La educación en medios, entiende la UNESCO, «enables people to gain understanding of the communication media used in their society and the way they operate and to acquire skills in using these media to communicate with others» (UNESCO, 1999). Desde mi punto de vista, esta tarea consistiría en promover pedagógicamente el diálogo –y la crítica, consciente y constructiva– con los medios de comunicación y las posibilidades (antiguas y nuevas) que éstos nos ofrecen.
La educación en medios, entendida como diálogo, debería tener como consecuencia, a corto y medio plazo, un doble proceso. En primer lugar, la formación de una conciencia crítica –y participativa– en relación con los medios. En segundo lugar, la progresiva aceptación, por parte de los medios, de un compromiso profundo con la educación. Pero, a largo plazo y en sentido amplio, la tarea de la educación en medios tiene que ver con la inteligencia colectiva y con las modelos de conocimiento y de entendimiento que desarrolla nuestra cultura.
En este sentido amplio, escribía el escritor mexicano Carlos Fuentes, a propósito de los libros –que son, al fin y al cabo, medios de comunicación– que «un libro nos enseña a extender simultáneamente el entendimiento de nuestra propia persona, el entendimiento del mundo objetivo fuera de nosotros y el entendimiento del mundo social donde se reúne la ciudad– la polis –y el ser humano– la persona» (Fuentes, 2002: 171). Desde este punto de vista, los media –como los libros– actúan como extensiones de nuestro entendimiento (o sea, de nuestras percepciones, como decía McLuhan, pero también de nuestro lenguaje y de nuestra razón). En consecuencia, la educación en medios, lejos de ser únicamente un aprendizaje referido a los medios de comunicación como instrumentos, se convierte en una tarea filosófica, epistemológica de primera magnitud y que afecta a nuestra conciencia como seres humanos y a nuestra faceta de ciudadanos: «Media education is part of the basic entitlement of every citizen, in every country in the world, to freedom of expression and the right to information and is instrumental in building and sustaining democracy» (UNESCO, 1999). Siendo así, ¿podría la educación desinteresarse de los media? O, ¿podrían los medios desinteresarse de la educación? Podrían, ¡claro que podrían! Pero no deberían, porque ese desinterés ocasionaría un empobrecimiento de la inteligencia humana –o sea: de la percepción, de la imaginación y de la razón– y un abandono del lenguaje y del diálogo –o sea, del sentido, de la expresión y de la cooperación–, y un desprecio a nuestra dimensión de ciudadanos de sociedades democráticas.
Volviendo a Fuentes (2002: 172), «si nosotros no hablamos, el silencio impondrá su oscura soberanía».
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9 de abril de 2012 |