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Argentina - 11 de septiembre: Día del Maestro


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En 1943, la Conferencia Interamericana de Educación (integrada por educadores
de toda América) se reunió en Panamá y estableció
el 11 de septiembre como Día del Maestro, en consonancia con el 55º
aniversario del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento.

Para comenzar a trabajar acerca de esta fecha Educ.ar ha realizado un trabajo
especial que incluye una sección dedicada a la figura de Sarmiento; un
fragmento del documental "La escuela de la señorita Olga",
que muestra una práctica innovadora de principios del siglo XX; cuentos
y relatos sobre docentes y algunas historias de educadores de hoy.

Sarmiento y la educación

Educar: su única ambición. Día a día,
desde todos los ámbitos y lugares: desde el periodismo, desde el poder,
desde el exilio, desde la literatura. Educar en Buenos Aires y en las provincias;
en Chile y en Paraguay; al rico y al pobre, al hombre y a la mujer, al adulto
y al niño. Educar. Verbo liberador, puerta de entrada a los demás
verbos amados por Sarmiento: crecer, democratizar, ser, progresar.

Esa fue acaso su única ambición en la vida. Sus libros, sus polémicas,
sus viajes —incluso sus participaciones políticas y militares—
parecen reducidos hoy a una serie de estrategias para desterrar un único
enemigo íntimo: la ignorancia. Según Sarmiento, ésta era
antesala de la barbarie, sinónimo de la tristeza, la frustración,
el terror y la muerte.

¿Cuándo nació esta ambición? Muchos historiadores,
y él mismo, la han centrado en su infancia, a los 14 años, en
1825. Por entonces, Bernardino Rivadavia no había llegado aún
a la Presidencia de la Nación. Se desempeñaba, no obstante, en
funciones de gobierno y había solicitado que cada provincia enviara sus
seis mejores estudiantes a Buenos Aires. Becados por el Estado, continuarían
allí su instrucción, en el prestigioso Colegio de Ciencias Morales.
Rivadavia también pedía que, aunque pobres, los chicos proviniesen
de familias decentes.

Sarmiento era, claramente, el más aplicado alumno de su provincia. Había
sido, incluso, proclamado "primer ciudadano" de la Escuela de la Patria,
la mejor de San Juan y una de las más destacadas del país. "Empero
—escribe en sus Recuerdos de provincia—, se despertó la codicia
de los ricos [...] y hubo de formarse una lista de todos los candidatos; echóse
a la suerte la elección, y como la fortuna no era el patrono de mi familia
no me tocó ser uno de los seis agraciados. ¡Qué día
de tristeza para mis padres aquel en que nos dieron la fatal noticia del escrutinio!
Mi madre lloraba en silencio, mi padre tenía la cabeza sepultada entre
sus manos."

Sarmiento, quizá con deliberación, no habla de su dolor; sólo
del de sus padres. La exclusión, no obstante, lo marcó para siempre.
Acaso sintió, entonces, el violento golpe de la injusticia y vivió
la opresión que implicaba el no contar con un sistema educativo plural,
democrático y no excluyente. Probablemente sintió también
que, en materia social, dividir era quizá el mejor modo de multiplicar,
porque de esa forma era posible igualar, hermanar, romper jerarquías
y pacificar. Sintió, tal vez, como nunca antes, la necesidad impostergable
y vital de generalizar la educación como forma acabada de emancipar un
pueblo.

Estas ideas las confirmó en adelante, cotidianamente, hasta el final
de sus días. Observó, además, que quienes pensaban en el
progreso apoyaban a las universidades y, absurdamente, descuidaban la enseñanza
primaria: en aquel contexto —y sólo en aquel contexto en el que
la Argentina se reducía a un país, si esa denominación
le correspondía, inequívocamente rural y analfabeto— ese
pensamiento denotaba literalmente un signo de pacatería y ceguera, deliberadamente
aristocrático, elitista y burgués. "Para Sarmiento —comenta
al respecto el erudito francés Paul Verdevoye—, la verdadera civilización
de un pueblo no consistía en tener un centenar de individuos que constituyeran
’la aristocracia del saber’, sino el mayor número posible de ciudadanos
instruidos. Lo que para Sarmiento necesitaba una sociedad moderna —concluye
Verdevoye— era ’una educación común’, libre de las odiosas
diferencias entre ricos y pobres, maestros y esclavos, nobles y plebeyos."
Una educación, en suma, pública y para todos. Sólo cuando
se comprendieran y aplicaran estos principios quedarían establecidas,
según Sarmiento, las bases de un gobierno democrático.

Aquella imposibilidad de estudiar en Buenos Aires marcó el fin de su
educación formal. Desde entonces, Sarmiento estudió solo y se
abocó a reparar la injusticia vivida; una mala experiencia —pensaba—
permitía identificar dicha injusticia y evitar que se repitiera sobre
él o que la sufrieran los otros. Así pensó, en adelante,
todo, absolutamente todo lo vinculado a la educación: desde el diseño
de los bancos y las aulas hasta los posibles inconvenientes que pudieran generar
los efectos del gas carbónico en la respiración de los chicos.
Además de un brillante teórico de la educación, fue, ante
todo, un hacedor de sus ideas. Se arremangó y hundió las manos
en el corazón del problema. Constató él mismo, sin intermediarios
ni burocráticos informes, la validez o no de sus pensamientos. No fue
un mero "habilitador de edificios de instrucción" —simplificada
e inofensiva imagen a la que el lugar común lo relega— sino, literalmente,
un creador, un fundador de verdaderas escuelas que triunfarían y edificarían
un país bajo la precariedad elemental de un árbol, una ronda de
chicos y un buen maestro enseñando.

Pionero en la pedagogía latinoamericana, educador democrático,
Sarmiento trascendió su tiempo, y hoy, 112 años después
de su muerte, sus premisas viven y exigen del presente lo que en el pasado buscaron.

(Fuente Educ.ar)

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9 de septiembre de 2007

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