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| Portada Presentación del número Temas de portada Raymond Weber
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"Los nuevos desafíos de la cooperación cultural europea"Raymond Weber(1) Este artículo no es la obra de un funcionario internacional que exponga los «conocimientos adquiridos» en su experiencia práctica en el ámbito de la cooperación cultural europea, ni la obra de un universitario y un investigador que desde una ilusoria «torre de marfil» analice su historial, su situación actual y sus desafíos de futuro. Pretendo más bien compartir algunas experiencias y análisis, y también presentar muchas inquietudes y preguntas que me vienen al pensamiento después de más de un cuarto de siglo de compromiso en la cooperación cultural europea, como responsable de las relaciones culturales internacionales en mi país, Luxemburgo, o como actor en organizaciones como la UNESCO y el Consejo de Europa, como docente (en el Colegio de Europa en Brujas) y formador (en formaciones de administradores culturales), como mediador en y entre proyectos culturales, como animador de instituciones o de redes, como en el caso de la Laiterie (Centro Europeo para la Creación Joven, en Estrasburgo), las Pepinières - canteras o viveros - Europeas para Jóvenes Artistas (programa europeo de residencia de artistas), el Colegio Europeo de Cooperación Cultural (asociación que fomenta la cooperación entre las «redes» de los distintos institutos culturales en el extranjero) o el Centro Cultural de Encuentro Abbaye Neumunster (Luxemburgo), especialmente para la puesta en marcha de un instituto cultural común entre Francia, Alemania y Luxemburgo. Todos estos compromisos me han enseñado como mínimo dos cosas: modestia y fe . Modestia, por un lado porque no se puede tener una visión completa de la cooperación cultural en Europa, y por el otro, porque uno se da cuenta de que cualquier acción cultural permanece frágil y aleatoria. Todo análisis será, necesariamente, incompleto y, en consecuencia, subjetivo. Fe, porque la creación artística y el desarrollo cultural se acaban imponiendo en todas partes, como medios de supervivencia (como hemos visto en Sarajevo), como vectores de la dignidad humana (como en el diálogo intercultural), como fuerzas de emancipación en nuestras sociedades, como «elementos que dan sentido» a nuestras vidas o, sencillamente, como fuentes de desarrollo y de felicidad personales. 1.Estado de la cuestiónLa visión que se ofrece al «espectador» de la cooperación cultural europea es a la vez rica y contrastada. Es rica, porque es cada vez más multipolar y los distintos actores muestran una riqueza de creatividad y un dinamismo de invención e innovación extraordinarios. Es contrastada, porque presenta una diversidad de situaciones, de políticas culturales, de estructuras y de métodos de trabajo sobre los que las «políticas culturales» de las grandes instituciones y organizaciones (como la Unión Europea y el Consejo de Europa) parecen tener pocos efectos estructurantes. Dicho de otra manera: no existe una política cultural europea única y común. Personalmente, yo añadiría: ¡por suerte!, aunque lamento la falta de ambición cultural europea de la mayoría de las mujeres y de los hombres políticos y la ausencia cruel de los medios presupuestarios consiguientes para programas y proyectos culturales europeos. Lo que me parece más sorprendente es lo siguiente:
¿Qué balance provisional se deriva de estas primeras observaciones? Por un lado, tenemos expresiones artísticas y prácticas culturales ricas, innovadoras y numerosas; por otro lado, políticas culturales, organizaciones internacionales y estructuras de cooperación que, aunque se están modificando, aún aparecen demasiado marcadas por un espíritu jerárquico, por instituciones demasiado pesadas, por la dificultad de cooperar y por la falta de transparencia, especialmente en los procesos de toma de decisiones. En resumen, si existe la Europa cultural desde ahora, sobre todo gracias a los artistas y a las redes culturales, todavía debemos inventar una política cultural europea común, no para influir en los contenidos artísticos y culturales, sino para promover y desarrollar los marcos (jurídicos, fiscales, financieros, etc.) de la cooperación cultural entre todos los copartícipes. Si bien los esfuerzos para definir una (y una única) identidad europea, únicamente a partir de nuestra historia y nuestro patrimonio comunes, me parecen bastante irrisorios, deberíamos ponernos de acuerdo en una «especificidad europea», como gestión y como proyecto de futuro. A mi parecer, resulta inútil añadir que una Europa cultural así sería simplemente una Europa abierta al resto del mundo, sin miedo a la mezcla y que ofrecería hospitalidad.. 2. Las recientes evoluciones del concepto de «cultura»Me gustaría partir de la definición de la cultura que ofreció la UNESCO en 1982 en Méjico, durante la Conferencia Mundial sobre políticas culturales: «Actualmente, la política puede considerarse como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Además de las artes y las letras, la cultura engloba los modos de vida, los derechos humanos fundamentales, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.» Y un poco más lejos, la Declaración de Méjico continúa así: «La cultura otorga al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales y éticamente comprometidos. Es por ella que discernimos valores y elegimos. Es por ella que el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevos significados y crea obras que le trascienden.» Dicha definición de la cultura, que el Consejo de Europa retomó dos años más tarde, en su Declaración europea sobre los objetivos culturales (4ª Conferencia de Ministros europeos de Cultura, Berlín 1984), constituye de algún modo el calderón de una reflexión en profundidad sobre los conceptos de base de las políticas y de la acción culturales características de los años 70 (y que han dado curso a los cambios de valores de los años 60 y al «nacimiento» de lo que R. Inglehardt denomina valores «postmaterialistas». Justamente en esta época «nacen» conceptos como los siguientes: democracia cultural, finalidades culturales del desarrollo, cultura para todos («Kultur für alle», de Hilmar Hoffmann, Frankfurt/M. 1979), cultura como derecho del ciudadano («Bürgerrecht - Kulturrecht», de Hermann Glaser, Francfort/M. 1983), desarrollo de la comunidad, animación sociocultural y «Soziokultur», etc. Uno de los textos más significativos y «proféticos» de este período sigue siendo la Declaración de Arc-et-Senans (1972) que subraya que «se trata de reconocer al hombre el derecho de ser autor de modos de vida y de prácticas sociales que tengan una significación. Por lo tanto, hay motivo para administrar las condiciones de creatividad dondequiera que se sitúen, para reconocer la diversidad cultural, garantizando la existencia y el desarrollo de los medios más débiles». Justamente en este período el espacio cultural jugó plenamente su papel de experimentador social. Esta experimentación, esta liberación de la palabra y de las actitudes, se observaba igual de bien en los comportamientos cotidianos (la liberalización de las costumbres), en las nuevas experiencias comunitarias (especialmente en el movimiento hippie), en formas inéditas de solidaridad, en experiencias de la contracultura o en el arte vanguardista, que en la aparición de nuevos movimientos asociativos. En ese punto se hacían visibles las cuestiones y las exigencias que influirían lentamente en el paisaje político. En este contexto emergieron los discursos que volvían a hacer explícitos de manera crítica los vínculos entre la cultura y la política, y también se construyó un nuevo imaginario para las políticas culturales que consistía, por ejemplo, en sustituir la antigua política de democratización de la cultura por una política de democracia cultural. En consecuencia, las políticas culturales, que insistían tanto en los procesos culturales como en los «resultados», estaban marcadas por un ideal de participación política, por una amplia descentralización, por una multiplicación de los dispositivos culturales (como en las «Maisons de la Culture» - Casas de Cultura- en Francia o los centros culturales en Bélgica) y por un refuerzo del tejido asociativo. Los años 80 son más «pragmáticos»: la crisis económica, por un lado, y la profesionalización creciente del sector cultural, por otro, obligan a los responsables y a los actores culturales a abordar de una manera más profunda el «¿cómo?» de la política cultural y a situarse con relación al desarrollo económico, que se convierte en el objetivo principal. Es el inicio de la economía de la cultura, de la gestión y el márqueting culturales, del renacimiento urbano por la cultura (véase Glasgow), del establecimiento de formaciones de administradores, de gestores y de «ingenieros» culturales, del recurso más sistemático a fuentes de financiación que no provengan de los poderes públicos (esponsorización privada y de empresa). En lo que respecta a los años 90, vienen marcados por la caída del Muro de Berlín, la desaparición del telón de acero y la implosión del sistema comunista. Frente a la mundialización, por un lado, y a la construcción europea por otro (en virtud del Tratado de Maastricht, en 1992, la Comunidad Europea, que hasta entonces había funcionado sobre una base esencialmente económica, se convierte en la «Unión Europea», más política, y da una base legal a una acción de Bruselas en el ámbito cultural), los problemas de identidades culturales y de minorías, nacionales o no, resurgen con fuerza y violencia, como se ha podido ver en el caso de Bosnia Herzegovina, de Kosovo, y actualmente de Macedonia. Tras su ampliación y liberalización respecto a otros ámbitos, la cultura corre cada vez más el riesgo de convertirse en un instrumento, especialmente de la política, la economía y lo social. Finalmente, mientras que los años 80 se caracterizaron por las relaciones entre la cultura y la economía, los 90 se caracterizaron por las relaciones entre la cultura y la cohesión social. Las razones esenciales son la mundialización, la crisis del Estado benefactor, el aumento del paro estructural y la metamorfosis del trabajo, la crisis del urbanismo moderno y la transformación de los sistemas de valores y de representaciones de la sociedad. 3. Análisis de la situación actual¿En qué punto nos encontramos actualmente? · por un lado, han cambiado muchos conceptos de base de la cultura
y de la política cultural, si no de expresión, al menos
de sentido. Citaré algunos ejemplos: · la vida cultural ha experimentado profundas transformaciones: aparecen nuevas expresiones artísticas, se desarrollan nuevas prácticas culturales, se liberaliza la cultura, el proyecto y la pequeña estructura de proximidad superan a menudo al equipamiento pesado, se concede una mayor importancia a los «márgenes»: eriales industriales, barrios mestizos, extrarradios innovadores donde se viven a la vez nuevas expresiones culturales y otros vínculos de solidaridad, de algún modo «biodegradables». Se generaliza la red como modo de funcionamiento y de cooperación, paralelamente al fortalecimiento de los deseos de movilidad y a las necesidades de formación de los distintos actores culturales. Aparecen nuevas «profesiones» culturales, especialmente en el ámbito de la mediación y de la proximidad, así como en la interdisciplinariedad. Finalmente, uno se da cuenta de la necesidad de gestionar de un modo distinto las «temporalidades culturales»: se ha pasado de los productos clave en mano a procesos colectivos, a trayectos personales, a la experimentación en común; de los cambios efímeros a las cooperaciones que se sitúan en el tiempo; · la «reconciliación» de Europa consigo misma sigue estando, al menos en lo que a cultura se refiere, ampliamente inacabada. Es cierto que han desaparecido las fronteras ideológicas; sin embargo, no ha sucedido lo mismo con las fronteras que existen en nuestras cabezas. Andreï Plesu, antiguo Ministro de Cultura y de Asuntos Exteriores de Rumanía, caracterizó correctamente la situación en los años 90, cuando hablaba del «velo de incomprensión» que sustituía al telón de acero. Asimismo, en septiembre de 1999, nos advertía del peligro de ver desaparecer la diversidad cultural de Europa central y oriental en el molde de homogeneización del «acervo comunitario»; por otro lado, han cambiado profundamente los modos de funcionamiento y los métodos de trabajo de la cultura: al parecer, se da más prioridad a los proyectos que a las instituciones, a los procesos/trayectos que los productos, a la cooperación que a los intercambios, a la confrontación y al diálogo que a los consensos débiles, a la connectividad que a la exclusividad, a los pasos «ascendentes o bottom up», flexibles y que funcionen en red, más que a métodos rígidos, «descendentes o top down» y jerarquicoburocráticos; así, parece ser que a la definición esencialmente antropológica de la cultura preconizada en Méjico, en 1982, se han añadido nuevas aportaciones. Como, por ejemplo, una lectura más «hermenéutica» de la cultura, como conjunto de los recursos de sentido compartidos por los actores que pertenecen a los mismos conjuntos sociohistóricos. Entendida de este modo, la cultura aparece como el horizonte a partir del cual se forma nuestra familiaridad con el mundo, a través del cual comprendemos cómo construimos nuestra relación con los demás y con nosotros mismos. «Llamo cultura, escribe Jürgen Habermas, a la reserva del saber en la que los participantes de la comunidad puedan acceder a interpretaciones cuando se enfrenten a cualquier realidad en el mundo» (en: «Théorie de l'agir communicationnel», - Teoría del comportamiento comunicacional -, Fayard 1987). Existe otra interpretación de la cultura que parece importante actualmente: la de C. Castoriadis (en: «La montée de l'insignifiance. Les carrefours du labyrinthe», - El aumento de la insignificancia. Las encrucijadas del laberinto -, Seuil 1996). Frente a la imagen de una cultura que sencillamente siempre estaría ahí, insiste en su dimensión procesual, en el trabajo imaginativo y reflexivo que se opera en ella sin descanso. Lo que constituiría la especificidad cultural de la modernidad, es que, en lo sucesivo, se cuestiona sin cesar la validez de los contenidos culturales (representaciones, sistemas de valores, instituciones, etc.), y la cultura, como la Bildung (en el sentido que le otorga E. Cassirer) se convierte en ese poder y ese deseo de formación por medio de los cuales los humanos intentan dar sentido a su existencia, a su ser en común, a su entorno. Es también de este modo que la cultura deja de ser por encima de todo una cuestión de reproducción, para convertirse en una cuestión de producción: se convierte a la vez en un espacio donde se liberan esperas de reconocimiento y un espacio de experimentación (véase, sobre todo, Charles Taylor, en: «Les sources du moi», - Las fuentes del yo-, Seuil 1998). Esta manera de ver las cosas nos permite evitar reducir la cultura y la identidad a su dimensión retrospectiva, y verlas como construcciones, como procesos permanentes hechos de préstamos, de mestizajes y de intercambios, gracias a un movimiento dialéctico entre un espacio de experiencia y un horizonte de espera del otro (véase R. Koselleck, in: «Le règne de la critique», - El reino de la crítica -, Minuit 1979). Una última interpretación de la cultura nos hace comprender que con la modernidad el trabajo cultural se impone tal vez más por sus métodos que por sus objetos y que, por lo tanto, no se trata tanto de designar por «cultura» un determinado tipo de prácticas como de buscar la trascendencia ética o política de dichas prácticas (véanse las discusiones de los últimos foros de las redes culturales europeas, Ljubljana 2000 y Bruselas 2001); · las políticas culturales y sus estructuras, por su parte, están sometidas a desestructuraciones/reestructuraciones permanentes: donde se privilegiaba la homogeneización, hoy se pone de relieve la diversidad cultural; donde prevalecía la lógica comunitaria, se habla de la necesidad de salvaguardar el espacio público. Donde todo se solucionaba entre poderes públicos, ahora se hacer intervenir el mercado, por una parte, y la sociedad civil y los mundos económico y social, por otra: en un mundo cultural cada vez más multipolar, se impone el concepto de «colaboración». Finalmente, donde predominaba lo nacional, la integración de la política cultural en lo transfronterero y lo nacional se convierte en un procedimiento común. Los conceptos que parecen ser predominantes hoy son los siguientes: descentralización, desestatización, desinstitucionalización, privatización. Antaño, en el Estado benefactor y en las políticas culturales que se referían al mismo, se concebía la creación/creatividad como un instrumento «público» al servicio de un determinado número de valores sociales compartidos. Actualmente, dicha situación se echa a perder porque la subjetividad y la creatividad son comercializadas y privatizadas cada vez más, cuando no son utilizadas como identidades colectivas inamovibles. Por otra parte, las políticas culturales se han visto en la incapacidad de despejar, desde el punto de vista conceptual y operacional, las dimensiones culturales de las migraciones, de la exclusión social, del paro y de la mutación del trabajo, y de replantear la acción cultural en interacción dinámica con los derechos humanos y la democracia. Por lo tanto, cabe plantearse si las políticas culturales, actualmente, más que gestionar directamente pesados equipamientos culturales y definir programas más o menos apremiantes, no deberían resituarse a partir de los valores y los derechos culturales y contentarse con definir estrategias generales, como «recipientes» de medidas posibles, siempre susceptibles de debate y de puesta en práctica por parte de los actores implicados. De este modo, la cultura pasaría a ser, a la vez, el lugar de todas las libertades más fuertes y de todas las pluralidades, y el factor de todos los vínculos y de todas las responsabilidades. Esto permitiría al Estado concentrarse más en su papel de garante (de la libertad de expresión y de la igualdad de todos los ciudadanos frente a la cultura), de árbitro y de mediador (especialmente en la «gestión» de la multiculturalidad), de «arquitecto» del espacio público y de promotor de una seguridad y una fiabilidad culturales. Seguridad cultural, en el sentido de protección de identidades abiertas, interactivas, creadoras. Fiabilidad cultural, en el sentido de desarrollo y explotación de esta seguridad como un bien común que vincule entre ellas a las personas contemporáneas, solidariamente con las de otras generaciones pasadas y futuras. ¿No es este el verdadero principio de la paz? · finalmente, las organizaciones internacionales deberían integrar mejor, en sus procesos de toma de decisiones y en su programación, a las autoridades territoriales, por una parte, y a las asociaciones, ONGs y redes culturales, de otra. Podrían garantizar, especialmente, el ejercicio de la ciudadanía en el seno de espacios públicos organizados democráticamente, como una conexión de sistemas de observación, de discusión, de «conservatorio de valores», de decisión y de «supervisión». Más que pretender dar «consignas» y querer gestionar la riqueza de las culturas europeas, deberían concentrarse en la promoción de las sinergias entre actores culturales, públicos, civiles y privados, en la organización de la cooperación cultural entre culturas y disciplinas distintas, en el fortalecimiento de las estructuras de debate público y en la «capacitación» de los actores culturales, especialmente los más débiles y frágiles. Todas estas cuestiones nos incitan a abordar las políticas culturales no sólo ya bajo el punto de vista del«¿cómo?», sino también del «¿por qué?». ¿Qué conclusiones, provisionales, podemos extraer de estas lecturas diacrónicas de los conceptos de cultura?
Lo que me parece cierto, en todo caso, es que nos estamos orientando, cada vez más, hacia procesos de cooperación a largo plazo, interculturales e intercomunitarios, así como hacia colaboraciones negociadas entre el Estado y la sociedad civil; 4. Los nuevos desafíos para la cooperación cultural europea1. El contexto de las relaciones culturales multilaterales Decir que las relaciones culturales multilaterales, sin caer siquiera en la multiplicación de los «neo-» y los «post-», experimentan profundos cambios, es decir poco. Dichos cambios se deben, especialmente, a que el juego de poder y el ejercicio de la autoridad ya no se definen exclusivamente en el interior de fronteras nacionales y a que la división tradicional entre estados y actores no estatales no parece tener ser ya muy pertinente. Una de las causas esenciales de este fenómeno es la mundialización/globalización, que se ha convertido en una realidad, al menos en la mayoría de los países europeos. Dicha mundialización a menudo comporta una asimetría y una falta de reciprocidad en una interdependencia generalizada, una emergencia de nuevos poderes y de crispaciones identitarias; nos obliga a replantearnos el lugar de los territorios y el concepto de soberanía nacional y a imaginar una reconfiguración del papel de los estados, así como un nuevo formateo de las organizaciones y de las instituciones europeas e internacionales. Las funciones del Estado han dejado de ser únicamente encarnar una comunidad, sino también servir a una comunidad humana mundializada e interdependiente. La difusión de los retos éticos por parte de las redes humanitarias o ecológicas más o menos relegadas por los movimientos sociales está allí para recordarlo. Como precisan Bertrand Badie o Pierre Hassner (en: «Les nouvelles relations internationales: pratiques et théories», - Las nuevas relaciones internacionales: prácticas y teorías -, Presses de Sciences Po 1998), la teoría de las relaciones internacionales se une a la del contrato social; tiene una dimensión normativa y no podría prescindir ni de la ciencia política ni de la filosofía política. Más que la coexistencia de dos sistemas, uno centrado en el Estado y otro multicentrado, descrita por James N. Rosenau (in: «Along de Domestic-Foreign Frontier: Exploring Governance in a Turbulent World», - A lo largo de la Frontera Interior-Exterior. Explorando el buen gobierno en un mundo turbulento -, Cambridge University Press 1997), lo que hay que gestionar es la interpenetración de los dos sistemas, hecha de competencia y complicidad. La empresa, para la que los aparatos del Estado y de las organizaciones no gubernamentales claramente no están preparados, resulta bastante más difícil, ya que la relativización del principio territorial ha multiplicado los espacios en los que pueden expresarse las aspiraciones y las elecciones políticas. Por un lado, la multiplicación de los espacios creados por la mundialización (especialmente espacios de comunicación) tiene como efecto debilitar la relación del ciudadano con el Estado; por otro, las reivindicaciones nacionalistas favorecen la consolidación de espacios políticos inscritos en una realidad territorial, que debe reinventarse la mayor parte del tiempo. Las construcciones regionales (la Unión Europa, evidentemente, pero también las regiones del Danubio y de los Cárpatos, del Mar Negro, del Mar Báltico, de la Iniciativa Centroeuropea, etc.) parecen una respuesta a esta necesidad que se experimenta de nuevos espacios políticos a los que conducir políticas sectoriales que traspasan las fronteras en beneficio de sociedades cada vez más interdependientes, y hacia los cuales las fuerzas sociales podrían dirigir expectativas que el Estado-nación no está en situación de satisfacer. Aquí se crean espacios de «buen gobierno» y de «red de acción pública» con una multiplicidad de actores, públicos y privados, que participan en la formulación y en la puesta en marcha de políticas públicas. Podrían prefigurar el modo de colaboración ideal entre estados, poderes públicos regionales y locales, redes, profesiones y otros actores de la sociedad civil. Las nuevas visiones del mundo se caracterizan por el sentimiento de una formidable compresión del espacio y del tiempo y la emergencia de una organización espacial pluridimensional (según la expresión de Karoline Postel-Vinay, en: «La transformation spatiale des relations internationales», - La transformación espacial de las relaciones internacionales -, publicada en la obra colectiva: «Les nouvelles relations internationales», - Las nuevas relaciones internacionales -, Presses des Sciences Po 1998) que nos impulsa a pensar más allá de la territorialidad, como nos invitan a hacer los «nuevos geógrafos» franceses, que consideran que es la observación de las interacciones la que define el área de la actividad humana, y que ya no es el lugar dado el que define la sociedad. Son sin duda las redes transnacionales las que «encarnan» mejor este más allá de la territorialidad y esta nueva dimensión de un «tiempo mundial»: permanentemente situados en el punto de encuentro de las dinámicas transnacionales y de las lógicas locales, se benefician de un margen de maniobra que les permite irrigar simultáneamente diversos sectores de la vida política, económica y cultural. Practicando, uno tras otro o simultáneamente, el contorneamiento del Estado o la participación, introducen formas de expresión intermediarias entre la conformidad y la desviación, entre el orden y el desorden. Los nuevos desafíos de la cultura Me gustaría centrarme, en este punto, en los desafíos más directamente vinculados a la cooperación cultural multilateral, y me gustaría formularlos en forma de tesis: · la cultura es intercultural. La multiculturalidad de nuestras sociedades es hoy un hecho reconocido. El tema de la diversidad cultural se convierte en una estrategia central, tanto para hacer que se reconozca la especificidad cultural en las negociaciones comerciales internacionales, como para que se reconozca la identidad cultural o religiosa del otro, como persona y como comunidad, y - y no hay que olvidar esta dimensión de la diversidad cultural - para ayudar a las culturas emergentes a desarrollarse. Si insisto en esta perspectiva intercultural, es porque me parece la más pertinente y apropiada, tanto en el ámbito de los hechos (la dialéctica, la interacción y la dinámica interculturales me parecen más adecuadas que la yuxtaposición, para dar cuenta de la realidad), como en el ámbito de proyecto (político, cultural y educativo), el cual, en palabras de Micheline Rey, nos hace pasar de una lógica mono(cultural) a una lógica inter(cultural), lo que implica no sólo el reconocimiento de la diversidad, el diálogo y la interacción entre personas y comunidades, sino también el cuestionamiento en la reciprocidad y la dinámica de cambios, reales y potenciales. Alain Touraine describió muy bien esta perspectiva cuando en «Qu'est-ce que la démocratie?», - ¿Qué es la democracia? -, afirma que no hay que hacer hincapié en la distancia entre las culturas, sino en la capacidad de los individuos de construir un proyecto de vida. Él considera que habría que hablar menos de confluencia entre culturas, y más de historias de individuos que pasan de una situación a otra y que reciben de diversas sociedades y culturas los elementos que conformarán su personalidad. En conclusión, más que hablar de «cultura» en singular, hablemos de culturas en plural. Como las identidades, las culturas serán por tanto plurales, en desarrollo permanente, en interacción constante. Y es que es en la confrontación y el diálogo con el Otro que llegaremos a conocernos y a ser conscientes de nuestras identidades y nuestras culturas. Claude Lévi-Strauss ya había hecho hincapié en ello: el descubrimiento de la alteridad tiene que ver con una relación, no con una barrera. Sobre esta cuestión, nuestros amigos canadienses han inventado el concepto «entrelugares de la cultura»: la cultura se construye con relación al otro, en la confrontación de lo idéntico y la alteridad, del aquí y el allá, del presente y del pasado. Más que un lugar de comunicación entre el yo y el otro, los espacios de contacto son campos interactivos donde estas entidades toman conciencia de ellas mismas y producen su identidad; · la cultura es un vínculo social, como unidad fundadora de la persona y de la sociedad. En consecuencia, el reto aquí no es tanto luchar para reconstituir el tejido social rasgado, sino inventar un proyecto político, tanto para la sociedad como para la cultura. El vínculo que se trata aquí es el que existe entre el Sujeto y un imaginario social cuya cultura aparece como un elemento esencial. Este proyecto es fronterizo, en el sentido que recompone la figura de uno mismo y del otro, de lo parecido y de lo distinto; en consecuencia, los elementos que componen lo imaginario y lo simbólico. Este proyecto es también nuevo, puesto que no se trata de «pegar parches socioculturales», sino de reconstituir lo que, en el corazón mismo de la cultura, crea un vínculo; · la cultura es comunicación. Según Edward T. Hall, la comunicación es el núcleo central de la cultura y, de hecho, de la vida misma. Es evidente que las tecnologías de la información y de la comunicación han cambiado radicalmente nuestra relación con el espacio y el tiempo. Creo, por lo tanto, que pueden convertirse hoy en proyectos culturales, en el sentido que pueden constituir palancas importantes de deconstrucción/reconstrucción de las economías (y especialmente la del saber y la del conocimiento) y del ciberespacio, donde pueden favorecer la creación de «un universo sin totalidad» (Pierre Lévy, en: «Cyberculture», - Cibercultura -, Odile Jacob/Consejo de Europa 1997). Me parece evidente que la economía de lo virtual empieza a formar subrepticiamente una nueva sociedad mundial, una nueva cultura y una nueva democracia, acelerando la desmaterialización de los flujos, aumentando los cortocircuitos informacionales, reestructurando el mercado del tratamiento de la información, generalizando la «desintermediación» entre productores y consumidores de bienes y servicios. Como destaca Jeremy Rifkin, en su último libro («L'Age de l'Accès», - La edad del acceso -, La Découverte/Syros 2000), la gran cuestión política que plantean la nueva economía mundial de las redes y su tendencia a promover la transformación de la experiencia cultural en objeto de consumición mercantil es la de la preservación y el desarrollo duradero de una diversidad cultural que es la sangre misma de la civilización. A fin de cuentas, lo que determina la lógica de acceso es la naturaleza y el grado de nuestra participación en el mundo. No se trata solamente de saber quién tiene acceso a qué, sino qué tipos de experiencias y de campos de actividad merecen que se desee tener acceso a ellos. La respuesta a esta pregunta determinará la naturaleza de la sociedad que queremos construir para nosotros y para nuestros descendientes. La otra cuestión, que es por lo menos igual de importante, es la siguiente: ante un proyecto que se reduce cada vez más a una tecnoutopía y a un determinismo tecnomercantilista, ¿pueden oponerse proyectos sociales, proyectos culturales y otras formas de apropiación de estas tecnologías que penetran en la sociedad? A mi parecer, estos tres desafíos parecen conllevar otros tres:
Estos tres últimos desafíos están englobados, de algún modo, por la exigencia, bastante reciente de un buen gobierno cultural. El buen gobierno es un sistema de regulaciones que busca interacciones. La relación gobernantes-gobernados ha sido sustituida por la interacción de actores individuales e institucionales que comparten la responsabilidad del bien común, y cuyo juego democrático (en el espacio público) es garantizado por las autoridades públicas, bajo control de todos los actores. Por lo tanto, se trata de inventar nuevas regulaciones, no ya centradas, sino sistémicas y de pasar de una práctica de redes a una regulación de sistemas, exigiendo la participación de todos los actores culturales, no sólo en la puesta en marcha de políticas culturales, sino también en la definición de sus objetivos y de sus escalas. El reto de dicho buen gobierno cultural es doble: es ético, en el sentido que pretende establecer los vínculos con el saber, especialmente por los derechos culturales, y volver a situar la autonomía del individuo, así como la de los actores sociales, en el centro. Es metodológico, ya que busca la inclusión mutua de la cultura como política sectorial y de una cultura de conjunto del campo político. Concretamente, en el ámbito de las políticas culturales, tal buen gobierno cultural podría cambiar lo establecido de una manera bastante radical y permitir posturas de innovación artística y cultural como las siguientes:
5. Las respuestas institucionalesA pesar del interés creciente que puedan suscitar las cooperaciones culturales regionales (como por ejemplo los países del Mar Báltico, la Iniciativa Centroeuropea, los países del Danubio y de los Cárpatos, etc.), me gustaría limitarme aquí al Consejo de Europa y a la Unión Europea y ver su acción, por medio de los textos de base, por una parte, y sus estrategias y programas, por otra. 5.1. Los textos de base A mi parecer, la cooperación cultural internacional está marcada por distintos textos fundamentales que, por su fuerza visionaria, han determinado en gran medida las políticas públicas en la materia: · el primero de estos textos sigue siendo la Declaración de los principios de la cooperación internacional (UNESCO, noviembre de 1966) que, en su Artículo 1º , «funda» toda política de cooperación cultural:
· el segundo texto es la Declaración de Arc-et-Senans (abril de 1972), que se titula: «Prospective du Développement Culturel», - Prospectiva del desarrollo cultural -. Contrariamente a los demás textos, negociados entre los estados, esta declaración es obra de intelectuales (como René Berger, Henri Janne, Michel de Certeau, Augustin Girard, Abraham Moles, Edgar Morin, Georg Picht y Alvin Toffler). Sin duda, ello explica su pertinencia y su fuerza. En dicha declaración, pueden leerse orientaciones y conclusiones como las siguientes:
Hay que recordar que se trata de un texto de 1972. · el tercer texto es la Declaración de Méjico sobre políticas culturales (agosto de 1982), que ya he mencionado. Me gustaría añadir una citación extraída del subcapítulo sobre la cooperación cultural internacional, que dice lo siguiente:
· el 4º texto es el Documento final del Coloquio de Cracovia sobre el patrimonio cultural (OSCE, junio de 1991). Es el único texto «fuerte» de después de 1989. En el preámbulo, remarca lo siguiente:
· el 5º texto podría haber sido la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (Niza, diciembre 2001). Desgraciadamente, quedó en nada. A pesar del cabildeo intenso de las ONGs y de las redes culturales (y especialmente de la EFAH), sólo hay tres pequeñas referencias a la cultura (art. 13, 22 y 25) en este texto, que podría convertirse en la base de una futura constitución europea. A estos textos fundamentales cabe añadir, evidentemente, los textos «constitucionales», a saber, por la Unión Europea, el artículo 151 del Tratado de Amsterdam (1997) y, por el Consejo de Europa, la Convención Cultural Europea (1954). Aunque estos dos textos sin duda han permitido avances, no está claro que actualmente creen todavía una verdadera dinámica:
Pero, sin duda, actualmente necesitaríamos, para relanzar la cooperación cultural europea frente a los nuevos desafíos, uno o más textos nuevos:
5.2. Las estrategias y programas · el Programa «Cultura 2000» (2000-2004) de la Unión Europea es el programa-marco que sigue a los tres programas precedentes: Caleidoscopio, Raphaël y Ariane. Su propósito es contribuir al «aprovechamiento de un espacio cultural común a los pueblos de Europa», favoreciendo «la cooperación entre las creaciones, los actores culturales, los promotores privados y públicos, las acciones de las redes culturales y otros colaboradores, así como las instituciones culturales de los estados miembros y de otros estados participantes». Se trata de un marco de financiación, que sirve para sustentar:
Si algunos consideran que este programa puede servir de laboratorio para una futura política cultural europea, otros le reprochan, además de sus medios financieros ampliamente insuficientes (167 millones de euros en 5 años), la falta de transparencia en la elección de los miembros del jurado y de la selección, la pesada y complicada burocracia (sobre todo para una pequeña asociación o para una red claramente informal) y el insuficiente espacio concedido a la creación viva, a la innovación y a la interdisciplinariedad. También constituye un problema la definición de la dimensión europea de los proyectos sostenidos: continúa determinándose esencialmente por el número de colaboradores; es decir, de una manera cuantitativa. Por último, en lo que se refiere a tener en cuenta «aspectos culturales en la acción de la Comunidad Europea», aunque ciertos Fondos estructurales (y especialmente el Fondo social y el Fondo regional) se han tomado a pecho este compromiso, el primero (y hasta ahora el único) «Rapport sur la prise en compte des aspects culturels dans l'action de la Communauté européenne», - Informe sobre la consideración de los aspectos culturales en la acción de la Comunidad Europea -, (abril 1996) muestra que la lógica de funcionamiento de la Unión Europea sigue siendo esencialmente «no cultural»; · respecto al Consejo de Europa, creo que podemos decir, sin exagerar, que ha marcado profundamente la cooperación cultural europea, como la conocemos hoy, por los conceptos que ha «vulgarizado» (como el desarrollo cultural y la democracia cultural, diversidad cultural e interculturalidad, ciudadanía cultural), por algunos de sus programas (como cultura y ciudades, cultura y regiones, cultura y barrios, evaluación de políticas culturales), por su abertura a redes culturales y a la sociedad civil, por su apoyo a formaciones de administradores culturales, pero sobre todo tal vez porque ha considerado la cooperación cultural no sólo como un medio, sino como un principio de base de una visión ética e intrínsecamente europea del diálogo entre los pueblos. Si bien, actualmente, las funciones «tradicionales» del Consejo de Europa en materia de cooperación cultural siguen presentes (las de observatorio y de foro, de laboratorio de ideas nuevas, de conservatorio de valores, de agencia de cooperación «técnica»), sus funciones de prospectiva y de impulsor de nuevas ideas políticas y de mediador entre los distintos colaboradores en la cooperación europea parecen difuminarse, por una «marginalización» de la cultura en el seno de la organización y por un empobrecimiento inquietante, tanto presupuestario como personal, de este sector. Es cierto que en el ámbito de los discursos oficiales, la cultura sigue siendo una «prioridad», incluso uno de los cuatro «pilares» de la organización. Sin embargo, en el ámbito de las verdaderas prioridades, es decir las que son presupuestarias, y tal como figuran en «las prioridades del Secretario General para el Consejo de Europa: 2001-2005», queda una pequeña frase para la cultura: «En materia de política y de acción culturales, es conveniente dar prioridad a las actividades que tienden a proteger la diversidad cultural y recurren a la cooperación cultural como medio para prevenir los conflictos». Sin querer ser pesimista inútilmente, podemos decir, por lo tanto, que como la Unión Europea y el Consejo de Europa no disponen de textos a la altura de los retos actuales, no han sabido desarrollar ni las estrategias ni los programas que corresponden a lo que esperan los distintos actores de la cooperación cultural y a las necesidades de la construcción europea. Actualmente, necesitaríamos lo siguiente:
Por encima de todo, lo que necesitaríamos sería tener, como padres fundadores de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, una ambición cultural, acompañada de la voluntad política y los medios presupuestarios y financieros para la puesta en marcha. De este modo, podríamos recrear una dinámica y relanzar la cooperación cultural como un conjunto de procesos que permiten asociar poderes públicos y sociedad civil y recrear la «plusvalía» tanto cultural como europea que tanto nos falta actualmente. De este modo, la cultura ya no sería considerada una actividad subsidiaria, como una «coartada» donde han fallado las otras políticas, sino como una fuerza motriz de una sociedad, factor de creatividad, de diálogo y de cohesión, como una fuerza creadora de ciudadanía, que permita garantizar la preservación de identidades y culturas distintas. En palabras de Elie Wiesel: «la cultura no admite fronteras ni muros... Justamente las trasciende, como trasciende el espacio y el tiempo». En toda Europa, los artistas y los actores culturales nos lo demuestran cada día, por medio de su creatividad, sus proyectos innovadores, su búsqueda y sus prácticas y métodos constantemente «en proceso». Corresponde a los «institucionales», a todos los niveles, mostrarse a la altura de este desafío e inventar las estructuras que permitan sostener y promover esta riqueza y estas potencialidades. Nota:(1) Raymond Weber |
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