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La responsabilidad de la universidad en el fomento de los valores que son comunes a la educación, la ciencia y la práctica de la democracia

Manuel González Ávila
Departamento de Educación, Facultad de Odontología, Universidad de San Carlos de Guatemala. Octubre, 1997.

Ideas iniciales

Estas notas pueden servir como una oportunidad para explorar reflexiones sobre los valores y las actitudes que son comunes a la educación, la ciencia y la práctica de la democracia en las universidades. Tienen el fin de estimular la deliberación en el sentido de que es necesaria la práctica cotidiana de intentar ver las cosas como otros las entienden, seguramente desde perspectivas y circunstancias muy diferentes a las nuestras y dialogar los puntos de vista reflexivamente. Habiendo culturas tan arraigadas de intolerancia y descalificación del otro en nuestros países, las discusiones sobre este tema son indispensables tanto para lograr una nueva vida cotidiana en las aulas y laboratorios, como también nuevas formas de entender las relaciones universitarias con los diferentes sectores de la sociedad.

El punto de partida para estas reflexiones es que nuestros países y nuestras universidades necesitan, deben y pueden incorporar nuevas formas de verse, así como también vernos a nosotros mismos y nuestras funciones en la sociedad. Las acciones encaminadas hacia el logro de la paz y la práctica de la democracia complementan las que tradicionalmente se reconocen como inherentes a la Universidad con respecto a la educación y la ciencia.

¿Educación, Ciencia y Democracia?

La Universidad tiene un papel privilegiado para ayudar al país a construir procesos democráticos, en virtud de que las materias primas de su funcionamiento cotidiano son los contenidos y los métodos de la ciencia, la filosofía y el arte. Estos son necesarios para orientar la educación y desarrollar la cultura en direcciones favorables al desarrollo integral humano. Por otro lado, requieren el cultivo de valores y actitudes idénticos a los que son imprescindibles para los procesos políticos de la participación y la autodeterminación. Las reflexiones que comparto aquí llevan a la tesis de que podemos encontrar respuestas en los valores que siendo comunes a las tres actividades mencionadas favorecen la generación de nuevas actitudes y acciones - más idóneas que las actuales - para la vida universitaria. Tales actitudes y acciones son iguales a las que requiere el desarrollo político hacia la paz y la democracia.

Está claro que la educación puede servir para dar un respaldo fundamental al proceso democrático o, por el contrario, puede colaborar en la preservación de un statu quo excluyente y autoritario, según sea la modalidad que adopta en concreto. Esto significa, en otras palabras, que el proceso democrático necesita de las universidades y del ejercicio responsable de las funciones básicas de educación, investigación y extensión, la crítica y la elaboración de propuestas. También implica que las destrezas necesarias para hacer ciencia, educar y educarse y vivir la democracia son complementarias y necesarias entre sí. Significa también que es necesario evaluar cuidadosamente las opciones educativas.

La exploración de los valores comunes a las tres actividades humanas ofrece promesa en varias direcciones.

Václav Havel y Aung San Suu Kyi

Para comentar acerca de la democracia parto de las meditaciones de dos destacados pensadores de la democracia contemporáneos (Václav Havel(1), el intelectual gobernante de la República Checa, y Aung San Suu Kyi(2), recipiendaria birmana del premio Nobel de la Paz 1991).

El primero dice: “La expansión efectiva de la democracia presupone un autoexamen crítico, un proceso que conducirá a su internalización. Esto parece ser la clave para salvar la civilización global de hoy en conjunto, no sólo del peligro de un conflicto de culturas sino también de muchos otros peligros que la amenazan. Obviamente, ese autoanálisis es más fácil de decir que de hacer. Ante esto me parece seguro que la internalización de la democracia no debe tomar la forma de una nueva doctrina. Es decir, una colección de dogmas y rituales. Si vamos a ver un nuevo renacer humano necesitamos de una reflexión multicultural con una nueva ética, estilo y espíritu en lo político, que finalmente dé lugar a una nueva conducta cívica.”

Aparte de la invitación para reflexionar críticamente sobre nuestra propia práctica democrática, me parece substancial el llamado de Havel para internalizar la democracia. Es fundamental porque comúnmente concebimos la democracia como una abstracción utópica, una responsabilidad del gobierno, de los partidos políticos y de las organizaciones internacionales; o tenemos la creencia que simplemente hacer elecciones es democracia. Pero en todo caso la manejamos como una idea ajena a nosotros, a la que estamos muy escasamente vinculados. Nada más lejos de lo que es un proceso democrático. Una equivocación dañina para el país, nuestro propio futuro y el de nuestros hijos. Un proceso democrático se vive, se construye todos los días en los ambientes ordinarios de nuestras vidas, incluyendo los ambientes universitarios. O puede atentarse contra él al destruirlo todos los días en esos mismos ambientes con antivalores o actitudes que atentan contra el desarrollo humano.

Igualmente, en la cita sobresale el concepto de que la internalización de la democracia no puede tomar la forma de una nueva doctrina, nuevos dogmas y rituales. La idea es, aparte de muy valiosa, aplicable a la crítica de las instituciones universitarias. Por supuesto que la crítica a la institución universitaria es necesaria. Lo que no es justificable es la crítica desde nuevas o viejas posiciones dogmáticas.

La segunda meditación que cito indica que “el reto actual es que los diferentes pueblos y naciones se pongan de acuerdo en un conjunto básico de valores humanos que servirá como fuerza en el desarrollo de una comunidad global genuina. La verdadera transformación económica puede entonces realizarse en un contexto de paz internacional y estabilidad política interna. Una rápida transición democrática y el fortalecimiento de las instituciones de la sociedad civil son sine qua non para ese desarrollo. Sólo entonces seremos capaces de ver hacia un futuro en el que los seres humanos sean valorados por lo que son y no por lo que producen.”

Notemos que la autora de este concepto pone énfasis en la necesidad de acordar un conjunto básico de valores humanos que incluya de inmediato la participación democrática (cuando habla de una rápida transición democrática y el fortalecimiento de la sociedad civil) y la dignidad de la persona humana. También hace destacar el conjunto de los valores como la energía de arranque que posibilitará el desarrollo de una comunidad global genuina.

Esos juicios me permiten pasar a considerar los valores y actitudes inherentes a la vida universitaria, especialmente lo relativo a la educación y la ciencia, y, por extensión, la filosofía y el arte.

El Problema

Varios principios educativos prevalecen actualmente en nuestras universidades. Ellos determinan los contenidos y métodos curriculares en gran medida. Actualmente, las teorías educativas más conocidas y aplicadas dan prioridad a los contenidos sobre los procesos (métodos) educativos. Tienden a educar para adaptar al sujeto a modelos ideales preconcebidos de persona y sociedad; con ese propósito entregan conocimientos y preparan para el trabajo. Menos énfasis reciben la realización del ser, el desarrollo de la inteligencia, el cultivo de la imaginación y la creatividad, la educación cívica para construir la democracia, la promoción de la iniciativa o la disposición para aprender, crear, investigar, comunicar y emprender.

Nos hemos preocupado por inculcar conocimientos producidos en el pasado. Falta ahora complementar con los valores, las habilidades y la inteligencia que se necesitan para enfrentar el futuro.

El patrón educativo que predomina en Guatemala en general tiene un enfoque excluyente y parcial. Muchas instituciones manejan un esquema educativo fragmentario, desinteresado en la coherencia y la integralidad. El esquema educativo vigente sostiene la superioridad de la razón sobre la intuición y la emoción, sobrevalora la objetividad con desvalorización de la subjetividad. Sustenta la independencia del dato empírico con respecto al contexto. Se preocupa por la existencia de verdades universales. Tiene tendencia a creer que todo es homogéneo. Reconoce y valora la primacía de la tecnología sobre creencias y significados(3). A ello podemos agregar que con frecuencia exige una adhesión y coherencia ideológica que descalifica las corrientes filosóficas o sencillamente los enfoques que juzga como ajenos. El resultado es un encapsulamiento autoimpuesto, arbitrario.

Este punto podría extenderse para traer a la superficie las implicaciones negativas de este modelo educativo sobre la inteligencia, la creatividad y la productividad de la sociedad.

Las Oportunidades

Las limitaciones del modelo actual empiezan a romperse en muchas universidades. Nuevos programas educativos valoran la diferencia de culturas, apreciaciones, conocimientos y enfoques. Se integran al currículo los contenidos de género, derechos humanos, ambientales y étnicos.

No obstante, estas manifestaciones de diversidad todavía se tratan con perspectiva de objeto o temas de estudio. El estudio acerca de los derechos humanos, por ejemplo, todavía apela a métodos didácticos que enfatizan el aprendizaje de conocimientos. No ha modificado los procesos de enseñanza-aprendizaje. No ha variado los métodos docentes a pesar de que la vinculación debiera ser evidente. En Guatemala algo similar sucede con el aprendizaje de los Acuerdos de Paz. Esto ayuda a ver el descuido en el aprendizaje de valores que se ve en las universidades. Pero también ayuda a ver cómo podemos empezar a hacer modificaciones concretas en la educación en favor del proceso democrático y en favor de una mejor contribución social desde las funciones universitarias, la ciencia y la filosofía.

Para Empezar

Para el interior de nosotros mismos tratemos dar respuesta a estas preguntas: ¿Qué es la vida, quién es la persona humana y qué atributos tiene ésta? ¿Qué es y qué significa la trascendencia del ser humano? ¿Cómo son los individuos hombre y mujer y el tipo de sociedad que queremos en el futuro? ¿Cómo es el país que pretendemos que ofrezca las condiciones para que se desenvuelva el individuo y la sociedad? ¿Qué función tiene la educación en la construcción de ese país? Y entonces, ¿responden nuestros planes de estudio a una planificación participativa en la que intervienen profesores, estudiantes y miembros de la sociedad? ¿Quién determina y selecciona los contenidos y los métodos educativos, los administradores, los docentes, los estudiantes o lo hacemos por un mecanismo que integra a todos ellos y a otros? ¿Estimula el profesor la deliberación como método didáctico o preferentemente se dedica a expresar unidireccionalmente conocimientos de él o ella hacia los alumnos, tal vez ocasionalmente preguntando si todo ha quedado claro? ¿Quién evalúa? Y ante todo, ¿con qué principios o fundamentos se estructura la relación del profesor con el alumno? ¿Se hace sobre la base de las capacidades de los alumnos para aprender, para promover una educación integral, partiendo de aceptar que todos tienen las capacidades suficientes, construyendo sobre los intereses de los alumnos, con confianza y optimismo, para que desarrollen condiciones que habrán de servirles en un futuro? ¿O se hace con una visión unidimensional sobre la base de la desconfianza, el menosprecio, la imposición de métodos y contenidos, para un mundo de hoy, sin reconocer los rápidos cambios de la actualidad, con ejercicio de autoritarismo y a veces hasta con abuso?

Vemos, por otro lado, la arraigada pretensión de tener (o simular que se tienen) certezas acerca de asuntos que creemos importantes para realizar una idea o proyecto. Rara vez nos damos cuenta que no podemos tener certeza porque simplemente no es posible tener respuestas correctas cuando hablamos del futuro. Porque no hay respuestas correctas cuando se trata de escoger opciones para un futuro que no es sólo de uno. Porque las mejores decisiones las tendremos cuando aprendamos a tomarlas en conjunto; y en ese caso no serán correctas, ¿quién puede probar que lo son? Pero sí pueden ser legítimas.

Una Nueva Perspectiva

La vida real y la intelectual están separadas en la educación y la investigación formales, lo cual contiene profundas contradicciones. Por ejemplo, nos adherimos verbalmente a la democracia en el discurso y hacemos un tipo diferente de política con autoritarismo, a veces suavizado, en el salón de clase. Por el ejercicio rutinario de esta dicotomía entre discurso y práctica exponemos a los estudiantes a un ejemplo falaz. Les inducimos a aprender una teoría sofisticada sobre la democracia, la cual ellos reproducen elocuentemente, sin realizar en su práctica diaria el contenido democrático que tan bien saben. Así terminamos muchas veces en las universidades produciendo líderes que son expertos instruidos sobre la teoría de 1a democracia, pero a la vez también son tiranos en su práctica. Esta es una profunda contradicción que hace reñir los propósitos con los productos de las universidades.

La ciencia, por otro lado, es una actividad humanizante en su esencia. Aunque hay que reconocer que algunos individuos que la practican pueden manifestar actitudes dogmáticas e intolerantes. Los valores de la ciencia son tratados en casi todos los textos básicos sobre la metodología científica. La mayoría hace énfasis en la búsqueda de la verdad como un valor relativo, lo cual implica que la actitud científica, entre otras características, es la de aquél que atiende las diferentes formas de ver la realidad y las acepta aun a costa de modificar su propia perspectiva. Algunos textos de autores clásicos tratan la vinculación de la ciencia con la justicia y diferentes aspectos éticos. La investigación científica actual ha montado con importancia creciente una constante vigilancia sobre diversos campos. En biotecnología por ejemplo, los investigadores y los filósofos sostienen una permanente vigilancia sobre la experimentación científica desde la perspectiva de la dignidad de la persona humana, el respeto a la vida y otras consideraciones de orden moral.

Desde otros puntos de vista puede hacerse evidente el carácter humano de la ciencia. Con respecto a la imaginación y la creatividad, cuándo se han dado los más brillantes avances de la ciencia si no es cuando haciendo el mejor uso de la imaginación se superan las fronteras que desintegran lo real en pequeños pedacitos y se logra comprender la interrelación entre los fenómenos. ¿No es esto una exploración que busca la coherencia de la valoración de la persona humana en su entorno, en una forma de vinculación universal? ¿No es cierto que cada vez que abrimos un texto científico recibimos una invitación para rechazar el autoritarismo y el dogmatismo? ¿No es cierto que la búsqueda constante de la verdad, la justicia y la libertad, así como el rechazo del autoritarismo y el dogmatismo son elementos favorables para la democracia?

El Reto

Las opciones opuestas al autoritarismo, el privilegio y muchas de las aberraciones sociales actuales se encuentran en los fundamentos de lo que verdaderamente es la democracia, en las profundidades del concepto de la paz, en el significado del desarrollo social con alta valoración del ser humano y la vida. En lo que compete a la Universidad, las opciones están en el cumplimiento fiel de los fines universitarios; y ante todo en la participación. En los esfuerzos mío, suyo, de trabajadores, profesores, directivos y alumnos por lograr la reflexión, el terreno común y el diálogo. Necesariamente entonces hay que pasar por la identificación de las prácticas viciadas de nuestras culturas institucionales universitarias para luego corregirlas.

En esto la Universidad actual encara dificultades considerables. Las subjetividades individual y colectiva no son concretas o perceptibles de inmediato. Sin embargo son muy importantes en la dinámica social. Imaginemos un esfuerzo para modificar la Universidad sin cambios en la cultura institucional y los valores. Tal vez llegue a una modificación física, organizacional o de la estructura legal. Pero esos no son avances substanciales. Con ellos no logramos un cambio importante. No ayudan en nada si se quedan ahí porque no hay cambio en las mentalidades. El patrón de las relaciones entre docentes y alumnos no cambia si no hay cambio de valores. Lo mismo sucede en las relaciones entre el investigador y la comunidad, entre Universidad y Sociedad.

Si las acciones no van más allá de la definición de nuevas normas o leyes sólo pueden obtenerse ajustes superficiales porque lo esencial de la vida universitaria son las relaciones personales e institucionales. Estas no cambian si no hay un cambio de actitudes. Las actitudes no cambian si no hay una comprensión y un cambio de los valores.

La Promesa en los Valores

Una transformación en los valores y en la cultura institucional requiere metodologías no tradicionales. Para seleccionarlas conviene estar en la disposición de estudiar los valores y aprender sobre ellos. Aparte de ser comprendidos, y posiblemente sin una comprensión suficiente de ellos, los valores se internalizan. Se vuelven parte del individuo y su grupo social. Se conectan y se acoplan en la subjetividad de los individuos. Entonces se convalidan en la práctica cotidiana, en las interacciones con maestros, directivos, compañeros y otras personas, antes de convertirse en convicciones y conductas conscientes e inconscientes en la vida práctica de cada uno. Este es un proceso largo que tiene su propia dinámica y su propio tiempo. Comprenderlo debiera ser parte del trabajo de los interesados en el progreso personal y social.

En el ejercicio de los valores parece darse la característica del efecto potenciador o sinérgico, como sucede con respecto a los satisfactores de las necesidades humanas(4) y los elementos del proceso educativo(5). Es decir, que el ejercicio de un valor, como puede ser el aprecio por la verdad, se refuerza y consolida con el ejercicio de otro, como pueden ser el sentido de justicia y la búsqueda de la libertad. Algunos sinergismos podríamos encontrar en la búsqueda de la coherencia con la de autodeterminación y ésta a su vez con la participación democrática. Tener en alta estima la dignidad de la persona humana se vincula y refuerza con el empeño que ponemos para buscar principios y métodos educativos integrales. Si aprendemos a tener en alta estima la diversidad y la diferencia y actuamos coherentemente, podemos ver repercusiones consiguientes en la educación porque llevan a la reflexión e interconexión de varios asuntos: los enfoques multidimensionales, la participación de colectividades en los programas educativos, la inclusión de la ética y la estética en el proceso formativo, el trabajo en equipo y la comprensión y la práctica de la misión cívica de la Universidad. Todo ello favorece la democracia.

Probablemente existe un tipo adicional de sinergismo cuando los valores se practican colectivamente y no sólo por individuos solitarios. Los programas que propician cambios en los valores deben tomar esto en cuenta.

La Universidad (profesores y estudiantes) debe establecer relaciones de cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto mutuo, coincidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las desigualdades. En el ambiente cotidiano, las maneras como el docente trata al o a la estudiante y cómo actúa frente a las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el que todo el mundo aprenda y enseñe. Tratar al estudiante con respeto a su dignidad como persona humana es fundamental. Saber escuchar es una cualidad igualmente importante para un educador, un científico y un político.

En la construcción de la paz y la democracia existen oportunidades favorables si optamos por la adquisición de las habilidades necesarias para tomar decisiones conjuntamente con otros. Esto es en las relaciones del profesor con el alumno, del clínico con la población que atiende, entre trabajadores y directivos, u otras. Nos podemos ayudar a ejercitar los valores educativos y de la ciencia, sabiendo que cuando optemos por una decisión tendremos consecuencias, algunas positivas y otras negativas, sobre aspectos que son valiosos para cada uno. Esto es la esencia de una práctica democrática.

Una Nueva Práctica

Será muy importante que cada uno de nosotros cambie el criterio de que es suficiente corregir los errores esperando que los mejores tiempos vendrán naturalmente. Ese es un criterio simplista que supone que al enmendar los yerros del pasado vendrán automáticamente la democracia, la calidad académica o la vinculación con la sociedad. Es claro que la actitud de espectador pasivo no es suficiente. Es necesario alimentar cuidadosamente la cultura de la comunicación y la participación dentro de nosotros mismos y en la sociedad. Para eso es necesario saber escuchar, hacerse escuchar, superar el silencio, virtudes poco cultivadas en nuestros medios. Parece que nos hubiéramos esmerado en desarrollar una habilidad para no escucharnos. Sobre esto podríamos decir mucho. Recordemos que lo esencial de los procesos que involucran a las personas en gestiones de interés común está en la búsqueda compartida de las opciones para resolver los problemas e intereses. Ahí radica también la fuerza política y legitimidad de los cambios y el impacto en el largo plazo. Ahí también se hace evidente la necesidad de reconocer el valor capital del diálogo, una propuesta ya sugerida hace más de 2000 años.

En el cumplimiento de sus funciones las universidades centroamericanas han tenido una presencia destacada en la sociedad. Pero aún si fuera por el solo hecho de congregar a personas en sus recintos, ofrecen oportunidades singulares para estimular la inteligencia cívica. Y esto lo pueden hacer sin desviarse de su naturaleza y responsabilidades. Más bien acercándose a ellas.

Bibliografía

(1) Havel, Václav. Democracy’s Forgotten Dimension. Journal of Democracy. April, 1995.

(2) Aung San Suu Kyi. Freedom, Development and Human Worth. Journal of Democracy. April, 1995.

(3) Fried, Jane. Monocultural Perspectives and Campus Diversity. Higher Education Exchange. 1995.

(4) Max-Neef, Manfred, A. Elizalde, y M. Hopenhayn. América Latina: Crisis y Perplejidad. En: Desarrollo a Escala Humana. Una Opción Para el Futuro. CEPAUR y Fundación Dag Hammarskjold. Development Dialogue. Número Especial 1986.

(5) Gutiérrez, Francisco. El Proceso de la Demanda. Instituto Latinoamericano de Pedagogía de la Comunicación. s.f.

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