Leoncio López-Ocón: “Cajal revolucionó la medicina en el mundo y la educación en España” (III Parte)

Santiago Ramón y Cajal

Clara B. Vías. OEI-AECID.
Cerramos la serie que sobre la historia de la ciencia en España junto a Leoncio López-Ocón. Hoy se centra en la figura de Santiago Ramón y Cajal. Leoncio López-Ocón es Doctor en Geografía e Historia e investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es autor del libro Breve historia de la ciencia española, publicado por Alianza editorial.

En la entrevista anterior,  habíamos dicho que en el Sexenio Democrático (1968-1974) se sentaron las bases  de la “Era de Cajal”

En efecto, Santiago Ramón y Cajal nace en  1852, por lo que desarrollo su formación en la década de los 70. Es deudor de la consolidación de la ciencia experimental, impulsada por naturalistas y por ingenieros de montes, minas, caminos, canales y puertos, que habían estado en ebullición durante el Sexenio.

Cuando llega la Restauración (1874) se consolida esa ciencia. Esa fue una época de tensión ideológica muy fuerte entre conservadores y progresistas. La pugna se centraba especialmente entre la relación de ciencia y religión. Durante el Sexenio se le dio un gran impulso al krausismo, grandes defensores de la libertad de enseñanza. Defendían la libertad de cátedra. Es decir, que un maestro es un texto vivo, que puede exponer libremente su sistema del mundo. Distanciado o no, de la doctrina oficial de la iglesia. Mientras que los conservadores se negaban a poner en entredicho los principios básicos de la autoridad y tradición: Dios, Patria y Rey.  No obstante, en 1891, el conservador Cánovas del Castillo maniobró para incorporar a los liberales al sistema de la Restauración (tomando como referencia el modelo bipartidista inglés). Y cuando llegaron al poder,  la libertad de cátedra fue aprobada.

Mientras tanto, Cajal se va formando  en Zaragoza, una universidad de provincias. En los años 70, va  a Cuba como médico militar. Y en los años 80 ya se incorpora al sistema universitario. En el plano cultural, no olvidemos que el 1985 se publicaron  “La Regenta” (Leopoldo Alas Clarín) y “Fortunata y Jacinta” (Benito Pérez Galdós Galdós),  obras clave de la literatura realista.  Este tipo de literatura, basada en la observación, también guardaba relación con el desarrollo del método experimental de las ciencias naturales.

Decía Lopez Piñero en su biografía, que mucha gente pensaba que  Cajal había nacido por generación espontanea…

Cajal empezó a  construir su obra histológica en la universidad de Valencia, que ya contaba con  una gran tradición de estudios experimentales.  Ahí, disponía, también, de buenos impresores, con los que realiza las láminas en las que cartografiaba los bosques del sistema nervioso que estaba explorando. Luego se instaló en Barcelona, ciudad próspera y  abierta, y muy bien comunicada con Francia y Alemania.  En cualquier caso, Cajal no fue una flor inflada, forma parte de un huerto abonado de circunstancias favorables para la creación científica. Pero sí que es cierto que en España, aunque existía producción científica interesante,  no estaba tan  expandida como en otras sociedades europeas, apoyadas en  sectores más amplios de la sociedad.

Y ahí llega el famoso viaje a Berlín, en el que  Ramón y Cajal dio a conocer su obra a nivel internacional

En efecto, el 1889 fue a Berlín, al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana. Ahí hizo una demostración pública (en el mal francés que hablaba) de sus investigaciones sobre el sistema nervioso, delante de los líderes de la Histología europea.  Y les dejó totalmente impresionados.   Había descubierto el funcionamiento de los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas. Lo que luego pasó a llamarse “la doctrina de la neurona”.

¿Cómo se recibió este éxito en España?

En 1897 ingresa en la Academia de Ciencias. Su célebre discurso de ingreso  se dirigió a los estudiantes, explicando  reglas y consejos sobre la investigación biológica. Cajal tenía mucha preocupación por cómo mejorar el sistema de enseñanza, por lo que trató de convencer a los jóvenes universitarios de la importancia de la investigación científica, tanto para producir nuevos conocimientos como para mejorar el funcionamiento de la sociedad española.

Ese discurso coincide con la gran crisis del 1898, en la que España perdió sus colonias de Cuba y Filipinas. De modo que ese discurso fue visto como bandera del regeneracionismo político. Se tenía la percepción de que Estados Unidos había vencido a España, no ya en el campo de batalla, sino en los laboratorios y en las universidades. Es decir, por superioridad científico-técnica.

Fue entonces cuando volvió a hablarse de que España estaba perdiendo, de nuevo, el tren de la Ciencia. Por eso, Cajal se erigió como modelo de conducta y ejemplo a seguir. Una figura como la suya demostraba que las carencias científicas españolas no se debían a una incapacidad congénita de los españoles, sino a la falta de medios.  Y el mensaje de Cajal caló hondo. Hasta el punto que hubo una campaña, entre la prensa republicana y en la opinión pública, para crear un laboratorio específico para Cajal, (creado en 1902), a través del cual, pudiese transformar la sociedad.  Desde ahí, Cajal pudo internacionalizar su obra, a través de una publicación científica escrita en francés, que todavía era la lengua científica internacional. 

Y esta mitificación llego a su momento culminante con la entrega del Nobel en 1906

Fue el momento  de mayor eclosión en la fama de Cajal, que ya era a esas alturas un líder social respetado por todos. Antes del Nobel, políticos liberales y krausistas querían fomentar “la moral de la ciencia”, la idea de que una España mejor era posible a través de la educación y el desarrollo científicos. Pero lo hicieron través de sus propias instituciones (la Institución libre de enseñanza). Pero el Nobel fue para Giner de los Ríos un punto de inflexión. Consideraron  que había llegado el momento de que el krausismo tuviese mayor influencia en el Estado, no para transformar la sociedad desde la base, sino desde la cúspide. Porque la renovación desde la base resultaba demasiado lenta.

Entonces, los krausistas (Giner de los Ríos, Cossío) llegaron a un acuerdo con Cajal para financiar la ida de los jóvenes científicos españoles a  los mejores laboratorios del mundo. Una vez formados, y “europeizados”, volverían a España para crear instituciones científicas, tomando el laboratorio de investigaciones biológicas de Cajal como referencia. Y es así como se creó en 1907 la junta para la Ampliación de estudios (JAE),  e investigaciones científicas. 

¿La JAE consiguió dar buenos frutos?

En 1932, Cajal hace recuento de su vida en su autobiografía “Recuerdos de mi vejez”. El había sido presidente de la JAE desde 1907 hasta el día de su jubilación. Consideraba que en algunas disciplinas científicas sí que se había dado un salto cualitativo, como en la Medicina, Filología, y más tenuemente, en  Matemáticas. Pero que se mantenían en posiciones secundarias en otros saberes, como en las ingenierías y la Química.

En cualquier caso, hubo herederos de la JAE, como el astrofísico miguel catalán. Y En el campo de la medicina, discípulos notables de Cajal, como Rio Ortega. Otro indicador del nivel de progreso que se vivía en España lo encontramos en las publicaciones científicas de los años 20, de extraordinaria calidad y amplia repercusión internacional.  Así, que podemos decir que la etapa de la JAE fue otra etapa dorada, con ciertos desequilibrios en los resultados globales, pero basada en un sistema científico articulado.

¿La Segunda República mantuvo esta línea?

Sí, se busco más promoción internacional. En esos años,  Madrid y otras ciudades españolas se convirtieron en sede de congresos internacionales. Pero, sobre todo, se le quiso dar un impulso más práctico al progreso científico. Castillejo, que había sido miembro de la JAE, impulsa la creación de  una nueva fundación de investigaciones y ensayos de reformas. El objetivo era transferir los conocimientos del laboratorio al sistema productivo. Por ejemplo, creando centros de investigación enológicos, para el vino.

¿Todo eso se quiebra con la Guerra civil y la llegada del franquismo?

Por supuesto, esa fue una nueva fase oscura. La guerra y el franquismo provocaron una nueva fuga de cerebros hacia el extranjero. Y además, la dictadura generó un silencioso “exilio interior”  de nuestros científicos e intelectuales. Un símbolo claro de esta nueva época fue el desmantelamiento de la JAE, y aunque se creó el Centro Social de Investigaciones Científicas (CSIC), resultó demasiado politizado desde un inicio. Heredó las infraestructuras de la JAE pero no su sistema organizativo, la amplitud de miras, ni la autonomía científica.

Quizá esta pregunta no le corresponda contestarla a un historiador, pero es un colofón casi obligado a esta larga entrevista  ¿cuál considera que es la situación actual de la ciencia en España?

Efectivamente, es necesario tomar la perspectiva de unos años para realizar un análisis histórico. Pero puedo opinar como ciudadano informado. Se podría decir que en España hacen falta más medios, pero sobre todo, mejor orientación. Hay que establecer prioridades y articular mejor los sistemas de evaluación. Y, sobre todo, realizar un esfuerzo por integrarnos en las redes científicas internacionales de referencia. Por supuesto, ha habido avances. De hecho, las últimas estadísticas de Producción de Ciencia, señalan que España, que partía de posiciones muy bajas, ahora se encuentra en 9º lugar. Pero esto se refiere a la creación de artículos científicos. Pero nos falta crear más patentes: España tiene el puesto nº  40 en capacidad innovadora. Así que ese es el gran reto: trasladar lo que se genera en laboratorios y universidades al aparato productivo de nuestro país.

 

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