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Germán Rey


Número 0 - Febrero 2002  

Cultura y Desarrollo Humano:
Unas relaciones que se trasladan

Germán Rey


El desarrollo humano ocupa la escena y lo hace desde las orillas más opuestas: unas veces desde las teorías psicológicas que buscan explicar la ontogenia y otras desde los manuales de superación que se solazan en vulgarizar aparentes caminos de autorrealización. Está presente en elaborados informes de las Naciones Unidas, en donde el concepto de desarrollo humano es observado a través de indicadores nacionales o en las teorías económicas y sociales más contemporáneas que discuten, por ejemplo, la importancia de la conformación de capital social.

En un trabajo clásico sobre las teorías del desarrollo, desde una perspectiva psicológica(1), Jerome Bruner muestra la coincidencia entre descripción y prescripción que tiene toda teorización del desarrollo. Una coincidencia que no es solamente original para las teorías psicológicas del desarrollo (ellas mismas en una indudable crisis) sino para gran parte de las conceptualizaciones sobre el tema. El caso de los informes de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas es, como se analizará más adelante, muy semejante. Porque, en primer lugar, el concepto ha ido evolucionando, incorporando relatos muy particulares que provienen de muchas disciplinas y de una gran cantidad de prácticas sociales. Y en segundo lugar, porque la cuantificación del desarrollo humano a través de indicadores nacionales permite constataciones internas, comparaciones y jerarquías dentro del entorno internacional y, por supuesto, planes de intervención y decisiones que ya no son solamente de los gobiernos sino también de los grandes bancos o de los organismos globales.

“Las teorías del desarrollo –escribe Bruner- por sus estipulaciones del desarrollo humano crean reglas e instituciones que son tan compulsivas como las compañías de crédito inmobiliario: la delincuencia, las ausencias, los hitos de crecimiento, los patrones escolares”.(2)

La compulsión de las compañías de crédito y los afanes por describir el desarrollo humano se encuentran en esa especie de obsesión que une la definición con la institucionalización, el concepto con las jerarquías. Existen países más altos o más bajos en desarrollo humano, etapas y fases, variables y sistemas de planeación. El concepto ha producido su propio barroco, sus posibilidades para la mirada pero también sus barreras para la comprensión.

La cultura no podía estar ajena a la tematización del desarrollo. Primero como un factor inevitable aunque realmente poco resaltado por los énfasis economicistas y después como una dimensión central que parecía abrir las compuertas de aquellos modelos del desarrollo que fracasaron por extrapolaciones sin cultura, por aplicaciones sin historia.

La historia de estos fracasos en América Latina ha sido verdaderamente dramática. Las adaptaciones que sufrieron muchas de nuestras sociedades a través de modelos difusionistas, asistencialistas o desarrollistas (para mencionar solo algunas de las versiones del desarrollo que se vivieron en el continente) generaron graves tensiones sociales, olvidos imperdonables y aislamientos evidentes. En buena parte porque hubo una exagerada importación de propuestas y una débil recreación autóctona de ellas, porque la participación social cedió ante los paternalismos gubernamentales o porque los procesos de planeación solo consideraron versiones muy reducidas de lo cultural.

Gabriel García Márquez lo sintetizó de manera admirable y provocadora hace poco en una reunión en París: “El escritor italiano Giovanni Papini –dijo- enfureció a nuestros abuelos en los años cuarenta con una frase envenenada: “América está hecha con los desperdicios de Europa”. Hoy no sólo tenemos razones para sospechar que es cierto, sino algo más triste: que la culpa es nuestra. Simón Bolívar lo había previsto, y quiso crearnos la conciencia de una identidad propia en una línea genial de su carta de Jamaica: “Somos un pequeño género humano”…… Terminamos por ser un laboratorio de ilusiones fallidas. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando estaba buscando las Indias”(3).

La cultura, entonces, empieza a redefinir su papel frente al desarrollo, de una manera más activa, variada y compleja gracias entre otros motivos, a las propias transformaciones del concepto de cultura que se ha desprendido progresivamente de su asimilación inoportuna y simbiótica con las humanidades y las bellas artes. Ya la cultura no es lo valiosamente accesorio, el “cadáver exquisito” que se agrega a los temas duros del desarrollo como: el ingreso per cápita, el empleo o los índices de productividad y competitividad, sino una dimensión que cuenta decisivamente en todo proceso de desarrollo tanto como el fortalecimiento institucional, la existencia de tejido y capital social y la movilización de la ciudadanía.

Los traslados del desarrollo: cambios de lugar, modificaciones de la comprensión

Existen sin duda una serie de características que juegan a la hora de tratar de definir qué se entiende hoy por desarrollo humano. En diferentes textos de las Naciones Unidas y especialmente del PNUD se pueden vislumbrar:

En primer lugar el desarrollo humano se centra directamente en el progreso de la vida y el bienestar humanos, es decir, en una valoración de la vida.

En segundo lugar el desarrollo humano se vincula con el fortalecimiento de determinadas capacidades relacionadas con toda la gama de cosas que una persona puede ser y hacer en su vida; en la posibilidad de que todas las personas aumenten su capacidad humana en forma plena y den a esa capacidad el mejor uso en todos los terrenos, ya sea el cultural, el económico y el político, es decir, en un fortalecimiento de capacidades.

En tercer lugar, el desarrollo humano tiene que ver con la libertad de poder vivir como nos gustaría hacerlo. Se incluyen las libertades de atender las necesidades corporales (morbilidad, mortalidad, nutrición), las oportunidades habilitadoras (educación o lugar de residencia), las libertades sociales (participar en la vida de la comunidad, en el debate público, en la adopción de las decisiones políticas), es decir, el desarrollo humano tiene que ver con la expresión de las libertades civiles.

Y en cuarto lugar, el desarrollo humano está asociado a la posibilidad de que todos los individuos sean sujetos y beneficiarios del desarrollo, es decir, con su constitución como sujetos.

Estos caracteres perfilan la comprensión del desarrollo humano: la valoración de la vida, la insistencia en la puesta en marcha de las capacidades humanas, el bienestar. Todo en el contexto de la vivencia de las libertades civiles y además asumiendo a los individuos como sujetos del desarrollo.

Son fácilmente perceptibles una serie de cambios o de traslados en la comprensión del desarrollo. Estos traslados son cambios de lugar de las imágenes del desarrollo tanto en su determinación conceptual como en sus implicaciones prácticas. Y es en este tras-lado en donde se replantean las relaciones entre cultura y desarrollo.

De las fases rígidas a las discontinuidades: por mucho tiempo la visión del desarrollo estuvo atada a una progresión bastante lineal y casi siempre ascensional del crecimiento, que además estaba orientada por etapas o fases. Cumplirlas significaba el paso al siguiente momento. Numerosas teleologías ordenaban este ascenso; podía ser el pensamiento formal en las teorías del desarrollo cognitivo o la autonomía en las de la moralidad. Los países de primer mundo se presentaban como modelos a alcanzar y las variables macroeconómicas definían rumbos y sobre todo fines. En buena parte, el proyecto moderno -tal como lo señaló Vattimo- estaba unido a una idea de historia unitaria, a un ideal indeclinable en el progreso y a un modelo de hombre y de mujer eurocéntrico. Las teorías del desarrollo se alimentaron de este proyecto.

Hoy, por el contrario, se tienen en cuenta también las rupturas, las discontinuidades. El desarrollo puede ser pensado a través de tensiones y no simplemente de progresiones mientras que las finalidades únicas han explosionado dando lugar mas a dialectos que a lenguas unificadoras.

Del obstáculo como barrera del desarrollo a los obstáculos como vectores del desarrollo (la conflictividad virtuosa): la ausencia de conflicto presidió algunas versiones del desarrollo. Hoy, los obstáculos dejan de ser barreras, impedimentos, para convertirse en oportunidades que deben ser tenidas en cuenta como una de las condiciones del desarrollo. Oportunidades para elaborar diagnósticos certeros pero también para visualizar alternativas de intervención, actores que deben ser tenidos en cuenta a pesar de su invisibilidad, núcleos de tensión cuya resolución adecuada permitirá avances significativos.

De los modelos impuestos a los modelos participativos: la propia idea de modelo ha sido puesta en cuestión, sobre todo en su acepción de referente que se impone o de marco de actuación que se extrapola. Albert Hirschmann habla de “pequeños cambios y transformaciones graduales”, un sentido del desarrollo que cambia la óptica de las grandes transformaciones a partir de intervenciones masivas e invasivas.

Del conocimiento al reconocimiento: con mucha razón Nancy Frazer planteó en “Iustitia Interrupta” (1999) que una política social debe considerar hoy las necesidades de redistribución así como las necesidades de reconocimiento. El desarrollo humano es sobre todo reconocimiento: De capacidades ocultas, de actores invisibles, de procesos en marcha, de articulaciones viables que habitualmente persisten en la penumbra y casi siempre en el olvido. “La lucha por el reconocimiento –escribe Frazer- se está convirtiendo rápidamente en la forma paradigmática de conflicto político en los últimos años del siglo veinte. Las exigencias de “reconocimiento de la diferencia” alimentan las luchas de grupos que se movilizan bajo las banderas de la nacionalidad, la etnia, la ‘raza’, el género y la sexualidad. En estos conflictos ‘postsocialistas’, la identidad de grupo sustituye a los intereses de clase como mecanismo principal de movilización política. La dominación cultural reemplaza a la explotación como injusticia fundamental. Y el reconocimiento cultural desplaza a la redistribución socioeconómica como remedio a la injusticia y objetivo de la lucha política”(4).

De los énfasis economicistas a la interacción entre áreas: el optimismo económico del desarrollo tiende a ceder a pesar de los cambios continuos de su rostro. Pero la mímesis del desarrollo con la economía ha dado paso a una mayor interacción entre las diversas áreas de la vida social. Interacción, que como sostiene, N. Lechner en alguno de sus trabajos, tiene asintonías y diferentes velocidades. En este reacomodamiento de la vida social, la cultura encuentra otras oportunidades y asume protagonismos que antes no tenía.

De la homogeneidad a la heterogeneidad del desarrollo: una de las experiencias más interesantes a las que se enfrentan hoy las propuestas de desarrollo es la existencia de mezclas, de sociedades cada vez mas heterogénas. Pero especialmente el reconocimiento de que para los proyectos de desarrollo es fundamental la consideración de las hibridaciones cuando en el pasado

Esta experiencia de hibridación es precisamente una de las características de la cultura (García Canclini) como también una de las formas mas habituales de la vida social contemporánea.

De las poblaciones-objetivo a los sujetos: uno de los traslados mas radicales en las comprensiones del desarrollo ha sido el abandono de la simple idea de usuario, beneficiario o target para convertirlos en sujetos.

Durante décadas los planes de desarrollo se construyeron en la lejanía de quienes se llamaban “usuarios”. Hoy han pasado a ser actores.

Los relatos del Desarrollo

El desarrollo humano ha ido construyendo sus propios relatos. Desde que en 1990 el Informe de Desarrollo Humano del PNUD introdujo el IDH (Índice de desarrollo Humano) han ido apareciendo ideas que cohesionan su discurso y figuran su actuación. Ideas que recogen las modificaciones del paisaje cognitivo pero que también tienen en cuenta los logros sociales que se van convirtiendo en referentes imprescindibles, en horizontes de comprensión de .la vida social. La afirmación de los derechos civiles y de la ciudadanía, la recreación de la democracia, las ganancias obtenidas por los movimientos feministas o en general por las luchas de las minorías, la conformación de sociedades multiculturales, son todos hitos que intervienen en la construcción de los nuevos relatos del desarrollo.

Un primer relato que atraviesa a las imágenes contemporáneas del desarrollo humano es sin duda el de la pobreza. Durante décadas los modelos de desarrollo han buscado enfrentarla y aunque han variado algunas de sus condiciones no se ha disminuido su presión, particularmente en los países del denominado Tercer Mundo. En el informe de 1997, dedicado precisamente al tema, se insistió en el carácter multidimensional de la pobreza que no se reduce a la ausencia de ingresos económicos o a las dificultades para cubrir las necesidades mínimas sino que se extiende a otras dimensiones de la vida humana: a las dificultades de presencia en la vida publica y la nula participación en las decisiones sociales, a las barreras para un acceso a educación de calidad y a la persistencia dentro de los ciclos normales de formación, al desconocimiento de los valores culturales , entre otros. Progresivamente se ha sacado el concepto de desarrollo de la esfera de la economía aumentándose la relevancia de otras áreas de la vida humana, como por ejemplo, la cultura.

También se examinó en ese informe la dinámica del empobrecimiento y las diversas facetas de la pobreza, a la vez que se propuso una agenda para la erradicación a mediano plazo de la pobreza en el mundo. Uno de los aspectos que se subrayó con mayor fuerza fue la potenciación de la gente como una de las claves para la eliminación de la pobreza. Los proyectos de desarrollo con sectores pobres empiezan a dejar atrás su carácter asistencial para encontrar caminos de autogestión y participación comunitaria. El relato de la pobreza se interesa por la viejas y también las nuevas exclusiones, entre las antiguas, por ejemplo, el desempleo o el hambre, las desigualdades sociales; entre las segundas, el desenganche que amplios sectores están viviendo del acceso a la información o la participación en el desarrollo de las nuevas tecnologías. Por eso una comprensión del desarrollo humano debe plantearse temas como la generación de riqueza unida a la equidad y la necesidad de generar sociedades inclusivas.

Un segundo relato es el de la institucionalidad democrática. Lo que significa que el desarrollo debe ser pensado desde el fortalecimiento de la democracia y la consolidación de la ciudadanía. De la democracia, como experiencia del tránsito o comunidad de los sin comunidad (Giacomo Marramao), como poder en publico (Norberto Bobbio) o como ese sistema frágil y contra natura que debe convertirse en ethos, en costumbre interiorizada (Paolo Flores D’Arcais). Quisiera agregar a la idea de Texeira sobre la polis, la figura que Sennet ha resaltado en “Carne y piedra”: el ágora era un lugar heterogéneo, que mezclaba a los sofistas con los tragafuegos, a los ciudadanos con los magistrados y los banqueros en un ambiente de intercambio, de entretenimiento, de deambular. No era un sitio fijo, con marcas rígidas y ceremonias prefijadas sino un escenario móvil, tanto en términos físicos como en posibilidades sociales y simbólicas.

El tema del desarrollo, como el de las políticas culturales, solo puede ser pensado entonces como imaginación de la democracia, fortalecimiento de las instituciones políticas (más ágiles y eficientes) y constitución de nuevas formas de la ciudadanía.

El tercer relato del discurso del desarrollo humano es el de la participación, muy ligado por supuesto al de la institucionalidad democrática. Participación que no pasa simplemente por las lógicas de las grandes máquinas, es decir, por el Estado o las grandes corporaciones sino también por los movimientos sociales, los partidos políticos, las redes internacionales de solidaridad, las organizaciones del tercer sector. Es lo que Boaventura de Souza llama la “globalización ascendente”. Comunidades indígenas colombianas, como los U’was, manifiestan sus puntos diferentes a los del Estado colombiano y las grandes compañías petroleras transnacionales sobre problemas del medio ambiente desde sus territorios locales como también desde redes mundiales donde su palabra se escucha junto a la del juez Baltasar Garzón o Greenpeace.

El cuarto relato que aparece es la perspectiva de género, otro elemento fundamental para pensar las relaciones entre desarrollo humano y políticas culturales.¿Cómo podríamos entender el trabajo de años que se ha hecho en Villa El Salvador del Perú, una inmensa barriada pobre a las afueras de Lima, sin la participación de los colectivos de mujeres, sin su incidencia en los procesos de gestión municipal, salud, educación y formas comunicativas alternativas? ¿Cómo interpretar proyectos como el de madres comunitarias en Colombia sin referirlos a los cambios que en estos últimos años se han producido en las imágenes sociales de la mujer y en la modificación de la relación entre mujeres y hombres?

No se trata solamente del aumento-cuantitativo y cualitativo- de la participación de la mujer en diversas esferas de la vida social sino en cómo proyectos de desarrollo social y comunitario son diseñados, pensados femeninamente, ejecutados a través de otros estilos que dejan atrás el paternalismo masculino de otras épocas. No es posible pensar el desarrollo humano, desde América Latina sin tener en cuenta este relato y sobre todo sin observar las conexiones entre desarrollo, género y cultura. Porque la emergencia de estos relatos ha significado conmociones culturales muy profundas así como son el resultado también de ellas (cambios en la estructura de la familia y en sus funciones socializadoras, importancia de las culturas juveniles, relevancia de las culturas urbanas, fuertes procesos de secularización).

Un quinto relato del desarrollo humano es el tema de la seguridad. Chile es un ejemplo muy interesante dentro de América Latina. En su Informe de Desarrollo Humano de 1998 se trabaja de manera muy interesante el concepto de seguridad humana, asociándolo a la generación de mecanismos para que los actores sociales logren participar en plano de igualdad, definir el sentido de sus acciones, asumir oportunidades y controlar los riesgos o amenazas de la modernización que la sociedad se propone alcanzar. A la modificación de los índices macroeconómicos los acompaña, sin embargo, otro tipos de tensiones, como por ejemplo, la tensión entre modernización y subjetividad, el proceso de diferenciación tanto de la individualidad como de los distintos campos sociales y la integración (identidades colectivas). El informe señala la existencia en la sociedad chilena de tres temores básicos. El temor al otro (la confianza en los otros), el temor a la exclusión social (el sentido de pertenencia) y el temor al sin sentido (Certidumbres que ordenan el mundo de la vida cotidiana).

Por lo menos otros tres relatos se encuentran presentes en el discurso “onusiano” del desarrollo humano: el relato del consumo, el relato de los derechos humanos y el relato de la mundialización.

El consumo crece de manera acelerada para unos pero con limitaciones para muchos otros. La polémica se extiende hacia la exploración de las relaciones entre consumo y desarrollo puesto que algunas perspectivas del primero socavan las oportunidades de un desarrollo sostenible para todos. Son cada vez mas candentes las discusiones sobre el peso de la producción y el consumo de las sociedades post industrializadas en el cuidado del medio ambiente, o los debates sobre las implicaciones del modelo económico globalizado en el deterioro de las condiciones de vida de muchas personas en el planeta. Las discusiones de Río, o las protestas de Seattle, Washington y Praga son algunas muestras de las tensiones que se están produciendo mundialmente entre consumo y desarrollo sostenible.

Desde la cultura, el consumo ha cobrado una importancia creciente. No solamente porque se subraya el sentido cultural de todo consumo sino porque se han generado diversas expresiones de consumo cultural. Sociedades informatizadas, con industrias culturales poderosas promueven procesos de consumo que requieren determinadas competencias, promueven identificaciones y fomentan mezclas e hibridaciones antes desconocidas.

El relato de los derechos humanos ofrece, por su parte, un horizonte ético y político que oscila entre los derechos de primera generación y otros mas actuales como los culturales y los referidos al medio ambiente. Es obvio que cualquier propuesta de desarrollo encuentra en ellos un cuadro de referencia y una perspectiva ineludible. Es más: el desarrollo humano es una concreción de los ideales y las exigencias propuestos por el conjunto de los derechos humanos, no sólo como horizonte racional de la acción humana sino también como ingrediente de una educación sentimental (R. Rorty)

Finalmente el relato de la mundialización le ha dado un matiz nuevo al desarrollo y le ha empezado a producir también nuevas exigencias. La afirmación de las identidades locales junto a la configuración de economías globales y formas de cultura mundializada promueven interacciones que rebasan los límites nacionales como también retornos a la insistencia en lo regional y lo local. Procesos de integración en bloques, flujos financieros y simbólicos, redes itinerantes de intercambio son formas que hacen parte de un estilo social diferente. Ya no son posibles procesos de desarrollo aislados, autistas; sus conexiones con la escena global los hace fuertemente interdependientes.

Relaciones entre desarrollo y cultura: trazos para una agenda

“La dimensión cultural del desarrollo –escribió Jesús Martín Barbero – se ha convertido últimamente en un tema central tanto en el ámbito político como académico. Pero ese interés disfraza en muchos casos un profundo malentendido: el que reduce la cultura a dimensión del desarrollo sin el menor cuestionamiento de la cultura del desarrollo que sigue aún legitimando un desarrollo identificado con el crecimiento sin límites de la producción, que hace del crecimiento material la dimensión prioritaria del sistema social de vida y que convierte al mundo en un mero objeto de explotación. Pensar ahí la cultura como dimensión se ha limitado a significar el añadido de una cierta humanización del desarrollo, un parche con el que encubrir la dinámica radicalmente invasiva (en lo económico y en lo ecológico) de los modelos aún hegemónicos de desarrollo”(5).

La preocupación de Martín-Barbero hace parte de una de las miradas sobre las relaciones entre cultura y desarrollo. Una mirada que mientras resalta la importancia de estas conexiones exige no olvidar la asimilación del desarrollo al crecimiento material y a la reducción de otros mundos de sentido que se ven presionados por las decisiones económicas y la planeación tecnocrática. América Latina ha vivido en los últimos años esta amarga experiencia: medidas privatizadoras que terminan reduciendo los logros de la educación pública, flexibilizaciones laborales que aumentan aún mas el empleo precario en un continente que ha experimentado la informalización del trabajo o medidas de ajuste donde se recortan aún mas los presupuestos asignados para el fomento de la cultura y el apoyo a la creatividad.

Gilbert Rist es también muy explícito en su crítica: “ La cultura, la confianza y el capital no son, medios para el ‘desarrollo’ sino fines que no serán realizados sino a condición de modificar radicalmente el modelo de ‘desarrollo’ basado en la lógica del mercado.

Por el momento lo que proponen los inventores del capital social no es otra cosa que una versión modernizada de Caperucita Roja: aún si consiente disfrazarse de abuela para establecer un lazo de confianza con la chiquilla el lobo sigue siendo lobo. Aún cuando acepte revestirse de una ‘dimensión‘ cultural y se adorne de capital social, el ‘desarrollo’ sigue siendo el ‘desarrollo”(6).

Sin dejar aparte este debate, que por supuesto debe profundizarse y tenerse presente, es obvio que los vínculos entre cultura y desarrollo han cambiado, posiblemente un poco mas allá de las aventuras de Caperucita y el lobo. Si bien algunos señalarán que se trata de un simple cambio de pelaje del lobo, con el mismo apetito y las mismas garras, es claro que ya no estamos en las épocas en que la cultura era un factor accesorio y perfectamente secundario de los proyectos de desarrollo. Entre esas épocas y las actuales han sucedido modificaciones sociales que descentran el concepto de cultura, y por lo tanto, redefinen la naturaleza de sus relaciones con el desarrollo. La irrupción de la sociedad del conocimiento, la expansión de la información, el fortalecimiento de industrias culturales - globales y con una infraestructura de producción y de consumo inimaginables en el pasado-, así como la importancia de una política de reconocimiento y la aparición de importantes movimientos socioculturales le han dado otro peso y otra significación a la presencia de la cultura en el desarrollo.

Por lo pronto hoy se insiste con mejores argumentos y muchos mas datos en el peso que las industrias culturales tienen en la economía tanto de los países industrializados como en los de periferia. En un estudio reciente sobre el tema en los países andinos se constató la significación real de la cultura en el PIB , una comprobación que ya es ampliamente conocida y reconocida en los Estados Unidos y en Europa. Pero no se trata solamente de eso. El sector cultural está demostrando ser uno de los que genera mas empleos, además de estar asociado a áreas de gran dinamismo tecnológico, mercados mas globales e inversiones económicas muy atractivas.

Sin embargo, la reconsideración de la importancia de la cultura en el desarrollo pasa por otros registros: por su reconocimiento explícito en los planes gubernamentales pero sobre todo por las dinámicas sociales que mueven organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales, partidos políticos, etc. Muchos proyectos de participación y organización comunitaria así como innumerables procesos de gestión local y regional han asumido lo cultural como una dimensión muy destacada de sus diseños y de sus ejecuciones.

Las propuestas de desarrollo encuentran múltiples posibilidades de articulación con la cultura. Planteándose de fondo el problema de las identidades culturales, de los movimientos socioculturales –étnicos, raciales, regionales, de género- “que reclaman el derecho a su propia memoria y a la construcción de su propia imagen” (J. Martín-Barbero). La reconfiguración de las culturas tradicionales (campesinas, indígenas, negras) que “hacen de filtro que impide el trasplante puramente mecánico de otras culturas y en el potencial que representa su diversidad no sólo por la alteridad que ellas constituyen sino por su capacidad de aportarnos elementos de distanciamiento y crítica de la pretendida universalidad deshistorizada del progreso y de la homogenización que impone la modernización” (J. Martín-Barbero).

El desarrollo recibe un aporte muy importante de las culturas urbanas y juveniles que con gran fuerza promueven formas de vida, imaginarios, sistemas de interacción social. Y también de las industrias culturales que participan en la construcción de las identidades sociales tanto como la promoción de un tejido consistente de producción simbólica y apropiación cultural. En ellas se representan imágenes del propio desarrollo, se escenifican dramaturgias de la modernización, se movilizan aspiraciones y demandas colectivas de amplios sectores de la sociedad. Son textos imprescindibles para los intérpretes y los diseñadores del desarrollo económico y social en nuestros países.

Al finalizar su análisis de la teorías del desarrollo como teorías de la cultura, Jerome Bruner presenta un panorama relativamente mesurado aunque sin exageraciones optimistas, frente a un mundo que se debate entre las posibilidades de destrucción y las oportunidades de creación. Concluye diciendo- “Creo que la preocupación técnica central de la teoría del desarrollo será como crear en los jóvenes una valoración del hecho de que muchos mundos son posibles, que el significado y la realidad son creados y no descubiertos, que la negociación es el arte de construir nuevos significados con los cuales los individuos puedan regular las relaciones entre sí”.

Un tipo de aspiración como esa tiene que replantear las relaciones, cada vez más sugerentes, entre cultura y desarrollo.

Notas

(1) “La teoría del desarrollo como cultura”. En: Realidad mental y mundos posibles, Barcelona: Gedisa, 1988.

(2) J. Bruner, “Realidad mental y mundos posibles”, Barcelona, Gedisa, 1988, p. 138.

(3) Gabriel García Márquez, “Ilusiones para el siglo XXI”, Discurso pronunciado el 8 de marzo de 1999 en la sesión inaugural del Foro América Latina y el Caribe frente al nuevo milenio, París.

(4) Nancy Frazer, Iustitia interrupta, Bogotá: Universidad de los Andes, Siglo del Hombre Editores, 1999, p.17.

(5) Jesús Martín-Barbero, “Tipología cultural”, Bogotá : Fundación Social, 1999.

(6) Gilbert Rist, “La cultura y el capital social, cómplices o víctimas del desarrollo”. BID: París, 1999.

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Germán Rey

Completó estudios de Psicología en la Universidad de Colombia y en la Universidad Complutense de Madrid, España. Es Asesor de la Presidencia de la Fundación Social y Profesor de la Universidad Javeriana y de la Universidad de los Andes de Colombia. Es miembro de la Junta Directiva de la Fundación para la Libertad de Prensa, de la "International Study Comission on Media, Religion and Culture" y del Diario "El Espectador" de Colombia. Ha publicado varios libros sobre industrias culturales y comunicación. Actualmente continúa su trabajo como periodista de opinión, articulista especializado en televisión e investigador social dedicado a los medios de comunicación.