieza en la ciencia. 

Parafraseando el título de su libro, ¿Quién o qué está estrangulando a la razón? 

El título del libro es metafórico. La razón, el pensamiento racional, es la ciencia y necesita sangre joven para sobrevivir. Los agentes estranguladores, que impiden que llegue esa sangre fresca, aparecen a través de las casi 500 páginas del libro y son aquellos que hacen que la ciencia no sea apetecible para los jóvenes: desde la cobertura negativa que hacen de la ciencia los medios de comunicación hasta las dificultades que los propios científicos le están poniendo a la carrera científica. También aparecen los políticos y los intelectuales de letras, mucho de los cuales utilizan la guerra ciencias-letras para arremeter contra la ciencia. Este fenómeno es global para todo Occidente, pero es especialmente grave en nuestro ámbito latino donde hay mucha gente que se autodenomina culta y, sin embargo, son analfabetos científicos. Esta es la parte más radical de mi libro: la crítica a los intelectuales de sólo letras. 

¿Son ellos responsables de esta falta de vocaciones? 

Mi punto de vista en el libro es que los medios de comunicación están copados mayoritariamente por gente con cultura de sólo letras y su ignorancia (y, a veces, odio) a las ciencias repercute en su cobertura: desde el cine que la denigra hasta los periódicos o la televisión que la desprecian. Este es un aspecto esencial por el que me han felicitado muchos profesores que lo han leído. Culpo a los medios de comunicación de la falta de vocaciones y del fracaso escolar en ciencias y no a los métodos pedagógicos o a los profesores. La falta de interés por la ciencia es un hecho contrastado en Europa, Estados Unidos, Japón, Corea del Sur o los países iberoamericanos. Sin embargo, los modelos de enseñanza de todos esos países son muy distintos. Es decir, ahí no está la clave, sino en lo que los une a todos que es la cultura mediática del culto a la fama, el éxito rápido y la irracionalidad y el pensamiento mágico (que son muy literarios) cada día más presente en los medios. 

Asignaturas como “Ciencia para el mundo contemporáneo” ponen de manifiesto el interés por actuar desde la base. ¿Está de acuerdo con su contenido? 

Tengo que decir que yo he sido el coordinador de uno de los libros de texto que se usan en España para esta asignatura. Por tanto conozco bien el contenido. Me parece que la asignatura representa, sobre todo, un avance para enseñar ciencia a los bachilleres de letras que, al menos en España, eran muy analfabetos desde el punto de vista científico. Sin embargo, la materia tiene un problema de base: considera que la ciencia se puede estudiar como si fuera la historia: a partir de un relato de un texto y con un lenguaje literario. Y eso no es cierto. La ciencia sólo se puede aprender en el laboratorio, con experimentos y con lenguaje matemático. Pero, obviamente, la asignatura es un avance porque todo lo que sean más horas de ciencias lo es, aunque es pronto para saber si despierta vocaciones. 

¿Qué otras medidas propone para potenciar el interés por la ciencia? 

Muchas. Desde el punto de vista de política educativa debe aumentarse (yo hablo de triplicar) el número de horas que se imparten de matemáticas, física, química, biología y geología. Por otra parte, hay que incrementar notablemente las horas de laboratorio. También debe cambiarse el modelo productivo y potenciar la carrera científica, facilitando, por ejemplo, que un físico gane más dinero que un abogado o un economista (que es algo que sucede con frecuencia en China). En caso contrario, el talento se irá a otras áreas. Por otra parte, la carrera científica debe ser más creativa y depender menos de los directores de tesis. Un científico, si es brillante, debe poder triunfar joven, como se hacía en el pasado. Pero las estructuras actuales lo hacen difícil. Los jóvenes no ven la ciencia como un mundo de oportunidades profesionales y, si eso es así, es una tragedia cultural y educativa y debe cambiarse. 

Titula uno de los capítulos de La razón estrangulada “Cine y televisión en el derrumbe de lo científico”, ¿tan determinantes son? 

Sí. Como decía los sistemas pedagógicos son importantes pero no son la causa principal porque el fenómeno se repite en países con sistemas educativos totalmente distintos. Está demostrado que la series de abogados potencian las vocaciones de estos profesionales al igual que las de periodistas, etc. En España hablamos del efecto Letizia, la nota para entrar en las facultades de periodismo aumentó significativamente tras la boda del príncipe Felipe con una periodista. La profesión apareció  en los medios como algo glamuroso.
Sin embargo, la imagen que da el cine occidental de la ciencia (sobre todo después de los años 70) es la de que los científicos son profesionales malvados, fríos, que quieren dominar el mundo, no se interesan por la familia o el amor y parecen no necesitar los bienes materiales como casas lujosas o buenos coches. Hemos comparado, por ejemplo, las viviendas y formas de vida en el cine de los profesores de de literatura y física. Los de literatura tienen siempre vidas más interesantes. Lo mismo sucede con los abogados. Este fenómeno es muy influyente en películas masivas destinadas a jóvenes. ¿Quién era el malo de ET? El científico que lo quería diseccionar. ¿Y en Parque Jurásico? El científico irresponsable que lo creó. La ciencia como maldad es un viejo tema literario que se repite en el cine y hace perder vocaciones en Occidente. 

La divulgación científica también goza de un periodo de auge. ¿Cómo describiría la presencia mediática de la ciencia? 

Los que nos dedicamos a estudiar la divulgación como objeto científico en sí  mismo observamos lo que llamamos la gran paradoja divulgacional. Nunca como ahora ha habido tantos gabinetes de prensa y periodistas dedicados a divulgar la ciencia. Sin embargo, cuanto mayor es la divulgación, menor es el interés de la población por la ciencia. La proporción es inversa tanto en vocaciones como en interés medido en encuestas Al menos es lo que vemos en Europa. Es decir, que la divulgación se está haciendo mal y, por otra parte, la sobresaturación genera desinterés, que es algo que ya sabíamos. Hay que tener cuidado.

En mi libro considero que la divulgación puede ser como la comida basura: te mata el hambre, pero no te alimenta bien y, además, te quita el interés por comer mejor. Un documental sobre un agujero negro, puede saciarte la curiosidad puntual, pero no te estimula a estudiar física o matemáticas porque crees que ya sabes lo que es y, además, que lo has comprendido sin necesitar las matemáticas. La divulgación tiene el peligro de hacer creer que se puede entender la ciencia en un lenguaje exclusivamente literario y eso es una falacia. Ya lo dijo Einstein: “Es más fácil aprender las matemáticas para comprender mis teorías que querer entenderlas sin saber matemáticas”.   

Hay dos tipos de informaciones, una destinada a publicaciones científicas y  otra a un público  general. ¿El científico sólo escribe para científicos? 

En general sí. Sobre todo escribe la ciencia que él o ella hace, no sobre ciencia de otros porque la divulgación, como dijo el matemático Godfrey Hardy, es para inteligencias de segunda fila. Cuando una mente es brillante, hace ciencia, porque eso le dará la gloria. La ciencia te puede dar, además, la gloria eterna. Pitágoras es eterno y Galileo, Newton o Einstein también. Pero si no se tiene una inteligencia de primera fila, escribes sobre la ciencia que hacen otros, que es en esencia la divulgación. También sucede en arte o literatura. La inteligencia de primera fila escribe el libro, pinta un cuadro o dirige una película. La inteligencia de segunda fila es la que escribe la crítica literaria, artística o cinematográfica.

Los críticos no pasarán a la historia, los artistas sí. Lo mismo sucede con la ciencia. Cuando el científico sólo divulga, asume que ha fracasado en su primera misión. Por eso se resisten. No obstante, yo creo que pueden compaginarse ambas actividades. Y creo que cada día es más frecuente que los científicos usen la divulgación o la literatura de ficción o ensayo porque saben que eso les puede reportar fama mediática y, con ella, obtener financiación para sus proyectos. En España tenemos un caso muy curioso, el de José  de Echegaray que era profesor de física matemática en la Universidad de Madrid y uno de los matemáticos más brillantes de la historia de España. Sin embargo, el grueso de su sueldo lo obtenía escribiendo teatro y por ello le dieron el Nobel de Literatura en 1904. La historia de la ciencia española es lamentable. 

¿Si un científico no publica, perece? 

Si un científico no publica significa que no produce ciencia, por tanto, no sé  si puede llamársele científico en activo. Ahora bien, puede haber publicado un gran hallazgo y con eso tiene ya la gloria. Pasa con los escritores. Hay algunos que sólo publican una o dos obras maestras y ya está. ¿Perecen? Pues si su obra es muy buena serán eternos como Homero o Cervantes. Habrá habido otros que publican mucho más, como Agatha Christie, pero no quiere decir que sean mejores. Es muy difícil escribir muchas obras maestras y lo mismo sucede con las ideas científicas     

Por cierto, Einstein era empleado en la Oficina de Patentes. Publicó muy poco. 

Publicó poco pero muy bueno. En 1905 publicó tres artículos que se han considerado los mejores artículos del siglo XX. Es importante decir que no necesitó  dinero para elaborar su teoría y no hicieron falta 300 artículos para convertirse en el mejor científico del siglo XX y en uno de los más brillantes de la historia de la ciencia. Tenemos que replantearnos muchas cosas sobre la política científica.

subir

 

 

      

Inicio