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Patricio Rivas




Número 2 - Octubre 2002 - Enero 2003  

Cooperación cultural en el espacio del MERCOSUR

Patricio Rivas(1)


En este artículo se ensaya una reflexión en torno a la cooperación e integración cultural en el marco del MERCOSUR. Trabajo que se estructura en función de tres coordenadas: de lo realizado, de las dificultades, y de los retos y tareas pendientes. Pero previo a ello, se postula la necesidad de comprender la integración cultural mercosureña desde un arraigado y largo proceso de identidad latinoamericana. Y a la cultura como derecho humano inalienable, variable de desarrollo e indicador de calidad de vida. En términos generales, si bien es posible verificar que se han alcanzado significativos acuerdos en materia de integración, difusión y circulación y que las orientaciones han transcendido hacia otras organizaciones de la región, estos procesos aún permanecen inconclusos y enfrentan el desafío de su consolidación en un nuevo contexto de crisis.

Un nuevo punto de partida

La constitución del Mercado Común del Sur, cristalizada en el Tratado de Asunción firmado entre Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil el 26 de marzo de 1991 (MERCOSUR-RAU, 2001) significó un esfuerzo por reinstalar el tema de la integración regional de América Latina y específicamente de los países del Cono Sur.

Se trataba de construir nuevos contenidos y formas de cooperación en un nivel de solvencia y elasticidad que permitieran enfrentar el doble reto de asumir la globalización (Bayardo & Lacarrieu, 1998) como un fenómeno decisivo en el ámbito de la economía, la política y la cultura y agilizar las resoluciones sectoriales entre las diversas economías de los países implicados, con el fin de activar las dinámicas de desarrollo interno en un contexto de emergentes desafíos.

Así el tratado se configura como un acuerdo-marco que establece mecanismos orientados a la creación de una zona de libre comercio (MERCOSUR-RAU, 2001) cuyo objetivo es generar los medios que permitan ensanchar las actuales dimensiones de los mercados nacionales, condición fundamental para dinamizar el proceso de expansión económica con participación, equidad y justicia social; sentido que se propone alcanzar a través de la utilización más eficaz y eficiente de los recursos existentes, preservando el medio ambiente y procurando el mejoramiento de las intercomunicaciones.

Estas matrices activas de la integración, bajo las orientaciones MERCOSUR, se fueron configurando en diferentes áreas del comercio, la industria, la agricultura y las tecnologías, sobre la base de una larga historia de procesos de enlace regional. Conviene recordar que en el subcontinente existe una extensa trayectoria de acuerdos y pactos de distinto tipo desde la década de los ‘40 (Devés, 2000) y especialmente a partir de los ’50 (Rojas, 2000), iniciativas cuya suerte ha sido más bien contradictoria, en tanto muchos de estos convenios fueron languideciendo con los cambios políticos de los años setenta.

Caso singular ha sido el tema de la articulación de las experiencias y dinámicas culturales. Estas se constituyen a partir de un arraigado proceso de identidad cultural de todos los países de América Latina, que comparten tradiciones históricas en el contexto de dos grandes idiomas hegemónicos: el castellano y el portugués. La literatura, la danza, la poesía, el cine, la música, el folclore, la comida y la arquitectura son algunas de las tramas en virtud de las cuales la identidad colectiva se ha ido tejiendo en los últimos quinientos años.

Esa larga identidad

Hace más de cuatro siglos que se está recreando una dinámica del ser latinoamericano polifónica, sin centro preciso y bastante ubicua.

Desde el siglo XVIII hasta principios del XX, nuestra identidad fue esencialmente agraria, costumbrista, conservadora y rebelde (González, 1989; Rivas, 1999). Pero será a partir de 1890 que comienza a configurase con nitidez la intención de construir una identidad propia. Es la época en que reaparecen las ciudades: Río, Sao Paulo, Montevideo, Caracas, México, Buenos Aires, Santiago, Valparaíso, Lima, La Habana. Retorno que coincide con un ingente período de transformaciones y cambios sociales. Entre ellos, destaca la Revolución Mexicana de 1910, acontecimiento que potenciará la eclosión de la idea de América Latina anclada en el reconocimiento del mestizaje cultural, que a su vez implicó un redescubrimiento de la indianidad, presente desde México hasta Chile.

Estas mutaciones ejercerán una fuerte influencia en todos los aspectos de la vida política, social, económica y cultural del continente. Mientras que la urbanización acelerada incidirá en que la emergente elite-antielitista se transforme en la moderna clase dirigente. Fueron los intelectuales, los novelistas, los poetas, los pintores y ensayistas los constructores fundamentales de la identidad latinoamericana, donde arte y sociedad se entrelazaron en virtud de la omnipresencia y omnipotencia de los problemas sociales (González, 1989; Rivas, 1999). Este peculiar desarrollo histórico de la creación y de las artes hizo posible la configuración de un estilo singular disímil al que se generaba en el resto del mundo (Rivas, 1999).

Esta arqueología concede a los procesos de integración cultural de un sustento notablemente sólido, con pasado propio y con un presente concomitante más allá de las lógicas políticas e institucionales de cada país. Durante más de un siglo intelectuales, artistas y creadores han compartido sus obras y han debatido sus enfoques e improntas estéticas en un enorme caudal de encuentros informales, organizados y financiados con esfuerzos propios, y muchas veces durante las décadas duras de los setenta y ochenta, bajo la mirada vigilante de los Estados autoritarios.

Con el regreso de la democracia los ámbitos de la creación se expandieron viéndose favorecidos por las políticas de los gobiernos nacionales y regionales. Coincidiendo en el tiempo con esto, a partir de 1980, pero especialmente desde los ‘90, las industrias culturales comienzan a aumentar su peso dentro de los sectores económicos de cada país y a favorecer los flujos de circulación del libro, del cine y de la música (Rodríguez, 2001). Estrategia que se ha convertido en el medio de mayor impacto en la promoción y difusión de las artes y cultura.

Se verifican así tres tendencias progresivas a partir de 1990. En primer lugar el ensanchamiento de los espacios para una creación libre. Por otra, el desarrollo, bastante acelerado, de las industrias de la cultura. Y por último, el impulso por parte de los Estados de diseñar e implementar políticas de fomento a partir de diversas modalidades de fondos concursables dirigidos a creadores y artistas.

Por lo anterior, cuando nace la iniciativa del MERCOSUR en lo que respecta a cultura el terreno estaba abonado, existía un mundo de hombres y mujeres que en espacios urbanos y rurales, académicos y sociales, estaban dispuestos a ser los factores dinámicos de estas originales estrategias de mancomunidad.

Por esto, se puede constatar que el denominado sector cultural dentro de los acuerdos del MERCOSUR, tiene una consistencia efectiva y factible.

La cultura como una matriz de integración

A la fecha se han realizado doce reuniones de Ministros de Cultura del MERCOSUR, la más reciente se efectúo entre los días 24 y 26 de Mayo del 2001 en Asunción-Paraguay (MERCOSUR/RMC, 2001). En todas ellas se ha mantenido una línea de continuidad temática que se expresa en las siguientes ideas programáticas.

  • Asumir la integración cultural desde la diversidad, en tanto se reconoce a esta como fundamento de la identidad nacional de los Estados Partes y Asociados.
  • Entender a la Cultura como uno de los ejes del desarrollo sustentable e integrar esta premisa a los programas de desarrollo económico y social.
  • Promover un proceso de elaboración de un cuerpo legislativo regional sobre la circulación de bienes y servicios culturales.
  • Establecer una política de difusión cultural orientada a lograr la presencia regional en los mercados internacionales.

Estos vectores son trascendentes porque han brotado de la convicción y acuerdos entre los distintos Estados Partes y Asociados (Bolivia y Chile), cada uno de los cuales ha debido situarse desde la perspectiva de tres factores, que no necesariamente armonizan con los convenios globales, y que se han transformado en elementos obstaculizadores de la amplitud y velocidad de los avances.

En primer lugar, los Estados enfrentan una legislación e institucionalidad cultural distinta, que no siempre facilita la agilidad en los convenios. En segundo término, una diversa priorización por parte de cada uno de los gobiernos frente a los temas culturales, los cuales quedan ubicados en ocasiones en posiciones no relevantes. Y en tercer lugar, los efectos indirectos de la recesión de la economía internacional y regional que ha afectado especialmente los presupuestos en cultura.

Sin embargo, los acuerdos han trascendido hacia otras organizaciones regionales. Así la OEA ha incluido estos temas dentro de sus más recientes políticas, otorgando especial énfasis a la investigación sobre la incidencia económica de los procesos de integración cultural.

Situación análoga se expresó en el “Seminario Internacional: Importancia y Proyección Cultural del MERCOSUR, Bolivia y Chile en Miras a las Integración”, efectuado en Santiago de Chile en el mes de mayo del 2001.

En este seminario participaron representantes del Convenio Andrés Bello, de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), de la Secretaria de Cooperación Iberoamericana de la UNESCO (ORLAC) y del BID. Las intervenciones y ponencias de este encuentro sintetizan de manera bastante rigurosa los substratos teóricos y políticos que han estado en la base de las resoluciones de los encuentros de Ministros desde los orígenes del tratado (División de Cultura, 2001).

Las principales tesis de este evento giraron alrededor de los problemas de desarrollo de las políticas culturales con los cuales América latina ingresa al siglo XXI. Cuyo punto de arranque son los desafíos de producir una política cultural moderna, incluyente, capaz de llegar a los diversos sectores de la sociedad, fortaleciendo los espacios de una creación libre y diversa.

Para que esto sea viable se destacó que la cultura debe descongelarse de la categoría restrictiva de ser sólo bellas artes o entretención y ubicarse desde una nueva centralidad: la de la cultura como derecho humano inalienable, variable de desarrollo e indicador de la calidad de vida (RIVAS, 2000), situada en un mundo constituido principalmente a partir de espacios geoculturales (Garretón, 2001).

Se trata de asumir la globalización desde una lógica que va produciendo recurrentes síntesis de procesos culturales, siempre abiertos e inconclusos, los cuales operan como fundamento de viejas y nuevas identidades y de eventos materiales y virtuales susceptibles de ser integrados al diseño de políticas.

En este mismo sentido se sugirió ampliar el concepto de cadena de valor que articula las dinámicas de creación, incorporando cuestiones como la enseñanza, la formación artística, el debate en los espacios públicos y todos los aspectos que involucran el valor simbólico e identitario de una nación (Soto, 2001 citado en Ossandón y Vio, 2001).

Desde ahí se enfatizó la importancia de las industrias culturales y de la comunicación, ya que representan uno de los sectores económicos más decisivos en términos de inversión de capital y de mayor crecimiento relativo del empleo. Las industrias culturales a través de diversas iniciativas buscan contribuir al intercambio, difusión e integración cultural y a lograr que todos los agentes estratégicos de estas: empresarios, técnicos, trabajadores, autores, creadores, investigadores-académicos, políticos y hombres y mujeres de gobierno concuerden acciones que favorezcan la articulación mercosureña (Getino, 2001 citado en Ossandón y Vio, 2001).

Así los debates que han precipitado los acuerdos del MERCOSUR están generando una estado de reflexión y análisis más activo que en décadas anteriores respecto a los mismos temas, que se extiende hacia el sistema universitario, hacia los gobiernos locales, hacia los centros de investigación y hacia los parlamentos nacionales en toda el área.

Nuevos modelos teóricos, conceptos y metodologías han surgido, dando lugar a un crecimiento bastante sostenido de otros temas vinculados, como son: la gestión cultural, la organización y las estrategias de planificación en estos campos.

Esta tendencia progresiva se puede observar con claridad desde el octavo encuentro de Ministros de Cultura del MERCOSUR, el cual se realizó en julio de 1999 en Asunción Paraguay, en él los participantes reafirmaron su “complacencia por la creciente internalización por parte del colectivo social y de los organismos internacionales en ponderar a la cultura como una agente de integración y eje para el desarrollo armónico y sustentable” (MARCOSUR/RMC/ ACTA N·1/99).

Sin embargo, hay un conjunto, bastante amplio, de campos temáticos que se han debatido, pero no han arribado a sugerencias operacionales susceptibles de ser implementadas en el corto plazo, como son las de la generalización de mecanismos que permitan intercambios de bienes y servicios culturales, con normas transparentes y estables; contar con una base de datos que especifique los productos singulares de las industrias culturales que permita detectar y mejorar los procedimientos ante las autoridades públicas y privadas de la región.

Se concatena con esto, la necesidad de lograr, por una parte, la libre circulación de libros, productos musicales y audiovisuales entre los Estados del MERCOSUR, Bolivia y Chile, y por otra, fortalecer, preservar y difundir el patrimonio de las industrias culturales en estos campos (MERCOSUR/RMC, 1999). Lineamientos que han comenzado a materializarse a través de diversas iniciativas, como son la primera Semana del Cine del MERCOSUR, la promoción de la cultura musical de la región por medio de la edición de una colección de los repertorios clásicos de los Estados Partes y Asociados y el acuerdo de publicar una antología de cuentos de escritores del MERCSUR en dos volúmenes, uno en español y otro en portugués.

Especialmente decisivo es promover, en el corto plazo, una política concertada que establezca sanciones drásticas a las violaciones de los derechos de autor e impida la piratería y reprografía, que daña directamente a las industrias culturales.

Otro aspecto abordado en las dos últimas reuniones ha sido el de definir y establecer las bases para un proyecto de seguridad social de los artistas y trabajadores de la cultura (MERCOSUR/RMC, 2000). Asunto singularmente trascendente si se considera que el sector cultural en su conjunto integra un número muy considerable de personas de la región, que históricamente han estado desprovistos de normas y leyes que protejan rigurosamente su actividad y que les permitan contar con una seguridad social digna.

Paralelamente con esto, se han comenzado a incluir como eje temático la necesidad de estudiar el impacto cultural producido por los modelos de desarrollo de la región, que ubican a la cultura como un pilar del desarrollo sustentable. De esto se infiere, a su vez, que es relevante comenzar analizar sistemáticamente el impacto específico que la cultura y los programas culturales tienen dentro de las políticas de integración, con el objeto de consolidarlas y agilizarlas más allá de los espacios creativos mismos.

Quizás sea la cultura una de las variables que más ayuda a desentrampar situaciones difíciles, particularmente en una subregión donde muchos pueblos y tradiciones se superponen y que en última instancia jamás han dejado de estar integrados, como acontece en el norte chileno, con Bolivia, Perú y Argentina. O en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay.

Otro gran capítulo hace referencia a los procesos de migración por motivos económicos y sus efectos culturales, como ocurre con la población chilena en Argentina, la peruana en Chile, la boliviana en Perú y la uruguaya en Argentina. Estas inmigraciones laborales van generando nichos y espacios híbridos (Canclini, 1990) donde las diversas costumbres e improntas tienden a manifestarse preservando sus tradiciones, pero vinculándose a través de las diversas formas del lenguaje a los países y ciudades receptoras.

Si se observa la realidad del mundo de la cultura en la región se puede verificar que estamos asistiendo a un crecimiento de la importancia relativa de todas las materias vinculadas a la creación y que, cada vez más, los distintos sectores sociales y geográficos, de cada uno de los países, integra y asume las temáticas culturales como una cuestión de definición insoslayable respecto a sus propósitos y objetivos sectoriales.

Un balance provisional

Para los latinoamericanos el desafío de la integración está profundamente incrustado en nuestra historia. En cada etapa de esta, se han sugerido iniciativas integradoras desde la política, la economía y la cultura. Y en cada ciclo del siglo XIX y XX estos esfuerzos se han visto frustrados por la multiplicidad de intereses diversos que se conjugan en nuestro espacio.

La expansión acelerada de todos los procesos que incluyen al concepto de globalización nos sitúa frente a una alternativa determinante: o logramos definir un modelo de integración que con realismo vaya desatando los nudos difíciles o viviremos una disminución de nuestra identidad creativa con los evidentes efectos que esto tiene en ámbitos como la estabilidad social y la capacidad de ubicarnos frente a un mundo complejo y crecientemente competitivo en condiciones de actor y productor sólido y solvente.

Estamos impelidos a asumir las políticas culturales de integración como uno de los factores emergentes más exigentes de los elementos que se deben tomar en cuenta para definir una estrategia de desarrollo cultural en el largo plazo. En buena parte, porque ya no es posible pensar en términos estrictamente nacionales y el conocimiento de lo que ocurre en cada uno de los países de la región es una variable de nuestras propias políticas.

Asimismo la escala en la cual es posible pensar la expansión de las industrias culturales sólo puede ser a nivel subregional y regional, más aún cuando se piensa que debemos competir exitosamente frente a otros grandes acuerdos regionales que tienen grandes enclaves industriales como son Estados unidos y Europa respectivamente.

Si tuviéramos que ubicar los aspectos de mayor retraso relativo los encontraríamos en las siguientes áreas:

  1. La de investigación en cultura y proyección. Aquí se impone una alianza de largo aliento entre los núcleos estatales dedicados a la investigación, las universidades y las instituciones regionales que fomentan el desarrollo socioeconómico. Se debe superar la visión que tiende a excluir a la cultura como territorio de investigación científica y de desarrollo tecnológico y por tanto ubicable dentro de un diseño estratégico.
  2. La formativa, referida a la creación de disciplinas, cursos y cátedras, centradas en la cultura desde la perspectiva de la investigación, la gestión, la planificación, la difusión y la creación.
  3. La legislativa. La de consolidar legislaciones culturales regionales, subregionales y nacionales adecuadas a los procesos de internacionalización de la cultura, la creación y la difusión.
  4. La generación de espacios públicos, informados y propositivos, que no sólo consuman productos culturales sino que intervengan como ciudadanos en la definición de políticas locales y regionales. Se trata de aquello que se ha integrado en el concepto de ciudadanía cultural (Rivas, 2000).
  5. La de los gobiernos locales. La experiencia latinoamericana evidencia que los espacios de mayor actividad y densidad cultural, que abarcan a un mayor número de personas durante un tiempo prolongado son los locales o comunales. En estos territorios simbólicos y geográficos se juega en un grado significativo la eficacia de una política cultural.
  6. Desde los convenios culturales es posible integrar de acuerdo a diversos mecanismos y procedimientos a otros países de la región a los trabajos y propuestas culturales.

Estos temas comprometen transversalmente a los países partes y asociados del MERCOSUR. Y si bien han estado presente en las reflexiones de sus intelectuales y creadores no alcanzan a ubicarse con solidez dentro de las agendas estatales de manera coherente y global.

Sometidos como estamos a múltiples desafíos y enfrentando una caída de la actividad económica que tiene evidentes repercusiones en las prioridades gubernamentales, es perentorio que no sucumbamos a este difícil período retrasando o postergando la consolidación de los acuerdos culturales del MERCOSUR, incluso en la eventualidad de que los convenios de otras naturalezas se vean comprometidos.

Desde la cultura es posible preservar obstinadamente en continuar con los tratados establecidos en las diversas agendas de trabajo y avanzar hacia una segunda generación de convenios que vinculen no sólo a los gobiernos sino al mundo de los creadores y de la sociedad civil directamente a través de las instancias locales, académicas y regionales.

Es necesario que los sueños que fundaron una región que tiene todas las hablas, las improntas y los tiempos en sus diversas tierras se consoliden en una creación que cruce las fronteras y nos haga parte de un proyecto estético cultural con el cual nos relacionamos con el mundo desde todas nuestras historias.

Referencias

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DEVÉS, Eduardo, Del Ariel de Rodó a la CEPAL (1900-1950, Buenos Aires, Biblos, 2000.

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ROJAS, Francisco (Ed.), Multicultralismo, perspectivas latinoamericanas, Santiago de Chile, Flacso, 2000.


Nota:

(1)Patricio Rivas
Chile. Sociólogo, Doctor en Filosofía de la Historia. Coordinador General de la División de Cultura del Ministerio de Educación, Profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Chile, Profesor de Ciencias Sociales de la Universidad Arcis y Profesor de la Universidad Andrés Bello, en el programa de intercambio con universidades norteamericanas.