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Joseph Maila






Número 6 - mayo - agosto 2004

La diversidad cultural y la paz

Joseph Maila(*)


En poco más de diez años el mundo ha cambiado considerablemente. No sólo sufrió una profunda transformación que lo condujo en el plano internacional de las realidades bipolares hacia una realidad más diversificada que se busca hoy entre multilateralismo y unilateralismo, sino que además ha sido objeto de una transformación tecnológica que ha acercado a las culturas del mundo, gracias a un progreso inédito de las tecnologías de la comunicación, y las ha puesto en contacto unas con otras. Estas dos transformaciones, la del poder y la de la comunicación, han tenido consecuencias importantes y contradictorias en la evolución en curso y en la relación de las culturas entre sí.

La diversidad cultural y las amenazas que la acechan

La transformación del poder a escala mundial nos ha enfrentado de pronto a la polisemia del mundo. La desaparición de las divergencias ideológicas de la Guerra Fría, el final de las certezas mesiánicas, el derrumbe de las ilusiones de un progreso obtenido al precio de la supresión, cuando no del aplastamiento, de los derechos humanos han suscitado la esperanza de un mundo descompartimentalizado, liberado ahora de las trabas a la libertad y la libre expresión. Se entiende por «polisemia del mundo» la propensión de cada cultura a expresarse en el espacio mundializado realzando sus propios valores, reivindicando su identidad como una fuente inagotable de la que surgen una visión del hombre y de sus derechos, pero, asimismo, una representación de los grupos y sus lazos de civilidad. El espacio mundializado ha dado lugar a la mayor visibilidad de las culturas. El progreso de las tecnologías de la comunicación también desempeñó en ello un papel importante. Hizo que la proximidad de las culturas se volviera palpable y que su coexistencia fuera pensable. Jamás como en la mundialización se han tejido esas relaciones múltiples que nacen entre las culturas cuando toman unas de otras sus rasgos distintivos, cuando éstas se mezclan y se mestizan tomando entre sí sus rasgos específicos para integrarlos cada una de ellas en su espacio social y simbólico propio. Este intercambio a escala mundial indica una aculturación, una asimilación por parte de cada cultura de una porción del alma y la materialidad de las culturas otras.

Sin embargo, en el momento en que surge la diversidad y el pluralismo culturales, la cultura, cada cultura, se expone a grandes peligros. No tanto el peligro de ver su unidad en riesgo de quebrarse o su homogeneidad ceder ante el aporte de culturas alógenas. Más bien el peligro de verse amenazada en su centralidad y en su exclusividad como dispensadora de sentido y valores. Surge entonces la amenaza confusamente percibida de ver desaparecer el carácter «operatorio» de la cultura cuando ésta tiende a informar el comportamiento de los seres que la comparten, cuando les indica modalidades de comportamiento o modos de pensamiento aceptados en la sociedad en la que viven, cuando ya no basta para construir esa forma de reconocimiento en la cual todo ser se encuentra a sí mismo y encuentra las raíces de su ser que llamamos «identidad». El riesgo es entonces quedar desenclavado en su propio espacio simbólico, excluido de su propio mundo, vuelto sin embargo a tal punto extraño para sí que el universo cultural de cada individuo se transforma en un mundo de extrañeza y alienación. Tales eran, hasta no hace mucho tiempo, las angustias y los miedos de los pueblos del Tercer Mundo en la época de la colonización cuando comunidades enteras dejaban de reconocerse en su cultura de origen y comenzaban a sospechar que un poder exterior les quería imponer su propia cultura. Surgían oposiciones y resistencias que nutrían rebeliones contra la opresión, incluida en sus formas culturales. Felizmente hemos superado todo aquello. La época en que los pueblos intentaban imponer por la fuerza a otros sus normas y valores ha quedado en el pasado. Pero nuestra época, más insidiosa, tiende, mediante una suerte de «coerción simbólica» (Bourdieu) ¯esa fuerza que se ejerce sobre los espíritus¯ a infiltrar los poros culturales de las sociedades para moldear ese hombre cultural «unidimensional», retomando la expresión del desaparecido filósofo Herbert Marcuse, que señalaría el nacimiento del tiempo mundializado de la cultura homogénea. En los albores de esta nueva época, podríamos decir que tres peligros acechan la diversidad cultural.

Diversidad cultural y hegemonía

Un primer peligro es que la diversidad cultural se torne en ventaja de una «supercultura», una cultura de culturas, que se impondría desde arriba a todas las culturas, cubriéndolas y volviéndose de algún modo el idioma común de la mundialidad. El peligro no reside aquí en anular las culturas en su existencia diversificada y diferenciada, sino simplemente en provocar la relegación de las culturas, su marginalización. Éstas últimas quedarían entonces reducidas a un estatuto de «indigenidad», similares a esas lenguas vernáculas que no tienen otra función que la de expresar el aspecto utilitario de la vida, dejando a la «supercultura» la función de decir y vehicular las transformaciones del mundo, los nuevos valores y las innovaciones que importan en la vida de los hombres. Es una postura de esquizofrenia cultural la que lleva a separar en la vida de los grupos culturales lo que tiene que ver con las normas y la tradición, por un lado, y lo que depende de las técnicas y los valores que se les vinculan, por el otro. En esta nueva configuración, la «supercultura» permitiría incluso el pasaje de una cultura a otra. Sería el médium obligado entre las culturas. Sería, en suma, la lengua en la cual todas las lenguas del mundo podrían encontrar su equivalente, traducirse y comprenderse. Desde luego, el riesgo no reside en el pluralismo de las lenguas y culturas, sino en una especialización rígida que asignaría, en definitiva, a una lengua o a una cultura funciones que no se les otorgaría a las demás. El conjunto cultural lingüístico anglosajón está a punto de ocupar esta posición dominante, mediante su lengua, su potencia tecnológica y económica y su influencia en el universo de los medios de comunicación. Se encuentran allí reunidos todos los ingredientes de la hegemonía y una especie de signo de la potencia que existe. Y que viene. Querer ignorarlo implica exponerse no a una monocultura sino a la aceptación de lo que podríamos designar como una lengua de lo esencial: una lengua del mundo que impondría al mundo su lengua administrativa, artística o científica y que dejaría a las demás lenguas y culturas un ámbito de especificidad menor, fragmentos de historia confinados al folklore de las naciones. Preservar la diversidad cultural es permitir la omnifuncionalidad cultural, es decir, que cada cultura pueda asumir por medio de sus elementos constitutivos y sus valores específicos los diferentes aspectos de la vida cultural, científica o estética de una comunidad humana.

Diversidad cultural y repliegues identitarios

A la inversa del primero, el otro peligro que acecha a la cultura, y con ella a la diversidad cultural, es el del arrinconamiento: que quede reducida a significar un marcador de identidad tan estrecho y autocentrado que termine excluyendo cualquier coexistencia. De hecho, con las guerras identitarias y los conflictos étnicos que han ensangrentado durante la última década a países de pluralismo cultural, hemos visto identidades llevadas al extremo reivindicando para sí, y excluyendo a las otras, el territorio, la ley y el poder. El repliegue de las culturas sobre sí mismas, este nivelamiento «hacia abajo» de la identidad reducida a los albures del nacimiento, el color de la piel o la afiliación religiosa, da cuenta de la función restrictiva y de exclusión que puede asumir la cultura en ciertas circunstancias. Todo ocurre entonces como si el grupo, consolidado en torno de sus valores y sus símbolos que ya no sirven más que para garantizar su unidad y cohesión, se cerrara a toda alteridad, negándose incluso a tolerar sus huellas en el espacio que le es propio. En nombre de una identidad de combate, «mortífera», étnica y discriminatoria, la vida con los demás se declara imposible. La tierra es entonces «limpiada» en nombre de la identidad. Las comunidades y los grupos que no comparten la cultura, la lengua o la religión del grupo más poderoso sufren debido a su diferencia las exacciones más duras. Esta instrumentalización de los valores y las culturas por la que se convierten en fortalezas del encierro identitario es una inversión de las funciones de la cultura. La identidad se vuelve una herramienta destinada exclusivamente a la definición de sí mismo y el principio de una oposición a los otros. Los valores, el espacio y la razón política son puestos al servicio de la exaltación de la identidad más estrecha. La diversidad cultural ya no está limitada o amenazada. Es simplemente negada. La guerra se inscribe así insidiosamente en las funciones de la cultura.

Una de las primeras funciones de la cultura en los conflictos es que ésta aparece como un prescriptor de identidad. Cuando las naciones estallan y se derrumba la autoridad que garantizaba su unidad, o la identidad política que garantizaba su cohesión, se apela fuertemente a la cultura, a través de algunos de sus aspectos tales como la lengua o la religión, como el marco dispensador de una identidad alternativa. La identidad cultural se hace valer entonces como el sustituto de una identidad nacional difunta o desfalleciente. Así, sin ser exclusiva de otros elementos culturales, la religión, por ejemplo, es llamada a desempeñar el papel de soporte identitario en comunidades que no dejan de reconocerse en la identidad nacional que, antaño, englobaba las diferentes pertenencias de los ciudadanos de un Estado o los miembros de una nación. En Bosnia, la configuración de las fuerzas antagonistas en presencia cubría la pertenencia a las comunidades, ortodoxa, católica o musulmana. Las poblaciones de Bosnia tienen sin embargo una lengua en común. La diferenciación en comunidades distintas se operó sin embargo sobre una línea de fractura religiosa trabajada por una historia trágica. Se podría comparar fácilmente el caso bosnio con el caso libanés, en el cual comunidades confesionales aun sumergidas en el mismo universo lingüístico y en el mismo entorno global han percibido no obstante, durante la guerra que desgarró al país, su identidad y su porvenir a través de las grillas de valores y cultura antagonistas.

Una segunda función que cumple la cultura en situación de conflictos identitarios tiene que ver con la legitimación que puede aportar a la acción política del grupo en guerra. Este carácter difuso, casi espontáneo, puede agravarse y volverse explícito cuando instancias culturales, regionales o religiosas asignan un claro reconocimiento a causas étnicas, clánicas o confesionales. La cultura desempeña en este caso el papel de una religión desviada que aporta una suerte de «bendición» a una causa, haciendo creer, por ejemplo, que violencias «inevitables» inherentes a la acción son «aceptables». La línea y los medios de defensa del grupo son presentados como estrategias de supervivencia frente a la amenaza que harían planear comunidades opuestas.

Por último, las culturas presas en los meandros de los conflictos pueden transformarse en una verdadera fuerza de movilización. En circunstancias de crisis, la cultura da testimonio de su temible capacidad de sensibilizar los espíritus y galvanizar las energías. Orientado a la defensa de una tierra «sagrada» o de una causa igualmente «sagrada», el combate identitario cobra el aspecto de una guerra santa. Tras su impulso pueden constituirse partidos llamados religiosos que hacen del componente religioso de ciertas identidades una verdadera plataforma para el activismo político. En numerosos conflictos del mundo, en India, Afganistán, Sudán, Israel/Palestina, la radicalización política puede extraer del fondo cultural de las religiones los resortes de su acción. Proteger la cultura o los valores del grupo, preservar su territorio, se convierten en exigencias de reacción a favor de la salvaguarda de un «sagrado-profano» que reviste en la ocasión todos los rasgos de lo sagrado. Lo político termina de instrumentalizar la cultura ¯en realidad, de someterla a los fines del poder, de preeminencia o reparto inicuo de las riquezas, cuando llega a sacralizar el espacio comunitario (topos), a exaltar las normas, los símbolos, los valores y las reglas del grupo (nomos) y a establecer un discurso (logos) de exclusión.

Diversidad cultural y choque de imaginarios

El tercer peligro que acecha a la cultura se sitúa en el plano internacional. La mundialización, antes de ser un acercamiento de los espacios, es un poderoso revelador de desigualdades. La situación de indefensión en la competencia económica internacional de conjuntos geoculturales que ocupan posiciones de importancia desigual, el triunfo del mercado y de los valores correspondientes al orden liberal, la preeminencia ligada a los derechos humanos como si pertenecieran a una única civilización y que su formulación dependiera de una única cultura, todo ello ha agrandado la distancia entre las regiones del mundo. Una impresión de triunfo se desprendía de la proclamación de un «fin de la historia», entendida como el congelamiento del mundo en una imagen, una configuración y un modelo que serían los de Occidente. Los trágicos acontecimientos de Irak ilustran esta percepción diferenciada y esta sospecha de hegemonía que puede ser vinculada a una cultura cuando ésta mezcla las razones de una intervención con el advenimiento de un orden moral o cultural. El drama del choque contemporáneo de valores y símbolos reside en esta parte supuesta e imaginada de superioridad cultural y de gobernanza que se pretende ética y que se propone como lo que está casi exclusivamente en juego en las relaciones internacionales. En realidad, si existe drama, éste reside más bien en el hecho de tomar la vía de las culturas y especialmente las religiones para expresar y encarrilar las protestas contra un orden del mundo percibido como injusto. Reside también en el recurso a lenguajes culturales en los cuales la función crítica se moldea en los términos de una oposición cultural para construir estrategias de protesta. Todo ocurre como si las líneas de fractura ya no fueran las de las ideas o las ideologías ¯es decir, de naturaleza política¯ sino las de las culturas ¯de naturaleza normativa. Las culturas se opondrían en un enfrentamiento por la imposición de los principios de regulación del orden internacional. Si la teoría del choque de civilizaciones tiene algún viso de verdad, habría que poner en foco el torcimiento y el desvío de los filtros culturales de percepción del mundo toda vez que fracasen el diálogo y la cooperación. El error de una teoría del choque de las civilizaciones consiste en olvidar que la cultura es inseparable del progreso y la organización material del mundo, y que la movilización cultural adviene cuando la toma de conciencia de un retraso es agudizada por la marginalización en la participación equitativa en la gestión del bien común universal o en la toma de decisiones.

El diálogo de las culturas, cuya finalidad es el acercamiento de las culturas, supone como primera condición su libre expresión y la preservación de su diversidad. Pero supone también un entorno favorable a la concertación sumado a la voluntad de asociar los destinos de los pueblos a la gestión de su planeta común. Defender la diversidad de las culturas es a la vez defender la especificidad de cada cultura con relación a todas las demás y la necesidad para cada una de ellas de cooperar con las otras.

Las funciones de la cultura

Antes de pensar estrategias de cooperación, este modo de abordar los problemas de la diversidad y los peligros que pueden amenazarla nos lleva a señalar, a manera de recordatorio, las funciones que la cultura cumple o debe cumplir para que sean preservados el diálogo y la cooperación entre los hombres.

La cultura es ante todo el prisma a través del cual un hombre lee el mundo, da un sentido a la vida en sociedad, una orientación a la organización de sus relaciones con los otros y a la coexistencia de las sociedades entre sí. La cultura comporta una parte de organización material de la vida social del mismo modo que sintetiza para cada miembro del grupo que se reconoce en ella los valores fundadores de su ser en el mundo y su ser con los otros. Tanto, si no más, como los valores seculares, toda cultura vehicula las dimensiones de la transcendencia. Cuando un grupo humano se encuentra movilizado por una causa importante o se siente amenazado, estos valores pueden volverse un refugio que puede transformarse en bastión y una defensa que puede convertirse en violencia. Nosotros, que vivimos hoy un encuentro inédito de las culturas, algunas de las cuales atraviesan un momento de resurgencia de lo religioso, deberíamos estar más atentos aún a este cruce particular de los valores del cielo y de la tierra.

La cultura es, en segundo lugar, un vector de identidad. Es un signo de pertenencia porque ha sido antes que nada un medio de socialización, educación y formación de la parte colectiva de nuestra identidad. En este sentido, es tradición y transmisión. La tradición es lo que es dado como un marco histórico de referencia, de enraizamiento e identificación. Transmitir es mantener el vínculo que une a las generaciones y proponer a cada individuo las condiciones de su inserción en el conjunto al que pertenece. Preservar los lugares simbólicos de pertenencia y perennizar los canales de la transmisión es trabajar por la salvaguarda de las culturas y obrar con vistas a la diversidad cultural.

Finalmente, la cultura es lo que reúne a los seres humanos en la común humanidad. La cultura es, pues, también una manera de ver a los otros, de pensarse con ellos, de tomar conciencia de que la pertenencia a un grupo comanda al mismo tiempo ciertas reglas de relación con los otros. Lo cultural es de entrada también lo intercultural. En efecto, ¿de qué valdría una cultura que no sirviera más que a la definición de sus miembros en un mundo en el que ninguna cultura está sola ni es solitaria? Formular la pregunta de este modo implica admitir que toda cultura está orientada hacia los otros y que esta orientación define múltiples estrategias. Estas estrategias pueden favorecer actitudes de apertura como pueden generar bloqueos, desconfianzas y conductas de cierre. «Nosotros y los Otros»: la dialéctica de las relaciones interculturales permanece abierta. Por tanto es una puerta hacia la alteridad y el soporte de una cultura de paz y cooperación entre conjuntos diversos y plurales. «Nosotros contra los Otros»: la defensa identitaria se convierte en el único objeto de la política cultural. Contribuye a la creación de barreras culturales y se torna hostilidad y desconfianza. Del devenir de las relaciones entre las culturas plurales depende no sólo el futuro de la diversidad, sino también el refuerzo de nuestras defensas culturales contra el choque de los imaginarios y la exacerbación de las pasiones identitarias.

Propuestas para una estrategia de refuerzo de la diversidad y la cooperación culturales

Las propuestas para un refuerzo de la cooperación entre las culturas con vistas a crear un entorno pacificado tienen que ver tanto con estrategias culturales que apunten a la cultura de la paz y su difusión, como con verdaderos modos de prevención, gestión y resolución de conflictos que nacerían en circunstancias de gestión de reivindicaciones culturales o de percepciones contradictorias de valores e ideas en el plano mundial.

La difusión de la cultura de la paz podría entenderse según tres ejes.

Un eje del ver, en primer término, en el que se trataría de colaborar para una modificación de las percepciones y las imágenes de las culturas otras. Más específicamente, la difusión de «clichés culturales» vehiculados por los medios masivos de comunicación requiere que se intente una educación a las culturas otras para no seguir cultivando esquemas someros y simplistas, cuando no caricaturales o depreciativos, que favorecen los prejuicios y las imágenes deformadas del Otro. Esta estrategia implica una acción de socialización y de educación en la base, por la vía de la promoción de la diversidad cultural en el nivel de los programas de enseñanza, de la escuela a la universidad. Esta óptica ha sido adoptada por la Francofonía en la Conferencia Ministerial de Cotonu sobre la cultura en 2001. Una colaboración entre nuestras tres áreas lingüísticas permitiría coordinarla y generalizarla. Nada se podrá intentar en la materia si, en lo tocante a los medios de comunicación audiovisuales, no se emprende una política de sensibilización a la diversidad cultural, respetuosa de las especificidades y de la dignidad de cada una de las culturas.

Un eje del creer, en segundo lugar, que reconocería todo su lugar a las convicciones, las ideas, las creencias y los modelos culturales de los otros. Es necesario un mejor conocimiento de las culturas, las religiones y los sistemas de valores si se quiere honrar, respetar y proteger la diversidad cultural. De la ignorancia de los ideales de civilización y las convicciones morales, culturales o religiosas nace la desconfianza o, peor aún, el fanatismo que hace de la cultura propia un sistema de verdad y de la de los otros un tejido de errores o anacronismos. La tragedia del 11 de septiembre ha dado lugar, de una y otra parte, a un florecimiento de juicios apresurados de alcance cultural, moral o religioso que traducían, cuando menos, un desconocimiento de los sistemas de valores y creencias. Podría considerarse la posibilidad de organizar un diálogo trilateral, intercultural e interreligioso, asociando a representantes calificados de los grandes sistemas filosóficos y religiosos de nuestro tiempo.

Por último, un eje del poder, entendido como una capacidad de actuar, dado que se trata de organizar la diversidad cultural, en todos los niveles, y respetar en el plano constitucional y político el derecho a la diversidad cultural. Por consiguiente, más allá de la protección de las identidades culturales, habrá de encontrarse un equilibrio, en el respeto de las formas democráticas, entre la universalidad del derecho y la particularidad de los derechos culturales en el seno de los conjuntos nacionales. Una democracia abierta, representativa de la diversidad de lenguas y culturas, con una dimensión consociativa, es decir, de gestión del pluralismo gracias a la participación activa de todos los actores de la vida social, política y cultural es el mejor medio de hacer oír las voces de la diferencia.

En cuanto a los medios de prevenir, gestionar y resolver los conflictos, especialmente en el plano de su dimensión cultural, y de hacer de la diversidad cultural uno de los fundamentos de la paz, habrá de concebirse una acción de envergadura. Esta acción se articularía en torno de tres puntos fundamentales.

En primer lugar, se impondría un trabajo de elucidación, que consistiría en reflexionar sobre las amenazas a la paz propias de nuestro tiempo. Es preciso un informe sobre el «estado del mundo». Este informe tomaría la medida de las amenazas que pesan sobre la paz y la seguridad internacionales. Diagnosticaría con detenimiento las fracturas, especialmente aquellas de tipo cultural que acechan el orden internacional y preconizaría una serie de medidas a tomar para prevenir la amenaza y reducir la brecha cultural que separa a las naciones y los conjuntos geoculturales del mundo.

Luego, habrá de emprenderse un trabajo de observación y de alerta. Podría llevarse a cabo mediante la creación de un observatorio de las prácticas democráticas, del respeto de las libertades, los derechos humanos y la paz. En la continuidad del Simposio Internacional de Bamako, que prevé un mecanismo muy preciso de alerta, investigación y sanciones en caso de violación de los derechos humanos y de ruptura del orden constitucional y de la paz, sería inminente la implementación de un observatorio de este tipo.

Por último, debería programarse un trabajo de mediación. Se llevaría a cabo a través de la creación de un Centro de mediación y facilitación cuya tarea principal será formar mediadores y proponerlos en casos de conflictos a las partes en disputa de manera de ayudarlos a superar sus diferendos. Este Centro capacitará en modos de resolución pacífica de conflictos poniendo el acento en el abordaje cultural de la resolución de conflictos con el fin de contribuir a la construcción de sociedades pacificadas.


Autor:

Joseph Maila (*)

Docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas en el Instituto Católico de París. Profesor de Ciencias Políticas y Director del Centro de Investigación sobre la Paz (CRP, París) y del Instituto de Formación en Mediación y Negociación (IFOMEN). Miembro del Comité de redacción de las revistas Esprit y Etudes