Número 2 / Enero - Abril 2002
Artículos


Enfoques sobre la tecnología

Carlos Osorio M.


Carlos Osorio M. es profesor de la Unidad de Gestión Tecnológica de la Escuela de Ingeniería Industrial y Estadística de la Universidad del Valle de Colombia. Es, asimismo profesor del Curso Virtual sobre el enfoque CTS en la Enseñanza de las Ciencias de la OEI.


Introducción

Definir la palabra "tecnología" se ha vuelto algo complejo y sujeto a un conjunto de relaciones y de puntos de vista diversos. No presenta el mismo significado en el presente que en el pasado, y no son las mismas respuestas que se dan sobre la tecnología en el uso corriente. Un empresario, por ejemplo, invocaría a las máquinas y a las herramientas como los testimonios de lo que es la tecnología, es decir, aparatos, mecanismos, los cuales tienen utilidad, sirven para algo. Pero si la pregunta recae en el director de un laboratorio de investigación y desarrollo, la respuesta podría ser otra y sin embargo estamos, en principio, hablando de lo mismo, en este caso, la tecnología sería ciencia aplicada.

Winner nos dice, que en los siglos XVIII y XIX, "technology" tuvo un sentido estricto, limitado, en función de las artes prácticas o el conjunto de las artes prácticas y no el conjunto increíblemente variado de fenómenos, herramientas, instrumentos, máquinas, organizaciones, métodos, técnicas, sistemas y la totalidad de todas estas cosas y otras similares en nuestra experiencia(1) (Winner, 1.979). Con estos antecedentes, el mismo Winner (1.979), se atreve a proponer una definición sobre la tecnología, en donde tiene lugar, por un lado, los aparatos con los cuales la gente comúnmente identifica a la tecnología -herramientas, dispositivos, instrumentos, máquinas, artefactos, armas- y que sirven para una gran variedad de funciones; en segunda instancia, "tecnología" agruparía también todo el cuerpo de actividades técnicas -habilidades, métodos, procedimientos, rutinas- empleadas por la gente para la realización de tareas y a lo que se puede llamar "técnica" en términos generales; además, "tecnología" se refiere también a algunas de las variedades de la organización social, aquellas que tienen que ver con los dispositivos sociales técnicos, que involucran la esfera racional-productiva. En un texto posterior, Winner (1.985) presentará una definición diferente de la tecnología, enfocada a analizar los aspectos políticos de la misma, consciente de que no se adecua a definiciones más amplias, "tecnología" en este caso hace referencia a todo tipo de artefacto práctico moderno, es más, "tecnología" serían piezas o sistemas más o menos grandes de hardware de cierto tipo especial.

Podemos dar lugar a otras referencias sobre la tecnología para ejemplificar otros múltiples significados, ya no del contexto cultural angloamericano. En Alemania y Francia, la tecnología al final del siglo XVIII denotaba una relación no tan empírica y descriptiva, más bien racional y crítica de la técnica, se utilizaba como referencia de las escuelas de ingenieros, de las revistas técnicas, de racionalización de la gran industria. Ella estaba confinada a la tarea de articular las ciencias y las técnicas (Séris, 1.994).

Ellul, (1960), define "la technique, como <la totalidad de los métodos a los que se ha llegado racionalmente y que tienen una eficacia absoluta (para una fase de desarrollo dada) en todos los campos de la actividad humana>"; tal definición se corresponde con la definición de technology inglesa moderna, en su carácter de totalidad vasta, variada y omnipresente (Winner, 1.979).

Siguiendo esta preocupación por el amplio número de definiciones de tecnología, Mitcham (1.994) se inclina por diversos significados que pueden coexistir fructíferamente. Definiciones que se expresan en situaciones específicas; por ejemplo, una tecnología como la computadora, denotaría poder para unos y alegría existencial para otros. Ambas definiciones pueden ser simultáneamente aplicables, en diferentes niveles, frente a lo que Mitcham termina por acudir a una filosofía pluralista con relación a la tecnología.

Nos interesa revisar el tema de la tecnología, a partir de tres enfoques que la han caracterizado: el enfoque instrumental, el cognitivo y el sistémico; siendo éste ultimo, al que más dedicamos nuestra atención. Por consideraciones del campo de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, al entender el enfoque sistémico de la tecnología, se nos abre el camino para una comprensión más amplia de las relaciones entre tecnología, sociedad, innovación.

1.Enfoques sobre la tecnología

Según Quintanilla (2.001), las grandes orientaciones o enfoques en las teorías sobre la técnica y la tecnología, pueden ser agrupadas en tres apartados: la orientación instrumental, la cognitiva, y la sistémica. Coincide con Mitcham (1.994), sobre las diferentes formas de manifestación de la tecnología: como conocimiento, como actividad (producción, uso), como objetos (artefactos), y como volición(2).

1.1. Enfoque instrumental o artefactual

"La concepción artefactual o instrumentista de la tecnología es la visión más arraigada en la vida ordinaria. Se considera que las tecnologías son simples herramientas o artefactos construidos para una diversidad de tareas" (González, et al., 1.996: 130). A lo que se puede añadir, que son resultado del conocimiento técnico, bien sea que se trate de técnicas empíricas, en el caso de los artefactos artesanales, como de tecnologías que usan la ciencia, en el caso de los artefactos industriales (Quintanilla, 2.001). El desarrollo tecnológico sería lo relativo a la moderna producción y difusión de innovaciones, representado en bienes materiales.

Ellul (1.960), también llama la atención sobre este enfoque instrumental, considerando que se trata de una manera de ver al hombre y la máquina, en donde el primero es influido por ella en su vida profesional, en su vida privada, en su psiquismo. Pero se trata de una manera de ver que no permite darnos cuenta que la técnica es la que engloba a los dos y que la máquina no es más que una expresión de aquella.

Esta clase de definiciones corresponde a la tradicional visión de túnel de la ingeniería, al considerar que la tecnología empieza y termina en la máquina (Pacey, 1.990). En la idea de la máquina, se privilegia a la utilidad como el principal valor tecnológico(3), descuidando así muchos otros valores que intervienen en la elaboración de la tecnología. Se sabe que otros valores adicionales intervienen en el hacer tecnológico, veamos: el goce existencial... "en el corazón de la ingeniería yace una alegría existencial" (Florman, 1.976); la creatividad, que no es sólo potestad de la ciencia (Staudenmaier, 1.985); los factores estéticos en la realización de las obras, bajo la creencia, por ejemplo, de que si lucen bien, están bien hechos (Pacey, 1.990); la idea de conquista de la naturaleza, más allá de la experiencia del placer estético y de la capacidad acrecentada que las personas derivan de la tecnología, se encuentra otra fuente de placer, asociada al hecho de tener bajo control propio la potencia mecánica y ser el amo de una fuerza elemental(4) (el entusiasmo de los adolescentes por las motocicletas es un ejemplo de ello... el diseño de cierto tipo de automóviles se orienta a este impulso); "...las metas económicas y los motivos utilitarios parecen completamente insignificantes en este contexto, el imperativo tiene aquí su raíz en <valores virtuosos>, no económicos, e incluso en el impulso deportivo" (Pacey, 1.990: 140). Algunas obras como las catedrales o ciertos proyectos como el Concorde, ponen de manifiesto que en la tecnología habría tipos de valores diferentes que se traslapan: por un lado, los inherentes a los objetivos económicos, racionales y materialistas; y por otro, referidos a la aventura de búsqueda de frontera y a la búsqueda de la virtud por sí misma. Los dos conjuntos pueden convivir si no plantean demandas conflictivas, y por consiguiente el imperativo de la utilidad resulta insuficiente. En el caso de los valores de virtuosismo tecnológico, que supone que el hombre no debe poner límites a la creatividad, se encuentra, además de la búsqueda de la conquista de la naturaleza, la ovación a Dios y la experiencia religiosa en la invención tecnológica (Noble, 1.999).

Esta imagen artefactual tiene otras connotaciones de grandes alcances. Al considerar únicamente la fase artefactual de la tecnología y asumir su carácter neutral, se corre el peligro de convertir a los expertos, científicos e ingenieros, en aquellos que detentan el derecho a decidir lo que es tecnológicamente "correcto y objetivo", dejando por fuera la participación de la comunidad en toda decisión tecnológica (González, et al., 1996.). Por otro lado, la imagen artefactual separa a los objetos tecnológicos de su entramado social. Bajo esta perspectiva, se considera que las tecnologías son productos neutros que pueden ser utilizados para el bien o para el mal, siendo la sociedad la responsable de su uso, ya que, en principio, la tecnología no respondería más que a los criterios de utilidad y eficacia y nada tendría que ver con los sistemas políticos o sociales de una sociedad. Pues bien, es posible hacer otra lectura de los mismos objetos, sin caer en esta ingenuidad por muchos compartida y de tono acrítica, consiste en considerar que en la tecnología se plasman intereses sociales, económicos y políticos de aquellos que diseñan, desarrollan, financian y controlan una tecnología. "Lejos de ser neutrales, nuestras tecnologías dan un contenido real al espacio de vida en que son aplicadas, incrementando ciertos fines, negando e incluso destruyendo otros" (Winner, 1.979: 38). El trazado de una avenida, la construcción de un tipo de solución de vivienda, la elaboración de un coche de lujo, el diseño de una universidad, así como la reestructuración de una empresa, en fin, serían tecnologías, y como tales, se diseñan con presupuestos técnicos, políticos, económicos y sociales y no son solo productos que siguen la noción instrumental de la utilidad y la eficacia. Algunas historias lo muestran claramente, como el diseño de Robert Moses, de numerosos pasos elevados en Long Island en Nueva York, entre los años de 1.920 y 70; estos puentes se destacan por su baja altura, hasta el punto de tener nueve pies de altura en algunos lugares; con tales estructuras, solo podían pasar a disfrutar las playas los vehículos particulares de las familias blancas acomodadas y no los negros que se desplazaban en autobuses (Winner, 1.985). Otra historia que muestra el carácter inherentemente político de la tecnología, es la distribución de los espacios escolares, las cárceles, los hospitales y los talleres en el siglo XVIII, los cuales seguían una concepción de diseño común: se construía para generar una disciplina, un método de control minucioso de las operaciones del cuerpo que garantizara una sujeción constante de las fuerzas, para lo cual el ojo vigilante del maestro, del guardián, del capataz, o del medico, controlaba atento cualquier movimiento que no fuera de docilidad y utilidad (Foucault, 1.978).

Desde el enfoque instrumental de la tecnología, el factor fundamental del desarrollo tecnológico sería la difusión de innovación, es la fuerza del cambio, y serían las máquinas las que deciden sobre la organización. A esta concepción, en donde la tecnología determina la organización social, se le conoce como determinismo tecnológico (Roe Smith y Marx, 1.996).

Algunos planteamientos han advertido sobre las implicaciones del determinismo tecnológico. Mumford, por ejemplo, consideraba que en la era del desarrollo tecnológico se generaban organizaciones despersonalizadas, siendo esta "megamáquina", la entidad que englobaba el aparato científico y técnico, así como la jerarquía que lo organizaba y lo controlaba. La megamáquina estaba formada por "<un grupo de hombres, capaces de transmitir y ejecutar una orden, con la meticulosidad ritualista de un sacerdote, con la obediencia ciega de un soldado>" (Mumford, 1.952). En el caso de Ellul (1.960), su definición de la técnica engloba, más que a máquinas, a los métodos de organización y a las prácticas de gestión y, lo más importante, a un modo de pensar que es inherentemente mecanicista. Mientras que para Winner, el problema no descansa simplemente en el uso de las tecnologías, ellas se viven de forma pasiva, aceptada, en una especie de sonambulismo tecnológico, con consecuencias insospechadas; de ahí que más que contemplar el determinismo, de lo que se trata es de elecciones, que son ante todo políticas, en procura de sistemas tecnológicos menos amenazantes y más democráticos.

Este carácter artefactual de la tecnología, como fuente de explicación del determinismo tecnológico, se refleja en la posición de Heilbroner (1.996). Heilbroner identifica ciertos momentos históricos que relacionan el determinismo en la tecnología de la producción, a partir de unas secuencias fijas a seguir por la tecnología, las cuales serían consecuencias lógicas de la conquista técnica de la naturaleza; por ejemplo, al molino de vapor era imposible llegar sin haber pasado por el molino manual. Desde esta perspectiva, el desarrollo tecnológico se cumple por secuencias fijas, con un cierto carácter predecible teniendo como base el conocimiento científico, siempre y cuando se presenten dos condiciones: simultaneidad de la invención, es decir, el descubrimiento tiene lugar a lo largo de una frontera perfectamente definida del saber; y cuando no se presenten saltos tecnológicos. Tales condiciones son posibles porque existen algunas limitaciones que siempre influyen en la capacidad tecnológica de la época, como son la limitación de su acervo de conocimientos, así como la competencia material de la época. Concluye Heilbroner que el determinismo puede explicar por qué el cambio tecnológico es el motor de la historia, o las máquinas el motor de la historia, si se tiene en cuenta el principio de maximización de la economía(5) y el hecho de que la maximización impone un cierto orden en la conducta. Luego, las máquinas serían un mecanismo mediador por el que la actividad económica y la adquisición de fortuna harían posible la sociedad capitalista; los cambios del trasfondo tecnológico se traducen en cambios del sistema de precios. Pero advierte el autor que algunos elementos blandos intervendrían en el determinismo tecnológico, como son: elementos volitivos, actitudes sociales, novedades y modas culturales, la aversión al riesgo, entre otros posibles; por lo cual habría que darle cabida a un cierto grado de incertidumbre y conservar el determinismo desde una cierta heurística, como recurso más amplio de explicación.

1.2. Enfoque cognitivo

Diversos autores han señalado que la ciencia es el criterio que diferencia a la técnica de la tecnología (Bunge, 1.966; Sanmartín, 1.990). Desde esta perspectiva, no se excluye que podamos aún continuar hablando de técnicas en las sociedades industriales, en este caso de técnicas de base científica (Quintanilla, 1.988). La distinción entre técnica y tecnología tendría entonces una base histórica, ya que la aparición de la tecnología se relaciona con las revoluciones científica e industrial, entre los siglos XVI y XVIII.

Esta relación con la ciencia ha contribuido a fomentar una distinción radical entre técnica y tecnología: al ser la tecnología producto de la aplicación de la ciencia, la técnica solo comprendería experticias que se logran por la actividad empírica, sin ayuda del conocimiento científico. El factor fundamental del desarrollo tecnológico sería la invención y la Investigación y Desarrollo (Quintanilla, 2.001). Es más, la técnica conduce a un encuentro con la ciencia, antes o después, pero su encuentro es inevitable: "...la técnica es un traslado a formas prácticas, apropiadas de verdades teóricas, implícitas o formuladas, anticipadas o descubiertas, de la ciencia" (Mumford, 1.971: 66).

Esta relación explícita con la ciencia, nos dice Ellul (1.960), es histórica y la técnica solo se puede considerar como aplicación de la ciencia, durante el siglo XIX y para las ciencias físicas. En la época actual, la actividad científica ha sido rebasada por la técnica, o bien, ya no se concibe la ciencia sin efecto técnico.

Considerar a la tecnología como ciencia aplicada ha influido también en presupuestos filosóficos que reducen la tecnología a: un conjunto de reglas tecnológicas; las reglas tecnológicas serían consecuencias deducibles de las leyes científicas; el desarrollo tecnológico dependería de la investigación científica (Niiniluoto, 1.997, citado por García, et al., 2.001).

Bunge, es considerado como uno de los principales expositores de este enfoque cognitivo o intelectualista, que considera a la tecnología como ciencia aplicada y a la ciencia como una búsqueda por nuevas leyes de la naturaleza, la cual es conducida por la arrogancia y la libertad del espíritu (Bunge, 1.966, citado por Staudenmaier, 1.985).

Para Bunge (1972), la tecnología encuentra su fundamento científico, principalmente por dos operaciones en su tipo de conocimiento: por la formulación tanto de reglas tecnológicas, como de teorías tecnológicas. Bunge (1.972: 694) nos amplía el concepto de regla tecnológica: “...una regla es una instrucción para realizar un número finito de actos en un orden dado y con un objetivo también dado... Los enunciados de leyes son descriptivos e interpretativos, las reglas son normativas... mientras que los enunciados legaliformes pueden ser más o menos verdaderos, las reglas sólo pueden ser más o menos efectivas”.

Según Bunge (1.972), a diferencia de las reglas de conducta que prescriben el comportamiento moral, de las reglas de la actividad práctica que no están sometidas al control tecnológico, y de las reglas de semántica y sintáctica, las reglas tecnológicas se fundamentan en la investigación y la acción. Las reglas tecnológicas no serían exactamente convencionales, como pueden ser las de conducta, trabajo y signos, ya que las tecnológicas se basan en un conjunto de fórmulas de leyes, capaces de dar razón de su efectividad; por ejemplo, la regla que prescribe engrasar periódicamente los automóviles se basa en la ley de que los lubricantes disminuyen el desgaste por fricción de las partes, es por consiguiente una regla bien fundada.

Sin embargo, si las reglas tecnológicas no son convencionales, tampoco son exactamente veritativas, aunque sí recurren a ese principio para fundamentarse, para tal efecto se trata de descubrir los fundamentos legaliformes subyacentes. Esta fundamentación se basa a partir de enunciados nomólogicos, referidos a un hecho objetivo, del tipo “el agua hierve a 100ºC”. Mientras que el enunciado: “si se calienta el agua a 100ºC, entonces hervirá”, es un enunciado nomopragmático, es decir, involucra una operación humana. Ahora bien, el enunciado “para hervir el agua es necesario calentarla a 100ºC”, constituye una regla tecnológica. Esto significa que es posible transformar las leyes científicas, que descansan en enunciados nomológicos, en reglas tecnológicas, mediante enunciados nomopragmáticos. A nivel proposicional, el enunciado nomopragmático “si se calienta el agua a 100·C entonces hervirá”, en donde A (si se calienta el agua a 100·C), para obtener B (entonces hervirá), se puede leer como, B se obtiene por medio de A. Ahora, en el sentido, para evitar B no hacer A,(6) sería un enunciado equieficiente del anterior, aunque no en las mismas circunstancias, lo que lleva a que debe ser probado. En ambos casos, la prueba se hace necesaria, ya que ambos proceden del enunciado “el agua hierve a 100·C”, en donde A es fundamento de B. La relación entre estos tres tipos de enunciados no es lógica sino pragmática, teniendo en cuenta que toda fórmula nomológica es rectificable, lo que afectaría entonces a la regla tecnológica. Pero esta prueba solo sería objeto de la investigación pura y aplicada, ya que en el uso corriente de la tecnología, la contrastación no pasa de ser la aplicación simple de la regla, ...”lo cual es realmente una contrastación muy pobre porque el resultado negativo de la misma podrá achacarse tanto a las hipótesis cuanto a la regla o a las inciertas condiciones de aplicación” (Bunge, 1.972: 700).

Bunge nos advierte que la verdad de un enunciado legaliforme no garantiza la efectividad de las reglas basadas en ella. Por consiguiente, no sería muy recomendable usar el sentido B que se obtiene por medio de A ., pues el éxito práctico no es un criterio de verdad para las hipótesis subyacentes. “Y por esa misma razón la tecnología, a diferencia de las artes y los oficios precientíficos, no parte de reglas para terminar con teorías, sino al revés. En resolución: ésa es la causa de que la tecnología sea ciencia aplicada, mientras que la ciencia no es tecnología purificada” (Bunge, 1.972: 699).

Las teorías tecnológicas, en cambio, se basan en un sistema de reglas que prescriben el curso de la acción práctica óptima. Por consiguiente, son el resultado de la aplicación del método de la ciencia a problemas prácticos. Una teoría puede tener relevancia para la acción, bien sea porque suministre conocimiento sobre los objetos de la acción, o porque nos informe sobre la acción misma (Bunge, 1.972). En el primer caso se trata de teorías sustantivas, y se considera que son esencialmente aplicaciones de las teorías científicas; mientras que en el segundo caso son teorías tecnológicas operativas, en donde intervienen acciones del complejo hombre-máquina en situaciones aproximadamente reales, es decir, nacen en la investigación aplicada y pueden tener poco –o nada- que ver con teorías sustantivas. Serían ejemplos de estos tipos de teorías: la aerodinámica como una aplicación de la dinámica de fluidos, en el caso de las sustantivas; y la teoría de la decisión y la investigación de operaciones, en las teorías operativas. En estas últimas, no se trata de la aplicación de la ciencia sino del método de la ciencia, en tanto que son teorías de la acción. Bunge nos aclara que toda buena teoría operativa tendría al menos varios rasgos característicos de las teorías de la ciencia: 1) no se refiere directamente a piezas de la realidad, sino a modelos idealizados; 2) como consecuencia de lo anterior, utiliza modelos teoréticos; 3) puede absorber información empírica y producir predicciones, o retrodicciones; 4) ser empíricamente contrastables.

En el ámbito de las teorías tecnológicas, hay una consideración que toca con otro problema. Se trata de la concepción de teoría como caja negra, en donde la teoría aparece como un sistema que solo da cuenta de variables que entran y salen, pero sin alcance ontológico, esto para fundamentar que el tecnólogo pocas veces se ve obligado a adoptar un punto de vista más profundo, representacional. Tomar las teorías como caja negra, fundamenta su interés por los aspectos de eficiencia, pero lo que Bunge también quiere señalar con esto, es que por tal razón, las teorías de la tecnología serían de menor complejidad.

Desde nuestro punto de vista, la posición de Bunge es discutible, al considerar que las teorías con las que trabaja el tecnólogo son menos complejas que las de la ciencia. Como se sabe, la tecnología moderna descansa en un alto nivel de complejidad, a partir de la automatización. Automatización significa, desde Wiener (1.961), funciones de comando, regulación, vigilancia y control de los mecanismos involucrados en un programa. En el automatismo domina la función sobre el agente. Si la gran máquina era el punto de partida de la materialización técnica en la revolución industrial, las nuevas condiciones de automatización se caracterizan por la miniaturización y la desmaterialización. Con la automatización es posible representar y reemplazar las operaciones de la inteligencia, modeladas a través de programas. Al ligar el automatismo a la electrónica, ésta le confiere la miniaturización de los componentes, la rapidez extrema de los flujos, la reducción de los tiempos de reacción, la precisión del comando, el uso de mínimas cantidades de energía (Séris, 1.994). Por lo tanto, la posición de Bunge sobre un menor nivel de complejidad de las teorías tecnológicas con relación a la ciencia, nos trae el eco del viejo problema sobre la preponderancia del saber científico sobre el tecnológico.

Otro punto de vista discutible en Bunge, desde nuestro punto de vista, y correlativo del anterior, es que según él, el modelo de caja negra resulta eficiente siempre y cuando el tecnólogo no se preocupe tanto por la precisión, ya que esto “...daría lugar a confusiones, porque complicaría las cosas hasta tal punto que el blanco a que tiene que apuntar la acción se perdería bajo la masa de los detalles” (Bunge, 1.972: 689). También en este nivel hay que decir que la tecnología es el universo de la precisión, a diferencia de las operaciones técnicas de carácter artesanal, que son del mundo del más o menos, cuyo ejemplo sería la técnica griega (Koyre, 1.994).

Bunge (1.972: 687-688), insiste en que el modelo de caja negra, no permite preguntarse por la teoría, no tiene que preocuparse por contrastar la teoría (recordemos que para él las contrastaciones en el uso corriente de la tecnología serían muy pobres), al usar teorías no muy complejas, incluso en ocasiones poco precisas; todo ello se explica porque “el científico aplicado maneja son teorías de gran eficiencia, o sea, con una razón input/output elevada: se trata de teorías que dan mucho con poco”. Se deduce que la preocupación por la eficiencia, no es pues la preocupación por el valor veritativo de las teorías.

El tema de la tecnología como ciencia aplicada, es también un punto de cuestionamiento por otros factores. Primero, hereda los presupuestos que han acompañado la idea del progreso humano basado en la ciencia, desde mediados del siglo veinte: a más ciencia, más tecnología, y por consiguiente tendremos más progreso económico, lo que nos trae más progreso social (González et al., 1.996). Esta ecuación es cuestionable, ya que si bien son importantes ciertos avances de la investigación científico-tecnológica, no se tiene en cuenta otros productos asociados a ella: más contaminación, más riesgo tecno-científico, más desigualdad entre ricos y pobres, incluso desempleo relacionado con los cambios tecnológicos; situación que obviamente debe ser contextualizada. Se sabe que las ciencias y tecnologías de las sociedades actuales se conciben, desarrollan y emplean primariamente por y para los intereses de los grupos sociales y de los países más fuertes, poderosos y ricos del mundo (Petrella, 1.994).

En segundo lugar, el enfoque de ciencia aplicada ha sido cuestionado al estudiar algunos momentos históricos de la tecnología, los cuales demuestran cierta especificidad del conocimiento tecnológico; señalan además, una relación más amplia con la ciencia y no sólo la que se deriva de ciencia aplicada. En particular, el análisis de la historiografía de la tecnología realizado por John Staudenmaier (1.985)(7), muestra, por ejemplo, que en investigaciones sobre sistemas de armamentos en los Estados Unidos en 1.966, se pudo concluir que solamente el 1% de los eventos se debía al desarrollo de investigaciones de ciencia básica, el 91% era de tipo tecnológico y cerca del 9% podían ser vistos como de ciencia-aplicada. Es decir, en el enfoque cognitivo habría que cuestionar la afirmación de que la tecnología es siempre ciencia aplicada. Tal cuestionamiento debe abogar por entender a la ciencia y a la tecnología como dos subculturas simétricamente interdependientes.

1.3. Enfoque sistémico

La noción de sistema técnico se ha vuelto un lugar de referencia para definir a la tecnología, incluso para aquellos que prefieren hablar de técnicas antes que de tecnología (Leroi-Gourhan, 1.988; Gille, 1.999). Algunas referencias a la tecnología como sistema, han sido acuñadas por Quintanilla (1.988, 2.001), Pacey (1.990), y Hughes (1.983). En el caso de Quintanilla, la noción de sistema ha servido para definir a la tecnología, como sistemas de acciones intencionalmente orientados a la transformación de objetos concretos, para conseguir de forma eficiente un resultado valioso (Quintanilla, 1.988). Pacey, a su vez, propone comprender la tecnología sobre la base de una práctica social, con una serie de componentes interrelacionados; y Hughes, propone una noción de sistema técnico en donde hay que tener el cuenta a los componentes (físicos, de conocimientos, organizacionales), a los actores, y en particular a la dinámica del propio sistema.

Una propuesta aún más específica sobre el sistema y la relación con las personas, es la de sistema socio-tecnológico (Wynne, 1.983). Y una extensión de esta última, es la de socioecosistema tecnológico, que permite proporcionar un tratamiento unificado a los problemas de gestión de la innovación tecnológica y la intervención ambiental (González, et al, 1.996).

En el enfoque sistémico se entiende a la tecnología, no dependiente de la ciencia o representada por el conjunto de artefactos, sino como producto de una unidad compleja, en donde forman parte: los materiales, los artefactos y la energía, así como los agentes que la transforman (Quintanilla, 2.001). Desde esta perspectiva, el factor fundamental del desarrollo tecnológico sería la innovación social y cultural, la cual involucra no solamente a las tradicionales referencias al mercado, también a los aspectos organizativos, y al ámbito de los valores y de la cultura.

Ahora bien, la forma de entender el sistema técnico por estos autores, con enfoques provenientes tanto de la etnología y la filosofía, como de la historia y la sociología, ha tenido sus diferencias. Veamos algunas de ellas.

1.3.1. La tecnomorfología como sistema técnico preindustrial

Leroi-Gourhan (1.988) propone una noción de sistema técnico basado en una tecnomorfología, que delimita a las técnicas preindustriales y solo aquellas relacionadas con actividades adquisitivas y de consumo, más que actividades comunicativas -a pesar de su referencia hacia una paleontología de los símbolos (Leroi-Gourhan, 1.971)-. La tecnomorfología se basa en la descripción y comparación de las técnicas según las necesidades del grupo étnico, de sus condiciones materiales y culturales, a partir de las materias de transformación técnica, los medios de acción y las fuerzas utilizadas.

Leroi-Gourhan propone una clasificación más lógica que histórica, dadas las soluciones técnicas similares que encuentran culturas diferentes y muy separadas, y debido al continuo movimiento de préstamo técnico entre grupos humanos, lo que no permite saber con seguridad si se trata de un invento local o de un préstamo reciente o milenario. Desde este punto de vista, el útil es el objeto de atención, a partir de sus rasgos lógicos de invención y transformación.

El carácter lógico de esta tecnomorfología que comprendería el sistema técnico, parte de la elección que hace el hombre frente al medio que contiene la materia, siendo la materia la que condiciona todo tipo de técnicas y no los medios o las fuerzas. Desde esta perspectiva, para un rasgo técnico cualquiera, el sistema técnico da cuenta de él, por dos principios: la tendencia y el hecho. La tendencia tiene carácter inevitable (empuja al sílex que se tiene en la mano a adquirir un mango; o al adorno, a seguir líneas del cuerpo). Los fenómenos de tendencia se deben a la naturaleza misma de la evolución técnica, en donde son posibles todas las extensiones. El hecho, por el contrario, es imprevisible y particular. Es el encuentro de la tendencia con mil coincidencias del medio. La tendencia y el hecho son dos caras, una abstracta y otra concreta del mismo fenómeno, que Leroi-Gourhan no duda en llamar de determinismo técnico evolutivo.

Como vemos, la noción de sistema que se desprende de esta tecnomorfología, permite saber cómo hacen cosas los útiles, y puede ser aplicada sólo, como ya decíamos, a técnicas relacionadas con la adquisición de bienes materiales y de consumo, además, dicha concepción, es aplicable sólo a técnicas preindustriales.

1.3.2. El sistema técnico como coherencia de conjuntos y líneas técnicas

Otros autores se han referido a la noción de sistema técnico, dentro de un modelo explicativo de la historia del desarrollo técnico. En este caso, el sistema técnico, es "...el conjunto de todas las coherencias que a distintos niveles se dan entre todas las estructuras de todos los conjuntos y de todas las líneas..." (Gille, 1.999: 51). La estructura comprende una combinación unitaria, que puede ser simple o compleja de elementos técnicos; y la línea o fila, comprende a las series de conjuntos técnicos destinados a proporcionar un producto deseado, cuya fabricación se realiza a menudo en etapas sucesivas. La coherencia entre estas estructuras y líneas, es lo que permite hablar de sistema.

Gille (1.999), señala que aunque algunos autores consideran al sistema técnico dentro del sistema económico, él se inclina más bien por una interrelación con el sistema económico, en donde habrían fuerzas autónomas en ambos sistemas. El sistema técnico tendría límites, los cuales vienen dados por tres factores: el suministro de materias primas, la crisis de la rama tecnológica, y límites de tipo económico. Como vemos, el sistema técnico en este autor compete a los aspectos estrictamente técnicos, y a la existencia y transformación de los materiales. Los aspectos sociales o económicos, así como los organizativos, estarían por fuera, en un proceso sinérgico.

El concepto de sistema, señala Gille, es la clave para entender los nexos entre la técnica, su naturaleza y las exigencias del entorno. Bajo esta premisa, sugiere que el análisis de Mumford en Técnica y Civilización, centrado en unos períodos del desarrollo técnico, cada uno con sus complejos técnicos empleados, no debe asimilarse al de sistema, considera que es un tanto impreciso y confuso acerca de lo que es un sistema técnico.

1.3.3. El sistema técnico como parte del fenómeno técnico

El sistema técnico también ha sido definido como un elemento para entender el fenómeno técnico (Séris, 1.994). El fenómeno técnico(8), que no descansa en una fenomenología del aparato, comprende al conjunto de características históricamente determinadas, por las cuales captamos la técnica de una determinada época. El fenómeno técnico debe tener en cuenta, para nuestro tiempo, tres aspectos, la sistematicidad, la normatividad e irreversibilidad. Sistematicidad: ya que la técnica comporta un conjunto de etapas, en tanto interpone mediaciones instrumentales (útiles, maquinas, instituciones), o metódicas (maniobras, procedimientos, programas); pone todas esas mediaciones en relación de la mutua implicación y dependencia, en un vasto sistema de intercambios y de comunicación. Normatividad: se refiere a la capacidad de la técnica de ser normativa antes de ser normalizada y normalizadora; la norma es menos y más que un modelo, menos que un modelo en la medida en que ella no dictamina más que sobre puntos precisos (dimensiones, calibre, proporciones, grado de aproximación, tolerancia, márgenes), sin concretar el resultado final de la totalidad de un proyecto en un único ejemplar, las normas son orientadoras de un futuro de mejoramientos, la norma es lo exigible, al menos según la legitimidad técnica, en nombre de la búsqueda de la máxima eficacia; mientras que la normalización está ordenada al bien de la sociedad en su conjunto, o al conjunto de su sistema axiológico; es por esto que se dice que la norma sería más que un modelo. Irreversibilidad: se refiere al devenir y a las transformaciones del sistema y de las normas; por el sistema es imposible reactualizar un elemento de un sistema anterior si es incoherente en el sistema presente, y si no se dejan íntegras las normas (Séris, 1.994).

Bajo este entramado de fenómeno técnico, el sistema técnico se presenta, a primera vista, como una concatenación lineal, si se toma con relación al producto-objeto técnico. Sin embargo, la cadena técnica no es la concatenación de operaciones indiferentes cuyos solos resultados serían importantes, aparece mucho más como un camino en una red preexistente de medios disponibles: el sistema técnico es un tejido de relaciones. El sistema técnico no significa autonomía absoluta y fatalidad de un devenir incontrolable y puesto en cuestión. El sistema técnico no es una cosa material. La sistematicidad es coherencia, es decir, es menos ligazón y unión, que relación. Es coherencia de materiales y de sus condiciones de elaboración, de sus efectos y de sus usos. Esta inmaterialidad del sistema no le impide existir objetivamente, y de hacer existir objetos, conductos, usos, lo que comanda en última instancia la producción. El carácter de sistema permite poner en correlación a los individuos y los grupos entre ellos (como productores, consumidores, participantes del intercambio), los agentes (individuales o colectivos) y las materias, los medios disponibles y los fines propuestos. Los sistemas no son autónomos, puesto que están envueltos en la vigilancia de la razón teórica y en el control de la razón práctica.

1.3.4. La práctica tecnológica como sistema

Arnold Pacey (1990), propone un modelo de la tecnología, que puede ser entendido de forma similar a como opera un sistema, es más, puede funcionar análogo a como se describen los sistemas en la Teoría General de los Sistemas (Bertalanffy, 1.976). La descripción en diagramas que aporta esta teoría, es útil para interpretar fenómenos tecnológicos, siempre y cuando no se reduzca al uso de modelos computarizados, en donde el público es frecuentemente ocultado; igual precaución hay que tener cuando el trabajo es solo entre expertos interdisciplinares, sin participación pública no se llega lejos, de manera correcta.

Pacey considera que para hablar de tecnología es necesario usar el concepto de práctica tecnológica, de forma similar a como se entiende, por ejemplo, la práctica médica. La práctica tecnológica se define sobre la base de la interacción de tres grandes campos, a saber: los patrones de organización, planeación y administración; los aspectos culturales, esto es, los valores y códigos éticos, entre otros; junto con los aspectos propiamente técnicos, como son las destrezas, conocimientos, máquinas y equipos en general(9). A este modelo que involucra estos tres componentes, el organizativo, el cultural y el técnico; y que concierne a la aplicación del conocimiento científico u organizado a las tareas prácticas por medio de sistemas ordenados que incluyen a las personas, las organizaciones, los organismos vivientes y las máquinas, es lo que Pacey denomina como Práctica Tecnológica (Pacey, 1.990).

La "técnica" o lo "técnico" en este caso, es considerado como los aspectos técnicos de la práctica, es decir, el intento por solucionar un problema, ignorando los posibles efectos de esa práctica. Mientras que los aspectos organizativos, hacen mención a los "desarrollos tecnológicos", señalando que no se circunscriben a la forma técnica; es más, ésta disparidad, insiste Pacey, frecuentemente ha sido la base de proyectos con ajustes organizativos inapropiados, por no tener en cuenta a los usuarios de los equipos y a sus modelos de organización.

Recientemente, el mismo Pacey (1.999) ha propuesto un cuarto componente de la tecnología, oculto y como en el subsuelo de los otros tres, se trata de la experiencia personal, la que está presente en relación con los sistemas tecnológicos. La experiencia personal, conocimiento que no puede ser medido fácilmente, es posible de abordar a través del tema del conocimiento tácito o conocimiento implícito (Polanyi (1.958), por los estudios sobre la educación, y por las interpretaciones de la psicología y el psicoanálisis para rescatar de allí el valor de la experiencia.

Pacey busca explorar la existencia de los sentimientos sobre la tecnología, antes que desconocerlos, sin que ello conlleve a olvidar la importancia del rigor y del razonamiento lógico. Respuestas, motivaciones, sentidos, lenguaje no verbal, son expresiones comunes desde esta perspectiva de comprender la experiencia personal de la tecnología. Desde la experiencia musical, por ejemplo, señala que, en el ajuste de un motor, se habla de sintonizarlo, no exactamente por referencia a instrumentos musicales, más bien porque cuando suena dulce, se relaciona con el buen funcionamiento. La música se nos presenta como expresión de lo sublime, análogo a lo que la tecnología ha despertado por mucho tiempo en las personas; diferente pero complementaria es también la comparación de la música con las matemáticas y con las complejas estructuras de la ingeniería, son experiencias de orden y estilo.

Desde la experiencia visual y táctil, Pacey recuerda que antes de la formulación en palabras, los científicos y creadores se refieren a la primera intuición de un invento de forma no verbal, visual. En la tecnología, el pensamiento y el lenguaje visual son apropiados, ya que en muchos casos pueden reducir la ambigüedad de las descripciones verbales. El pensamiento visual permite hablar del Sentido de la Forma, entendido como una capacidad de reconocer patrones de una u otra clase de formas, que pueden ser características de las disciplinas de conocimiento. Sentido que puede ser comparado con la capacidad de un buen ingeniero para evaluar "por ojo" un diseño estructural. Se relaciona muy directamente con la experiencia de manipulación de materiales, sean estos arboles, metales, o partes de radio.

Esta capacidad de envolver materiales en la propia experiencia, de hacerlos partícipes de la actividad creativa, de aquel conocimiento que se gana como respuesta al sentido personal en el trabajo, de combinar las intuiciones con el sentido de la forma, es lo que Pacey denomina como participatorio. Participatorio, en dos sentidos: la incorporación de las personas, partiendo de que sus respuestas a la tecnología son diferentes, el sentido social de la tecnología coexistiría entonces con las respuestas personales; el uso social no depende del juicio del inventor únicamente, la experiencia táctil, visual y sonora del usuario, capta aquel artefacto-idea, (en palabras de Winner), más que la palabra misma; y por otro lado, lo participatorio es también la posibilidad de incorporar la naturaleza en un sentido creativo, en la búsqueda de soluciones tecnológicas que den cuenta de ella. Se trata de una manera distinta de ver la tecnología, tradicionalmente centrada en el objeto, ahora la tecnología estaría centrada en las personas y el medio ambiente (Pacey, 1.999).

No es suficiente con soluciones ergonómicas o de seguridad para operar, para que se considere que una tecnología está centrada en las personas, hay que tener en cuenta los valores de las personas. Una tecnología centrada en las personas, en los beneficios que obtienen en su calidad de vida, invoca la noción de tecnología apropiada, así como de convivencialidad(10) como vía de práctica tecnológica. La tecnología centrada en las personas, es una tecnología participatoria, incorpora las respuestas y experiencias personales de los diferentes actores sociales, tiene además ideales ecocéntricos por cuanto hace participar a la naturaleza.

1.3.5. El sistema tecnológico complejo

Nos referimos en este apartado, específicamente a los sistemas técnicos complejos de sociedades industriales. Al respecto, nos vamos a referir a los enfoques de Hughes (1.983, 1.987) y Quintanilla (1.988; 2.001).

Hughes (1.987), propone un modelo para la comprensión de un sistema tecnológico, basado en tres fases distintas del desarrollo de la tecnología del sector eléctrico: sistemas de iluminación eléctrica, sistemas de potencia e iluminación universal, y grandes sistemas regionales de potencia. A partir de su estudio Networks of Power (1983), muestra que los sistemas tecnológicos están constituidos por complejos y heterogéneos componentes. Los componentes de los sistemas tecnológicos pueden ser artefactos físicos (técnicos), organizaciones (tales como empresas de manufactura, compañías de servicio público y bancos de inversión), asuntos usualmente descritos como científicos (libros, artículos, enseñanza universitaria y programas de investigación), artefactos legislativos (tales como leyes), e igualmente los recursos naturales pueden ser considerados como artefactos de un sistema tecnológico. Las personas (inventores, científicos, industriales, ingenieros, gerentes, financieros y trabajadores), son componentes del sistema, pero no deben ser considerados como artefactos del mismo. Ellos tienen grados de libertad no poseídos por los artefactos. Pese a que los sistemas modernos tienden a burocratizarse y a rutinizarse en órdenes, a través de un sistema de personal, se conocen sistemas construidos cuyo diseño implica la posibilidad de definir sus componentes de trabajo. En este caso, la acción voluntaria se ejerce, no tanto en el desempeño del trabajo mismo, como sí en el diseño y sus funciones. Las personas en los sistemas tecnológicos, además de su papel en la invención y en el diseño y desarrollo de los sistemas, cumplen otras, como las de retroalimentar la ejecución de las metas del sistema y corregir los errores, así como el forzar la unidad a partir de la diversidad, y buscar la centralización en la forma del pluralismo y la coherencia a partir del caos. El grado de libertad ejercida por las personas en un sistema, en contraste con la ejecución rutinaria, depende de la madurez y el tamaño o autonomía de un sistema tecnológico (Hughes, 1983, 1987).

El sistema funciona en completa interacción entre sus componentes, de este modo un determinado componente contribuye directamente, o a través de otros, a las metas comunes del sistema. Si un componente es removido, o si sus características cambian, los otros artefactos en el sistema se alteran. Además, la relación del sistema con el medio ambiente puede ser, de un lado, cuando los sistemas son dependientes del medio ambiente, de otro lado, cuando el medio ambiente depende del sistema; en ninguno de los dos casos, la interacción entre el sistema y el medio ambiente es una simple vía de influencia.

Los componentes organizacionales, convencionalmente descritos como sociales, también son creaciones de los constructores del sistema. Contribuyen a resolver problemas o requerimientos usando metas para las cuales están capacitados en vías usualmente consideradas como deseables, o al menos empleables para el sistema tecnológico. Sus límites se relacionan con el control ejercido por los artefactos y los operadores humanos y hacen parte de la estructura de gestión, que a su vez puede estar sujeta a controles por bancos, empresas o agencias reguladoras (Hughes, 1987).

Teniendo en cuenta las tres etapas del sistema tecnológico del sector eléctrico estudiado por Hughes, en donde cada estado en el desarrollo de esas tecnologías está caracterizado por aspectos sobresalientes que se oponen al avance tecnológico, así como por aquellos que habrán de resolverlos (inventores-emprendedores como Edison, gestores-emprendedores como Insull, ingenieros-emprendedores como von Miller), Constant (1987), propone que cada fase de desarrollo produce una cultura específica de tecnología, compuesta de distintos valores, ideas, e instituciones. Algunos valores son de tipo general, como la eficiencia técnica, del lado de la ingeniería. Pero otros pertenecen a sistemas específicos, por ejemplo, la importancia de la carga eléctrica en los sistemas de gran tamaño. La tecnología por sí misma es conocimiento sistematizado y es cultura que envuelve una variedad de organizaciones económicas e instituciones sociales. Cultura que se expresa tanto en organizaciones de gran tamaño e instituciones, como en los compromisos profesionales de los investigadores individuales. En este contexto se retoma el concepto propuesto por Hughes, de momentum tecnológico: la propensión de las tecnologías por desarrollar trayectorias previamente definidas, a menos que se desvíen bajo alguna fuerza externa poderosa o por impedimento en alguna inconsistencia interna. Como se ve, este complejo modelo de cambio tecnológico no implica autonomía tecnológica, como en el enfoque artefactual y su determinismo tecnológico. Es la interacción de las propiedades de la tecnología, con un amplio conjunto de contingencias geográficas, económicas, políticas e históricas, lo que permite estilos tecnológicos específicos.

Para terminar con este apartado del enfoque sistémico, veamos la propuesta de Quintanilla (2.001). Quintanilla tiene en cuenta el trabajo de Hughes, así como su propio trabajo anterior (Quintanilla, 1.988), en donde el sistema técnico se definía como un sistema de acciones intencionalmente orientado a la transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente un resultado que se considera valioso(11). Insiste en que cualquier realización técnica concreta, independientemente de su magnitud y complejidad, presenta esa doble dimensión, física y social, de artefactos y de organizaciones, que obviamente es más visible en los grandes sistemas tecnológicos. Sobre la base de esta consideración, un sistema técnico sería un dispositivo complejo, compuesto de entidades físicas y de agentes humanos cuya función es transformar algún tipo de cosas para obtener resultados característicos del sistema.

De manera más específica, Quintanilla (2.001) propone caracterizar el sistema técnico, a partir de componentes, estructuras, y objetivos. Los componentes del sistema, pueden ser materiales (materia prima, energía, artefactos, etc.), y pueden ser agentes, entendidos como individuos humanos caracterizados por unas habilidades, unos conocimientos y portadores de una cultura. La estructura del sistema estaría definida por las relaciones o interacciones, las cuales pueden ser de gestión, y de transformación de materiales, y se producen en los componentes del sistema. En particular, en las relaciones de gestión, tendría lugar la organización, siendo importante su papel en función de los flujos de información que permiten el control y la gestión global del sistema. Por otro lado están los objetivos previstos para el sistema, y los resultados que finalmente se obtienen. Esta definición de sistema técnico, sería la base para la construcción de una teoría de la estructura y la dinámica de la tecnología.

1.3.5.1. El socioecosistema técnológico

La propuesta sobre la tecnología como socio-sistema de Wynne(1.983), y luego su enriquecimiento con la dimensión ambiental que retoma González y colaboradores (1.996), le abren una dimensión aún más social al sistema, coexistiendo con el medio ambiente.

Tanto Wynne, como Schienstock, (1.994, citados por González, et al., 1996), consideran al sistema tecnológico desde una perspectiva que enfatiza en los aspectos sociales sobre los técnicos, al punto que caracterizan a las tecnologías como formas de organización social. La tecnología sería un complejo interactivo de formas de organización social, que implican de forma característica a la producción y uso de artefactos, así como a la gestión de recursos.

Uno de los rasgos de esta definición, es el papel de los aspectos valorativos y de carácter social, a la hora de definir políticas científico-tecnológicas y de intervención ambiental. Al respecto, Wynne (1.983, citado por González, et al., 1.996), propone incluir la participación externa, especialmente a los posibles usuarios, frente a la tradicional forma centrada solo en los expertos y gestores del proceso de I+D. La "interferencia externa", de este modo, no solamente no es un obstáculo para el desarrollo tecnológico, sino más bien una necesidad para su viabilidad, una vez tenido en consideración el crucial componente social de cualquier forma de tecnología. Esto significa, darle un peso a los factores no epistémicos (expectativas profesionales, presiones económicas, disponibilidades técnico-instrumentales, convicciones y valores personales, etc.), para resolver problemas y conflictos de origen tecnológico, asumiendo una flexibilidad interpretativa y valorando la complejidad de los procesos. La flexibilidad interpretativa a la que se refiere González y colaboradores, consiste en que los científicos obtienen diferentes interpretaciones sobre la naturaleza, por tanto la naturaleza no provee únicamente de una sola vía para el debate científico; este principio aplicado a los hechos científicos es extendido a los artefactos tecnológicos, no solamente en su interpretación sino en su diseño (Pinch y Bijker, 1.987). Tal situación tiene unas profundas implicaciones hacia los sistemas tecnológicos, por cuanto los abre a procesos de participación pública. La construcción social de los sistemas tecnológicos, sería consecuencia y reflejo de los patrones de interacción social de los distintos grupos sociales relevantes en un sistema tecnológico.

Al involucrar la participación del hombre como actor, la teoría tecnológica, por ejemplo, con relación a un sistema, queda sujeta al deber ser del hombre. Esto implica planificar y tomar decisiones, definir acciones de control sobre la realidad. El deber ser, al estar implícito dentro del sistema, articula niveles de decisión sobre condicionamientos heterogéneos (tanto técnicos como socioeconómicos) y en general holísticos. El deber ser es una intencionalidad, y por lo tanto se carga de conocimientos como de representaciones para tomar decisiones.

¿Pero como opera, a nivel psicolingüístico, la integración de conocimientos y representaciones para decidir sobre el deber ser en un sistema? Josefa Toribio (1.995), nos plantea una solución: “Se supone que el sistema -sujeto- cuenta con una cierta información -puede leerse también creencias- codificada jerárquica, aunque no lingüísticamente, en función de los objetivos que persigue -puede leerse también deseos o valores-. Esa información se constituye objetivamente como tal a través de las relaciones existentes entre el sujeto y su entorno, y explica causalmente la conducta de aquél (Dretske, 1981). Con palabras de Clark: <los pensamientos (tal y como se adscriben a través del uso de las actitudes proposicionales) se adscriben holísticamente sobre la base del conjunto total de la conducta (Clark, 1.989: 5-6, citada por Toribio, 1.995: 124-125)”.

Esta línea, parece especialmente adecuada como modelo de análisis en el caso de las acciones que los sujetos deben hacer al interior de los sistemas tecnológicos. Tales acciones, que según la terminología de Bunge, se deben a las reglas tecnológicas, no se definirían únicamente por la adscripción a unos pocos enunciados de origen científico, sino que están determinadas por un contexto global, el del sistema tecnológico. El paradigma clásico, al estilo planteado por Bunge, sigue un cierto sentido de composicionalidad, un cierto sentido semántico individualizado para cada uno de los ítems que lo componen. Bajo el esquema de Bunge, no se puede apelar a una comprensión superior, el contexto, porque en ese caso los enunciados que soportan las reglas, serían poco científicos, aunque hayan satisfecho una comprobación por vía empírica, o estén fundados en la lógica pura.

Finalmente, la noción de sistema tecnológico puede ser también entendida como socioecosistema, sobre la base de una analogía con el concepto de ecosistema en ecología. “La innovación tecnológica y la intervención ambiental ignoran a menudo las características del sociosistema en el que van a integrarse” (González, et al, 1.996: 141); la transferencia de tecnología a sociosistemas extraños puede producir más perturbación social y económica que mejora de la calidad de vida. El socioecosistema, como elemento regulador, permite entonces la posibilidad de introducir factores de control y corrección a los desequilibrios tecnológicos, sobre la sociedad y el medio ambiente, mediados por la participación de los diversos actores sociales del sistema.

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Notas:

(1) "En el Webster's Second International (1.909), se dice que la palabra significa <ciencia industrial, la ciencia o conocimiento sistemático de las partes industriales, especialmente de las manufacturas más importantes>. En el Webster's Third New International (1.961), la antigua definición se convierte en la siguiente: <la totalidad de medios empleados por un pueblo para proveerse de los objetos de la cultura material>" (Winner, 1.979).

(2) También frente al tema de la volición, Séris (1.994) se ha referido como voluntad técnica.

(3) Un valor técnico corresponde a un valor de uso de un objeto técnico. Este valor adquiere su forma monetaria en la forma de patentes. Valores técnicos pueden ser: utilidad, resistencia, durabilidad, fiabilidad, economía, rendimiento, seguridad, adaptación, comodidad, entre otros (Séris, 1.994: 32-34).

(4) Aspiración que proviene desde Bacon.

(5) Para algunos autores es parte de la naturleza humana, según cita Heilbroner (1.996).

(6) Las cursivas son de Bunge (1.972).

(7) Revisa los estudios publicados en la revista Technology and Culture, desde 1.959 hasta 1.980.

(8) La noción de fenómeno técnico también ha sido usada por Ellul (1.960).

(9) Pacey concentra su exposición en la esfera de los aspectos culturales y valorativos de la tecnología.

(10) Illich, I.., Tools for Conviviality, London: Calder and Beyors, 1.973.

(11) Los aspectos concreto y valioso de la definición de Quintanilla, han sido discutidos por Echeverría (2.001). En el primer caso, se trata de tener en cuenta no solo a objetos sino a las acciones, que en el entorno telemático moderno involucra relaciones en muchos ámbitos; en el segundo aspecto, lo valioso no se debe reducir a las características técnicas, la valoración debe tener en cuenta el espacio social en donde opera.