Este informe se orienta hacia la sustentabilidad como valor principal, y se basa en la conjunción de tres perspectivas complementarias: el ciudadano como sujeto, la búsqueda de nuevos indicadores como herramienta y los derechos humanos como horizonte.
En una época en la que la creatividad se encuentra cercada por las exigencias uniformadoras del mercado y por la fuerza de las identidades culturales que sufren la presión de las políticas llevadas a cabo en el sector, Iberoamérica se ve impelida a buscar su espacio en los mercados mundiales de la cultura, sin por ello perder su diversidad y su autonomía.
Las políticas culturales nacionales, regionales y locales se encuentran sumidas en una dinámica de fuerzas que se solapan, se cruzan y se mezclan en un mundo cada vez más globalizado. El papel de las instituciones culturales y de las políticas gubernamentales se ha puesto en juego, y requiere una redefinición.
El Informe sobre Cultura y Sustentabilidad en Iberoamérica (ICSI), es el resultado del trabajo llevado a cabo por la OEI y la Fundación Interarts, orientado a la promoción conjunta de redes de cooperación cultural, a la elaboración de programas de formación y de publicaciones, a la organización de encuentros entre profesionales, formadores e investigadores, y, sobre todo, a la realización de debates y discusiones sobre el espacio cultural iberoamericano y su lugar en el mundo actual, a partir de la constitución de una red de investigadores, quienes, mediante un sistema de sondeos y de encuestas entre operadores culturales, recogieron los datos, las experiencias y sus percepciones de futuro.
La publicación forma parte de uno de los sueños de Eduard Delgado(1),el de ubicar la cultura como la matrizrenovadora del lazo social, y se encuentra estrechamente vinculado con su compromiso hacia los derechos culturales como espacios de recreación del sentido de lo público.
El objetivo de este ejercicio es doble. En primer lugar, se busca inquirir la percepción que los agentes culturales poseen sobre el futuro de la actividad en su ámbito de proyecto (las artes o el patrimonio) y situarla en el ámbito iberoamericano. De esta primera intención se desprende la base de este informe sobre cultura y sustentabilidad en Iberoamérica. En segundo término, y de manera complementaria, se trata de explorar la posible creación de un sistema permanente de sondeo, análisis y encuesta entre agentes culturales: “la red ICSI”, cuya activación respondería a las necesidades de monitorización de esas percepciones, así como al intercambio de datos y experiencias entre sus miembros. En otras palabras, la red ICSI podría constituir un cuerpo profesional de intercambio voluntario de información y datos cuyas virtualidades estarían desprovistas de límites prefijados.
La red ICSI se vendría a integrar en los esfuerzos realizados desde las instituciones patrocinadoras del informe para articular los sistemas de conocimiento, formación e información en el ámbito cultural iberoamericano, y entre éste y sus homólogos en otras regiones del mundo, especialmente en Europa.
ICSI se plantea como un trabajo en progreso. Un proyecto que intenta aportar experiencia en el uso de ciertas herramientas teóricas —como las nociones de sustentabilidad cultural o de prospectiva aplicada a la cultura—, a la vez que tiende a poner en el centro de su atención al operador cultural. En este sentido, es preciso hablar de tendencias, puesto que en un sector laboral en formación es difícil establecer los límites entre la tarea del operador profesional, el funcionario comprometido, el voluntario con proyecto propio, el artista en funciones gerenciales y el investigador especializado en las ciencias aplicadas de la cultura.
Sin embargo, parece cierto que una de las características del espacio cultural iberoamericano es la indefinición formativo-profesional de los productores, gestores, agentes y mediadores culturales. Ello se traduce en una escasa influencia en el diseño de políticas, la inadecuada gestión de los recursos y la experimentación de nuevas formas de participación. También existe un proverbial divorcio —siempre con meritorias excepciones— entre el mundo del conocimiento académico y la gestión cultural, así como entre la tarea de los intelectuales de proyección pública y el debate sobre la política para las artes y el patrimonio. Las páginas culturales de periódicos o espacios audiovisuales oscilan a menudo entre la crónica de la actualidad artística y la especulación politológica sobre las consecuencias de la globalización, sin que entre ambos polos medie un debate social sobre las prácticas, los recursos y las expectativas culturales de la población en su vida cotidiana.
En los últimos años, las ciencias aplicadas a la cultura han recorrido la ruta de las declinaciones posibles hacia la economía, el desarrollo local, la tecnología, el medio ambiente, la educación, el turismo, la comunicación, la integración social, la participación ciudadana, la paz, la salud o la cooperación internacional. Transitado este circuito, persisten las preguntas sobre cómo situar el espacio cultural en la equidistancia justa entre el mercado y la esfera pública, entre la gobernabilidad y la creatividad, entre lo individual y lo colectivo.
Es por ello que, en los últimos años, el debate sobre las políticas culturales o la diversidad cultural está dejando paso a nuevas formas de plantear los problemas de la cultura y a su optimización, en condiciones cada vez más adversas, para los planteamientos humanistas de la convivencia creativa.
Algunas de esas nuevas formas se dirigen a asegurar un verdadero compromiso del ciudadano para con su devenir cultural y el de su comunidad, situando la llamada “sociedad civil” como sujeto y centro de los intereses culturales. Por otra parte, se pretende dotar esta narrativa con parámetros de contraste por la vía de nuevos índices e indicadores que permitan al sector cultural confrontar sus aportes con los de cualquier otra esfera de la actividad humana. Finalmente, se trata de establecer el nuevo discurso sobre bases jurídicas universales como el Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas, firmado por todos los Estados iberoamericanos.
Por todo ello, el informe pretende dar un pequeño giro a los puntos de vista habituales, al situar en primer plano las percepciones que los responsables del día a día poseen sobre los proyectos, servicios e instituciones. Ello debería permitir acercarnos al sentir de unas poblaciones a las que raramente se les consulta sobre el diseño de su entorno cultural.
Asimismo, ICSI pretende responder a la necesidad de estructurar análisis, investigaciones y estudios que contribuyan a la creación de indicadores culturales que permitan la construcción de escenarios y análisis a medio y largo plazo. Este es, sin duda, el principal reto de las políticas culturales contemporáneas.
Metodología y temáticas
El informe se realizó sobre un aprovechamiento real de las llamadas “nuevas tecnologías”, permitiendo mantener un intenso diálogo con un número importante de interlocutores en cualquier parte del mundo. Por este motivo, el informe optó por enviar una encuesta electrónica directa a profesionales del espacio iberoamericano, en un intento por hacer de esa comunicación la base de una futura red de investigadores, con capacidad para generar dinámicas de acción autónoma.
La escasez de centralidad del espacio iberoamericano en el mundo se vincula con la ausencia de escenarios abiertos que permitan interpretar problemáticas internas de la región desde una pauta universal, a partir del aporte de claves originales, procesos y, sobre todo, de la participación activa y cohesionada en los foros internacionales en los que actualmente se crean los nuevos espacios políticos.
La parte más importante de esa presencia la encarna la economía; la atracción de capitales, su rentabilidad y su reversión a otros territorios geoeconómicos y científicos. Hoy sabemos que esta asignatura se encuentra en momentos de serio compromiso. A pesar de que los indicadores de futuro revelan los grandes potenciales de la región, no auguran una articulación de esos mercados en Iberoamérica durante la próxima década. En este artículo no se ahonda en los aspectos más significativos de la evolución y la integración de las economías latinoamericanas. Basta con señalar que, cuando se hace referencia al espacio iberoamericano, el pesimismo económico parece permear la mayoría de los esfuerzos prospectivos en relación con la cultura, según los entrevistados de todas las secciones del informe ICSI.
La sustentabilidad como marco de referencia
En este tono de acercamiento a las percepciones desde las colectividades y los proyectos culturales se inserta la noción de sustentabilidad. Hoy sabemos que para que una comunidad goce de un bienestar sostenible debe ejercer su derecho a la autonomía cultural y a diseñar las prioridades para sus prácticas expresivas y creativas; sean éstas públicas o privadas, individuales o colectivas. En este sentido, podemos definir a una colectividad humana como sustentable mientras sea capaz de desarrollar en sus propios términos un entorno cultural que le permita identificarse, utilizar códigos co-munes de estructuración simbólica y producir autónomamente nuevos lenguajes.
Actualmente disponemos de una abundante literatura científica que nos indica que la autonomía cultural de un colectivo es, a su vez, precondición im- portante para atesorar su capital social y su capacidad autóctona de asegurar los máximos niveles de potencial productivo y creativo en todos los órdenes de la convivencia.
Jesús Martín Barbero abordó los temas de medios de comunicación; Renato Ortiz elaboró una interpretación de los textos vinculados a las culturas contemporáneas en el contexto mundial y Lucina Jiménez, los temas referidos al patrimonio cultural, artes y culturas populares.
La noción de sustentabilidad debe leerse en función de un entramado conceptual sobre cultura y desarrollo. Por ello, es preciso puntualizar para quienes no estén familiarizados con el enfoque utilizado que en esas elaboraciones se entiende por cultura el conjunto de prácticas expresivas y creativas de las personas; aquellos actos deliberados de comunicación individual y colectiva donde se hallan elementos estéticos de decisión personal, ya sea en la creación de nuevas formas o en el uso selectivo y expresivo de formas procedentes de la tradición, la historia o el mercado.
En esta línea, se considera importante mantener esta restricción del campo cultural respecto de los significados puestos en circulación deliberadamente por cualquier persona en tiempo presente. Ello nos permite incidir, precisamente, en el carácter voluntario de esa comunicación, de la que se excluyen los elementos inconscientes, mecánicos o tópicos de la cultura, que si bien la observación antropológica nos permite constatar que contienen siempre rasgos característicos de cada individuo y del campo de interacción simbólica grupal, suelen adolecer de calidad expresiva y creativa.
En la misma línea se entiende que hay que definir el término “colectividad cultural”, por lo menos a efectos de este informe, como el grupo humano que comparte tres tipos de vectores significantes: los enraizados en el territorio, los que son producto de las migraciones o comunidades residentes desplazadas de otros territorios y las culturas nacionales o mundiales que inciden en los procesos locales. Aquí se plantea un tema recurrente en América Latina relativo a la relación entre las culturas nacionales y la globalización. De hecho, las culturas que se alejan de lo local tienden a confundir sus dimensiones nacionales y globales. En cualquier caso, a efectos de este informe, se ha creído oportuno poner ambas en un mismo nivel, dado que inciden en la vida cotidiana de formas similares.
Los temas abordados en el informe son, entre otros, culturas populares de raíz tradicional, culturas indígenas, culturas populares contemporáneas, lenguas, música, medios de comunicación, turismo, patrimonio, artes plásticas, internet y multimedia.
El parámetro principal es de tipo territorial y su perímetro es completamente variable. En muchos casos corresponde al nivel de la región y en otros a un grupo de localidades. La unidad referida debe permitir al ciudadano un acceso potencial directo a las manifestaciones y actividades básicas de su cultura y una capacidad o “apoderamiento” para incidir en ellas.
Este planteamiento de colectividad cultural que tiende hacia lo “micro” parece incompatible con una mirada hacia espacios transnacionales y transcontinentales como el iberoamericano. No obstante, uno de los ejercicios en los que el ICSI se halla comprometido es el de subrayar que lo que no es fiable es una única “foto satélite” del espacio cultural, en este caso, iberoamericano. Sólo a partir de un planteamiento ascendente, que registre cuidadosamente los parámetros comunes, se puede aplicar una teoría de la sustentabilidad cultural.
Si por un momento nos dejamos llevar por la comparativa ecológica, únicamente una comprensión profunda de los sistemas distintivos permitirá identificar modelos de interacción a niveles agregados. Todo ello, teniendo en cuenta factores imprevisibles como una creciente permeabilidad entre lo local y lo mundial, o la capacidad de diseminación de formas y símbolos que en pocos meses puedan construirse como referentes de gran potencia.
En este sentido, el concepto de sustentabilidad puede equipararse al de “apoderamiento” del entorno cultural; ejercicio que tiene su visibilización más evidente en los fenómenos identitarios, pero que se expresa en una multiplicidad de actos privados y públicos objeto de otras lecturas políticas, económicas y sociales. Los elementos culturales de la identidad deben ser utilizados, enseñados y renovados de forma permanente, y la colectividad tiene el derecho y la obligación de adoptar las decisiones necesarias para hacer presente la memoria, enriquecer los lenguajes cotidianos y fomentar a sus creadores.
Este apoderamiento cultural, cuya efectividad sería escasa si no fuese acompañado por una importante actividad de cooperación y apertura, requiere, asimismo, de algunas herramientas de intervención política. Por ello es frecuente identificar la sustentabilidad con tres factores: la conciencia del capital cultural de un colectivo, las decisiones deliberadas que facilitan los medios para conservarlo y extenderlo, y, por último, la capacidad para abrir ese capital a los intercambios y a los flujos de cooperación.
Desde esta óptica, no resulta necesario poner el acento sobre la diversidad. La diversidad es un hecho natural en la proliferación de configuraciones culturales y su constatación no aporta un dinamismo específico a la calidad política del entorno cultural. La diversidad entra en juego cuando existe una voluntad específica de asegurar su supervivencia, su multiplicación y sus interrelaciones. Es decir, cuando aplicamos políticas deliberadas para el fomento del “pluralismo” cultural. Y aún así, esas políticas parecerían huecas si no se ponen al servicio dinámico de unos resultados positivos. La promoción de la diversidad a través de políticas pluralistas no puede quedarse en un efecto estrictamente taxonómico o entomológico. El objetivo no puede ser otro que la cooperación, el mestizaje, la combinatoria creativa que permita acceder a nuevos universos expresivos, a nuevas alianzas sociales cuya finalidad sea la esencia de lo más noble de la especie humana: la solidaridad en la búsqueda de nuevas fronteras del conocimiento y nuevas formas de expresar las emociones que ello suscita.
Lo que centra los esfuerzos del informe para definir la sustentabilidad no es tanto el homenaje a la diversidad, asumiendo el avance de la UNESCO con su Convención de la Diversidad Cultural del año 2005 (2), como la cooperación y las condiciones que la hacen posible. Estas condiciones constituyen la esencia de la noción de sustentabilidad.
El informe se refiere, por lo tanto, a la noción de sustentabilidad como un concepto en permanente construcción en relación con sus contextos. Trata de incorporar al propio desarrollo cultural mesurable en parámetros convencionales (índices educativos, consumo cultural formal, frecuentación de eventos y servicios), un análisis del impacto de los elementos ambientales sobre el futuro de la propia cultura.
La complejidad del ejercicio viene marcada desde el comienzo por el conocido nudo gordiano de la cultura, que la caracteriza como definidora y definida, siendo, aparentemente, imposible llegar a un acuerdo transcultural sobre qué es y para qué sirve esa vertiente de la vida humana. Lo cierto es que, en la actualidad, las llamadas sociedades tradicionales se encuentran en un proceso de hibridación cultural, lo que imposibilita contemplar sus problemáticas desde una sola perspectiva.
Los trabajos realizados paralelamente al ICSI sobre indicadores, clima y derechos culturales nos ofrecen algunas pistas para el tratamiento de la sustentabilidad en el sector cultural. Entre ellos, los recientes debates sobre indicadores culturales que incorporan una crítica a los parámetros existentes utilizados por la UNESCO o por el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD (3), permiten entrar en una vía de superación de esquemas tradicionales sin dejar de apoyarse en ellos para avanzar en la teoría y práctica de las herramientas de evaluación.
Los indicadores y conceptos que giran alrededor de los criterios de sustentabilidad cultural han pasado a un plano preferente en el debate sobre las políticas y la gestión de la cultura. Parte de su interés radica en la constatación de que los factores culturales en el bienestar de la sociedad no son ni corolarios ni derivados únicamente de las políticas públicas. Hoy se está viviendo un doble proceso de gran interés para el futuro de la vida cultural. Por un lado, los economistas y planificadores valoran los aportes de la fenomenología cultural en el capital socioeconómico de una comunidad. Por otro, se diluye la responsabilidad institucional de los poderes tradicionales como los ministerios y consejos de las artes en el ámbito cultural. Si bien este binomio puede parecer paradójico, indica uno de los cambios ideológicos más importantes que, desde fines de siglo xx, están presenciando los países democráticos de corte occidental.
El trabajo del ICSI comparte líneas de aproximación con los esfuerzos a favor de una evaluación interactiva, basada en la percepción próxima al ciudadano y en un concepto relativamente flexible de lo que en cada cultura significan sus fenómenos expresivos y creativos. En esta dirección, las elaboraciones sobre valores, cultura y ética en la gestión y la cooperación cultural han permitido converger también hacia la sustentabilidad como clave de los objetivos culturales en cualquier política social.
La construcción del documento se desarrolló a partir de la búsqueda de una mirada prospectiva y de la necesidad de establecer diferencias entre las diversas atmósferas culturales y sus tendencias. El resultado de este esfuerzo se concreta en la descripción de los contextos sobre los cuales se analiza la sustentabilidad cultural de la región, en un recuento de las problematizaciones encontradas en ella, y una síntesis evolutiva que invita a la reflexión prospectiva. Finalmente, el informe no incluye conclusiones cerradas con el fin de dejar el proceso abierto para futuros análisis y diálogos.
Notas:
(1) FUNDACIÓN INTERARTS. Sueños e identidades, Barcelona, Península, 1999.
FUNDACIÓN INTERARTS. Des dels marges, Barcelona, Edicions 62, 1999.
(2) Convención sobre la protección y la promoción dela diversidad de las expresiones culturales aprobada en París en octubre de 2005.
(3) Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.