Luis Alberto Quevedo (Buenos Aires, Argentina). Sociólogo, director del Programa Comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y profesor de la Universidad de Buenos Aires.
Albino Rubim (San Salvador de Bahía, Brasil). Graduado en Comunicación y en Medicina y doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Programa Multidisciplinario de Posgrado en Cultura y Sociedad en la Universidad Federal de Bahía, Brasil.
En este diálogo entre dos especialistas en comunicación, uno bahiano, Albino Rubim, y el otro Uruguayo radicado en Buenos Aires, Luis Alberto Quevedo, se abordó el tema de la comunicación en sus dimensiones más relevantes. Una, como lenguaje, y la otra, como la interacción humana que, cargada de significación de símbolos y mensajes, construye identidad y entrelaza lo social. También, sus miradas se posaron en la influencia de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), en las formas actuales de vincularse y como intervienen en la producción cultural y en la construcción de identidades.
El diálogo transitó por los complejos senderos de la crisis económica mundial y cómo su impacto en América Latina afectó a la expectativas de desarrollo en las áreas de cultura y comunicación, pasando por la expansión de Internet, la digitalización y la concentración y monopolización de medios para concluir con una reflexión sobre los avances tecnológicos en las comunicaciones y cómo influyen en la cultura, las relaciones sociales y las formas de organización política actual.
¿Creen que es importante defender nuestra lengua?
Albino Rubim: La lengua es una de las mayores riquezas culturales de un pueblo y de una nación. Iberoamérica se conforma basándose en dos lenguas, el español y el portugués, aunque otras puedan participar de este universo cultural como, por ejemplo, el gallego u otras.
Luis Alberto Quevedo: Sí claro, porque justamente allí se inscribe nuestra historia, se crean y recrean nuestras pasiones, nuestra identidad, nuestras tradiciones y nuestros sueños. Porque la lengua no es un “medio de comunicación”, sino que es la carne misma de lo que somos, tenemos que defenderla. Pero no como un objeto sagrado y esencial que encerraremos en un museo, sino que debemos defenderla como nuestra morada, nuestro lugar de creación y de conflictos.
A.R.: La lengua es un factor esencial de la identidad cultural. En ella, como dice Luis, están condensados modos de ver, sentimientos, emociones, idearios, valores: en fin, concepciones del mundo. Ella es uno de los patrimonios culturales más vitales de un pueblo y como dije antes la diversidad lingüística enriquece toda la humanidad. Considero también que las sociedades iberoamericanas no han tenido políticas vigorosas de valorización de sus lenguas, aunque este proceso, en la mayor parte de nuestros países, es muy incipiente.
Con la revolución tecnológica de las últimas décadas se ha incorporado una masa importante de vocablos sajones al lenguaje cotidiano. ¿Hasta qué punto esa incorporación pone en peligro, si es que así sucede, nuestros rasgos identitarios? ¿Cómo hace nuestra lengua para subsistir?
A.R.: En un mundo cada vez más conectado es difícil que no haya intercambios en la cultura. La cultura siempre fue y cada vez más va a ser intercambio. Esto me parece inevitable. La lengua es uno de los datos culturales más esenciales, por lo tanto, también ella es intercambio.
El problema existe cuando el campo de fuerzas entre las sociedades es fundamentalmente tan desigual, como hoy que, en lugar de intercambios, tenemos un flujo desigual e impositivo casi en un único sentido. Acá reside el problema y el peligro. En esta situación es necesario imaginar políticas que puedan garantizar intercambios más equitativos y, por lo tanto, la diversidad lingüística como patrimonio esencial de todos los pueblos.
L.A.Q.: Ese intercambio del que habla Albino nos muestra un territorio vivo y que se recrea de manera permanente en la historia. Por eso, la adquisición —y la exportación— de vocablos es la dinámica misma de la lengua. Claro está que nuestras identidades se constituyen en el lenguaje y en nuestra práctica cultural e histórica. Pero tampoco nuestras identidades son estáticas ni definitivas, son territorios en construcción que se reescriben de manera permanente. Y subsistirán, siempre y cuando sepamos defender nuestra cultura.
Si entendemos a la comunicación como un proceso transversal, sin limitación en una u otra disciplina, para ustedes ¿cuál es el objeto de la comunicación y cómo se conjuga con lo cultural? Además, ¿la comunicación es una disciplina, un conjunto de proposiciones interdisciplinarias o un campo intelectual en construcción?
A.R.: creo que la comunicación es un fenómeno amplio que trasciende toda la sociedad humana. En sociedades más complejas se crean otras modalidades de comunicación, como la que se desarrolla a través de los medios sociotecnológicos. Para algunos, incluso en Brasil, la disciplina Comunicación tenía como objeto la comunicación de medios. Habría, por lo tanto, una disciplina específica llamada Comunicación. No creo que esta visión sea correcta, puesto que ella empobrece el objeto y dificulta una mirada más compleja de las redes de comunicación que hoy modelan la sociedad actual, incluso olvida las ricas conexiones existentes entre ellas y quedan desconocidas.
L.A.Q.: A mi juicio, la comunicación como disciplina es un campo intelectual todavía en construcción, que nace muy influido por las ciencias duras (sobre todo por la Físico-Matemática) y que se ha nutrido de todas las disciplinas humanísticas: la lingüística, la antropología, la filosofía, la sociología, la psicología, y también de las ciencias duras como la biología y la matemática. No veo entonces ni un campo académico y profesional autónomo, ni un campo independiente de la cultura.
A.R.: Pero la comunicación es el intercambio de la cultura, que puede asumir varias formas y tener muchos soportes distintos. Es producción de sentido que da significado al mundo que vivimos. En esta perspectiva, ella solamente puede ser estudiada en profundidad de modo multidisciplinario.
L.A.Q.: También creo que poco a poco la comunicación está encontrando sus propios espacios: sobre todo cuando los procesos de mediatización le han planteado nuevas preguntas a las ciencias humanas.
Esas preguntas podrían ser: ¿cómo es la vinculación, en términos de pautas, reglas y leyes, entre medios de comunicación y cultura? Es decir, entre sus competencias; ¿cuáles son las relaciones y cómo se articulan?; ¿cuáles son los límites de uno y otro campo?.
L.A.Q.: Es difícil señalar fronteras precisas entre cultura y comunicación en términos de prácticas sociales, de arquitecturas institucionales y de medios de comunicación. Por ejemplo, todo fenómeno mediático nos habla de un hecho cultural constitutivo de nuestro tiempo. Y no se pueden evaluar los acontecimientos culturales sin leerlos en su dimensión comunicacional. Pero en términos disciplinarios sí podemos encontrar diferencias en la construcción de objetos. Creo que analizar la economía de la cultura, por ejemplo, requiere rigores y un tipo de análisis que no viene del campo de la comunicación.
“El siglo XXI será, sin lugar a dudas, el siglo de la comunicación, aunque nos resulte hoy muy difícil imaginar en qué entorno tecnológico se desenvolverá nuestra vida dentro de cinco años”.
(Luis A. Quevedo)
A.R.: A propósito, como señalaran Adorno y Horkheimer, el nacimiento de la industria cultural ha representado el avance del capitalismo en la producción cultural. Hasta aquel momento, solamente la producción material estaba subsumida al capitalismo. Para ellos, el término “industria cultural” era considerado esencialmente una lógica de producción que subordina la cultura. Hoy, la expresión industria cultural es utilizada en otro sentido. Sólo quiere decir que la cultura está siendo producida en moldes tecnológicos. En esta perspectiva es posible concebir una cultura hecha tecnológicamente, pero en padrones no capitalistas. Algunos autores, por otro lado, distinguen en los medios de comunicación dos áreas: una de producción de la cultura, pensada sólo como productos artísticos, y otra de información. No me parece que esta distinción tenga sentido.
Entonces ¿qué valor tiene la comunicación en los proyectos culturales?
A.R.: La comunicación y la cultura son campos fuertemente entrelazados. No es posible hablar de un proyecto cultural que no esté asociado con la comunicación. En una sociedad de la comunicación, como la actual, esta conexión se torna más acentuada.
L.A.Q.: Éste es un desafío esencial para los proyectos culturales: comprender que la dimensión comunicativa está presente desde el inicio mismo de la planificación y que tiene sus reglas y sus desafíos que reclaman una intervención profesional específica. Y también es un punto de encuentro ineludible en el campo profesional: gestores culturales y comunicadores tienen que trabajar cada vez más juntos. Quienes piensan o planifican o establecen estrategias culturales deben recurrir a la comunicación, y los expertos en comunicación están cada vez más obligados a pensar en las instituciones de la cultura y en los proyectos culturales como un terreno específico de su profesión, que también requiere investigación y un pensamiento propio.
A.R.: Toda obra o actividad cultural para tener impacto en la sociedad tiene que desarrollar un buen plan de comunicación para que se vuelva efectivamente pública y pueda alcanzar a las personas.
En el proceso globalizador ¿qué papel tiene la comunicación?
L.A.Q.: Gran parte de los procesos de globalización son comunicacionales. Diría más, no hay globalización sin una revolución en las comunicaciones y un cambio de paradigma en las tecnologías de la comunicación. El mundo ha vivido, desde el Renacimiento, muchas “globalizaciones” y siempre los medios y las tecnologías de la comunicación estuvieron en primer plano. El problema es que en los últimos treinta años de nuestra historia hemos vivido una revolución tecnológica que, más que nunca, está asociada al impacto que han producido las tecnologías de la información y las comunicaciones TIC en la industria, las empresas, la política, la educación, las instituciones públicas, el mundo de la guerra y las experiencias de la vida cotidiana de los ciudadanos.
A.R.: Sin duda, entre los componentes del proceso de globalización, uno de los más efectivos es la comunicación. Al conformar redes que vehiculizan flujos de informaciones económicas, políticas y culturales y de obras artísticas y científicas, la comunicación hace posible el intercambio global en diferentes constelaciones. Hoy, por la vía de las industrias culturales audiovisuales, la comunicación es el mayor agente de la globalización cultural. Sin embargo, simultáneamente, ella funciona como soporte necesario para las otras modalidades de globalización. Sin redes de transmisión de informaciones económicas en tiempo real, por ejemplo, la globalización financiera no se podría realizar de ningún modo. Así, al mismo tiempo, para mal o para bien, la comunicación es agente y soporte de la globalización.
¿Qué opinión les merecen las políticas de medios, existan o no, en la región?
“Si bien los fenómenos de globalización son ya irrenunciables y la hibridación cultural forma parte de los procesos actuales, tenemos que pensar la diferencia desde una perspectiva histórica que nos vincule con tradiciones y valores a los que no estamos dispuestos a renunciar”.
(Luis A. Quevedo)
A.R.: Las políticas de la comunicación son esenciales en el mundo contemporáneo, incluso porque ellas tienen un enorme poder en todas las esferas sociales, por ejemplo, en la política, en la economía, en la cultura, en la educación, en la salud. Pero, como en el mundo actual, los medios están mayoritariamente en manos de la iniciativa privada, estas políticas sufren fuertes presiones para que no se apliquen. En Brasil, recientemente, una discusión pública acerca de una agencia nacional reguladora para los audiovisuales fue ferozmente bombardeada por los grandes medios de comunicación, que no quieren ninguna regulación para el campo de la comunicación.
L.A.Q.: Creo que hay políticas muy diferenciadas; en algunos casos hay políticas activas muy destacables, y en otros casos creo que tenemos ausencias muy significativas en materia de políticas públicas. No me parece posible hacer una evaluación “en general”, creo que hay políticas muy alentadoras, como, por ejemplo, la política que tiene Argentina sobre el cine, y otros vacíos alarmantes como el abandono a la suerte de mercado, en la mayoría de nuestros países, de la industria televisiva. Es difícil también encontrar políticas “regionales”, como tiene Europa, por ejemplo, en materia de las industrias audiovisuales, y me parece que el destino de estas industrias en nuestros países dependerá mucho de la acción de los estados en este sentido. El mercado, cada vez más globalizado, terminará por producir un dominio casi absoluto de lo que se produce en Estados Unidos, tanto en materia discográfica como audiovisual.
A.R.: Por eso, sería necesario una mayor interacción entre gobiernos democráticos y la sociedad civil para viabilizar políticas que puedan democratizar la comunicación y la sociedad. Las políticas existentes son netamente insuficientes frente al rol de los medios en la actualidad.
¿Tal como están planteados los medios hoy, contribuyen a la formación de opinión crítica, permiten realizar análisis reflexivos sobre las cuestiones culturales?
L.A.Q.: Los medios están perdiendo, cada vez más, su papel de incentivar la crítica en nuestras sociedades. Sobre todo los medios electrónicos, aunque es un fenómeno que se registra también en los medios gráficos y en los nuevos medios. Los fenómenos de globalización y sobre todo la arrasadora concentración industrial que tiende a empequeñecer los espacios locales de producción y a beneficiar una producción de contenidos cada vez más concentrada, ha llevado a profundizar el papel del entretenimiento que tiñe también a la información —“infoentretenimiento”— o la educación —”eduentretenimiento”— en perjuicio de la creación de espacios de pensamiento crítico y de la participación ciudadana.
A.R.: Es bien sabido que la concentración monopólica dificulta el pluralismo de opiniones, esencial para la construcción de una opinión pública crítica. Luego, las reflexiones acerca de la cultura son pocas y tienen un ton demasiado frágil, incluso frívolo. Los medios pueden tener un papel mucho más cualificado en el campo cultural. Por lo tanto, los medios no permiten hacer análisis crítico porque están subordinados a una lógica de dependencia al capital, vía propiedad de los medios o vía publicidad. La lógica mercantil dominante, con excepciones que apenas confirman la regla, bloquea el ejercicio de la crítica.
“La política deja de ser una política centrada en las calles y pasa a ser cada vez más una política hecha en pantallas, en los espacios virtuales creados, en redes, por la televisión, por las computadoras”.
(Albino Rubim)
¿Cuáles serían los compromisos de los medios de comunicación en la construcción de las identidades regionales?
L.A.Q.: En primer lugar, hay que volver a pensar en el rol del Estado en este terreno. O mejor dicho, de los estados; es decir, de los municipios, de las provincias o regiones y de los estados nacionales. Durante los años noventa, nuestras sociedades vivieron el embate de las ideologías de mercado y una expansión de la industria audiovisual que tendió a borrar el papel productor y regulador del Estado. Creo que tenemos que volver a pensar, consensuar e implementar políticas activas tanto de los estados nacionales, como de las instituciones regionales. Esto nos permitirá poner en valor nuestras producciones locales frente a uno de los efectos de la globalización cultural: la supresión de las diferencias, la pérdida de los valores y especificidades locales, así como la devaluación de las identidades en beneficio de una mundialización cultural que anula la historia.
A.R.: Los medios de comunicación más poderosos tienen hoy una dimensión transnacional y buscan tener y formar públicos en todas las partes del mundo. A ellos no les importan las regiones, las naciones, ni los localismos. También muchos medios nacionales tienen el mismo comportamiento. Pero, el mundo contemporáneo, simultáneamente, está hecho de flujos globales y por nuevos flujos locales, regionales y nacionales que emergen como potenciales contrapuestos a la globalización. Así, tenemos un mundo que puede ser definido por una nueva expresión: “glocal”. En este mundo, las regiones y las identidades regionales pasan a tener mucha importancia; por lo tanto, fuertes compromisos pueden nacer entre los medios y las regiones. Ahora, en diferentes países, tenemos experiencias relevantes de medios regionales de comunicación comprometidos con las identidades regionales.
L.A.Q.: Si bien los fenómenos de globalización son ya irrenunciables y la hibridación cultural forma parte de los procesos actuales, tenemos que pensar la diferencia desde una perspectiva histórica que nos vincule con tradiciones y valores a los que no estamos dispuestos a renunciar.
La crisis económica mundial que tiene mayor impacto en América Latina ha afectado a los presupuestos y las expectativas de desarrollo en las áreas de cultura y comunicación. Entonces ¿ven posible en Iberoamérica un acuerdo comunicacional y cultural que abarque los niveles más sensibles de la política en función del desarrollo sociocultural?
L.A.Q.: Creo que sí. Creo que Iberoamérica comparte hoy una lengua, una historia y un acervo sociocultural que lo identifica y que forma parte de nuestro patrimonio, tangible e intangible, que no debemos permitir que se transforme en folclore. Pero este desarrollo sociocultural se ve amenazado no sólo por las crisis económicas, que han golpeado a buena parte de nuestras sociedades en los últimos años, sino por la concurrencia de otros factores: las ideologías neoliberales que colonizaron el discurso político de los últimos quince años, las agresivas políticas de las empresas transnacionales de cultura y comunicación, sobre todo de origen norteamericano, y por la ceguera de buena parte de nuestras dirigencias políticas que no han querido ver el valor estratégico que tiene el campo de la cultura y la comunicación para el desarrollo integral de nuestras naciones. Sin embargo, soy optimista en un punto: creo que algunos de estos factores están cambiando en Iberoamérica, lo que nos abre una ventana de oportunidad que no podemos desaprovechar.
“Sería necesaria una mayor interacción entre gobiernos democráticos y la sociedad civil para viabilizar políticas que puedan democratizar la comunicación y la sociedad”.
(Albino Rubim)
A.R.: Me parece que un acuerdo como el que plantea es sin duda necesario, pero solamente sería posible en condiciones muy especiales. En primer lugar, la existencia de gobiernos democráticos e internacionalistas, que tuviesen una visión profunda de la importancia estratégica de la cultura y de la comunicación hoy. Pocos son estos gobiernos ahora, por la ceguera política de la dirigencia que habla Luis. En segundo lugar, que la sociedad civil organizada tenga también esta concepción y fuerza para presionar a los medios privados para un movimiento en este sentido. Entonces, estarían dadas las condiciones para el acuerdo. Pero tal situación está muy lejos de ser posible. Las empresas capitalistas de comunicación, multinacionales y hasta nacionales son los mayores obstáculos para llegar hasta tal meta.
Pasando a otros acuerdos o vínculos, ¿creen necesario considerar aspectos más profundos entre los vínculos educativos, culturales y comunicacionales, visto que si recorremos las recomendaciones de las Cumbres de presidentes no lo han abordado de manera integral?
L.A.Q.: El vínculo entre cultura y educación ha sido tratado de múltiples formas y creo que hay una conciencia más o menos clara sobre los puentes que unen estos dos territorios. Pero soy más pesimista sobre la comprensión, por parte de nuestros dirigentes de todos los sectores sobre la pertinencia de hacer converger también los desafíos comunicacionales. Creo que a la comunicación se la sigue viendo más como un instrumento y no tanto como un rasgo cultural de nuestro tiempo que impacta, como nunca antes, en el territorio de la educación. Sin embargo, la prepotencia comunicacional que vivimos, tanto desde el punto de vista tecnológico como desde el impacto que produce en los lenguajes y en la producción de conocimiento, hará inevitable este encuentro.
A.R.: Para mí el tema de la cultura y de la comunicación y su conexión con áreas próximas, sin duda, necesita una mayor profundidad, incluso porque es un tema reciente y porque sufre muchas presiones de grupos poderosos para no ser debatido. También, no hay hasta ahora una conciencia plena de la relevancia del asunto entre los movimientos políticos y sociales progresistas. Entonces, las recomendaciones de las cumbres son insuficientes o se quedan sin posibilidades de aplicación.
Los medios transmiten hechos que son consumidos individual, social y culturalmente produciendo cambios a lo largo de un complejo proceso social, económico, político, psicológico y cultural. ¿Cuál es el rol del receptor en el proceso de la comunicación cuando hoy la interconectividad trasciende el espacio de las relaciones directas y pasan al ámbito de la virtualidad?
A.R.: Creo que la existencia de nuevas redes de interacción, como las virtuales que crean nuevas mediaciones, son vitales para un proceso de recepción más crítico. En este sentido, no hace la diferencia si las relaciones son directas o no. Lo importante es que sean muchas y plurales. Cuando más ricas son las interacciones sociales de una persona, más amplias pueden ser sus capacidades críticas de recepción. Muchos estudios de recepción, desde Martín Barbero, han insistido en este aspecto.
L.A.Q.: El receptor ha sido y es un personaje muy activo en todos los procesos de comunicación, aunque podamos decir que no siempre se lo ha visto de esta manera. Quiero decir que la actividad del receptor existió siempre por más que lo hayamos pensado como un sujeto pasivo o que tanto desde el punto de vista teórico y práctico le hayamos asignado un papel de esponja sin vida propia. En gran medida, seguimos pensando en términos de las teorías de la alienación de los años sesenta y setenta. Pero el receptor se ha vengado de múltiples formas: una de ellas se vincula con la crisis de credibilidad que suelen vivir los medios de comunicación. Otra, por su papel cada vez más activo en la producción y direccionamiento de los mensajes. Los medios electrónicos están cada vez más presentes en el ámbito doméstico, en el espacio público y en la vida cotidiana de los ciudadanos, lo que ha provocado una cierta “profundización de lo virtual” y esto le ha devuelto al ciudadano la posibilidad de manejar una parte de los contenidos comunicacionales de esta época, así como del direccionamiento de los flujos informativos. Sin embargo, creo que este fenómeno se reducirá cada vez más a los círculos más íntimos del ciudadano común, sus diferentes grupos de pertenencia, mientras que los flujos de información y comunicación importantes quedarán en manos de las compañías más concentrados, globalizados y poderosos del mundo, como comentaba Albino.
Observamos que la expansión de Internet, la digitalización de medios son algunos cambios que están desactualizando la legislación de protección de las industrias culturales nacionales, y también se ve un proceso de concentración y monopolización de medios. Frente a esta realidad ¿cuáles creen que son las medidas que se deberían tomar para crear mejores condiciones de producción endógena?
A.R.: Sin duda, Internet y otras redes informáticas son un fuerte factor de cambios sociales y tecnológicos que tienen impactos en la legislación y en la contemporánea delimitación de fronteras, incluso culturales. Pero, no creo que, en una situación de globalización se pueda pensar en términos de producción endógena. Esto solamente es posible en áreas culturales muy especializadas o en países de gran población y amplias dimensiones territoriales. Más pertinente sería imaginar la construcción de una producción orientada para mercados conjuntos formados por acuerdos entre países próximos en términos geográficos, culturales o políticos. Así también aquí los pactos entre países son fundamentales, porque estarían sintonizados con el mundo conectado de hoy.
L.A.Q.: Es verdad que los cambios legislativos son muy lentos y no acompañan la velocidad de los actuales cambios tecnológicos y culturales que estamos viviendo. Pero tenemos que pensar que en muchas sociedades no se cuenta con un marco legal adecuado porque las empresas privadas prefieren muchas veces el vacío legal a un Estado que sea capaz de regular la dinámica de los mercados. En muchos de nuestros países, el retiro del Estado en este terreno ha formado parte de una política, y lo primero que tenemos que hacer es producir un regreso del Estado, pero no para volver al monopolio de la comunicación pública, sino para tener políticas de regulación y control de la actividad privada y para no renunciar al derecho de la comunidad a tener medios o prácticas comunicacionales que no estén reguladas por los intereses de mercado. En este plano, las organizaciones del tercer sector, las universidades, las cooperativas y otros actores sociales deben ser revalorizados en su rol productivo y en su capacidad de darle la palabra a los que se han quedado sin voz en el espacio público mediático.
Qué relevancia o implicancia tienen hoy las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) en el proceso de construcción o fortalecimiento de identidades?
A.R.: Las nuevas sociotecnologías de información y comunicación alterarán fundamentalmente el mundo contemporáneo en muchas de sus dimensiones. Con la configuración de nuevas redes, que sobrepasan toda la sociedad, vivimos en una verdadera edad de los medios (“edad mídia”). Con esto, las fronteras, tan importantes para la construcción de identidades, se borraron. Los espacios no son solamente geográficos, son también virtuales o electrónicos. Los procesos de producción de identidades se tornaron más complejos. Mientras, las nuevas sociotecnologías de información y comunicación también están al servicio de los intereses de los poderosos capitalistas que buscan destruir identidades e imponer una cultura global, sin identidades singulares, aséptica, llena de “no lugares”, para usar la expresión de Marc Augé.
Es claro que el peso que significan las TIC ha condicionado el interés por la producción, la circulación, los efectos y consumos de los productos mediáticos por parte de los distintos públicos a escala mundial, sobre todo los medios de comunicación y muy especialmente la televisión, ¿creen que estos medios ponen o podrían poner en peligro las distintas esferas de la producción cultural?
L.A.Q.: La aparición de nuevas tecnologías en el campo de la comunicación siempre se vivió de dos maneras aparentemente contradictorias: de manera celebratoria y eufórica por las posibilidades que brinda y también como decadencia de viejas tecnologías o formas culturales que parecen estar llamadas a morir. Creo que lo que estamos viviendo hoy —como ha ocurrido otras veces— no debe volvernos optimistas en cuanto a los efectos democratizadores en la producción, circulación y consumo de bienes culturales, ni tampoco pesimistas en lo que hace a la desaparición de las esferas alternativas de la producción cultural. Es cierto que hay un vector en la producción mundial de bienes culturales que tiende al aplastamiento de la diversidad y que atenta contra la polifonía en el espacio de los medios. Pero también es cierto que esta pretensión hegemónica ha fracasado en varias oportunidades y la pluralidad en la producción cultural se ha mantenido. Sin embargo, creo que hoy, como nunca, el mercado se revela cada vez más concentrado y agresivo y nos obliga a pensar políticas activas para mantener vivas todas las esferas de producción cultural.
A.R.: Creo que el desarrollo de los nuevos aparatos sociotecnológicos de información y comunicación y el interés que producen en el público no inhiben las posibilidades de avance de otros campos culturales. En verdad, existe una redefinición en la “ecología” —para recordar a Abrahan Moles y su sociodinámica de la cultura y de la comunicación—. Algunos ramos culturales y algunos medios pasan a ocupar lugares más importantes en la constelación de la cultura y de la comunicación, en detrimento de otros. Mientras, esto es natural en la dinámica de la renovación de la cultura y de la comunicación.
Las transformaciones sociales que se dieron con la producción industrial y la innovación tecnológica, ¿han inducido a nuevas formas en la imaginación estética?
A.R.: Por supuesto que sí. Las innovaciones sociotecnológicas inauguraron nuevas posibilidades de imaginación y de lenguajes estéticos. El famoso texto de Walter Benjamin acerca de la obra de arte en la época de la reproducción técnica es uno de los más hermosos análisis de estos procesos. El cine, la fotografía, el vídeo, el videoarte, la arte digital son significativos ejemplos de nuevos formatos artísticos, que enriquecen el universo simbólico, la sensibilidad y los modos de percepción de toda humanidad.
L.A.Q.: Como dice Albino, éste es un punto muy importante en la cultura contemporánea. Las nuevas tecnologías han incorporado al mundo de la cultura nuevos lenguajes al tiempo que han revolucionado el campo de la producción estética. El arte está atravesado por las nuevas tecnologías en todos los terrenos: los creadores del siglo xxi son creadores que manejan los lenguajes digitales y que se ven muy influenciados por las narrativas y las estéticas que vienen de los nuevos medios. Tal vez en este terreno es donde más claramente se muestra la convergencia entre las TIC y cultura posmoderna, lo que nos obliga a repensar las categorías con las que veníamos analizando el campo del arte.
A modo de reflexión final, ¿de qué manera los avances tecnológicos en las comunicaciones influyen en la cultura, las relaciones sociales y las formas de organización política en todas sus dimensiones?
L.A.Q.: Creo que en los tres terrenos ha sido muy claro el impacto de las nuevas tecnologías y el desarrollo de la dimensión comunicativa en la cultura, las relaciones sociales y la política. En el campo de la cultura, todos los territorios de eso que llamamos cultura, sea cual fuere su definición, se ven hoy impactados por las TIC y casi no hay un terreno cultural que pueda prescindir de la comunicación. Por otra parte, las relaciones interpersonales son, tal vez, las que más se han “mediatizado” y muchos de los procesos comunicacionales que antes eran cara a cara hoy sufren un desplazamiento tecnológico que le han cambiado su morfología y su lógica de acción. Finalmente, la política siempre tuvo una dimensión comunicativa que fue pensada y analizada por los teóricos de todos los tiempos, pero hoy la política, como dice Manuel Castells, se ha vuelto informacional y no puede prescindir ni de los vínculos que los ciudadanos tienen con los medios de comunicación, ni de los lenguajes que están allí contenidos. El siglo xxi será, sin lugar a dudas, el siglo de la comunicación, aunque nos resulte hoy muy difícil imaginar en qué entorno tecnológico se desenvolverá nuestra vida dentro de cinco años.
A.R.: Ésta es una pregunta muy general y difícil de ser contestada de modo breve. Sin duda, los avances tecnológicos —mejor sociotecnológicos— tienen brutal impacto en el mundo contemporáneo, en todas las esferas sociales, en la economía, en la política, en la cultura. La política deja de ser una política centrada en las calles y pasa a ser cada vez más una política hecha en pantallas, en los espacios virtuales creados, en redes, por la televisión, por las computadoras. La cultura, aunque mantenga muchos productos artesanales y formatos de intercambio directo, por la vía de las industrias culturales y de la cultura en las redes informáticas, crea muchos productos y dinámicas culturales innovadoras. El universo cultural se torna más complejo y problemático. Muchas lógicas no culturales sobrepasan este campo con grandes riesgos para la cultura. Pero como dijo Piazzolla: “Es hora de cambiar todo, hasta los sueños”.
Lic. Alí Mustafá
Profesional de Programas
OEI – Buenos Aires
Periodista