Número 5 / Enero - Abril 2003
Reseñas


Javier Echeverría. Ciencia y Valores. Barcelona: Ediciones Destino, S. A., 2002, 312 pp., ISBN 84-233-3408-2.

Carlos Osorio M.
Universidad del Valle, Colombia.
Red CTS+I, OEI.


Estamos ante un libro de filosofía, pero como el mismo autor aclara desde el primer párrafo del prólogo, de una filosofía adjetiva, o filosofía de. No se revisan las preocupaciones generales de orden metafísico de la filosofía, más bien se concentra en algo específico relacionado con la filosofía de la ciencia, algo del mundo de abajo, del hacer, de los artesanos, de los científicos e ingenieros, en otras palabras, de las acciones científico-tecnológicas.

Sin embargo, no es un tratado de filosofía práctica, o una praxiología de la ciencia, se trata de algo más limitado, de una filosofía de los valores de la ciencia. Y aquí nos encontramos frente al primer obstáculo que esta empresa filosófica debe zanjar, la separación de la ciencia y los valores por parte de la tradición filosófica y científica. El libro constituye una propuesta por reunirlas, es decir, por un adiós a la neutralidad de la ciencia. Un segundo obstáculo, lo constituye la primacía de los valores morales cuando se habla de valores, si acaso, de los valores políticos y ambientales. Sin embargo, la filosofía de la ciencia ha introducido otro tipo de valores, los valores epistémicos, que antes que oponerlos a los morales, abren el marco valorativo. Ya en un trabajo anterior, Echeverría se planteaba el tema de los valores epistémicos, por ejemplo, con relación a la tecnociencia (verosimilitud, adecuación empírica, precisión, rigor, intersubjetividad, publicidad, coherencia, repetibilidad de observaciones,...); el tema de los valores típicos de la técnica y la tecnología (innovación, funcionalidad, eficiencia, eficacia, utilidad, aplicabilidad, fiabilidad, ...); el tema de los valores económicos (optimización de recursos, buena gestión de empresa científica, beneficio, rentabilidad, reducción de costes, competitividad,...); junto con los valores ecológicos, los valores humanos, políticos y sociales y éticos(1). En este sentido, se puede entender su idea por abrazar un pluralismo axiológico, en tanto subsistemas de valores relacionados entre sí.

Varias son las aclaraciones que presenta el autor antes de entrar en los capítulos. Por un lado, trata de precisar el campo desde el cual se habla de valores. Se partirá de un marco conceptual en donde los valores son asumidos como funciones, incluso se dirá que los valores caen sobre nosotros, o son en nosotros y para nosotros. Pero el nosotros es un agente y no un sujeto; y este punto adquiere una enorme relevancia cuando el enfoque de valores como función es llevado al ámbito de la educación científica, uno de los ámbitos que aborda el libro. Los valores de la ciencia son, pues, considerados como funciones que guían y orientan las acciones científicas, y con ello se insiste más en los criterios de evaluación que en los valores mismos, en las acciones evaluadoras (incluyendo los protocolos) que en los juicios de valor.

Al ser considerados los valores como funciones, la propuesta del autor se concentra en definir una filosofía que permita tal denominación, que sirva para trabajar las acciones evaluadoras. Es ahí, cuando Echeverría propone una teoría de la acción científica, ésta permitirá intervenir las acciones evaluadoras o la acción de valorar en ciencia. Tal teoría de la acción -explicado su fundamento en el primero de los capítulos de la obra-, contiene una serie de matrices de evaluación –capítulo segundo-, utilizables para probar su validez en el contexto de evaluación de la actividad científico-tecnológica.

Si bien, la actividad científico-tecnológica comprende cuatro contextos: el de educación, el de innovación, el de aplicación y el de evaluación; es en el último que la teoría de la acción va demostrar su eficiencia. Permanentemente, los científicos valoran el conocimiento que generan, tratan de evaluaciones sobre sus propias investigaciones, de sus aplicaciones o de los procesos educativos en donde forman a los investigadores, entre otras acciones evaluadoras. Son acciones habituales a la práctica científica; pues bien, en los contextos de evaluación se sitúa la axiología de la ciencia.

Uno de los diversos aspectos que llama la atención al definir la axiología, que además de ser empírica porque utiliza casos concretos procedentes de las diversas disciplinas científicas y tecnológicas, es su carácter sistémico. Esto significa que los diversos subsistemas de valores de la ciencia se encuentran en un todo sistémico, en donde cualquier componente afecta los demás. Por ejemplo, cita Echeverría, la introducción del valor “utilidad” propugnada por Bacon en la ciencia moderna, desencadenó un profundo cambio de orientación en la práctica científica.

Para terminar, quisiéramos referirnos a uno de los ámbitos de aplicación de la propuesta axiológica basada en la teoría de la acción, el cual es desarrollado en el capítulo tercero, se trata del contexto educativo, de la educación científica, que incluye a la divulgación de la ciencia. Los procesos educativos no sólo transmiten información y contenidos, también valores. Como dice Echeverría, los científicos son conformados axiológicamente a lo largo de los procesos educativos. En este sentido, hay que analizar los sistemas de valores que se transmiten en el contexto de educación y guían las acciones educativas, así como los procesos mismos de evaluación que se producen una y otra vez en el contexto de la educación.

En este contexto de la educación, a partir de la pareja enseñanza/aprendizaje, es posible aplicar la teoría de la acción, la cual se compone de una serie de 12 pasos, veamos la aplicación de la formalización: El contexto educativo E (que puede involucrar términos como instruir, formar, etc., en todo caso de enseñanza/aprendizaje), se compone de un agente A1 (no se debe confundir con el sujeto, puede ser el docente, o puede ser la institución, entre otros), que enseña los contenidos A2 al agente A3 (al igual que A1, no se debe confundir con un sujeto alumno, puede ser una institución educativa que se habrá de someter a una reforma, etc.), con los instrumentos A4 en la situación A5, partiendo de las condiciones previas A6 y de las condiciones de entorno A7, todo ello con los objetivos A8 y siguiendo las reglas A9, dando lugar a resultados A10 y a las consecuencias derivadas A11, con los riesgos A12.

Esta formalización de la teoría de la acción en el contexto educativo, muestra cada una de las acciones encadenada con la siguiente, formando un todo sistémico, lo que permite valorarlas individualmente pero con visión de conjunto, y con relación a unos grados de satisfacción máximos y mínimos posibles para cada una de éstas. Es decir, a partir de unos determinados resultados para cada una de estas acciones, por ejemplo, para pasar un curso, o para entrar a un nivel educativo superior, siempre hay hilación de actividades o encadenamiento de acciones. Las acciones educativas nunca se producen aisladamente y sus resultados no pueden ser evaluados por separado.

Todos y cada uno de esos doce componentes son evaluados conforme a sistemas de valores previamente existentes. La axiología de la educación tiene por objeto analizar los procesos de evaluación de esos doce componentes, proponer nuevos valores, así como incrementar o menguar el grado de satisfacción de valores específicos. Ahora bien, tal esquema puede servir para intervenir diversas acciones educativas, por ejemplo: un maestro que enseña matemáticas a estudiantes en un aula, un profesor que examina a sus alumnos al final del semestre, un diseño de un nuevo plan de estudios, entre otros muchos posibles. En todos ellos, hay que explicitar esos doce componentes, o casi todos los doce del esquema E, de lo contrario no se traslucen los diversos sistemas de valores involucrados en las acciones educativas.

Podemos concluir, citando al propio Echeverría en el siguiente párrafo: “La idea subyacente a esta propuesta es muy sencilla y se entenderá bien retomando el ejemplo...: un maestro enseña matemáticas a estudiantes en un aula. Si ese maestro tiene una formación mejor (tanto desde el punto de vista científico y pedagógico como por su formación en valores), si el aula satisface en mayor grado diversos requisitos (por ejemplo, ambientales), si el número de estudiantes presentes en el aula se reduce, pero sin caer por debajo de un umbral mínimo, si los medios económicos de la institución educativa aumentan, si la formación previa con la que llegan los estudiantes es mejor, si los instrumentos docentes se actualizan en la medida de lo posible, etc., estamos ante un ejemplo de mejora de la acción educativa por incremento de los umbrales mínimos para los valores y decremento de los umbrales máximos para los disvalores”.

Nota:

(1) ECHEVERRÍA, J. “Tecnociencia y sistema de valores”, En: J. A. López Cerezo y J. M. Sánchez Ron (eds.), Ciencia, Tecnología, Sociedad y Cultura, Madrid, Biblioteca Nueva-OEI, 2001.