Razón y Palabra Número 65
El artículo sitúa la comunicación pública de la
ciencia y la tecnología en el contexto mundial de la sociedad del conocimiento
y la sociedad del riesgo. Resalta la importancia de esta rama de la comunicación,
especialmente, en los países latinoamericanos.
La Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología
en la “Sociedad del Conocimiento”
La noción de “sociedad del conocimiento” (knowledge society)
surgió hacia finales de los años 90 y es empleada particularmente
en medios académicos, como alternativa de “sociedad de la información”.
La UNESCO, en particular, ha adoptado el término “sociedad del conocimiento”,
o su variante “sociedades del saber”, dentro de sus políticas
institucionales. Se trata de un modo de caracterizar a las profundas transformaciones
que vienen con la acelerada introducción en la sociedad de la inteligencia
artificial y de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación.
La sociedad iberoamericana, reconoce la Organización de Estados Iberoamericanos
(O.E.I.), al igual que el conjunto de sociedades mundiales, se encuentra en
el advenimiento de un nuevo marco de actuación que proviene del desarrollo
tecnológico, sustentado, muy especialmente, en las nuevas tecnologías
de la comunicación y la información y en la biotecnología.
Ello ha hecho que paralelamente a este nuevo marco se desarrolle una sociedad
que hace algo más de una década, Ulrick Beck introducía
y popularizaba con el concepto de "sociedad del riesgo". Para este
autor, en nuestros días vivimos característicamente en una sociedad
de alto riesgo: la tecnología actual ha creado nuevas formas de riesgo
e impone una peligrosidad cualitativamente distinta a la del pasado. Según
Beck, desde la perspectiva de un país muy desarrollado, nos encaminamos
hacia una nueva modernidad en la que el eje que estructura nuestra sociedad
industrial no es ya la distribución de bienes sino de males. No es la
distribución de la riqueza, sino la distribución del riesgo, lo
que moviliza hoy a numerosos colectivos sociales. El problema se duplica en
la región iberoamericana, ya que a la necesidad de una política
de distribución se añaden los peligros de la llegada de riesgos
desde otras naciones.
Mediante la regulación las sociedades contemporáneas tratan de
gestionar y controlar el riesgo. Pero para que estas regulaciones sean efectivas
es necesario, entre otras cosas, conocer los posibles efectos ambientales y
sobre la salud de los distintos desarrollos tecnológicos. En las últimas
décadas una parte importante de la actividad científica ha estado
dedicada a este objetivo. Al ser el riesgo un asunto socialmente controvertido,
la actividad científica dedicada a su análisis se ha convertido
también en objeto de debate público (e.g., la biotecnología,
el cambio climático).
Convivir con el riesgo plantea a las sociedades contemporáneas importantes
cuestiones de carácter político. Aparecen, por ejemplo, problemas
relativos al papel de los expertos en la elaboración de políticas
públicas encaminadas a la regulación del riesgo. Se plantea también
la cuestión de la justicia en la distribución social de riesgos
y la participación pública en su gestión. Y dado que muchos
de los riesgos tecnológicos actuales no respetan las fronteras nacionales,
surgen problemas también relativos a la coordinación internacional.
Paralelamente se produce la necesidad de ir aportando elementos que posibiliten
una democracia real en este nuevo marco regido por nuevas variables que ayuden
el fomento de la participación pública en el diseño de
esta nueva sociedad.
Por otra parte, las Administraciones Públicas no pueden permanecer aisladas
y ajenas a las profundas transformaciones que las tecnologías avanzadas
de la información y de las comunicaciones están produciendo en
todo el mundo, sino que han de integrarse en la Sociedad del Conocimiento, a
fin de mejorar la calidad de sus servicios a los ciudadanos y a la sociedad,
recomienda la OEI.
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19 de enero de 2009 |