José Antonio López Cerezo: 'Si  no se ponen los recursos necesarios, la transferencia social de la investigación será un mero elemento decorativo'

José Antonio López Cerezo. Foto DICYT

Clara B. Vías. (OEI-AECID). José Antonio López Cerezo es catedrático de la Universidad de Oviedo y dirige el Curso de Experto Universitario de Divulgación y Cultura Científica, cuya convocatoria se hace publica hoy, que tienen la OEI y la Universidad de Oviedo, desde hace años es además coordinador de la Red de Excelencia de Estudios Sociales de la Ciencia de la OEI. En esta entrevista además de darnos su opinión sobre la recientemente aprobada Ley de Ciencia de España no comenta sus puntos de vista sobre la transferencia social de la investigación y el fomento de vocaciones de la ciencia.

¿Cuál considera usted  que es la situación actual de la Ciencia en España?

En mi opinión, la situación actual de la ciencia en España es saludable, aunque, como todo, depende de cuál sea el referente que estamos utilizando. Si comparamos los indicadores principales de la ciencia española con los valores medios de los indicadores de los países iberoamericanos, nuestra situación es muy buena. Fundamentalmente, indicadores de inversión, productividad y recursos humanos. Sin embargo, si lo hacemos, como creo que debemos, con los países de nuestro entorno europeo como Francia o Alemania, es importante el esfuerzo que aún debemos realizar. No digamos ya si la comparación se realiza con los países más dinámicos como Estados Unidos o Japón. De lo que no hay duda es del gran avance que ha disfrutado la ciencia española en la última generación, una vez consolidada la transición democrática en nuestro país, así como de la tendencia a la convergencia con los países europeos más avanzados.

¿Cómo hemos conseguido dar este impulso a la Ciencia en España?

La puesta en marcha de la anterior Ley de Ciencia, en 1986, con la creación de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología y otros organismos para la promoción y mejora de la calidad, así como el esfuerzo sostenido realizado desde ese momento en el incremento de la financiación del sistema español de ciencia y tecnología, ha sido fundamental para ese impulso. Ha sido parte de un proceso mucho más general de modernización de la sociedad española que ha transformado enormemente nuestro país en unos pocos decenios.

¿Cuáles son las metas para el futuro? ¿Cómo se puede mejorar?

Se trata de los retos que se plantea la nueva Ley de Ciencia de mayo de 2011. Un primer desafío, no por bien conocido menos elusivo, es el de promover la innovación. A pesar del esfuerzo de financiación por parte del Gobierno, un porcentaje todavía bajo de la inversión nacional en I+D, o de la ejecución de la I+D, procede o tiene lugar en el mundo de la empresa, al menos en comparación con los países líderes a nivel internacional. En ese sentido, hay un déficit importante en la transferencia de resultados de investigación al sector productivo. Está por ver que la nueva Ley de Ciencia sea capaz de genera un avance significativo a este respecto. Otro desafío que quiero destacar es el del estímulo de la investigación en la universidad. Las universidades públicas son un motor principal de la I+D en España. Sin embargo, su potencial a este respecto está lejos de ser adecuadamente aprovechado. La justificación de la dedicación laboral de un profesor universitario, y de la mayor parte de su salario mensual, se expresa en general en términos de docencia y de gestión. Los recursos disponibles, procedentes del Gobierno central o de los autonómicos, para incentivar la actividad investigadora de los profesores universitarios son todavía escasos. No es nada raro que un investigador de excelencia tenga que dar un gran número de clases de grado y de postgrado, además de ocuparse de innumerables tareas de gestión de los proyectos que coordina. Eso es un desperdicio de materia gris, además de poner obstáculos para la incorporación al sistema de los jóvenes investigadores en formación. Un reciente estudio de la Fundación Cooperación y Desarrollo (junio de 2011) concluye que 1 de cada 4 profesores de universidades públicas no produce resultados evaluables de investigación. Es algo que debería hacernos reflexionar.

¿Existe un público para la ciencia en España?

Sí desde luego, aunque todavía es minoritario y es considerable el camino que en esa dirección podemos avanzar. Las encuestas bienales de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) muestran regularmente que el interés de la población general por los temas de ciencia y tecnología es superior al de la información que se percibe como disponible en los distintos medios de comunicación. La nueva Ley de Ciencia española también incluye como un reto la promoción de la divulgación científica y lo que podríamos llamar la transferencia social de los resultados de investigación. Hay que añadir no obstante que, a menos que se doten los recursos necesarios, este punto puede quedarse en un mero elemento decorativo. Si la investigación está escasamente incentivada en la universidad española, la divulgación científica lo está ahora mismo todavía menos. Es más, incluso hay una disposición desfavorable en el mundo académico respecto a la divulgación, donde con frecuencia tiende a verse como un demérito. Se trata de un prejuicio cultural muy arraigado que se basa, en mi opinión, en una inadecuada visión unidimensional de la carrera académica, de lo que significa alcanzar la excelencia en el mundo de la ciencia y la tecnología.

Echando un vistazo a la Historia de nuestro país, no se puede decir que haya habido, en general, científicos “estrella”. Para que haya creadores científicos, ¿considera imprescindible que haya un poso de cultura científica socialmente arraigado?

Sí, y en ese sentido es absolutamente necesario promover las vocaciones científicas. O mejor dicho, no destruir vocaciones científicas en el paso de los jóvenes por la educación secundaria. La fascinación que sienten los más jóvenes por la naturaleza y el mundo externo va erosionándose a lo largo de la escolaridad, a medida que van asimilando el aburrido, memorístico y abstracto formato didáctico utilizado para promover ese conocimiento. Son muchos los retos planteados para mejorar la enseñanza de las ciencias en la primaria y especialmente la secundaria, retos relacionados fundamentalmente con la mejora de las metodologías de enseñanza-aprendizaje y una renovación de contenidos acorde con los lineamientos internacionales en didáctica de las ciencias. En este sentido han demostrado ser particularmente apropiados los conocidos como enfoques CTS (ciencia, tecnología y sociedad), que marcan la vanguardia de la evolución educativa en la enseñanza de las ciencias. La Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) ha dado un gran impulso a estos enfoques en el ámbito iberoamericano desde 1997. Y no podemos olvidar un elemento fundamental para el estímulo de esas vocaciones: mejorar el salario y condiciones laborales de los investigadores. Ahora mismo, un becario de investigación que comienza en la universidad tiene una realidad laboral y unas perspectivas de futuro muy desalentadoras.

¿Qué importancia tiene promover la educación científica fuera de la escuela?

El aprendizaje es un proceso que continúa durante toda la vida en una gran diversidad de espacios y formatos: la televisión, la prensa, Internet, los museos, conferencias, etc. Una vez concluido el periodo escolar, es responsabilidad de los organismos públicos proporcionar oportunidades para que los ciudadanos satisfagan sus necesidades e intereses respecto al consumo de información, incluyendo la información científica. Con más motivo en una época como la nuestra, que ha sido descrita como “sociedad del conocimiento”, donde una gran cantidad de asuntos públicos y cuestiones de interés personal están relacionadas con aplicaciones de la ciencia y resultados del desarrollo tecnológico. La divulgación científica y la comunicación social de la ciencia pueden entenderse incluso, en el sentido anterior, como condición necesaria para el buen funcionamiento de la vida democrática, en una sociedad donde las personas no se inhiban o se conviertan en meros rehenes de posiciones radicales alimentadas por la ignorancia. Con todo, aparte de su indudable valor práctico y político, hay que reconocer también el valor del conocimiento científico como bien en sí mismo. Entender el mecanismo de la evolución de las especies, las claves del origen del universo, la magia de los números primos, o la armonía del cuerpo humano es enriquecernos como seres humanos.

En este interesante artículo, (http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial/1432/la-ciencia-y-lo-publico),  Miguel Angel Quintanilla Quintanilla dice “a partir de ahora se introduce un nuevo criterio para evaluar las políticas gubernamentales de ciencia y tecnología: estas deberán diseñarse y ejecutarse no sólo mirando a los científicos, a los centros de investigación y a las empresas, sino también mirando al público” ¿cómo considera usted que se puede lograr este objetivo?

Creo que Miguel Ángel está expresando más un deseo que un diagnóstico de la realidad. Es un deseo que comparto, aunque quizá no soy tan optimista como él. Entiendo que se refiere a lo que él mismo llama en ocasiones “la perspectiva cívica” de las políticas de ciencia y tecnología. En mi opinión, la mejor forma de presentar ese reto es a través de la triple forma de entender el desafío de la democratización de la ciencia que se expresa en la Declaración de Santo Domingo, un documento regional preparatorio de la Cumbre de la Ciencia organizada por UNESCO e ICSU en Budapest en 1999. El primer modo de democratizar la ciencia es a través de la divulgación y la comunicación social de los resultados de investigación, promoviendo la cultura científica de los ciudadanos. El segundo modo es creando espacios y mecanismo que permitan la participación social en las políticas públicas de ciencia y tecnología, la extensión de la democracia a este ámbito cada vez más importante en la gobernanza y en la vida de las personas. Y, por último, un tercer modo de entender el reto de la democratización consisten en promover la orientación social de la I+D, así como la innovación social. Las grandes prioridades de los programa de I+D financiados con fondos públicos no pueden marcarlas únicamente las empresas o los lobbies científico-industriales. Es importante la innovación tecnoproductiva, pero, como decía el sociólogo venezolano Ignacio Ávalos, no podemos confundir el mercado con la demanda, y hay muchos problemas sociales que no se expresan en el mercado, como los relacionados con la educación o el medio ambiente, y que deberían ser objetivos prioritarios del avance del conocimiento financiado con los impuestos de todos.

Más información Experto Universitario de Divulgación y Cultura Científica

 

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