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CÁTEDRA CTS+I Argentina-Uruguay
Primer Seminario OEI-UBA

América Latina ante la Sociedad del Riesgo

Ileana Gutiérrez
CEA-Universidad de Buenos Aires.

El efecto igualador del riesgo

El sociólogo alemán Urlich Beck, en mayo de 1986 sacudido por la catástrofe de Chernobil ocurrida en abril de ese mismo año escribe un prefacio para su libro “La sociedad del riesgo(1) que acababa concluir. Beck, comienza este prefacio titulado “Dadas las circunstancias” de esta manera:

“En verdad, el siglo XX no ha sido pobre en catástrofes históricas: dos guerras mundiales, Auschwitz, Nagasaki, luego Harrisburg y Bhopal, ahora Chernobil. Esto obliga a ser prudentes en la elección de las palabras y agudiza la mirada para las peculiaridades históricas. Hasta ahora todo el sufrimiento, toda la miseria, toda la violencia que unos seres humanos causaban a otros se resumía bajo la categoría de los ‘otros’: los judíos, los negros, las mujeres, los refugiados políticos, los disidentes, los comunistas, etc. Había por una parte vallas, campamentos, barrios, bloques militares, y por otra parte, las cuatro paredes propias; fronteras reales y simbólicas tras las cuales podían retirarse quienes en apariencia no estaban afectados. Todo esto ya no existe desde Chernobil. Ha llegado el final de los otros, el final de todas nuestras posibilidades de distanciamiento, tan sofisticadas, un final que se ha vuelto palpable con la contaminación atómica. Se puede dejar fuera la miseria pero no los peligros de la era atómica. Ahí reside la novedosa fuerza cultural y política de esta era. Su poder es el poder del peligro que suprime todas las zonas protegidas y todas las diferenciaciones de la modernidad.” (Beck, 1986:11)

Beck, finaliza su prefacio señalando la nueva relevancia del riesgo en la era científico-tecnológica: “Mucho de lo que he obtenido argumentativamente al escribir (la imperceptibilidad de los peligros, su dependencia respecto del saber, su supranacionalidad, la ‘expropiación ecológica’, el paso de la normalidad a la absurdidad, etc.) se lee después de Chernobil como una trivial descripción del presente. ¡Ojalá hubiera sido sólo la prognosis de un futuro que había que evitar!”(Beck,1986: 14)

Hoy mientras finaliza el año 2001 este prefacio adquiere una triste vigencia y admite una nueva lectura. Frente al estallido de la nueva guerra, el riesgo se ha globalizado indiscutiblemente y la ciencia y la tecnología despliegan nuevamente su poder destructivo. Las circunstancias otra vez nos recuerdan que ha llegado final de todas nuestras posibilidades de distanciamiento. Sin embargo, la concepción “sociedad del riesgo” exige una urgente re-lectura desde las sociedades periféricas.

Según Beck, en la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente por la producción social de riesgos. Y de esta manera, sostiene que la lógica del reparto de la riqueza que primaba en la sociedad industrial de clases es desplazada dando lugar, en la modernidad desarrollada, a la lógica del reparto de los riesgos. (Beck, 1986: 25)

Desde esta perspectiva, se afirma que en algunas ocasiones las situaciones sociales de peligro están estrechamente vinculadas a la desigualdad de las situaciones de clase y de capas, “pero (las sociedades del riesgo) hacen valer una lógica de reparto esencialmente diferente: los riesgos de la modernización afectan más tarde o más temprano también a quienes los producen o se benefician de ellos. Contienen un efecto bumerang que hace saltar por los aires el esquema de clases.” (Beck, 1986: 29)

Este planteo, formulado por Beck desde el Norte, hace referencia a la globalización de los riesgos civilizatorios y hace hincapié en la relativización de las diferencias y los límites sociales. De esta manera, sostiene que los riesgos producen un efecto igualador entre los afectados. Para Beck, “las sociedades del riesgo no son sociedades de clases; sus situaciones de peligro no pueden pensarse como conflictos de clases”. Según Beck, en la sociedad del riesgo: “La miseria es jerárquica, el smog es democrático”. (Beck, 1986: 42)

Ahora bien, desde el Sur, es claro que esta perspectiva cambia, que la noción “sociedad del riesgo” -que hoy se torna indiscutiblemente vigente- debe ser examinada tras el cristal de las fuertes asimetrías que atraviesan el mundo actual. López Cerezo y Luján hacen referencia a esta cuestión en su libro “Ciencia y política del riesgo”(2) señalando justamente que la problemática de la distribución del riesgo está lejos de sustituir a la problemática de la distribución de la riqueza. Según estos autores, si bien es cierto que los peligros ya no se circunscriben a un lugar geográfico, una clase social o incluso a la generación presente; también es cierto que al mismo tiempo que los riesgos se globalizan, la distribución de la riqueza y la distribución del conocimiento científico-tecnológico es cada vez más inequitativa. Y es por eso que para América Latina el análisis de la sociedad del riesgo a la luz de las desigualdades sociales presenta hoy un interés especial.

América Latina y la desigualdad frente al conocimiento científico-tecnológico

En los años 90 la distribución del conocimiento científico se ha transformado en una problemática prioritaria. La Conferencia Mundial sobre “La ciencia para el siglo XXI: un nuevo compromiso”, celebrada en Budapest entre el 26 de junio y el 1· de julio de 1999, señala que los beneficios producidos por el desarrollo científico y tecnológico están inequitativamente distribuidos y han generado asimetrías estructurales entre los países, las regiones y los grupos sociales.

Según este documento, al tiempo que el conocimiento científico se transforma en un factor decisivo para la producción de bienestar, la distribución de este conocimiento se torna cada vez más desigual. En la actualidad, lo que distingue a los pobres de los ricos (sean personas o países) no es solamente la inaccesibilidad a los bienes sino también al conocimiento. En el mundo de hoy existen grandes masas de la población excluidas de la producción de conocimiento científico-tecnológico, pero también de la apropiación de los beneficios producidos por la ciencia y la tecnología.

La desigual distribución del conocimiento, ha sido abordada por varios autores. Emilio Lamo por ejemplo, se vale de la concepción “sociedad del conocimiento” para referirse a una nueva fase del capitalismo, en la cual el conocimiento se ha transformado en el factor que hegemoniza la reproducción del sistema económico y en el principal factor del cambio social. Desde esta perspectiva, el conocimiento científico es a la vez un factor indispensable para el desarrollo de los países del Tercer Mundo, pero simultáneamente, una fuente de nuevas desigualdades.

Siguiendo a Emilio Lamo(3), es lícito hablar de “sociedad del conocimiento”, considerando que históricamente las sociedades se han estructurado alrededor del flujo de energía (animal, humana o fósil) mientras que hoy las sociedades post-industriales se estructuran alrededor de flujos de conocimiento e información. En estas sociedades el conocimiento es la principal fuente de riqueza, el cambio científico-tecnológico se transforma en el principal motor del cambio social y el conocimiento se convierte en un nuevo factor de producción que resulta indispensable.

Sin embargo, la “sociedad del conocimiento” genera una acumulación de desigualdades significativas. En las sociedades actuales la distribución del conocimiento tiene un efecto desigualador no sólo al interior de cada país o región sino también entre países o grandes regiones. En la sociedad del conocimiento “la ignorancia es la causa más directa de la pobreza y el saber genera riqueza”(Lamo, 1994: 43).

Las desigualdades generadas por la distribución inequitativa del conocimiento abren una brecha en el mundo de hoy y dividen a la humanidad en dos grandes bloques uno ilustrado y rico y otro ignorante y pobre. La brecha que se abre en la actualidad entre los países del Norte y los del Sur se asienta claramente sobre una desigualdad económica, pero también sobre una desigualdad cultural. Ricardo Petrella(4) sostiene que esta distancia entre el Norte y el Sur da lugar a “un apartheid mundial, basado en el conocimiento”.

En la sociedad del conocimiento el saber es una nueva fuente de ascenso social. Pero nuestras sociedades lejos de transformarse en sociedades meritocráticas más justas y democráticas, al no garantizar un acceso equitativo al conocimiento mediante la implementación de políticas educativas adecuadas, se convierten en sociedades aún más polarizadas. De esta manera, en América Latina, la distribución del conocimiento se transforma en un mecanismo de exclusión social generando también desigualdades cada vez más difíciles de saldar.

La Declaración de Santo Domingo titulada “La ciencia para el siglo XXI: una nueva visión y un marco de acción”, redactada en marzo de 1999, se ocupa precisamente de la situación de los países de América Latina y el Caribe en el campo de la ciencia, la tecnología y la innovación frente a la inequitativa distribución del conocimiento científico-tecnológico, pero sin dejar de lado los problemas generados por la distribución de los beneficios y los riesgos que genera este conocimiento.

“El conocimiento científico y tecnológico ha producido aplicaciones que han sido de gran beneficio para la humanidad. Sin embargo, estos beneficios no están distribuidos equitativamente y ello ha ampliado la brecha entre los países industrializados y los países en vías de desarrollo. Además, la aplicación de los avances científicos y tecnológicos en ocasiones ha sido la causa del deterioro del medio ambiente y la fuente de desequilibrio y exclusión social.”(5)

Resulta claro en los países de América Latina, nos enfrentamos una situación desfavorable frente al conocimiento científico: mientras los beneficios del conocimiento científico-tecnológico se distribuyen inequitativamente, los riesgos generados por ese mismo conocimiento se democratizan, avanzan sobre la sociedad sin reconocer barreras. Ahora bien, en un mundo en el cual los riesgos se distribuyen democráticamente mientras los saberes lo hacen jerárquicamente, cuál es el porvenir de los países de América Latina.

América Latina frente a la inequidad social y la democratización de los riesgos

Siguiendo a Beck, en la sociedad actual tanto los riesgos como las riquezas son objeto de repartos. Sin embargo, se trata de bienes completamente diferentes y de disputas también diferentes.

Las riquezas sociales son bienes de consumo, ingresos, oportunidades de educación, propiedades, etc., y es por eso que, en este plano la polarización está relacionada con la posesión o la no-posesión. Mientras tanto los riesgos, generalmente son invisibles, tienen algo de irreal debido a que la conciencia del riesgo reside en el futuro. Estos riesgos son un producto adicional de la sobreabundancia y es necesario impedirlos, evitarlos o negarlos. De esta manera , la lógica de apropiación de bienes es una lógica positiva, mientras que la lógica de eliminación de riesgos es una lógica negativa.

Cabe señalar que, desde la perspectiva de Beck no se desconoce la desigualdad social y también se reconoce la existencia de zonas de solapamiento entre ambas lógicas de reparto. En la llamada “sociedad del riesgo”, también existen las desigualdades y frecuentemente el reparto de los riesgos sigue el esquema de clases pero a la inversa: “las riquezas se acumulan arriba, los riesgos abajo” Por otra parte, los riesgos producen nuevas desigualdades internacionales, entre el Tercer Mundo y los Estados Industrializados. (Beck, 1986:41).

Para Mary Douglas la relación entre riesgos y clases es más directa, de tal manera que la distribución del riesgo refleja sólo la distribución vigente de poder y la posición social:

“Cuando se puede evitar realizar un daño mayor a una población numerosa trasladando una industria peligrosa a un área escasamente poblada se plantean cuestiones éticas fundamentales. Es cierto que en un desierto con un poblamiento disperso de tribus indias menos personas resultarán perjudicadas. Pero ¿por qué razón deberían los indios del suroeste americano, agobiados ya por desventajas económicas y sanitarias consentir en ser sacrificados en aras del principio de mayor felicidad? ¿Debería el precio de una vida ser uniforme para todas las vidas?” (Douglas,1986: 32).

Podemos afirmar entonces que los riesgos no disuelven la sociedad de clases sino que la fortalecen. En América Latina, el solapamiento de ambas lógicas de reparto da lugar a una situación sumamente desventajosa, sobre todo para aquellos que han sido excluidos del reparto de bienes y, a pesar de eso, resultan destinatarios del reparto de riesgos. Pero, ¿es posible hacer frente a esta situación sin conocimiento?

América Latina ocupa claramente una posición sumamente desventajosa en la sociedad del riesgo. Aquí la pobreza existe, es visible, y paralelamente el riesgo resulta imperceptible, invisible. Esta situación abre un nuevo desafío para los países latinoamericanos: romper no sólo con la lógica de distribución de bienes sino también con la lógica de distribución de riesgos. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario alcanzar la percepción del riesgo y es por eso que en este contexto el conocimiento adquiere un nuevo significado político.

En el Sur alcanzar la igualdad frente a la ciencia supone afrontar tres cuestiones entrelazadas: la distribución de los bienes o los beneficios producidos por el conocimiento científico, la distribución de los riesgos producidos por este conocimiento y la distribución del conocimiento mismo. Esto exige un replanteo de las políticas en ciencia y tecnología en los países de América Latina.

Esto supone superar la concepción clásica del modelo lineal de desarrollo propuesto por Vannevar Bush, que aún se muestra vigente en América Latina a veces en forma explícita y a veces en forma implícita.

El modelo lineal sostiene que la ciencia sólo puede acumular saber objetivo acerca del mundo y de esta manera para alcanzar la verdad debe independizarse de cualquier interés social. Desde este enfoque, el avance de la ciencia se traducirá en desarrollo económico y social, gracias a la tecnología que funcionará como una cadena transmisora, siempre y cuando ésta última conserve su autonomía atendiendo exclusivamente a un criterio interno de eficacia técnica. Esta concepción sostiene que la gestión del cambio científico-tecnológico debe quedar en manos de los especialistas. (López Cerzo, 1998ª: 2).

En oposición a este modelo, han surgido numerosos planteos que expresan que en Latinoamérica, la ciencia y la tecnología son factores necesarios, pero no suficientes para alcanzar el desarrollo económico-social y la equidad en la distribución de los beneficios parece ser reconocida (al menos en los documentos) como un asunto prioritario.

En el campo de las políticas en ciencia y tecnología los Estudios CTS han realizado importantes aportes que contribuyen al señalar que es necesario romper con el modelo unidireccional, intentando mostrar que la financiación de actividades científica no se traduce automáticamente en desarrollo tecnológico, en desarrollo económico y en desarrollo social.

Sin embargo, para romper con el modelo lineal no alcanza con desechar el supuesto que sostiene que la cadena “Ciencia-Tecnología-Riqueza-Bienestar Social” no consiste en una sucesión natural de etapas resultado de una fuerza endógena, sino que además supone cuestionar la concepción de ciencia como una actividad pura y desinteresada independiente del contexto económico y social en el cual tiene lugar. En este sentido resulta sumamente importante la contribución de los Estudios CTS para intentar “desmitificar” la ciencia, pero sin “descalificarla”, reconociéndola como actividad con una amplio poder explicativo e instrumental. En el campo de las políticas en ciencia y tecnología, la ruptura con el modelo lineal también supone dejar de lado la idea de que cambio científico- tecnológico es una cuestión que puede quedar en manos de los expertos y propiciar la participación publica en la regulación de la ciencia y la tecnología. (López Cerezo, 1998ª: 2).

Retomando este desafío ya planteado hace décadas por los Estudios CTS las políticas públicas en ciencia y tecnología de América Latina deben avanzar hacia la consolidación de una ciencia y una tecnología comprometidas con su contexto. Y para que ello suceda es necesario reconocer la necesidad de distribuir equitativamente los beneficios producidos por el cambio científico-tecnológico. Pero, simultáneamiente resulta necesario considerar estrategias para regular la distribución de los riesgos que genera este cambio. Sin embargo, una distribución de beneficios y riesgos, fundada, responsable e independiente resulta abiertamente imposible sin conocimiento científico.

América Latina y la gestión democrática del riesgo

En este contexto el acceso al conocimiento científico, no sólo resulta necesario para alcanzar el desarrollo en los países de América Latina, sino también para alcanzar el control del cambio científico-tecnológico y la regulación del riesgo. Porque, ante la invisibilidad de los riesgos, es el saber lo que permite “reconocerlos” y “darles existencia”. Sin embargo, el saber también puede negarlos, o transformarlos (ya sea minimizándolos o dramatizándolos). La percepción del riesgo requiere de conocimiento.

Es por eso que el conocimiento científico es hoy para América Latina un factor necesario para el desarrollo pero también es un requisito básico para intervenir en el control de la distribución de los riesgos, en un mundo en cual la difusión de los peligros y las amenazas producidas por el desarrollo científico es supranacional y frecuentemente desconoce las soberanías nacionales.

Pero, en este punto surge una nueva cuestión si el reconocimiento del riesgo requiere de saber, ¿quiénes deben hacerse cargo del control y la regulación del riesgo generado por la aplicación del conocimiento científico-tecnológico? ¿El control del riesgo debe quedar en manos de los expertos?¿Es posible superar la distinción entre los expertos y los no-expertos?

Frente a estas preguntas pueden sugerirse dos respuestas contrapuestas, que proponen dos alternativas de evaluación de las tecnologías:(6)

Por un lado la evaluación clásica de la tecnología (ET) dentro de la cual podemos distinguir la evaluación instrumental y la evaluación elitista: La primera sostiene que es necesario utilizar la mayor cantidad de conocimiento científico disponible para proporcionar la información necesaria para las decisiones políticas sobre ciencia y tecnología. La segunda sostiene que la discusión política y pública sobre las tecnologías debe tener en cuenta las opiniones de científicos destacados. Ambas concepciones tienen una orientación económica y probabilística y consideran que la regulación del cambio científico–tecnológico debe basarse en la evaluación del impacto de la tecnología. La evaluación clásica de las tecnologías utiliza el análisis costo-beneficio para tomar decisiones sobre la localización de recursos monetarizando las externalidades negativas.

La evaluación clásica de la tecnología postula el principio de utilidad que supone que el fin moral es maximizar el bien para la humanidad en su totalidad aún bajo violaciones de equidad y justicia. En esta concepción se despoja a las minorías de sus derechos para servir al bien de la mayoría. (García Palacios y otros 2001: 63). Según la ET la gestión del riesgo debe quedar en manos de los expertos.

Por otro lado, en contraposición, la evaluación constructiva de las tecnologías (ECT) es básicamente participativa y considera los conflictos sociales generados por la innovación. Propone analizar la información fáctica sobre la tecnología y los intereses sociales implicados en su desarrollo. Se caracteriza por su carácter interdisciplinario e intenta dar cuenta de la diversidad de valores presentes frente a un problema aparentemente técnico. Este modelo de evaluación es anticipativo dado el carácter irreversible que producen las decisiones tecnológicas.

Si el desafío entonces para los países de América Latina consiste en alcanzar la regulación de los riesgos, superando el modelo lineal y oponiéndose a la imagen de la tecnología como inevitable y benefactora, y portadora del desarrollo social. La ECT se presenta como una alternativa que permite considerar las opciones tecnológicas trascendiendo su carácter técnico y reconociendo que las tecnologías tienen un carácter social.

Entonces, ahora la pregunta es: ¿resulta posible la evaluación participativa del cambio científico-tecnológico? ¿Pueden los no-expertos tener ingerencia en el control del riesgo? Según Beck, “las ciencias naturales sin verlo ni quererlo, se han privado a sí mismas de una parte de poder, se han obligado para con la democracia” (Beck, 1986: 63). La democratización de los riesgos, obliga a las ciencias a democratizar la regulación del riesgo.

Siguiendo a Daniel Fiorino(7) existen diversos argumentos que permiten sostener que es posible la participación de los no-expertos en la regulación pública sobre el riesgo:

Un primer argumento de carácter instrumental justifica la participación pública como una herramienta eficaz para evitar la resistencia social frente al cambio científico-tecnológico. Este argumento sostiene que la participación democrática permite preservar la percepción pública positiva y evitar que se genere una percepción negativa y una resistencia social frente a la ciencia y la tecnología.

Un segundo argumento, de carácter normativo, identifica la participación pública con la opinión publica y supone que excluir la participación es incompatible con los valores democráticos. Es por eso que este argumento reconoce el derecho de los actores a expresar su opinión frente a la toma de decisiones. Sin embargo, aquí la participación de los ciudadanos es vista como una interferencia externa.

El tercer argumento, de carácter sustantivo, sostiene que el juicio de los no-expertos es tan pertinente y sensato como el de los no-expertos. En esta concepción el conocimiento local de los afectados puede ser tan pertinente y autorizado como el conocimiento experto.

Sin embargo, estos tres argumentos suponen diferentes concepciones de participación. Los dos primeros argumentos hacen referencia a una participación pasiva por parte de los ciudadanos. Mientras que la tercera hace referencia a una participación activa.

La diferencia radica justamente en la distribución del conocimiento, mientras que los dos primeros argumentos tienen por finalidad controlar la percepción del riesgo por parte de los ciudadanos y legitimar el desarrollo de la ciencia y la tecnología, el tercero pretende ir más allá, para el argumento sustantivo compartir el saber significa también compartir el poder que este conocimiento trae aparejado.

De tal manera, la democratización de la política y la gestión del riesgo implica la democratización del conocimiento, y esto significa compartir el saber y el poder. La democratización del conocimiento científico y tecnológico permitirá acortar la brecha entre ciencia y sociedad.

Ante la globalización de los riesgos, para los países de América Latina es hoy una prioridad transformar los procesos de evaluación de riesgos en procesos deliberativos amplios que comprendan a la totalidad de actores implicados. Para promover la evaluación y el control del desarrollo científico y tecnológico es necesario democratizar el conocimiento de tal manera que la participación sea posible y tenga lugar un intercambio real entre especialistas y no especialistas. (López Cerezo, 2000).

Trascender la racionalidad científica

Alcanzar la regulación democrática del riesgo supone acortar la distancia entre expertos y no-expertos. Sin embargo, un primer momento la distancia entre ciencia y sociedad parece fácil de saldar en tanto esta distancia no está exclusivamente relacionada con el acceso al conocimiento sino que también es la expresión de una contraposición entre la “racionalidad científica” y “la racionalidad social”.

Según Beck, acortar la distancia entre ciencia y sociedad significa romper con el monopolio de la racionalidad científica, siempre subordinada a la autoridad experta. Frente a este monopolio de la racionalidad científica las discrepancias que se originan en la sociedad son consideradas por los expertos como “percepciones “ erróneas, productos de la carencia de información. Desde la visión de los expertos: la ciencia fija los riesgos, determina los riesgos, mientras que la sociedad percibe los riegos.

Según Emilio Lamo, en la sociedad actual el principal aspecto negativo de la ciencia deriva de su propia lógica, una lógica instrumental que se limita a definir los medios en función de los fines. De tal manera, la ciencia desconoce todas aquellas cuestiones relacionadas con los fines y con los valores. La ciencia, disuelve la ética. Quizás este sea el principal aporte que puedan realizar los no expertos al control del riesgo, justamente cuestionar y reformular esos fines. (Lamo, 1992: 44).

Haciendo referencia a esta cuestión, Nicholas Rescher, en su libro titulado “Razón y valores en la era científico-tecnológica” sostiene que la razón no puede simplemente dejar de considerar la validez de los fines:

“La racionalidad implica dos tipos de cuestiones: la correspondiente a los fines y la específica de los medios. La racionalidad de medios sólo es un asunto de información empírica (de la clase de movimientos y medidas que llevan eficientemente –efficiently- a los objetivos). Pero la racionalidad de fines no es un asunto de información sino de legitimación. No está establecida únicamente por la indagación empírica, sino que incluye apreciación (apparaisal) y un juicio de valoración [la evaluación]. Y en el amplio esquema de las cosas, los dos aspectos se necesitan: los fines sin los medios adecuados son frustrantes; los medios sin fines adecuados improductivos e inútiles.” (Rescher; 1999:82).

Coincidiendo con Beck, el control de los riesgos no puede quedar en manos exclusivamente de la autoridad de los expertos, como únicos dueños de la información y de la racionalidad. Y las discrepancias no pueden ser consideradas por éstos como producto de la irracionalidad y de falta de información. Según Rescher:

La búsqueda de lo que queremos sólo es racional en la medida en que tenemos razones fundadas para juzgar qué es lo merece-ser querido. La cuestión de si lo que preferimos es preferible, en el sentido de merecer la preferencia, es siempre relevante. Los fines pueden y, en el contexto de la racionalidad, deben ser valorados. No se trata meramente de que las creencias puedan ser estúpidas, desaconsejables e inapropiadas – es decir irracionales- pues los fines también pueden serlo. Nosotros los humanos podemos buscar (y lamentablemente, a menudo lo hacemos) fines que son contraproducentes, autodestructivos o viciosos.” (Rescher; 1999:90). Quizás sea esta entonces la función de los no-expertos en la regulación del cambio científico-tecnológico en las sociedades de América Latina, anteponer los valores frente a las determinaciones técnicas que establecen la aceptabilidad del riesgo.

Algunas consideraciones finales

Para finalizar, entonces, podemos concluir que desde América Latina nos enfrentamos a un mundo en el cual el desarrollo científico–tecnológico avanza a un ritmo tan vertiginoso que no reconoce precedentes.

Sin embargo, si bien este avance se traduce en un incremento de la riqueza, los beneficios producto de la ciencia no se distribuyen equitativamente. El cambio científico y tecnológico genera una acumulación de desigualdades a escala mundial (entre países y entre regiones), pero también genera mayores desigualdades al interior de las sociedades.

La principal ambigüedad del conocimiento científico-tecnológico consiste en que se ha transformado en la principal fuente de riqueza y riesgo simultáneamente. Pero ha generado una riqueza que se distribuye en forma jerárquica y un riesgo que se distribuye en forma democrática. Y en este contexto el acceso al conocimiento para los países de América Latina se torna un asunto prioritario, no sólo porque resulta un factor necesario para el desarrollo, sino también porque resulta un instrumento imprescindible para reconocer, evaluar y controlar los riesgos producidos por la superabundancia.

En este contexto, los ciudadanos de América Latina deben ser capaces de trascender la lógica instrumental que hegemoniza las actividades científicas y tecnológicas en lo que se refiere a la evaluación y el control de los riesgos generados por el conocimiento.

Es por eso que la actualidad el principal aporte que pueden realizar los estudios CTS en las sociedades de América latina es favorecer la consolidación de mecanismos democráticos que permitan la regulación del desarrollo científico–tecnológico por parte de los ciudadanos. Y esta empresa requiere de un público alfabetizado en ciencia y tecnología, capaz de tomar decisiones informadas. Un público capaz de reflexionar sobre la ciencia y la tecnología reconociendo los problemas sociales, éticos y políticos que subyacen detrás de los problemas técnicos.

Este precisamente debe ser el principal desafío de los habitantes de América Latina ante la sociedad del riesgo, transformar los debates técnicos en debates políticos y éticos. Porque como señala Rescher:

“Para la racionalidad como tal, es esencial la racionalidad de fines: no vale la pena el correr aunque sea velozmente, hacia un destino cuyo alcance no reporta beneficio alguno.” (Rescher; 1999: 91).

Bibliografía

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Declaración de Budapest (1999) “Declaración sobre la Ciencia y el uso del saber científico. Conferencia Mundial sobre la ciencia para el siglo XXI: un nuevo compromiso” , Budapest, Hungría 26 de junio al 1· julio de 1999.

Declaración de Santo Domingo (1999) “La ciencia para el siglo XXI: una nueva visión y un marco de acción.”, Santo Domingo, República Dominicana, 10 al 12 de marzo de 1999.

Douglas, Mary,(1985) La aceptabilidad del riesgo, según las ciencias sociales, Barcelona, Editorial Paidós.

CIAPUSCIO, Héctor (Comp.),(1994) Repensando la política tecnológica. Homenaje a Jorge A. Sábato, Buenos Aires, Nueva Visión.

García Palacios, E. M, González Galbarte, J.C., López Cerezo, J.A, Luján, J.L., Gordillo. Martín, M. Osorio, C., Valdés, C., (2001) Ciencia, Tecnología y Sociedad: una aproximación conceptual (Cuadernos de Iberoamérica) , Madrid, OEI.

Lamo de Espinosa, Emilio, et al.(1994); Sociología del conocimiento y de la ciencia, Madrid, Alianza Editorial.

López Cerezo, José A. y José M. Sánchez Ron (Eds.), (2001) Ciencia, Tecnología, Sociedad y Cultura en el cambio de siglo, (Razón y Sociedad), , Madrid, Biblioteca Nueva - OEI.

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Montes Mendoza, Rosa Isabel (Comp.) (2001) Globalización y nuevas tecnologías: nuevos retos y ¿nuevas reflexiones? (Cuadernos de Iberoamérica), Madrid, OEI.

Rescher, Nicholas, (1999) Razón y valores en la Era científico-tecnológica, (Pensamiento Contemporáneo), Barcelona, Ediciones Paidós,

Notas

(1) Beck, Ulrich, (1986) La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona, Editorial Paidós.

(2) López Cerezo, José A., Luján, José Luis, (2000) Ciencia y política del riesgo, (“Ciencia y Tecnología”), Madrid, Alianza Editorial. Pág. 24 .

Ver también López Cerezo, José A. y José M. Sánchez Ron (Eds.), (2001) Ciencia, Tecnología, Sociedad y Cultura en el cambio de siglo, (Razón y Sociedad) Madrid, Biblioteca Nueva - OEI. Pág. 18

(3) Lamo de Espinosa, Emilio, et al.(1994); Sociología del conocimiento y de la ciencia, Madrid, Alianza Editorial.

(4) Petrella, Ricardo,(1994) “Algunas consideraciones sobre los límites del crecimiento”, En Ciapuscio, Héctor (comp.), Repensando la política tecnológica. Homenaje a Sábato (La investigación social), Buenos Aires, Nueva Visión.

(5) Declaración de Santo Domingo (1999) La ciencia para el siglo XXI: una nueva visión y un marco de acción. Santo Domingo, República Dominicana, 10 a 12 de marzo de 1999.

(6) Consideramos la caracterización de Gotthard Bechmann que retoman García Palacios, E. M, González Galbarte, J.C., López Cerezo, J.A, Luján, J.L., Gordillo. Martín, M. Osorio, C., Valdés, C., (2001) Ciencia, Tecnología y Sociedad: una aproximación conceptual (Cuadernos de Iberoamérica), Madrid, OEI.

(7) Ver García Palacios, E. M, González Galbarte, J.C., López Cerezo, J.A, Luján, J.L., Gordillo. Martín, M. Osorio, C., Valdés, C., (2001) Ciencia, Tecnología y Sociedad: una aproximación conceptual (Cuadernos de Iberoamérica), Madrid OEI,. Pág. 134

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