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Patrimonio y Desarrollo Local: una práctica social entre el saber y el poder.José de Nordenflycht Concha(1) ResumenEl texto problematiza la noción de patrimonio cultural en el contexto de los desafíos impuestos por el desarrollo de las sociedades iberoamericanas en el actual escenario de la globalización, postulando que la dimensión política del patrimonio no sólo se refiere a la administración territorial de los bienes culturales, sino que también a su inclusión en los procesos de apropiación significativa y puesta en valor de los mismos por la sociedad civil, entendidos estos como referencias culturales. El caso de Chiloé (Chile) sería un ejemplo de prácticas activas de legitimación participativa de sus acervos patrimoniales tangibles e intangibles por parte de la comunidad, en un proceso que han que fortalecido su vigencia local en el contexto global. Triste cosa es. 1. La dimensión política del patrimonio.Las reflexiones anteriores son de Gaspar Cifuentes, el protagonista de la novela de Gallardo, el cual había asumido la imperiosa necesidad de afrontar desde una gestión local las consecuencias del terremoto de 1939 en la comuna de Coelemu, esto en vista de la inoperancia del gobierno central para asumir su reconstrucción. Todo este episodio motiva a Cifuentes para llevar a cabo la quijotesca empresa de independizar a Coelemu de Chile. Y; anécdotas más, anécdotas menos; lo logra. El espacio local escindido, en la novela, ve como los sucesos se desatan al punto de que en el país un empate catastrófico de fuerzas está a punto de la deflagración mientras la solución a diferendos fratricidas por medio de la participación en un diálogo ciudadano fortalece la nueva provincia. Aquí la analogía no se deja esperar, el patrimonio territorial de un país se ve amenazado por una exclusión interior a consecuencia de la desidia de sus autoridades. Esa misma desidia patrimonial que en estos últimos años a intentado de ser revertida. En efecto, durante los últimos años la escena cultural de nuestro país se ha visto potenciada en su desarrollo por una serie de señales positivas por parte de los organismos del Estado, en particular destaca el trabajo de puesta en valor del patrimonio a partir de la revitalización del Consejo de Monumentos.(2) Es indudable que la creación de fondos concursables, como son el Fondo de Apoyo a Iniciativas Culturales Regionales y el Fondo de Desarrollo de la Cultura y las Artes (FONDART) han tenido un positivo efecto en la producción, promoción y conservación cultural, además de producir un verdadero efecto multiplicador en ONGs, Fundaciones y Corporaciones privadas que también se han sumado al esfuerzo del desarrollo cultural y la puesta en valor patrimonial(3). En suma las políticas públicas orientadas a la financiación de las actividades culturales han multiplicado sus fondos y programas, lejos del fantasma del dirigismo cultural la necesidad de su incremento y sistematización ha sido considerada fundamental para que las antiguas carencias vayan camino a tener una adecuada respuesta(4), por lo que al momento presente amplios sectores de la sociedad están expectantes ante los efectos de la nueva institucionalidad cultural que el ejecutivo ya ha elaborado de cara a su aprobación por el legislativo para lograr su puesta en marcha definitiva, dando una respuesta a diagnósticos muy recientes sobre la necesidad de este marco de acción.(5) No obstante este diagnóstico general positivo la efectividad y masificación de los planes y programas que estos organismos han implementado ha sido atenuado y muchas veces debilitado a la hora de revisar el panorama cultural de regiones y zonas del país más alejadas del centro(6). Al igual que el Coelemu de Cifuentes, estos territorios locales se ven amenazados por una desidia que muchas veces se retroalimenta internamente, con el peligro de la inanidad consecuente. Al igual que en el Coelemu de novela pareciera que la participación ciudadana es un camino de alta rentabilidad simbólica. Camino que, por cierto, recién empezamos a transitar. 2. Referencias culturales: el valor de los activos inmateriales locales.La primera evidencia que justifica una política de puesta en valor patrimonial como motor del desarrollo local en regiones es que son esos territorios en donde se concentra la mayor riqueza patrimonial del país. Paradojal resulta en este contexto que las declaratorias de Monumentos Nacionales sean mayoritarias en la Región Metropolitana, y sin embrago los dos únicos bienes inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO están en regiones, más aún en territorio insular. Curioso. De hecho el centro del país es gravitante imponiendo una disparidad y generando expectativas en los sectores más deprimidos que se encuentran en regiones y que históricamente han tenido menos acceso a la cultura y sus beneficios. Expectativas que no son cubiertas ya sea por problemas de difusión y posesión adecuada en estos sectores, o por que la presentación de proyectos en los centros de producción cultural, mejor formulados y más documentados, casi siempre obtienen las opciones ofrecidas. Existe de este modo una desconexión real, en donde la desinformación y la falta de capacitación de la ingeniería social activa en las comunidades regionales más pobres frente a estas iniciativas. En este contexto, tanto para la producción cultural como para su conservación, las especulaciones sobre quién es la autoridad legítima para seleccionar lo que debe ser preservado, a partir de qué valores, en nombre de qué intereses y de qué grupos, ponen de relieve la dimensión social y política de la intervención sobre el patrimonio, una actividad que por la ciudadanía y las autoridades se acostumbra a ser vista como eminentemente técnica. En el último tiempo asistimos a un escenario difuso en donde aparentemente esta percepción ha cambiado, prueba de ello es que los temas relativos a la conservación del patrimonio cultural han salido de los claustros académicos y el ámbito técnico para entrar a la agenda pública del sector estatal, privado y de la ciudadanía en general. Esto que podría ser visto positivamente hay que examinarlo con atención ya que la puesta en la agenda pública muchas veces no avanza sobre la superficialidad mediática, sumado a lo cual hay que considerar endémicas prácticas sociales verticales, paternalistas y asistencialistas, en donde se manejan los activos simbólicos inmateriales del capital local y regional desde una férrea estructura centralista, lo que no es sólo un fenómeno condicionado a su entendimiento geográfico y administrativo, sino que más profundamente en sus connotaciones de centralidad epistemológica, deontológica e incluso afectiva. Aunque ya sea ampliamente reconocido que el primer paso para la protección del patrimonio es su conocimiento, la ciudadanía no debe ser sólo informante sino que también intérprete de ese legado, ya que no solamente la destrucción del patrimonio es una demostración de poder, sino que también, y de manera más compleja, la conservación selectiva que el poder hace de un legado cultural determinado. Decidir qué es lo que se conserva, decidir qué es lo que nos representa será mucho más determinante que la destrucción y el olvido, de hecho la construcción de las nacionalidades latinoamericanas desde el proyecto histórico de sus oligarquías republicanas del siglo XIX operaba bajo esa estrategia, la cual se intentará revertir por medio del largo proceso de modernización y democratización de nuestras sociedades hasta el día de hoy. Por lo tanto, y aunque muchas veces los intereses defendidos por el tercer sector organizado sea calificado como de difuso por el lenguaje jurídico, la participación social es fundamental en los proyectos de intervención en la preexistencia. Esto ha quedado demostrado en nuestro contexto regional latinoamericano(7) como, por citar algunos de los muchos ejemplos, el caso del Centro Histórico de Quito, los Conjuntos de la Misiones Jesuíticas en el Oriente Boliviano o el Centro Histórico de la ciudad de Salvador de Bahía(8), todos inscritos con éxito en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. El desafío de activar esta variable no es menor, de hecho mucho antes de que la participación ciudadana demostrara su pertinencia y efectividad se debieron despejar interrogantes iniciales como ¿para qué y para quien recuperar?. Estas eran viejas preguntas en el panorama europeo, de hecho desde la primera mitad del siglo XX está era una preocupación de precursores como Gustavo Giovannoni(9), las que vienen a instalar un debate amplio y tener un referente operativo en la Carta de Amsterdam (1975) donde comienza la amplia circulación de la noción de rehabilitación. Ésta operación de intervención en la preexsitencia supone que los aspectos materiales del deterioro de un bien patrimonial inmueble son síntomas de una necesidad más importante como es la efectiva recuperación de la calidad de vida de los habitantes, cuestión muy importante para no confundir medios con fines. Una noción como ésta y su implementación se hacía más pertinente en los países con tasas de desarrollo menores y que no se podían dar el lujo de dilapidar recursos, por lo que la pregunta con respuestas más urgentes para poner en valor el patrimonio era ¿para qué?(10) Los intentos de solución de ésta pregunta fueron desplegando un amplio debate que desde hace unos veinte años a esta parte ha ido reconociendo en el medio regional latinoamericano que las ciudades actuales son el resultado de la superposición de las anteriores y reflejo de los hechos históricos que en ellas se sucedieron, sin embargo en muchas ocasiones se ha producido una sustitución o transformación de los centros históricos en virtud de criterios funcionales y económicos, estableciéndose entonces el dilema entre progreso y conservación como justificación de esta política. Esto ya no podía ser aceptable ya que se trata de bienes pertenecientes al patrimonio historico-cultural y no se podían aplicar criterios de rentabilidad sobre el simple valor del mercado del suelo urbano. La reflexión siguiente y los consecuentes proyectos de revitalización de los centros históricos y los conjuntos rurales partió del reconocimiento de que son únicos e irrepetibles y por ello era importante reconocer a estos por sus características peculiares aunque tengan pocos "valores artísticos", según el concepto académico, y que la población se identifique con ella para mantener una parte fundamental de la historia de cada pueblo. No es sólo una valoración monumental, son la consideración de otros muchos valores, entre ellos, los simbólicos, culturales, y los que remiten a la memoria colectiva de una comunidad. Pero hay más, una defensa del modelo social al que las estructuras del patrimonio arquitectónico sirven de marco físico, una crítica al despilfarro económico e inmobiliario que su destrucción supone, una voluntad de mantener un fragmento urbano irrepetible, y de conservarlo y recuperarlo como un sector más dentro de la planificación (como un barrio, área rural) distinto y único, pero un espacio residencial popular y vivo, controlando y regulando la entrada de otro usos (comerciales, terciarios, directivo, entre otros). Aunque desde el punto de vista económico, y a simple vista, en algunos casos pueda ser financieramente efectivo que recuperar la preexistencia sea más oneroso que urbanizar con arquitectura de reposición, los ciudadanos no pueden mantener económicamente un desequilibrio entre capacidad urbana y número de habitantes. Bajo este supuesto la reorganización de los territorios urbanos que presentan una alta tasa de preexistencias de distintas calidades y jerarquías se muestra como más rentable que la continuada política expansionista con una interminable inversión en infraestructuras, equipamientos y mantenimientos de los mismos. De ahí que económicamente recuperar a largo plazo sea más económico, la ciudad se mantiene con un menor costo. Con los elementos anteriores discutidos, internalizados y difundidos entre los técnicos, la etapa siguiente será las estrategias en que el saber deberá interpelar al poder a partir de una práctica social, inferida de las relaciones entre sociedad civil y Estado. Es aquí donde la introducción de la noción de Referencia Cultural relativiza el criterio del saber y pone atención sobre el papel del poder, esto es: qué significan, cómo se apropian y cuándo constituyen acervos patrimoniales activos de una sociedad determinada será ahora un campo de problemas de mayor urgencia que el proceso instalado desde los sectores técnicos y académicos del catastro, relevamiento e inventario de las manifestaciones patrimoniales. Por cierto que en esto último todavía queda mucho por hacer sin embargo es necesario introducir modificaciones metodológicas para una identificación sin congelamiento, desplazando las categorías de autenticidad por las de identidad. En esta práctica social entre el saber y el poder creemos que la participación ciudadana será una instancia de legitimación de las políticas del patrimonio cultural, ya que la construcción y el fortalecimiento ciudadano así lo demanda. En esta fase tenemos ejemplos importantes de como lo han entendido a nivel latinoamericano países como Brasil, que en este ámbito llevan la delantera con una Ley sobre el Patrimonio Intangible y un Grupo de técnicos a cargo del PNPI (Programa Nacional del Patrimonio Inmaterial).(11) En ese contexto se ha concluido recientemente que en la puesta en valor del patrimonio intangible la noción de referencia cultural presupone la producción de informaciones y la investigación de soportes materiales para documentarlas, pero significa algo más: un trabajo de elaboración de esos datos, de comprensión de la resignificación de bienes y prácticas realizadas por determinados grupos sociales, en vista de la construcción de un sistema referencial de la cultura de aquel contexto específico.(12) Es por esto que cuando se ha insistido en ciertos sectores de los administradores del territorio en el turismo como inductor de crecimiento, esto es no sólo una salida fácil, sino que muchas veces es la principal amenaza y factor de riesgo permanente ya que es precisamente en el patrimonio intangible en donde se producen los mayores impactos, muchas veces difíciles de medir y prever con anterioridad, creándose para mantener la imagen inicial invocando la mal llamada cultura para el turismo que resta credibilidad al producto turístico(13). De hecho este es un problema que ha sido enfrentado por atractivos culturales que en las sociedades de alto consumo ha tenido en jaque a los grandes conjuntos monumentales inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO como la Acrópolis de Atenas(14). 3. Chiloé: un caso de acción local y reflexión universal.Si la identidad de un lugar está estrechamente ligada a la valoración y protección de sus caracteres ambientales, y dentro de estos los valores del patrimonio tangible e intangible son sus caracteres más pregnantes, es un hecho que mientras más conocimiento hay sobre los lugares hay un cuidado mayor de ellos.(15) Lo anterior lo podemos ejemplificar revisando uno de los ejemplos en que ese factor de identidad vehiculada por la participación local ha sido un factor de desarrollo patrimonial, como es el caso de Chiloé, el cual es un territorio que por sus particularidades contiene una serie de elementos y relaciones que lo convierten en un sistema patrimonial reconocido desde un largo tiempo a esta parte. Aquí el patrimonio ambiental comprende los eventos geográficos y la preexistencia cultural. Ambos dan forma a la identidad que se expresa en una calidad de vida escogida por los habitantes de un espacio a través del tiempo. Esta opción se materializa en un modo de ocupar el espacio y en un modo de la valorizar los recursos naturales, como por ejemplo la papa.(16) Ahora bien, si el medio ambiente urbano es todo aquello que configura un entorno que define la calidad de vida, también lo constituyen los espacios públicos o de uso comunitario, los lugares que tienen significado histórico y estético y proporcionan identidad colectiva, el ambiente de seguridad ciudadana o la trama urbana que facilita la convivencia cívica. Todos estos componentes de la vida urbana interesan prioritariamente a los sectores populares que no pueden construirse ciudades privadas; al contrario, construyen la ciudad de todos pero luego son excluidos de sus ventajas. Este diagnóstico general expresado para los territorios urbanos es válido también para los espacios definidos por una escala de localidad menor que presentan una mayor fragilidad ambiental, social y patrimonial, como es el caso de Chiloé. Una de las características de las localidades menores es la de tener una identidad cultural definida, aún cuando ésta no tenga la dinámica necesaria para autosostenerse. La tendencia cultural de los centros mayores es la de la homogenización, inducida por la gran presión que ejercen las comunicaciones ante las cuales la cultura local va gradualmente diluyéndose en una cultura global, en la medida que el territorio no puede internalizar la información recibida. Esta cultura global actúa ejerciendo una suerte de dominio caracterizado por la distribución de bienes estandarizados de consumo portadores de un mayor confort y la transferencia de tecnologías que se consideran más eficientes y eficaces. Esta cultura global, evidentemente dotada de una mayor dinámica, va constituyéndose al corto plazo en un medio ambiente más apetecible. Debemos considerar que, aún cuando en las localidades menores encontramos territorios deprimidos y valores culturales en estado recesivo, en ellas vemos un factor de diversidad cultural. Intentar reactivar los valores locales puede ser una estrategia general para intentar detener la polarización del territorio. Esta actitud puede ser la plataforma que sustente una renovación territorial. Una identidad territorial definida es, en la actualidad, un producto escaso, casi un producto no renovable, por lo tanto, la valoración de este recurso debe constituirse en un potencial de desarrollo puesto que la identidad cultural es lo que, en definitiva, constituye un atractivo cultural y por extensión un potencial de desarrollo. En el caso de Chiloé hemos visto durante las últimas décadas un creciente proceso de integración al sistema continental, de una rapidez y contundencia tal vez inédita, si se considera toda su historia desde el siglo XVI e incluso antes. De hecho la inminente construcción de un puente que unirá la Isla Grande de Chiloé con el continente, proyectado para los próximos años, es otro de los indicios de este fenómeno(17). La relación del territorio con su producción cultural puede ser sometida a variaciones violentas producto de este "acercamiento", incluso en los ámbitos científicos en donde el establecimiento de un diálogo con una apertura ante el otro debe superar la relación objeto-sujeto de la antropología decimonónica. La que además de pecar de ingenuidad positivista, en el plano epistemológico, no nos permitiría superar el umbral de lo ya visto mil veces por los ojos del turista desprevenido. En ese sentido un interesante proyecto de recuperación de la identidad local, a través de la historia oral, fue desarrollado por el Obispado de Ancud desde la década del setenta, a través de los Cuadernos de Historia, en donde se motivó a niños en edad escolar a entrevistar a sus abuelos y mayores no solamente para obtener información sino que también para desarrollar conductas de pregnancia identitaria de alto valor social. Este acervo de costumbres vernaculares producto de una larga historia es el que permitió mantener con vigencia las condiciones de las preexistencias tangibles materializadas en los templos, en donde serán claves figuras como la del Patrón o el Fiscal, celebraciones populares, fiestas y un sin número de creencias asociadas al sincretismo religioso dan cuenta de esta fortaleza del patrimonio intangible(18). Esta micro reseña nos muestra como en el caso de la cultura chilota lo que constituye su valor patrimonial es la delicada relación entre los elementos del patrimonio material e inmaterial que hoy día son saberes reconocidos por el poder, en una práctica que ha llevado a inscribir parta de su acervo material en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Este ejemplo nos sirve para ilustrar la conclusión basada en lo que hemos mencionado en otras ocasiones con claridad: el patrimonio es la base del desarrollo, a lo que habría que apostillar ahora: del desarrollo local. En su momento la puesta en valor del patrimonio tangible, que sigue siendo el conjunto de preexistencias más evidentes, y ahora el patrimonio intangible, reconocido éste como un activo simbólico diseminado en la sociedad, son en su conjunto los elementos que constituyen este amplio capital de desarrollo. El manejo de este capital debe hacerse con responsabilidad ya que el único rédito posible es la solidaridad con las sociedades futuras, más aún en el de carácter intangible que, por el momento, es más irreductible a la lógica de la propiedad y el mercado, por lo que una práctica social inducida como referente de esta relación entre el saber y el poder a través de los Cabildos Culturales tiene la oportunidad de ser un mecanismo de transferencia en donde todos los actores pueden interrogar al saber y al poder, primer paso para la puesta en valor de sus patrimonios locales. 4. Referencias BibliográficasA.A.V.V. Curso de Rehabilitación. La Teoría, Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Madrid, 1985. AA. VV. Seminario Internacional sobre Economía de la Cultura. Mecenazgo, Fondo Nacional de Las Artes, Buenos Aires, 19 al 20 de agosto de 1998. AA.VV. Ciudades Históricas. Congreso Mundial de Conservación de Patrimonio Monumental, ICOMOS, Morelia, 1999. AA.VV. El Registro del Patrimonio Inmaterial , Ministerio de Cultura, IPHAN, Brasilia, 2002. AA.VV. Ponencias Primer Congreso Internacional para la Conservación del Patrimonio Cultural, Comité Ecuatoriano de ICOMOS, Riobamba, 9-12 de noviembre de 1994. AA.VV. Seminario Taller: Rehabilitación integral en áreas o sitios históricos latinoamericanos, UNESCO-ORCALC, Quito, 1994. CARAVACA, Inmaculada et al. Patrimonio cultural y desarrollo regional, en EURE, Instituto de Estudios Urbanos, Pontifica Universidad Católica de Chile, volumen XXII, n· 66 de octubre 1996. GIOVANNONNI, Gustavo LUrbanisme face aux villes anciennes, Éditions du Seuil, París, 1998. HARDOY, Jorge Enrique y Margarita GUTMAN Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica, Ediciones Mapfre / PNUD UNESCO, Madrid, 1992. LABARCA, Guillermo ¿Es necesaria una política para el arte? en PROPOSICIONES, Ediciones SUR, nº 18, 1990. MOYANO, Emilio y Mayra LAZCANO Identidad social urbana. Una comparación exploratoria en asentamientos de extrema pobreza, Arquitectura y Cultura, Escuela de Arquitectura, Universidad de Santiago,nº 1, 2001. NORDENFLYCHT, José de Impacto del Patrimonio Intangible en la Estrategia de Desarrollo del Patrimonio Cultural en Chile. en Seminario Internacional Patrimonio Intangible: Hombre, Tierra y Patrimonio, Comité Brasileño del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios ICOMOS-BRASIL, Salvador de Bahía, 25 al 30 de abril de 2002. NORDENFLYCHT, José de Recuperación de una identidad fragmentada: proceso en torno a la centralidad de lo patrimonial. en Seminario Patrimonio Cultural y Desarrollo Local. Hacia la definición de una Política Pública Regional, Sala de Conferencias Cámara de Diputados, Congreso Nacional, 24 de septiembre de 1997. SANTANA, Roberto La papa chilota como patrimonio cultural, LIDER, nº 5, Universidad de Los Lagos, Osorno, 1998. NotasJosé de Nordenflycht Concha(*) Master en
Historia, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Playa Ancha
(Valparaíso-Chile). Su trabajo permanente se relaciona con la investigación,
curatoría y planificación territorial sobre el patrimonio
local en Valparaíso (Chile). Secretario General de Comité
Chileno de ICOMOS. Coautor de Monumentos y Sitios de Chile (Ediciones
Altazor e ICOMOS-Chile, Santiago, 1999.) y autor de los libros El Gran
Solipsismo. Juan Luis Martínez, obra visual (Ediciones Puntángeles,
Valparaíso, 2001) y Patrimonio Local. Ensayos sobre Arte, Arquitectura
y Lugar (Ediciones Puntángeles, Valparaíso, 2003). (1) Una muestra de su buena salud desde hace una década es evidente si se examina con alguna atención los proyectos, y publicaciones en la página web: www.monumentos.cl. (2) Fundación Andes, Fundación Cultural Amigos de las Iglesias de Chiloé, Corporación del Patrimonio Cultural, Comisión de Patrimonio del Colegio de Arquitectos, Ciudadanos por Valparaíso, entre muchas otras, son las que resuenan por estos días. (3) LABARCA, Guillermo ¿Es necesaria una política para el arte? en PROPOSICIONES, Ediciones SUR, nº 18, 1990. (4) GARRETÓN, Manuel Antonio Financiamiento estatal e institucionalidad cultural en Chile. En AA. VV. Seminario Internacional sobre Economía de la Cultura. Mecenazgo, organizado por el Fondo nacional de Las Artes, Buenos Aires, 19 al 20 de agosto de 1998. (5) La relación entre desarrollo regional y puesta en valor patrimonial ha sido desarrollada por CARAVACA, Inmaculada et Alt. "Patrimonio cultural y desarrollo regional", en EURE, Instituto de Estudios Urbanos, Pontifica Universidad Católica de Chile, volumen XXII, n· 66 de octubre 1996, págs. 89-99. Véase además nuestros planteamientos en NORDENFLYCHT, José de Recuperación de una identidad fragmentada: proceso en torno a la centralidad de lo patrimonial. Ponencia presentada en el Seminario Patrimonio Cultural y Desarrollo Local. Hacia la definición de una Política Pública Regional, 24 de septiembre de 1997, Sala de Conferencias Cámara de Diputados, Congreso Nacional. (6) Cfr. HARDOY, Jorge Enrique y Margarita GUTMAN Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica, Ediciones Mapfre / PNUD UNESCO, Madrid, 1992. (7) ALMEIDA DE CASTRO, Adriana Partipaçao social na recuperaçao do patrimonio. En AA.VV. Seminario Taller: Rehabilitación integral en áreas o sitios históricos latinoamericanos, UNESCO-ORCALC, Quito, 1994. (8) GIOVANNONNI, Gustavo LUrbanisme face aux villes anciennes, Éditions du Seuil, París, 1998. (9) GAGO LLORENTE, Vicente La lógica económica del deterioro y la rehabilitación como política económica urbana. En A.A.V.V. Curso de Rehabilitación. La Teoría, Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Madrid, 1985. (10) El Programa Nacional del Patrimonio Inmaterial PNPI, instituido por el artículo 8º del Decreto nº 3.551 del 4 de agosto de 2000, tiene como objetivo implementar una política específica de inventario, referencia y valorización de este patrimonio. El programa complementa y apoya el Registro, instituido por el mismo decreto, intentando hacer viable la adecuada instrucción de los procesos, el tratamiento y acceso a las informaciones producidas, la promoción del patrimonio cultural d naturaleza inmaterial junto a la sociedad, y el apoyo y fomento a los bienes registrados., en GTPI El Registro del Patrimonio Inmaterial , Ministerio de Cultura, IPHAN, Brasilia, enero de 2002, pág. 177. (11)LONDRES, Cecilia Referencias Culturales: Base para Nuevas Políticas de Patrimonio. En GTPI , Op. Cit., pág.200. (12) LEAL, María Micaela El turismo y la sustentabilidad perdida en áreas con valor patrimonial., en AA.VV. Ponencias Primer Congreso Internacional para la Conservación del Patrimonio Cultural, Organizado por el Comité Ecuatoriano de ICOMOS, Riobamba, 9-12 de noviembre de 1994, pág. 155. (13) ZIVAS, Dionysis Historic Towns end Villages in Greece: Tourist Development Versus Sustainable Development. En AA.VV. Ciudades Históricas. Congreso Mundial de Conservación de Patrimonio Monumental, ICOMOS, Morelia, 1999. (14) Como bien explica el psicólogo urbano Emilio Moyano, en MOYANO, Emilio y Mayra LAZCANO Identidad social urbana. Una comparación exploratoria en asentamientos de extrema pobreza. En revista Arquitectura y Cultura, Escuela de Arquitectura, Universidad de Santiago,nº 1, 2001. (15) SANTANA, Roberto La papa chilota como patrimonio cultural. Revista LIDER, nº 5, Universidad de Los Lagos, Osorno, 1998. (16) Ver el inicio de un debate no concluido en los titulares "Chilotes temen perder su cultura y sus tradiciones", en El Mercurio, 10 de noviembre de 1995. (17)NORDENFLYCHT, José de Impacto del Patrimonio Intangible en la Estrategia de Desarrollo del Patrimonio Cultural en Chile. Ponencia presentada al Seminario Internacional Patrimonio Intangible: Hombre, Tierra y Patrimonio, organizado por el Comité Brasileño del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios ICOMOS-BRASIL, Salvador de Bahía, 25 al 30 de abril de 2002. |
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