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Gerardo Caetano






Número 4 - Junio - Septiembre 2003  

"Politicas culturales y desarrollo social. Algunas notas para revisar conceptos"

Gerardo Caetano


Los que siguen son algunos apuntes y notas acerca de un tema central como el de los vínculos e intersecciones múltiples entre los tópicos de la cultura y el desarrollo social. En primer lugar, se planteará una perspectiva de rediscusión en torno a algunos núcleos teóricos y conceptos que solemos transitar desde una "sabiduría convencional" y desde un "sentido común" instalados, que no nos ayudan mucho a asumir la radicalidad de los desafíos que tenemos por delante cuando hablamos de políticas culturales, cuando hablamos de gestión cultural para el tiempo presente. Luego el análisis se centrará más específicamente en los dilemas, desafíos e interrogantes que hoy enfrenta el diseño de una política cultural en un contexto de integración regional y de globalización. Finalmente, se apuntará de modo necesariamente telegráfico al registro de algunas pistas y tensiones para debatir el tópico de políticas culturales renovadas, a la altura de los desafíos que tenemos.

El primer concepto que debería ponerse en discusión es el de globalización. Creo que es un concepto que ya se ha incorporado, a menudo de modo acrítico y perezoso a mi juicio, a nuestros discursos y retóricas cotidianas y que con frecuencia es utilizado de modo algo equívoco o restrictivo. A ese respecto me gustaría incorporar la visión de algunos autores latinoamericanos que han estudiado especialmente este tema y que desde distintas perspectivas nos proponen ejes de discusión y problematización en torno a este concepto. Por ejemplo Renato Ortiz, un estudioso brasileño sobre estos temas, plantea en muchos de sus trabajos la necesaria distinción entre la mundialización de la cultura y la globalización de la economía, al tiempo que refiere en su concepción de "modernidad-mundo" una advertencia importante: este mundo de la globalización en donde explota la reivindicación de lo diverso, muchas veces no es un mundo plural, con todo lo que esto implica, sino que es un mundo diverso, con identidades fuertemente asimétricas. En tal sentido, la exigencia de discernir y no confundir diversidad con pluralismo supone una primera pista interesante.

Martin Hopenhaym, por su parte, sociólogo chileno que ha transitado de modo renovador las intersecciones entre cultura y desarrollo, registra en muchos de sus últimos trabajos una multiplicidad de miradas posibles sobre el concepto de globalización. En esa dirección, reseña distintas perspectivas: una "mirada crítica" que tiende a postular que la globalización destruye la integración social y regional; una "mirada apocalíptica", la globalización como un "big bang de imágenes", con un mundo que se contrae y en el que "lo virtual explota"; una "mirada posmoderna", desde la que se reconocería el surgimiento de un "mercado de imágenes" y de un nuevo "modelo de software cultural" que modifica en forma radical la vida cotidiana; una "mirada tribalista", con un fuerte contexto de exclusión en el marco de identidades frágiles, fugaces y móviles, un "nuevo panteísmo moderno sin dioses pero con mil energías"; una "mirada culturalista", desde la que se celebraría -muchas veces con ingenuidad- un encuentro con el otro, con la intersección que se vuelve accesible de miríadas de culturas dispersas; y finalmente, otra mirada que podría sintetizarse en la visión de un "atrincheramiento reactivo", simulacro imposible pero que se vuelve atractivo para muchos.

Néstor García Canclini, sociólogo y antropólogo de la cultura, cuyos textos de las últimas décadas han removido tanto la reflexión sobre estos asuntos, en algunos de sus últimos trabajos cuestiona la equivalencia entre globalización y homogeneización. Advierte sin embargo que ciertas visiones ingenuas en torno al renovado multiculturalismo devienen a menudo en cohonestar nuevas "máquinas estratificantes", al punto que previene con igual fuerza sobre los efectos de lo que llama una "homogeneización recesiva", que en América Latina promovería el intercambio cultural en el preciso momento en que los latinoamericanos producimos menos bienes culturales. Desde una invitación a pensar de modo diferente el desafío planteado, García Canclini nos previene acerca de ciertos cursos peligrosos: "atrincherarse en el fundamentalismo", limitarnos a "exportar el melodrama", aceptar la "hibridación tranquilizadora" de "insertarse en la cultura ecualizada y resistir un poco".

Podrían agregarse otros autores y perspectivas analíticas pero ello no haría otra cosa que confirmar y profundizar la premisa inicial que suponía la necesidad de una visión renovada y más crítica en torno a la globalización como fenómeno histórico y a sus múltiples impactos culturales. Quiero dejar planteado un último señalamiento en torno a este punto. Los latinoamericanos nos hemos acostumbrado muchas veces a "comprar" de modo apresurado a los teóricos norteamericanos. En el plano de los estudios culturales de nuestros países ello se advierte, entre otras cosas, en una frecuente auto-representación de lo latinoamericano que se parece mucho más a lo "latino-norteamericano" que a lo "latinoamericano" stricto-sensu. Se desliza aquí una nueva razón para repensar más críticamente este concepto, con todas sus múltiples implicaciones en el campo de la teoría.

También en el plano más teórico correspondería revisar nuestras categorías en torno al papel de la cultura en relación a los nuevos desafíos de la integración social y el desarrollo. Ello por ejemplo nos refiere a repensar el tópico de las identidades sociales lejos de cualquier esencialismo pero también haciéndonos cargo de las profundas transformaciones ocurridas en los últimos años y que tampoco estaban en la agenda de las visiones constructivistas más modernas. El espacio disponible no nos permite más que reseñar algunos titulares o temas relacionados con esta materia. Emergen nuevas formas de identificación social mucho más efímeras, más intercambiables, más móviles y hasta lights. Varían también nuestras prácticas y nociones de espacio público, en relación además con mutaciones muy radicales de nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, vivimos una reformulación muy radical de nuestra relación con el tiempo, esa coexistencia difícil de "múltiples relojes" que es un hecho cultural fortísimo y que afecta las fronteras de inclusión y exclusión en nuestras sociedades, con sus múltiples ritmos. Y además vivimos sociedades en donde ha cambiado la valoración social del tiempo: antes, quien estaba del lado de los incluidos tenía todo el tiempo para perder, buscaba el ocio; hoy, quien está del lado de los incluidos, no tiene un minuto para perder, y toda la tecnología que compra la orienta para sobreactivar su energía. Muy otro es en cambio ese tiempo viscoso de los excluidos, para quienes un correo electrónico, un correo rápido, un teléfono celular son una metáfora perversa. Esta nueva "cultura de lo instantáneo", como la ha definido Michael Ignatieff, propone una temporalidad muy distinta para la integración y el desarrollo social.

También, como adelantábamos, se ha erosionado profundamente la noción de lo público en el marco de "sociedades de la desconfianza". Como ha estudiado Norbert Lechner, se han debilitado los contextos habituales de confianza lo que promueve un incremento fuerte de nuestros miedos. La escuela, la empresa, el barrio, el partido político, la nación, y tantos otros espacios gregarios que aportaban confianza y sentido religante se han erosionado. Esa "fragilidad del nosotros" y su consiguiente afectación del vínculo social, siguiendo también a Lechner, provocan un repliegue ciudadano a la vida privada y a la familia, con el hogar transformado en una fortaleza sitiada y sobrecargada. La crisis de la familia nuclear, tan visible por ejemplo en un país como el Uruguay que tiene una de las tasas de divorcio más altas del continente y que ha visto transformarse vertiginosamente el panorama de sus "arreglos familiares", no ha sido acompañada por cambios correspondientes en el diseño de las políticas sociales, de las políticas para la familia.

En el marco de estos nuevos contextos, obviamente ya no se puede pensar la cultura y las políticas culturales como soporte de la integración social y el desarrollo desde los viejos conceptos que hasta hace poco tiempo nos ayudaban a vivir. Sin retóricas ni visiones ingenuas, se debe asumir con radicalidad este desafío de renovación teórica porque si no se pueden impulsar políticas pretendidamente igualitarias que lo único que generen sean nuevos circuitos de exclusión. Nunca como hoy las políticas culturales deben pensarse en tanto políticas sociales, al tiempo que también nunca resultó tan necesario el atender debidamente las bases culturales de cualquier desarrollo consistente y sostenido. Puede ofrecerse aquí otro ejemplo uruguayo. Allí existe una hermosa tradición de un sistema educativo público que fue cimiento fundamental de una "sociedad hiperintegrada". Desde hace décadas el modelo cultural que le dio sustento está en buena medida agotado y los problemas de innovación en este campo -pese a la reforma educativa en curso- así como las carencias presupuestarias han generado una escuela pública que mantiene prestigio social pero que ya no puede lograr los resultados de otrora. Las fallas del sistema educativo público generan inequidad, cuando antes generaban ascenso social e integración, algo que se vuelve especialmente grave en un país que tiene en sus franjas de pobreza y marginalidad una notable sobre-representación de niños y jóvenes. Solo desde perspectivas culturales renovadas es posible lograr los acuerdos necesarios para que prospere una reforma educativa efectiva, en correspondencia con las exigencias de la hora.

Las políticas culturales constituyen una variable del desarrollo en cualquier sociedad. Y es muy bueno que volvamos a hablar de desarrollo en América Latina porque hacía mucho tiempo que no hablábamos de ello, parecía que nos había ganado como un miedo por la utilización de la palabra. Desde una lectura apresurada y a menudo intencionada de los fracasos de los planteos desarrollistas de los sesenta, el discurso político y fundamentalmente el económico habían sido hegemonizados por los enfoques cortoplacistas, desde la primacía de una perspectiva ultraliberal, que suponía que el desarrollo era una variable absolutamente inescrutable, que no debía pensarse en el mediano y en el largo plazo. Es bueno que no solamente en economía sino también en cultura y en política volvamos a hablar de desarrollo, y es mejor aún que volvamos a hablar de la cultura y de las políticas culturales como variables decisivas de desarrollo.

Pero si hablamos de políticas culturales tenemos que hablar de política, y aquí también hay un posible "abrazo de la muerte", me sumo a un concepto que no es mío, que es creer que se puede hacer políticas culturales sin política. Yo también sumaría otro: lo que podríamos llamar la visión "populista" de la cultura, esa identificación ingenua pero creciente de asimilar sin más cultura popular a cultura. Pero reiteremos la premisa anterior, que puede sonar obvia pero que no es trivial, si observamos lo que con frecuencia pasa en nuestros países en esta materia: no se pueden hacer políticas culturales sin política. Y esto que parece perogrullesco no lo es cuando vemos crecer ese sentimiento antipolítico que tanto se ha desplegado en nuestras sociedades y aun en nuestros sistemas políticos.

Advirtamos también que construir política hoy en el marco de sociedades en donde el Estado ya no puede lo que antes podía, implica evitar atajos perezosos, atajos simplistas. Aquí el tema, el gran tema, vuelve a ser qué Estado queremos y necesitamos, cómo construir una política que no sea "estadocéntrica", qué modelo de relación entre Estado y sociedad resulta el más fecundo para el área cultural, cómo se contribuye de la mejor manera a la construcción de espacios públicos no estatales, cómo terminamos con esa estatalización de lo público que tantas veces nos impidió pensar de manera más libre la sociedad y la cultura.

Frente a estas interrogantes, como decíamos, surgen de inmediato tentaciones y atajos perezosos. Por ejemplo replegar indiscriminadamente al Estado y transferir sin selección áreas al mercado cultivando el jardín de las bellas artes, o un Estado posmoderno que lo legitima todo, o un Estado que, de alguna manera, abdica de su condición de actor. También aquí aparece el peligro del provincianismo, la idea de pensar como posible y deseable un Estado de fronteras adentro que preserve reactivamente la identidad cultural de una nación asediada culturalmente y que promueva en forma permanente la oposición reaccionaria de lo propio y lo ajeno, de "lo nuestro" y lo "foráneo". Hoy cuando hablamos de políticas culturales no podemos olvidar que hay supranacionalidad informal así como espacios públicos transnacionales, desde donde también se definen acciones culturales decisivas, frente a las que los Estados, mucho menos desde lógicas puramente reactivas, poco pueden hacer. Asimismo, cuando estamos viviendo procesos de integración regional y cuando estamos debatiendo modelos de integración regional que den nuevo impulso a esos horizontes y contribuyan a superar el déficit democrático de esos procesos, se impone pensar y actuar internacionalmente, desde enfoques de "regionalismo abierto" que también sirven a la hora de revisar los intercambios culturales. Si los economicismos predominan en la conducción del proceso integracionista sobre los enfoques más políticos y culturales -que se asocian y empujan en una misma línea-, las integraciones no sólo serán menos democráticas sino también más ineficaces y frágiles, más inestables y alejadas del compromiso genuino de las sociedades civiles. La crisis contemporánea del Mercosur creemos que brinda mucha evidencia empírica confirmatoria de esto que decimos.

Desde estas perspectivas, muchas cosas cambian. Tomemos por ejemplo la noción de patrimonio cultural nacional. Como también han estudiado García Canclini y otros autores, ha habido una modificación radical de los conceptos que guían hoy la pregunta esencial acerca de qué es lo que vale en cultura, qué es lo que debe entrar en el canon y qué no. Un patrimonio concebido como instrumento de una política cultural renovada se redefine en un sentido mucho más abierto, en el que se despliega una incorporación cambiante entre lo arcaico, lo residual y lo emergente, concepción desde la que se rechaza aquella noción que suponía que el patrimonio cultural estaba formado por un conjunto de bienes y prácticas que recibíamos como "un don" desde un pasado esencial, que desde su imbatible prestigio simbólico no cabía discutir. Hoy se discute genuinamente cómo quitar esencialismo a las nociones de patrimonio cultural, como evitar su afincamiento restrictivo al área de lo meramente nacional, como provocar en el ciudadano una relación más libre y creativa con el patrimonio, desde una visión más refinada y actualizada acerca de las formas en que una sociedad puede apropiarse hoy de sus historias y memorias colectivas.

Si hablamos sinceramente de estos temas no podemos omitir el tema del financiamiento, por cierto. Y éste es un tema que quienes estudian los temas culturales a menudo rehuyen, porque de alguna manera -podría darles aquí también algunos ejemplos uruguayos- todavía rechina el vínculo entre dinero y cultura. Sin duda que en ese prejuicio se atisba toda una noción arcaica y restrictiva de lo que entendemos por cultura, que entre otras cosas omite el hecho que las llamadas industrias culturales cada vez proporcionan en nuestros países mucho trabajo y configuran realidades económicas nada desdeñables. Y así como no podemos hablar de políticas culturales sin política tampoco podemos hacerlo ignorando sus soportes económicos.

¿Puede pensarse sobre la suerte de la identidad cultural propia sin saber a qué reglas materiales está sometida la producción cultural en un marco de globalización y regionalización? ¿Cómo pensar en los problemas de los trabajadores de la cultura si éstos no se ven como tales, no se perciben como tales? ¿Cómo promover la promoción de nuestras obras culturales si no conocemos las condiciones del mercado regional e internacional? ¿Cómo podemos pensar en la cultura si no sabemos lo que la cultura produce en términos de construcción económica? Aquí estamos en un rezago académico monstruoso, no tenemos respuestas consistentes y rigurosas para muchas de estas preguntas y se siguen definiendo políticas culturales desde estas ausencias fundamentales. Carecemos, por ejemplo, de enfoques pertinentes respecto a lo que hoy quiere decir consumo cultural. No tenemos una noción adecuada respecto a la conceptualización nueva y a la forma en que se autorrepresentan hoy los agentes culturales en términos de agentes económicos. No sabemos cuál es el valor de la producción cultural. No sabemos tampoco cómo estos nuevos contextos de mercado están implicando y condicionando la competencia cultural. La ausencia de información rigurosa sobre estos y otros tópicos conexos constituye una carencia formidable, que debemos comenzar a superar en forma impostergable.

Para terminar me gustaría reseñar algunas otras pistas, simplemente como titulares, en torno a la definición renovada de las políticas culturales. En primer lugar, creemos muchas veces que tenemos sociedades sobrediagnosticadas y que lo que faltan son propuestas; como señalaba anteriormente, yo tiendo a cuestionar esta percepción. En el terreno de la cultura, creo que nos faltan muchos diagnósticos, sobre todo diagnósticos exigentes. En nuestros países hace falta muchísima investigación y muchísimo estudio con base empírica consistente respecto a los temas de la cultura. Ello resulta decisivo como soporte de una renovación efectiva de políticas en el área.

En segundo lugar, muchas veces cuando hablamos de políticas culturales desde los gobiernos se elige el atajo perezoso de la tabla rasa, de la hora cero, del empezar todo de nuevo, sin buscar acumulaciones. La cultura es acumulativa por definición, nunca es un fresco sino que se perfila y construye desde tradiciones, nos guste o no nos guste. Y en particular si se quiere innovar en profundidad, en este campo debemos pensar en el largo y en el mediano plazo, lo cual quiere decir asumir acumulaciones, aprender que el mundo no empieza con nosotros, que las políticas culturales no prosperan ni arraigan desde las escisiones culturales.

En tercer lugar, por todo lo señalado resulta obvio que creemos que se necesitan políticas culturales activas, con impulsos reformadores, con una fuerte reivindicación del espacio de la política, pero tampoco podemos caer en la política populista que no elige, que no selecciona; políticas activas pero con selección rigurosa. ¿Pero quién define los criterios de selección en una construcción democrática? ¿Quién define qué es lo que se debe financiar o qué no es lo que se debe financiar? ¿Cómo se define la colección patrimonial que siempre es imprescindible? Y aquí volvemos a los teóricos clásicos de la democracia: la democracia nunca puede ser concebida como una cultura, la democracia siempre es un pacto de culturas. No podemos construir democráticamente políticas culturales para sociedades integradas si no es sobre la base de la solidaridad entre los diferentes. De modo que una base absolutamente inexcusable para una política cultural democrática será eso, ambientar pactos entre culturas, ambientar un pluralismo efectivo y no simplemente la "tolerancia" resignada de lo diverso que no nos cambia ni interpela.

Por último, quiero dejar planteada otra idea: la necesidad imperiosa de apostar a la flexibilidad, al énfasis en las cuestiones del conocimiento, de la innovación, de los recursos humanos, de profesionalizar el tema de la gestión cultural, de evita la mera copia de recetas importadas. Sobre todo el plano cultural y en el de sus políticas, no todas las sociedades cambian igual. Y aquí tenemos ejemplos muy sanos a los que podríamos recurrir, que nos vienen de las políticas científicas y tecnológicas: entre ellas la idea del "sastre tecnológico" que asumen muchos científicos básicos, aquél que es capaz de interpretar un problema o una necesidad y de buscar y construir una solución original, que diseña soluciones a la medida de aquellos a quienes destina su política. Hoy en día el 80% de un diseño adaptado, en la tecnología por ejemplo, es valor agregado de conocimiento local. Esto también tendría que valer para el diseño desafiante de políticas culturales efectivamente renovadas.

Gerardo Caetano

Historiador y analista político. Director del Instituto de Ciencia Política y Docente e investigador de la Universidad de la República de Uruguay. Coordinador del Programa de investigaciones interdisciplinarias sobre Democracia e Integración en el Centro Latinoamericano de Economía Humana. Presidente del Centro UNESCO de Montevideo. Docente en cursos de grado y de postgrado en varias instituciones de Uruguay y extranjeras. Ha sido consultor de organizaciones internacionales como la OEA, BID, PNUD, UNESCO. Sus temas de especialización han sido: historia uruguaya y latinoamericana del siglo XX; prácticas y modelos ciudadanos y políticas culturales; democracia e integración regional. Ha ejercido como periodista político y cultural en radio y televisión por más de una década. Ha recibido numerosos premios por su labor académica. Autor de numerosas publicaciones en áreas de su especialización