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Número 8 - abril-junio 2006

El diálogo turismo y cultura

Damián Moragues Cortada(*)


Introducción

Hace ya bastantes años, colectivos de la gestión cultural y del sector turístico, mantenían reuniones y contactos, como los Seminarios sobre Turismo y Cultura que el CERC de la Diputación de Barcelona organizó en los años 80 y que tuve la oportunidad de coordinar. La génesis de estos encuentros entre profesionales radicaba en la convicción de que existía un divorcio técnico y dinámico entre los ámbitos de la cultura y del turismo, que se intentaba superar a través, al menos, de debates entre personas implicadas en ambas áreas de actividad. Muy posiblemente, este intento, como otros muchos que se produjeron y se han ido produciendo en los últimos 20 años, han acercado posiciones y, naturalmente, han generado perspectivas novedosas, algunas positivas y otras menos afortunadas. No se puede afirmar hoy, tal cual lo hacíamos hace 20 años, que cultura y turismo sean conceptos antagónicos, pero sí podemos decir que el diálogo, la interacción entre los dos ámbitos no es el que se supone que debiera ser.

En un proceso rápido, sin mucha reflexión, y con una perspectiva muy pragmática, se acuñó el término turismo cultural que parecía, o todavía parece, el punto de encuentro entre cultura y turismo. El origen tiene mucho que ver con necesidades de mercado, tanto de la gestión cultural como del propio sector turístico y queda acotado a propuestas de productos, marginales en gran parte de las ocasiones, sin intervenir en aquello que sería lo esencial de los dos ámbitos. A pesar del paso del tiempo y tras mucho debate hay, todavía, desde el mundo de la cultura, una percepción de lo turístico como algo de segunda categoría o nivel, solamente aceptable por la trascendencia económica que puede suponer. En cuanto al sector turístico y a pesar del reiterado discurso de la sostenibilidad, siguen primando los modelos extractivos, en los que cultura, territorio, etc. son componentes consumibles de productos banales y de inmediata rentabilidad.

Se puede argumentar – y es cierto- que existen discursos teóricos más allá de esta visión simplificadora. Sin embargo, en mi práctica cotidiana de planificación turística y desarrollo de productos turísticos de los últimos 25 años, la realidad objetiva muestra que, desafortunadamente, seguimos anclados en esa simplicidad.

No se pretende aquí descubrir el paradigma universal de la simbiosis cultura turismo sino, simplemente, explorar opciones más abiertas de interacción entre ambos conceptos, de manera que se supere la simple relación marginal que supone el turismo cultural entendido en los términos más habituales.

Esta reflexión pretende proporcionar elementos de debate y, quizás, poner en cuestión la misma denominación de turismo cultural que, inercialmente, parece abarcar el todo de la relación cultura / turismo.

Las definiciones

Nótese la dificultad al tratar de cultura y turismo de utilizar algún término muy concreto, sea ámbito, sector, actividad etc. Muy probablemente la amplitud de conceptos, su transversalidad, dificulta esta precisión. No me atrevería a definir cultura o lo cultural. No es mi tema y dudo que pudiera hacerlo. En cuanto a turismo sí puedo afirmar que hay un gran debate de definiciones, producto del descubrimiento evolutivo de las interacciones de esta actividad o sector con todo su entorno social, cultural y económico. Hay quienes afirman que, en realidad, el turismo no es un sector como tal, sino que es una actividad que afecta a muchos sectores. De ahí la dificultad de ubicación del turismo en los esquemas organizativos de la actividad política y económica. Se discutía recientemente, aquí en Brasil, la conveniencia o no de disponer de un Ministerio de Turismo (2003), ya que ello supone que si alguien se dedica al Turismo, los demás no tienen porque hacerlo. Otros países no tienen este Ministerio, porque se supone que todos los estamentos de la Administración Pública, también Cultura, tienen presente este fenómeno y forma parte de sus políticas. En todo caso lo que resulta evidente es la transversalidad de la dinámica turística que afecta y se ve afectada por todos o casi todos los sectores sociales y económicos.

Si aceptamos como Turismo la definición de la OMT de 1994, “el conjunto de actividades que realizan las personas durante sus viajes a lugares distintos de su contexto habitual, por un período inferior a un año, con propósitos de ocio, negocios y otros motivos “ nos damos cuenta de su inmensa amplitud y, por tanto, de las enormes potencialidades que implica. Al mismo tiempo, parece obvio que la Cultura, en sentido amplio, es un pilar trascendental de la actividad turística, sobre todo si vamos más allá de la concepción turismo/ocio/banalización y nos acercamos más al origen del turismo, la curiosidad, la necesidad de descubrir y saber (Curiosidad en Movimiento. Bertran M. Gordon).

En la exploración de las virtualidades del turismo hay una perspectiva, generalmente poco considerada, por la visión tópica de actividad extractiva, y que tiene mucha trascendencia en la relación con la cultura, y que trata del turismo como instrumento, como medio de difusión, que, a diferencia de los medios de comunicación habituales acerca el público a la noticia ( cultural, social, etc.) en lugar de llevar la noticia al público.

Estamos pues ante dos conceptos amplios, difícilmente acotables, y con múltiples posibilidades de interacción. Es, por tanto, difícil aceptar una definición de turismo cultural muy precisa que, en todo caso, limitaría muchas de las posibilidades de interacción. La opción, posiblemente, pasa por considerar la perspectiva desde la amplitud en lugar de intentar delimitar aspectos muy específicos.

Turismo y Cultura

El llamado fenómeno turístico es relativamente reciente en la forma en que hoy lo conocemos. Sus antecedentes, viajeros románticos y exploradores, tendrían un mayor componente cultural -aunque probablemente muy elitista- que el del turismo de hoy en día. Aún así cabría preguntarse si lo que llamamos hoy cultura es lo mismo que lo que se entendía en la época de los primeros viajeros a los que aludo. En todo caso nuestra época está marcada por la preeminencia de unos modelos turísticos extractivos, creadores de paraísos prefabricados en los que un barniz de exotismo cultural forma parte de los componentes de la oferta. No hablamos pues de cultura sino de subproductos aparentemente culturales insertos en una amalgama de experiencias fascinantes. Y cuando hablamos de subproductos, paraísos prefabricados, experiencias fascinantes, etc. no nos alejamos mucho de los calificativos que, frecuentemente, se suelen utilizar en la consideración de muchos consumos culturales ( TV, cine, música, literatura, etc.) de carácter masivo en nuestra sociedad. Hay pues una industria turística que proporciona carnaza a las masas y, también, industrias en el ámbito cultural que hacen algo parecido. La sociedad, en sus consumos masificados, actúa en todos los ámbitos de forma parecida. La cuestión está en saber que papeles juegan la educación y el mercado en todos estos procesos. En todo caso éste sería un tema demasiado amplio para incluirlo en esta reflexión.

Cierto es que no todo el turismo son viajes all inclusive masificados y banalizantes. Hay una parte, notable pero porcentualmente reducida, de experiencias turísticas en las que la naturaleza, las culturas, las relaciones sociales e incluso la solidaridad, forman parte importante de la actividad turística. De los 760 millones de personas que han hecho turismo en el 2004 en todo el mundo, según cifras de la OMT, la parte del león, sin embargo, estaría en el primer grupo y en la medida en que avanzamos en la búsqueda de experiencias turísticas con valores culturales auténticos, respetuosos y que no interfieren negativamente en la población local, el porcentaje se ve abocado ineludiblemente a cifras muy poco significativas.

Podríamos deducir, quizás recuperando el concepto elitista de los primeros tiempos del turismo, que está bien que sea así y que desde el mundo de la cultura no se va a trabajar para quienes no tienen el conocimiento o la sensibilidad de apreciar lo culturalmente aceptable. Si asumimos esta opción reducimos a un espacio marginal la posible interacción positiva entre cultura y turismo. Suponemos, pues, que no hay posibilidad de intervención en el espacio del turismo mayoritario, que atiende a dinámicas y perspectivas muy alejadas de la realidad y autenticidad cultural. Esta consideración va más allá de una determinada función pedagógica de la gestión cultural con respecto a la sociedad. Tiene que ver, también, con aspectos tan pragmáticos como el volumen económico que pueden aportar al mundo de la cultura los grandes flujos turísticos.

Hay que convenir que el llamado turismo cultural hoy en día se mueve fuera de los espacios turísticos de mayor entidad, para ubicarse en nichos de mercado algunos de ellos muy especializados. Se trata naturalmente de una consideración muy esquemática del turismo cultural, centrado en el patrimonio y/o aspectos muy emblemáticos de la dinámica cultural de un país o región. Otra cosa sería, si se entiende el turismo cultural como aquel en el que el turista realiza algún consumo cultural. En este caso y siguiendo con la perspectiva de una visión amplia del concepto cultura, el porcentaje de turistas culturales sería abrumador.

En resumen, hay una cierta tendencia desde fuera del sector turístico a abandonar, por imposible, la parte cuantitativamente más importante de los flujos turísticos al albur de las decisiones, mayoritariamente especulativas, de un reducido grupo de grandes empresas, a las que no se imponen otros límites más que – en algunos casos – los medioambientales.

En una reciente colaboración con el Ministerio de Turismo de Brasil, en la investigación sobre la relación del turismo con el alivio de la pobreza, nos encontramos, precisamente, con procesos muy similares. La mayoría abrumadora, casi todas, de las experiencias orientadas al alivio de la pobreza en el mundo estaban circunscritas a pequeños espacios, áreas o destinos de carácter experimental, sin entrar, en ningún momento, en la parte importante de los grandes flujos turísticos domésticos e internacionales. Muy posiblemente la dinámica de estos modelos turísticos es suficientemente potente e imperativa como para frustrar las perspectivas de intervención externa desde una u otra óptica, que no esté en los parámetros convencionales de esa industria turística. Aún así, en cualquier caso, la opción no pasa, solamente, por la marginalidad de las propuestas, sino que sería deseable la intervención en la parte más importante de la dinámica turística convencional.

Dos perspectivas tienen que ver con esta marginalidad del contacto práctico entre cultura y turismo. Por una parte la escasa tradición de considerar el turismo como instrumento, como herramienta eficaz de difusión. Así como se asume la importancia de utilizar los medios de comunicación convencionales para la difusión de las propuestas culturales, lo que significa la adquisición o contratación de tecnologías que nos permitan hacerlo, no se hace lo mismo con respecto al turismo. Se supone, incomprensiblemente, que será el sector turístico, la industria turística, quién tomará la iniciativa de incorporar –en algunas ocasiones con trabas- las propuestas culturales a sus contenidos. Si analizamos el esquema operativo de las grandes empresas que controlan los flujos turísticos más importantes es impensable que esto se produzca más allá de lo que ya apuntábamos anteriormente, la complementariedad o el barniz que hagan más atractivo el producto turístico final..

Una segunda perspectiva es la que concierne a la planificación turística, ámbito en el que es notable la ausencia de los gestores culturales. Cuando se planifica turísticamente se están definiendo modelos, es decir, se está definiendo lo que va a ocurrir turísticamente en aquel territorio. Dependiendo del modelo se van a producir más o menos impactos en la cultura local. Al mismo tiempo, cuando planificamos, estamos decidiendo también el grado de inclusión de las propuestas culturales en el conjunto de la oferta turística del destino, no tan solo cuantitativamente sino, lo que es tanto o más importante, cualitativamente.

La planificación turística, en la actualidad está notablemente influenciada por el origen de las iniciativas públicas de planificación. Por una parte las iniciativas que tienen como objetivo la generación de dinámica económica en zonas donde no hay actividad turística o ésta es incipiente. Aún cuando éste sería el mejor espacio para adoptar criterios de sostenibilidad e incorporar activos culturales significativos, hay que tener en cuenta que se produce una coincidencia perniciosa entre la urgencia de los gobiernos por crear dinámica económica y la visión de beneficio a corto plazo de los inversores turísticos, de manera que este tipo de planificaciones se resuelven generalmente, en la práctica, en modelos muy extractivos.

A otro nivel, se planifica en función de ordenar el caos. Es decir, cuando se ha iniciado una dinámica turística espontánea con crecimiento desordenado y hay que acotar ese crecimiento dentro de límites razonables. En realidad, aunque se obtiene cierto éxito en la mayoría de los casos, este tipo de planificaciones están fuertemente influenciadas por aspectos de marketing, que tienden a posicionar en el mercado el nuevo destino turístico. Por tanto, tienen mucho mayor peso las propuestas de comercialización, sobre las propuestas de estructuración de la oferta, en las que cabría una mayor incidencia de las opciones culturales.

Finalmente la iniciativa más conocida es la de la reordenación o reconversión de destinos turísticos que, por su propia voracidad, han entrado en un proceso de declive. Aquí podríamos incluir muchos destinos turísticos del mundo bien conocidos por todos. Es en este caso en el que se acude con más frecuencia a la oferta cultural para tratar de enriquecer el producto y darle una nueva perspectiva, que permita seguir manteniendo las cuotas de rentabilidad del destino o, al menos, su supervivencia.

Naturalmente existen otros modelos de planificación, más basados en criterios de sostenibilidad, aunque, desafortunadamente, no podamos afirmar que sean mayoritarios, al menos por las zonas en que se aplican a o por su evolución posterior.

Lo que sí es notable en todo este proceso es la ausencia de expertos y gestores culturales en los procesos de planificación. No tan solo por una exclusión explícita de los equipos de planificación, sino por la falta de voluntad participativa de los estamentos de la cultura. Es decir, el tema no va con ellos. Tanto es así que en múltiples casos en los que he intervenido profesionalmente, la máxima resistencia y dificultad ha estado, precisamente, en interesar e implicar a los responsables culturales de un territorio en los procesos de planificación turística.

Los riesgos de esta ausencia tienen una doble vertiente. Por una parte la ausencia de mecanismos de preservación de la cultura local frente a los procesos de aculturación o transculturación consecuencia de la actividad turística. Por otra parte la minimización de la integración de la oferta cultural, de manera significativa, en el contexto de la oferta turística global, con garantías de autenticidad y evitando las banalizaciones típicas del consumo de masas.

El abandono, pues, de la voluntad de intervención en los grandes procesos turísticos significa una cierta marginalidad de lo que comúnmente denominamos turismo cultural, circunscrito a opciones y mercados menores.

El turista

La relación del consumidor de los años 60/70 con el sector turístico se basaba principalmente en los servicios y en un conjunto de destinos progresivamente más estandarizados. A partir de los años 70/80 se inicia un tímido cambio, relacionado con los movimientos sociales en Europa, que pone en cuestión gran parte de los contenidos culturales y sociales de la oferta turística internacional. Aparecen en el mercado nuevas ofertas y empresas que, además del simple servicio turístico, ofrecen contacto con la naturaleza y el descubrimiento de nuevas culturas.

Esta evolución ha marcado una frontera, a inicios de los 90, entre el antiguo consumidor turístico, más indolente y menos exigente, y el nuevo consumidor turístico, más vinculado a la realidad social y cultural de los lugares que visita y más exigente en el conjunto de su relación con el turismo.

Se ha dado en tratar, en los últimos tiempos, de un “nuevo cliente turístico”, con unas características que lo definen aproximadamente.

El “nuevo cliente turístico” :

  • Es impaciente. Las nuevas tecnologías, así como la agilidad en los procesos de comercialización han ubicado en el mercado una técnica de respuesta inmediata o casi inmediata a la demanda del consumidor. El nuevo turista es, pues, alguien que precisa de respuestas instantáneas a sus requerimientos de información o de prestación de servicios.
  • Busca experiencias. Las motivaciones que generaron los grandes descubrimientos de finales del Siglo XIX y su componente romántica han desaparecido prácticamente, al estar todo el planeta descubierto y sistematizado. La necesidad de expresar esa búsqueda por lo desconocido implica la exigencia de experiencias en el tiempo dedicado a los viajes. Asimismo, la presión de las grandes urbes, con su uniformización, genera, también, la necesidad de nuevas experiencias que enriquezcan el bagaje personal de cada uno. Otros parámetros como la estandarización de los modelos de vida y de ocio, así como la incorporación de nuevos valores (solidaridad, sostenibilidad, etc.) a la conciencia colectiva han motivado, también, que el turista actual busque vivir experiencias innovadoras en su periplo de viaje.
  • Está bien informado y es exigente. El volumen de información turística actual, especialmente gracias a Internet, es muy importante, por lo que el turista actual dispone de recursos accesibles para obtener las informaciones que precisa. Este volumen de información, añadido a la voluntad de personalizar su propio viaje le confieren una característica de exigencia frente a la industria turística. Es decir, el viajero actual acepta menos la dinámica tradicional de un viaje organizado, en tanto que confía más en su propio criterio y tienen documentación para ello. Por otra parte tiende a diseñar su propio itinerario o, al menos, a incluir en los paquetes preorganizados sus propios intereses o inquietudes.
  • Busca una buena relación calidad/precio. El turista actual se mueve menos por símbolos de prestigio, aunque el viaje en sí mismo sea uno de ellos, y selecciona la calidad y el precio de los servicios que va a recibir. Una característica muy importante para el desarrollo futuro de productos es que el nuevo turista está dispuesto a pagar más por la incorporación de valores intangibles a su experiencia de viaje. La calidad adquiere en el turismo de hoy en día un valor absolutamente relevante, por lo que existe una preocupación del sector y un proceso acelerado en la aplicación de sistemas de calidad.

Según las referencias del World Travel Monitor las previsiones de la evolución futura del consumidor turístico se podrían sintetizar en el siguiente bloque:

  • Continuación y posible aumento de la preocupación en seguridad.
  • Períodos vacacionales más cortos y más frecuentes, con menos descansos cortos / fin de semana, de una a tres noches de duración.
  • Cambios hacia turismo doméstico o regional.
  • Retraso en la formulación de reserva e incremento del uso Internet.
  • Aumento de la demanda de paquetes parciales o a la medida, sobre los paquetes tradicionales.
  • Mayor interés en vacaciones que ofrezcan una experiencia, sobre el destino o producto.
  • Demanda de vacaciones como vivencia de experiencias, incluyendo inmersión en la cultura local y proximidad a la naturaleza.
  • Productos novedosos y alojamiento no convencional.

La perspectiva, pues, del que podríamos denominar nuevo consumidor turístico nos acerca mucho más a las potencialidades de la oferta cultural, sin olvidar, tal como se dijo anteriormente, que la tendencia no significa que la realidad del gran bloque de consumos turísticos tenga hoy ya estas características.

A estas tendencias estandarizadas podríamos añadir dos factores muy significativos en el comportamiento de las personas ante la actividad turística. En primer lugar el carácter policonsumidor del turista actual. Es decir, la misma persona, con circunstancias demográficas invariables, realiza consumos turísticos muy distintos en función de motivaciones o situaciones distintas. Una misma persona puede ser un cliente ocasional de turismo rural, de turismo de negocios o congresos por su actividad profesional, de turismo de aventura en unas cortas vacaciones o del llamado turismo cultural durante un fin de semana. Por tanto la tradicional asimilación producto/segmento de mercado pierde valor en favor de los canales de distribución que, como en un supermercado, ponen al alcance del consumidor turístico el producto que precisa en cada momento. Así pues, podemos poner en cuestión la existencia del turista cultural, entendido como un individuo de características especiales o acotables. Todos somos susceptibles de opciones turísticas distintas en circunstancias también distintas. Incluso, dentro de un mismo viaje, la multiplicidad de intereses y consumos es amplísima. Hay muy pocos consumidores exclusivos de museos. Sí, en cambio, la gran mayoría de quienes viajamos combinamos, en el mismo periplo, preferencias y consumos muy variados. En segundo lugar parece que el factor precio determine, en turismo, de una manera incontestable, la decisión del consumidor, cuando, en realidad, se está dispuesto a pagar más por el valor añadido de una experiencia novedosa o por la garantía del rigor científico o cultural de la oferta que se nos presenta. Muy probablemente, el déficit no está en el escaso criterio del turista potencial, sino en la falta de opciones concretas, con ese valor añadido, donde poder elegir. En resumen, falta producto con contenidos creativos, rigurosos y atractivos. Se mide, se valora y se trata de calidad en turismo, referida tan solo a factores de servicios (hoteles, transportes, etc.). No se trata, casi nunca, de calidad de contenidos. Este es un reto que debe aceptar el mundo de la cultura

En síntesis, aparece en un horizonte emergente una tipología de turista más sensible a nuevas experiencias y valores, con mayor criterio en sus procesos de decisión, más respetuoso con las culturas locales e interesado por ellas y capaz de valorar contenidos culturales auténticos e interpretados con rigor. Esta perspectiva, a largo plazo, puede y debe significar un cambio, también, en la generación de oferta adecuada a las nuevas necesidades.

Espacios y estrategias de encuentro

Por lo expuesto anteriormente, se aprecian, en una visión amplia, múltiples espacios de encuentro entre cultura y turismo, posiblemente más allá de la simple cooperación mercantil en la ubicación en el entramado de la industria turística de propuestas selectivas dirigidas a colectivos minoritarios.

Una primera consideración, ya apuntada anteriormente, se relacionaría con la concepción del turismo, por parte del mundo de la gestión cultural como un instrumento, un medio más, con sus técnicas específicas, para la difusión y rentabilización sostenible de los recursos culturales, tangibles e intangibles. Es decir, la iniciativa no correspondería ya a la industria turística, poco documentada y escasamente consciente de los aspectos culturales, sino a las entidades y gestores de la cultura en un proceso de implicación con el turismo, en su doble perspectiva difusora y de rentabilización.

Una segunda consideración se referiría a los distintos niveles en que la oferta cultural debería insertarse en el mundo turístico. El perfil del turista actual, al que nos hemos referido anteriormente, no es mayoritariamente culto y estudioso. La banalización forma parte del contexto de su vida cotidiana y de gran parte de sus consumos culturales o pseudoculturales. No por ello se propone aquí banalizar la cultura, sino que se trata de, en un proceso creativo, de generar mecanismos de interpretación asequibles a la mayoría de los ciudadanos y comprensibles en el contexto de las nuevas técnicas de comunicación y de ocio. Los atractivos turísticos son muy amplios y modulables a la medida de las necesidades e intereses del consumidor potencial. Por poner un ejemplo, que a algunos puede sorprender, es más atractivo turísticamente el proceso de trabajo de un arqueólogo que el vaso campaniforme resultado final de su cometido. Probablemente la labor esté en explicar de forma lúdica, pero rigurosa, este trabajo arqueológico, de manera que al final se comprenda que es el vaso campaniforme.

En este contexto cabría plantearse, en primer lugar, una implicación decidida del mundo de la cultura en los procesos de planificación turística, de manera que los modelos resultantes de la planificación contengan criterios serios y documentados como componentes de la oferta y se preserve la autenticidad y valor de las culturas autóctonas. Si la iniciativa corresponde exclusivamente al sector turístico, el riesgo de superficialidad y de impacto negativo sobre la realidad cultural local es evidente. Se acude, frecuentemente, a la idea de la sensibilización de la industria turística para evitar estos riesgos. Hay que tener presente que, en otros ámbitos, como el medioambiental, se trató en su momento de sensibilización, pero los resultados en términos de conservación no han llegado hasta que la sociedad, sensibilizada, ha generado normativas legales de protección. La sostenibilidad medioambiental no se basa, hoy en día, tan solo en procesos de concienciación de las empresas, sino que se basa en medidas legales muy concretas que acotan la actividad de tales empresas. No ocurre lo mismo cuando tratamos de sostenibilidad social o sostenibilidad cultural. Hay, todavía, un largo camino por andar, pero la perspectiva normativista debe estar en un horizonte próximo.

En segundo lugar hay que referirse a la estructuración de la oferta turística, ámbito en el que las entidades culturales no han entrado o lo han hecho de una manera muy tímida. En general, se supone que los recursos culturales son un atractivo turístico que va a conducir los flujos turísticos hacia un determinado territorio. Esto, al igual que ocurre en otras tipologías de recursos turísticos no es realmente así. Disponer del recurso es, simplemente, disponer de la potencialidad, lo que no significa, necesariamente, la afluencia inmediata de visitantes. Aún así, si pasamos de la simple constatación de la existencia del recurso al marketing, a la publicidad, y conseguimos atraer flujos de visitantes, sin que exista un producto estructurado, seremos víctimas probables de dos de las consecuencias más frecuentes: la sobreexplotación y/o la subvención del visitante. Sobreexplotación porque ante la ausencia de producto estructurado se suele generar una oferta anárquica y descompensada con riesgos evidentes para el mismo recurso ( véase el caso de muchas fiestas tradicionales ) y lo que denominamos subvención no es más que, por la ausencia de producto y, por tanto, por la inexistencia de mecanismos comerciales que rentabilicen el recurso, se acaba soportando los costes de conservación, interpretación, difusión, etc. a cambio de nada o muy poco. Es decir estaremos subvencionando indirectamente al visitante que disfruta del recurso.

El proceso de elaboración de productos turísticos a partir de un recurso cultural es laborioso y precisa de expertos que lo hagan posible, muy especialmente si, tal como se sugería anteriormente, la iniciativa parte del mundo cultural, en cuya tecnología no figura hoy, precisamente, la gestión turística. Este es, quizás, un paso más a dar en la línea de encuentro entre el sector turístico y el mundo de la cultura. No es extraño ni exótico que una entidad cultural tenga sus expertos en Comunicación. ¿ Por qué no tener expertos en Turismo, cuando ello puede, además, comportar ingresos significativos para conservación o investigación?

El turismo precisa de técnicos culturales en sus procesos de planificación y la cultura precisa de técnicos en turismo para la generación de productos turísticos culturales.

Si tal como indicaba al inicio, se hace difícil comprender que la única relación entre cultura y turismo esté ubicada en un catálogo de productos alternativos dirigidos a una parte minoritaria - y seleccionada – de los consumidores turísticos, cabe aquí proponer una nueva visión, más allá del turismo cultural o redefiniendo este mismo concepto, que permita:

  • Una presencia significativa, auténtica y rigurosa de contenidos culturales en las ofertas resultantes de los procesos de planificación turística.
  • Una implicación más decidida de los gestores culturales en la industria turística, capaz de generar flujos turísticos importantes, controlados desde el mismo ámbito cultural.
  • Procesos técnicos, realistas y rigurosos, para la conversión de las potencialidades culturales en productos turísticos adaptados a la realidad de la nueva demanda.
  • Unos soportes de comercialización potentes, alternativos a los convencionales del sector turístico, que faciliten el acceso de los visitantes potenciales a nuevas propuestas culturalmente atractivas y dignas.

En resumen, hay una perspectiva más amplia que la de las rutas culturales o las visitas a museos y yacimientos arqueológicos. Es muy posible que en un futuro próximo – y en ello trabajo- podamos conocer países, regiones o ciudades de la mano de entidades culturales que nos garanticen, más allá de la calidad del alojamiento y el transporte, la calidad de los contenidos culturales de nuestro periplo.


Notas

Damián Moragues(*)

Técnico en Turismo. Consultor de UNDP, OMT, BID. Profesor de la Escuela Superior de Turismo de Barcelona. Colaborador de Universitat Politécnica de Catalunya, Escola de Turisme i Hosteleria – UAB, Escuela Sant Ignasi/ ESADE. 35 años de experiencia en gestión y planificación turística. Director / Gerente de DERT Consultors, empresa especializada en planificación y desarrollo de recursos turísticos. Director de diversos programas internacionales de planificación turística en Europa e Iberoamérica.