Profundos e intensos cambios están sacudiendo al mundo. Lo estable se
transforma, se recrea o se disuelve. Con distinto grado de magnitud, los
marcos mentales y sociales que han servido de referencia a individuos y
colectividades están en crisis.
Se trata de una ruptura histórica, de una fractura sistémica, cuyas implicaciones,
tanto prácticas como teóricas, tienen alcance universal. Se trata
de un “cambio de época” en el que se está llevando adelante el traspaso
a una sociedad del conocimiento. Un “cambio de época” en el que se ha
vuelto imperioso reconstruir nuestras cartas de navegación y encontrar
nuevas formas de orientación en el mundo.
Transformación y crisis; viejas y nuevas desigualdades; cambios paradigmáticos
y veloces; interdependencias crecientes y parciales; estados cruzados
por movimientos globales y demandas locales, son algunas de las referencias
usuales en los análisis contemporáneos.
Ellas forman parte del vocabulario utilizado para intentar dar cuenta de
una ruptura que se expande y se despliega en forma desigual por territorios,
estados, fronteras, culturas y sociedades. Que conecta y desconecta
a naciones, pueblos e individuos en un mundo que se ha vuelto
más desigual.
Un mundo en el cual el ingreso medio en los 20 países más ricos es 37
veces mayor que el de los 20 más pobres y en el que la expresión de esta
inequidad se exacerba cuando concentramos la mirada en América Latina.
En los albores del siglo XXI, el 20% de la población latinoamericana con
mayor riqueza recibe el 60% del ingreso disponible, mientras que el 20%
más pobre accede tan sólo al 3%.
Ello tiene su traducción en el acceso dispar a activos que van desde la tierra
a los salarios, de la salud a las tecnologías, de la educación a los bienes
culturales y a la ciudadanía.
Sin embargo, como ha señalado el sociólogo brasileño Octavio Ianni, la
globalización debe ser pensada en términos de integración y fragmentación,
como un proceso que abre también múltiples posibilidades.
En este sentido, el singular momento histórico por el que estamos transitando
supone riesgos y desafíos, pero al mismo tiempo nos abre posibilidades
y oportunidades que pueden ser únicas. Una de estas oportunidades
pasa por comprender y valorar el carácter central que ha adquirido la cultura
en los estilos de desarrollo de cara a una sociedad del conocimiento.
Es ella la que proporciona el sentido capaz de orientar nuestras acciones
hacia lo que queremos ser. La cultura es la que atraviesa todas las producciones
materiales e inmateriales que forman parte del acervo pasado, presente
y futuro de nuestros pueblos. Como complejo proceso por intermedio
del cual se producen, circulan y consumen significaciones sociales, la
cultura es el reservorio vivo de capacidades a partir de las cuales pensar y
actuar en nuestras sociedades y sobre las cuales construir condiciones de
equidad e igualdad de oportunidades. Junto con la inversión en educación
y la inversión en ciencia y tecnología, la cultura es un punto nodal en el
corazón de los estilos de desarrollo y debe tener una presencia central en
las políticas públicas.
Ello adquiere particular relevancia en este contexto, donde la transformación
tecnológica difunde un proceso de industrialización y especialización
cultural que impacta sobre la conformación de identidades, al mismo tiempo
que las transformaciones globales intensifican las interdependencias y
generan una reconfiguración de las instancias nacionales, demasiado
pequeñas para lo global y excesivamente grandes para responder a las
demandas locales.
Por un lado, las interdependencias nos exigen una mayor disponibilidad
para convivir con los otros, con los diferentes. Nos remiten a una toma de
conciencia y a un reconocimiento de la diversidad cultural como valor a
promover. Esto no oculta, sin embargo, que son estas mismas interdependencias
las que aumentan también las posibilidades de nuevos conflictos.
Por el otro, el carácter transnacional que guía tanto la producción de significados
y símbolos, como los intercambios culturales nos exige, en cambio,
la necesidad de buscar en la integración y en la cooperación horizontal
entre Europa y América una vía para compensar su carácter asimétrico.
Es por esta vía que será posible sostener e incrementar la capacidad de
producción, de consumo, de circulación y de intercambio de bienes culturales
con la que cuenta actualmente Iberoamérica.
Este incremento de la capacidad iberoamericana tiene un rol estratégico
al definir nuestras posibilidades presentes y futuras de negociar, interactuar
y confrontar con otros sistemas socioculturales en condiciones de
mayor igualdad.
De allí la importancia de avanzar además en la institucionalización y consolidación
del “espacio cultural iberoamericano”. Un espacio geoestratégico
en el que confluyen algo más de 500 millones de hispano-lusos parlantes,
con un importante potencial en materia de industrias culturales, patrimonio
cultural y turismo.
Este “espacio cultural común” remite a una identidad abierta y dinámica,
una y diversa. A esa matriz de identificación colectiva cuya particularidad
se encuentra recogida en la Carta Cultural Iberoamericana —presentada
en la VIII Conferencia Iberoamericana de Cultura—, compromiso político
de ámbito regional que consagra a Iberoamérica como un sistema de
diversidad y que a la vez posibilita la proyección de sus culturas hacia el
exterior bajo la forma de un gran sujeto cultural.
Se trata de reconocer así en nuestras identidades un elemento transformador
de los vínculos sociales. Son ellas las que ponen en juego a la cultura
como dotación de sentido, de un sentido que es colectivo. Un sentido
que se encuentra “desvalorizado” por la reducción de las interacciones
sociales a competencias mercantiles.
Las identidades entonces nos arraigan y nos universalizan. Son nuestras
señas particulares, pero al mismo tiempo son el modo en que nos insertamos
en las cadenas de mensajes, bienes e intercambios culturales. Son
ellas las que nos permiten hacernos una imagen del mundo e ingresar en
ese circuito donde la diferencia se vuelve diversidad y nos realimenta.
Las políticas culturales recalan así en un vértice en el que confluyen los
gobiernos, los mercados y la sociedad civil. En ese vértice tiene lugar el proceso
de producción, distribución y circulación de bienes y mensajes. Es un
proceso delicado en el que se sedimentan las memorias. Un sinuoso recorrido
temporal, marcado por diferencias y conflictos, en el que se van
generando condiciones para la innovación y la creatividad.
En un momento en que los estados se ven desbordados por arriba y por
abajo, por lo global y por lo local, la cooperación cultural resulta central
para recomponer el sentido de los procesos que estamos viviendo y enfrentar
los desafíos del siglo XXI.