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6
de junio de 2008
El País (España)
Desde hace varias décadas,
los psicólogos cognitivos han estudiado
el razonamiento humano y han encontrado
determinados errores en los que caen,
sin darse cuenta, un significativo número
de personas. En algunos casos, en el origen
de estos sesgos operan factores ideológicos;
en otros son de tipo afectivo y en el
resto, simplemente se produce un razonamiento
que se salta la secuencia lógica
esperada. Uno de los experimentos reportados
para comprobar estos sesgos se refiera
a la inferencia general desde los casos
particulares: si hay un fumador empedernido,
por ejemplo, que vive hasta los 90 años,
la conclusión "lógica"
es poner en cuestión la afirmación
de que el tabaco es dañino para
la salud. Cuando se formulan relaciones
entre determinadas variables comprobadas
de forma empírica, no es extraño
que algunos interlocutores las pongan
en duda y ejemplifiquen su oposición
con algún caso concreto conocido.
Esta reflexión
me vino a la mente al leer el artículo
Las lecciones de los pobres del admirado
escritor Mario Vargas Llosa (EL PAÍS,
1 de junio). En él, a partir de
cuatro casos ejemplares de personas que
desde la pobreza han llegado a la cima
empresarial, se concluye que cualquier
persona puede llegar adonde se proponga
con sus solas fuerzas siempre que se profundice
en la libertad de mercado y en el espíritu
empresarial, y se creen condiciones de
libertad y de competencia. ¿Será
cierto que los supuestos individuales
pueden conducir a reglas generales o existe
un sesgo en semejante razonamiento?
Repasemos brevemente la situación
social y educativa de Iberoamérica.
Según las estimaciones de la CEPAL,
la región muestra la mayor desigualdad
del mundo, con enormes diferencias entre
los sectores de más altos y de
menores ingresos. Los pobres se sitúan
en torno al 40% de la población
y el número de personas que se
considera que viven en situación
de pobreza extrema se aproxima a los 100
millones de personas. Una cifra que podría
incrementarse en 10 millones si se mantiene
el incremento del precio de los alimentos.
Esta dramática situación
afecta directamente a las condiciones
educativas de la población. El
porcentaje de personas analfabetas se
sitúa en torno a los 30 millones
de personas. Además, cerca de 110
millones de personas no han terminado
su educación primaria. Estudios
recientes señalan que el porcentaje
de alumnos que completan la educación
secundaria es cinco veces superior entre
aquellos que se encuentran entre el 20%
más rico de la población
que entre aquellos situados entre el 20%
de la población con menores ingresos
familiares. Mientras que el 23% de los
primeros terminan la educación
superior, sólo el 1% de los más
pobres lo consiguen. El promedio de escolarización
en el 20% de la población con mayores
ingresos es de 11,4 años mientras
que en el 20% inferior es de 3,1 años.
¿Podemos pensar que la alimentación,
la vivienda, la salud y el nivel cultural
de la familia nada tiene que ver con las
posibilidades futuras de los jóvenes?
¿Es posible considerar que el nivel
educativo alcanzado y, por tanto, las
posibilidades de acceso a una educación
de similar calidad, apenas condiciona
las opciones profesionales y laborales
de los alumnos y que con el refuerzo al
libre mercado y a la competencia se puede
garantizar la igualdad de las personas
ante su destino? Sin duda, existen ejemplos
dignos de admiración, como los
expuestos en el artículo aquí
comentado, en los que se manifiesta la
fuerza arrolladora del ser humano para
sobreponerse a sus condiciones negativas
y para equipararse con los triunfadores
de la sociedad que tuvieron durante sus
años escolares todo a su favor.
Pero de esa situación de excepcionalidad
no puede en modo alguno concluirse que
las condiciones de partida no limitan
de forma brutal los itinerarios vitales
de las personas a lo largo de su vida.
¿Qué hacer en esta nueva
hipótesis interpretativa? Apostar
sin duda de forma decidida para que las
condiciones iniciales de toda la población,
sobre todo de las nuevas generaciones,
sean lo más equitativas posibles
y para que todos los niños y jóvenes
tengan acceso a una educación básica
de calidad que les permita abrirse camino
en la vida con mayores garantías
de promoción social y de éxito.
Entonces sí se podrá exigir
esfuerzo y dedicación, innovación
y creatividad, superación de los
obstáculos y perseverancia. Entonces,
y sólo entonces, no habrá
cuatro casos envidiables, sino miles de
ellos que demandarán el reconocimiento
histórico de aquella sociedad y
de aquellos gestores públicos que
lo hicieron posible.
Álvaro Marchesi es secretario
general de la Organización de Estados
Iberoamericanos para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (OEI)
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