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Educ.ar - Internet, pensamiento y educación. Una nueva polémica - Alejandro Piscitelli


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Estamos acostumbrados a las referencias a los peligros y males de la tecnología
en la educación en boca de tecnófobos, personas resistentes a
los cambios, adultos asustados o intelectuales dispuestos a no perder su rol
de portavoces del saber. Lo que realmente nos sorprendió fue toparnos
con la tapa de la revista The Atlantic tapizada con un enorme título
con caligrafía googlesca que se/nos preguntaba provocativamente si Google
no está estupidizándonos: "Is Google Making Us Stupid?”,
por Nicholas Carr (y estoy seguro de que Carr no leyó a Barbara Cassin
para inspirarse en ella, con lo que las preguntas tontas parece que afloran
solas).

Carr comienza su nota con una mención iconográfica a la
fantástica escena en la cual Dave Bowman desconecta a HAL 9000 al
final de la maravillosa 2001: Odisea del espacio , de Stanley
Kubrick, obligándola a cantar una Daisy Daisy cada vez más
gutural y deshumanizada.

"Mi mente está desapareciendo, lo estoy sintiendo,
lo estoy sintiendo"

En esta escena HAL implora desesperado/a que no lo desconecten mientras
musita “Mi mente está desapareciendo, lo estoy sintiendo,
lo estoy sintiendo“. Y Carr se apoya en esa referencia inolvidable,
insistiendo en que desde hace unos pocos años alguien (como Bowen
hizo con HAL) está jugando con su cerebro (con el de todos nosotros),
remapeando los circuitos neuronales, reprogramando su/nuestra memoria y
decidiendo -sin nuestro conocimiento y mucho menos nuestro consentimiento-
convertirnos en otros, muy distintos de los nosotros mismos que supimos
y quisimos ser, durante décadas o siglos y milenios.

Según Carr ya no pensamos como antaño, y el mejor diagnóstico –según él– se
vive en experimentos cruciales como la lectura de un libro o de un artículo
largo, delicado y difícil. Aparentemente nuestra concentración
se desvanece a las tres páginas, perdemos el hilo; a los 10 o 20
minutos ya queremos hacer otra cosa, y la lectura profunda que fue la norma
durante casi 500 años estaría camino del olvido.

El culpable de tamaño sacrilegio no es otro que el que todos ustedes
imaginan: nuestra sobreexposición a la red.

Google tiene la culpa

La cacería de ideas, las referencias infinitas, los links sin parar,
la nueva forma de citar sin hacerlo, la obra abierta soñada por
Mallarmé y teorizada por Eco, el docuverso y Xanadu de Ted Nelson,
todas las metáforas condensadas y superpuestas de un medio inmersivo
e invasivo que, habiendo cumplido los sueños de McLuhan acerca de
la identificación entre medio y mensaje se estaría convirtiendo,
asimismo, en la pesadilla que está terminando con las sagradas operaciones
(o deberes) de la mente, como lo son la concentración y la contemplación
que bien le harían a Cassin, Carr y asociados repasar las obras
más recientes de Michel Onfray, como El cristianismo hedonista y Las
sabidurías de la Antigüedad
para aplacar su sed cognitivo/moralizante.

Según Carr su padecimiento no es personal sino social y compartido.
Su círculo de conocidos y amigos –todos letrados de primer
orden como él mismo– dicen experimentar los mismos males
y estar sucumbiendo a los mismos peligros y amenazas.

No sé si Carr generará algún tipo de temor a alguien.
A mí no. Habiendo leído mamotretos durante cerca de 40 años
y amando cada día más la “lectura” en línea,
me parece que estamos logrando un estado de nirvana maravilloso, polialfabetismos,
alfabetización analógica multiplicada por la digital, conversaciones
transmedia, acoples intergeneracionales, la Biblia (de Gutenberg) y el
calefón (de Breton o de Duchamp) en dosis equivalentes e iluminadoras
de por medio.

Anécdotas vs. más anécdotas

Pero no es tan fácil sacarnos a un aguafiestas como Carr de encima.
Porque sabedor de que su suma de anécdotas es tan poco convincente
y argumentativa como podría serlo la suma de las nuestras, Carr
acude a la sacrosanta ciencia para convencernos de que el David Bowan que
vive en Mountain View, y que mora en unas dachas muy fashion denominadas
Googleplex, está tramando borrar nuestra capacidad argumentativa.

Es por ello que se refugia en la sacrosanta ciencia, y aunque sabe que
aún nos falta mucho para confirmar cómo internet infecta
(perdón: afecta) la cognición, recurre a un estudio reciente
acerca de los hábitos on line publicado por el University College
de Londres: Pioneering research shows ‘Google Generation’ is
a myth
, que corroboraría que estamos atravesando una compuerta
evolutiva, para mal.

Tomando como base los logs de visitas a la British Library por un lado,
y a un consorcio de entidades educativas inglesas por el otro, se habría
confirmado el supuesto de los letrados de que estamos adviniendo a un tipo
de actividad de sobrevuelo de la información, saltando de una fuente
de información a la otra y rara vez o nunca volviendo al original.

Saltamontes informacionales y el cerebro lector

Estos usuarios (la gran mayoría, nosotros mismos, todos nuestros
alumnos) serían saltamontes informacionales, no leerían más
que una página o dos de un libro, grabarían algún
artículo largo pero nunca lo revisitarían. La gran novedad
del estudio (para Carr) es que no se lee en línea, sino que se flota,
saltea, hojea (no tenía que investigar mucho para llegar a esta
conclusión, esto es algo que Jakob Nielsen, el gurú de la
usabilidad, había descubierto hace ya más de una década
atrás y que cualquier análisis de eyetracking confirma).
Copiando alguna justificación de un psicoanalista argentino, los
autores del “sesudo” ensayo insisten en que se lee en línea
para no leer de verdad.

Gente más versada que Carr, como Maryanne Wolf, de Tufts University
y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading
Brain
, insiste en que el privilegio que otorgamos a la “eficiencia” y
a la “inmediatez” por encima de cualquier otro valor está liquidando
nuestra capacidad de lectura (y suponemos también que de argumentación
e interpretación profunda, como insistía Clifford Geertz
cuando hablaba de descripción densa).

Como la lectura no es innata e implicó un largo trabajo cultural
de varios miles de años, intempestivamente y a partir de ejemplos
aislados, de un récord de no más de 15 años de experiencia
en la red, y de muchas ganas de que la realidad se acomode a los medios
y a los prejuicios, autores de este calibre (que defienden tanto la inteligencia
humana como sus propias profesiones y privilegios) temen que nuestro cableado
cerebral colapse y nos borre lo que de más humanos tenemos, que
es ser lectores profundos. La tesis de Wolf es más compleja y volveremos
sobre ella.

Telegrafía conceptual

Haciendo eco al Heidegger que deploró en los años 60 el uso
de la máquina de escribir como deficiencia de la capacidad expresiva,
Carr no tiene mejor idea que dar el ejemplo de un Nietzsche comprándose
una máquina de escribir Malling-Hansen Writing Ball, en 1882, que
terminaría –-como bien dice Friedrich A. Kittler en Gramophone,
Film, Typewriter
– trastrocando sus argumentos en aforismos,
los pensamientos en juegos de lenguaje y la retórica en un estilo
telegráfico, aunque a mí particularmente me gusta mucho
más este Nietzsche epigramático post-1882 que el anterior
verborrágico de El origen de la tragedia.

Lo que generalmente podríamos imaginar como una buena noticia,
a saber: la plasticidad del cerebro humano, la capacidad de autorreconfigurarse
y de reinventarse, es visto por Carr como un enorme riesgo.

Leyendo a McLuhan al revés, Carr sugiere que internet se comerá a
todos los medios anteriores, recreándolos a su imagen y semejanza,
para detrimento del medio anterior y autoenaltecimiento de la red. Siempre
desde una lectura conspirativa que trata de dispersar nuestra atención
y de volver difusa nuestra concentración.

El colonialismo epistemológico de la Web

Esta colonización de los medios anteriores se reflejaría
en la mala costumbre de los medios tradicionales de incrustar en su soporte
la retórica y el estilo comunicativo de la red. El peor sacrilegio
cometido en esta dirección sería la osadía del The
New York Times
de dedicar la segunda y la tercera páginas del
diario a abstracts de artículos que responderían al gusto
de los lectores interneteanos.

Carr, como Barbara Cassin, no tiene empacho en saltar de la preocupación
al delirio. De jugar con una intuición, sin mayor base empírica
y solo validada por una tribu endogámica como la suya (los lectores
y escritores compulsivos pre-1980) y de pronto invocar a Frederick Winslow
Taylor y a sus experimentos en la planta de acero de Midvale y a la invención
del algoritmo laboral, adscribiéndole la paternidad de y el carácter
de precursor de la tarea de goma borralotodo cultural de Google.

La taylorización de la fábrica y algo más

Porque cualquiera que conozca algo de teoría e historia organizacional
sabe que Taylor (su vida y obra están magistralmente registradas
en esta biografía monumental de Robert Kanigel: The One Best
Way: Frederick Winslow Taylor and the Enigma of Efficiency
), aprovechando
la “buena voluntad” de los trabajadores de Midvale, deconstruyó cada
tarea en una serie de pasos discretos convirtiéndolos en un conjunto
de instrucciones precisas (algoritmos) que de allí en más
determinarían la tarea de cada trabajador en particular. Aunque
los trabajadores protestaron al verse automatizados, la productividad creció en
forma exponencial.

Pronto se cumplirá un siglo desde la publicación de The
Principles of Scientific Management
(1911), un manual omnicomprensivo
del mejor método de trabajo. La utopía de Taylor no se
limitaba a los cánones de la fábrica e imaginaba (absurda
y maniqueamente) no solo la reestructuración de la firma, sino
también de la sociedad toda, alterando la máxima de Protágoras
e insistiendo en que si en el pasado primero había sido el hombre,
en el futuro lo sería el sistema, su sistema.

La máquina que nos está usando/y que somos nosotros

Despertar a Taylor de su sueño dogmático es rendirle honores,
insiste Carr, quien no tiene empacho en calificar a Google (a Brin & Page & Smith)
pero probablemente también a la propia máquina que nos está/usando/siendo
de versión tayloriana para las artes de la mente.

Casi calcando, sin saberlo, los argumentos de Cassin, Carr insiste en
que internet es una máquina diseñada para la colecta, transmisión
y manipulación de la información en forma eficiente y automatizada.
Y sus programadores serían (cual trabajadores taylorizados aggiornados)
los encargados de encontrar el mejor método (el algoritmo perfecto)
capaces de reproducir cada uno de los movimientos mentales de los trabajadores
del conocimiento.

Cayendo una vez más en la misma trampa en la que cayó Cassin
y que se tendieron ellos mismos, Carr se aferra literalmente a la misión
autoproclamada de Google de “organizar la información del
mundo y volverla universalmente accessible y útil“. Pero Carr
va más lejos y se aprovecha de un slogan marketinero, aunque también
debemos admitir la facilidad con la que Page cae en los delirios futuristas,
quien insiste en que Google está tratando de crear inteligencia
artificial en gran escala, para endosarle el sambenito de Taylor redivivo.

Lo que vuelve loco a Carr (en esto Page & Brin son tan tábanos
como Raymond Kurzweil, el profeta de la próxima singularidad) son
las comillas más ideologizadas del discurso de los fundadores de
Google. Cuando estos personajes geniales flirtean más con Spielberg
que con Asimov, y se proclaman a sí mismos los verdaderos sacerdotes
de la inteligencia artificial como propiedad emergente de una máquina,
Carr estalla en odio. Si algo les falta a Carr y a los amantes el canon
literario es sentido del humor.

No renunciar nunca a la ambigüedad

Lo que irrita a Carr (y a los defensores del paraíso analógico
por igual) es la supuesta eliminación que un proyecto de estas características –de
tener éxito– provocaría en los dominios tan inexactos
y por ello tan valorados de la contemplación, la anfibología,
la indeterminación y el riesgo de implosión permanente del
sentido.

Según Carr, los googlófilos somos unos antropofóbicos
que insistimos en que el cerebro humano no es otra cosa que una computadora
obsoleta que necesita un procesador más rápido y un disco
duro más grande para estar a la altura de los tiempos.

Carr le rindió honras fúnebres a Sócrates e hizo
lo propio con el humanista renacentista Hieronimo Squarciafico, quien anticipó gran
parte de las heridas narcisistas que la imprenta infligiría a la
autoridad religiosa, y a la corporación de los eruditos y escribas,
difundiendo la sedición y el escarnio.

Carr es –-a pesar de haber escrito esto– un tipo inteligente,
y sabe que será tildado ipso facto de ludita. Igual, para él
internet no es el alfabeto, y la lectura profunda de la imprenta que estaríamos
perdiendo a manos de la red nos estaría privando del diálogo
reflexivo, profundo, pletórico de reverberaciones, asociaciones,
inferencias y analogías que son la estopa de la cual están
hechas nuestra propias ideas. ¿No afirma acaso la citada Maryanne
Wolf que la lectura profunda es indistinguible del pensamiento profundo?
Con lo cual abandonar ese estilo de lectura es ipso facto abandonar el
propio pensamiento.

Las subjetividades letradas, las únicas que vale sostener

Al final de su nota Carr se extravía más que nunca. Le resulta
impensable que así como nuestra identidad fue construida durante
cinco siglos (pero no antes) por una interiorización creciente y
decantada del mundo sobre el papel (como bien dice David Olson en su libro El
mundo sobre el papel
), cualquier versión del mundo en la pantalla
necesariamente devaluará esa subjetividad, liquidará al
yo reflexivo y crítico y en definitiva minará la democracia
y destruirá a Occidente.

Con una contumacia que nos lo vuelve interesante como interlocutor a refutar,
Carr sostiene –siguiendo a Richard Foreman– que a medida que
perdemos nuestro repertorio interno de densa herencia cultural, nos convertimos
en panqueques meméticos, disparados en nuestros estados emocionales
y cognitivos por cualquier link berreta, por cualquier alusión mecánica
o por cualquier trivialidad que no merecería un lugar salvo en un
juego de mesa.

Carr incluso alienta más piedad por Hal 9000, convertida en una
chatarra mecánica al ser privada de la conciencia que le daban sus
módulos de memoria (en su caso y en el de Blade Runner, responsables
a su vez de una intensa vida emocional), y contrasta el pobre destino de
la máquina con la eficiencia catatónica y privada de emoción
alguna de los astronautas que supuestamente debían ser servidos
por ella y cuya amenaza de interferencia en la misión llevaría
a Hal –capturado por un double bind instalado por sus programadores– a
asesinarlos a todos, demostrando quizás en esto más humanidad
para Carr que el rencoroso Bowan “matando” a la máquina.

Una supuesta crítica política enmascara una lectura
ideológica de pacotilla

Pero Carr, al haber iniciado su lectura del terrible futuro que nos esperaría
en la medida en que Google se convierta en nuestra forma tecnológica
de vida interiorizada (la conciencia pasteurizada de un algoritmo deshumanizado),
deja al descubierto que su planteo no es político sino ideológico,
que su nivel de análisis está totalmente limitado por su
defensa paranoide de un narcisismo acechado, y en definitiva que en sus
planteos filosóficos anida tanto un resentimiento de clase como,
sobre todo, el riesgo profesional y corporativo que veremos crecer y crecer,
a medida que Google, la red, el software social y muchas otras tecnologías
nos brinden más posibilidades emancipatorias, instantáneamente
canceladas por los profetas de lo viejo.

Ayer fue Cassin, hoy es Carr. Ayer fue Andrew Keen en The cult of
the amateur
, hoy es Mark Bauerlein en The dumbest generation.
Acostumbrémonos en el futuro inmediato a ver muchas más
reacciones como estas, así como violentas confrontaciones intentando
enarbolar los estandartes del viejo orden cognitivo e intelectual.

Ideas claras y distintas

Lo cierto es que el mash-up, los cross-media, la vj culture (ver VJ: Audio-Visual
Art and VJ Culture: Includes DVD de D-Fuse), la cultura del reciclado,
las ideologías del rip, mix & burn, pero sobre todo la cultura
de la copia, la remediación, la estética relacional, la post-producción
y el remixado están abriendo un mundo nuevo que está siendo
entusiastamente abrazado por las nuevas generaciones.

No es menos cierto, como bien nos recuerda el maravilloso informe de Roma Shore
The power of pow wham! Children, Digital media & our nation’s
future. Three challenges for the coming decade
(The Joan Ganz Cooney
Center at Sesame Workshop, 2008), que debemos prestar tanta atención
al viejo dipolo brecha analógica/brecha digital como al nuevo:
vieja brecha digital/nueva brecha digital. No lo es menos que el tic
tac de las tecnoculturas es imparable, y que si bien apreciamos las críticas
políticas de todo, cada día nos resultan más indiferentes
y poco inspiradoras las críticas ideológicas del nuevo
orden (en nombre del viejo) como las de Cassin, como las de Carr y muchos
otros más.

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5 de julio de 2008

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