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Un espacio de libertad


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El diario de El Litoral on line

La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren”. F de Cruisset.

Comenzó como la tesina de Romina Benintendi y Leticia Gerhauser -dirigida por la Prof. Elsa Ghio, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la carrera de Letras- sobre las relaciones de poder en prisión, desde la perspectiva del análisis del discurso. Siguió en el marco del proyecto Educación en Prisiones que lleva adelante el Observatorio de la Facultad de Derecho de la UNL -dirigido por Máximo Sosso y coordinado por Augusto Montero-. Continuó como apoyo pedagógico y universitario a los internos y culminó en la necesidad expresada por ellos mismos de darle un lugar a la lectura en voz alta. En realidad no culminó, sino que el Espacio de Lectura del penal de Las Flores se fue consolidando e incorporó las producciones literarias de sus destinatarios. Antes de fin de año todo quedará materializado en una revista: Lado B.
A fines de abril, la experiencia fue distinguida con el premio Viva Lectura, una iniciativa del Ministerio de Educación de la Nación y la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) que cuenta con la cooperación de la Fundación Santillana. Este año se otorgaron distinciones y menciones en las categorías Escuela, Lectura entre docentes y Sociedad. Y en esta última tuvo cabida el trabajo realizado en el interior del penal de Las Flores.

Leticia Gerhauser y Romina Benintendi contaron a Nosotros detalles de este proyecto que desarrollan junto con Erica Micolli. “Ingresamos al penal por el seminario “Educación para adultos’ que es específico de la carrera -cuenta Leticia-: iba mucha gente con experiencia en adultos a dar charlas y una de ellas estuvo a cargo de Máximo Sosso, quien contó el proyecto en el que estaba involucrado. Estuvimos interesadas, nos acercamos y en principio fuimos a trabajar a la Escuela Primaria ‘Juana Manso de Norona 2001’ donde realizábamos entrevistas para tener idea de la población de la escuela, en un momento en que no se contaba con la secundaria”.

Luego, “cuando comenzamos a trabajar en el aula que tiene la Universidad en el penal, vimos la fuerte necesidad de la lectura en voz alta. Trabajábamos en una mesa, todos en círculo y observamos que a los internos, cuando leíamos un texto en voz alta, les interesaba y querían hacerlo también ellos”. En ese momento se decidió iniciar la lectura de libros ficcionales y nació el espacio, de la mano de textos de Marcelo Birmajer, Silvina Ocampo, María Luisa Valenzuela... Luego se sumaron Borges, Arlt, Walsh, Puig..., siempre en una tarea conjunta con un interno coordinador y en base a aquello que los propios internos pedían y a sus gustos personales.

EL OTRO LADO

Después de un tiempo, la lectura se fue reforzando y se comenzó a pensar en un espacio de escritura. “Se compartían los textos que ellos tenían escritos, a veces sobre experiencias personales en su paso por otros penales; también había gente que escribía poesías”, apunta Romina. A partir de entonces se trabajó en “compartir los textos y reforzarlos o reformularlos hasta que lleguen a ser materiales legitimados como para publicar”. El próximo paso será la publicación de una revista con estas producciones que ya tiene nombre: Lado B, propuesto por uno de los internos.

La denominación no es ociosa: el objetivo es cambiar la representación que se tiene de la población carcelaria universitaria, siempre a través de la ficción literaria. “Ellos jugaban con la idea del casette que tiene lado A y B.

El lado B sería el otro lado de las cosas, o de las rejas”. Para dar idea del sentido que cobra esta propuesta para los internos, las integrantes del espacio recuperan palabras de uno de ellos: “quiero que mi hijo no solo se entere de los motines o de las cosas malas que ocurren en estos contextos, sino de la producción que se está generando acá adentro, de la gente que está en la universidad, que está tratando de sobrevivir a esa situación, y de alguna forma y dentro de lo posible, revertirla”.

CONTEXTO FRÁGIL

Una vez por semana las integrantes del equipo llegan al penal, un buen rato antes de iniciar la actividad. Son varias rejas las que hay que trasponer hasta llegar al aula, que es chica -describen-, con una mesa y un pizarrón. Después hay otro ambiente donde están las computadoras para los internos que estudian una carrera universitaria a distancia. El encuentro en sí se prolonga por dos horas y media o tres, pero demanda bastante más tiempo de paciente espera.

Una semana el encuentro se centra en la lectura, y la siguiente se dedica a la producción editorial coordinada por el diseñador Gabriel Prieto y la corrección de textos producidos por los internos, que en algunos casos reformulan lo que escriben, y seleccionan los materiales que serán incluidos en la revista.

Si bien el trabajo se fue consolidando y tiene el apoyo de autoridades del penal, el espacio es -a la vez- frágil: “el grupo de internos, cuya edad oscila entre los 22 y más de 60 años, varía continuamente: un problema es la salida a los pabellones que la misma regulación diaria de seguridad continuamente restringe. A veces no pueden venir, muchas veces tenemos que ir durante el encuentro al puesto de control para pedir que los dejen asistir; a veces están con salidas transitorias y tienen otros intereses, o quienes ya terminaron su carrera universitaria dejan de asistir”. Porque el trabajo de este grupo se desarrolla en paralelo a las carreras que los internos estudian a distancia.

“Nos costó mucho comprender el contexto, al punto de poder generar prácticas que puedan estar adaptadas a una situación tan frágil, que varía continuamente, donde existen conflictos entre los internos por lo que significa estar encerrados. Pero lo que pensamos y priorizamos fue la lectura y los sentidos que ésta tiene ahí adentro, desde el punto de vista de que pueden encontrar ciertos modos de libertad a través del arte”, sostiene Leticia.

En ese marco fue que se propuso generar un espacio interdisciplinario en el cual se puedan analizar distintos intertextos con el objeto literario pero hacia otras ramas del arte. “Desde el comienzo trabajamos con textos literarios, incorporando paulatinamente otros géneros como cine, música, arte plástica, etc. Es decir, la literatura en articulación con otros lenguajes, que actúan para ampliar el conocimiento y la experiencia social y cultural de cada sujeto, promoviendo la lectura como creadora de posibilidades que les permite “escapar’ al encierro, ya sea simplemente mediante el imaginario o mediante la perspectiva de reinserción que la lectura abre. “

UN DERECHO

Con el interés puesto en la educación no formal, Romina considera, desde la experiencia con internos del penal que “la literatura los libera y les da esa posibilidad de expresar todas las privaciones que les genera estar encerrados. También se aprende mucho porque ellos comparten sus vivencias personales en relación a su transitar por el objeto literario”.

“Creo que la lectura es un derecho que ellos también tienen”, afirma Leticia y cuenta que “desde que entramos ahí supimos que no íbamos a salir más. Nos sentimos bien en ese espacio. Hay ciertas representaciones que circulan en relación al contexto carcelario y cuando una ingresa se da cuenta de que no es así, que son personas que piensan como todos”.

La participación en la última edición de la Feria del Libro, en Buenos Aires, les permitió compartir la experiencia propia y a la vez conocer otras propuestas. También se vincularon con la Universidad de San Martín para el estudio de la literatura en contextos de encierro y el año pasado expusieron su trabajo en el Congreso Internacional de didácticas específicas que se desarrolló en Buenos Aires. En la próxima edición que se hará en la Facultad de Humanidades de El Pozo, esperan participar, difundir su experiencia y aportar a la didáctica de la literatura en otros contextos, distintos del que ofrece la educación formal en la escuela.

Además de la revista, los planes pasan por lograr que el espacio se abra a todo el penal -más allá de los estudiantes que siguen carreras universitarias-, y ampliar el proyecto a otras cárceles, siempre con la misma consigna, ésa que se resume en la frase inicial que eligieron las propias integrantes del espacio y que resulta el motor de todo su trabajo.

“Esta propuesta pretende aportar nuevos modos de otorgar conocimiento, vitalizando la lectura en voz alta y la escritura tanto individual como en conjunto, logrando que el texto trascienda como unidad cerrada”.

Leticia Gerhauser

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15 de junio de 2009

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