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Los temas relacionados con la infancia suelen despertar
un notable consenso. Así, hay un generalizado
acuerdo en que los primeros años de la vida humana
son fundamentales y que en ellos se juega buena parte
de nuestro futuro como personas y como sociedad. A fraguar
ese consenso sin duda ha contribuido la miríada
de investigaciones que muestran la importancia de los
primeros años desde todos los puntos de vista
posibles. Además, los temas relacionados con
la infancia suelen catalizar emociones que generalmente
también son fáciles de compartir, de manera
que ver a un bebé sano y feliz produce en la
mayor parte de las personas una sensación positiva
sólo comparable al rechazo que provoca ver a
niñas o niños pequeños sometidos
a privaciones o padecimientos.
Con frecuencia, sin embargo, este consenso forma parte
de la retórica en torno a la infancia y sus asuntos,
una retórica que no siempre acaba materializándose
en hechos concretos que traduzcan los buenos sentimientos
generalizados y los acuerdos unánimes. Lo urgente
no es convencer a nadie de la importancia de la infancia
(todos estamos convencidos), sino realizar acciones
que traduzcan el compromiso efectivo con sus derechos
y sus posibilidades.
Hasta no hace mucho estos temas tendían a tratarse
desde el punto de vista de las "necesidades infantiles",
pero cada vez hay mayor acuerdo en que el enfoque pertinente
es el de los "derechos de la infancia". Un
cambio de óptica muy importante, porque mientras
que las necesidades reclaman atención y satisfacción
frecuentemente a través de algunos actos muy
concretos, los derechos exigen un tratamiento más
complejo y necesariamente más ambicioso. Por
ejemplo, los niños tienen necesidad de comer,
pero tienen derecho a la salud (lo que implica, entre
otras cosas, responder a su necesidad de nutrientes,
pero claramente mucho más); tienen necesidad
de relacionarse con los demás, pero tienen derecho
a que en esas relaciones se respete su individualidad
al tiempo que se promueve su integración social.
Sin duda alguna, el derecho a la educación forma
parte del elenco fundamental de los derechos de la infancia.
Nos referimos ahora a la educación que tiene
lugar típicamente en la escuela, en espacios
y contextos formalizados, bajo la dirección de
profesionales de la educación y en aplicación
de un determinado currículo diseñado por
los administradores de la educación. En relación
con este tipo de educación, y frente a la tentación
de la retórica también ligada al término
educación (su importancia trascendental, su papel
clave en el desarrollo personal y social, etc.), conviene
centrar la reflexión en hechos concretos referidos
a la realidad iberoamericana:
- Los niveles de cobertura educativa son muy desiguales
en la región. Algunos indicadores muy sensibles
son la escolarización antes de los 6 años
-en que suele comenzar la obligatoriedad escolar-
y las tasas de abandono antes de finalizar la educación
primaria.
- Esos distintos niveles de cobertura están
en gran medida relacionados con otros indicadores
educativos más generales. Por ejemplo, no es
casualidad que los cinco países con más
altas tasas de analfabetismo adulto estén también
entre los que presentan más bajas tasas de
escolarización para el nivel de 5 años,
es decir, el curso anterior a la primaria.
- Como muestra el informe Metas educativas 2021, existen
notables desigualdades dentro de la región
por lo que se refiere al acceso a la educación,
desigualdades que se dan no sólo entre unos
países y otros, sino, dentro de un mismo país,
entre unas regiones y otras, o entre unos grupos étnicos
y otros. Los derechos de unos están mucho mejor
satisfechos que los de otros, lo que requiere la adopción
de medidas de compensación de desigualdades,
con particular incidencia para los grupos más
desfavorecidos.
- La meta de 12 años de educación para
todos debe traducirse en un modelo de 3+9, en el que
los tres primeros años transcurren antes del
comienzo de la educación primaria, dando prioridad
a su implantación en aquellas zonas y lugares
con peores indicadores sociales y educativos. En estas
circunstancias, empezar tarde se relacionará
con acabar prematuramente y sin obtener suficientes
beneficios.
- En todos los lugares y para todas las edades, pero
muy en especial para las edades iniciales y para los
lugares más desfavorecidos, las acciones sobre
la infancia deben ser integrales, de forma que junto
a la acción educativa se desarrollen mecanismos
que aseguren la satisfacción del derecho a
la salud, incluida la alimentación, así
como el derecho al bienestar, incluida la protección
frente a toda forma de discriminación, explotación
y maltrato. Ello obliga a una coordinación
no sólo entre las administraciones, sino también
entre los profesionales.
- También en todos los lugares y para todas
las edades, pero de nuevo muy en particular para las
más tempranas y en las circunstancias más
desfavorecidas, la implicación de la familia
es fundamental y debe formar parte de la planificación
y de la acción educativa. La cultura escolar
tiene que acercarse a la cultura familiar e integrarla,
porque cuanto más alejadas estén más
riesgo hay de incorporación tardía y
de deserción temprana, así como de peor
rendimiento en el sistema.
- La oferta educativa debe cumplir estándares
de calidad que permitan no sólo llegar a más
niños y niñas, sino hacerlo de manera
que sus aprendizajes y el desarrollo de sus capacidades
se vean adecuadamente fomentados. Los contenidos del
currículo (mejor cuanto más pertinente,
más significativo, más adaptado a las
características locales pero sin perder de
vista el mundo cada vez más amplio en que vivimos)
y los métodos de trabajo (mejores cuanto más
alejados de la pasividad y cuanto más adaptados
a las características de cada edad) deben cuidarse
de manera muy especial.
- No es posible una oferta educativa de calidad con
un profesorado inadecuadamente formado y que trabaja
en condiciones que dificultan su acción educativa
(excesivo número de alumnos, dificultades para
el trabajo coordinado, condiciones horarias y salariales
adecuadas
).
El debate que necesitamos no es sobre el qué
(la importancia de la educación) sino sobre el
cómo, el dónde, el cuándo, el cuánto.
Un debate muy pegado a la realidad que queremos transformar
y lo más alejado posible de las retóricas
que la marean para dejarla como está. En realidad,
es un debate que debe darse a muchos niveles, incluidos
los más inmediatos (¿qué podemos
hacer como grupo de profesoras o profesores en esta
escuela? ¿qué puedo yo hacer en este pueblo,
con esta comunidad, en esta sala de clase?). Un debate
que nos concierne a todos y a la responsabilidad de
todos apela. Sin retórica. Con compromiso.
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