León Olivé: “Una cultura científica debe ser mucho más que el acceso a un teléfono móvil”

Manuel Crespo (OEI-CAEU-AECID) Sí a la participación ciudadana en temas de ciencia y tecnología, pero cómo es que se hace. Sí a la consolidación de una cultura científica en el seno mismo del público no experto, pero quiénes son exactamente las personas que integran ese público. Sí a la posibilidad de establecer programas de debate e intercambio entre los científicos y la gente común, pero por dónde se empieza. Sí a un periodismo que articule esas ideas nacidas de la discusión, pero qué gran medio de comunicación se ocupa -hoy en día- de esa tarea sin que medien otros intereses. 

Por cada posible solución, un nuevo cuestionamiento. León Olivé ha dedicado toda una carrera académica a estudiar y desentrañar estas paradojas. De todas maneras, para el doctor en filosofía e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a la larga cualquier discusión sobre un tema de esta índole lleva a la misma observación elemental: es necesario entender al conocimiento como algo más que el escenario donde ocurren los últimos avances científicos y tecnológicos. O, para decirlo en sus propias palabras: no hay cultura científica si no hay justicia social, si no hay participación democrática y si no hay consenso en la diversidad. 

PREGUNTA: ¿Hasta dónde es conveniente que los ciudadanos sepan sobre ciencia y participen en ella?

RESPUESTA: Hoy en día, el desarrollo científico y la tecnociencia influyen en la sociedad en su conjunto y en la vida privada de cada ciudadano. Si bien todos somos afectados, no todos participamos de los beneficios de estos avances. Un campesino puede estar sembrando semillas transgénicas sin saber qué es eso, sin imaginarse que eso existe ni qué implicaciones esconde. Entonces, en aras de la posibilidad de un mejor ejercicio de la autonomía personal y colectiva, es necesario que sepamos cómo la ciencia y la tecnología ejercen influencias en nuestra vida y qué consecuencias tienen sus aplicaciones. Esas consecuencias pueden ser benéficas para el desarrollo social, pero también, como hemos visto a finales del siglo XX y a principios del siglo XXI, el desarrollo científico-tecnológico trae riesgos, especialmente cuando obedece a intereses privados o cuando las instancias públicas que deberían vigilar esos efectos no actúan de la mejor manera. Todo esto es necesario para que cada uno de nosotros pueda decidir sobre su propio cuerpo. La capacidad de intervención de la ciencia y la tecnología sobre el cuerpo humano nunca ha sido tan grande como lo es ahora, lo mismo en lo que tiene que ver con las formas que afectan la vida social y la vida productiva. El ciudadano tiene pleno derecho de decidir sobre las formas en que la ciencia y la tecnología afectan su vida personal y colectiva. Y para poder tomar esa decisión se requiere información, un buen conocimiento, que no es lo mismo que el conocimiento de un especialista.

P: En ese sentido, ¿cuál es el rol que tiene hoy el periodismo? ¿Considera que tenga que corregir algo en particular?

R: Aquí tendríamos que distinguir entre el ser y el deber ser. El periodismo ha estado desempeñando un papel que tiene una cara positiva y otra negativa. Es fundamental el papel de los medios de comunicación en general, y del periodismo en particular, para contribuir a la construcción de una cultura científico-tecnológica en todas las vertientes necesarias. Pero también es importante que el ciudadano común y corriente comprenda cuál es la importancia de la ciencia y la tecnología. Esto, desde luego, se debe hacer a través de los medios de comunicación. Aunque en este sentido muchos medios han desempeñado un rol muy positivo, otros a veces comunican el contenido de la ciencia y la tecnología de una manera que deja a los científicos y tecnólogos como los nuevos sacerdotes de la sociedad, como expertos infalibles que saben todo lo que hay que saber sobre temas sociales, temas de salud y temas ambientales, entre otros. Esto contribuye a generar una imagen distorsionada del papel real que deben jugar la ciencia y la tecnología en nuestra sociedad. Lo primero que tenemos que entender es que el conocimiento científico es falible. Sin embargo, los medios ayudan a que se instale una imagen equivocada de la ciencia: la que indica que la solución a todos los problemas sociales y ambientales está en manos de los científicos. Esto excluye al resto de la sociedad de la posibilidad de participar en la formulación de los problemas y en el diseño de las soluciones. Esto ha pasado mucho en nuestros países latinoamericanos. Y cuando se hacen esas exclusiones, las soluciones tienen muy pocas probabilidades de éxito. Difícilmente la gente que tiene los problemas aceptará políticas impuestas desde arriba, sin su participación, de modo que hay varios aspectos para vigilar y corregir. Pasando al deber ser, es claro que los medios deberían fomentar de una manera más intensa la constitución y consolidación  de  una cultura científico-tecnológica. En la prensa hay información sobre riesgos todos los días. Ya todos sabemos que el desarrollo de la industria química en el siglo XX fue uno de los elementos que más contribuyeron a la contaminación ambiental. Y ahora tenemos una discusión, vigente y pendiente de resolver, acerca de los organismos genéticamente modificados. Creo que la biotecnología y la ingeniería genética pueden ofrecer soluciones muy importantes a graves problemas sociales, pero esto debe producirse a partir de una serie de evaluaciones: cuándo un cultivo transgénico es conveniente en cierto territorio, en qué condiciones, cuál es la verdad detrás de la idea de que los transgénicos resolverán el hambre en el mundo… Revestidas de argumentaciones aparentemente científicas, existen muchas propagandas ideológicas que están favoreciendo los intereses de varias compañías transnacionales, pero también vemos, en los debates públicos del más alto nivel mundial, que existen muchas opiniones en contra. Este debate debe ventilarse en los medios, pero los medios deben hacerlo con la responsabilidad y el acento puestos en mejorar la educación de la sociedad en materia científica. De este modo el ciudadano podrá evaluar no sólo la argumentación que se le ofrezca, sino también detectar en función de qué intereses se está hablando. El medio debe contribuir a que se sepa que hoy en día la ciencia y la tecnología no son neutrales en ningún sentido.

P: En 2009, cuando se dieron a conocer los primeros casos de Gripe A, en varios países se armó un revuelo mediático que terminó por generar un gran pánico. Esto llevó a una ola de consumo de alcohol en gel, medicamentos, barbijos…

R: Creo que tristemente el ejemplo es muy atinado. Tanto México como otros países pusieron en evidencia varios problemas. En primer lugar, el deficiente manejo de las autoridades correspondientes, que respondieron con un análisis incorrecto acerca de la situación desde el punto de vista científico. Las autoridades públicas y los medios de comunicación subestimaron al ciudadano, pero el ciudadano también tuvo responsabilidad al prestarse a esa manipulación. En México se desencadenó un pánico que después quedó en evidencia: aunque la gravedad de la epidemia no era despreciable, tampoco era cierta la magnitud con que los medios la amplificaron. En muchos casos hubo un manejo de la información orientado a generar impacto periodístico, a obtener grandes niveles de audiencia. También quedó en claro que en México los mecanismos de vigilancia epidemiológica son anticuados. No se vio por parte del gobierno y los responsables de las políticas de salud una actitud proactiva, sino meramente una reacción frente al problema. Aquí entra en juego la ciudadanía. Para que los mecanismos de vigilancia sean proactivos, quienes deberían participar en el problema -además de expertos epidemiológicos, personal de salud y tomadores de decisión- son los ciudadanos. El ciudadano también debe estar ahí para dar la voz de alerta. La participación ciudadana debería darse desde el diseño y la evaluación de políticas públicas en ciencia, tecnología e innovación, y también en las políticas directamente relacionadas con éstas: las políticas económicas, educativas y culturales. Eso no implica que se deba someter a votación todo lo que dice una teoría científica. Eso sería una caricatura de la participación.

P: ¿Existen casos exitosos de participación colectiva en Iberoamérica?

R: Me parece que lo mejor es pensar en casos locales. A nivel nacional no conozco ejemplos de esta naturaleza. Sin embargo, cuando nos enfocamos en casos regionales sí podemos pensar en situaciones en las que hay participación, tal vez no tanto en lo que se refiere a políticas de ciencia y tecnología, sino más bien en lo concerniente al aprovechamiento del conocimiento en la convivencia de distintos sectores ciudadanos con expertos de diferentes disciplinas para tratar de discutir y resolver ciertos problemas. Se está trabajando de manera conjunta en temas de restauración ecológica, por ejemplo. En México estamos intentando llevar a cabo algunos proyectos en el Lago de Pátzcuaro, en el Estado de Michoacán. Ahí se busca esta concurrencia de participación y aportación entre expertos en materia de contaminación junto con miembros de comunidades que viven en la ribera del lago. Esto no sólo contribuye a la preservación y restauración ecológica del lago, sino también a mejorar las condiciones de las prácticas productivas de los pescadores. Es verdad: se trata de ejemplos pequeños en cuanto a la población que involucran y en cuanto al territorio en el que se desarrollan. Pero creo que es tal la dificultad de pensar en cómo involucrar a los ciudadanos en temas científico-tecnológicos que una estrategia viable es, justamente, pensar en escala.

P: Cuando se habla de crear una cultura científica, ¿se trata de una tarea anterior, posterior o contemporánea a la necesidad de resolver problemas más acuciantes como el hambre o la salud?

R: Eso es un gran debate, pero yo creo que es un error pensar que primero se deben resolver problemas de nutrición o salud y después abordar el problema de la cultura científica. La resolución de todos los problemas debe darse en paralelo. Deficiencias como la desnutrición o los defectos en los sistemas de salud y educación deben irse resolviendo paralelamente al fomento de una cultura científica, justamente porque para responder a los problemas señalados, en primer lugar y  en gran medida se requiere de una cultura científica consolidada. En muchos casos la gente necesita comprender los orígenes de determinados problemas para poder prevenirlos. Muchos problemas se pueden solucionar si se logra cambiar ciertos hábitos, y de por sí cambiar hábitos es un problema cultural. No estamos pidiendo que cada comunidad cambie su cultura, sino que incorpore los conocimientos a su modo de vida, de forma tal que pueda mejorarla. En México se han producido cambios negativos en la alimentación, pero creo que esto se puede extender a otras partes de América Latina donde siempre existieron dietas tradicionales altamente nutritivas, con base en alimentos como el maíz, la calabaza y el frijol. ¿Qué es lo que ha pasado los últimos años? Pues que por una presión cultural, en la que los medios han jugado un rol importante, esa dieta ha sido cambiada y ahora hay una mayor ingestión de alimentos chatarra o con muy poco valor nutritivo. Es imperioso recuperar los hábitos para que la gente vuelva a comer bien, y eso se logra mediante el adecuado fomento de una cultura científica que le muestre a la gente que lo que se comía tradicionalmente no sólo es más sabroso sino que además hace mucho mejor al cuerpo, a la salud, que esos alimentos empaquetados cuyo éxito deviene de la acción publicitaria que promueven ciertos intereses comerciales.

P: En distintas ponencias, usted ha hablado de tres puntos que deben ser atendidos en la Sociedad del Conocimiento: la justicia social, la democratización y la pluralidad. ¿Podría hablarnos de ellos?
 
R: El primer concepto tiene que ver con la necesidad de discutir a fondo el concepto de Sociedad de Conocimiento, porque muy frecuentemente se lo utiliza como un concepto reducido a sociedades cuyas economías están basadas en el conocimiento. Es decir, actualmente la mayor parte de la riqueza del mundo es generada por sistemas productivos en los que el énfasis no está puesto tanto en la transformación de materias primas, sino en transformar el conocimiento mismo por medio  de un trabajo  intelectual. Así es que tenemos todas esas grandes empresas biotecnológicas, informáticas o de las telecomunicaciones, que hoy en día son las que generan la mayor parte de la riqueza que se produce en el mundo. Entonces, cuando se habla de Sociedad de Conocimiento en discursos políticos y en políticas públicas, no hay que perder de vista que lo que se está buscando en esos países es un aumento de la competitividad y de la producción con base en el conocimiento. Pero se descuida el reparto de esa riqueza y la capacidad de la gente de comprende rmejor y resolver sus problemas con base en un aprovechamiento del conocimiento. Así como las sociedades industriales que sucedieron a las sociedades agrícolas efectivamente produjeron más riqueza, pero no necesariamente esa riqueza se repartió de una manera que podamos considerar justa desde el punto de vista social, ahora estamos viviendo el mismo problema: las economías basadas en el conocimiento generan mayor riqueza que las indiustriales, pero hay una alta concentración de la riqueza en una parte minúscula de la población mundial. El resto no sólo se queda sin recibir riqueza, sino que, peor todavía, tampoco tiene permitido generar conocimientos propios que pudieran generar riquezas propias. Es correcto pensar en términos de generar riqueza con base en el conocimiento, sobre todo en el conocimiento científico y tecnológico, pero  este modelo de sociedad, para que realmente apunte hacia el progreso social debe  incluir  mecanismos para convertir a los países en colectivos más justos. Aquí vendría a radicarse el segundo punto. Es preciso que se dé esa participación democrática de la que hablábamos antes. No una democracia formal, donde los ciudadanos votan cada cuatro años para elegir autoridades que luego se desentenderán y no rendirán cuentas a esa ciudadanía que los eligió, sino se trata de una democracia participativa en la que se ponga énfasis en lo que más importa: la formulación de los problemas y la toma de decisiones para ver cómo se solucionan esos problemas. En ese marco se debe tener en cuenta el tercer punto. No podemos olvidarnos de la diversidad cultural. Un problema de nutrición o de educación no es lo mismo en los diferentes grupos culturales de Iberoamérica, por ejemplo, de modo que la solución no puede ser la misma. Por poner un ejemplo caricaturesco, usted a un hinduista no puede proponerle resolver su problema de ingesta de proteínas con carne de vaca. Tenemos que tomar en cuenta las características culturales para ver las formas de solucionar los problemas. Las viviendas no pueden ser las mismas en la selva y en zonas urbanas. En resumen, debemos entender a la Sociedad del Conocimiento como una sociedad que es capaz de apropiarse del conocimiento que ya existe, pero que tiene también la capacidad de generar el conocimiento que le sea necesario para solucionar sus problemas con la participación ciudadana, que es el elemento de la democracia, y de acuerdo con las formas culturales que coexisten en los países, para que resulten soluciones aceptables y con gran probabilidad de éxito si se implementan de acuerdo con el pensar de la gente que vive esos problemas.

P: Vivimos en un mundo que ha sufrido una aceleración muy grande debido a los cambios tecno-científicos. ¿Ya podemos considerarnos cultos desde el punto de vista de la ciencia y la tecnología?

R: Muchas veces se piensa que quienes toman decisiones en el ámbito político-económico pueden quedarse satisfechos de que el mundo se está desarrollando continuamente en el ámbito científico-tecnológico. Si bien hay un mayor acceso a teléfonos móviles, por dar un ejemplo, también es cierto que hay mucha gente que aún no tiene servicio de Internet. Ése, creo, es el caso general en América Latina. Lo importante es que no miremos a la cultura científica sólo a partir de cuestiones como el acceso a un teléfono móvil. Una cultura científica debe incluir mucho más: una comprensión de la importancia y el gran potencial que tiene la tecnología para el desarrollo social, así como también la posibilidad de participar en ese desarrollo y de poder encauzarlo de manera que efectivamente redunde en un desarrollo social, con consecuencias que sean aceptables desde el punto de vista de la sociedad que está experimentando esos cambios. Creo que hasta ahora hemos vivido sólo el impacto de la ciencia y la tecnología. El ejemplo que ponía antes es muy representativo: un campesino puede estar sembrando una semilla transgénica sin saberlo. Está sufriendo el impacto de la ciencia y la tecnología, y su cultura está siendo afectada también, pero eso no quiere decir que sea culto desde un punto de vista científico y tecnológico. Ser culto en ese sentido querría decir que sabe qué son las semillas transgénicas y que tiene la capacidad de decidir si las va a utilizar o no en función de su cultura y en ejercicio de su autonomía, sabiendo cuáles son los beneficios, los riesgos y los perjuicios que pueden tener los usos de determinadas tecnologías. Hablamos de una sociedad culta cuando hay personas que pueden decidir sobre qué tipo de tecnología se va a usar porque así les conviene y así lo deciden de manera autónoma.

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