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Colaboraciones
Los otros
Dedicado a quienes nos evidencian la realidad
David Hernández Montesinos
La petición fue bien precisa: escribir sobre gestión
cultural en primera persona, desde la experiencia vivida. Pues eso hice
y aquí está este escrito necesario sobre casi veinte años
de trabajo en la cultura, involucrado en la construcción de nuestra
realidad, asomándome a la ventana o abriéndola yo mismo.
Abriendo puertas o dejándome invitar por otros que las abrieron
antes.
Al final me queda una duda: ¿quién ocupa el
espacio de quién? ¿quién es realidad y quién
ilusión de realidad? ¿fui yo o fueron los que me rodeaban,
sin ellos saberlo, los que hicieron realidad
?
Al principio, simplemente no hablábamos de gestión
cultural, creo que la mayoría de los que luego nos hemos ido desempeñando
en esa disciplina empezamos más bien en la animación
sociocultural, a la que por supuesto tampoco la denominábamos de
esa manera. Digamos que nos encontramos una amalgama de gentes con procedencias
diversas pero convergentes: el movimiento vecinal, colectivos populares,
asociaciones juveniles, activismo político o sindical
Estoy
fijándome ahora en una época: finales de los setenta y los
primeros ochenta.
Recién salíamos de la dictadura, algunos
éramos muy jóvenes, pero por las peculiaridades del momento
y por una especial sensibilidad ante lo que estaba ocurriendo, sin olvidar
las influencias y contagios familiares, confluíamos con otros más
experimentados y de los que bebimos todo ese caudal que hablaba de democratización
de la cultura y de democracia cultural.
Recuerdo que la primera visión que tuve de lo que
luego ubicaría en el quehacer de la gestión cultural fue
en un viaje a París, cuando visité por primera vez el Centro
Pompidou era exactamente 1976 y yo un preuniversitario. Es obvio
señalar el deslumbramiento que me produjo. Para mí fue la
primera materialización de la idea de democratización de
la cultura: un espacio multipropuesta, motor de atracción del tráfico
de gentes diversas (en la capital francesa descubrí los conceptos
tan en boga ahora: sociedad multiétnica, diálogo de culturas
),
facilitador del acceso a la información (la Biblioteca Pública
de Información creada en aquel momento, me fascinó absolutamente),
anticipador de propuestas innovadoras e invasor al mismo tiempo del espacio
urbano circundante, con una plaza de acceso convertida en punto de cita
de la fauna urbana más variopinta y underground que yo jamás
había visto.
Desde luego en aquel momento mi mirada era la de un mero
consumidor cultural ávido de tragar, entre baguete y baguete,
conocimiento, experiencias y toda entrada de información que se
cruzase en mi camino. No me paraba a analizar con otra mirada que no fuera
la de la absorción de realidades, impactantes para mí. La
observación crítica llegaría más tarde, bastante
más tarde. Pero, aquel descubrimiento del Pompidou, me introdujo
sin yo sospecharlo, en el terreno en el que más tarde acabaría
desarrollando mi actividad profesional y, curiosamente, estableció
un nexo con el país vecino que luego se mantendría inquebrantable
durante mis siguientes veinticinco años hasta la fecha y confieso
que sin yo buscarlo, pero en todos los ámbitos en los que iba aterrizando,
acababa relacionándome directa o indirectamente con Francia; y
yo con estos pelos.
Y vuelvo a la in-nombrada animación sociocultural
de aquel momento. Mi referencia inicial es el Centro de Cultura Popular
en Madrid. Un colectivo de personas vinculadas a un amplio espectro de
organizaciones cuyo denominador común era la construcción
de un tejido democrático en la sociedad civil, desde una visión
progresista podría llamarla ahora socialdemócrata,
no en aquel momento que se vinculaba más a la izquierda- y con
un enfoque clave: el del aprendizaje democrático y, desde él,
la democratización de la cultura. Fue en el CCP donde aprendí
que para un planteamiento de gestión cultural que vincule sus objetivos
al éxito de dicho enfoque, es imprescindible crear determinadas
condiciones en la sociedad hacia la que se dirige que le permitan digerir
nutritivamente sus propuestas. Sobre esas condiciones que entonces yo
sólo iba percibiendo de manera inductiva, me referiré más
adelante.
Justo en ese momento, 1979-80, comenzaban los primeros
ayuntamientos democráticos, mayoritariamente gobernados por la
izquierda en los municipios más grandes. Y con ellos, llegarían
los primeros planteamientos de políticas culturales, la creación
masiva de equipamientos para la cultura, la dotación de presupuestos
y la contratación (precaria) de profesionales para la gestión
de programas. Creo que fue un gran momento, a pesar de esa precariedad
en el empleo, supongo que más madrileña que de otras ciudades
del Estado; nos ilusionamos con una eclosión brutal de propuestas
e iniciativas de creatividad cultural. Salíamos de una cierta ignorancia
sobre lo que era la cultura de calidad, planteada con criterios de masividad
y democratización de su disfrute. Nos despojábamos de la
cutre herencia del franquismo y nos desinhibimos. Nos entregamos con pasión
a la movida con nuestro máximo gurú, Enrique
Tierno Galván. Y gozamos de la heterodoxia y la irreverencia y
de un desenfado ávido de cambio en los modos culturales existentes
hasta ese momento.
Nos llenamos de centros culturales de barrio, de fiestas
populares recuperadas, de teatros alternativos. Empezamos a ser incluidos
en los circuitos internacionales de conciertos y exposiciones. Descubrimos
fachadas y rincones urbanos deslucidos por años de aburrimiento
y desidia. Y se empezó a desarrollar el movimiento asociativo.
Pero lo más importante fue que nos empezamos a interrogar
sobre la gestión de la cultura. Buscando respuestas desde todos
los ángulos: desde las artes, desde el tiempo de ocio, desde la
animación juvenil, desde el movimiento vecinal.
Surge entonces la necesidad de formarse, de introducir
rigor en la intuición. En Madrid se constituye la Comunidad Autónoma,
1983, y desde la Consejería de Educación y Cultura se inicia
un proceso bien interesante para nutrir al tejido social de base. Tres
personas en ese proceso me parecieron claves: el Consejero, el Director
General de Juventud Manolo Fernández- y Pepe Molina, en el
impulso de un proyecto: el de la Escuela de Animación de la Comunidad
de Madrid. Y para mí, otras más, Pepe Cuesta, Amparo Armengol,
Eduardo Montero, de Scouts de Madrid. Me resulta imprescindible hablar
de las personas. Los procesos son las personas que los hacen o que crean
condiciones para que se hagan. A la sazón yo ejercía como
responsable de formación de aquella asociación juvenil,
el ala progre del movimiento scout en Madrid; y, por el criterio de participación
que se adoptó para crear la Escuela de Animación de la CAM
y por mi propia formación académica, me incorporé
al equipo pedagógico que diseñaría el proyecto de
dicha entidad.
Pero lo interesante del proceso de creación fueron
los meses en los que pudimos conocer de cerca el recorrido y las experiencias
de instituciones públicas y sociales que ya entonces nos llevaban
unos, pocos, años de adelanto. Y concretamente me centro en Barcelona,
en su acción municipal. Ejemplo de anticipación y buenas
prácticas en la gestión de la cultura, enfocada con auténtica
visión global, bien éste poco frecuente. Globalidad que
integraba todos los públicos con ofertas diferenciadas y personalizadas.
Globalidad que integraba programación, con equipamientos, presupuestos
y profesionales para gestionar el conjunto. Globalidad que entendía
de previsión, de impactos, de evaluación, de continuidad
o de estacionalidad en las propuestas, de comunicación y de marketing.
A lo mejor justo en aquel momento no todo lo denominaban así, pero
lo hacían y hablaban en ese lenguaje. Seguro que los barceloneses
protagonistas de aquella gestión de la cultura que yo percibía
serían más autocríticos, pero ahora me toca rescatar
de la memoria los impactos positivos. Y observar hace ya bastante más
de diez años cómo gestionaban un sistema electrónico
de explotación de información sobre los usuarios de una
ludoteca, personalizando el uso y analizando los datos para fidelizar
a su público-cliente, pues que queréis que os diga
Y me ratifiqué en la idea mencionada: no puede desarrollarse
con éxito una gestión cultural que persiga emancipar culturalmente
a una población, sin crear las condiciones, y esas condiciones
empezaban a perfilarse: capacidad de aprendizaje, espacios de identificación
y producción, creación de contenido, provocación
dialéctica sobre la cultura, organización, formación
y reciclaje continuos, recursos
Todo lo demás, como diría
el escritor venezolano Juan Carlos Chirinos, es paja y estos carajos
sólo promocionan lo que les deja plata o es de su mismo grupo e
intereses. Por eso, me resultó falso el debate pueril que
se generó en esos años entre animación sociocultural
y gestión cultural.
El problema radicaba en que determinados profesionales
y políticos presentaban la gestión cultural como el estadio
posterior a la animación sociocultural, y en la medida en que los
propulsores de ésta no cejasen en su intento, se acababa planteando
una supuesta confrontación entre dos miradas distintas del abordaje
del desarrollo cultural. Creo que era banal la discusión. Simplemente
se trata de categorías diferentes. Una adverbial y la otra sustantiva.
La gestión por sí misma no supone un concepto sobre la cultura,
mientras que la animación sociocultural sí. La gestión
cultural alude por tanto a un hecho adverbial, mientras que la animación
sociocultural implica algo sustantivo, al encerrar un enfoque bien delimitado
del desarrollo de la cultura. El que exista gestión cultural no
es algo bueno o malo por sí solo, la bondad no radica en el hecho
de existir gestión, sino en la concepción cultural sobre
la que se aplique.
Es obvio que la gestión se hace imprescindible en
procesos avanzados del desarrollo cultural, pero de la misma manera en
que es necesario aplicar mecanismos de administración de los recursos
e introducir el concepto de gerencia de los bienes culturales (tangibles
e intangibles) cuando la complejidad aumenta. Pero la necesidad de la
gestión no puede convertirla en el factor sustantivo de la política
cultural, sea ésta de titularidad pública o privada. Esa
es la cuestión. Sin embargo, en aquel momento, la gestión
se empezó a escribir con mayúsculas y se funcionarizaron
multitud de procesos y espacios culturales, primando más el impacto
mediático o la eficiente gestión económica que cualquier
otro componente. Los gestores se convirtieron en funcionarios de la cultura
y les fue bien, ahí siguen. Claro, que no conozco su contribución
real al avance de la cultura de todos. La mayor parte de ellos se han
quedado en la pura administración de lo existente o en el recabar
y administrar los recursos disponibles en las ya infinitas Administraciones,
para su personal sostenimiento. Tarea bien digna, por otro lado.
Y en esas estábamos. La orientación que en
aquel momento le imprimimos al proyecto de la Escuela de Animación
de la Comunidad de Madrid fue el de la animación sociocultural.
Pero no por ello, dejamos de enseñar buena gestión. Esa
Escuela aún permanece, va para 18 años, no sé si
goza ya de la mayoría de edad, pero sí es cierto que uno
y otro Gobierno autonómico, de distintos colores obviamente, la
han dejado hacer, que no es poco. Muchas de las personas que empezaron
en ella, aún permanecen, Rafa Lamata a la cabeza aunque ya no sea
la cabeza. Por cierto que de Rafa aprendí la materialización
práctica de lo lateral en el pensamiento. La teoría me vino
de otro.
Y ahora, después de todo este tiempo y distanciamiento
de la Escuela, con aproximaciones esporádicas, entiendo que desde
ese centro se ha contribuido enriquecedoramente al desarrollo de la cultura,
proporcionando herramientas a gentes jóvenes y no tanto, para que
pudiesen desarrollar sus respectivos entornos culturales y contribuyesen
así al desarrollo del entorno más amplio. La Escuela se
convirtió en un punto de referencia para cuanta inquietud de desarrollo
sociocultural se movía en Madrid, y creo que conseguimos atender
con rigor la tremenda demanda en lo cuantitativo y en su calidad que nos
llegaba. Y creo también que se ha mantenido la orientación
inicial hacia la Animación Sociocultural, sin desnaturalizar. Es
decir, sin dejar a la Animación como recurso metodológico
marginal de la integración social. ¡Vaya!, todas las personas
tenemos derecho a la animación sociocultural, o ¿es que tenemos
que estar en el grado de indigencia para poder ser animados?
Y hablando de ser animados, de dar alma, vida y color,
también desde el ámbito inicial de otra Escuela, la de Esplai
de Barcelona, descubrí a un mago del quehacer cultural: Toni Puig.
Y con él, que la gestión para la cosa cultural, para las
artes o para las gentes que las hacen o las disfrutan, tiene que tener
pasión, color, desenfado y sobre todo inteligencia. Y aprendí
de él, a poner el acento en la inversión en la gente, para
que obtenga réditos de su imaginación, para que salga de
la atonía, para que adquiera la capacidad de organizarse y de reinventarse
después Toni, o la lucha contra el muermo.
Y es que en la gestión de la cultura, también
en la animación sociocultural, hay demasiado muermo reinando y
mirándose al ombligo de su administración (con minúscula),
la de sus propios recursos. Hay demasiado poco color y demasiado plagio
continuo, cuando se mimetiza y se copia constantemente. Baudrillard lo
llamó la cultura Xerox. Y Toni lo apuntilló,
con la idea de la cultura clinex, de usar y tirar. O sea,
que no sólo se copia constantemente, si no que además se
hace con mala calidad, con intención efímera.
Tengo la maravillosa constatación de que he ido
realizando mi aprendizaje sobre la cultura de una forma constructiva,
como armando el mecano que tanto me apasionaba de chiquito. Como pertenezco
a una generación que no gozó (o sufrió según
se mire y luego hablaré del sufrimiento) de la incorporación
a la Universidad de las disciplinas relativas a la gestión de la
cultura, ni de la existencia de una oferta formativa amplia y cualificada
sobre esta materia, me lo tuve que ir guisando y comiendo todo solito.
Bueno, solito no. En muy buena compañía, aunque todos estábamos,
eso sí, juntos pero solitos también en ese construir teoría
y hacer práctica. No hubo sobredosis de entradas informativas,
tipo Master, provocando la oportuna indigestión, tipo Master, y
la consiguiente más que probable aversión futura por lo
ingerido, tipo Master. Aunque éste es otro tema. Sí hubo,
por el contrario, un gota a gota, un suave aterrizar (bueno
no siempre suave, pero no importa) en el quehacer de la cultura.
Fue como si en lugar de tener todas las piezas del mecano
de un golpe, hubiese dispuesto de las indispensables en el momento del
arranque, pero luego hubiese ido descubriendo nuevas y sugerentes piezas
a cada vuelta de la esquina, incorporando cada una de ellas a la construcción
iniciada, otorgándole nuevos vuelos insospechados antes y haciéndola
más rica, más grande, más atractiva, más prometedora.
Una de esas piezas me la descubrió mi gran amiga
y colega, la doctora María Bustelo. Ella me habló seriamente
por primera vez de la evaluación y me sedujo como sólo ella
lo sabe hacer; la evaluación, no María. Bueno, más
que seducirme, me atrajeron sus virtudes y no sólo como bien escaso
que es, si no por convicción profunda. María me enseñó
que la evaluación, cuando es sincera, es la fuente de sabiduría
del propio quehacer. Que la evaluación, cuando es sincera, precisa
de la conjunción compartida de criterios, del análisis de
resultados, de la identificación de impactos, pero también
de la anticipación en la formulación del qué queremos
y del hasta dónde podemos llegar. Y como mi querida amiga me implantó
el gen evaluador, ahora ya no puedo entender la gestión de la cultura,
ni de nada, sin pensar antes en qué y cómo voy a evaluar
después, antes y durante la generación de cada proceso o
producto cultural, y en cuales han de ser los criterios y los indicadores
que permitirán saber el calibre de la contribución al desarrollo
de la cultura y el grado de aprendizaje efectuado. La lástima es
que este gen evaluador no lo llevan todos, y cómo estos
procesos para que funcionen han de ser compartidos, pues nada, que nos
quedamos con las ganas más de una vez.
Avanzados los ochenta, incorporo otras tres piezas claves
para mi visión de la construcción cultural. Una es el mundo
rural. Otra el concepto de patrimonio. Y la tercera, la idea de red. En
medio de todas ellas, además, otra persona determinante para mi
pensamiento, Avelino Hernández. Este soriano con solera, aúna
los criterios de tradición e innovación de forma verdaderamente
prodigiosa. Amante de lo pequeño, por hermoso.
Por partes. Con frecuencia se antagoniza el mundo urbano
con el rural, y viceversa. Y probablemente, se produzca ese enfrentamiento
si uno se fija en los resultados y en las escalas de valores generados
por sus distintos hábitos de vida. No se trata, ni pretendo, ensalzar
un espacio de vida u otro. Cada uno de ellos tiene sus glorias y sus mezquindades.
En ambos se puede encontrar la grandeza y la estrechez de movimientos.
Pero lo que sí es cierto, es que cuando apenas pude empezar a comprender
la lógica rural, me fue más fácil comprender el comportamiento
cultural urbano. Y no precisamente porque haga mío aquel verso
que cantaba Patxi Andión de España huele a pueblo.
Aunque un poco sí que huele, tanto en el bueno como el malo de
los sentidos.
Repescando cabos sueltos
la idea de la armonía,
del concilio con los ciclos de la naturaleza, con las estaciones, la concreción
de la adaptación, la comprensión de la existencia
como duración de un tiempo que es cíclico. Fuente de una
moralidad que es más rica que la meramente apoyada en la unidireccional
relación causa-efecto. La propia estructura mental
de las gentes campesinas, forjada en siglos de construcción de
mitos y símbolos
. ¿Nadie advertirá
que en el habla de las gentes del campo por encima de deficiencias
de construcción o dicción- se halla una de las alfaguaras
más puras para darle al lenguaje la frescura, la riqueza y el vigor
que le ha robado el estereotipo prensitelevisivo, tecnidivulgante o politiadministrador?.
Estas palabras de Avelino, avanzan pinceladas del propio sentido de la
cultura.
Con Avelino tuve el inmenso privilegio de trabajar para
el medio rural, para la cultura, para el patrimonio, en el probablemente
primer programa a nivel estatal que abordó estos problemas, me
refiero a Culturalcampo. Fueron años hermosos de nuevo aprendizaje,
con el filtro de la filosofía del paleto de Avelino
Hernández. De ahí incorporé nuevos criterios para
la gestión en la cultura, algunos de los cuales plasmé en
el libro Creatividad y medio rural. Ideas que bebidas de las
fuentes encontradas en nuestros paseos y viajes hacia y desde las trece
comarcas de toda España en las que trabajábamos, pude hacer
mías y extenderlas a toda la visión del quehacer cultural.
De entonces, me convencí de que recuperar y recrear la tradición
cultural de un pueblo puede ser la base para la innovación y que
sin referencia cultural histórica, la actitud más fácil
es la imitación; aprendí también que recuperar lo
símbolos, y con ellos algunos valores de fondo de la sociedad rural,
es una aportación que algunos creadores y artistas efectúan
en favor de la revitalización de la memoria colectiva; memoria
que tiene de movilizadora tanto como de empuje pueda ejercer el subconsciente
cultural colectivo. Pero no sólo; recuperar la identidad
cultural de estas tierras es recuperar estas tierras para la cultura,
más allá del territorio que le da origen, cultura de carácter
global, de mentalidad universal con personalidad propia; la diferencia
como pauta de contraste y como definición colectiva. Todo esto
pienso, desde mi ser urbano y desde mi descubrimiento de lo rural en la
península Ibérica y sus islas, y todo ello lo he incorporado
como bien he podido a la gestión de cuanto he tenido entre manos.
Avelino, me tentó el primero con otra idea: la de
ingeniería de la cultura, que tan sólo me apuntó
en aquel momento, y luego por mi cuenta he ido llenando de contenidos
y significados, que más adelante presentaré. Algo incipiente
comencé, sin embargo, a construir y capturar con Culturalcampo.
La puesta en valor del patrimonio, cultural y natural, tangible e intangible.
La dimensión económica de la cultura y de ese mismo patrimonio.
La importancia de su conocimiento y de su reconocimiento por quienes lo
habitan. La comunicación adecuada de los hechos culturales y patrimoniales.
La inversión, de nuevo, en la formación y en la capacitación
de las gentes que configuran el paisaje humano de esos territorios culturales.
La integración de saberes y disciplinas diversos. La creación
de espacios multiplicadores (los llamamos Centros de Promoción
de Iniciativas Culturales en la Naturaleza de España), con función
de interpretación, de distribución de visitantes, de asesoramiento
y apoyo a habitantes, de interconexión y creación de red.
Y todo con vocación de futuro. Aún hoy perduran una buena
parte de aquellos centros, probablemente con otras denominaciones, con
otros profesionales, con nuevas iniciativas, pero todos con el mismo espíritu.
Fuimos precursores.
Impagables aquellos años.
Y de alguna manera, también fue Avelino Hernández
quien me tentó a la reflexión y a la sistematización
de lo recorrido hasta entonces. La tentación se hizo extensiva
a María Bustelo, y a un tercero, Fernando Cembranos. Y nos dimos
a la tarea de poner por escrito nuestra mirada sobre la gestión
de la cultura, que para nosotros entraba por una sólida construcción
de los procesos de animación sociocultural. Esta mirada volcada
en las páginas de un libro con un título propio de la asepsia
editorial -La Animación Sociocultural, una propuesta metodológica-,
nos ha proporcionado la posibilidad de contrastar y dialogar sobre las
ideas vertidas en él, con decenas de profesionales que a lo largo
de estos años han adoptado el libro, muy gentilmente por su parte,
como uno de sus libros de cabecera y con otros tantos que lo han tenido
como libro de texto en sus estudios sobre estos ámbitos.
En ese libro ordenamos nuestras experiencias de aquella
década de los ochenta que ya finalizaba, así como nuestras
ideas sobre lo que entendíamos que debía ser el punto de
partida de cualquier quehacer orientado hacia el desarrollo de la cultura
y la sociedad, transmitimos nuestra propuesta de animación sociocultural,
que habíamos aplicado en multitud de proyectos e intervenciones
en donde la gestión para la cultura estaba bien presente.
De esta manera, interpretamos por animación sociocultural
el proceso que desde la cultura consciente se dirige a la organización
de las personas para realizar proyectos e iniciativas desde la cultura
y para el desarrollo social. Sólo en esa lógica, entendíamos
la aplicación posterior de cuantos métodos de gestión
fuesen necesarios, entre ellos los de gestión cultural.
Antes mencionaba el papel que a la valoración de
la tradición le otorgamos en las intervenciones relacionadas con
el patrimonio cultural y natural del medio rural en donde trabajamos,
porque una parte importante de la cultura es patrimonio del inconsciente
colectivo, resultado de una evolución histórica, producto
de la relación de las personas y colectividades con su medio. Pues
bien, la animación sociocultural se debe incorporar a ese proceso,
pero trabajando desde la cultura consciente. Es decir, aquella que no
es tanto un resultado, sino una decisión consciente de cómo
se quiere ser; una cultura que mira hacia el futuro, aún cuando
se apoye y tenga en cuenta la cultura inconsciente, la cultura del pasado.
Proponíamos en esa misma dirección profundizar
en una cultura inteligente, aquella que es generadora de aprendizaje
y de la capacidad de criticar y desembarazarse de aquellos aspectos de
la cultura que son contrarios al crecimiento de los pueblos, que frenan
sus posibilidades y favorecen la resignación, la anomia y el aburrimiento
social. Y desde esta inteligencia colectiva hacer propicia la creatividad
social.
Lamentablemente, escasas realizaciones en el entorno de
la gestión cultural me he podido encontrar que procurasen la inteligencia
y la creatividad social. Digamos que la inmensa mayoría se ubican
en la cómoda re-programación de lo existente.
Por aquellos años de fines de los ochenta, y en
el contexto de Culturalcampo primero, y en otros contextos después,
conocí un grupo de profesionales que sí entendían
sin embargo la gestión cultural como una herramienta bien utilizada
en un proyecto más ambicioso de desarrollo cultural más
duradero y orientado a inyectar dosis de inteligencia y creatividad en
sus respectivos entornos sociales. Cito algunos nombres que tengo ahora
más presentes y a los que he tenido la ocasión de seguir,
entonces y después, más de cerca: Eva Almunia, Luis Calvo
y Carlos Esco, de Huesca, y Javier Balbuena, de Salamanca. Todos ellos
me enseñaron cómo se puede llevar el mayor rigor, la vanguardia
más sugerente, la excelencia en los procesos, a los circuitos aparentemente
ajenos a la cultura de consumo urbano al gusto de última hora.
Un festival como Pirineos Sur, un trailer convertido en centro cultural
sofisticado y con capacidad para recorrerse la provincia entera, la última
tecnología de gestión de la información llevada al
último pueblo, y otras secuelas como el Festival Periferias de
Huesca, son botones de muestra.
De nuevo el eje tradición-innovación, llevado
en este caso a las políticas culturales locales, de la mano de
excelentes técnicos que sí están sembrando futuro.
Estos y otros que no menciono, son un buen puñado por toda nuestra
geografía. Aunque quizá no los suficientes para provocar
una revulsión trascendente.
En esas y otras experiencias, basábamos mis colegas
y yo una idea de lo que entendíamos que debía ser el enfoque
del desarrollo de la sociedad y su cultura, y el papel de la animación
sociocultural como herramienta para el cambio social. Leo, ahora, algunas
de esas reflexiones escritas hace trece años y me sorprendo de
su vigencia.
El desarrollo social acentúa el desarrollo
de todas las personas y de toda la persona, lo que lleva implícita
una crítica al modelo actual de desarrollo, que no contempla ninguna
de las dos condiciones.
El estado actual del progreso permite, hoy más
que nunca, la posibilidad de contar con los recursos técnicos y
materiales necesarios para lograr el avance en el desarrollo social. La
dinámica económica y social, entendida desde una perspectiva
global, demuestra que tal avance no se ha producido en las dimensiones
que cabía esperar desde la óptica de la justicia social.
Es preciso por tanto, formular proyectos y respuestas alternativas a esta
modalidad de progreso, y éste es un reto al que debe contribuir
la animación sociocultural.
La animación ha de trabajar por el diseño
de la utopía de futuro, sabiendo que será irrealizable si
no se generan ahora los signos que la acerquen y se construyen las condiciones
que la hagan viable.
Bueno, pues más tarde, después de ir verificando
estos postulados con realidades y realidades, vividas y discutidas con
colegas de todas latitudes, creo que se construye un triángulo
con intenciones de equilátero, y en el que un lado lo ocupa la
visión de futuro, el otro, las opciones de gestión oportunas
y en su base la creación de condiciones necesarias. Éste
es, a mi entender, el triángulo del buen hacer en la gestión
de la cultura, para que ésta se ubique en el club de la cultura
productiva y creadora de inteligencia social. Y hablando de triángulo,
vaya un brindis por lo mucho pensado, hablado y producido a favor del
medio rural con otros tres amigos, también bastante paletos: Antonio
Zafra, Marc Carballido de Tolousse, y Miguel Ardiz.
Dejamos Culturalcampo, cuando un Ministro afrancesado de
la época decidió que la cultura sólo incluía
las artes. Y barrió, en pura coherencia, con el resto de programas
que habitaban su Ministerio. No opinaré sobre que hizo en su gestión
de las artes porque para eso están las hemerotecas. Afortunadamente,
duró menos que una tormenta de verano en La Habana. Y se fue al
lugar de dónde nunca debió regresar.
Pero como lo que sucede conviene, unos cuantos colegas
ya fuera de compromisos ministeriales, nos decidimos a crear una empresa.
Y la creamos. La nombramos, de nuevo a sugerencia de Avelino Hernández
quién se vinculó a ella al principio, Iniciativas Culturales,
gabinete técnico. Y me tocó gerenciarla durante unos
cuantos años. Era un ámbito más desde el que abordar
la gestión de la cultura. La planteamos con un perfil de amplio
espectro, tocábamos desde el asesoramiento para la planificación
y el diseño de proyectos, hasta la propia producción cultural,
dejando además que cada uno de los que trabajábamos en esta
empresa pudiésemos desarrollar nuestras personales inquietudes
o capacidad profesionales: desde el apoyo a creadores latinoamericanos
hasta la psicología clínica, pasando por el asesoramiento
a personas comprometidas en ámbitos marginales. Y nos movimos en
gran diversidad de ámbitos: trabajamos para la administración
pública y para la empresa privada, para colectivos sociales de
todo tipo; en el campo y en la ciudad, en España y al otro lado
del Atlántico. Como consultores, como formadores, como diseñadores
y como creadores. El heterogéneo perfil de las nueve personas que
llegamos a trabajar en Iniciativas Culturales, nos permitía
esa maravillosa dispersión.
Y planteamos nuestro trabajo desde lo privado, pero con
una gran vocación pública, en expresión de
Jordi Martí, gerente a su vez de Transit, otra empresa hermana
de Barcelona, en aquellos años primeros de los noventa. Jordi trasladó
más tarde esa vocación directamente a lo público,
como conductor, primero, del Plan Estratégico de Barcelona 2004,
en su espacio cultural, y como director, después, del Institut
de Cultura de Barcelona. Gran parte del sentido y quehacer de la planificación
estratégica, de la innovación provocadora del riesgo y el
cambio conveniente, de los nuevos conceptos de la sociedad relacional,
se los he escuchado y leído a Jordi. Con él y con Toni,
contrastábamos los avances y retrocesos de la cosa pública
y privada de la cultura, en cálidas conversaciones habaneras, espacio
de encuentro frecuente para nosotros.
Al igual que Jordi, también yo acabé dejando
mi empresa y me lancé a medir más de cerca el pulso latinoamericano.
Tuvo que ser, pues la gestión de la cultura seguía invadiendo
mis venas y mis proyecciones personales, y algunos compañeros de
mi empresa no estaban para sustos. Fueron los que se quedaron con el Gabinete
cuyo nombre más tarde cambiaron por un aséptico IC,
y se pusieron un pisito.
Pero la decisión aunque la tomé solito, estuvo
apuntalada por otras gentes de esta y la otra orilla sin ellas saberlo.
Una de ellas: Charo García Lucero, o la producción cultural
de calidad. Con ella me aventuré en ese terreno. Seguíamos
en la gestión de la cultura desde lo privado, pero con vocación
pública. Llevamos la cultura afrocubana por toda la Península
y el teatro de Lorca por toda la Isla de Cuba. Y con ella pude revisar
de nuevo, las implicaciones o inhibiciones de los gestores oficiales de
la cultura, Delegados de Cultura de acá o Directores Provinciales
de Cultura de allá, latitudes distintas y distantes, pero con factores
en común para observar las honestidades y frivolidades en el desempeño
de la función pública. Nos encontramos con los dos extremos,
allá y acá. Y, consolidé mis percepciones, respecto
al papel clave que siguen jugando las personas. Aquellas que desde su
honestidad y coherencia han impulsado la cultura en su entorno, con muchos
o pocos recursos, pero con gran inteligencia y convicción sobre
la trascendencia del desarrollo de la cultura en el desarrollo de todo
y de todos. Pero también, aquellos otros Directores Generales,
Directores Provinciales, Técnicos o Concejales, que medran o no
pero desprecian y derrochan el caudal de recursos tangibles o intangibles
de los que han dispuesto, o lo que es peor, lo utilizan para su lucimiento
y egolatría personal, arruinando no ya las arcas públicas,
si no las ilusiones y la creencia de mucha gente que apostaba por un desarrollo
de la cultura de calidad desde lo público.
Pero volviendo a Charo, de ella incorporé un tesoro:
el poder de la belleza en un proyecto o en una producción, la fuerza
del cuidar cada detalle y la solidez de un riguroso reparto de responsabilidades;
son cualidades que ya tengo incorporadas a las buenas prácticas
de la gestión de la cultura. Ahora, sigo disfrutando con y de ella
en algunas de sus casas de alquiler para amantes de la buena cultura en
www.charoshouses.com. Observando sin agotar mi capacidad de sorpresa,
cómo es capaz de gestionar la cultura de la interacción
humana y como despliega el prodigio de relacionar entre sí a personas
y proyectos, por cierto uno de los pilares de cualquier proceso de animación
sociocultural y que ha de acuñar cualquier gestión cultural
que se precie. Ahora está pendiente del conflicto en el Oriente
lejano, para irse a la India y compartir su saber hacer en la arquitectura,
con quienes allá se desempeñan en reconstruir pueblos destruidos
por el último terremoto. También esto le añade contenido
a la gestión de la cultura: la transferencia de tecnologías.
Del otro lado del Atlántico, he recopilado tras
15 años de andanzas y descubrimientos humanos maravillosos, otra
buena cantidad de ideas y reflexiones sobre la gestión de la cultura.
No es fácil ordenarlos ni categorizarlos, la propia idea de Latinoamérica
es inordenable, por su diversidad, por sus heterogéneos recorridos;
con casi un solo cordón umbilical que une a los países entre
sí y con nosotros, el idioma. Y ni siquiera el castellano es común
a todos, ni lengua primera.
De Cuba traigo un barco cargado de
contradicciones.
Hay huellas de cultura de un siglo, al menos. Las burguesías latinoamericanas
quizá no fueron tan brillantemente cultas; la cubana sí.
Otra cosa fue el reparto de esa cultura, pero lo que no cabe duda es que
el entorno creado, la atmósfera cultural que las ciudades cubanas
experimentaron desde principios del siglo XX, propició un desarrollo
cultural admirable. Cuando en 1998 con motivo del centenario del nacimiento
de Federico García Lorca, me encargaron realizar el trabajo de
investigación sobre la estancia del autor granadino en la Isla
de Cuba en 1930 y su impacto posterior (la petición era de la Fundación
García Lorca para la exposición del centenario), pude comprobar
esa inquietud cultural en las decenas de periódicos de la época
que tuve que revisar. Maravillas como la edición especial de cien
años del Diario de la Marina, de 1932, con artículos de
fondo sobre el mestizaje, la inmigración, el arte, la tradición
cubana, las tecnologías de avanzada, con hermosos grabados modernistas,
y piezas literarias de Concha Espina o Nicolás Guillén,
entre otros muchos, indican que algo de calado se cocía en esa
Isla, con mucha más sazón que en otros países del
continente, incluso que en la propia ex-metrópoli.
De la etapa más reciente de la historia cultural
cubana, me llamó la atención algo que creo imprescindible
en la gestión a largo plazo de la cultura: la formación
artística. La extensa red de escuelas vocacionales de arte y el
propio Instituto Superior de Arte, durante las últimas décadas,
han sembrado el país de miles de profesionales del arte, especializados
en la música, en la plástica, en las artes escénicas
Sumado a las facultades humanísticas y al poso existente, arrojan
un territorio de alta densidad cultural. Lástima que la decadencia
de la última década ha provocado un deterioro en las generaciones
contemporáneas cuyos efectos se hacen ya notar. Sin embargo, el
empeño fue importante. Recientemente, en la inauguración
del nuevo Museo Nacional de Bellas Artes en La Habana, en agosto de 2000,
se podía observar un indicador de la siembra: centenares de heterogéneos
visitantes colmaban los dos edificios del Museo (con unos fondos riquísimos,
por cierto, y un tratamiento del espacio museístico brillante),
y la percepción era la de un alto grado de aprecio por el arte
y por su arte. Probablemente la peculiaridad insular y el ansia de saber
más allá del discurso unipersonal omnipresente, alienta
este afán de ilustración y conocimiento que tan notorio
resulta en gran parte de la población cubana.
Rescato a dos personas de la realeza, de entre un buen
montón de rescatables cubanos. La primera que traigo a escena es
Reina Mestre. Esta hermosa mujer y su trabajo, corroboran mi idea de que
la mejor política cultural es la inversión profunda en la
educación. Formal o informal, pero formación en todo momento.
Reina, dirigía el Centro de Superación para la Cultura,
dependiente del Ministerio de Cultura de Cuba. Y desde ese espacio desarrolló
un trabajo imponente de transmitirle a las instituciones culturales de
la Isla la convicción de que la cultura va más allá
de la formación en las artes. Desde el Centro de la calle 15 en
el Vedado, extendió un nervio contagioso por todo el país
para discutir, reflexionar y proponer un nuevo sentido del desarrollo
y de la cultura; propició la definición de los promotores
socioculturales y los cualificó, intentando superar la mediocridad
y aburrida oficialidad imperante en la mayor parte de las Casas de Cultura
cubanas. Reina enriqueció y abrió el fondo documental del
Centro de Superación captando los nuevos conceptos de la cultura
y las tendencias más avanzadas en el terreno de la gestión.
Su moderna cabeza, está detrás de la formación de
centenares de profesionales de la cultura cubana que trabajan en ciudades
y pueblitos por la emancipación sincera de su sociedad.
El segundo rescatable es también monarca: Reynaldo
González. Ex-director de la Cinemateca de Cuba, y antes y ahora
escritor magnífico, recientemente premiado con el Ítalo
Calvino de Italia por su novela Al cielo sometidos. La aportación
de Rey a las dimensiones de la gestión cultural que quiero destacar
es la de su trabajo en el cine cubano, por un lado como impulsor de la
conservación de un patrimonio cultural de gran importancia, ya
sabemos: sin tradición sobre la que reflexionar, no hay innovación
que valga. Por otro lado, como abridor de ventanas universales, especialidad
ésta poco frecuente en el panorama de la cultura. Desde las pantallas
de la Cinemateca de Cuba, se podía estar al día sin complejos
de la creación cinematográfica ¡del planeta!
Ahora se habla de globalización, y se habla mal
porque mal se utiliza esta palabra que no tiene nada de malo, y de pronto
la tenemos convertida en sinónimo de implantación homogeneizante
de pensamiento único. Pues otro gallo nos hubiera cantado, si los
hacedores de la cosa cultural hubiesen combinado, como Reynaldo, el tratamiento
correcto del patrimonio y la tradición con la refrescante mirada
de lo nuevo.
De las conversaciones extendidas y distendidas con Rey,
tengo anotadas reflexiones que me parecen sustanciales para empezar a
dialogar de la cultura del nuevo milenio. Hablando una tarde en el porche
de su casa habanera, entre los gritos de la cotorra y los amores ilimitados
de su perro Coco, me decía sobre la globalización de las
comunicaciones, que ahora se recibe el mismo mensaje en Berlín
y en Cochabamba pero el impacto es diferente, en Berlín puede no
hacerle daño pero en la ciudad boliviana de la eterna primavera
sí. Reynaldo me señalaba que el hombre de la cultura
pobre acumula un saber ajeno que le lleva a subvalorar su propia
realidad. Y añadía: un trabajador de la cultura hoy
tiene que esforzarse por evitar que el mensaje globalizado dañe
la identidad, y esto no siempre lo interiorizan, ya que son los primeros
en ser permeabilizados por los medios, lo propio se consume por resignación,
porque forma parte de la propia sensibilidad, pero la cultura real
es lo ajeno.
Cuando conversaba con Reynaldo sobre el papel de las instituciones
culturales, en este contexto de cambio de época, y con un papel
de lo público que no desaparece, él me apuntaba que todo
está artificializado: el canon de belleza, el canon del consumo,
pero de nuevo nada de eso tiene que ver con la cultura real de la gente.
Sin embargo, la tendencia del público es consumir siempre lo mismo,
por la resistencia al cambio y a la modernidad, el pensamiento de las
masas es conservador y autocomplaciente. Rey, en su gracia criolla me
hablaba del masaje de la cultura frente a su presunto mensaje.
De alguna forma las instituciones culturales están en la reiteración
de rituales en lugar de darse a la tarea de inquietar a sus consumidores
directos, yendo más allá del masaje.
Otro cubano, ya españolizado, y actual coordinador
de exposiciones temporales del Reina Sofía, Osbel Suárez,
me indicaba dentro de la misma secuencia de pensamiento, la importancia
de conocer y acertar con el umbral de comprensión semántica
del público consumidor de cultura.
Claro que lo malo es cuando las instituciones culturales
y los medios de comunicación difusores de la cultura, no representan
a la cultura sino a los poderes imperantes, entonces están muy
cómodos procurando que ese nivel de comprensión semántica
de la realidad no se eleve más de lo tolerable.
Regreso a América Latina. Se palpa un bullir de
cultura por dónde quiera que uno anda, con más convicción
de la que uno suele encontrar en éstas estepas mesetarias peninsulares.
Allá con muchos procesos de animación sociocultural a flor
de piel, la mayoría en procesos de frustración de nuevo
por sus respectivos poderes imperantes, muchas veces al borde del abismo
de la desesperanza. Pero
¡tienen tanta fuerza en la mirada!.
La gestión y la promoción de las artes populares,
es el espacio en el que se desenvuelve Patricio Sandoval, de Ecuador.
Es otra dimensión más de la gestión, acercar los
recursos más atrevidos y las reglas más punteras del comercio,
a los productores de siempre de las artes populares, y al mismo tiempo
incorporando los criterios de calidad más exigentes. Con un paso
más: la construcción panamericana, construyendo desde lo
que les une partiendo de las diferencias y legitimándolas. Es la
labor del Instituto Andino de Artes Populares.
Y también en Quito está la más bella
mirada sobre la condición indígena que he conocido, la de
Lucía Chiriboga. Fotógrafa. Impulsora de un Taller
y Centro Documental de Artes Visuales, recopiladora de la fotografía
de décadas de Ecuador, rastreadora de chamanes e intérprete
de los signos de las culturas de los andes. De nuevo alguien que conjuga
tradición e innovación, que rescata, restaura y valora el
patrimonio de generaciones, ahora plasmados en miles de negativos, y nos
lo devuelve retroalimentados por la realidad presente.
La gestión cultural se va cargando de contenido
y sentido cuando se practica con esta carga de sinceridad y con esta cercanía
a la cultura efervescente que fluye por aquellas tierras de volcanes nevados.
El recorrido no termina, no terminaría nunca deteniéndose
en la Biblioteca Regional de Ayssen, en Coyhaique (la Patagonia chilena)
o en la de Puerto Mont, para la región de los Lagos y el archipiélago
de Chiloé. Otras dos mujeres de bello trabajo: Victoria Peni y
Magdalena Rosas. ¡Cómo no se les congelan las manos con aquel
frío! Sus libros recorren los caminos más australes de Chile,
son baúles viajeros que también cruzan impenitentes de orilla
a orilla los estrechos entre las islas e islotes de Chiloé. Con
carga y vocación de cuentacuentos y de extender la cultura al mínimo
rincón habitado de este planeta por remoto que pueda parecernos.
En Chiloé, en Ancud, descubres el Museo Azul que se suma a las
miradas que cuidan el patrimonio cultural y natural y te miran para implicarte.
En Puerto Mont, un grupo con bello nombre, Bosque Nativo, y con
una galería de arte como hermoso escaparate, se mueven también
en la gestión de la cultura que viven cada día.
La lista es infinita. Y eso es alentador. Pero, ahora sí,
tenemos que globalizar todos estos saberes dispersos, tenemos que hacer
fluir la savia por una red de capilares que nos riegue a todos, alimentándonos
unos a otros. Aislados, aún rodeados de multitudes, no tendremos
otra que la gangrena. Así que, ¡corra esta sangre-savia por
nuestras venas reales o virtuales, pero que no deje de circular ni un
segundo!. Encomienda ésta que practica el equipo del ILAM Instituto
Latinoamericano de Museología de la Universidad de San José
de Costa Rica y que me mostró la espléndida Vilma Álvarez
a través de su red virtual de museos reales. El clic &
mortar de los teóricos de las punto com norteamericanas,
que apuestan por combinar lo incierto del ratón del ordenador con
el cemento de los espacios ciertos en donde todavía podemos tocarnos.
Entonces
¿era o no un mecano de piezas inagotables?
Aquí llega otra: la formación. El drama de
la formación para profesionales presentes o futuros de la gestión
cultural, particularmente la impartida en unas cuantas universidades.
Másters, postgrados, expertos, diplomados
una caterva de
cursos entre los que alguna honrosa excepción de sinceridad formativa,
confirma la regla de la vaciedad de sus Direcciones, ocupadas por mediocres
aspirantes a la nada, sin un mínimo de recorrido personal en el
quehacer cultural que mostrar a sus alumnos, y ni siquiera una exigua
capacidad pedagógica para planificar y coordinar con sentido su
oneroso año académico que convierten en un calvario de despropósitos
y desalientos. Dicho esto, paso a reivindicar sin embargo la necesidad
insoslayable de la formación, mucha y rica, inductiva y deductiva,
interactiva y autodidacta, y bienvenido sea el mundo universitario con
su respaldo y prestigio a cimentar la capacitación de los trabajadores
de la cultura, pero ¡por favor! que den licencia a Herodes para cortar
unas cuantas cabezas.
Acabando estoy este artículo-recorrido por la gestión
de la cultura, y en la antepenúltima estación me hallo con
más marketing entre las manos que gestión directa
de la cultura. Estos dos últimos años me empleo a fondo
en la FNAC, de nuevo Francia. Y claro, con lógica, ya que
además y sobre todo ser un comercio y concentrar su esfuerzo en
obtener beneficio de la venta de productos culturales, la FNAC
se postula como prescriptor cultural, dedica una parte importante de su
superficie comercial y su presupuesto a la oferta directa y gratuita de
cultura de calidad para todos los públicos: desde sus Galerías
de Foto, los auditorios o los Fórums, o más recientemente
desde el mundo virtual con www.clubcultura.com.
Avanzando en cuestiones que realmente nos deben preocupar
a todos los que desde una barrera u otra estamos trabajando en la cultura
dirigiéndonos a unos u otros públicos. Cuestiones como la
generación de fidelidad, para que seamos capaces de establecer
una comunicación cada vez más directa con las necesidades
y hábitos culturales de la gente. Inquietudes sobre la conexión
preferencial entre creadores y público, o la vigencia de las industrias
culturales; de la distribución de la cultura (comercial o altruista)
y de los medios de comunicación como intermediarios válidos
o no, en esa transacción de talento y apreciación artística.
De nuevo, el privilegio de compartir estas reflexiones desde la práctica
cotidiana con excelentes y rigurosos profesionales de la cultura, Miguel
Barroso o Cristina Alovisetti, me apuntan cada semana perspectivas brillantes
por donde continuar madurando este fascinante camino de la gestión
en y para la cultura.
Párrafos atrás mencionaba un término:
la ingeniería de la cultura; añado otro: la inteligencia
en los procesos de desarrollo cultural. En definitiva, nuevos tiempos,
nuevas referencias. Inteligencia como capacidad de aprendizaje. Pero claro
que ha de ser así, ¿se puede acaso entender una gestión
cultural que no propicie el aprendizaje?, quizás, pero será
entonces una gestión al servicio de los totalitarios de turno o
de los mediocres que creen que es suficiente con dar pan y toros,
aunque éstos sean cibernéticos y el pan virtual.
Mi apuesta está decidida. Sólo creo en una
cultura fruto de un proceso de construcción compartida, en dónde
cada cual pueda identificar sus capacidades y desempeñarlas con
brillantez, con campo abierto a la diversidad de pensamiento, espacios
reales para el aprendizaje colectivo y la suficiente visión global
como para no perderse en la nada cotidiana.
Y finalizo con esa idea de ingeniería de la cultura
que me dispongo a acuñar en breve, porque ¿no se trata de
un problema complejo para el que se ha de encontrar una respuesta igualmente
compleja y rica en sus matices? ¿No estamos necesitados ya de sobredosis
de innovación, ante tanta y tan abrumadora copia y remakes
de lo ya visto y oído? ¿Podemos seguir ombligueándonos
entre colegas de la cosa nostra o cabe la posibilidad de escuchar
y dar parte, incluso de prestar mucha atención a las miradas y
sesgos de otros profesionales de ámbitos en apariencia alejados
de nuestra, muchas veces, chata labor cultural? ¿Será posible
de una vez pensar en términos de impactos buscados y de certificar
que no somos nadie sin los otros? Y, finalmente, ¿podremos poner
la mirada de la cultura en el horizonte, anticipar escenarios y enterrar
lo frívolamente efímero de una vez por todas? Las respuestas
a estas preguntas, quizá acuñen los componentes de un nuevo
paradigma, quizá hay quienes sin esperar a acuñarlo ya han
puesto manos a la obra. Conozco unos cuantos. Pero ya no es tiempo de
ir redimiendo a nadie.
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