Seminario Internacional: Las competencias, los valores y las emociones de
los profesores (Lima, Perú)
La profesión docente es una actividad ambivalente. Hay profesores que
viven la enseñanza con alegría, que la convierten en el eje de
su autorrealización personal, que piensan en cada hora de clase como
una aventura imprevisible a la que acuden dispuestos a dar lo mejor de sí
mismos, y que, al echar la vista atrás, justifican el valor de su propia
vida pensando que han ayudado a miles de alumnos, a lo largo de varias generaciones,
a ser mejores personas y a entender mejor el mundo que les rodea, haciéndoles
más libres, más inteligentes, más críticos, más
fuertes y más preparados para vivir una vida propia.
Sin embargo, para otros profesores la docencia es una fuente permanente de
tensión capaz de romper su propio equilibrio personal, cada clase es
una amenaza imprevisible a la que acuden dispuestos a defenderse de unos alumnos
a los que perciben como un enemigo al que no pueden dar la mínima ventaja
y ante los que están en alerta permanente. Conscientes de que no van
a ganar el combate, esperan, como el boxeador noqueado, que les salve la campana
que marca el final de cada hora de clase y la campana última que marca
la llegada de la jubilación.
A lo largo de treinta años de investigación he intentado encontrar
las claves de esta ambivalencia, y si he trabajado los aspectos negativos de
la profesión docente: malestar, estrés, burnout, bajas laborales
de larga duración o desequilibrios psicológicos… (Esteve,
1984, 1986; Esteve, Franco y Vera, 1991) nunca tuve otro propósito que
el de describir los problemas reales que hay que enfrentar y las fuentes de
tensión permanentes que es necesario dominar para convertir la docencia
en esa actividad alegre y apasionante en la que he llegado a divertirme durante
treinta y cinco años.
Mi trabajo de investigación tuvo siempre un objetivo práctico:
ofrecer resultados fiables que permitieran diseñar unos programas efectivos
para la formación inicial y permanente del profesorado (Esteve, 1997).
Unos programas capaces de preparar al futuro profesor para enfrentarse con éxito
a la práctica real de la enseñanza. Muy pronto descubrí
que el primer enemigo a combatir son los enfoques idealizados la formación
de profesores, que aún mantienen navegando a inútiles barcos fantasmas
que confunden el puerto de llegada con el medio de transporte, y, por tanto,
prometen el paraíso desde el primer día, afirmando que la profesión
docente es una tarea amorosa en la que el profesor ofrece todo su amor a sus
alumnos y que éstos se lo devuelven luego, acrecentado por un agradecimiento
eterno. De esta forma, cualquier día, un adulto desconocido te para en
la calle para reconocerse como antiguo alumno y actual discípulo, y expresarte
el mejor de sus recuerdos. Por supuesto que esta escena puede ser verdad, pero
para llegar a ella hay que saber ganarla en el día a día de las
aulas, venciendo el tedio de repetir otro año las mismas ideas ante un
nuevo grupo de alumnos que siempre tiene la misma edad, mientras al profesor
empiezan a pesarle los años. Para llegar a esa escena final es necesario
dominar unas técnicas docentes que la mayor parte de los profesores de
mi generación tuvimos que aprender por ensayo y error, con altos costes
personales, y sin las cuales es imposible construir un aprendizaje significativo.
Dichas técnicas docentes, hoy estudiadas y cada vez mejor descritas en
las publicaciones especializadas (Esteve, 1997; Kyriacou, 1986, 1991), nos permiten
optimizar la actuación de nuestros profesores, dotándoles de recursos
eficaces que rompen la ambivalencia y describen las fronteras que separan el
éxito del fracaso en las aulas. Desde estos estudios, la formación
inicial y continua se convierte en un análisis técnico de las
conductas de los profesores, de los climas relacionales y emocionales que generan,
de los códigos de comunicación que emplean en el aula y de sus
estilos de respuesta ante la variedad de situaciones que es necesario enfrentar
en ese escenario multifactorial que es el aula. De esta forma, el éxito
como profesor se convierte en algo que es posible objetivar, enseñar
y aprender, mucho más allá de los brumosos barcos fantasmas de
la vocación y de los rasgos de personalidad innatos, que según
las viejas leyendas eran el vehículo imprescindible para ser un buen
profesor.
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15 de marzo de 2009 |